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La sola enunciación de estos proyectos ya implica ciertas contradicciones que no estabas en capacidad de resolver: los relatos sobre los ancestros están basados en la idea de progreso, de que la Historia, con mayúscula, tiene un derrotero siempre ascendente. Pero La huida implica exactamente lo contrario, el progreso no le trae nada bueno a los seres humanos. La civilización es detestable, hasta el punto de que el protagonista solo quiere retornar al estado más elemental de la cultura.
Pero el tiempo se agotaba; pronto ibas a graduarte de bachiller y requerías con urgencia tomar una de las decisiones más importantes: elegir carrera. El problema era que en el colegio no te prestaban ayuda y poco conocías de las opciones que ofrecía la ciudad. Seguías entusiasmado con la música; en realidad era la primera opción, pero tenías dudas: tus padres nunca te ofrecieron apoyo; para ellos, tocar guitarra era estrambótico y artificial, o sea, los mismos adjetivos que habían usado para calificar tu deseo de fumar pipa. Eras consciente, también, de que habías iniciado demasiado tarde el estudio de la guitarra, y, en general, de la música. A tu edad, los músicos verdaderos ya eran virtuosos. Pero la llevabas en el corazón: al escuchar la Quinta, ¿no sentías un revuelo íntimo que te hacía pensar en el destino, en Dios, en el Apocalipsis y cosas similares? ¿Qué significaban esas tardes afiebradas oyendo en solitario obras clásicas en los traganíqueles de los bares? ¿Por qué te empeñabas obsesivamente con la guitarra, a pesar de que nadie en el mundo –con excepción de Polanek– te daba el más mínimo aliento?
Ahora surgía una segunda opción: escribir. Y pensabas que lo único que requerías eran directrices, un pequeño entrenamiento. Sin embargo, de igual forma, presentías que tus padres no iban a aprobar esa opción. Iban a calificarla igualmente de estrafalaria. También iban a recordarte que no tenías las aptitudes: ya en la escuela primaria habías demostrado tu incapacidad para la caligrafía y la ortografía. No existían talleres de escritura ni nada por el estilo. Lo más cercano eran las carreras humanísticas, pero la oferta era escasa y nunca oíste hablar bien de ellas. Cuando se mencionaban a parientes y allegados, el primer calificativo que se les ocurría era el de “comunista”. Y en el panorama intelectual de aquella ciudad industrial pero reprimida, la escritura era sinónimo de los peores vicios: José Asunción Silva, amante de los placeres extremos, quien se suicidó joven. Vargas Vila, expulsado del país, muerto en el exilio, panfletario, pornógrafo y contradictor de la Iglesia; sus libros continuaban en el índice y su lectura era motivo de excomunión. Porfirio Barba Jacob, muerto también en el exilio, más recordado como homosexual y marihuanero, aunque algunos admiraban sus poemas. Estaban también Fernando González, recluido en Otraparte (moriría en 1964), con fama de loco y una estela de polemista; nadie imprimía sus libros; y los nadaístas, que se presentaban como escritores y poetas y que comenzaban a causar escándalo, verdaderas lacras sociales. Finalmente, y al igual de lo que ocurría con la música, no habías escrito nada de valor, nada sólido en qué cimentar la confianza, nada que hubiera sido de interés para alguien. Ni siquiera el profesor de literatura reconoció que podías escribir. Estabas, pues, en una encrucijada y sentías que se te cerraban las puertas.
Mientras tú vacilabas, tu padre insistía en que estudiaras una “carrera práctica”, que ojalá garantizara ingresos prontos y efectivos. Amabas el campo y él tenía una hacienda, por lo cual la agronomía se perfilaba como la opción más lógica. La carrera la ofrecía la Universidad Nacional en su sede de Medellín. Allí fuiste con él y recorrieron las aulas, laboratorios, establos y cultivos para las prácticas, en un inmenso terreno ubicado en la base del cerro El Volador. Solo había un inconveniente que pasaron por alto: eran altas las exigencias en matemáticas y por ellas nunca habías mostrado interés. Te inscribiste para los exámenes de admisión. Los cupos eran insuficientes para la enorme demanda y si no pasabas –lo dabas por descontado– solo tenías que esperar seis meses o un año para presentarte a una nueva convocatoria. En ese lapso tomarías clases de refuerzo. (Estabas equivocado: tu amor por el campo era bucólico; lo percibías como un espacio para la imaginación y el sosiego, no como lugar de trabajo ni como fuente de recursos materiales.)
