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Seguías inquieto con la guitarra clásica, viva la ensoñación que tuviste en Bogotá. Cuando lo mencionabas en el hogar, tu padre siempre se oponía; tenía un pésimo concepto de este instrumento porque lo relacionaba con merenderos y borrachitos de arrabal. Tu mamá, un poco más condescendiente, te facilitó la adquisición de una guitarra marinilla y con ella aprendiste a templar las cuerdas y tocar compases. Estaba de moda el bolero Camino verde y era fácil aprender cuatro o cinco posiciones en el diapasón y dos o tres golpes en las cuerdas para acompañar la canción. Pero esto no era lo que tú buscabas. Lo que te interesaba era la música clásica y te saltaban las lágrimas cuando escuchabas algún disco con interpretaciones de Andrés Segovia y otros maestros. Un día te llenaste de valor y acudiste a la escuela de música de la Universidad de Antioquia, que funcionaba en un caserón de la calle Pichincha y ofrecía cursos de extensión. El director te sugirió, primero que todo, aprender la notación musical, y te indicó cómo matricularte. A partir de ese día, los miércoles en la tarde asististe a clase con otros estudiantes, para cantar tonos y escalas que el profesor entonaba con un flautín y señalaba con una vara en el pentagrama dibujado en el tablero. Fue una experiencia ardua; no tenías disposición para el canto, el carácter del profesor era desapacible y el método tedioso. Finalizó cuando conociste en la misma institución al profesor Edo Polanek, un bondadoso emigrante polaco quien, después de su jornada académica, ofrecía clases particulares en un estudio en la calle Maracaibo. Además de violinista, guitarrista, arreglista y profesor de música, era maestro artesano en la fabricación y reparación de instrumentos de cuerda. Fuiste a verlo; accedió a darte clases, dijo que con él seguirías avanzando en la notación y agregó que con la guitarra que tenías no ibas a llegar a ninguna parte. No sé cómo lograste reunir el dinero (sin duda fue mamá quien te ayudó), y un tiempo después fuiste con Edo a un almacén de música y adquiriste un instrumento de buena calidad (era brasileño) y por los siguientes años asististe regularmente a su estudio y practicaste una, dos y hasta tres horas diarias.
Así comenzó una época marcada por la música y la soledad. Buscabas los cafés que ofrecieran obras clásicas en los traganíqueles. Recuerdas en especial uno en la avenida Nutibara que vendía barata la cerveza y se especializaba en oberturas. Allí, retraído, en una mesa frente a una botella, hiciste sonar innumerables veces La caballería ligera, de Suppé. Te parecía que la música trascendía las limitaciones del lenguaje; que era una manera diferente de sentir, pensar o conocer; que a través de ella vislumbrabas un mundo aparte, superior al cotidiano, sublime y, sobre todo, un mundo total, organizado y en equilibrio. Entonces escribiste tu primer cuento: fue algo espontáneo, sin ningún propósito. Era lo que sentías: el último cliente de la noche en un cafetín de mala muerte que se resiste a retirarse, mientras afuera llueve y la mesera bosteza en un rincón del establecimiento. Estabas embriagado con estos sentimientos y no sospechabas que el asunto tenía un fondo más complejo. Pasaría un tiempo para que pudieras sortear las circunstancias que venían tejiéndose alrededor de tu destino.
EL MOMENTO DE LAS DECISIONES. Fidel Castro entró en La Habana en enero de 1959 marcando un viraje en la vida cultural y política del continente. Al comienzo hubo una ola de optimismo por la caída de Batista; Cuba iba a iniciar una era de progreso con el nuevo gobierno. Pero las noticias decían lo contrario. Las tropas triunfantes estaban dándole a la isla un baño de sangre. Hubo ejecuciones masivas y se instauró un régimen de terror. Miles de personas se agolpaban en los aeropuertos a la espera de vuelos que los sacaran del país, o se escapaban en las embarcaciones disponibles. Miami comenzó a recibir verdaderas multitudes. A pesar del entusiasmo que despertaba la revolución, nadie esperaba que Castro fuera tan lejos como para implantar un sistema comunista. Cuando hizo el anuncio, todos pensaron que era un chiste o un lapsus; Estados Unidos no iba a aguantárselo; la invasión norteamericana era cuestión de días. Pero todo se frustró con el sainete de la bahía de Cochinos. Fue un sainete porque el presidente Kennedy no apoyó la invasión y los emigrantes cubanos en la Florida no lograron convocar ni armar un ejército a la altura de las circunstancias. En Colombia, los debates fueron violentos. Unos defendían a Castro con el argumento de que era la llamada de atención que necesitaban los ricos para que comenzaran a compartir la riqueza con las mayorías paupérrimas; otros lo atacaban alegando que nada justifica una dictadura totalitaria.
