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Dicho esto, siguió hablando y lo inició en los secretos del sexo. Después, empujándolo hacia el cuarto, cerró la puerta y se marchó.
Baoyu hizo todo lo que la diosa le había dicho, tal como ella le había indicado.
Podemos correr un velo sobre su primer acto amoroso.
Al día siguiente, Baoyu y Keqing se sentían tan unidos y tan cómodos intercambiando caricias, que una separación les resultaba intolerable. Cogidos de la mano salieron a dar un paseo. De pronto se encontraron en una espesura de espinos infestada de lobos y tigres. Un torrente de aguas negras les cerraba el paso, y no había puente por donde salvarlo. Empezaba a dominarles el pánico cuando apareció Desencanto.
—¡Alto! ¡Alto! —gritó—. ¡Volved antes de que sea demasiado tarde!
Petrificado, Baoyu preguntó:
—¿Qué lugar es éste?
—El Vado del Extravío —le contestó Desencanto—. Tiene cien mil pies de profundidad y mil li de ancho, y no hay barca que lo lleve a uno a la otra orilla; sólo una almadía con el Maestro Madera al timón y el Acólito Cenizas con la pértiga. No aceptan pago en oro o plata, y únicamente transportan a los que están destinados a ello. Vosotros habéis llegado aquí por casualidad, pero, si hubierais caído allí dentro, de nada hubieran servido mis consejos.
Y no había terminado de pronunciar estas palabras cuando, sobre el Vado del Extravío, sonó un estrépito como de truenos, y hordas de monstruos y demonios del río se abalanzaron sobre Baoyu para arrastrarlo hacia dentro. Empezó a sudar gotas frías y abundantes como la lluvia, y en su terror gritaba:
—¡Keqing! ¡Keqing! ¡Ayúdame!
Xiren y las otras doncellas se apresuraron a tranquilizarlo cogiéndolo entre sus brazos:
—No tenga miedo, señor Bao —le decían—. Estamos aquí.
Qin Keqing estaba en la terraza dando instrucciones a las doncellas para que los cachorros de gato y los perritos que jugaban no hicieran ruido, cuando oyó que Baoyu, desde su sueño, gritaba desesperado su nombre infantil.
«Nadie aquí lo conoce —pensó sorprendida—. ¿Cómo ha podido gritarlo en sueños?»
Por cierto:
Ocurren extraños encuentros en un sueño secreto.
Soy el amante más obstinado que vieron los tiempos.
* En algunas versiones, al principio de este capítulo aparecen los siguientes versos:
Bajo edredones bordados,
dormido de primavera,
siguiendo en trance a una diosa
deja el mundo terrenal.
¿Quién visita la Tierra de los Sueños?
El más obstinado amante
que vieron nunca los tiempos.
Capítulo VI
Por primera vez, Baoyu conoce las sensaciones
de la nube y de la lluvia [1] .
Por primera vez, la abuela Liu visita la mansión
Rongguo *.
Qin Keqing quedó perpleja al oír su nombre de infancia pronunciado en sueños por Baoyu, pero prefirió no preguntarle nada. En cuanto a Baoyu, se sentía aturdido y confuso, como si le faltara algo. Unos servidores le trajeron una cocción de longyan [2] , y tras tomar un par de sorbos se levantó. Xiren se acercó para ayudarle a arreglarse la ropa y, al rozarlo, sintió a lo largo de su muslo algo frío y viscoso. Asustada, retiró la mano y le preguntó qué le sucedía; Baoyu se turbó como un camarón y le apretó la mano.
Xiren era una muchacha inteligente. Tenía dos años más que Baoyu y ya sabía sobre las cosas de la vida. El estado del muchacho le reveló lo que había sucedido, y, sonrojándose ella también, le ayudó a ordenar su ropa sin hacer más preguntas.
Fueron a reunirse con la Anciana Dama, y tras cenar apresuradamente volvieron a su cuarto. Aprovechando la ausencia de las otras doncellas y amas, Xiren le dio ropa limpia y le ayudó a ponérsela.
—Por favor, hermanita, no se lo digas a nadie —suplicó Baoyu, avergonzado. Con una sonrisa, ella le preguntó:
—Pero ¿qué ha soñado para ponerse así?
