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Y lloró y pataleó hasta que su madre y su hermano comprendieron que no cedería y que nunca dejaría la mansión Rong. Después de todo, la habían vendido de por vida, y, a pesar de que sabían que la familia Jia sería lo bastante generosa como para dejarla partir sin dinero por medio, también sabían que allí la servidumbre no era maltratada y recibía de los señores más bondad que severidad. De hecho, las doncellas que atendían personalmente a miembros de la familia, jóvenes o viejos, solían recibir mejor trato que los sirvientes dedicados a otras tareas. Incluso estaban mejor que las hijas de cualquier familia humilde. Por eso la señora Hua y su hijo no insistieron. Por otra parte, la inesperada visita de Baoyu y la aparente intimidad entre amo y criada les habían desvelado cuál era la verdadera situación, reconfortándolos considerablemente: esa intimidad era algo con lo que ni siquiera habían soñado, de manera que dieron el asunto por zanjado.
En cuanto a Xiren, los años le habían mostrado que Baoyu no era un muchacho cualquiera, sino un joven mucho más gallardo y obstinado que los demás, con algunos rasgos de indescriptible perversidad. Los mimos de su abuela le habían hecho tan engreído, que sus padres no habían podido controlarlo con rigor y se había vuelto temerario y testarudo hasta el extremo de perder la paciencia ante todos los convencionalismos. Hacía tiempo que quería hablar con él sobre ese tema, aunque estaba convencida de que nunca la escucharía. Pero los acontecimientos de aquel día le habían permitido sondearlo y ponerlo en buena disposición para recibir una reprimenda. Su silenciosa retirada a la cama le indicó hasta qué punto se encontraba desasosegado y herido. En cuanto a las castañas, había simulado apetecerlas, temerosa de que se repitiera con el tazón de leche cuajada el incidente que había tenido lugar con el té de rocío de arce que le sirvió Qianxue.
Entregó las castañas a las otras doncellas y, dando un afectuoso empujoncito a Baoyu, lo encontró con el rostro bañado en lágrimas.
—¿Por qué se lo toma así? —le dijo—. Si realmente quiere que me quede, me quedaré.
Baoyu intuyó que detrás de sus palabras había algo más, y contestó rápidamente:
—Adelante, sigue. Dime qué más debo hacer para que te quedes. Ya no sé cómo convencerte.
—No necesitamos hablar ahora de lo bien que nos llevamos, pero conservarme aquí es otro asunto. Tengo dos o tres condiciones que ponerle. Si las acepta, entenderé que realmente quiere que me quede y entonces no conseguirá hacerme partir ni un cuchillo en la garganta.
A Baoyu se le iluminó el rostro.
—De acuerdo, ¿cuáles son tus condiciones? —preguntó—. Las acepto todas, querida hermana, queridísima, bondadosa hermana. Aceptaría trescientas condiciones, así que imagínate tres. Todo lo que pido es que os quedéis todas conmigo hasta el día en que me vuelva cenizas flotantes. No, cenizas no, las cenizas guardan un rastro de forma y de conciencia; hasta el día en que me vuelva un jirón de humo dispersado por el viento y ya no podáis estar conmigo ni yo pueda preocuparme por vosotras. Entonces me podréis abandonar, si es eso lo que queréis, y yo también estaré obligado a dejaros ir.
—¡No siga! —lo interrumpió Xiren tapándole arrebatadamente la boca—. Eso es justo lo que quería advertirle. Está diciendo más extravagancias que nunca.
—De acuerdo —aceptó Baoyu—. Prometo no volver a hacerlo.
—Es el primer defecto que debe corregir.
—¡Hecho! Pellízcame los labios si vuelvo a hablar de esa manera. ¿Qué más?
—Le guste o no el estudio, debe dejar de burlarse de él y de hacer comentarios sarcásticos sobre el tema delante de su señor padre y de los demás. Por lo menos simule que le gusta estudiar para no provocar a su padre y darle así oportunidad de hablar bien de usted a sus amigos. Después de todo él piensa: «Durante generaciones los hombres de nuestra familia han sido letrados, pero este hijo mío me ha defraudado, los libros no le interesan y se pasa la vida diciendo locuras en público y en privado, desprecia a los que estudian duro para prosperar en la vida llamándolos viles gusanos en busca de carrera, sostiene que aparte de ese clásico sobre cómo “manifestar la brillante virtud [3] ” todo lo demás es basura producida por antiguos idiotas que no comprendieron al Sabio [4] ». No me extraña, señor, que su padre se enfurezca tanto con usted y se pase el tiempo castigándolo. ¿Qué impresión puede causarle todo eso a la gente?
