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«¡Vaya! —pensó Baoyu— ¡pero si es otra Xiren!» Y sonrió.
—Yo me quedaré —le dijo—. No te preocupes. Puedes irte.
—Si se queda usted aquí, más motivos tengo para quedarme yo también. ¿Por qué no nos sentamos a charlar?
—¿Los dos solos? Suena algo aburrido. ¿Qué podemos hacer? ¡Ya sé! Esta mañana decías que te picaba un poco la cabeza. Déjame peinarte.
—Bueno, si lo prefiere…
Sheyue trajo su neceser y su espejo; luego se quitó las horquillas del pelo y se lo soltó. En cuanto Baoyu empezó a recorrerlo con un peine fino apareció Qingwen, que volvía corriendo en busca de dinero. Al verlos soltó una risita burlona.
—¡Extraña cosa! —dijo—. Todavía no ha bebido la copa nupcial y ya está arreglándole el cabello [1] .
Baoyu sonrió.
—Ven —contestó—, también te arreglaré el tuyo si quieres.
—No estoy llamada a tan gran fortuna.
Dicho lo cual partió con el dinero. Al salir echó la antepuerta sobre la entrada.
Baoyu permanecía de pie detrás de Sheyue, que se encontraba sentada ante el espejo. A través de él intercambiaron miradas y Baoyu sonrió:
—De todas vosotras, es la que tiene peor lengua.
Sheyue blandió un dedo admonitorio, pero demasiado tarde, pues con otro golpe de antepuerta Qingwen volvió a entrar.
—¿Qué significa ese comentario? —dijo—. Tenemos que arreglar este asunto.
—¡Anda, vete! —le dijo Sheyue riendo—. No le hagas caso.
—Ya estás encubriéndolo otra vez. Conozco todos sus taimados trucos. Aclararemos esto en cuanto haya recuperado mi dinero.
Y salió de nuevo.
Cuando terminó de peinar a Sheyue, Baoyu le pidió ayuda para meterse silenciosamente en la cama y no molestar a Xiren.
El resto de la noche transcurrió sin incidentes.
El sudor de la noche hizo que Xiren amaneciese mejor; comió unas pocas gachas y se volvió a acostar. Después del desayuno, Baoyu se sintió más tranquilo y fue a visitar a la tía Xue.
Como era el primer mes, los muchachos tenían vacaciones escolares y a las mujeres les estaban prohibidas las labores de aguja [2] . Todo el mundo estaba ocioso. Cuando llegó Jia Huan a jugar encontró a Baochai, Xiangling y Yinger enzarzadas en una partida de dados en la que pidió participar.
Baochai, que siempre trataba a Jia Huan exactamente igual que a Baoyu, le hizo sentarse con el grupo. Apostaban diez monedas en cada tirada y, después de la satisfacción de ganar la primera, Jia Huan sintió la irritación de perder las sucesivas. En el siguiente turno necesitaba sumar más de seis puntos para ganar, mientras que Yinger no precisaba más de tres. Jia Huan sacudió los dados con todas sus fuerzas. Los lanzó. Uno de ellos quedó en cinco, el otro siguió rodando. Yinger aplaudió y gritó: «¡Uno!». Huan, con los ojos clavados en el dado que rodaba exclamó tontamente: «¡Seis, siete, ocho!». El dado se detuvo mostrando un uno. Exasperado, retiró rápidamente ambos dados de la mesa y se puso a recoger las apuestas insistiendo en que había lanzado un seis.
—¡Ha sido un clarísimo uno! —protestó Yinger.
Baochai advirtió que Jia Huan estaba fuera de sí, y lanzó una mirada de reproche a Yinger.
—Te estás extralimitando —le advirtió—. ¿Acaso te parece posible que uno de los jóvenes señores te haga trampa? Date prisa y apuesta de nuevo.
Lo injusto de la orden hizo rabiar a Yinger, pero no se atrevió a rechistar. Colocando unas cuantas monedas sobre la mesa masculló para sus adentros: «¡Un caballero haciendo trampas! ¡Qué cosas! Ni yo misma montaría tal escándalo por unas cuantas monedas. La última vez que jugamos con el señor Baoyu perdió una bolsa entera, pero él ni se inmutó. Y cuando las muchachas se repartieron todo lo que le quedaba, se echó a reír».
Hubiera seguido por ese camino, pero Baochai le dijo con acritud que se guardara sus comentarios.
