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También Xifeng se retiró a descansar, acompañada de la abadesa. Por su parte, cuando vieron que ya no quedaba nadie, las criadas mayores también se fueron a la cama dejando de guardia a unas cuantas doncellas jóvenes de confianza.
La abadesa aprovechó la ocasión para decirle a Xifeng:
—Señora, hay algo que quisiera consultar con Su Señoría, pero antes me gustaría escuchar su consejo.
—¿De qué se trata? —preguntó Xifeng.
—¡Buda Amida! —suspiró la abadesa—. Cuando me hice monja e ingresé en el convento de Shancai, en el distrito de Chang’an, uno de nuestros benefactores era un hombre riquísimo apellidado Zhang. Su hija Jinge hacía frecuentes ofrendas de incienso en nuestro templo. Allí la encontró un joven señor Li, cuñado del prefecto de Chang’an, que se enamoró de ella con sólo mirarla y mandó pedirla en matrimonio. Pero la señorita Jinge ya estaba comprometida con el hijo de un anciano inspector de la guardia metropolitana de Chang’an. A los Zhang les hubiera gustado cancelar este compromiso, pero temían la oposición del inspector, así que dijeron a los Li que habían llegado tarde. El joven Li no se resignó e insistió en su solicitud, lo que puso las cosas muy difíciles para los Zhang. Cuando la familia del inspector se enteró de todo el lío, sin tomarse la molestia de averiguar la verdad, se fueron a casa de los Zhang a gritar: «¿Con cuántos hombres más piensas comprometer a tu hija?». Se negaron a aceptar la devolución de los regalos de compromiso y llevaron el asunto a los tribunales. La familia de la muchacha está desesperada. Han mandado gente a la capital a pedir auxilio y están absolutamente decididos a devolver los presentes. Pues bien, tengo entendido que el general Yun, gobernador militar de Chang’an, mantiene muy buenas relaciones con su familia. Si la dama Wang consiguiera que Su Señoría escribiese una carta al general pidiéndole que tenga una conversación con el inspector, estoy segura de que éste desistiría de pleitear. Los Zhang darían cualquier cosa, toda su riqueza si fuese preciso, a cambio de este favor.
—No lo veo muy difícil —dijo Xifeng—, pero Su Señoría no se molesta por tales asuntos.
—¿Y no podría usted misma, señora, ocuparse del caso?
—No necesito dinero, y no me suelo inmiscuir en problemas de esa índole.
Ante esta respuesta, la abadesa perdió toda esperanza de conseguir el favor. Reflexionó durante un breve silencio y luego dijo con un suspiro:
—Los Zhang saben que estoy recurriendo a su familia, señora. Si ustedes no los ayudan no pensarán que se niegan a molestarse por un asunto tan baladí, o que no quieren el dinero, sino que ya ni siquiera están en condiciones de solucionar un asunto tan nimio como éste.
Eso, naturalmente, picó el amor propio de Xifeng.
—Usted me conoce, hermana —replicó—. Nunca he creído en toda esa palabrería del infierno y el pago por deudas contraídas en vidas anteriores. Hago en cada momento lo que mejor me parece y siempre honro la palabra que doy. Que me traigan tres mil taeles y me encargaré personalmente del asunto.
—¡Bien! —exclamó exultante la abadesa—. ¡Tres mil taeles! ¡Eso no es difícil!
—No soy de las que se entromete en los problemas de la gente buscando su dinero —advirtió Xifeng—. Esos tres mil taeles apenas cubrirán los gastos de los sirvientes que enviaré, y sólo servirán para compensar sus molestias. No quiero ni un centavo para mí. En cualquier momento podría contar con treinta mil taeles si quisiera.
—Claro, claro, señora. Entonces, ¿podría usted hacerme este pequeño favor mañana mismo?
—¿No ve lo ocupada que estoy, solicitada a diestro y siniestro? Pero como me he comprometido, lo resolveré cuanto antes.
—Trivial como es, este problema confundiría a muchos hombres, señora, pero yo sé que usted es capaz de controlar asuntos mucho más graves. Como dice el refrán, «un hombre, cuanto más capaz más ocupado». No en vano Su Señoría le encarga todo lo relacionado con la mansión Rong. Debe usted descansar y no fatigarse tanto.