—Es una historia muy larga —respondió Baoyu, y le contó detalladamente su sueño concluyendo con la escena en la que Desencanto le inicia en el «juego de la nube y la lluvia». Xiren se turbó oyéndolo y, con una risita, se cubrió la cara.
Baoyu, que no era indiferente a la amabilidad y la coquetería de Xiren, la atrajo hacia sí y le pidió que siguiera con él las enseñanzas de la diosa. Ella intuyó que, habiendo sido entregada a Baoyu por la Anciana Dama, aquella no era una licencia indebida. Acabaron probándolo en secreto, y afortunadamente no fueron descubiertos. Desde aquel día Baoyu trató a Xiren con una consideración especial; ella, por su parte, le sirvió con más fidelidad que antes. Pero dejemos este asunto por el momento.
Hablemos de la mansión Rong. Sin ser demasiado grande la habitaban tres o cuatrocientas personas, entre señores y sirvientes, y, a pesar de que no hubiera mucho ajetreo, eran muchas las cosas que atender cotidianamente. Describirlas es más difícil que desenredar una madeja de cáñamo. Justo cuando me estaba preguntando por qué suceso o criatura iniciar dicha descripción, apareció de pronto una persona humilde llegada desde más de mil li de distancia, insignificante como un grano de mostaza, que precisamente aquel día visitaba la mansión en razón de un lejano parentesco con la familia. Empezaré, pues, por su propia familia.
¿Conocen ustedes el nombre de esta familia y su remota vinculación con la mansión Rong? Si piensan, llegados aquí, que este asunto es trivial y carece de importancia, entonces, queridos lectores, mejor harían en dejar este libro y elegir otro que fuera más de su agrado. Pero si consideran que esta insensata historia les puede ayudar a matar el tiempo, entonces permitan que yo, la estúpida roca, me demore en los detalles.
El apellido de la humilde familia que acabo de mencionar era Wang. Se trataba de gente aldeana cuyo abuelo había conocido al abuelo de Xifeng, el padre de la dama Wang, cuando trabajaba como funcionario de bajo rango en la capital. Deseoso de vincularse a los poderosos Wang, «se unió a la familia» atribuyéndose la calidad de sobrino. En aquel tiempo sólo la dama Wang y su hermano mayor, el padre de Xifeng, que habían acompañado a su padre a la capital, conocían la existencia de este remoto «pariente» del clan. El resto de los Wang la ignoraba.
El abuelo había muerto dejando un hijo, Wang Cheng, quien, a la vista de las estrecheces que pasaba la familia en la capital, la había enviado de vuelta a su aldea natal, situada en las afueras. No hacía mucho que Wang Cheng había muerto dejando un hijo, Gouer, que a su vez había tenido, de su matrimonio con una muchacha de la familia Liu, un hijo llamado Baner y una hija de nombre Qinger. Aquella familia de cuatro miembros vivía cultivando la tierra. Gouer trabajaba de sol a sol mientras su esposa atendía las faenas de la casa, por lo cual tuvieron que llevarse con ellos a su suegra, la abuela Liu, para que cuidara de los niños. Era una anciana viuda que había corrido mucho mundo y que ahora se mantenía a duras penas con dos mu [3] de tierra pobre, sin hijo que la ayudara; por eso la idea de ser acogida en casa de su yerno no pudo sino alegrarla, y ella hizo lo posible por serles de utilidad.
El otoño había terminado y avanzaba el frío. A falta de alimentos para enfrentarse a él, Gouer bebía en este momento unas copas para ahogar sus preocupaciones y descargaba su enfado en la familia. Su esposa no se atrevía a replicarle, pero la abuela Liu no estaba dispuesta a seguir soportando la situación.
—Disculpa que me entrometa, yerno —dijo—. Los aldeanos somos gente honrada y sencilla que comemos según el tamaño de nuestro tazón. A ti, en cambio, te malcrió tanto tu padre de pequeño que ahora eres un mal administrador. Cuando tienes dinero no guardas para mañana; cuando te falta, te enfadas. Esa actitud no es la de un hombre. Aunque vivamos fuera de la capital, estamos a los pies del emperador y las calles de Chang’an [4] están cubiertas de dinero para aquellos que saben cómo conseguirlo. ¿De qué sirve en casa tu malhumor?
—¡Qué fácil es para usted hablar desde el kang! —replicó Gouer—. ¿Acaso quiere que salga a robar? ¿O quizás que asalte a alguien?