Hubo, además, otro incidente que todavía nos deja pensativos. Con motivo de tu grado de bachiller, y ya tomada la decisión sobre la carrera de agronomía, tu padre no te regaló un manual de ganadería sino las Obras Completas, de Cervantes, en una fina edición de papel cebolla de Aguilar. ¿Cuál era el mensaje? ¿Se trataba de un respaldo velado a tu vocación literaria? Si fue así, no lo entendiste. Lo recibiste como un gesto protocolario. Ninguno de los amigos te había hablado del Quijote. No lo tenías en tus listas de lectura. Estabas fascinado con Kafka, Dostoievski, Miller y otros ídolos del momento. Cervantes no pasaba de ser una referencia de colegio y, por lo tanto, una referencia aburrida y despreciable.
Al final las cosas se dieron de manera casual y sorpresiva: ese semestre fundaron en Medellín la “Escuela de Administración y Finanzas” (luego se convirtió en “Escuela de Administración y Finanzas e Instituto Tecnológico” y, finalmente, en “Universidad EAFIT”; por ahora la llamaremos “la Escuela”). Aunque parecía un proyecto endeble y efímero, Jorge sugirió presentar los exámenes de admisión, “por si no pasas en agronomía”. Tales exámenes se llevaron a cabo en diciembre. Los de agronomía, para los que estabas inscrito, se iban a dar en enero. Tomaste los de administración, sacaste excelentes resultados y te olvidaste de la agronomía.
EL NADAÍSMO. Tu hermana Cecilia fue una mujer pretendida. A la casa llegaban jóvenes buscando su amistad. No faltaban los ramos de flores, las serenatas, las invitaciones, las visitas en la sala. Lo más molesto eran los carros que pasaban pitando, inclusive a altas horas de la noche y, sobre todo, las serenatas. Recibió muchas, con los tríos más cotizados. Algunas son memorables porque los pretendientes llegaban acompañados por amigos borrachos y presentaban espectáculos bochornosos, que luego daban mucho de qué hablar a los vecinos. Jorge entraba en cólera y en más de una ocasión salió para amenazarlos con llamar a la policía. Y Cecilia prorrumpía en llanto ante la posibilidad de que el pretendiente de turno no regresara.
Pero un día llegó un joven diferente. No estaba acompañado por una barra de adláteres, ni venía en el carro de la familia y ni siquiera llegó en motocicleta. Llegó solo y a pie. Tenía un nombre corto y sonoro: John. Era buen conversador, saludaba atentamente y Regina pensó que, por sus apellidos, podía ser bien recibido (su bisabuelo había sido un famoso constructor de puentes). Vivía a poca distancia, en el barrio Prado, en casa de los abuelos. Cecilia lo atendía en la puerta, como era costumbre, ante la vista de todo el mundo. Luego pasó a la sala. Poco a poco, sin embargo, aparecieron rasgos que pusieron a pensar a la novia y a la familia. John descreía de los curas, abandonó el colegio, según dijo, para “hacerse cargo de su propia educación”; era un hábil jugador de ajedrez y ganaba dinero en el Metropol compitiendo con profesionales. Se consideraba a sí mismo un genio, iba a ser escritor y proyectaba una obra filosófica que, según decía, superaría a la de Hegel. Llevaba libros bajo el brazo tomados de la biblioteca del abuelo, que saqueaba sin contemplaciones. Citaba de memoria a Dostoievski, Schopenhauer y Nietzsche, era capaz de hablar horas sobre la falta de sentido de la vida y del universo y con frecuencia concluía que el último refugio del sabio es el suicidio. También estudiaba las 14 lecciones sobre filosofía yogui y ocultismo oriental, de Yogi Ramacharaka, “para encontrar la serenidad”. Lo más llamativo, empero, eran sus conocimientos de hipnosis. Llevaba años estudiándola. Conocía un buen número de libros sobre el tema y hacía demostraciones por las esquinas y tiendas del barrio. Ya tenía fama y muchos incautos se prestaban para sus prácticas. Y, en efecto, hipnotizaba a uno o dos adolescentes con la mirada penetrante, movimientos bien estudiados de las manos y una voz profunda que modulaba las órdenes con decisión. Sin duda, conocía el oficio. Los ponía a bailar, a decir tonterías, a reír a carcajadas o a llorar. Hacía que sus músculos se pusieran rígidos y, con la ayuda de los presentes, los extendía entre dos taburetes a modo de puente, sostenidos en la nuca y los talones. Era “la prueba de la catalepsia”. O los chuzaba con agujas y les daba órdenes post-hipnóticas. Hablaba mucho del tema: con el hipnotismo era posible curar enfermedades, dejar de fumar o de amar, superar la timidez, aumentar el arrojo y controlar el miedo, recordar los detalles más nimios de la niñez, revivir los sueños más escondidos, desarrollar nuevos gustos y nuevas capacidades intelectuales. Se refería a la auto-hipnosis. Decía que la había practicado con resultados sorprendentes. A través de ella era posible controlar las facultades del espíritu, fortalecer la voluntad, ser más inteligente, más inspirado. A ella le debía sus triunfos en el ajedrez. A veces se extendía en especulaciones sobre lo para-normal –telequinesia, telepatía, adivinación del futuro– que dejaba boquiabiertos a los espectadores.
