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Xifeng se echó a reír:
—Tus dos hijos son para nosotros hermanos de leche, amita. Deja que yo me ocupe de todo. Tú que lo has criado sabes bien cómo es el señor Lian. Se muestra solícito ayudando a extraños, gente llegada de lejos que no tiene los méritos de sus dos hermanos de leche. ¿Quién podría objetar algo si él les echara una mano? Sin embargo, ayuda más a los que vienen de fuera; aunque quizás la gente que nosotros llamamos «de fuera» sea para él «de adentro» [4] .
Las últimas palabras de Xifeng desencadenaron una carcajada general. El ama Zhao no podía dejar de reír.
—¡Buda Amida! —exclamó entre interminables hipidos de hilaridad—. Esto es lo que se llama un juez imparcial. Nuestro señor no cometería la crueldad de tratarnos como a extraños, pero es tan bondadoso que no sabe negarse a las exigencias de otras personas.
—Oh, sí —repuso Xifeng—, pero ocurre que sólo es bondadoso con los que tienen personas «de adentro»; sólo con nosotras, las mujeres, se vuelve inflexible y duro.
—Ay, señora, qué buena es usted. Estoy tan contenta que me parece que voy a beber otra copa de ese excelente vino. Ahora que he conseguido que sea usted quien se ocupe de nosotros, ya no tengo preocupaciones.
Jia Lian, bastante molesto, sonreía con un gesto forzado.
—Basta de tonterías —dijo—. Empecemos ya con el arroz; todavía tengo muchos asuntos que tratar con el primo Zhen.
—Sí, no debes entretenerte. ¿Qué quería tu primo hace un momento? —preguntó su esposa.
—Es acerca de esa visita imperial.
—¿Entonces ya se ha conseguido el permiso? —preguntó Xifeng ansiosamente.
—Aún no, pero te apuesto diez contra ocho a que se consigue.
—¡Qué inmenso acto de bondad imperial! —exclamó ella radiante—. Nunca he tenido noticia de un acto semejante en ningún libro ni ópera sobre los antiguos tiempos.
—Seguro —intervino el ama Zhao—. Pero coniforme me voy haciendo vieja me vuelvo más tonta. Hace días que no oigo hablar de otra cosa, pero no entiendo nada. ¿En qué consiste exactamente esa visita imperial?
—Nuestro actual emperador se preocupa por todos sus súbditos —explicó Jia Lian—. No hay virtud más elevada que la piedad filial y él sabe que, más allá de cualquier consideración de rango, a todos nos une un mismo vínculo de familia. Se pasa día y noche atendiendo a sus augustos padres, pero todo le parece poco para expresar su devoción filial y comprende que las consortes secundarias y las damas de compañía de palacio que han pasado muchos años separadas de sus padres tienen deseos de volver a verlos, puesto que es natural que los hijos echen de menos a los padres, y si los padres enferman, o mueren deseando ver a sus hijos, la armonía del cielo se ve necesariamente afectada. Por eso ha solicitado a sus augustos padres que la parentela femenina de las damas de la corte pueda visitarlas en palacio los días que terminan en dos y en seis de cada mes. Las dos venerables personas se mostraron encantadas por la piedad, la humanidad y la capacidad que mostró el emperador para expresar los deseos del cielo sobre la tierra. En su infinita sabiduría, ambos venerables sabios decretaron que, como la etiqueta de la corte podía impedir a las madres de las damas de palacio complacer plenamente su deseo de estar junto a sus hijas durante las visitas, se les concedería un favor aún más grande. Entonces se promulgó un edicto especial por el que, además del favor de la visita en ciertos días del mes, todas aquellas damas de la corte cuyas casas tuvieran instalaciones adecuadas para recibir un séquito imperial podrían solicitar un carruaje de palacio para poder visitar a sus familiares. Así podrían mostrar su afecto y disfrutar de la reunión con los suyos. El decreto se agradeció con brincos de júbilo. El padre de la dama de honor imperial Zhou ya ha comenzado la construcción de un patio separado para cuando ella lo visite; y Wu Tianyou, el padre de la concubina imperial Wu, está buscando un lugar en las afueras de la ciudad. ¿No son señales de que la cosa es bastante segura?
—¡Buda Amida! ¡Conque se trata de eso! —exclamó el ama Zhao—. Me imagino que nuestra familia también se estará preparando para una visita de la mayor de nuestras damitas.