—¿Quién te lo está pidiendo? Lo que te digo es que pensemos juntos alguna solución. ¿O es que esperas que las monedas de plata lleguen rodando solas?
—¿Cree usted que habría esperado tanto tiempo si hubiera una salida? —refunfuñó Gouer—. No tengo parientes con rentas ni amigos en cargos oficiales, y, aunque los tuviera, lo más seguro es que me ignorasen. ¿Qué puedo hacer?
—No estés tan seguro —dijo la abuela Liu—. El hombre propone y el cielo dispone. O sea, que proponer es cosa nuestra. Piensa un plan, confía en Buda y, quién sabe, quizás pronto obtengas resultados. La verdad es que yo ya tengo una idea. En los viejos tiempos, los tuyos se unieron a los Wang de Jinling, y entonces, hace de eso veinte años, los trataron bien. Claro que después, por puro amor propio, no os habéis acercado a ellos y cada vez os habéis ido alejando más. Recuerdo que en una ocasión fui en su busca con mi hija. Su segunda dama era realmente generosa, muy agradable y sin ínfulas. Ahora es la esposa del segundo señor Jia de la mansión Rong. Tengo entendido que se ha vuelto muy caritativa y siempre anda guardando arroz y dinero para entregarlo a budistas y taoístas. Su hermano ha sido destinado a la frontera, pero estoy segura de que esa dama Wang se acordará de nosotros. ¿Qué perdemos con intentarlo? Quizás nos ayude en nombre de los viejos tiempos. Si está dispuesta a hacerlo, uno de sus cabellos será más grueso que nuestra cintura.
—Mi madre tiene razón —terció la hija—. Pero ¿cómo van a franquear unos desgraciados como nosotros el portón de la mansión Rong? Lo más probable es que sus porteros se nieguen a anunciamos. ¿Por qué ir a pedir una bofetada?
Pero Gouer, atraído por la sugerencia de su suegra, se rió de la objeción de su esposa y propuso:
—Ya que ésta es idea suya, madre, y como antes ya fue en busca de esa dama, ¿por qué no se acerca mañana por allí a ver de qué lado sopla el viento?
—¡Vaya! El umbral de una Casa noble es más profundo que el mar, ¿y quién soy yo para cruzarlo? Los sirvientes de la mansión Rong no me conocen; de nada serviría que fuera.
—Eso no es problema. Le diré cómo hacerlo. Se lleva con usted al pequeño Baner y pregunta por el mayordomo Zhou Rui. Si consigue verlo, vamos bien; este Zhou Rui tuvo negocios con mi padre y solía mantener buenas relaciones con nosotros.
—Yo también lo conozco, pero ¿cómo me recibirá después de tanto tiempo? Veo que tú estás demasiado asustado para ir, y mi hija es demasiado joven para andar exhibiéndose así. Yo, en cambio, tengo edad suficiente cómo para no temer un desaire. Si tengo suerte la compartiremos, e incluso si no regreso con algo de dinero mi viaje no habrá sido en vano, pues nunca está de más ver algo de la buena vida.
Celebraron a coro el comentario, y aquella misma noche el asunto quedó arreglado.
Al día siguiente la abuela Liu se levantó antes del alba para asearse y dar instrucciones a Baner. Como a todo niño de cinco o seis años, la perspectiva de un viaje a la ciudad le producía una gran excitación y le hacía acceder a cuanto se le dijera.
Una vez en la ciudad preguntaron por la calle de Ning y Rong. La abuela Liu se intimidó, al ver tantas literas y caballos y no se atrevió a llegar hasta los leones de piedra que flanqueaban la puerta principal de la mansión Rong, así que, finalmente, tras, sacudirse el polvo de la ropa y dar sus últimas instrucciones a Baner, se acercó tímidamente a la puerta lateral, donde unos sirvientes corpulentos y arrogantes, enfrascados en una animada conversación, tomaban el sol sentados sobre unos largos bancos.
La abuela Liu se acercó y los saludó. Los hombres la miraron de arriba abajo, antes de dignarse preguntarle qué quería.
—He venido a ver al señor Zhou, que llegó con la dama Wang cuando ésta se casó —les dijo sonriendo—. ¿Sería tan amable uno dé ustedes, caballeros, de decirle que estoy aquí?