A medida que John mostraba estas facetas, Cecilia se acercaba a la conclusión de que no era la persona con quien quería establecer relaciones serias. Un día se llenó de valor y lo rechazó. John no se inmutó. Pensó que se trataba de un capricho transitorio; era cuestión de insistir. Entonces cambió de estrategia y buscó tu amistad. Ya habías presenciado alguna sesión de hipnosis en la tienda de la esquina y el tipo te mantenía intrigado. Aceptaste su amistad porque te interesaban sus conocimientos sobre literatura y sobre el control de la voluntad. Su teoría sobre la superación personal te parecía convincente. Fuiste a su casa y conociste a su abuela y a dos tías solteras. Vivía con ellas desde niño; el padre lo había dejado allí; rara vez venía a visitarlo y casi nunca se sabía dónde estaba. Quizá administraba fincas en la Costa o en los Llanos, quizás fuera contrabandista o algo más exótico. John hablaba de su padre como si fuese un héroe de novela, pero lo criticaba y en el fondo lo odiaba. En cambio, nunca mencionó a la madre. Hacían largas caminadas nocturnas. Visitaban arrabales y cantinas “observando la realidad”. Siempre tenía una reflexión inteligente sobre las personas y las cosas. El diálogo era intenso; los temas trascendentales. Una y otra vez venían a cuento las preguntas sobre el origen del universo, sobre la civilización y la historia, sobre el sentido de la vida. También las preguntas sobre la injusticia del régimen capitalista, sobre la necesidad de adelantar la revolución, de luchar contra el imperialismo yanqui. ¿Qué estaba ocurriendo en la inmensidad del mundo exterior? ¿Qué iba a pasar con la guerra fría y la carrera del espacio? ¿Qué importancia tenían para el futuro de la humanidad el Sputnik, la perra Laika, Yury Gagarín y Valentina Tereshkova?
A veces, las caminadas los llevaban por las montañas, hasta el Pan de Azúcar y otros picos y desde allí miraban la ciudad y reflexionaban sobre ella. O iban en tren hasta la estación Pradera, a un par de horas de viaje –donde su familia tenía una finca de piñales y caña de azúcar– y allí recorrían los sembrados, hablaban con campesinos y se bañaban en la quebrada. Fue en uno de aquellos paseos cuando surgió el proyecto de viajar a la Guajira. John mantenía una obsesión por la Guajira, donde vivió su padre y donde le compró a un cacique una muchacha núbil (John enfatizaba la palabra “núbil”). Luego de poseerla incumplió el trato y tuvo que huir para evadir la venganza de la tribu. Contó la anécdota muchas veces y en cada oportunidad cambiaba los incidentes, aumentaba o disminuía la belleza de la muchacha y el peligro que vivió el padre. Pero siempre, en esa aventura, John veía un carácter heroico, un proceder novelesco. En esos momentos parecía enorgullecerse de él y quería recorrer los territorios que él había recorrido. Tú también habías soñado con la Guajira (cuando leíste la novela de Zalamea Borda) y no necesitó mucho para convencerte. Un día de madrugada tomaron un bus de Rápido Ochoa. Fueron muchas horas de viaje por esas carreteras que seguían en construcción. Pasaron por Cartagena, Barranquilla y Santa Marta sin detenerse. Lo importante era llegar a Uribia y al Cabo de la Vela, un territorio que se consideraba exótico, por no decir salvaje y desconocido. Aún no habían construido la carretera de Santa Marta a Riohacha entre la Sierra y el mar; existía una por Valledupar, en realidad una trocha. Pernoctaron en Valledupar y continuaron en un bus que recogía y dejaba pasajeros por el camino. Y, a medida que se acercaban a la Guajira, repetían una y otra vez el propósito de visitar las tribus, conocer a sus mujeres y ver en directo cómo era que las negociaban. Cerca de Barrancas vieron la primera. Esperaba el bus al borde del camino. Subió y buscó un asiento. John no lo