—De acuerdo —dijo Baoyu riendo—. Ésas eran palabras desbocadas de cuando era demasiado joven para comprender las cosas. No las volveré a repetir. ¿Qué más?
—No volverá a insultar a los bonzos y a los sacerdotes taoístas, y dejará de jugar con los polvos y los cosméticos de las muchachas. Y lo más importante: no volverá a besar el carmín de sus labios y dejará de correr detrás de todo lo que vista de rojo.
—¡Prometido! ¡Prometido! ¿Qué más? ¡Rápido!
—Eso es todo. Sea un poco más cuidadoso con las cosas y no se deje llevar por sus caprichos y antojos. Si hace cuanto le he pedido, prometo estar siempre con usted y no abandonarlo ni aunque envíen una gran silla de manos con ocho porteadores a recogerme.
Baoyu se echó a reír.
—Si te quedas conmigo el tiempo suficiente, algún día tendrás tu silla de manos con ocho porteadores.
—¿De qué me serviría si no me corresponde? —respondió con desdén.
En ese momento apareció Qingwen.
—Ya debería estar durmiendo, señor. Está a punto de cumplirse la tercera vigilia. Hace un momento la Anciana Dama envió a un ama a preguntar, y le dije que ya se había dormido.
Baoyu le pidió que le alcanzara un reloj, y comprobó que era medianoche. Se lavó y se enjuagó la boca otra vez, y luego se desvistió y se echó a dormir.
A la mañana siguiente, al despertar, Xiren sé sintió indispuesta. Le dolía la cabeza, tenía los ojos hinchados y las extremidades le ardían como brasas. A pesar de todo, se levantó e intentó cumplir con sus tareas cotidianas, pero al poco tiempo tuvo que interrumpirlas y echarse a descansar, completamente vestida, sobre el kang. Baoyu avisó inmediatamente a su abuela, y un médico vino a examinar a la doncella.
—Sólo es un catarro —dijo el doctor—. Un par de dosis de medicina descongestionante la pondrán bien.
El médico hizo su receta y se fue. Los ingredientes fueron comprados y el remedio cocido. Xiren lo tomó entero. Baoyu la dejó bien tapada para que empezara a sudar, y se fue a ver a Daiyu.
Daiyu estaba echando la siesta, y, como todas sus doncellas habían ido a ocuparse de sus propios asuntos, el lugar estaba especialmente tranquilo. Baoyu levantó la cortina bordada y entró en el cuarto interior, donde la encontró dormida.
—¡Prima! —le dijo sacudiéndola levemente—. ¿Cómo puedes dormir después de comer?
Al despertar y encontrar allí al muchacho, Daiyu dijo:
—¿Por qué no vas a dar un paseo? Todavía no me he recuperado de la agitación de la otra noche. Me sigue doliendo todo el cuerpo.
—Unos cuantos dolores son poca cosa, pero si sigues durmiendo caerás enferma de verdad. Déjame entretenerte para que te puedas mantener despierta, y entonces te sentirás bien.
—No tengo sueño —dijo Daiyu cerrando los ojos—. Sólo quiero descansar un poco. Ve a jugar un rato por ahí, y vuelve más tarde.
—¿Dónde puedo ir? —Volvió a tocarla cariñosamente—. Todos los demás me aburren.
Daiyu no pudo reprimir una risita.
—De acuerdo —accedió—. Si es indispensable que te quedes, siéntate aquí y charlemos.
—Yo también quiero tenderme —dijo Baoyu.
Y al ver que sólo había una almohada añadió:
—¿Por qué no compartimos tu almohada?
—¡Qué tontería! ¿Acaso no hay más almohadas en el cuarto de fuera? Anda a buscar una.
Baoyu salió y volvió diciendo:
—No me gusta ninguna. Quién sabe qué vieja inmunda las habrá utilizado.
Al oír eso, Daiyu se incorporó, abrió los ojos y se echó a reír otra vez.
—¡Realmente eres el tormento de mi vida! De acuerdo, toma ésta.
Dicho lo cual, y después de haber entregado al muchacho su propia almohada, buscó otra. Se echaron y quedaron tendidos frente a frente. Al observar en la mejilla izquierda de Baoyu una mancha de sangre del tamaño de un botón, la muchacha se inclinó a mirarla mejor y le puso un dedo encima.