—Por supuesto —dijo Jia Lian—, ¿a qué si no podría obedecer tanto ajetreo?
—Pues si eso es así —exclamó Xifeng jubilosa—, tendré oportunidad de ver algunas cosas notables. A menudo he deseado haber nacido veinte o treinta años antes para no sufrir el menosprecio de los ancianos por haber visto tan poco mundo. Sus descripciones de cómo nuestro primer emperador recorría el país igual que el antiguo sabio rey Shun [5] son mejores que cualquier relato de historia; pero, ay, yo nací demasiado tarde y me perdí el espectáculo.
—Tales cosas sólo ocurren una vez cada mil años —declaró el ama Zhao—. Yo apenas tenía edad suficiente para recordarlo, pero en esos días nuestra familia se encargaba de supervisar la fabricación de barcos y la reparación de los diques de Suzhou y Yangzhou. Para preparar esa visita imperial nos gastamos muchísimo dinero, un mar de dinero…
—Igual que nosotros, los Wang —intervino Xifeng—. En aquel tiempo mi abuelo era el encargado de los tributos del extranjero, y era nuestra familia la que atendía a los enviados de fuera que llegaban a rendir homenaje. Todos los bienes que llegaban en barcos extranjeros a Guangdong, Fujian, Yunnan y Zhejiang pasaban por nuestras manos.
—Eso se sabe —dijo el ama Zhao—. Todavía se oyen por ahí versitos:
Si el rey Dragón del Mar Este
desea un lecho de jade
debe pedirlo a los Wang,
y todo el mundo lo sabe.
»Sí, señora, ésa es su familia. ¿Y qué me dice de los Zhen del sur del Yangzi? ¡Lo ricos y grandes que eran! Sólo esa familia atendió al emperador cuatro veces. Nadie que no lo haya visto con sus propios ojos podría creerlo: trataban la plata como chatarra, los objetos preciosos se apilaban en montones y nadie se preocupaba de examinar lo que contenían los desperdicios.
—Eso me contaban mis abuelos y mis tíos abuelos; y yo los creía, por supuesto. Lo sorprendente es que una sola familia pudiese tener tanta riqueza acumulada.
—La verdad, señora, es que en atender al emperador sólo gastaban el dinero del emperador. ¿Cómo iba a ser de otra manera? ¿Quién podría gastar tanto dinero en un vano espectáculo?
En ese momento llegaron de parte de la dama Wang a preguntar si Xifeng ya había terminado de cenar; ante el requerimiento, ella devoró rápidamente medio tazón de arroz y se enjuagó la boca. Se disponía a salir cuando un grupo de pajes de los de la puerta interior anunció la llegada de Jia Rong y de Jia Qiang; entonces Jia Lian, a su vez, se enjuagó la boca y se remojó las manos en una palangana que le alcanzó Pinger. Al entrar los jóvenes les preguntó qué deseaban, y Xifeng se quedó a oír la respuesta de Jia Rong.
—Tío, mi padre me envía a decirle que los ancianos señores se han puesto de acuerdo y tomado una decisión. Hemos medido la distancia entre la pared este de una mansión y la noroeste de la otra a través del jardín, y hay tres li y medio, suficiente para construir un patio separado en el que levantar una residencia independiente para la visita imperial. Se ha encargado un plano que estará listo mañana. Pero como debe estar cansado de su viaje, no se moleste en venir. Cualquier propuesta que tenga la podrá hacer mañana a primera hora.
—Agradécele a tu padre su consideración —respondió Jia Lian—. Haré lo que me pide y no iré ahora a su encuentro. Dile que el suyo me parece el mejor proyecto de los posibles y el más fácil de realizar. Cualquier otra solución significaría mayor trabajo con peores resultados. Dile también que si los ancianos señores tienen alguna duda sobre el particular, espero que los convenza para que desistan de cambiar el plan ya trazado. Mañana cuando vaya a presentar mis respetos podremos discutirlo todo detalladamente.
Jia Rong accedió a transmitir el mensaje a su padre, y le tocó el turno a Jia Qiang.
—Mi tío me ha ordenado ir a Suzhou con los dos hijos de Lai Da y los secretarios Shan Pinren y Bu Guxiu, con el encargo de contratar maestros de música y teatro y comprar jóvenes actrices, trajes e instrumentos musicales. Me pidió que le informara.