—¿Cómo voy a compararme con Baoyu? —chilló Jia Huan, que la había oído—. A él le consentís todo porque le tenéis miedo, pero a mí me maltratáis porque soy hijo de una concubina. —Y empezó a lloriquear.
—Querido primo, no digas esas cosas o la gente se reirá de ti —le aconsejó Baochai.
Estaba riñendo de nuevo a Yinger cuando entró Baoyu preguntando qué pasaba. Jia Huan no tuvo el valor de decírselo.
Baochai conocía la regla de la familia Jia: un hermano menor debe mostrar respeto por el mayor. Lo que no comprendía era cómo Baoyu no quería que nadie le tuviera miedo. El razonamiento de Baoyu era el siguiente: «Todos tenemos a nuestros padres para que nos corrijan, ¿por qué he de intervenir dañando mis relaciones con los más jóvenes? Como yo soy el hijo de la esposa y él lo es de la concubina, la gente chismorreará incluso en el caso de que no suceda nada entre nosotros, así que lo hará mucho más si intento controlarlo».
Incluso tenía una idea más fantástica. ¿Sabe cuál era, mi querido lector? Verá, como se había criado entre muchachas —sus hermanas Yuanchun y Tanchun, sus primas Yingchun y Xichun de la casa Jia, y sus primas Shi Xiangyun, Lin Daiyu y Xue Baochai— había llegado a la conclusión de que, si bien los seres humanos en general son la expresión más alta de la creación, es en las muchachas en quienes se concentran las más finas esencias de la naturaleza, siendo los hombres sólo desperdicios y escoria. Por eso para él todos los hombres eran sucios bobos a los que más les hubiera valido no existir. Sólo como deferencia a Confucio, el más grande sabio de todos los tiempos, que enseñó el respeto debido a padres, tíos y hermanos, Baoyu mantenía relaciones más o menos buenas con sus hermanos y primos. Nunca se le había ocurrido que él mismo, como hombre, pudiera constituir un buen ejemplo para los más jóvenes. Por eso Jia Huan y los demás no le tenían respeto, y sólo se avenían a sus deseos por temor a la Anciana Dama.
Para impedir que Baoyu reprendiera a Jia Huan, lo que no hubiera hecho más que empeorar las cosas, Baochai encubrió el comentario del hermano menor lo mejor que pudo.
—El primer mes del año no es buena época para lloriquear —dijo Baoyu—. Si no te gusta este sitio, búscate otro para jugar. Parece que el estudio diario te ha confundido la cabeza todavía más de lo que la tenías. Cuando encuentres que una cosa es mejor que otra, busca la primera y deja la segunda. ¿Puedes mejorar algo que no te gusta si te quedas parado gimoteando? Viniste aquí a divertirte. Si no te sientes feliz, vete a donde puedas pasar un buen rato. ¿Por qué te martirizas de esa manera? Más vale que te vayas. Rápido.
Jia Huan volvió con su madre, la concubina Zhao, quien, al verlo tan disgustado, le preguntó:
—¿A quién le ha tocado esta vez tratarte como una alfombra?
Como no recibiera respuesta, repitió la pregunta.
—Estuve jugando con la prima Baochai —contestó finalmente—. Yinger me trató mal y me hizo trampas en el juego. Luego llegó el hermano Baoyu y me echó.
Su madre le escupió de disgusto.
—¡Pillo desvergonzado! ¿Quién te manda ir metiéndote por ahí? ¿No tienes otro sitio donde jugar? ¿Por qué buscas problemas?
Xifeng, que pasaba por allí, oyó la conversación entre madre e hijo y llamó a través de una ventana:
—¿Qué son todos estos líos en pleno primer mes del año [3] ? Huan es sólo un niño. Si comete algún pequeño error, debes corregirlo. ¿Por qué la tomas contra él de ese modo? Vaya donde vaya, allí estarán el señor y Su Señoría para mantenerlo en vereda. ¡Qué ocurrencia escupirle al niño! Él es uno de los jóvenes señores, y si se porta mal siempre habrá gente para corregir su comportamiento. ¿Por qué te metes en el asunto? Ven, hermano Huan, ven a jugar conmigo.
Jia Huan temía a Xifeng todavía más que a la Anciana Dama. Por eso obedeció rápidamente y su madre no se atrevió a objetar nada.
