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—No traigo ningún negocio en particular —intervino la abuela Liu—. Sólo vine a saludar a Su Señoría y a la señora Lian, en vista de nuestro parentesco.
—Si no trae nada especial, bien está —dijo la Señora Zhou, guiñándole un ojo a la abuela—. Pero si lo trae, debe saber que decírselo a la segunda señora es como decírselo a Su Señoría.
La abuela Liu captó la sugerencia y, con el rostro enrojecido de vergüenza, tragándose el orgullo, empezó a explicar abiertamente el motivo de su visita.
—En realidad, señora, creo que no debería tratar este tema en mi primera visita. Pero como he hecho un camino tan largo para pedir su ayuda, más valdrá que hable…
En ese momento se oyeron unos pajes en la segunda puerta que anunciaban la llegada del joven señor de la mansión del Este; interrumpiendo bruscamente a la abuela, Xifeng preguntó:
—¿Dónde está el señor Rong?
Se oyó un ruido de botas, y tras él apareció un apuesto joven de diecisiete o dieciocho años. Esbelto y elegante con su abrigo de pieles ligeras, llevaba una faja enjoyada, ropa fina y un espléndido sombrero. La abuela Liu no supo si levantarse o permanecer sentada, y en ese momento deseó poder esfumarse.
—Siéntate —dijo Xifeng al muchacho con un gesto.
Y a la abuela:
—Es mi sobrino.
La abuela Liu se acomodó con mucha cautela al borde del kang.
Jia Rong anunció jubilosamente:
—Tía, mi padre me envía a pedirle un favor. Espera mañana la llegada de un huésped muy importante, y pregunta si podría llevarse prestado ese biombo de vidrio para kang que le regaló nuestra tía abuela Wang. Se lo devolverá enseguida.
—Llegas tarde —repuso Xifeng—. Ayer mismo se lo presté a otra persona.
Jia Rong soltó una risita y se acercó medio arrodillado al pie del kang.
—Si no me lo presta, tía, voy a recibir otra paliza, esta vez por no saber pedir las cosas adecuadamente. ¡Tenga piedad de su sobrino!
—No sé por qué siempre parecéis imaginar que todas las cosas de los Wang son especiales. ¿No tenéis bastantes cosas propias? —contestó Xifeng.
—Nada que se pueda comparar. ¡Por favor, tía, sea usted buena!
—De acuerdo, ¡pero ay de ti si le pasa algo!
Ordenó a Pinger que buscara las llaves de los cuartos de arriba y que reuniera gente de confianza para entregar el biombo.
—Yo he traído gente para cargar con él —el rostro de Jia Rong enrojeció, y sus ojos brillaron—. Me encargaré personalmente de que tengan cuidado.
Ya se iba cuando, de repente, Xifeng le ordenó que volviera.
La gente de fuera pasó la voz:
—Señor Rong, que vuelva usted.
El joven regresó a ver qué quería su tía. Xifeng, pensativa, dio un sorbo a su té y luego dijo riendo:
—Déjalo, vuelve después de la cena. Ahora tengo visita y no es el momento de decírtelo.
Jia Rong se retiró lentamente sin dejar de mirarla.
Por fin la abuela Liu se sintió cómoda para hablar, y dijo:
—El motivo de que haya traído conmigo a su sobrino de usted es que sus padres no tienen qué comer, y el invierno empeorará las cosas. Sí, por eso lo he traído. —Tocó con el codo a Baner—. ¿Qué te dijo tu papá? ¿Para qué te mandó aquí? ¿Sólo para comer dulces?
La manera vulgar que tenía la abuela de expresarse hizo sonreír a Xifeng.
—No diga más. Ya entiendo.
Y preguntó a la señora Zhou:
—¿Ha comido ya la abuela?
—Salimos tan temprano y con tanta prisa que no nos dio tiempo a comer nada —dijo rápidamente ella.
Xifeng hizo traer comida para los visitantes, y a la señora Zhou le dijo que dispusieran una mesa para ellos en el cuarto del este.
—Hermana Zhou, encárgate de que no les falte nada —dijo Xifeng—. Yo no puedo acompañarlos. Cuando los hubo llevado al cuarto, Xifeng volvió a llamar a la señora Zhou para que le contara qué había dicho la dama Wang.