Era frecuente, al promediar la tarde, sobre todo los viernes, ir a Junín para encontrarse con amigos, ver pasar a las muchachas y comentar las noticias. A esto lo llamaban “juniniar”. Tal era el único espacio de socialización que ofrecía la ciudad a los jóvenes. Acudían las muchachas de La Presentación, La Enseñanza, María Auxiliadora, Sagrado Corazón y Mary Mount olorosas a perfume, con el “neceser” al brazo y las cabelleras bien fijadas con laca, unas vistiendo sus uniformes escolares, otras luciendo faldas esponjadas de colores. Caminaban de a dos o de a tres, lentamente, como si se interesaran por lo que estaba exhibido en las vitrinas, pero en realidad dejándose ver de los muchachos apostados en las aceras. Los jóvenes estudiaban en el Sufragio, San José, San Ignacio, Pascual Bravo o cursaban primer año de universidad, y también se acicalaban adecuadamente. Las muchachas recibían los piropos, sonreían y a veces se dejaban abordar, todo dentro del mayor decoro. Como casi todos y todas fumaban, ofrecer un cigarrillo y encenderlo con elegancia facilitaba el intercambio. El contacto duraba unos minutos. Cuando el muchacho estaba de suerte, en ese corto lapso había memorizado un nombre y un número telefónico, lo que le permitía esa misma noche hacer la primera llamada e iniciar una amistad que con facilidad culminaba en noviazgo.
Eran los hombres quienes hacían el esfuerzo, desde la llamada y la visita hasta los gastos de la salida y la iniciativa en las caricias y los besos. Ellas no llamaban, ni sufragaban gastos, manifestaban un catolicismo acendrado y se cuidaban de expresarse sentimentalmente, porque si se excedían un tanto, con facilidad las tachaban de putas.
Tú participabas de estos protocolos y así conociste decenas de muchachos y muchachas cuya amistad renovabas cada semana. Fumabas y, aunque eran un poco más costosos que los nacionales, disfrutabas exhibiendo y ofreciendo Lucky Strike, Camel o Chesterfield, las marcas preferidas por los héroes de las películas de moda. Un tiempo después, sin embargo, pensaste que fumar pipa era más sofisticado; que daba un aire más intelectual y aventurero. Entonces te paseabas por Junín esparciendo el aroma intenso y dulzón del tabaco rubio. Y, en efecto, convocabas más miradas y no faltaron los aduladores, lo cual te impidió comprender que se trataba de un gesto petulante y artificial que más bien causaba rechazo y burla. A pesar de que invertiste grandes esfuerzos para hacer que el hábito se convirtiera en un rasgo natural de tu personalidad y para curar las pipas, terminaste por abandonarlas cuando ya no pudiste resistir la irritación de garganta y el malestar general que te producían. Por fortuna ahí paró el deseo de fumar.
Las mujeres establecían sus rutas y los hombres definían sus territorios, de modo que los encuentros se hacían predecibles. El recorrido podía iniciarse en La Playa. De ahí hacia el norte y a uno y otro lado hasta al Parque de Bolívar, los mojones más reconocidos eran el Hotel Europa, Librería Continental, Everfit, Club Unión, Doña María (cafetería), Astor (pastelería suiza), Metropol (salón de billares), Miami (cantina con traganíquel y meseras). Poco después apareció Versalles, al frente del Metropol, una cafetería regentada por un argentino donde se reunía la colonia de ese país, compuesta principalmente por jugadores de fútbol y cantantes de tango.
Hacia las siete, una vez cumplida la cita en Junín, las muchachas se marchaban con un revuelo de faldas y gestos emocionados y los jóvenes se dispersaban. Muy pocos se iban a sus casas a estudiar. La mayoría continuaba la jornada en el Miami, el Metropol y otros cafés que abundaban por Maturín, Palacé y Avenida Nutibara. Era la hora de celebrar con cerveza “los levantes”, de estrechar las relaciones masculinas, comentar los incidentes de Junín y seguir hablando de revolución y cambio social. Aquí el trato ya no era con las niñas de buena familia sino con las mujeres del pueblo que atendían las mesas; prostitutas envejecidas que debían soportar el trato desvergonzado que a esta hora desplegaban aquellos burguesitos estimulados por los encuentros de la tarde, por el licor y la música arrabalera que sonaba en los traganíqueles.