—Eres demasiado pusilánime —le riñó Xifeng—. Una y otra vez te he dicho que eres libre de comer o beber lo que quieras y de jugar con cualquiera de los chicos o chicas, pero en lugar de hacerme caso permites que otras personas te inculquen conductas torcidas. No tienes amor propio, y terminarás por rebajarte. ¡Tú mismo te portas malévolamente y luego te quejas de la injusticia ajena! ¿Cuánto has perdido jugando para comportarte de esta manera?
—Unas doscientas monedas —contestó Huan tímidamente.
—¡Tanto lío por doscientas monedas! ¡¿Y tú eres uno de los jóvenes señores?! —exclamó Xifeng.
Y volviéndose hacia Fenger:
—Anda por una sarta de monedas y luego lleva al chico a donde están jugando las muchachas. Y tú, si vuelves a hacer una cosa tan baja —le advirtió a Huan—, primero te daré una buena paliza y luego haré que se lo cuenten a tu maestro para que te desuelle vivo. Tu absoluta falta de orgullo le hace rechinar los dientes a tu primo Lian. Ya te habría arrancado las tripas si yo no lo hubiera contenido. ¡Ahora corre!
—Sí —dijo Jia Huan, y partió con Fenger llevándose la sarta de monedas. Luego volvió a integrarse en el juego, donde podemos dejarlo.
Volvamos a Baoyu, que se encontraba bromeando con Baochai cuando alguien anunció la llegada de la señorita Shi. Inmediatamente se levantó para ir a verla.
—Espera —dijo Baochai—. Vamos juntos.
Y se bajó del kang para acompañar a Baoyu a los aposentos de la Anciana Dama. Allí encontraron a Shi Xiangyun riendo y parloteando como una loca. Cuando acabaron de intercambiar los saludos de rigor, Daiyu, que también se encontraba allí, preguntó a Baoyu dónde había estado.
—Con la prima Baochai —contestó él.
—Ya lo suponía —respondió la muchacha con tono incisivo—. Había alguien que te mantenía allí; de otro modo hace ya un rato que habrías venido.
—¿Acaso eres la única con la que me está permitido jugar? —contestó él con una sonrisa—. Para una vez que voy a verla, tú haces de ello un motivo de pelea.
—Tonterías. ¿Qué me importa si vas a verla o no? Tampoco te he pedido nunca que me entretengas. Me puedes dejar en paz de ahora en adelante.
Dicho lo cual, se retiró furiosa a su cuarto. Baoyu la siguió.
—¿Por qué te enfadas por una tontería así? —protestó—. Aunque haya dicho algo incorrecto, puedes quedarte y seguir conversando con el resto de la gente en vez de poner mala cara aquí sola.
—Lo que yo haga no es asunto tuyo.
—Claro que no, pero no soporto ver cómo arruinas tu salud.
—Si arruino mi salud y me muero, es asunto mío. Nada tiene que ver contigo.
—¿Por qué hablas de «vivir» o «morir» precisamente después del Año Nuevo?
—Pues lo hago, ¡y qué! Estoy dispuesta a morir en cualquier momento. Y tú, si tanto temes a la muerte, puedes vivir hasta los cien, si te parece.
—Como sigas portándote así, dejaré de temerla e incluso la preferiré —repuso Baoyu sonriendo.
—¡Eso! —le contestó ella inmediatamente—. Si sigues tratándome así, más vale que me muera.
—Lo que yo dije es que más valía que yo me muriera, no que te murieras tú. ¡Qué manera de retorcer mis palabras!
Cuando más se enconaba la disputa entró Baochai.
—Te espera la prima Shi.
Y empujó a Baoyu hasta la salida.
Sintiéndose más infeliz que nunca, Daiyu se sentó junto a la ventana a derramar lágrimas de ira.
En menos de lo que se tarda en beber dos tazas de té, Baoyu estuvo de regreso, y la muchacha, al verlo de nuevo, rompió a llorar convulsivamente. Él comprendió que sería difícil tranquilizarla, y se aprestó a hacerlo con toda suerte de zalamerías y palabras amables. Pero antes de que pudiera intentarlo, ella preguntó entre sollozos:
—¿Para qué has vuelto? Ahora tienes una nueva compañera de juegos, alguien que lee, escribe y versifica mejor que yo, y que se ríe y habla mejor contigo; alguien que te arrastró temerosa de que perdieras la paciencia. ¿Para qué vuelves? ¿Por qué no me dejas morir tranquila?