El fino halago de la abadesa hizo que Xifeng olvidara su cansancio y se lanzara a hablar con creciente entusiasmo.
Mientras tanto, Qin Zhong había aprovechado la oscuridad y la ausencia de gente para correr en busca de Zhineng. Al encontrarla sola en un cuarto de la parte trasera lavando el servicio de té, la abrazó sorprendiéndola por detrás y la besó.
—¿Pero se puede saber qué haces? —exclamó la novicia golpeando desesperada el suelo con el pie y amenazando con gritar.
—Amor mío —suplicó él sin hacer caso de sus amenazas—. Te deseo. Si vuelves a rechazarme esta noche me moriré aquí mismo.
—¿Pero en qué estás pensando? Espera por lo menos a que me haya librado de esta cárcel y de esta gente.
—Eso es sencillo, pero ya sabes que el agua lejana no calma la sed cercana —repuso Zhong citando un antiguo adagio mientras apagaba la lámpara de un soplo y sumía el cuarto en una oscuridad total.
Tomando a la muchacha en brazos, la llevó hasta el kang. En vano Zhineng forcejeó de mil maneras para librarse, pues, como no quiso gritar, él acabó haciendo su voluntad. Se enredaron en los juegos de la nube y la lluvia, y a punto estaban de alcanzar las cimas del placer cuando vieron entrar en el cuarto a alguien que, sin decir palabra, inmovilizó a la pareja apoyando las manos en los riñones de Qin Zhong y dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre ellos. Como todo esto ocurrió en medio de un silencio y una oscuridad totales no supieron de quién se trataba, y el joven y la novicia quedaron aterrorizados. En esto, el intruso no pudo aguantar la risa. Era Baoyu.
Qin Zhong, indignado, se incorporó de un salto.
—¡¿A qué estás jugando?! —le dijo.
Y Baoyu:
—¿Harás lo que te diga o armo un escándalo aquí mismo?
Zhineng, aprovechando la oscuridad, se escabulló avergonzada mientras Baoyu sacaba de allí a su amigo.
—¿Lo sigues negando? —le preguntó.
—Eres un canalla. Está bien, haré lo que me digas. Pero, por favor, no grites.
—Dejemos el asunto así. Ya echaremos cuentas a la hora de dormir.
Cuando llegó la hora de irse a la cama, Xifeng, por temor a que el precioso jade desapareciera mientras Baoyu dormía, lo puso bajo su propia almohada. Ella ocupó el cuarto interior, los dos muchachos el de afuera, y las criadas durmieron en el suelo o montaron guardia sentadas.
En relación a las cuentas que Baoyu arregló con Qin Zhong, digamos que lo que el ojo no ve sólo puede ser sospechado, y lejos de nuestra intención inventar nada.
El caso es que a la mañana siguiente la Anciana Dama y la dama Wang mandaron decir a Baoyu que se abrigase bien y volviera a casa si no quedaba más que hacer en el convento. Eso era lo que menos le apetecía a Baoyu, y Zhong, por su parte, incapaz de separarse de su novicia, le instaba para que suplicara a Xifeng que se quedaran un poco más.
A pesar de que las exequias ya habían concluido, todavía quedaban ciertas minucias que atender, por lo que Xifeng decidió que resolverlas podía ocuparle unos días más. Eso le gustaría a Jia Zhen. Además, podría ocuparse del asunto de la abadesa. En cuanto al mensaje recibido de parte de Baoyu, pensó que a la Anciana Dama no le desagradaría saber que su nieto se estaba divirtiendo de lo lindo.
Con estas tres consideraciones en mente, respondió Xifeng a las súplicas de Baoyu:
—Yo ya he terminado aquí, pero si quieres divertirte un tiempo más no me queda otro remedio que complacerte. Ahora bien, partiremos mañana sin falta.
—Sólo un día más, primita; partiremos mañana.
De modo que dispusieron quedarse allí una noche más.
Xifeng envió un mensajero a Lai Wang para que le expusiera en secreto el caso de la abadesa. Lai Wang entendió de inmediato lo que se esperaba de él: partió enseguida a la ciudad para que el secretario mayor escribiera una carta en nombre de Jia Lian, y aquella misma noche marchó con ella al distrito de Chang’an. Como Chang’an no estaba a más de cien li de distancia, el asunto quedó resuelto en menos de dos días. El gobernador militar Yun Guang buscaba desde hada tiempo una ocasión para poder complacer a la familia Jia, y accedió con mucho gusto a solucionar un asunto tan insignificante. Lai Wang trajo de vuelta una carta suya en este sentido.