dudó: se sentó a su lado y entablaron conversación. Pocos kilómetros más adelante el bus se detuvo, la muchacha descendió, y antes de que tú pudieras reaccionar, ya John también había descendido, llevándose el morral que cargaba. Ni siquiera se volteó para decirte adiós; al momento quedaron envueltos en una nube de polvo. Tu primera reacción fue gritarle al conductor que se detuviera, tú también querías descender. Por fortuna no lo hiciste. No podías seguir a ese loco hasta el fin del mundo y menos ahora que te había dado la espalda en medio del desierto. Allá él, que hiciera lo que le viniera en gana, tu seguirías tu camino. El bus pasó por diversas rancherías y en cada una viste más y más mujeres. Vestían sus atuendos y llevaban la piel cubierta con betún, que les servía para defenderse del sol. Llegaste a Riohacha. Era un poblado de casas de paja y calles de tierra junto al mar. Abundaban las palmeras; también las mujeres y casi todas vestían como indígenas. Las observaste, las seguiste por las calles. Te hospedaste en una cabaña en la playa. Estabas contrariado por la deslealtad del amigo. Por momentos pensabas que tú eras el beneficiado: viajar en solitario permitía ir más lejos. Seguirías hacia el norte, hasta el final, hasta donde se acaba la tierra en el Cabo de la Vela. Tendrías tu propia aventura, nada que fuera compartido. Pero otros momentos pensabas que John iba a aparecer. Te ofrecería disculpas y reconstruirían la amistad. Así estuviste dos días en aquel hotel de playa y no hiciste nada distinto a bañarte en el mar, mirar a las mujeres y caminar por las calles polvorientas. Te animaba una curiosidad infantil y, como no encontrabas a la muchacha núbil con la que estabas soñado, tu arrojo se fue desmoronando. Sobra decir que tu amigo nunca apareció. Al tercer día hiciste cuentas, el dinero no era mucho y decidiste que lo visto y lo vivido era suficiente, que las princesas de aquella tierra no eran para ti y que era hora de tomar la vía de regreso.
Después del viaje, John volvió a solicitar a Cecilia, pero se encontró con el rechazo definitivo. Tú tampoco querías saber nada de él y ni siquiera le preguntaste cómo había terminado la aventura. Ahora el hombre tocaba a la puerta y nadie le respondía. Pasaba los días en la vecindad causándole a la familia una incómoda sensación de amenaza. Nunca le faltaron los incautos dispuestos a escuchar sus discursos y a presenciar los alardes de magia. Procuraba que Cecilia se enterara de sus hazañas enviándole recados, y se apagaba colillas en los brazos sin expresar dolor, para demostrar el control que tenía sobre cuerpo y espíritu. Como no recibía respuesta, un día dijo que iba a cortarse las venas. Nadie le paró bolas, era otra farsa para atraer la atención. Fijó fecha y hora. Tampoco nadie pensó que era en serio. A la hora señalada vinieron vecinos alarmados a avisar que John estaba en la esquina con una cuchilla de afeitar, listo para morir si Cecilia no se hacía presente. Las tías estaban advertidas y se lo llevaron para un internado psiquiátrico.
Luego de un largo silencio, recibiste varias cartas de John. Te informaba haber iniciado la carrera de derecho en Bogotá y te proponía escribir a dos manos un libro de “diálogos filosóficos”. Se quejaba de soledad. Ahora vivía en un edifico de ocho pisos “hecho para suicidas”. Se pregunta: “¿Hasta cuándo aguantaré?… estoy a punto de reventar. Cadáver, solo eso, bajo tierra, bajo las nubes. Hollarán mi tumba, escupirán, algún borracho meará sobre mi calavera, y sus orines se escurrirán por mis cuencas vacías…”. En la última decide romper toda relación contigo. Explica que se había afiliado al partido comunista y que por lo tanto no podía sostener una amistad con alguien que estudiara la carrera de negocios dentro de la concepción capitalista.