—Su Señoría dice que no pertenecen realmente a nuestra familia. Su Señoría también dice: «Las familias se unieron por llevar el mismo apellido y porque su abuelo fue funcionario en el mismo lugar que nuestro anciano señor. En estos últimos años los hemos visto poco, pero, cuando han venido, nunca han vuelto con las manos vacías. Como sus visitas son bienintencionadas, no debemos tratarlos mal. Si piden ayuda, la señora debe actuar según su propio entendimiento».
—Ya decía yo que era muy raro que siendo parientes no supiera absolutamente nada de ellos.
Mientras Xifeng hablaba, volvieron la abuela Lin y Baner de su comida con enfáticas muestras de gratitud.
—Ahora siéntese y escúcheme, estimada abuela —dijo Xifeng alegremente—. Sé lo que me estaba insinuando hace un rato. No deberíamos esperar a que los parientes llamen a nuestras puertas para acudir en su ayuda, pero aquí tenemos muchos problemas, y ahora que Su Señoría va envejeciendo se olvida a veces de las cosas. Además, cuando hace poco acepté encargarme de los asuntos de la casa no llegué a informarme exhaustivamente de nuestros contactos familiares; por otra parte, a pesar de que aparentamos prosperidad debe comprender que una casa tan grande tiene sus dificultades, aunque le cueste creerlo; Pero en fin, como ha venido desde tan lejos y es la primera vez que solicita mi ayuda, no puedo permitir que se vaya con las manos vacías. Afortunadamente ayer mismo me dio Su Señoría veinte taeles de plata para la ropa de las doncellas, y todavía no los he tocado. Si le parecen suficientes, acéptelos por el momento.
Las referencias a problemas y dificultades habían acabado con todas las esperanzas de la abuela. Por eso le llenó de júbilo la promesa de los veinte taeles.
—Ay —exclamó—, yo sé lo que es pasar: apuros. Pero un camello, aunque esté muerto de hambre, es más grande que un caballo y, sea como sea, uno solo de sus cabellos es más grueso que nuestra cintura.
La señora Zhou le hacía señas a la abuela para que no hablara con esa ordinariez, pero a Xifeng no parecía importarle y se reía sin parar. Envió a Pinger a que trajera la bolsa con la plata y una sarta de monedas, y lo entregó todo a la anciana.
—Aquí hay veinte taeles para que le hagan ropa de invierno al niño —dijo Xifeng incorporándose—. Si no los acepta, pensaré que lía he ofendido. Con las monedas pueden alquilar una carreta para volver a vernos cuando tengan tiempo, como debe hacerlo todo pariente. Pero ya es tarde y no debo: hacerles perder más tiempo. Presente mis saludos a su gente, y espero que no me olviden.
Tras expresar una vez más su agradecimiento, la abuela Liu tomó la plata y las monedas y salió detrás de la señora Zhou.
—¡Alabado sea Buda! —exclamó la señora Zhou—. ¿Por qué tuvo usted que decir lo de «su sobrino»? A riesgo de ofenderla, tengo que decirle una cosa: aunque se hubiera tratado de un auténtico sobrino, no lo debía haber dicho. El señor Rong sí que es un sobrino verdadero, ¿de dónde iba a sacar ella un sobrino como Baner?
—¡Querida hermana! —La abuela Liu estaba radiante de alegría—. Cuando la vi me aturullé y no supe lo que decía.
Así charlando llegaron hasta la casa de Zhou Rui, donde se sentaron un momento. La abuela Liu quiso dejar un trozo de plata para que los hijos de la señora Zhou se compraran golosinas, pero ésta se negó a aceptarlo porque sumas tan pequeñas no significaban nada para ella. Luego, infinitamente agradecida, la abuela partió por la puerta trasera. Por cierto,
Cuando las cosas marchan bien es normal la caridad;
alguien profundamente agradecido es mejor que parientes o amigos.
* En algunas versiones aparecen los siguientes versos encabezando este capítulo:
A la puerta de los ricos llama un día,
y hasta los ricos se quejan de estrecheces y de faltas;
no le regalan mil piezas de oro,
pero resultan de la misma sangre.
Capítulo VII
Mientras Jia Lian se divierte con Xifeng,
a ella le traen unas flores de la corte.
En un banquete de la mansión Ningguo,
Baoyu conoce a Qin Zhong *.