Por esos días conociste a Inge, tu primera novia. Cierro los ojos y sigo viendo su belleza fresca y su cuerpo flexible. El pelo fiero y abundante, de color castaño claro, casi rubio, lo sujetaba en “cola de caballo” con una gruesa cinta negra. No era alta, tal vez lucía un tanto llenita, pero se movía airosa gracias a la flexibilidad de su cintura y a la alegría de su temperamento. Estudiaba en el Sagrado Corazón. Hija única de familia alemana, vivía en una casa campestre en Robledo. El padre era ingeniero y trabajaba con una empresa extranjera. Tú la visitabas en las tardes, al salir del colegio. En el jardín se dieron los primeros besos. A veces Inge se tornaba ensimismada y romántica y leía en voz alta poemas de Porfirio Barba Jacob, Alberto Ángel Montoya y Julio Flórez. A su padre le tomaste cariño, era simpático y alegre. La madre, en cambio, te parecía lejana; siempre elegante, de negro y con collares. No te dabas cuenta de que su aparente frialdad se debía a que casi no hablaba el español. La relación duró un año. Asistieron a un par de fiestas de la colonia alemana en el Hotel Nutibara. En estas ocasiones te sentías cohibido; todos hablaban alemán, bebían y brindaban, cantaban en coro y bailaban polkas y valses. Inge te enseñó algunos pasos y algunas frases en su idioma. Cuando terminó el bachillerato, sus padres la enviaron a su país. Seis años después, según supiste por una noticia de periódico, se casó con un ingeniero en la ciudad de Wiesbaden.
Con Gustavo, tu compañero de colegio, ibas a los barrios de tolerancia. Las casas de lenocinio encendían en la fachada un bombillo rojo al anochecer, en señal de que los servicios estaban disponibles. También dejaban abierta la puerta para que los clientes se sintieran bienvenidos. Las mujeres conversaban en corrillo en la acera o se asomaban por las ventanas. La familia de Gustavo tenía chofer y este los invitaba a recorrer Lovaina antes de devolver el vehículo al garaje. Mientras él conducía, ustedes volcaban el cuerpo por las ventanillas con el rostro iluminado y los ojos bien abiertos, mientras las mujeres los llamaban y les hacían señales. El chofer, seguramente consciente de la responsabilidad que tenía con el hijo de la patrona, aceleraba veloz. Pero un día pareció ceder a los ruegos y se decidió a presentarles a unas “amigas”. (Tal vez la madre, que era viuda, acudió a los servicios del chofer para que le ayudara a su hijo a asumir la edad, y de paso tú te beneficiaste) La casa quedaba en Lovaina. A partir de ese día la visitaban al final de la tarde, cuando aún no llegaban los clientes verdaderos. Al traspasar el umbral entrabas en un mundo desinhibido donde no imperaba el decoro: las mujeres expresaban sus deseos y emociones sin reserva, hablaban del cuerpo sin tapujos, mostraban sus formas sin pudor, el sexo parecía no tener secretos. Respiraste el aire de las alcobas perfumadas, palpaste la suavidad de los encajes, conociste la opulencia de los senos. Allí todo era risa y alegría. Las jerarquías eran diferentes. La figura de poder no era masculina: mandaba la “madona”; era la dueña, la responsable del orden, la valiente capaz de enfrentarse al borracho buscapleitos; la que decidía quién ingresaba o cuándo terminaba la fiesta. Te sentías fascinado por sus senos enormes, sus caderas amplias y, al mismo tiempo, intimidado por su autoridad. Sabía armonizar su capacidad de mando con la sagacidad del comerciante y la ternura de la madre. Se preciaba de guardar en cualquier circunstancia la identidad de sus clientes. Actuaba como curandera y conocía de enfermedades y remedios. Y, sobre todo, sabía aconsejar, no solo a sus muchachas sino también a sus clientes. El primerizo encontraba en ella una mano segura y suave que lo guiara por el dulce y a la vez tortuoso camino del sexo. También podía darle consuelo al triste, al extraviado, al esposo de la mujer frígida. Sabía seleccionar a sus pupilas, entrenarlas, vestirlas y moldearlas a su gusto. Las jovencitas de los pueblos, expulsadas del hogar paterno por haber perdido la virtud –con frecuencia víctimas de violación–, encontraban en ella protección y hogar. Ingresaban sin esperanza de un futuro mejor y en pocos años consumían las pocas reservas de salud y belleza que alguna vez tuvieran. En cambio, “el hombre” de la casa era marica; se encargaba del aseo, de servir los licores y preparar los alimentos. Cantaba por los corredores, decía chistes, asumía gestos femeninos, a veces usaba ropas de mujer y le daba a cualquier reunión un aire de carnaval. Estaba dispuesto a complacer a quien se lo pidiera y competía con las muchachas en el juego de la seducción.