Mientras tanto, la jornada de más que pasaron en el convento fue aprovechada por Xifeng para despedirse de la abadesa y decirle que, pasados tres días, acudiera a recabar noticias sobre su gestión.
Qin Zhong y Zhineng pactaron una cita que aliviase la intolerable separación que se avecinaba. Es inútil describirla aquí detalladamente.
Xifeng realizó una última visita al templo del Umbral de Hierro, donde Baozhu insistió en quedarse. Más tarde, Jia Zhen se vería obligado a enviar a unas mujeres para hacerle compañía.
Capítulo XVI
Yuanchun es elegida consorte imperial
en el Palacio del Fénix.
Qin Zhong emprende demasiado pronto
el camino de las Puentes Amarillas.
Poco tiempo después quedaron concluidos los arreglos en el gabinete de estudio de Baoyu, que ya había acordado con Qin Zhong el inicio de las clases nocturnas; pero éste, débil de constitución, había contraído una bronquitis a causa de los encuentros secretos con la novicia Zhineng, allá en el campo. De regreso a la ciudad se puso a toser, perdió el apetito, dio señales de gran abatimiento y se vio obligado a permanecer en su casa reponiéndose. Con sus planes por los suelos, a Baoyu no le quedó más que esperar resignadamente la recuperación de su amigo.
Entretanto, Xifeng había recibido la respuesta de Yun Guang, el gobernador militar de Chang’an, y la abadesa pudo por fin informar a los Zhang de que su problema estaba resuelto. El inspector hubo de tragarse su despecho y aceptó sin rechistar la devolución de los regalos de compromiso. Sin embargo, Zhang y su esposa, que formaban una pareja servil y rastrera, habían traído al mundo una hija fiel y afectuosa: cuando Jinge supo que su primer compromiso había sido roto, buscó una soga y, sin alharacas, se quitó la vida. El enamorado hijo del inspector, por su parte, cuando se enteró del suicidio de su antigua prometida, corrió a arrojarse a un profundo río en cuyas aguas pereció, haciéndose así digno de su amada; o sea, que la mala fortuna arrebató a los Zhang y los Li no sólo el dinero sino también a la muchacha. La única que salió ganando fue Xifeng, que pudo disponer de los tres mil taeles sin que la dama Wang ni el resto de la casa supieran nada. Le salió tan bien el negocio que, a partir de entonces, insistió en numerosas transacciones similares a la realizada por mediación de la abadesa. Pero no necesitamos extendernos sobre ellas.
Llegó el aniversario de Jia Zheng. Las dos casas se habían reunido para festejarlo, y en ello estaban cuando un lacayo de los que se encontraban de guardia en el pabellón de entrada a la mansión anunció:
—Su Excelencia Xia, eunuco principal de Seis Palacios, viene con un decreto del emperador.
Aturdidos, sin entender el sentido de una visita tan extraña, Jia She, Jia Zheng y los demás hicieron detener las representaciones y despejar la sala del festín, en donde mandaron colocar una mesa de palitos de incienso encendidos. Entonces se abrió de par en par la puerta central y se arrodillaron para recibir el Decreto Imperial.
No tardó en hacer su aparición Xia Shouzhong, eunuco principal, que llegó cabalgando seguido de un nutrido séquito de eunucos. Pero no llevaba colgado del hombro ningún edicto, ni levantaba nada por encima de su cabeza. Echó pie a tierra frente al salón principal, subió las escalinatas con una sonrisa radiante y, mirando hacia el sur, anunció:
—Por orden especial del emperador, Jia Zheng debe presentarse inmediatamente ante él en el salón del Respetuoso Acercamiento.
Dicho lo cual volvió a montar en su caballo y se marchó, seguido de su compañía, sin haber probado un solo sorbo de té ni haber dicho una palabra más.
Nadie supo qué presagiaba la aparición del eunuco con su mensaje. Jia Zheng se atavió de corte y partió hacia el Palacio Imperial, dejando a toda la familia en vilo. Uno tras otro, la Anciana Dama envió mensajeros a caballo en busca de noticias, pero pasaron cuatro horas antes de que Lai Da y otros cuantos mayordomos llegaran jadeando por la puerta interior mientras gritaban:
—Su Señoría pide que la Anciana Dama acuda de inmediato al Palacio Imperial con las otras damas para agradecer al emperador un enorme favor.