Baoyu se le acercó y le dijo en voz baja:
—Alguien tan inteligente como tú debería saber que los parientes lejanos no pueden interponerse entre los cercar nos, y que los nuevos amigos no pueden ocupar el lugar de los viejos. Eso lo sé incluso yo, a pesar de mi estupidez. Tú eres la hija de la hermana de mi padre, mientras que Baochai es mi prima por parte de madre; o sea que tú estás más cerca de mí que ella. Además, tú llegaste aquí primero, hemos comido en la misma mesa, dormido en la misma cama y crecido juntos, mientras que ella acaba de llegar. ¿Cómo se te ocurre pensar que Baochai podría distanciarnos?
—¿Acaso crees que lo que pretendo es que te alejes de ella? ¿Por quién me tomas? Ocurre que has herido mis sentimientos…
—Y son tus sentimientos los que me preocupan. ¿Es que sólo conoces tu corazón y no el mío?
Daiyu agachó la cabeza y se quedó callada. Después de una pausa dijo:
—Tú culpas a los demás porque te encuentran defectos, y no te das cuenta de lo provocador que puedes llegar a ser. Hoy, por ejemplo, ¿por qué te quitas la capa de piel de zorro cuando ha empezado a hacer tanto frío?
Baoyu se echó a reír.
—La llevaba puesta, pero cuando te enfadaste conmigo me dio tanto calor que me la quité.
—Pues bien —suspiró ella—, si te resfrías se armará un tremendo escándalo.
Fueron interrumpidos por la llegada de Xiangyun.
—¡Primo Ai [4] , prima Lin! —exclamó alegremente—. Vosotros podéis estar juntos todos los días, pero mis posibilidades de venir a visitaros son escasas, y, sin embargo, qué poca atención le prestáis a mi humilde persona.
—¡Mira cómo farfulla! —dijo Daiyu con una carcajada—. ¡Vaya idea decir ai en lugar de er! Supongo que cuando juguemos a los dados gritarás uno, amor, tres, cuatro, cinco…
—La imitas tan bien que acabarás hablando como ella —dijo Baoyu para fastidiarla.
—Siempre la toma conmigo —exclamó Xiangyun—. Esta chica no deja pasar una. Aunque seas mejor que los demás, no es necesario ir por ahí burlándose de todo el mundo. ¡Ahora, que yo conozco a alguien de quien no te burlarás nunca ni le encontrarás defecto alguno! Si lo haces te respetaré realmente.
—¿Quién es? —preguntó Daiyu de inmediato.
—¿Te atreves a encontrarle defectos a la prima Baochai? Si lo haces, te felicitaré. Es posible que yo no pueda contigo, pero en ella has encontrado la horma de tu zapato.
—Ah, se trata de ella —dijo Daiyu con una risa helada—. Me preguntaba a quién te podías referir. ¿Cómo me atrevería a buscarle defectos a la prima Baochai?
Baoyu intentó detenerlas, pero Xiangyun siguió:
—Nunca podré compararme contigo, prima Daiyu, pero te deseo que encuentres un esposo que hable como yo. Así podrás pasar la vida oyendo «amor» a todas horas. ¡Buda Amida! ¡Ojalá viva para ver ese día! —Y al tiempo que se escuchaba una risotada general, echó a correr hacia la salida perseguida por Daiyu.
De lo que ocurre, les hablaré en el siguiente capítulo.
Capítulo XXI
La prudente Xiren reprende
cariñosamente a Baoyu.
La bella Pinger auxilia con
dulces palabras a Jia Lian.
Xiangyun echó a correr huyendo de Daiyu, que la perseguía, y Baoyu se precipitó al umbral del cuarto gritándole:
—¡No vayas a tropezar! No te preocupes, ella no puede atraparte.
Agarrándose con las dos manos al marco de la puerta impidió la salida de Daiyu.
—Déjala ir por esta vez —le rogó.
—¡Antes muerta! —exclamó ella asiéndole el brazo.
Al ver que Baoyu bloqueaba la puerta impidiendo pasar a Daiyu, Xiangyun se detuvo y le dijo riendo:
—¡Por favor, prima querida, perdóname por esta vez!
Baochai, que llegaba en ese momento, intervino conciliadora:
—Haced las paces, por el bien de Baoyu.
—¡Jamás! —gritó Daiyu—. ