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Cuando Keqing hubo terminado de servir té, Xifeng preguntó:
—Y bien, ¿para qué me habéis invitado? Si tenéis algo bueno para mí, dádmelo de una vez. Tengo cosas que hacer.
Antes de que la señora You o Keqing pudiera responder, replicó riendo una concubina:
—En ese caso no debería haber venido. Aquí no puede esperar que todo sea a su antojo, señora.
Entró Jia Rong a presentar sus respetos, y Baoyu preguntó si estaba en casa Jia Zhen.
—Ha salido de la ciudad a visitar a su padre —le respondió la señora You—. Parece que te aburres ahí sentado, ¿por qué no sales a dar un paseo?
—Casualmente —dijo en ese momento Keqing— está aquí mi hermano, aquel al que tantas ganas tenía de conocer el tío Bao. Quizás ande por la biblioteca, ¿por qué no va a echar un vistazo, tío?
Baoyu hizo ademán de bajarse del kang, pero la señora You y Xifeng lo detuvieron:
—Espera. ¿Por qué tienes tanta prisa? —y ordenaron a unas cuantas doncellas que lo acompañasen—. Procurad que no se meta en líos —advirtieron—. Aquí no está la Anciana Dama para retenerlo.
—¿Y por qué no invitamos al joven señor Qin a que venga aquí? —sugirió Xifeng—. Así podré verlo yo también. ¿O acaso no lo puedo conocer?
—Mejor harías no viéndolo —repuso la señora You—. No se parece a nuestros muchachos con sus modales rudos y groseros. Los Qin están mejor educados. ¿Qué pensará el joven cuando vea a un terror como tú? Se reiría de ti.
—Soy yo la que se ríe de los demás —sonrió Xifeng—. ¿Cómo va a reírse de mí un muchacho?
—No es eso, tía —dijo Jia Rong—. Es que es muy tímido y no tiene mucho mundo. No sería usted bastante paciente.
—Aunque se tratase de un monstruo insistiría en verlo, ¡pareces tonto! Tráelo ahora mismo o te daré una buena bofetada.
—¿Cómo me iba a atrever yo a desobedecer una orden suya? —dijo Jia Rong con una risita—. Ahora mismo lo traigo.
Jia Rong volvió acompañado de un joven algo más delgado que Baoyu y aún más apuesto. Sus rasgos eran hermosos, su tez clara, sus labios rojos, su porte agraciado y sus modales agradables, pero era más tímido que una niña. Hizo una cortísima reverencia ante Xifeng y preguntó por su salud con voz apenas audible.
Encantada, Xifeng dio un ligero codazo a Baoyu y le dijo:
—Ahora debes cederle tu lugar.
Se inclinó para cogerle las manos, e hizo sentar junto a ella al joven recién llegado; luego le preguntó su edad y los libros que estaba estudiando. Descubrió que su nombre escolar era Qin Zhong.
Como era el primer encuentro entre Xifeng y Qin Zhong, pero aquélla no había traído los regalos de rigor, algunas de sus doncellas corrieron de vuelta a casa para consultar con Pinger, quien, conocedora de la estrecha amistad que existía entre su señora y Qin Keqing, decidió que había que obsequiar al muchacho con un regalo de importancia. Les entregó un corte de seda y dos pequeños medallones de oro que llevaban inscrito el deseo de que su poseedor obtuviera el número uno en los exámenes de palacio. Al recibir los regalos, Xifeng los entregó disculpándose porque eran demasiado poca cosa. Keqing y las demás expresaron elocuentemente su agradecimiento.
Después del almuerzo, la señora You, Xifeng y Qin Keqing se sentaron a jugar a los naipes, permitiendo que los dos muchachos buscasen por su cuenta un entretenimiento.
Al ver a Qin Zhong, Baoyu se sintió impresionado. Tras un momento de estupefacción se enredó en tontas divagaciones: «¿Cómo puede haber alguien semejante en el mundo? —pensó—. Comparado con él no soy más que un sucio cerdo o un perro sarnoso. ¿Por qué tuve que nacer en una familia noble? Si fuera el hijo de un erudito pobre o de un funcionario de bajo rango, tal vez sería su amigo desde hace mucho tiempo y habría merecido la pena vivir. A pesar de mi alto rango sólo soy un tocón de madera podrida fajado con sedas y satenes, una cloaca repleta de viandas y licores. Riqueza y nobleza son un veneno para mí».