Allí trabajaba Mildred. Era de la costa y su acento y alegría la distinguían de las demás. Lucía un cabello azabache y liso que caía por los hombros, un cuerpo menudo y siempre una sonrisa. Te hablaba de su tierra y te puso a soñar con el mar, que no conocías. El color y las más altas vibraciones estaban más allá de estas montañas y estos pueblos antioqueños. Allá existían seres y culturas distintas y territorios que algún día tendrías que recorrer con ella. Le encantaba bailar. Decía que eras su novio y le respondías que ibas a quererla para siempre. Te escapabas del colegio para buscar con ella un sol que le diera calor a tu vida. Sus encantos te permitieron gozar la experiencia de manera abrumadora y feliz; tanto, que un día le propusiste que vivieran juntos. Pensabas que podían llevar una vida sin obligaciones en el prostíbulo, al amparo de la madona, sin tareas ni misa diaria, un romance eterno y sin desmayos. Ella rio a carcajadas: “—Y, entonces, papito, ¿de qué voy a vivir, si tú solo me das amor?”.
En el colegio hablaron de un viaje a Cartagena. Lo organizaban las directivas con los muchachos de quinto y la noticia te llegó en el momento más oportuno. Mildred te había creado demasiadas expectativas y estabas ansioso. La mala noticia era que ella no podía acompañarlos. El padre Giraldo contrató un “camioncito de estacas”. Él ocupó su puesto en la cabina con el chofer. Los seis muchachos que finalmente se inscribieron subieron con sus morrales a la plataforma, que estaba cubierta por una carpa. Salieron de madrugada. La carretera estaba en construcción y por todas partes había fangales y derrumbes. Hubo cambio de llantas y daños mecánicos; el viaje, que se suponía de quince horas duró más de treinta. La tarde era brumosa, tal vez amenazaba lluvia, y los viajeros dormitaban sobre los morrales vencidos por la fatiga, pero se pusieron en alerta cuando sintieron el aire salobre. Al momento vieron el mar y quedaron mudos ante su inmensidad. ¿Qué siente un joven montañero que ve el mar por primera vez? En ese entonces ninguno de ustedes podía decirlo. Tuvieron que pasar años antes de que encontraras la expresión justa en unos versos de Neruda:
Cuando salí a los mares fui infinito.
Era más joven yo que el mundo entero.
Y en la costa salía a recibirme
El extenso sabor del Universo.
“Primeros viajes”, (Memorial de Isla Negra)
En Cartagena se alojaron en el colegio salesiano, en frente de las bóvedas que le sirvieron de cárcel a Santander cuando iba desterrado para Europa (eso explicaba el cura). Visitaron los castillos, las murallas, los fuertes y las ensenadas (también llenas de referencias históricas), pero es poco lo que recuerdas: Mildred te hacía falta para darle sentido al viaje. No encontrabas la aventura que soñabas y no fuiste consciente de que la visión del mar ampliaba tu mente a una dimensión inédita.
Pero al llegar diciembre tuviste ocasión de regresar a la Costa. Ese año, Libia –la prima de tu padre– y sus hijos, que te habían recibido tan espléndidamente cuando eras niño en Bogotá, alquilaron una casa en Tolú para las vacaciones. Allí fuiste con Cecilia. Jorge Enrique (el hijo mayor) y Jairo (un amigo de la familia) estaban iniciando la carrera de abogacía. Estaba también Magola (una tía), Vicky (la hija que terminaba el bachillerato) y Humberto (el menor). A veces, bajo los cocoteros, se formaban agitados debates. Todos eran grandes lectores, se preciaban de conocer los últimos títulos, las últimas noticias. Sabían argumentar. Los primos habían vivido cuatro años en Italia, viajaron por Europa y la crónica parecía inagotable. Tú querías hablar de literatura. Acababas de leer Cuatro años a bordo de mí mismo, de Eduardo Zalamea Borda, que encontraste en la biblioteca de tu padre y La hojarasca, de Gabriel García Márquez, que había circulado en una edición barata. No eran lecturas del colegio y te interesaron porque estaban ambientadas en la costa. Pero ellos no los conocían. Y seguían hablando, mejor dicho, pontificando –sobre todo Jorge Enrique– de Cuba, Yugoeslavia y la Unión Soviética.
Te sentías apabullado por la contundencia de sus discursos. Asumías la mayoría de edad. Tus emociones se habían magnificado con el sexo; con el mar, con las lecturas recientes, y también con inquietudes trascendentales como la pregunta por el ser, la identidad y el destino. Y más que hablar de revolución y clases sociales, lo que te fascinaba eran esas chozas pajizas, esos pescadores en la playa preparando las redes, esas morenas esbeltas que llevaban bandejas con frutas en la cabeza, esos paisajes bajo las palmeras, frente al mar. Te fascinaba, sobre todo, el espectáculo del firmamento cuando lo veías desde la playa y que una noche en particular quedó grabado en tu recuerdo: era una ensenada solitaria, vecina al pueblo. La luna afloró en el horizonte precedida por su resplandor. Reunieron madera y encendieron una fogata. Sentiste que los troncos estaban habitados por espíritus que, al arder, dejaban escapar susurros y lamentos. ¿Qué mensajes eran aquellos? Hablaban un lenguaje cifrado que tú podías traducir, y pensaste en tierras lejanas y en princesas cuya doncellez era hollada por el mar. Cuando la luna llegó al cenit y quedó cubierta por un manto de nubes, la fogata brilló con más intensidad y en el confín se veían los luceros. Pero no te atreviste a expresar tus emociones. Nadie te habría escuchado.
Desde tu viaje a Bogotá venías acariciando la idea de ser músico profesional. Dijimos que concebías la música como un lenguaje para sentir y conocer mejor el mundo, y que en ciertas obras lograbas percibir una armonía superior y una sensación de plenitud. La vida se enriquecía con la música y lograba un propósito elevado. En Tolú, al establecer las correspondencias entre lo que sentías y lo que habías leído, experimentaste algo similar: la realidad también se enriquecía con lo que aportaba la literatura.
Leías mucho, sobre todo novelas y poesía. Escribías cuentos. Cuando estabas en quinto te decidiste por la poesía y llenaste varios cuadernos. Dejabas volar la mente con libertad, al ritmo de la música interior, y era el verso libre el vehículo que mejor te convenía. Pero en los cursos de literatura el paradigma seguía siendo la poesía medida y rimada de los clásicos del Siglo de Oro, ya que a ese colegio nunca llegaron el modernismo ni las vanguardias. Y te sentías frustrado. Al intentar la prosa tuviste mejor resultado. El padre Giraldo les solicitó un texto con motivo de la fiesta de la Virgen. El tema era por demás manido, pero te esforzaste y quedó tan bueno que él lo rechazó con la calificación más baja y con una nota: “Lo que presentó no es suyo. No copie”. No lo habías copiado; era evidente que el cura no confiaba en tus capacidades creativas. No ofreciste ni pediste explicaciones; y te quedó la inquietud de que tal vez valía la pena dejar de luchar con las sílabas y las rimas para intentar la prosa.
La reacción espontánea fue comenzar un diario. Las primeras páginas fueron frases de tono poético que imaginabas dirigiendo a tus amigas, del siguiente tipo: “Siento la suave tristeza del olvido. Esta noche quiero naufragar en tu alma”. “Estás fundida con el paisaje. La bruma te baña: niebla y color. Se oye el llorar cansado de la naturaleza”. Te escapabas a Soná y pasabas el tiempo leyendo y escribiendo. Son campos apacibles, cubiertos por bosques, surcados por arroyos de agua cristalina, con una temperatura suavemente cálida, donde el silencio solo se ve mancillado por el piar de los pájaros y el bramar de los terneros. Leías en la hamaca y caminabas por las orillas de las quebradas o por el filo de las colinas. Entonces divisabas valles, cañadas y laderas. ¿Qué misterios encierran? Pumas, micos, lagartos, serpientes, pájaros, insectos, mariposas y especies aún no clasificadas. Y también huesos, cuerpos putrefactos, bacterias, caldos vivientes, troncos en descomposición, hojarasca y ramazones, amparado todo por el tiempo y la quietud. Y en el meandro de aquel universo, un flujo continuo, a veces minúsculo, a veces tumultuoso, de violencia, sangre y muerte. Pensabas en mundos que chocan, se mezclan y destruyen en vórtices de catástrofe. ¿Cuándo y porqué comenzó todo esto? ¿Qué somos nosotros, los humanos, frente a tal torbellino?
