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La vida continúo y seguiste frecuentando a los nadaístas. Una noche, cuando la Gran Misión estaba en su apogeo, acudiste a una fiesta en Argentina con Sucre. La casa estaba desocupada, para arriendo. Gonzalo actuó como anfitrión y daba la bienvenida. Estaban los habituales, pero, al igual que en otras ocasiones, apareció gente nueva. Lo que importaba era que contribuyeran a la alegría y ambiente general, y que hicieran o dijeran algo novedoso. El caserón estaba en la penumbra y en un “tocadiscos” sonaban cantos gregorianos. En una ponchera mezclaron alcohol antiséptico con naranjada, porque entre todos no consiguieron con qué comprar una botella de aguardiente. Bebían en un pocillo que se pasaban de mano en mano y de boca en boca. Varias muchachas vagaban por los salones como sombras. Alguna pareja se besaba detrás de una puerta. Dos horas más tarde la fiesta llegaba al clímax: el gregoriano había dado paso al mambo y al rock and roll, las muchachas danzaban como locas, la marihuana había sustituido al alcohol. Entonces llegó la policía y te quedaste chiquitico en un rincón esperando lo peor. Pero Gonzalo hizo gala de histrionismo: les explicó a los agentes, sin dejarlos pasar de la puerta, que se trataba de un cumpleaños y que se comprometía a disminuir el volumen de la música y las expresiones de alegría. No sé por qué no se percataron del olor dulzón de las yerbas que inundaba el lugar. Una hora después te escapaste, vencido por la congestión alcohólica y el temor de que regresara la policía. A la mañana siguiente te enteraste del escándalo que luego llenó páginas y páginas en los periódicos: salieron al amanecer, encontraron una caja con botellas de leche fresca a la puerta de una tienda y se las bebieron, siguieron hacia el parque de Bolívar y, al pasar por la catedral, se cruzaron con los feligreses que llegaban para la primera misa. Entraron, se sentaron en las bancas más retiradas, y a la hora de la comunión acudieron a recibir las hostias. No las tragaron. Salieron al parque y allí las profanaron entre cantos y risas. El repudio en Medellín fue tan generalizado que a los pocos días Gonzalo y sus compañeros fijaron su residencia en Bogotá.
Los nadaístas hablaban, mejor dicho, pontificaban sobre lo divino y lo humano, pero carecían de formación intelectual y actuaban por impulsos y emociones. Las armas para atacar al establecimiento fueron la burla, la ironía, la blasfemia, no la lógica ni los argumentos. Repetían los lugares comunes del existencialismo, pero habían leído poco sus textos filosóficos. Conocían las novelas de Sartre, Camus y otros, pero las comentaban fuera de contexto y en forma anecdótica. Algunos se decían comunistas y citaban a Marx, pero desconocían sus escritos. Hablaban de poesía y hasta componían poemas, pero en esa época ninguno escribió un verso de calidad; ni un cuento o ensayo, ni una novela. Los textos que publicaban (en hojas sueltas, en folletos y, un poco después, en El Tiempo que, dándoselas de liberal y moderno, les abrió espacios) eran mal redactados, sin gramática ni profundidad y hasta con errores de ortografía, pues pregonaban que así protestaban contra la academia. Se trató de una manifestación local, teatrera y carnavalesca, en un país acosado de oscurantismo religioso que no lograba encajar dentro de las corrientes culturales del momento. Las vanguardias transformaron la cultura europea desde finales del siglo XIX y se difundieron por muchos lugares de Latinoamérica desde comienzos del XX. Aparecieron los Muralistas en México, el Teatro del Absurdo en Europa y la cultura beatnik y los hippies en Estados Unidos. Ninguno de estos movimientos tuvo influencia masiva en Medellín antes de 1965, ninguno dejó una huella importante en la cultura local.