Cuando hubo despedido a la abuela Liu, la señora Zhou acudió a informar de su visita a la dama Wang. Las doncellas le dijeron que su señora había ido a charlar un rato con la tía Xue, y se dirigió hacia la puerta lateral que daba al patio del este; por fin llegó al patio de los Perales Fragantes. Sentada sobre las escaleras de la terraza encontró a Jinchuan, la doncella de la dama Wang, que jugaba con una muchacha a la que ya se le dejaba crecer el pelo. Supuso que la señora Zhou venía por asuntos serios, y le hizo un gesto señalando la puerta.
Apartando sin ruido la cortina, la señora Zhou entró. Encontró a la dama Wang y a su hermana absortas en una charla sobre asuntos domésticos y no se atrevió a interrumpirlas, así que pasó directamente a los cuartos interiores; allí, acompañada por su doncella Yinger, Baochai, con el cabello recogido en un moño y un vestido de andar por casa, estaba copiando el dibujo de un bordado. La muchacha dejó el pincel sobre la mesita que tenía sobre el kang y ofreció asiento a su visitante.
—¿Cómo está usted, señorita? —preguntó la señora Zhou mientras se sentaba en el borde del kang—. Hace días que no la veo por aquella parte de la casa, ¿acaso la ha molestado Baoyu?
—¡Qué ocurrencia! Me he encerrado aquí un par de días a causa de una vieja dolencia.
—¡Ay, señorita! ¿Qué me dice? ¿De qué se trata? Lo mejor sería llamar a un médico para que la vea y le recete un remedio; con unas cuantas medicinas se pondría bien enseguida. La falta de salud en una edad como la suya es algo que hay que tomar muy en serio.
—¡No me hable de medicinas! —exclamó Baochai riendo—. El cielo es testigo de todo el dinero que hemos malgastado en médicos y medicinas para curar mi mal. Ni médicos ni pócimas me han servido de nada. Un día apareció un bonzo tiñoso que se decía especialista en enfermedades misteriosas; le invitamos a pasar y me diagnosticó un humor colérico traído desde el útero materno. Me dijo también que gracias a mi constitución fuerte no era un asunto muy serio. Las píldoras normales no me ayudaban nada, y él me recetó unas medicinas exóticas de allende el mar [1] junto a un paquete de polvos aromáticos traídos de quién sabe dónde. Me mandó tomar una píldora cada vez que sufriera un ataque. Es extraño, pero los remedios del monje me han servido de mucho.
—¿Y qué receta es esa de allende los mares? Si me la dice, señorita, la recordaré y quizá sirva para otros que tengan el mismo problema. Ésa sería una buena acción.
—Pues mejor sería que no preguntase —rió Baochai—. Pero si lo quiere saber le diré que es el más fastidioso de los remedios. No tiene muchos ingredientes y son fáciles de obtener, pero cada uno de ellos ha de ser cogido en el momento preciso. Ha de tomar doce onzas de estambres de peonías blancas, que florecen en primavera; doce onzas de estambres de lotos blancos, que florecen en verano; doce onzas de estambres de hibiscos blancos, que florecen en otoño, y doce onzas de estambres de ciruelos blancos, que florecen en invierno. Los cuatro tipos de estambre han de secarse al sol durante el siguiente equinoccio primaveral, y luego hay que mezclarlos con los polvos aromáticos. Después tiene que coger doce dracmas de agua de lluvia caída el día de la Lluvia Inicial [2] …
—¡Ay, señorita! —interrumpió la señora Zhou—. Todo eso llevaría unos tres años. ¿Y qué pasaría si no llueve el día de la Lluvia Inicial?
—Precisamente. No siempre se puede contar con ello. Si no llueve, entonces hay que esperar. Además, hay que reunir doce dracmas de rocío del día del Rocío Blanco, doce dracmas de escarcha del día de la Caída de la Escarcha, y doce dracmas de nieve del día de la Nieve Leve. Hay que mezclarlo todo con los otros ingredientes, y después hay que añadir doce dracmas de miel y doce de azúcar para hacer píldoras del tamaño de Ojos de Dragón que deben ser conservadas en un jarrón viejo de porcelana, que a su vez hay que enterrar bajo las raíces de las flores. Cuando sobreviene el mal se desentierra el jarrón y se toma una píldora con doce fen de filolendro cocido.