Temiendo lo peor, la Anciana Dama había estado esperando con el corazón en un puño la llegada del mayordomo en el corredor exterior del gran salón, rodeada de las damas Xing y Wang, la señora You, Li Wan, Xifeng, las tres hermanas Primavera y la tía Xue. Al escuchar la noticia exigió a Lai Da mayores detalles.
—Tuvimos que esperar en el patio exterior —le dijo Lai Da—, de manera que no pudimos ver ni oír qué pasaba dentro. Entonces salió Xia, el eunuco principal, que nos felicitó y nos informó de que la mayor de nuestras señoritas había sido nombrada Primera Secretaria del palacio del Fénix con el título de Digna y Virtuosa Consorte. Luego apareció Su Señoría y nos confirmó las noticias del eunuco. Mientras él acude al palacio del Este a presentar sus respetos [1] , suplica que Su Señoría y las damas acudan sin pérdida de tiempo a dar las gracias al emperador.
Un gesto aliviado iluminó de delicia el rostro de las damas, y cada una corrió a ponerse los trajes ceremoniales acordes con su rango. Poco después, cuatro grandes palanquines encabezados por el de la Anciana Dama, al que seguían el de la dama Xing, el de la dama Wang y el de la señora You, se encaminaron al Palacio Imperial. Las escoltaban Jia She y Jia Zhen, también en traje de corte, así como Jia Rong y Jia Qiang.
Y entonces los señores y los sirvientes de ambas mansiones estallaron de júbilo. Los rostros resplandecieron de orgullo, confundidos en un tumulto de risas y comentarios. Sólo Baoyu permaneció indiferente a la alegría general. Y es que unos días antes la novicia Zhineng se había fugado del convento de la Luna en el Agua y había venido en busca de Qin Zhong. Descubierta por el padre del muchacho, se había visto forzada a regresar al convento mientras Zhong recibía una tunda soberana. La ira le valió al viejo una recaída en su crónica enfermedad, hasta el punto dé que murió a los pocos días. Qin Zhong, lleno de remordimientos por la muerte de su padre, cayó también gravemente enfermo. Nunca había sido muy fuerte, y no se encontraba plenamente recuperado dé su bronquitis en el momento de recibir la paliza. Todo ello pesaba tanto en el ánimo de Baoyu que el honor conferido a Yuanchun no fue suficiente para levantarle el ánimo. Por eso el viaje emprendido por su abuela y las otras damas para agradecer el favor imperial, las visitas de felicitación de parientes y amigos, la excitación que recorría ambas mansiones, lo dejaron impasible. Para él nada significaba el contento general, como si todos aquellos acontecimientos nunca hubieran sucedido; su apatía llevó a todos a sentenciar que su extravagancia se había agudizado.
Por suerte, llegó un mensajero de Jia Lian anunciando que Lin Ruhai ya había sido enterrado en el cementerio ancestral y que, una vez concluidas las exequias, Daiyu y él emprendían el camino de vuelta a la capital, adonde llegarían al día siguiente. Algo más animado, Baoyu interrogó al correo y así supo que también venía a la capital, para presentar sus respetos, Jia Yucun, quien gracias a las recomendaciones de Wang Ziteng había sido convocado para aguardar un nombramiento metropolitano. En su condición de pariente lejano de Jia Lian y de antiguo preceptor de Daiyu, Yucun hacía el viaje con ellos. En condiciones normales, la jornada, que transcurrió sin problemas, les hubiera ocupado hasta comienzos del mes siguiente, pero las buenas noticias sobre Yuanchun habían empujado a Jia Lian a apresurar su regreso; viajó día y noche a marchas forzadas, de manera que los tres compañeros cubrieron rápida y felizmente el trayecto de vuelta.
Ante todo, Baoyu quería saber si Daiyu se encontraba bien; las demás noticias no le interesaban. La impaciencia le atormentó hasta el mediodía siguiente, cuando, por fin, fue anunciada la llegada de los viajeros. El jubiloso reencuentro de los dos muchachos se vio enturbiado por el inevitable dolor; cuando hubo pasado la tormenta de lágrimas que se desencadenó, intercambiaron pésames y enhorabuenas.