Estas afirmaciones parecen contradecir lo que decíamos al comienzo de esta historia y por eso importa precisar algunos datos. Afirmábamos que a partir de 1920 soplaron aires de modernidad, que le permitieron a la ciudad cierto desarrollo industrial, comercial y cultural. Bajo la influjo de las vanguardias (agriamente combatidas por Tomás Carrasquilla en su momento) aparecieron en Medellín grupos de intelectuales que buscaron modificar las estructuras: Abel Farina, León de Greiff y demás compañeros del grupo de los Panidas (algunos de los cuales se vieron obligados a emigrar a Bogotá); luego, José Restrepo Jaramillo (con sus novelas y cuentos de corte moderno), Fernando González (con sus aportes filosóficos y literarios) y Pedro Nel Gómez (quien trasformó la pintura). Pero estas (y otras) figuras fueron excepcionales y los aires de renovación apenas tocaron la superficie: siempre fueron combatidos por la Iglesia, nunca cobraron fuerza, no penetraron en el corazón de la cultura local. Quedaron definitivamente cancelados con el “Bogotazo” de 1948, que generó una ola de represión. Es sabido que el carnaval es y ha sido desde la antigüedad una válvula de escape en muchas sociedades. En Antioquia nunca ha existido carnaval verdadero y ni siquiera una cultura popular del teatro. Aquí, los únicos escapes han sido el tango lastimero, el alcohol y la prostitución (particularmente en los siglos XIX y XX). Como las fuerzas liberadoras del pueblo trataban de sobreaguar en ese mar de represión, surgieron la Feria de las Flores y el movimiento nadaísta. La Feria solo alcanzó alguna importancia al iniciarse el siglo XXI, como atracción turística. Y en cuanto al nadaísmo, en sus comienzos fue visto como una comparsa callejera que no perjudicaba a nadie. Se generó el repudio cuando se conocieron los excesos. Floreció en Medellín, Cali, Pereira y Manizales y no tuvo mayor repercusión en Barranquilla y Bogotá, precisamente porque en aquellas ciudades la represión clerical era más fuerte. El pueblo barranquillero, por el contrario, ha gozado siempre del carnaval y sus intelectuales bebieron en las vanguardias desde los primeros años del siglo. (Lo atestigua la Revista Voces, 1917-1920) En cuanto a Bogotá, tradicionalmente reprimida, ingresó a la modernidad en la década de 1950, cuando los desplazados por la violencia se refugiaron allí (con lo cual adquirió cierto aire multicultural) y cuando la aviación comercial pudo conectarla con algunas capitales extranjeras. Lo prueba, de igual forma, la Revista Mito, 1955-1962) cuyo último número, significativamente, estuvo dedicado al nadaísmo.
En conclusión, el nadaísmo no dejó mayor huella en la cultura ni en el pensamiento ni en la literatura o el arte de la ciudad. Los valores contra los que luchó entraron en franca decadencia arrastrados, no por las vanguardias ni el nadaísmo, sino por el tenebroso turbión del narcotráfico y el terrorismo. Así fue cómo, en realidad, Medellín ingresó a la modernidad. De un solo soplo, el narcotráfico terminó con el poder de las jerarquías católicas, desestabilizando la sociedad y muchas de sus instituciones. Pero no nos adelantemos, ya tendremos oportunidad de revisar estos fenómenos.
Sin embargo, y antes de pasar adelante, quisiéramos dejar constancia de que algunos nadaístas finalmente se integraron a la sociedad burguesa y se convirtieron en escritores o poetas reconocidos, como X-504 (Jaime Jaramillo Escobar), Eduardo Escobar, Jotamario Arbeláez, Elkin Restrepo y el propio Gonzalo Arango; lo lograron años o décadas después, cada uno por su cuenta, a fuerza de insistir en el oficio literario y gracias a que finalmente dominaron algunos de sus secretos.
LA UNIVERSIDAD EAFIT. La izquierda, animada por lo que denominaba “triunfos” de la revolución cubana, iba tomando posesión de las instituciones en Colombia. Los sindicatos se fortalecían y ponían en aprietos a las empresas. Surgieron curas revolucionarios que proclamaban “la teología de la liberación” y trabajaban hombro a hombro con líderes sociales en las parroquias, barrios y veredas. La mayor actividad ocurría en las universidades, sobre todo en las públicas, donde se intensificaba el debate ideológico y se invitaba a la lucha armada. Una a una fueron cayendo en poder de los grupos radicales. El sistema educativo quedó desestabilizado y entró en crisis. Las huelgas y cierres duraban años. Los activistas reclutaban y entrenaban jóvenes para engrosar las filas del MOIR, las FARC, el ELN, el M-19 y otros grupos menores.