Los hombres la ignoraron y continuaron su charla hasta que uno de ellos le dijo:
—Espere en esa esquina a que salga alguien de la familia.
—¿Por qué engañarla y hacerle perder el tiempo? —intervino un hombre mayor. Luego le dijo a la abuela Liu—: El viejo Zhou ha salido de viaje al sur, pero su esposa se ha quedado. La casa está a las espaldas de la mansión. Da la vuelta hasta el portón trasero y pregunta allí por ella.
Tras darle las gracias, la abuela Liu tomó a Baner y siguió sus instrucciones. Había en la puerta trasera varios mercachifles con sus mercaderías, y muchos niños de los sirvientes se arremolinaban en torno a los que vendían golosinas y juguetes.
La anciana detuvo a uno de los niños y le preguntó:
—Hijo, ¿sabes si está en casa la señora Zhou?
—¿Qué señora Zhou? —respondió—. Tenemos tres señoras Zhou y dos abuelas Zhou. ¿En dónde trabaja?
—Es la esposa de Zhou Rui, que llegó con la dama Wang.
—Ah, si Venga conmigo.
Cruzó delante de ella la puerta trasera y señaló un grupo de casas.
—Vive allí. ¡Tía Zhou! ¡Tía Zhou! —llamó el niño—. ¡Aquí hay una abuela que la busca!
La señora Zhou salió a ver quién era, y, al verla, la abuela Liu se adelantó gritando:
—¡Hermana Zhou! ¡¿Cómo estás?!
Ella tardó en reconocerla, hasta que respondió con un gesto de alegría:
—¡Pero si es la abuela Liu! Ha pasado tanto tiempo que casi no la reconozco. Pase y siéntese.
La abuela entró sonriendo y comentó:
—Cuanto más alto es el rango, peor es la memoria. ¿Cómo te ibas a acordar de mí?
La señora Zhou le dijo a una doncella que sirviera té, luego miró a Baner y exclamó:
—¡Pero cuánto ha crecido este chico!
Después de un breve intercambió de preguntas corteses preguntó a la abuela si sólo estaba de paso o venía con algún propósito concreto.
—Vine especialmente a verte, hermana, y también a interesarme por la salud de la dama. Sería estupendo que pudieras llevarme a verla, pero si no es posible te rogaría al menos que le transmitieras mis respetos.
El ruego de la abuela Liu dio a la señora Zhou una idea bastante aproximada de los motivos de aquella visita. Como Gouer había ayudado a su esposo a comprar unas tierras, le era imposible negarle el favor a la abuela. Además, estaba deseando mostrar que ella era alguien en aquella mansión.
—Descuide, abuela —le dijo con una sonrisa—. Ha venido usted hasta mí con la mejor intención y debe dar por supuesto qué la ayudaré a ver al verdadero Buda, aunque mi trabajo no consista en anunciar a los visitantes. Aquí cada uno tiene su tarea. Mi esposo, por ejemplo, sólo se dedica a cobrar los arriendos de la tierra en primavera y en otoño, y a servir de acompañante a las damas cuando salen. Pero, puesto que está emparentada con la dama Wang y ha venido a pedirme ayuda como si yo fuera alguien, haré una excepción y anunciaré su llegada. Ahora bien, debo decirle que las cosas aquí han, cambiado mucho en los últimos cinco años. La dama ya no se ocupa de muchos asuntos y deja todo en manos de la esposa del segundo señor. Por cierto, ¿quién diría usted que es ella? La sobrina de mi señora, la hija de su hermano mayor, la que tenía por nombre de infancia «Hermano Fénix» [5] .
—¡No me digas! —exclamó la abuela Liu—. Ya le pronosticaba yo grandes cosas. En ese caso tengo que verla hoy mismo.
—Claro. Ya le digo que ahora Su Señoría prefiere no ocuparse de demasiados asuntos, y deja en manos de la joven señora incluso la atención a la mayoría de los visitantes, Si no puede ver a Su Señoría, y tampoco a la joven, será como si no hubiese venido.
—¡Bendito sea Buda! Cuánto te agradezco tu ayuda, hermana.
—No diga eso. Quien ayuda a los demás, a sí mismo se ayuda. Sólo necesito decir una palabra y no supone molestia ninguna.
Envió a su joven doncella a ver si se había servido la comida de la Anciana Dama.