Jia Lian miró al joven con cierta extrañeza y le preguntó:
—¿Estás seguro de que podrás cumplir el encargo? Tal vez no sea una tarea muy complicada, pero requerirá el manejo de numerosas habilidades.
—Tendré que aprenderlas —respondió alegremente Jia Qiang.
Desde la penumbra en la que se encontraba, Jia Rong le dio un discreto tirón al vestido de Xifeng; ésta captó la sugerencia y dijo a su esposo:
—No te preocupes. Tu primo sabe bien a quién debe enviar. ¿Por qué temes que Qiang no esté a la altura del encargo? ¿Acaso todos nacen capaces? El muchacho ha crecido, y aunque no haya probado su carne ya ha tenido ocasión de ver algún cerdo corriendo, como dice el proverbio. El primo Zhen lo envía como supervisor, no para que regatee y lleve la contabilidad. Me parece una excelente elección.
—No es eso lo que quería decir —protestó Jia Lian—. Sólo quería ofrecer un consejo.
Preguntó a Jia Qiang:
—¿De dónde sale el dinero para todo esto?
—Precisamente veníamos discutiéndolo. El viejo Lai no ve la necesidad de llevar dinero, puesto que los Zhen del sur del río Yangzi nos tienen preparados cincuenta mil taeles. Mañana puede hacerse un recibo que llevaríamos con nosotros, de manera que retiraríamos treinta mil taeles y dejaríamos veinte mil para comprar faroles ornamentales, velas, banderolas, cortinas de bambú y colgaduras de todo tipo.
Jia Lian estuvo de acuerdo.
—Pues bien —intervino Xifeng—, si ya está arreglado, tengo dos hombres que les pueden servir de ayuda.
—¡Qué casualidad! —dijo Qiang forzando una sonrisa—. Precisamente íbamos a pedirle que nos recomendase a dos personas que nos acompañaran, tía. ¿Quiénes son?
Xifeng le preguntó sus nombres al ama Zhao, que había estado escuchando como en un sueño y no se había dado por aludida. Cuando Pinger le dio un ligero codazo despertó y contestó atropelladamente:
—Zhao Tianliang y Zhao Tiandong.
—Toma nota —advirtió Xifeng a Jia Qiang—. Ahora debo volver a mis tareas.
Dicho lo cual se marchó.
Jia Rong la siguió y le dijo al oído:
—Si necesita que le traigamos cualquier cosa, tía, hágame una lista y le diré a Qiang que se ocupe de ello.
—¡No digas sandeces! —le contestó Xifeng—. ¿Pretendes pagarme con mercancías un gesto de atención? Tengo ya tantas cosas que no sé dónde ponerlas. Debes saber que me desagrada tu manera taimada de manejar los asuntos.
Mientras tanto, Jia Qiang le estaba diciendo a Jia Lian:
—Si necesita cualquier cosa, tío, sólo tiene que decírmelo.
—No seas presuntuoso —le contestó Jia Lian con tono burlón—. Ese truco es el primero que se aprende al empezar la práctica de los negocios. Si necesito cualquier cosa te escribiré una carta; ahora no tengo tiempo.
Dicho lo cual acompañó a los dos jóvenes hasta la salida. Luego entraron varios criados a presentar informes. Jia Lian se fatigó tanto que ordenó a los pajes de la puerta interior que no dejasen pasar a nadie más; todos los asuntos deberían esperar hasta el día siguiente. Xifeng no fue a acostarse hasta la tercera vigilia. Pero no es necesario relatar las cosas que pasaron aquella noche.
A la mañana siguiente, después de presentar sus respetos a Jia She y Jia Zheng, Jia Lian se dirigió a la mansión Ning. Acompañado de algunos viejos mayordomos, secretarios y amigos, inspeccionó los terrenos de ambas mansiones, trazó planos para recintos destinados a la visita imperial y estimó el número de trabajadores que se necesitarían.
Pronto estuvieron reunidos los maestros y trabajadores, y empezaron a llegar al lugar innumerables cargamentos de materiales: oro, plata, cobre y estañó, tierra, madera, ladrillos y tejas. Primero se desmontaron los pabellones y los muros del jardín de la Fragancia Concentrada de la mansión Ning, quedando así conectado con el gran patio oriental de la mansión Rong. Asimismo, fueron demolidos todos los cuartos de la servidumbre que allí había.