—¿De quién eran esta vez las uñas?
Baoyu retiró la cara sonriendo.
—No es un arañazo —replicó—. Seguramente me habrá caído un poco de carmín del que acabo de mezclar para las chicas.
Mientras él buscaba un pañuelo, Daiyu le limpió la mancha con el suyo reconviniéndole:
—¿Y es necesario que vayas exhibiendo las huellas? Aun suponiendo que el tío no te vea, es justamente el tipo de cosas sobre el que le encanta chismorrear a la gente, y no faltará quien corra a decírselo para ganarse su favor. Si estas historias llegan a sus oídos habrá problemas.
Pero la fragancia que emanaba de la manga de la muchacha impedía a Baoyu pensar en cualquier otra cosa; el olor le parecía venenoso y capaz de diluirle la médula de los huesos. Le cogió la manga para ver de dónde procedía el aroma.
—¿Cómo voy a usar perfumes en pleno invierno? —preguntó ella.
—¿De dónde viene entonces este olor?
—¿Cómo he de saberlo? Pudiera ser el olor de mi armario, que ha impregnado la bata.
—No —dijo Baoyu meneando la cabeza—. Es un perfume insólito. No es el de las píldoras o las bolas aromáticas, ni tampoco el de las bolsitas.
—¿Acaso tengo también algún santo budista que me perfuma? —preguntó Daiyu con picardía—. Aunque tuviera una poción exótica, no tengo pariente bondadoso que la cueza con estambres, capullos, nieve y rocío [5] . Sólo tengo perfumes comunes.
—Basta que yo diga una palabra para que tú empieces enseguida… —Baoyu sonrió—. Tendré que darte una lección. De ahora en adelante no tendré compasión contigo.
Dicho lo cual se arrodilló, se sopló las manos, alargó los brazos y, sin previo aviso, se puso a hacerle cosquillas en las axilas y en las costillas. Daiyu siempre había sido sensible a las cosquillas, y el ataque por sorpresa de Baoyu la hizo reír hasta casi ahogarse.
—¡Basta, basta! —jadeaba—. Detente ya o me enfadaré.
Entonces él desistió y la interrogó con una sonrisa:
—¿Me volverás a hablar de ese modo?
—No me atrevo —contestó Daiyu alisándose el cabello entre risas—. Tú dices que yo tengo un aroma insólito, pero ¿acaso tú tienes un olor tibio?
—¿Olor tibio? —preguntó perplejo el muchacho.
Daiyu meneó la cabeza con un suspiro.
—¡Qué obtuso eres! —dijo—. Tú tienes jade, y alguien tiene oro para hacer juego con él, ¿no? ¿Y no tendrás entonces un aroma tibio que haga juego con su aroma frío?
Baoyu comprendió entonces la broma y se echó a reír.
—Hace un minuto suplicabas piedad, pero ahora te comportas peor que antes —dijo alargando de nuevo los brazos.
—¡No, no! Prometo no volver a fastidiarte, primito querido —exclamó ella amontonando las palabras.
—Bien, te perdonaré si me dejas oler tu manga.
Cogió la manga de la muchacha y empezó a olisquearla como si nunca fuera a detenerse. Ella le retiró el brazo.
—Ya deberías irte.
—No me puedo ir. Tendámonos tranquilamente y charlemos.
Volvieron a recostarse y Daiyu se cubrió el rostro con el pañuelo sin prestar la menor atención a las extravagantes preguntas de su primo. ¿A qué edad había llegado a la capital? ¿Qué paisajes y monumentos interesantes había visto a lo largo del viaje? ¿Qué lugares históricos de interés había visitado en Yangzhou? ¿Cuáles eran las costumbres y tradiciones locales? Daiyu no respondía, y, para mantenerla despierta, Baoyu intentó un nuevo truco.
—¡Por cierto! —exclamó—. ¿Sabes qué ha pasado cerca de tu prefectura de Yangzhou?
Embaucada por su gesto serio y sus modales sentenciosos, Daiyu se dispuso a oír la historia con interés. Entonces Baoyu, reprimiendo la risa, empezó a fabular.
—En Yangzhou hay una colina llamada monte Dai, y en su falda una cueva llamada caverna Lin…
—Te lo estás inventando —le interrumpió Daiyu—. Nunca he oído hablar de esa colina.
—¿Tú conoces todas las colinas y arroyos del mundo? Déjame terminar antes de que me estropees el relato.