Para Qin Zhong, en cambio, el porte impresionante de Baoyu y su ingeniosa conducta oscurecían su lujosa vestimenta, sus hermosas doncellas y sus apuestos pajes, y pensaba: «Con razón todos quieren a Baoyu. ¿Por qué me tocó nacer en una familia pobre, sin posibilidad de ser su amigo? ¡Qué tremenda barrera separa la riqueza de la pobreza! Es sin duda una de las mayores desgracias de esta vida».
Y así, ambos estaban sumidos en necias cavilaciones. De pronto Baoyu preguntó a Qin Zhong qué estaba leyendo y, tras la sincera respuesta de su compañero, se enzarzaron en una animada conversación que les hizo sentirse muy cerca el uno del otro. Después aparecieron el té y algunos platos.
—Nosotros dos no beberemos vino —dijo Baoyu—. ¿Por qué no colocamos uno o dos platos sobré, ese pequeño kang de la habitación de adentro y así no las molestamos?
Y entraron a tomar su té. Tras servirle a Xifeng vino y algo de comer, Keqing pasó por donde estaban los dos muchachos para decirle a Baoyu:
—Tío Bao, su sobrino es joven. Si dijera algo inconveniente debe pasárselo por alto; hágalo por mí. A pesar de su timidez es un niño terco que siempre busca que las cosas se hagan a su antojo.
—No te preocupes, déjanos solos —dijo Baoyu riendo—. Estamos bien.
Tras aconsejar a su hermano que se portara bien, Keqing volvió con Xifeng.
Algo más tarde, Xifeng y la señora You mandaron recordar a Baoyu que si deseaba algo de comer de donde ellas estaban, no tenía más que pedirlo. Baoyu lo agradeció, pero no sentía ningún interés por la comida, tantas eran las ganas que tenía de conocer más cosas acerca de la vida de su nuevo amigo.
—El año pasado murió mi preceptor —le confió Qin Zhong—, y mi padre está ya tan viejo y tiene tantos achaques, y además está tan ocupado, que todavía no ha podido buscar un sustituto. En mi casa lo único que hago es repasar lecciones antiguas. De todos modos, para el estudio se requiere uno o dos compañeros afines con quienes discutir las cosas de vez en cuando, y así poder aprovechar mejor el tiempo.
—Yo pienso igual. Nosotros tenemos una escuela para los miembros del clan que no pueden contratar a un maestro. El mío volvió a su tierra natal el año pasado, así que por el momento yo también estoy sin preceptor. Hasta que vuelva el año que viene, mi padre quiso que asistiera a esa escuela para repasar las lecciones, pero mi abuela no lo permitió porque pensó que tantos chicos juntos crearíamos problemas, y, como además estuve unos días enfermo, no se volvió a hablar del asunto.
Baoyu prosiguió:
—Si, como dices, tu padre está preocupado por tu educación, ¿por qué no le dices en cuanto vuelvas a casa que te vienes a estudiar a nuestra escuela? Yo seré tu compañero y podremos ayudarnos el uno al otro. Sería estupendo.
—El otro día, cuando mi padre tocó el tema del preceptor, habló muy bien de la escuela que tienen aquí —respondió Qin Zhong entusiasmado—. Tenía la intención de venir a discutirlo con el señor Zhen, pero al final no quiso molestarlo con semejante minucia, con lo ocupado que está aquí todo el mundo. Tío Bao, si le parece que puedo moler su tinta o lavar su tintero arreglémoslo cuanto antes; no perderíamos el tiempo, tendríamos numerosas oportunidades de conversar, nuestros padres se quedarían tranquilos y podríamos ser buenos amigos, ¿no sería formidable?
—Descuida. Vamos a decírselo a tu cuñado y a tu hermana, y también a la hermana Xifeng. Cuando vuelvas se lo puedes decir a tu padre, y yo le hablaré a mi abuela. No hay razón para que esto no se arregle cuanto antes.
Cuando terminaron de tratar el asunto ya estaban encendiendo las lámparas, y los dos salieron a mirar como jugaban las mujeres. Cuando se contaron los puntos resultaron perdedoras, una vez más, Keqing y la señora You, y se acordó que su castigo fuera invitar a una comida y a una función de ópera al cabo de dos días. Luego siguieron conversando un poco más.