Como el estrecho pasaje que antes separaba las dos casas era propiedad común de ambas, los terrenos de uno y otro lado podían unirse ahora; y como ya existía un arroyo que procedía de la esquina septentrional del jardín de la Fragancia Concentrada, no hubo necesidad de hacer llegar otro. Para suplir la escasez de árboles y rocas fueron traídos los bambúes, árboles y montículos artificiales de rocas, así como los pabellones y balaustradas del jardín de la mansión Rong, donde vivía Jia She. La proximidad de ambas mansiones facilitó su fusión, ahorrando dinero y trabajo. En términos generales, no fue necesario añadir demasiado.
El conjunto fue concebido por un viejo jardinero llamado Shan Ziye.
Como Jia Zheng no estaba familiarizado con los asuntos prácticos lo dejó todo en manos de Jia She, Jia Zhen, Jia Lian, Lai Da, Lai Sheng, Lin Zhixiao, Wu Xindeng, Zhan Guang y Cheng Rixing. Siguiendo el plano del jardinero surgieron montañas y lagos artificiales, fueron construidos pabellones, se plantaron flores y bambúes. A su regreso de la corte, Jia Zheng no tuvo más que hacer una ronda de inspección y discutir los problemas más importantes con Jia She y los demás.
En cuanto a Jia She, pasó las obras meditando tranquilamente en su casa. Cuando se presentaba el más mínimo problema, Jia Zhen y los demás acudían a consultárselo o enviaban un informe escrito, mientras que él hacía llegar sus instrucciones a través de Jia Lian y Lai Da.
Jia Rong se ocupó de supervisar la fabricación de los utensilios de oro y plata. Por su parte, Jia Qiang ya estaba de camino a Suzhou. Jia Zhen, Lai Da y los demás se encargaron de los trabajadores, de llevar un registro y de mantenerse al tanto de las obras. ¡Imposible describir con palabras el bullicio y la conmoción que pronto dominó el lugar!
Todo ese ajetreo había hecho que Jia Zheng dejara de preguntar por los estudios de su hijo Baoyu, que aprovechaba para holgazanear todo lo que podía. Lo único que empañaba su bienestar era la enfermedad de Qin Zhong, cuya salud empeoraba cada día.
Cierta mañana, cuando acababa de asearse y pensaba pedirle permiso a su abuela para hacer una visita a su amigo, asomó la cabeza de Mingyan detrás del tabique protector de la puerta interior. Al verlo, Baoyu se acercó a él corriendo:
—¿Qué pasa?
—El señor Qin Zhong. ¡Se está muriendo!
Baoyu quedó anonadado.
—¡Pero si estaba consciente cuando lo vi ayer! —exclamó—. ¿Cómo puede estar muriéndose?
—No sé. Me lo dijo un viejo de su casa.
Baoyu fue inmediatamente a avisar a la Anciana Dama, que ordenó a algunos hombres de confianza que lo acompañasen.
—Puedes visitarlo para mostrar tu amistad con tu compañero de clase —le dijo—, pero no te quedes allí mucho tiempo.
Baoyu se cambió de ropa a toda prisa y se puso a recorrer el patio a grandes zancadas mientras esperaba su carruaje. Cuando por fin llegó, se metió en él y partió apresuradamente, escoltado por Li Gui, Mingyan y otros.
Encontraron desierta la puerta delantera de la casa de Qin Zhong y entraron rápidos como abejas hasta los aposentos interiores, asustando a las dos tías y los primos de Zhong, que quisieron esconderse.
Qin Zhong ya había perdido varias veces el conocimiento y había sido trasladado desde el kang hasta un lecho mortuorio. Al percibir la mudanza, Baoyu se echó a llorar.
—No llore, señor —le dijo Li Gui—. Ya sabe usted lo delicado que es el señor Qin. Por el momento lo han trasladado a un sitio más cómodo que el duro kang. Si sigue usted llorando sólo conseguirá empeorar las cosas.
Las palabras de Li Gui consiguieron que Baoyu controlase el llanto y se acercara a su amigo. Qin Zhong, pálido como la cera, tenía la cabeza apoyada sobre una almohada y respiraba boqueando.
—¡Hermano querido! —exclamó—. Soy yo, Baoyu.