Un día te llevaste para el bosque un viejo ejemplar de Hamlet y, a gritos, repetías, con objeto de aprenderlo de memoria, aquel pasaje de uno de los cómicos que dice:
El feroz Pirro, cuyas pavonadas armas, negras como sus designios, semejan la noche cuando yace tendido en el seno del caballo fatal, tiene ahora su atesada y temible figura manchada con un blasón aún más fatídico. De la cabeza a los pies está teñido horriblemente con sangre de padres, madres, hijas e hijos, cuajada y endurecida por el fuego abrasador de las calles incendiadas. Ardiendo en cólera y fuego, y así embadurnado de sangre coagulada, con unos ojos parecidos a carbúnculos, el infernal Pirro corre en busca del anciano rey Príamo.
Te imbuían sentimientos de tragedia que se intensificaban con la crudeza de las imágenes y el ritmo de las frases. Si alguien hubiese escuchado, te habría tomado por loco. Amabas la soledad. Escribías tarde en la noche, a la luz de una vela (porque en Soná no había luz eléctrica) y a veces te quedabas lelo viendo la silueta proyectada por tu cuerpo en la pared. Oías los truenos en la lejanía y el golpeteo de la lluvia sobre el tejado. Sentías una fuerza latente, un ansia de vagar en espíritu por los campos. Te hacías el propósito de no pensar, solo sentir la vida en su plenitud. Imaginabas arroyos desbordados que te invitaban al amor, actos de erotismo con la tierra cálida. Buscabas frases que fueran eficaces y tuvieran armonía. Querías expresar tus emociones para cauterizarlas y darles forma. Sentías el cerebro afiebrado por imágenes en tumulto, ideas, historias que se atropellaban entre sí, luchando por salir en forma de escritura. Pensabas en la escritura y en la muerte; un día anotaste en el diario: “Morir es nuestro vicio inherente. El producto de la vida es un libro negro, encima del cual llora una calavera”. Y concluías que el texto podía ser, también, una forma de excrecencia. Con estas frases creías prepararte para lo que verdaderamente te interesaba: iniciar una “obra” en la que irías a agotar la existencia y a perpetuar el ser.
¿Pero qué clase de obra?
El diario lo escribías en hojas de papel periódico. Las conseguías por kilos en El Colombiano –eran las más baratas y se acomodaban a tus necesidades. No era sino poner la fecha para que surgieran las frases–. Era el recipiente apropiado para meter o condensar –cuando aún estaban frescas– las imágenes que aparecían en el flujo de conciencia o en los sueños y que se perderían si no las agarrabas de inmediato. También para esbozar narrativas, coleccionar citas de los libros que leías y para elucubrar con libertad sobre el ser, el universo, los sistemas siderales y el mundo subatómico –un verdadero florilegio–.
Aunque no tenías mucha claridad sobre los géneros literarios, surgieron –en forma más o menos espontánea– otras dos líneas de escritura: lo que llamaste pomposamente “mi primera novela”, que tenía por título La huida y narraba la historia de un hombre de ciudad hastiado de lo urbano que decide huir a una playa habitada por pescadores. Es su forma de renunciar a la civilización y regresar al origen. Le dedicaste tiempo y esfuerzo, pero al final no cuajó. Y una colección de relatos basados en la historia familiar y de la provincia. Mucho se hablaba por aquellos años de “la raza antioqueña” y para ti no existían ejemplos más evidentes que los de la familia. Al estudiarlos, era claro que de la guerra, la pobreza, la selva, el desorden, era posible emerger hacia el progreso y el bienestar. ¿A qué mejor inspiración literaria podías aspirar? Después de años cuajó en un librito que lleva por título Altagracianos, porque trascurre en un lugar ficticio llamado Altagracia.