—La joven señora Feng no puede tener más de veinte años —comentó la abuela Liu—. ¡Habrá que verla administrando una casa tan tremenda como ésta!
—Y no conoce ni la mitad de la historia, abuela. A pesar de su juventud lo administra todo mejor que nadie. Además, se ha convertido en una belleza. ¡Hábil es una palabra muy corta para describirla! Ah, y hablando no se le puede comparar la elocuencia de diez hombres. Ya lo irá descubriendo usted por sí misma. Si algún defecto tiene, es ser demasiado dura con sus inferiores.
En ese momento regresó la doncella.
—La Anciana Dama ha terminado de comer, y la segunda señora está con la dama Wang.
La señora Zhou indicó presurosa a la abuela Liu:
—¡Vamos! Aprovechemos la hora de la comida. Luego se junta tanta gente a tratar negocios que no podríamos ni echar una mirada, y mucho menos durante la siesta.
Se bajaron del kang y se cepillaron la ropa. Tras darle a su nieto las últimas instrucciones, la abuela Liu siguió a la señora Zhou por unos caminos sinuosos que conducían a los aposentos de Jia Lian, y esperaron en un pasillo mientras la señora Zhou franqueaba un biombo colocado en la puerta principal y hablaba con Pinger, la doncella de confianza de Xifeng, que había llegado a la mansión como parte de la dote de su señora y se había convertido en concubina de Jia Lian. Después de explicarle quién era la abuela Liu, la señora Zhou dijo:
—Ha hecho un largo viaje para presentar sus respetos a la dama. En los viejos tiempos Su Señoría la recibía siempre, así que estoy segura de que también lo hará ahora; por eso la he traído. Cuando llegue tu señora le contaré toda la historia. No creo que me riña por haberme tomado demasiadas libertades.
Pinger decidió invitarlas a que tomaran asiento, y Zhou salió a buscar a la abuela y al niño. Mientras subían las escaleras del salón principal, un soplo de perfume les dio la bienvenida al levantar una joven doncella una cortina de lana roja. La abuela Liu no supo por qué, pero se sintió como si caminara sobre el aire; tan deslumbrada estaba por todo lo que veía en el aposento que la cabeza le daba vueltas. Sólo alcanzaba a hacer saludos por doquier, chasquear la lengua y exclamar:
—¡Bendito sea Buda!
Encontraron a Pinger de pie junto al kang del cuarto oriental, que era el dormitorio de la hija de Jia Lian. Miró inquisitivamente a la abuela y la saludó de modo algo seco pidiéndole que tomara asiento.
El vestido de seda de Pinger, sus dijes de oro y plata, su rostro hermoso como una flor, hicieron que la abuela Liu la confundiera con su señora; iba a saludarla como tal cuando se dio cuenta de que la muchacha y la señora Zhou se trataban como iguales, y comprendió que no era más que una doncella de las favoritas.
La abuela Liu y Baner se sentaron sobre el kang mientras Pinger y la señora Zhou se acomodaban en el borde, una enfrente de otra. Unas doncellas trajeron té, y mientras la anciana lo sorbía oyó un ruido acompasado, como el de un cedazo de harina. Al mirar a su alrededor buscando el origen del ruido vio una caja adosada a una de las columnas del cuarto; tenía debajo una especie de pesa colgada que se mecía.
«¿Qué será eso? —se preguntó—. ¿Para qué servirá?» En ese instante le sobresaltó un fuerte ¡dong! similar al tañido de una campana o unos carrillones de bronce; el sonido se repitió ocho o nueve veces. Antes de que pudiera resolver el misterio entraron corriendo varias doncellas que exclamaron:
—¡Llega la señora!
Pinger y la señora Zhou se levantaron y dijeron a la abuela Liu que esperase allí hasta que la avisaran. Y allí se quedó aguzando los oídos, conteniendo la respiración, esperando en silencio. En la distancia se oyeron unas risas. De diez a doce sirvientes pasaron por el salón camino de otro aposento interior, mientras dos o tres de ellos aparecieron con unas cajas de laca. Al darse la orden de poner la mesa, la mayoría de las mujeres despejaron el recinto y sólo se quedaron unas cuantas para poner los platos. Siguió otro largo silencio, tras el cual aparecieron dos mujeres que traían una mesita baja cubierta de platos de carne y pescado que fueron colocados sobre el kang. Cuando vio tanta comida, Baner pidió carne ruidosamente; la abuela le dio dos bofetadas diciéndole que se mantuviera callado y aparte.