La Escuela no resultó tan efímera y endeble como imaginaste. Fue fundada el 4 de mayo de 1960, según acta firmada en las oficinas de la ANDI por quince de los más prestigiosos hombres de negocios de Antioquia (casi todos conservadores). Ernesto Satizábal, el director del Instituto Colombiano de Administración (INCOLDA) fue el primer rector, y en sus oficinas se dictaron las primeras clases. Satizábal pronto le cedió el cargo a Javier Toro Martínez. Durante el tiempo de tu carrera también pasaron por la dirección Guillermo Ortega Arbeláez, Alberto Mesa Prieto y Hernán Gómez.
De las oficinas de INCOLDA se trasladaron a una casa vieja en el Palo, entre la Playa y Maracaibo, donde funcionaron por dos años; luego, al sector de la Aguacatala (sede actual). Cada semestre ingresaba un grupo de treinta a cuarenta estudiantes.
Para la fundación y primeros años se contó con el apoyo económico y logístico de la Agency for International Development (AID) de los Estados Unidos –programa bandera del presidente Kennedy para contrarrestar el avance del comunismo en América Latina– con lo cual la Escuela se perfiló desde su inicio como la punta de lanza de la oligarquía contra la izquierda. Bernard Hargadon, un egresado del Drexel Institute, dictó la primera clase, que fue de contabilidad. A partir de 1963 y por los cuatro años siguientes estuvo presente “la misión” de Syracuse University, N.Y., auspiciada también por la AID, con profesores del más alto nivel del programa MBA de esa universidad. La clase empresarial colombiana esperaba resultados milagrosos.
Se privilegiaba lo práctico e inmediato, evitando especulaciones y teorías. En algún momento y con el ánimo de enfatizar aún más los aspectos prácticos, las directivas aprovecharon a los profesores de Syracuse para crear un “Instituto Tecnológico” anexo a la Escuela, que ofreció programas de tres años. Fue dirigido por Bernardo Upegui, convocó cierto número de estudiantes, pero duró poco y fue refundido con la Escuela. Tal fue el origen de la sigla EAFIT: Escuela de Administración y Finanzas e Instituto Tecnológico.
El capitalismo y la libre empresa no eran cuestionados. El socialismo y el comunismo quedaban condenados y silenciados de antemano. Y para mantener tal asimetría, el programa evitaba cuidadosamente materias como literatura, filosofía, historia, arte, sociología y antropología. El vacío intelectual lo sentiste desde los primeros días. Estabas acostumbrado a leer y discutir sobre cualquier asunto, sin cortapisas, y el alimento que ofrecían era insuficiente. Algo se hablaba de Adam Smith y de Paul Samuelson, pero nunca mencionaron a Engels ni a Marx. Tuviste que esperar años para conocer a estos dos últimos, lo que sucedió, paradójicamente, en una universidad norteamericana.
Existía otro factor: la falta de cohesión del cuerpo estudiantil protegía a la Escuela –por lo menos en esa primera etapa– contra la formación de comités, asambleas y grupos de estudio distintos a los promovidos por la dirección. El sistema de prácticas mantenía a buen número de jóvenes fuera de las instalaciones. Apenas empezaba a fraguarse una inquietud, un tema, una protesta, ya estaba terminando el semestre y los estudiantes se dispersaban. Los que habían estado por fuera llegaban con preocupaciones diferentes. Por eso la Escuela, como si existiera en otro planeta, quedaba, en la práctica, al margen de los conflictos que afectaban al sistema educativo. Tal fue la institución que conociste hasta tu graduación en 1966.