—Continúa entonces.
Y Baoyu continuó:
—Pues bien, en la caverna Lin vivían numerosos espíritus de ratas. Cierto año, en el séptimo día del duodécimo mes, el patriarca de las ratas se encaramó en su trono para convocar un consejo. Desde allí anunció: «Mañana es la fiesta de las Gachas de Invierno, cuando todos los hombres de la tierra cuecen sus dulces gachas. Aquí en la caverna tenemos poca fruta y pocas nueces; debemos salir a conseguir provisiones». Y entregó una flecha de mando a una rata joven y capaz, con instrucciones para que hiciera una salida de reconocimiento. Pronto la rata volvió a informar: «He realizado una búsqueda amplia y hecho numerosas indagaciones. La mejor despensa de grano y frutos secos se encuentra en el templo que hay al pie de esta misma colina». «¿Cuántos tipos de grano? ¿Cuántos tipos de frutos secos?» «Un granero entero repleto de arroz y judías, raíces de colocasia y cuatro tipos de frutos secos: dátiles, castañas, cacahuetes y abrojos.» Maravillado por la información, el patriarca dispuso inmediatamente la ofensiva de sus ratas. Tomando una flecha de mando preguntó: «¿Quién robará el arroz?». Se adelantó una rata, tomó la flecha de mando y partió a cumplir su misión. «¿Quién robará las judías?» Otra rata aceptó la misión. Una por una fueron saliendo todas hasta que sólo quedó por robar la colocasia. Sosteniendo otra flecha de mando, el patriarca preguntó: «¿Quién saldrá a robar las raíces de colocasia?». Se ofreció voluntaria una insignificante y canija rata: «Yo iré», dijo. Viéndola tan pequeña y débil, el patriarca y el resto de la tribu, temerosos de que no pudiera cumplir la misión, se negaron a que fuera. Pero la ratita insistió diciendo: «Tan joven y débil como soy, tengo maravillosos poderes mágicos y soy muy elocuente y sagaz. Prometo que cumpliré el encargo mejor que el resto de mis compañeras». Al pedirle que explicara sus palabras, dijo: «Yo no robaré directamente, como las demás ratas, sino que me transformaré en una raíz de colocasia y me confundiré entre ellas como una más para no ser descubierta. Entonces me las llevaré de una en una hasta vaciar el almacén. ¿No será eso más efectivo?». «Eso parece, en efecto —le dijeron las otras ratas—, pero ¿cómo conseguirás la metamorfosis? Muéstranoslo.» «Muy fácil —respondió ella, riendo—, observad.» Se sacudió y cobró de repente la apariencia de una adorable muchacha con un rostro encantador. «Has fallado —gritaron entre risas las ratas—, te has convertido en una preciosa damita, no en una raíz de colocasia.» «¡Banda de ignorantes! —dijo enfadada volviendo a su forma original—. Sólo conocéis la forma de las raíces de colocasia, pero ignoráis que la hija de Lin, el comisionado de la Sal, es más dulce y fragante que cualquier raíz [6] .»
En ese momento Daiyu se abalanzó sobre él y lo dejó clavado sobre la cama:
—¡Bribón! —dijo riendo—. Sabía que te estabas burlando de mí.
Y pellizcó a Baoyu hasta que éste suplicó piedad a gritos:
—Suéltame, primita. No volveré a hacerlo. Fue tu perfume lo que me recordó ese viejo texto.
—Te burlas de mí y encima pretendes hacerme creer que ya conocías esa historia…
En ese momento entró Baochai con el rostro radiante.
—¿De qué historia habláis? Quiero conocerla.
Daiyu le ofreció asiento.
—¿No lo ves? —le dijo riendo—. Se burla de mí y encima pretende hacerme creer que se trata de un viejo texto.
—¿Se trata del primo Bao? No me extraña —sonrió Baochai—. Conoce tantos textos… Su problema es que los olvida cuando más los necesita. Si hoy su memoria es tan buena, ¿por qué la otra noche no pudo recordar los versos del plátano? Incluso había olvidado el más conocido. Los demás tenían frío, pero él, en su frenesí, sudaba. ¿Qué es lo que le ha vuelto ahora a la memoria?
—¡Buda Amida! —exclamó Daiyu dirigiéndose a Baoyu—. Después de todo, es mi hermana. Ahora sí que has encontrado la horma de tu zapato. Eso demuestra que nada escapa al pago de las deudas contraídas en vidas anteriores.