Acabada la cena, y en vista de que había caído la noche, la señora You sugirió llamar a dos sirvientes para que acompañasen a Qin Zhong de vuelta a casa, y Varias doncellas salieron para prepararlo todo. Cuando volvieron, les preguntó quién acompañaría al muchacho.
—Jiao Da —respondieron las doncellas—. Pero está otra vez borracho diciendo impertinencias.
—¿Y por qué enviarlo a él? Cualquiera de estos jóvenes puede acompañarlo. ¿Por qué elegir a Jiao Da?
Xifeng intervino:
—Siempre he pensado que eres demasiado permisiva. ¿Cómo puede hacer y deshacer de ese modo un simple sirviente?
—Seguramente conoces a Jiao Da —suspiró la señora You—. Ni el señor ni tu primo Zhen pueden controlarlo. De joven acompañó a nuestro bisabuelo en tres o cuatro expediciones, y le salvó la vida sacándolo a cuestas de un campo de batalla sembrado de cadáveres. Él mismo pasaba hambre, pero los alimentos que robaba eran para su señor; después de pasar dos días sin agua, el primer medio tazón que consiguió también fue para su señor, y él se contentó con beber orines de caballo. Todo esto le valió ser tratado con una consideración especial en tiempos del bisabuelo, y ahora ya nadie puede meterse en su vida. Con los años le ha ido perdiendo respeto a las apariencias; lo único que hace es beber, y cuando está borracho insulta a todo el mundo. Una y otra vez les he dicho a los mayordomos que lo borren de la lista y no les encarguen más tareas, pero ya ves que hoy me lo mandan de nuevo.
—Claro que conozco a Jiao Da, pero de todos modos deberías poder manejarlo —replicó Xifeng con sorna—. Destínalo a alguna granja lejana y asunto zanjado.
Después preguntó si estaba ya listo su carruaje.
—Listo y esperándola, señora —informaron los encargados.
Xifeng se levantó para salir y condujo a Baoyu hacia la salida. La señora You y las demás los acompañaron hasta el salón principal, desde donde vieron a los palafreneros esperando en el patio a la luz de los faroles de mano.
Como Jia Zhen no estaba en casa, aunque tampoco hubiera podido hacer nada, Jiao Da estaba desbocado. Completamente borracho, se encaró con el intendente general y con sus injusticias llamándolo «cobarde fanfarrón» y «valiente con los débiles».
—¡Guardas todas las tareas fáciles para los demás, pero cuando se trata de acompañar a alguien en plena noche recurres a mí! ¡Maldito hijo de puta! ¡Vaya intendente general! ¡Puedo levantar la pierna más arriba de tu cabeza! ¡Desde hace veinte años lo único que siento por esta casa es desprecio! ¡Y no me hagáis hablar de vosotros, bastardos, pandilla de hijos de puta! —gritaba señalando al grupo de criados.
Indiferente a los gritos que le daban los otros sirvientes para que se callara, siguió maldiciendo como un poseso mientras Jia Rong acompañaba a Xifeng hasta su carruaje. A Jia Rong ya le resultó imposible pasar por alto este incidente; insultó a Jiao Da y ordenó a sus hombres que lo amarrasen.
—Mañana cuando esté sobrio le preguntaremos qué significa esta lamentable conducta —dijo.
Jiao Da, que tenía muy mala opinión de Jia Rong, se abalanzó contra él redoblando sus gritos:
—¡No te hagas el amo delante de Jiao Da, hermanito Rong! ¡No ya un mocoso como tú, sino gente de tanto peso como tu padre o tu abuelo nunca se han atrevido a enfrentarse a mí! ¡A mí me debéis los cargos oficiales, los títulos elegantes y las riquezas! ¡Tu bisabuelo construyó todo esto arriesgando su vida, y nueve veces lo rescaté yo de las fauces de la muerte! ¡Deberíais estarme agradecidos, y en vez de eso vienes a hacerte el amo! ¡Mejor harías cerrando la boca! ¡Si dices una palabra más, te hundiré una hoja roja y la sacaré blanca! —dijo el borracho confundiendo las palabras.