El modelo parecía tan bien logrado que fue reproducido en otras ciudades. Así surgieron por lo menos una decena de programas de administración copiados de la Escuela (EAN, Los Andes y Externado en Bogotá; Universidad del Norte en Barranquilla; ICESI y la Universidad del Valle en Cali, y otras más). Celosos por tal proliferación, los primeros egresados crearon la Asociación Colombiana de Administradores de Negocios (ACAN), con sede en Medellín y capítulos en otras ciudades, con el objeto de reglamentar la profesión y garantizar que los nuevos programas tuvieran un mínimo de calidad. (José Alonso González fue su presidente en un período y tú lo acompañaste como vicepresidente) Un asunto que ocupó muchas horas de discusión fue el título. Algunos atacaban el de “Administrador de Negocios”, que sonaba demasiado a “Business Administration” (tal como se denomina en Estados Unidos) y preferían “Administrador de Empresas”, que les parecía más auténtico. (Hasta hoy perduran ambas denominaciones). Además, ¿qué validez tenía? La Escuela no era universidad (lo logró años después, durante el gobierno del presidente Pastrana Borrero). Por eso, mientras se llevaron a cabo las gestiones ante el ICFES, los egresados tuvieron que contentarse con una certificación emitida por Syracuse University. Para muchos tal certificación tenía más valor que el diploma de cualquier universidad colombiana.
Pero la condición de oasis de paz no le iba a durar para siempre. La confrontación ideológica y la lucha armada finalmente la afectaron. Quizás la denominación de “universidad” fue el detonante. Al avanzar la década de 1970 se organizaron jornadas y asambleas y unos profesores instigaron a los trabajadores y empleados para crear un sindicato. El Consejo Directivo, compuesto por los presidentes de las más importantes empresas de la ciudad, actuaron de la manera más contundente (en concordancia con el objeto inicial) expulsando a buen número de profesores, empleados y trabajadores y amenazando con el cierre definitivo. Hubo deterioro académico, cancelación de cursos, descontento y represión. Los pleitos laborales instaurados por los expulsados duraron años, lo que implicó enormes erogaciones. Pasaría mucho tiempo antes de que se cicatrizaran las heridas.
Pero regresemos a los inicios y detengámonos en los protagonistas. Bernard Hargadon fue la estrella; un tipo de treinta y cuatro años, alto, delgado, enérgico, entusiasta y simpático, que desde el primer día supo ganarse la atención y el cariño. Enseñaba contabilidad. Armando Múnera, de la primera promoción, le sirvió de traductor, pero, dado el lento avance de las clases, pronto prescindió del traductor e intentó expresarse en español; un español incipiente, lleno de palabras en inglés, y les solicitaba a los alumnos que lo iluminaran con el término que necesitaba para completar la idea. Es decir, mientras él aprendía el idioma con ustedes, ustedes aprendían contabilidad y algo de inglés con él. Realizó el milagro de convertir esa técnica sosa, mecánica, generalmente aburrida, en una materia interesante, mejor dicho, apasionante. (De aquellas jornadas surgió el libro Principios de contabilidad, que por décadas fue el texto obligado sobre la materia en Colombia) Además, este curso fundacional le señaló a la institución un camino que luego supo afianzar con otros magníficos profesores –como Héctor Ochoa– para hacer de la contabilidad un instrumento administrativo y financiero de la mayor utilidad. En ti determinó en buena medida tu desempeño como administrador. Aunque dejaste de practicarla profesionalmente, es un área en la que te sientes cómodo, porque conlleva una organización mental que es útil en todos los aspectos de la vida.