En ese momento estalló en los aposentos de Baoyu un clamor de disputa. Desde allí se oían los gritos de furia.
Así ocurrió en realidad…
Capítulo XX
Xifeng reprende con duras palabras
a una mujer celosa.
Daiyu se burla con gracia de una
muchacha parlanchina.
Dejamos a Baoyu en el cuarto de Daiyu relatándole a ésta una fábula sobre espíritus de ratas. Baochai, que había entrado en ese momento, le tomó el pelo por haber olvidado la alusión al plátano y la cera verde la noche de la fiesta de los Faroles. Las risas y bromas descargaron a Baoyu del temor a que Daiyu sufriera un corte de digestión o insomnio durante la noche si seguía durmiendo la siesta, resultando así dañada su salud. Afortunadamente, la llegada de Baochai y la animada conversación que siguió habían reanimado a Daiyu.
Entonces se armó una batahola en los aposentos de Baoyu, y los tres se pusieron a escuchar atentamente.
—Es tu nodriza amonestando a Xiren —dijo Daiyu—. Xiren la trata bien, pero el ama Li siempre la está regañando. La vejez la ofusca.
Baoyu quiso acudir de inmediato, pero Baochai lo sujetó por un brazo.
—No vayas ahora a discutir con el ama —le advirtió—. Es una vieja tonta, pero debes tratarla con respeto.
—Ya lo sé —contestó él, y salió corriendo.
En sus aposentos encontró al ama Li, apoyada sobre un bastón en medio del cuarto, insultando abiertamente a Xiren.
—¡Putilla desagradecida! —le gritaba—. Me debes tu actual situación, pero ahí estás, dándote aires de grandeza tumbada sobre el kang, incapaz siquiera de dirigirme una mirada cuando entro. Lo único que te preocupa es halagar a Baoyu para que no me escuche y haga sólo lo que a ti te plazca. No eres más que una esclava comprada con unos cuantos taeles apestosos, que lo ha puesto todo patas arriba. Si no te portas bien serás sacada a rastras de esta casa y entregada en matrimonio. Ya veremos entonces si puedes seguir embrujando a Baoyu.
Xiren suponía que el ama Li estaba furiosa con ella por haberla encontrado acostada.
—Estoy enferma, abuelita —explicó—. Había empezado a sudar con la cabeza cubierta. Por eso no la vi entrar.
Pero cuando la anciana la acusó de estar seduciendo a Baoyu y la amenazó con un matrimonio forzado, se sintió tan avergonzada e injustamente ofendida que no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas.
Baoyu llegó a tiempo de oír los insultos, pero sólo pudo explicar que Xiren estaba enferma y que acababa de tomar una medicina.
—Si no me cree, pregúntele a las doncellas —añadió.
Pero la intervención de Baoyu no hizo sino añadir leña al fuego, y la nodriza se le encaró enfurecida:
—Eso es. Sal ahora en defensa de tus zorras. Claro. Después de todo, ¿qué soy yo? ¿A cuál de ellas debo preguntar, si todas están de tu parte y a todas las tiene Xiren bajo su talón? No se me escapa nada de lo que pasa aquí. Voy a ventilar esto en presencia de la Anciana Dama y de la dama Wang. Yo te amamanté. Yo te crié. Pero ahora que no necesitas mi leche me dejas de lado y permites que tus doncellas me insulten.
La anciana lloraba de rabia mientras Daiyu y Baochai intentaban tranquilizarla.
—Amita, trata de ser comprensiva —le dijeron—. No des tanta importancia a las cosas.
Pero la mujer volcó sus quejas en ellas: el asunto de la taza de té de Qianxue, la leche cuajada del día anterior… Era difícil encontrar algún sentido a sus gruñidos.
Xifeng, que estaba en los aposentos de la Anciana Dama sumando los puntos después de una partida, había oído las enfurecidas voces. Supo enseguida que el ama Li había vuelto a las andadas y estaba desahogando su ira con las doncellas de Baoyu por las pérdidas que había tenido aquel día en el juego. Acudió corriendo y llevó aparte a la nodriza.
—No se enfurezca, ama querida —le dijo con una sonrisa—. Acaba de terminar la fiesta y la Anciana Dama ha pasado un día feliz. A su edad debería estar impidiendo las peleas de los demás en vez de provocarlas usted. Respete nuestras costumbres y no arme aquí un escándalo que termine por inquietar a la Anciana Dama. Dígame quién la ha molestado y haré que la castiguen. Y ahora venga, que tengo un faisán a la parrilla en mi cuarto y está recién hecho. Sígame, y vamos juntas a comer y beber un poco.