—¿Por qué no te deshaces de una vez de ese canalla cerril? —preguntó Xifeng desde el carruaje—. Sólo trae problemas. Si esto llega a oídos de nuestros parientes y amigos se revolcarán de risa con la falta de disciplina que hay en esta casa.
Mientras Jia Rong asentía, unos cuantos sirvientes, indignados por el exceso de Jiao Da, se lanzaron sobre él y se lo llevaron a rastras hacia los establos. Entonces soltó una sarta de improperios que implicaron también a Jia Zhen:
—¡Dejadme! ¡Dejadme que vaya al templo de los Antepasados a llorar por mi antiguo señor! —gritaba rabioso—. ¡Poco sospechó que estaba engendrando una pandilla de degenerados, un caserón repleto de perros y perras en celo que pasan los días arrastrándose entre cenizas [3] o acostándose con sus jóvenes cuñados! ¡A mí no me engañan! ¡Aquí cuando se tiene un brazo quebrado se esconde en la manga!
Tantos despropósitos aterraron a los sirvientes, que amarraron al borracho a toda prisa y le llenaron la boca de barro y de bostas de caballo.
Xifeng y Jia Rong simularon que no habían oído nada, pero Baoyu, desde el carruaje, había seguido con atención el exabrupto de Jiao Da.
—¿Has oído, hermana? —preguntó a Xifeng—. ¿Qué quiere decir eso de «arrastrarse entre cenizas»?
Furiosa, Xifeng le respondió a gritos:
—¡Basta ya de tonterías! ¿Qué te pasa ahora a ti? ¡No sólo escuchas las sandeces de un borracho, sino que encima haces preguntas! ¡Espera a que volvamos y se lo cuente a tu madre! ¡Verás como lo pagas con una paliza!
—Hermana —suplicó temeroso Baoyu—. Prometo no volver a hacerlo.
—Eso está mejor. En lo que hay que pensar ahora es en hablar con la Anciana Dama para que te envíe junto a tu sobrino Qin Zhong a la escuela.
Mientras hablaban, llegaron a la mansión Rong.
Y como se suele decir:
La buena apariencia allana el sendero de la amistad.
La mutua atracción inicia a los muchachos en el estudio.
* En la versión manuscrita más antigua, al principio de este capítulo aparecen los siguientes versos:
Las doce flores más bellas,
¿quién las ama tiernamente?
Si quieren saber su nombre
cuando se encuentren con él,
es Qin su apellido y vive
al sur del río Yangzi.
Capítulo VIII
Hablando del Jade y el Oro,
Yinger presiente el destino de su señora.
Visitando a Baochai, Daiyu se siente un poco celosa *.
En cuanto hubo llegado y presentado sus respetos, Baoyu expuso a la Anciana Dama su deseo de asistir a la escuela del clan junto a Qin Zhong. Le habló sobre el incentivo que para él supondría tener un amigo y un compañero de estudios; alabó con toda sinceridad el admirable carácter y las adorables virtudes del otro muchacho. Xifeng, que se encontraba a su lado, lo apoyó diciendo:
—Dentro de un par de días vendrá Qin Zhong a presentarle sus respetos.
Y aprovechando el buen humor que a la anciana le habían causado las noticias de su nieto, la invitó a una ópera.
A pesar de su edad, a la Anciana Dama le entusiasmaba cualquier cosa que rompiera la monotonía. Cuando llegó el día y la señora You vino a invitarla, llevó consigo a la dama Wang, a Daiyu, a Baoyu y a los demás para que disfrutaran con ella del espectáculo.
Al mediodía la anciana se retiró para descansar. También se recogió la dama Wang, amante de la paz y la tranquilidad. Entonces Xifeng, sola, se acomodó en el lugar de honor y disfrutó plenamente hasta que cayó la noche.
Después de acompañar a su abuela, Baoyu habría regresado a ver de nuevo el espectáculo, pero temió que su presencia molestara a Keqing y las demás, y como entonces recordó que todavía no había ido personalmente a interesarse por la salud de Baochai, decidió hacerle una visita. Puesto que recelaba que algo se lo impidiera si pasaba por el salón principal, y además le desazonaba la posibilidad de encontrarse con su padre, decidió tomar el camino más largo para no tropezarse con nadie.