—¡Buda bendito! ¡Y qué complicación! —exclamó la señora Zhou—. Pueden pasar diez años hasta que se haya logrado reunir los ingredientes.
—Nosotros tuvimos la suerte de reunirlos, y después de que se fuera el bonzo pudimos seguir sus instrucciones y tener lista la pócima en sólo dos años. Hemos traído las píldoras, que ahora están enterradas bajo uno de los perales.
—¿Y no tiene nombre esa medicina?
—Sí que lo tiene. El bonzo tiñoso nos dijo que se conoce con el nombre de «Píldoras del Aroma Frío».
—¿Y cuáles son los síntomas de su enfermedad, señorita? —siguió preguntando la señora Zhou.
—Poca cosa; a veces tengo leves ataques de tos y me falta el aire, pero con una píldora se arregla.
Antes de que pudieran continuar la conversación, la dama Wang preguntó quién había entrado.
La señora Zhou salió apresuradamente y aprovechó para contarle La visita de la abuela Liu. Cuando hubo terminado y se disponía a salir, la tía Xue la detuvo:
—Espera un momento —le dijo—. Quiero que te lleves algo.
Llamó a Xiangling, la muchacha qué estaba jugando con Jinchuan, que entró haciendo sonar la cortina.
—¿Me ha llamado, señora? —preguntó.
—Alcánzame esa caja —ordenó la tía Xue.
Xiangling le trajo una caja de brocado.
—Contiene doce nuevos diseños de flores de gasa que se hacen en la corte —explicó la tía Xue—. Ayer me acordé de ellos y me pareció una lástima dejarlos por aquí arrinconados cuando las niñas los pueden usar. Los quise enviar ayer mismo, pero me olvidé de hacerlo; aprovechando que estás aquí los puedes llevar tú misma. Dales dos a cada una de tus tres damitas; de los seis que quedan dale otros dos a la señorita Lin y el resto al Hermano Fénix.
—Qué amable eres pensando en ellas —comentó la dama Wang—. Pero ¿por qué no los guardas para Baochai?
—Ay hermana, no sabes lo rara que es Baochai. No le gusta llevar flores ni maquillarse.
Al salir con la caja, la señora Zhou volvió a encontrarse con Jinchuan, que seguía tomando el sol en las escaleras.
—Dime —le preguntó—, ¿no es ésa Xiangling, la muchacha de la que tanto se habló, la que compraron poco antes de venir a la capital y que es la causa de todo ese lío del asesinato?
—Así es —dijo Jinchuan.
En ese momento se acercó Xiangling sonriendo. La señora Zhou le tomó las manos, la observó atentamente y se dirigió de nuevo a Jinchuan.
—Es una muchacha muy bella. Me recuerda a la esposa de Rong, en nuestra mansión del Este.
—Sí, yo también le encuentro un aire —asintió Jinchuan.
La señora Zhou le preguntó a Xiangling a qué edad había sido vendida, dónde estaban sus padres, qué edad tenía ahora y de dónde venía. La muchacha se limitó a mover la cabeza y repetir que no se acordaba, encogiendo el corazón de las dos mujeres.
La señora Zhou se fue a llevar las flores a la parte trasera del aposento de la dama Wang. No hacía mucho que la Anciana Dama había considerado inconveniente que todas sus nietas vivieran apiñadas en sus habitaciones, así que se había quedado sólo con la compañía de Baoyu y de Daiyu, y había mandado a Yingchun, Tanchun y Xichun, a vivir en tres pequeños cuartos de la parte trasera de los aposentos de la dama Wang, bajo el cuidado de Li Wan. Por eso la señora Zhou se detuvo primero allí, donde encontró a unas cuantas doncellas esperando ser convocadas al salón.
En ese momento se alzó la cortina y salieron Siqi y Daishu, doncellas de Yingchun y de Tanchun, llevando una taza y un platito cada una. Eso significaba que sus jóvenes señoras estaban juntas, así que la señora Zhou entró y, en efecto, las encontró jugando al weiqi junto a la ventana. Les entregó las flores, explicando de dónde procedían. Las dos muchachas dejaron el juego y se inclinaron para agradecer el obsequio; después ordenaron a las doncellas guardar los regalos.
Mientras entregaba las flores, la señora Zhou comentó:
—No está la cuarta damita. Me pregunto si estará con la Anciana Dama.
—¿No está en el cuarto de al lado? —respondieron las doncellas.