Los profesores de Syracuse fueron Allen Dikerman, Virgil Cover, Herbert Wachsmann, William Phips, Andrew Barta, Karl Vogt y otro de apellido Hauk, cuyo nombre hemos olvidado. Enseñaban relaciones humanas, procesos industriales, finanzas, distribución y marketing (aún no se usaba la palabra “mercadeo”) y, al igual que Hargadon, no sabían español y las clases las dictaban en inglés. (Los textos también eran en inglés) Bernardo Pérez, Bernardo Upequi y Álvaro Estrada, entre otros, les sirvieron de traductores. Una de las primeras iniciativas fue el sistema de casos. Recién había sido introducido en la escuela de negocios de Harvard y ya cundía como una novedad por las demás escuelas en ese país. La misión de Syracuse pretendió trasplantarlo a Colombia. Para tal efecto trajeron ejemplares de un grueso texto que los estudiantes debían adquirir. Allí estaban los famosos casos. Se trataba de historias de treinta o cuarenta páginas sobre problemas de empresas reales o ficticias con información sobre finanzas, personal, ventas y demás aspectos. El estudiante debía establecer el conflicto central, seleccionar los datos pertinentes, sugerir soluciones, las formas de llevarlas a cabo y las posibles consecuencias. El método pretende estimular la imaginación, razonamiento, análisis crítico e iniciativa. Pero los estudiantes de la Escuela no estaban preparados para esta técnica maravillosa, porque los casos se referían a empresas norteamericanas. Al ser leídos por provincianos de este país subdesarrollado, es decir, fuera del contexto cultural en el que fueron construidos, parecían ciencia ficción. Estaban redactados en inglés y la sola lectura demandaba un esfuerzo demasiado arduo. Además, la educación primaria y de bachillerato que recibiste y recibieron los de tu generación consistía, como hemos visto, en memorizar y repetir verdades absolutas, no en crear conocimiento nuevo. No estaban, pues, mentalmente preparados. Cuando estas dificultades fueron evidentes, las directivas propusieron que los profesores y los mismos estudiantes redactaran casos en español de empresas colombianas, propuesta que tampoco tuvo éxito porque no habían sido entrenados en técnicas de escritura creativa. En conclusión, el ensayo duró un par de años y tuvo que ser sustituido por sistemas más convencionales.
No vamos a hablar de todos aquellos profesores. De Phips me ocuparé más adelante y de Barta diré que había recorrido muchos países, que era un verdadero sabio y la figura más sobresaliente del grupo. Logró notoriedad en su país durante los oscuros años de los cincuenta por desarrollar y difundir un pensamiento de libre empresa independiente y a veces contrario al macartismo. Ahora era un viejito jubilado que recibía a los estudiantes de la Escuela en su residencia en el edificio Claret (en Sucre con Maracaibo) y les daba té con galletas (que adquiría en el Astor). Sus pláticas destilaban humanismo y respeto dentro de la concepción de los negocios. Si los gerentes comprendieran y resolvieran aspectos esenciales de la vida de los trabajadores, el comunismo no iba a prosperar en ninguna sociedad. Su carácter sosegado, su paciencia, su tino para enseñar el difícil arte de mantener la paz, la concordia, la justicia y la productividad dentro de esas estructuras competitivas y despiadadas que son las empresas, procurando siempre que los individuos, tanto jefes como subalternos, entreguen lo mejor de su capacidad creativa, fueron verdaderas enseñanzas de vida que no has olvidado.
Los profesores colombianos se hacían cargo de materias como matemáticas, estadística, economía, banca central y algo de derecho comercial y laboral. De Alberto Ruíz tienes un recuerdo especial: logró interesarlos genuinamente por las teorías del desarrollo económico, que divulgaba a partir de las obras de Simon Kuznets, Jan Tinbergen y Walt Whitman Rostow, y con frecuencia los acompañaba en las mesas de café o en el club. Estimulado por generosos vasos de ron, pasaba con facilidad del desarrollo económico a la utopía y elaboraba una deliciosa ficción sobre un planeta feliz que denominaba “Castalia”. Fue uno de los pocos que permitió en clase la especulación teórica y la apertura hacia diversos horizontes ideológicos.
Al comienzo no llegaron mujeres. La primera ingresó a la tercera promoción: Alicia Mendoza. Era la única en un estudiantado de más de cien hombres y debió soportar el comportamiento machista de los colegas. Dos factores adicionales para comprender el ambiente que se vivía en aquellos primeros años fueron la edad y la procedencia geográfica. Jairo Mosquera y tú fueron los más jóvenes (venían directamente del bachillerato). Los demás les llevaban dos, tres y hasta quince años. Habían iniciado otras carreras y algunos, ya casados, trabajaban para sostener a las familias. Así, las clases, conversaciones de cafetería y demás eventos revestían una seriedad mayor de la que usualmente se respira en las universidades. En cuanto a la procedencia geográfica, muchos eran antioqueños, pero había costeños, bogotanos, caleños y “pingos”.