Sus amas y doncellas lo esperaban para ayudarle a quitarse los trajes ceremoniales, pero él salió de nuevo sin cambiarse de ropa. Lo siguieron hasta que cruzó el segundo portón, convencidas de que regresaba a la otra mansión; pero, en lugar de ello, Baoyu dio la vuelta hacia el nordeste por detrás del salón. Sin embargo, allí fue a darse de bruces con Zhan Guang y Shan Pingren, dos protegidos de su padre, que se le acercaron sonrientes. Uno le echó un brazo por encima de los hombros y el otro le cogió una mano.
—¡Pequeño bodhisattva! —exclamaron—. Qué deliciosa sorpresa. Hacía mucho tiempo que no lo veíamos.
Ya se iban tras presentarle sus respetos, interesarse por su salud y charlar un rato, cuando un ama les preguntó si venían de donde estaba el señor.
Asintieron con un gesto, y dirigiéndose a Baoyu con un guiño:
—No se preocupe, Su Señoría está durmiendo en el estudio del Sueño en Declive. —Y siguieron su camino.
Estas palabras hicieron reír a Baoyu, que continuó hacia el norte. Y ya apretaba el paso en dirección al patio de los Perales Fragantes cuando del edificio de la administración salieron Wu Xindeng, el administrador principal; Dai Liang, el administrador de los graneros, y otros cinco sirvientes. Al ver a Baoyu se dirigieron hacia él y adoptaron una actitud de respetuosa atención. Uno de ellos, Qian Hua, que no veía a Baoyu desde hacía tiempo, se adelantó para hincar una rodilla en tierra [1] . Con una leve sonrisa, Baoyu le ayudó rápidamente a incorporarse mientras los demás decían alegremente:
—El otro día vimos unos doufang [2] suyos, joven señor. Su caligrafía ha mejorado mucho. ¿Cuándo nos regalará algunos para adornar nuestras paredes?
—¿Dónde los vieron? —preguntó Baoyu.
—Están en muchos sitios —le respondieron—. Todo el mundo los alaba, y mucha gente viene a que consigamos algunos.
—No merecen ser conservados —protestó Baoyu entre risas—, pero si quieren alguno sólo tienen que pedírselos a mis pajes.
Cuando él echó a andar, los otros siguieron su camino. Pero acabemos de una vez con esta digresión.
Al llegar al patio de los Perales Fragantes, Baoyu acudió en primer lugar a saludar a su tía Xue, a la que encontró distribuyendo las tareas domésticas entre sus doncellas. Presentó sus respetos a la tía, que lo abrazó fuertemente.
—Ay mi niño —dijo alegremente—. Qué suerte que hayas venido, sobre todo en un día frío como éste. Ven aquí y súbete al kang, que está calentito.
Ordenó que sirvieran un té caliente.
—¿Está en casa el primo Pan? —preguntó Baoyu.
—El primo Pan es como un caballo sin jinete —suspiró ella—. Siempre está fuera de aquí, de un lado a otro. No para en casa ni un solo día.
—¿Está mejor mi prima Baochai?
—Sí, gracias. Fue muy amable por tu parte haber mandado el otro día a interesarte por su salud. Ahora está en su cuarto, ¿por qué no entras a verla? Además, allí hace menos frío. Ve con ella. Yo me reuniré con vosotros apenas haya terminado aquí.
Baoyu bajó del kang y se encaminó a la habitación de su prima, en cuya puerta colgaba una cortina de seda roja algo gastada. La levantó y entró.
Baochai estaba cosiendo sobre el kang. Llevaba su lustroso cabello recogido en un moño sobre la cabeza, una chaqueta acolchada del color de la miel, un chaleco rosado con forro de piel de comadreja marrón y blanco, y una falda de seda amarilla. Su indumentaria no era ostentosa, y ya estaba un poco usada. Sus labios no necesitaban carmín ni sus cejas azuladas requerían pincel alguno; su rostro era como un disco de plata, y sus ojos almendras que parecían flotar en el agua. Algunos consideraban que su actitud reservada era un manto para ocultar la estupidez, pero dentro de su gravedad rezumaba sencillez.
Baoyu, sin dejar de contemplarla, le preguntó:
—¿Estás mejor, prima?