La señora Zhou entró en el cuarto contiguo. Allí estaba Xichun riendo y parloteando con Zhineng, una joven monja del convento de la Luna en el Agua. Xichun preguntó a la señora Zhou qué quería. La caja fue abierta y explicado el regalo.
—Precisamente le estaba diciendo a Zhineng que algún día yo también me haré monja, y va usted y aparece con esas flores… —dijo Xichun—. ¿Dónde me las pondré si me afeito la cabeza?
Siguieron algunos comentarios, hasta que Xichun ordenó a su doncella Ruhua que guardase el regalo.
La señora Zhou preguntó a Zhineng cuándo había llegado y qué había sido de su calva y excéntrica abadesa.
—Llegamos esta mañana a primera hora. La abadesa presentó sus respetos a la dama Wang y después marchó a la mansión del señor Yu ordenándome que la esperase aquí.
—¿Ha recibido ya el dinero y la donación para incienso que se entregan el día quince de cada mes?
—Lo ignoro —dijo Zhineng.
Xichun preguntó quién era la persona encargada de las donaciones a los diversos templos.
—Yu Xin —informó la señora Zhou.
—Ése debe ser el motivo de que acudiera su esposa en cuanto llegó la abadesa y de que estuvieran cuchicheando un rato —comentó Xichun entre risitas.
Después de conversar unos momentos con la monja, la señora Zhou anduvo por el corredor, pasó frente a la ventana trasera de Li Wan y, bordeando el muro oeste, entró en las habitaciones de Xifeng por la puerta lateral. En el salón principal, frente a la puerta de la alcoba, encontró a Fenger, quien rápidamente le hizo un gesto para que pasara al cuarto del este. La señora Zhou entró de puntillas y encontró a una nodriza que arrullaba con palmaditas a la hija de Xifeng.
—¿Todavía está echando la siesta tu señora? —le preguntó en un susurro—. Ya es hora de que alguien la despierte.
Mientras el ama negaba con la cabeza, llegó desde la alcoba de Xifeng un ruido de risas y la voz de Jia Lian. Después se abrió la puerta y salió Pinger con una gran palangana de cobre ordenando a Fenger que la llenara de agua para llevarla de nuevo al interior. Acercándose a la señora Zhou, le preguntó:
—¿Qué le trae de nuevo por aquí, tía?
La señora Zhou explicó su encargo y le entregó la caja. Pinger extrajo cuatro flores y se las llevó, volviendo al poco rato con dos de ellas para que Caiming las entregara a la esposa del señor Rong, en la mansión Ning. Hecho esto, pidió a la señora Zhou que transmitiera el agradecimiento de Xifeng a la tía Xue.
Entonces la señora Zhou se dirigió a las habitaciones de la Anciana Dama. En el salón de entrada se dio de bruces con su propia hija vestida con sus mejores galas.
—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó su madre.
—¿Cómo está usted, madre? —contestó, alegre, su hija al encontrarla—. La esperé mucho tiempo en casa, pero como no llegaba decidí acudir a presentar mis respetos a la Anciana Dama y precisamente ahora me disponía a visitar a la dama Wang. ¿Dónde ha estado? ¿No acabó todavía? ¿Y qué es eso que lleva en la mano?
—¡Ay! La abuela Liu no ha tenido un día más oportuno para venir de visita, y me he pasado toda la mañana con ella de un sitio para otro; después, la señora Xue me pidió que entregase estas flores a las jóvenes damas, y todavía estoy en ello. Pero algo quieres de mí cuando vienes a buscarme a estas horas…
—Pues sí, madre. Resulta que su yerno salió el otro día a tomar unas copas y acabó metido en una pelea. Alguien, no sé por qué, ha estado propagando calumnias, acusándole de tener un pasado turbio. En la prefectura le han abierto un expediente por el que podría ser enviado a su tierra natal. He venido a pedirle consejo. ¿A quién podemos recurrir para que nos ayude?
—Ya lo imaginaba —contestó la madre—. Un lío por nada. Su Señoría y la señora Lian están ocupadas, así que será mejor que vuelvas a casa y me esperes allí mientras le llevo estas flores a la señorita Lin. ¿Por qué preocuparse tanto?
—De acuerdo, pero vuelva en cuanto pueda —dijo la hija al partir.