Lo llamó varias veces, pero Zhong no respondió. Baoyu insistió varias veces:
—¡Zhong, hermanito! ¡Baoyu está aquí!
Pero Qin Zhong estaba exhalando el último suspiro. Su espíritu, que ya se había separado de su cuerpo, veía llegar en ese momento a un juez infernal escoltado por otros fantasmas. Llevaba un documento en la mano y unas cadenas para llevárselo. Zhong se resistía a ir con ellos, pues no quedaba nadie para administrar los asuntos de su casa y su padre había dejado tres o cuatro mil taeles ahorrados; además, deseaba locamente noticias de Zhineng. Pero los fantasmas se mostraban insensibles a sus súplicas.
—Eres un joven cultivado —se mofaban—. ¿Cómo no conoces el viejo proverbio, «si el Rey de los Infiernos te cita para la tercera vigilia nadie osará retenerte hasta la quinta»? Nosotros, sombras, somos estrictamente imparciales; no como vosotros, mortales, presas del sentimentalismo y los favores.
Y en medio de todo ese trajín oyó Zhong la llamada de Baoyu.
—Piedad, mensajeros divinos —suplicaba—. Permitid que vuelva a decirle a mi buen amigo una sola palabra y después partiré con vosotros.
—¿Pues qué buen amigo es ése? —le preguntaron.
—Jia Baoyu, el nieto del duque de Rongguo.
El juez infernal que parecía ser el encargado de llevárselo reprochó a los demás.
—Ya os dije que le permitierais volver un momento, y no me habéis hecho caso. ¿Qué haremos ahora que nos presenta a ese favorito de la fortuna?
Los fantasmas, confundidos por la actitud de su jefe, protestaban:
—Hace un momento estaba usted furioso, pero ese nombre parece haberle aterrorizado. ¿Por qué sombras como nosotros, que venimos del mundo de las tinieblas, tendríamos que temer a alguien como él, que viene del mundo de la luz? ¿Qué daño nos puede hacer?
—Ya conocéis el proverbio: «Los funcionarios del imperio lo controlan todo en el imperio», ¿no? Igual es en las Fuentes Amarillas: rige la misma ley para espíritus y mortales. No pasará nada si mostramos alguna consideración.
Finalmente, los fantasmas permitieron que el espíritu de Qin Zhong regresara a su cuerpo. El moribundo dio un grito, entreabrió los párpados y vio a Baoyu a su lado.
—¿Por qué no has venido antes? —le preguntó con voz tenue—. Si hubieses tardado un poco más, ya no te habría visto.
Baoyu apretó la mano de su amigo y le preguntó entre lágrimas:
—¿Qué últimas palabras me dejas?
—Sólo éstas: cuando tú y yo nos conocimos nos consideramos por encima del común de los mortales, ¿te acuerdas? Ahora comprendo lo equivocados que estábamos. Deberías dedicarte en el futuro a hacerte un nombre por medio de los exámenes oficiales, a ganar distinciones…
Suspiró largamente y se abandonó en silencio al viaje definitivo.
Capítulo XVII
En el jardín de la Vista Sublime, la composición
de inscripciones pone a prueba el talento.
Los extraviados en el patio Rojo y Alegre exploran
un refugio solitario.
Dio la impresión de que el llanto de Baoyu por la muerte de Qin Zhong no tendría fin. Pasó mucho tiempo antes de que Li Gui y los demás lograran apaciguarlo, e incluso cuando estuvo de vuelta en su casa siguió sacudiéndolo el dolor. Sin contar varias docenas de taeles de plata para los gastos del funeral, la Anciana Dama hizo que preparasen un lote de ofrendas funerarias con las que su nieto acudió a dar el pésame y sumarse al duelo de la familia Qin. Siete días después del óbito tuvieron lugar los funerales y el entierro; aunque no necesitemos demorarnos en los detalles, diremos que Baoyu lloró y echó de menos a su amigo cada día, aunque tales demostraciones de dolor ya no remediaran nada.
Algún tiempo después Jia Zhen, acompañado de sus asistentes, anunció a Jia Zheng la culminación de los trabajos del nuevo jardín, y le informó de la inspección que ya había realizado Jia She.
—Todo está dispuesto para su inspección, tío —le dijo—. Podríamos modificar cualquier cosa que no sea de su agrado antes de que se compongan las inscripciones y los correspondientes poemas para los distintos puntos del jardín.