Baochai levantó la vista y se incorporó rápidamente.
—Ya estoy mucho mejor —dijo—, gracias por preocuparte.
Le hizo sentarse junto a ella en el borde del kang y mandó a Yinger que sirviera té. Mientras preguntaba por la Anciana Dama, las tías y las primas, admiró la indumentaria de Baoyu, que llevaba una diadema de filigrana de oro con una gema incrustada, una guirnalda de oro en forma de dos dragones luchando por una perla, una casaca de arquero de un color verde amarillento con bordados de serpientes y forro de piel de zorro blanco, y una banda con mariposas multicolores bordadas. Pendía de su cuello un medallón de la longevidad, un talismán con su nombre grabado y el precioso jade que apareció en su boca cuando vino al mundo.
—Había oído hablar mucho de ese jade, pero nunca lo había visto —dijo Baochai acercándose a él—. Déjame que lo vea bien, hoy que tengo la ocasión.
Baoyu se inclinó y, quitándose la piedra del cuello, la puso sobre la palma de Baochai. Era del tamaño de un huevo de gorrión, iridiscente como las nubes del alba, suave como un dulce de leche cuajada, cubierto de vetas de mil colores. Ésa era la forma que había adquirido la estúpida roca del pie del Pico de la Cresta Azul, en la Montaña de la Inmensidad. Tiempo después, un poeta escribiría estos versos:
Es un absurdo creer que Nüwa reparó el cielo,
y más escribir las memorias de una roca
que, dejando el Gran Vacío de silenciosos espíritus,
otra forma asumió, pestilente y rastrera.
Perdida la fortuna, pierde el oro su brillo;
corren malos tiempos y no brilla el jade hermoso.
Altas colinas de huesos anónimos
fueron antaño señores y damas.
Más abajo reproduciremos los caracteres que el bonzo tiñoso había grabado en la estúpida piedra, y que registraban su transformación.
Como el jade era tan pequeño que cabía en la boca de un recién nacido, sería un sufrimiento para la vista de nuestros lectores reproducir los caracteres a tamaño natural; por eso los hemos ampliado a una escala que permita su estudio a la luz de una lámpara o incluso con una copa de más. Insistimos en este punto para que nadie comente burlón: «¡Cómo sería la boca del niño en el útero para que pudiese contener tan tremendo objeto!».
Pues bien, el anverso rezaba:
Jade Precioso de las Comunicaciones Espirituales
Nunca perder, nunca olvidar
Vida eterna, duradera prosperidad

Y el reverso decía:
Expulsa malos espíritus
Cura males misteriosos
Predice fortuna y desgracia

Baochai le dio varias vueltas al jade para leer en voz alta la inscripción no una, sino dos veces, y después riñó a Yinger:
—¿Qué haces ahí con la boca abierta en lugar de traernos el té?
Yinger respondió pasmada:
—Señorita, esas dos líneas coinciden con las palabras de su medallón.
—¿Tu medallón también tiene una inscripción? Déjame verlo —exclamó Baoyu no menos sorprendido.
—No le hagas caso. No tiene un solo signo grabado.
—Pero yo te dejé ver el mío —protestó Baoyu.
Sintiéndose acorralada, dijo Baochai:
—Bueno, es verdad que tiene una inscripción de la buena suerte. Por eso lo llevo siempre conmigo a pesar de lo incómodo que es.
Se desabotonó la roja chaqueta y sacó un collar de oro adornado con relucientes perlas y joyas. Baoyu cogió rápidamente el medallón y vio dos inscripciones, una a cada lado, en forma de ocho diminutos caracteres:
Nunca partir, nunca abandonar
Fresca juventud, eterna duración


Baoyu leyó el texto dos veces, y dos veces repitió el de su jade.
—Pero, prima, la inscripción de tu medallón coincide perfectamente con la de mi jade —declaró entre risas.
—Se la dio un bonzo tiñoso —informó Yinger—, y dijo que había que grabarla sobre un soporte de oro.
Pero antes de que pudiera decir más, Baochai la interrumpió riñéndole por no haber traído el té. Luego desvió la conversación preguntando a Baoyu de dónde venía. Él, que ya se había acercado lo suficiente, percibió una fragancia dulce y fresca que no pudo identificar.