Baoyu observó discretamente que Daiyu estaba más guapa que nunca, y que su apariencia era aún más extraordinaria. Había traído consigo una enorme cantidad de libros, y no perdió un momento en barrer y limpiar su cuarto, disponer ordenadamente sus cosas y entregar a Baochai, Yingchun, Baoyu y los demás, los papeles y pinceles que les había traído como obsequio. Cuando Baoyu quiso regalarle la pulsera de cuentas que le había dado el príncipe de Pekín, ella protestó.
—No la quiero. Quién sabe qué tipo apestoso la habrá manoseado —dijo arrojando la pulsera a Baoyu, que no tuvo más remedio que aceptar al vuelo la devolución.
Pero volvamos a Jia Lian, quien, después de saludar a toda la familia, se había encaminado a sus aposentos. A pesar de lo atareada que estaba, sin encontrar un momento para sí misma, Xifeng dejó todo de lado para recibir a su marido.
Cuando estuvieron solos, le dijo en broma:
—¡Enhorabuena, Excelencia, venerable cuñado del emperador! Su Excelencia ha hecho sin duda una fatigosa jornada. Su humilde sirvienta, enterada ayer mismo de que hoy se esperaba la llegada de su excelso carruaje, preparó una vulgar copa de vino para ayudarle a sacudirse el polvo de las botas. ¿Se dignará aceptarla, oh cuñado del emperador?
—¿Cómo negarme? ¿Cómo podría hacer una cosa así? —contestó riendo Jia Lian—. El honor es excesivo. Me siento anonadado.
Pinger y las demás doncellas presentaron sus respetos al señor y le sirvieron té; después Jia Lian preguntó a su esposa qué había ocurrido durante su ausencia y le agradeció lo bien que había cuidado sus asuntos.
—Soy incapaz de administrar bien los asuntos —suspiró ella—. Soy demasiado ignorante, tosca y torpe; siempre acabo tomando el rábano por las hojas y, como soy bondadosa en extremo, cualquiera puede conseguir de mí lo que desee. Además, me pone nerviosa mi falta de experiencia; el menor descontento de Su Señoría me impide cerrar los ojos durante toda la noche. Una y otra vez he pedido ser relevada de tanta responsabilidad, pero, en vez de acceder, ella me acusa de perezosa y de no tener interés en aprender. No entiende lo mal que lo paso, el miedo que me produce decir una palabra fuera de lugar o dar un paso en falso. Y ya sabes lo difíciles que son las esposas de nuestros mayordomos: se burlan del más mínimo error y «acusan al olmo señalando a la morera» en cuanto intuyen cualquier indicio de parcialidad por mi parte, y «se sientan en la colina a ver cómo combaten los tigres», «asesinan con espada prestada», «piden soplo ajeno para avivar el fuego», «ven desde una orilla seca a la gente ahogándose» y «no se molestan en levantar un aceitero caído». Todas son maestras en ese tipo de perfidias. Soy demasiado joven para cargar con semejante peso, así que no me obedecen en absoluto. Y por si fuera poco, murió la mujer de Rong y el primo Zhen suplicó de rodillas a Su Señoría que me permitiese ayudarle unos cuantos días. Yo me negué una y otra vez, pero ella insistió tanto que no tuve más remedio que intentarlo. Como siempre, terminé formando un desastre incluso peor que los que suelo en esta casa. Seguro que el primo Zhen todavía está lamentando su insistencia; mañana cuando lo veas discúlpate por mi intervención en sus asuntos y dile que nunca debió confiar en tu joven e inexperta esposa.

Yuanchun, la consorte imperial.
Gai Qi (edición de 1879).
En ese momento se oyeron voces fuera y Xifeng quiso saber de quién se trataba. Pinger entró y dijo:
—La señora Xue envió a Xiangling a preguntar algo. Le dije lo que quería saber y se marchó.
—Por cierto —dijo Jia Lian—. Cuando fui a presentar mis respetos a la tía Xue encontré allí a una bellísima joven; me dije que no podía ser de la casa, y en la conversación me enteré de que se trata de aquella doncella que compraron justo antes de venirse a la capital, acuérdate, la del proceso. Se llama Xiangling, y desde que ese imbécil de Xue Pan la hizo su concubina se le ha afilado el rostro y ha aumentado su belleza. Es demasiado buena para ese idiota.