Algunos tuvieron actuaciones y destinos curiosos. Uno de los candidatos conservadores a la campaña presidencial de 1962 era Alfredo Cock Arango. Tu compañero Jorge Leyva, novio de una de las hijas del candidato, mandó imprimir y pegar carteles con la leyenda “Jorge Leyva invita a votar por Alfredo Cock Arango”. El principal rival del candidato se llamaba de igual forma, Jorge Leyva. Indignado, le exigió públicamente al joven y desconocido estudiante que retirara los carteles, y para esto se valió de los medios de comunicación. El joven estudiante respondió por los mismos medios que no los retiraba porque tal era su nombre de pila; que era libre para apoyar a su suegro; que en Colombia había libertad para ejercer la democracia; y que si el político se sentía afectado por el homónimo, bien podía usar su segundo apellido para diferenciarse. (Aquellas elecciones fueron ganadas por Guillermo León Valencia.)
Un compañero se casó con una reconocida artista de televisión. Tuvo dos hijas, también artistas. A todas les sirvió de manager. Hace poco te lo encontraste, había cambiado de nombre, se hizo consejero del corazón, mentalista, predicador de Ecosofía y organiza clubes de enamorados. Otro, que antes de estudiar administración había sido jesuita, recibió a finales de los noventa una revelación del Arcángel Serafín y fundó una secta para comunicarse con extraterrestres y otras especies a través de médiums. Tuvo gran acogida porque muchos creían que el mundo se iba a acabar con el cambio de milenio. Dos de los más queridos murieron trágicamente en época temprana. Guillermo Lopera, quien se había radicado en Venezuela, fue asesinado por sicarios cuando visitaba a unos parientes en Medellín. Helmut Kurk trabajaba con su padre, Theodoro Kurk, poseedor de la agencia de bolsa más prestigiosa de la ciudad. Ambos fueron ametrallados en su oficina en una de las primeras acciones del narcotráfico.
LOS AÑOS SESENTA. En la casa de la calle Argentina ocupabas un cuarto en el primer piso –que te ofrecía independencia por ser el más cercano al portón–. Allí deben resonar todavía las voces de la muchacha de servicio en la cocina, de tu mamá por los corredores, de tus hermanos cuando ocasionalmente se peleaban, de tus hermanas en sus momentos de solaz y alegría. Resuenan, en especial, las de tu padre, enérgicas, cuando llegabas oloroso a cerveza a altas horas de la noche. En una ocasión, fue el 22 de noviembre de 1963, lo encontraste especialmente excitado. Al verlo, pensaste que iba a venirse con una andanada de reproches por el género disipado de vida que llevabas. En cambio, dijo: “mataron a Kennedy”. No supiste qué contestar y te dormiste con imágenes de guerra: algo grave iba a pasar.
Seguías tocando la guitarra y ya interpretabas arreglos del profesor Polanek y piezas de Tárraga, Bach y Albéniz. Había días que madrugabas para tocar una hora en el rincón más apartado de la casa antes de salir para la Escuela. En la tarde estudiabas en casa o en las casas de compañeros, y a las siete estabas listo para visitar a la novia de turno. Luego te dabas una pasadita por el Metropol y el Miami hasta las once para tomarte unas cervezas, jugar una partida de billar o conversar con los nadaístas.
Oscar vivía en la esquina de El Palo con Argentina, a una cuadra de tu casa. Era de tu edad y estudiaba medicina. El padre le facilitó una habitación en el primer piso, con salida independiente, y allí lo visitabas cuando venías del Metropol, a la media noche. Te maravillabas de su disciplina y constancia. Mientras tú perdías el tiempo en los cafetines, él se empeñaba a fondo en sus estudios. Ese año cursaba el segundo de carrera y le dedicaba grandes esfuerzos al Compendio de anatomía, de Testut. Uno de sus hermanos estudiaba ingeniería en la Universidad de Antioquia y se vinculó con un grupo subversivo. Su militancia era secreta. Un día recibió el encargo de asesinar a una persona. Dada su posición social y contactos familiares tenía acceso a la víctima. La orden fue simple: “mata a fulano. Aquí está el revólver. Tienes dos semanas para hacerlo. Si no lo logras, tú serás el muerto”. No fue capaz de ejecutar la orden y prefirió dispararse un tiro en la sien que no lo mató, lo dejó ciego.