—Claro que sí. Vosotros los jóvenes no sabéis nada de la vida, y siempre andáis preocupados —dijo la señora Zhou mientras la miraba alejarse.
Daiyu no estaba en su cuarto, pero la señora Zhou la encontró en el de Baoyu tratando de resolver con él un rompecabezas de nueve anillos; al entrar la saludó con una sonrisa y le dijo:
—La señora Xue me pidió que le trajera estas flores para que las lleve en el pelo, señorita.
—¿Flores? Déjeme verlas —dijo rápidamente Baoyu alargando la mano.
Al abrir la caja vio las dos ramitas con flores de gasa de la corte. Mirándolas en la mano de Baoyu, Daiyu preguntó:
—¿Soy yo la única que recibe este regalo, o también las otras muchachas lo han recibido?
—También las otras lo han recibido. Para usted hay dos, señorita.
—Ya lo suponía —se quejó Daiyu con tono amargo—. Sólo cuando las demás han elegido las suyas recibo yo las mías.
La señora Zhou no supo qué decir, pero Baoyu desvió la conversación:
—¿Y qué hacía usted allí, hermana Zhou?
—Fui a llevar un recado a Su Señoría, que estaba con la señora Xue, y ésta me pidió que a la vuelta entregase las flores.
—¿Qué hace Baochai? ¿Por qué no ha venido por aquí estos últimos días?
—Está un poco enferma.
Baoyu dijo inmediatamente a sus doncellas:
—Que una de vosotras vaya a verla y le diga que la señorita Lin y yo la hemos enviado a preguntar cómo se encuentran estos días nuestra tía y nuestra prima. Mirad qué tiene y qué medicina está tomando. Debería ir yo personalmente, pero le podéis decir que acabo de volver de las clases y estoy también un poco acatarrado. Iré en otro momento.
La señora Zhou salió justo cuando Qianxue se ofrecía para llevar el recado.
El yerno de la señora Zhou no era otro que el viejo amigo de Jia Yucun, el anticuario Leng Zixing, quien al verse comprometido en un juicio relativo a la venta de unos objetos había pedido ayuda a su esposa. Confiada en el poder de sus amos, la señora Zhou no se preocupó demasiado; y en verdad solucionó el problema aquella misma noche pidiéndole el favor a Xifeng.
Cuando se encendieron las lámparas y se hubo cambiado de ropajes, Xifeng fue a ver a la dama Wang.
—Ya me encargué de los regalos que nos enviaron hoy los Zhen —informó—. En cuanto a los nuestros, se los envié junto a las cestas que trajeron para recoger sus viandas de Año Nuevo.
La dama Wang aprobó su informe con un gesto, y Xifeng prosiguió:
—También he preparado nuestros regalos de cumpleaños para la madre del conde de Linan. ¿Quién piensa que debería entregarlos, señora?
—¿Por qué me consultas esas minucias? Mira tú misma qué cuatro mujeres están desocupadas y haz que los entreguen.
Sonriendo, Xifeng continuó:
—Hoy he recibido una invitación de la cuñada You para que mañana pase el día con ellos. Suerte que precisamente mañana no tengo nada especial que hacer.
—Y aunque lo tuvieras, tampoco importaría. Generalmente nos invita a todos y te sueles sentir incómoda. Ya que esta vez te ha invitado a ti sola, está claro que pretende que te diviertas un poco, así que no la decepciones. Aunque tuvieras cosas que hacer, deberías ir.
Xifeng estuvo de acuerdo.
Justo en ese momento entraron Li Wan, Yingchun, Tanchun y las otras chicas a dar las buenas noches, hecho lo cual se retiraron a sus habitaciones.
Al día siguiente, después de su aseo, Xifeng avisó a la dama Wang de su partida y acto seguido fue a ver a la Anciana Dama. Cuando Baoyu supo que se marchaba insistió tanto en acompañarla que Xifeng tuvo que acceder y esperar a que se cambiara de ropa. Luego subieron a un carruaje y se dirigieron rápidamente a la mansión Ning.
En la puerta ceremonial encontraron un tropel de concubinas y doncellas que da señora You, esposa de Jia Zhen, y Qin Keqing, esposa de Jia. Rong, habían reunido allí para darles la bienvenida. Tras saludar a Xifeng con su habitual ironía, la señora You acompañó a Baoyu a tomar asiento en la sala de recepción.