El poder religioso en Antioquia estaba en cabeza de prelados como Miguel Ángel Builes, Tulio Botero Salazar y Félix Henao Botero. Mantenían control férreo sobre las ideas políticas, los libros, los espectáculos, las costumbres, las relaciones entre los sexos, en una palabra, sobre las conciencias. Usaban la excomunión para lograr sus objetivos. La policía, bajo sus órdenes, sacaba al público a empellones de cualquier teatro que exhibiera “cine prohibido” o confiscaba “libros pornográficos” o “ideológicamente inaceptables” de cualquier librería. De Miguel Ángel Builes se conocen sus intervenciones políticas que terminaron en actos de violencia contra liberales y librepensadores. Este ambiente de oscurantismo y represión tuvo su momento culminante en 1961, cuando se llevó a cabo la Gran Misión, un programa de la Iglesia para revitalizar el culto. Del corazón mismo de la España más franquista vinieron sacerdotes para visitar las parroquias y trabajar con los feligreses. Algunos eran oradores notables y lograron cautivar a la sociedad. La Medellín católica, conservadora y tradicional vivió momentos de verdadera exaltación. Monseñor Tulio Botero Salazar, en su mensaje de cuaresma, calificó la misión como “un movimiento extraordinario de las fuerzas vivas de la Iglesia, para la renovación cristiana del individuo, la familia y la sociedad”. La Universidad Bolivariana, por su parte, recién obtenía el título de “Pontificia” y su rector, Félix Henao Botero, mantenía sobre profesores y estudiantes la más dura disciplina religiosa y confesional. En ese ambiente nació el nadaísmo. Gonzalo Arango, oriundo de Andes, llegó a Medellín huyendo de la violencia y quiso estudiar derecho en la Universidad de Antioquia, pero no pasó del tercer año. Tuvo alguna participación en favor de Rojas Pinilla que lo llevó a “exilarse” en Cali, donde encontró un ambiente propicio para el movimiento que se proponía. En 1958, con veintisiete años de edad, publicó en esta ciudad el “primer manifiesto nadaísta”, en el cual los firmantes se comprometieron a “no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio”. Lo acompañaron Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar y otros.
Poco después encontró nuevos adeptos en Medellín: Amílcar Osorio, Darío Lemus, Eduardo Escobar, Humberto Navarro (alias Cachifo) y Jaime Espinel. El movimiento se extendió por Manizales, Pereira y Barranquilla. Solo llegó a Bogotá a finales de 1961, por la época de la Gran Misión, cuando Gonzalo Arango fijó su residencia en la capital.
Conociste y trataste a Gonzalo Arango y sus seguidores. Era imposible no toparse con ellos. Te los encontrabas cuando salías a juniniar (en la cafetería del Hotel Europa, en el Miami y el Metropol; en la panadería del Sordo Jaramillo en Caracas con Girardot. También en Guayaquil y en la Bayadera). Organizaban fiestas en casas o fincas desocupadas. Llevaban muchachas “liberadas” que se daban ínfulas de artistas y se llamaban a sí mismas “existencialistas”. Asistían también extranjeras acabadas de llegar a la ciudad “en intercambio” y algunas putillas sacadas para cada ocasión de las casas de La Nena y Cándida Rivillas. Se oxigenaban el pelo para lucir de rubias y todas se daban aire de modernas.
Los nadaístas daban escándalo y se preciaban de darlo. Se autoproclamaban “genios” y “locos”. Usaban drogas, en especial la marihuana. Escribían poemas en tiras de papel higiénico y los leían en público. Llevaban largo el pelo. Desfilaban por Junín con vestidos estrambóticos. Lucían un clavel en la mano o en la solapa. Alguno se ponía un collar de perro y un compañero lo conducía de la traílla. O se amarraba con una cadena a la pata de una mesa de cantina. Hablaban de existencialismo y ateísmo, del nouveau roman, de libros prohibidos y otros de moda, como los de Jack Kerouak, Françoise Sagan, Sartre y Camus. De sexo libre. De homosexualismo. De música, pintura y otras artes. De cómo subsistir sin trabajar. De cómo vagar por las calles mofándose impunemente de lo establecido. De cómo burlar a la policía. De cómo sustraerle dinero al padre, a algún pariente o a los amigos. De drogas y alcohol. En una ocasión, la curia organizó un “Congreso de escritores católicos” que los nadaístas sabotearon con dos armas poderosas: asistieron a la sesión inaugural con frascos de asafétida, un compuesto químico maloliente que destaparon en el momento culminante; la pestilencia fue tan intensa que la sala quedó desocupada en segundos. Y repartieron un texto titulado Manifiesto al congreso de escribanos católicos, en el cual decían: “no somos católicos porque dios hace quince días que no se afeita, porque san juan de la cruz era hermafrodita, porque santa teresa era una mística lesbiana”, y acusaban a “los escribanos católicos” de todos los males del pueblo colombiano en los últimos quinientos años: “ustedes son responsables de esta crisis que nos envilece y nos cubre de ignominia”. El resultado fue que la policía apresó a Gonzalo Arango y a varios de los firmantes para conducirlos a la cárcel La Ladera, donde pasaron algunos días.