Dicho lo cual se llevó consigo a la nodriza mientras llamaba a su doncella:
—Fenger, trae el bastón del ama Li y un pañuelo para secarle las lágrimas.
Incapaz de mantenerse en pie, la vieja fue sacada a rastras mientras se lamentaba por el camino.
—Ya tengo edad suficiente para morir y acabar de una vez con todo esto, pero prefiero perder los estribos y quedar mal antes que tolerar la insolencia de esa sucia perra.
Baochai y Daiyu admiraron la manera que había tenido Xifeng de controlar la situación, y ahora reían y aplaudían.
—¡Menos mal que ese huracán ha conseguido llevarse a la vieja! —exclamó Daiyu.
Baoyu asintió con un gesto de cabeza y suspiró:
—Sólo el cielo sabe cómo empezó todo esto. Insiste en buscar pleitos con gente que no se puede defender. Supongo que alguna de las chicas la molestó ayer, y éste ha sido su modo de ajustar cuentas…
No había terminado de decir esto cuando Qingwen soltó una carcajada.
—No estamos locas —dijo—. ¿Por qué habríamos de molestarla? Y aun en el caso de qué así fuera, habríamos asumido la culpa sin descargarla en nadie más.
Xiren tomó la mano de Baoyu y sollozó:
—Primero ofende a su vieja nodriza por mi culpa, y ahora está ofendiendo a las demás muchachas. ¿No tengo ya bastantes problemas como para que las implique también a ellas?
Como estaba enferma, Baoyu tuvo que armarse de paciencia. Le pidió que volviera a acostarse. La fiebre la consumía, y él se tendió a su lado para intentar tranquilizarla.
—Ahora debes pensar sólo en tu salud. No te preocupes por tonterías.
Xiren sonrió amargamente.
—Si me preocupase por tonterías no podría vivir ni un minuto en este cuarto —dijo—, pero cuando todo es igual un día tras otro, ¿qué espera que hagamos? Siempre le estoy pidiendo que deje de ofender a la gente por nuestra culpa. Usted está dispuesto a tomar partido por nosotras en cualquier momento, pero ellas no lo olvidan y, en cuanto tienen oportunidad, aprovechan, como mínimo, para insultarnos. Piense en lo difícil que nos hace la vida su actitud.
Mientras hablaba no podía reprimir las lágrimas, pero el temor a inquietar a Baoyu le ayudó a evitarlas.
En ese momento una criada trajo la segunda dosis de la medicina de Xiren. Baoyu no quiso que ella se incorporase, ya que parecía estar a punto de ponerse a sudar, y le llevó la medicina a la cama, levantándole la almohada para que la bebiera. Luego, ordenó a algunas de las doncellas más jóvenes que preparasen su kang.
—Decida o no quedarse allí a cenar, debería ir a sentarse un rato con la Anciana Dama y la dama Wang —sugirió Xiren—. Y antes de volver vaya también a hacer compañía a las señoritas. Yo me sentiré mejor después de haber dormido tranquila.
Al oír eso, Baoyu le quitó las peinetas y los brazaletes y la ayudó a acomodarse para pasar la noche. Luego fue a cenar en los aposentos de su abuela.
Después de la cena, a la Anciana Dama le apeteció jugar a las cartas con algunas de las gobernantas. Baoyu, todavía preocupado por Xiren, regresó a ver cómo estaba y la encontró durmiendo. Todavía no era la hora de acostarse y Qingwen, Qixian, Qiuwen y Bihen habían salido a divertirse con Yuanyang y Hupo, dejando de guardia a Sheyue, que jugaba sola bajo la lámpara del cuarto exterior.
Baoyu le preguntó sonriendo:
—¿Por qué no te has ido con las demás?
—No tengo dinero.
—Hay un montón bajo la cama. ¿No te alcanza para perderlo?
—¿Y quién cuidará este sitio si nos vamos todas a jugar? Además, ella está enferma. Hay lámparas por todas partes y estufas encendidas debajo de cada kang. Las ancianas merecen un descanso después de haber estado cuidando todo el día a la gente de la casa, y las muchachas tienen derecho a divertirse después de un día de trabajo. Por eso dejé que se fueran mientras yo me ocupo de las cosas de aquí.