—¡Vaya! —exclamó Xifeng—. Pensaba que en tu viaje a Suzhou y Hangzhou [2] habrías conocido suficiente mundo, pero está visto que tienes el ojo más grande que el vientre. Si la muchacha te gusta, la cosa es sencilla: la cambiaré por Pinger. ¿Qué te parece? Xue Pan es otro glotón que «tiene un ojo puesto en el tazón y el otro en la sartén». Mira cómo importunó a su madre durante un año entero hasta que consiguió a Xiangling. La tía Xue organizó una fiesta para celebrar solemnemente la entrada de la muchacha en la alcoba de su hijo, porque vio que no sólo era bonita sino también educada, discreta y amable; incluso más que muchas damitas. Pero a los quince días ese tipo ya la trata como a un perro. Es una verdadera lástima…
Un paje de la puerta interior apareció en ese momento con un recado de Jia Zheng para Jia Lian: que lo esperaba en la biblioteca grande. El joven se arregló rápidamente la ropa y partió a su encuentro. Entonces Xifeng preguntó a Pinger:
—¿Para qué diablos mandó la tía Xue a Xiangling hace un momento?
—No era Xiangling —contestó Pinger entre risitas—. Era la esposa de Lai Wang, que está perdiendo el poco seso que tenía.
Y bajando la voz:
—No podía venir antes ni después, no: tenía que esperar a que el señor estuviera en la casa para traerle a usted los intereses del dinero que le prestó. Menos mal que me la tropecé en el salón y no la dejé llegar. Si el señor hubiera preguntado de qué dinero se trataba, usted se habría visto obligada a decirle la verdad. Y con el carácter que tiene, capaz como es de sacar una moneda de una cacerola de aceite hirviendo, al saber que usted dispone de ahorros propios se habría lanzado a dilapidar con mano más suelta todavía. Por eso cogí corriendo el dinero de la buena mujer y le eché una reprimenda sin pensar que usted me escucharía; luego dije delante del señor que se trataba de Xiangling.
—Ya me extrañaba a mí que la tía Xue cometiera la imprudencia de mandar a una concubina justo cuando está el señor en casa. De manera que no fue más que uno de tus trucos…
En ese momento apareció Jia Lian. Xifeng ordenó que trajeran vino y comida, y ambos esposos se sentaron frente a frente. A pesar de tener buena cabeza para el licor, aquel día Xifeng no se atrevió a beber demasiado; iba acompañando a su marido a pequeños sorbos cuando llegó el ama Zhao, la antigua nodriza de Jia Lian, a la que invitaron a sentarse en el kang junto a ellos. El ama Zhao rechazó la deferencia, pero Pinger y las demás ya habían colocado una mesita y un pequeño banco junto al kang, de manera que la anciana no tuvo más remedio que sentarse ante los dos platos de su propia mesa que Jia Lian le ofreció.
—El ama no puede masticar eso —dijo Xifeng.
Y volviéndose hacia Pinger:
—Ese tazón de cerdo fresco guisado al vapor con jamón que vi esta mañana sería perfecto para ella. Llévalo y que lo calienten cuanto antes.
Y a la nodriza:
—Amita, prueba este vino de la fuente de Hui [3] que tu niño ha traído de su viaje.
—Beberé si lo hacen ustedes conmigo —repuso el ama—. Beban sin miedo, que todo consiste en no pasarse. Pero no he venido para eso, sino por un asunto serio que espero, señora, se tome a pecho y me ayude a resolver. Nuestro señor Lian es bueno haciendo promesas, pero llegado el momento olvida lo que prometió. Sí, yo le di mi pecho y gracias a mí es hoy tan grande, pero ahora que soy vieja sólo tengo a mis dos hijos. Nadie se extrañaría si me hiciera un favor; sin embargo, he venido a mendigar a sus pies una y otra vez, y siempre me ha hecho promesas que hasta el día de hoy no ha cumplido. Ahora que ha sucedido este formidable golpe de suerte, seguro que necesitan más brazos; por eso he venido a pedirle ayuda a usted, señora, pues si sólo me apoyara en el señor Lian ya me habría muerto de hambre.