En efecto, el escándalo era la forma preferida del nadaísmo –por demás exitosa– para expresarse, llamar la atención, hacerse propaganda. Presenciaste de cerca muchos de tales escándalos. Tú y John eran parte de una legión de jóvenes curiosos que terminaban el bachillerato o iniciaban la carrera, que celebraban sus ocurrencias, participaban en fiestas tumultuosas y los acompañaban en las largas sesiones de café. A veces, el espectáculo lo daba el propio John, con sus alardes de ajedrecista e hipnotizador. Por allí pasaron tu primo Iván, que acababa de abandonar sus estudios y mantenía una relación con una muchacha negra que estudiaba piano; Ricardo, quien iniciaba la carrera de Derecho en la Bolivariana. Ramón, un costeño que iniciaba la misma carrera en la misma universidad de donde luego fue expulsado por monseñor Henao Botero, y quien años después se convertiría en un conocido novelista. Y Juan Fernando, quien llegaría a ser industrial exitoso y hoy preside instituciones culturales de gran prestigio. Gonzalo Arango les daba la bienvenida. Como siempre estaba en plan de buscar adeptos, veía candidatos por todas partes. En tu caso, eras un simple curioso, que temías ser expulsado del colegio o del hogar o caer en una redada de la policía y, por eso, te escabullías cuando la marea se ponía pesada. Solo eran nadaístas en propiedad quienes tenían el valor de romper efectivamente con el establecimiento.
Una noche de tertulia estabas con Gonzalo y otros jóvenes en la cafetería del hotel Europa. Estaba también Ricardo, el estudiante de abogacía. El diálogo fue intenso sobre ciertas nociones del código civil, que Ricardo defendía y Gonzalo atacaba, afirmando que en Colombia no había justicia. No estaban consumiendo drogas ni licores fuertes; solo café y cerveza. Hacia las nueve te levantaste. Ricardo dijo que también salía; se despidieron y los demás quedaron en el café. Caminaste con él por Junín, hasta el parque de Bolívar (ambos vivían a pocas cuadras, pero en distintas direcciones) y de allí cada uno siguió para su casa. Esa noche te pareció especialmente deferente contigo y te fuiste con la sensación de que Ricardo era un tipo sensato, que no se dejaba seducir por el nadaísmo y que sin duda iba a ser un profesional exitoso. Al día siguiente la noticia fue demoledora. Ricardo se había suicidado. Vivía con sus padres en una casa de dos pisos en la calle Bolivia, a pocos metros de la catedral. Según la versión que llegó a tu conocimiento, la madre, cuyo cuarto estaba en el segundo piso, lo sintió llegar antes de las diez. Ricardo dormía en el primero. No habló con nadie. Cerró su habitación, se vistió para dormir, se cubrió la cabeza con la almohada y se disparó un tiro de revólver en la boca. Parece que la almohada ahogó el ruido; descubrieron el cadáver a la mañana siguiente. No había una nota, ni una carta de amor, ni rastro de drogas o sustancias químicas. A pesar de tratarse de suicidio, el funeral se llevó a cabo en la catedral, sin duda por la influencia y prestancia de la familia. La ciudad estaba consternada. Algunos afirmaron que tal era la consecuencia del “maldito virus del nadaísmo”. Asistieron las autoridades, parientes y amigos; tú entre ellos. En algún momento se te salieron las lágrimas. Tenías la certeza de que fuiste la última persona que lo vio vivo. Y no te explicabas qué pasó en el corto lapso que mediaba entre la despedida en el parque y el balazo. Todavía hoy te preguntas qué pasó.