En ese momento apareció la señora Zhou para invitarles a pasar; la abuela Liu levantó a su nieto del kang y lo llevó hacia el salón. Tras unos susurros de coneja por parte de la señora Zhou, la abuela la siguió lentamente hasta el cuarto de Xifeng.
Una cortina de tela suave con dibujos de flores escarlata pendía de unos ganchos de bronce ante la puerta, y sobre el kang próximo a la ventana sur había una alfombra con los mismos colores. Apoyado en el tabique de madera de la parte oriental había un respaldo y un cojín de brocado con dibujos de cadenas, y al lado una escupidera de plata.
Xifeng vestía una capucha de marta cibelina oscura con una banda de perlas, que era su prenda de andar por casa. Lucía también una chaqueta floreada de color rojo durazno, una capa turquesa forrada de piel de ardilla gris y una falda importada de crepé color carmín forrada de armiño. Estaba sentada con una postura rígida, deslumbrantemente maquillada, y revolvía las brasas de su estufa con un pequeño atizador de bronce. Junto al kang estaba Pinger, que sostenía una tacita cubierta sobre una pequeña bandeja de laca; pero Xifeng, con la cabeza inclinada, ignoraba el té mientras no dejaba de atizar las brasas.
—¿Por qué no la has hecho pasar todavía? —preguntó por fin.
Al levantar la cabeza para coger el té, vio delante de ella a la señora Zhou con sus dos acompañantes. Hizo ademán de incorporarse y los saludó con una radiante sonrisa. A la señora Zhou le llamó la atención que no hubiera hablado antes.
La abuela Liu hizo ante Xifeng repetidos koutou, y ésta dijo:
—Ayúdala a levantarse, hermana Zhou; no debe hacerme reverencias. Dile que se siente. Soy demasiado joven para recordar cuál es nuestro parentesco, así que no sé cómo llamarla.
—Ésta es la anciana de la que le hablé —dijo la señora Zhou a modo de introducción.
Xifeng asintió con la cabeza.
La abuela Liu ya se había sentado al borde del kang, y Baner se escondió detrás de ella. A pesar de la insistencia para que se adelantara e hiciera una reverencia, se riego a moverse de donde estaba.
—Los parientes que no se visitan acaban distanciándose —observó Xifeng—. Quienes nos conocen dirían que ha estado descuidando nuestra amistad; los mezquinos, que no nos conocen tan bien, pensarían que miramos por encima del hombro a los demás.
—¡Bendito sea Buda! —exclamó la abuela Liu—. Somos demasiado pobres para andar de un lado a otra. Aunque Su Señoría no nos diera con la puerta en las narices si viniéramos de visita, sus mayordomos nos tomarían por pidienteros.
—¡Vaya manera de hablar! —rió Xifeng—. Nosotros sólo somos pobres funcionarios que intentan vivir a la altura de la reputación de sus abuelos. Esta casa tan grande es sólo una enorme cáscara vacía que nos legó el pasado. Como dice el adagio, «hasta el propio emperador tiene parientes pobres»; cuanto más nosotros.
Preguntó a la señora Zhou si había avisado a la dama Wang.
—Esperaba que la señora me lo ordenase —respondió.
—Anda y mira si está muy ocupada. No la molestes si tiene visita, pero si está libre infórmala y trae su respuesta.
Cuando la señora Zhou hubo salido con el encargo, Xifeng ordenó a las doncellas que dieran unos confites a Baner. Estaba haciéndole unas preguntas a la abuela Liu cuando Pinger anunció la llegada de un tropel de sirvientes que venían a dar cuenta de los asuntos que tenían a su cargo.
—Ahora tengo visita. Que vuelvan esta noche —dijo Xifeng—. Haz pasar sólo a los que traigan algo urgente.
Pinger salió, y luego volvió para decir:
—No traen nada urgente, así que les he dicho que se retiren.
En ese preciso instante llegó la señora Zhou.
—Su Señoría está ocupada —dijo—. Espera que usted atienda a los visitantes y les agradezca su interés. Si sólo han venido a saludarla, transmítales su agradecimiento; si traen otro asunto, que lo expongan.