Jia Zheng meditó unos instantes y luego dijo:
—Las inscripciones son un problema, ciertamente. En principio deberíamos pedirle a la concubina imperial que nos haga el honor de componerlas ella misma, pero es obvio que no puede hacerlo sin conocer previamente el lugar. Por otra parte, si dejamos los diversos pabellones y parajes sin inscripción hasta su visita, entonces el jardín, con todas sus flores y rocas, sauces y arroyos, no mostrará todo su encanto.
—Sin duda es cierto, señor —respondieron a coro sus cultos acompañantes.
—Tengo una idea —dijo uno de ellos—. Las inscripciones de los parajes del jardín no pueden ser obviadas, pero tampoco fijadas definitivamente. ¿Por qué no preparar algunas y componer unos cuantos pareados provisionales para cada lugar? De momento podemos hacer que los pinten sobre faroles en forma de placas y rollos, y cuando Su Alteza se digne honrarnos con su visita podremos pedirle que decida cuáles son los más apropiados. Así se resolverá este dilema.
—Sensata idea —observó Jia Zheng—. Hoy mismo podríamos echar un vistazo e idear algunas. Si son adecuadas, se utilizarán; en caso contrario le pediremos a Jia Yucun que venga a echarnos una mano.
—Seguro que sus propias sugerencias serían excelentes, señor —respondieron—. ¿Para qué llamar a Yucun?
—A decir verdad, ni en mis años mozos fui bueno haciendo versos sobre flores, pájaros o paisajes; y ahora que me siento viejo y me abruman las tareas oficiales he perdido definitivamente el ánimo ligero que se precisa para las bellas letras. Doy por descontado que cualquier intento por mi parte resultaría tan lerdo y pedante que en vez de resaltar las bellezas del jardín serviría para lo contrario.
—No tema por eso —le insistieron sus secretarios—. Uniremos nuestros ingenios y después elegiremos las mejores sugerencias. Así resolveremos el problema.
—De acuerdo —accedió Jia Zheng—. Demos un paseo por el jardín aprovechando el buen día que hace.
Y poniéndose en pie encabezó el grupo mientras Jia Zhen se adelantaba para avisar de su llegada a los del jardín.
Resultó que Baoyu acababa de llegar al jardín, pues seguía sufriendo tanto por la muerte de Zhong que la Anciana Dama había ordenado a sus pajes que lo llevaran allí para que se distrajera.
Al verlo, Jia Zhen se acercó a él y le dijo en tono de broma:
—Viene el señor Zheng; más vale que desaparezcas.
Como un hilo de humo, Baoyu emprendió inmediatamente la huida seguido de su ama y sus pajes, pero al volver la esquina se dio de bruces con el grupo de su padre. Ante la imposibilidad de huir, Baoyu se apartó respetuosamente de su camino.
Ahora bien, no hacía mucho que Jia Zheng había oído al preceptor de Baoyu hablar en tono elogioso acerca de la capacidad del muchacho para componer pareados, comentando que a pesar de su escasa aplicación en el estudio mostraba una considerable originalidad en los ejercicios literarios. Ante el fortuito encuentro, Jia Zheng ordenó a su hijo que lo acompañase. Baoyu no tuvo más remedio que obedecer ignorando lo que su padre deseaba de él.
A la entrada del jardín encontraron a Jia Zhen con un grupo de mayordomos en formación.
—Cierren la puerta —ordenó Jia Zheng—. Veamos qué aspecto tiene desde el exterior.
Jia Zhen hizo cerrar la puerta y Jia Zheng inspeccionó el pabellón de entrada, una edificación con cinco secciones y un techo arqueado de tejas de media caña. Los dinteles y las celosías, finamente tallados con ingeniosos dibujos, no estaban pintados ni dorados; las paredes eran de ladrillo pulido de un color uniforme, y en las escalinatas de mármol blanco se apreciaban dibujos tallados de pasionarias. El impecable muro blanqueado del jardín, que se extendía a un lado y a otro, tenía en su base un mosaico de piedras atigradas. A Jia Zheng le complació la sencillez del conjunto y la ausencia de vana ostentación.
Hizo que volvieran a abrir la puerta, y entraron sólo para encontrar que una verde colina les impedía la visión. Los secretarios lanzaron una exclamación de aprecio por el detalle.




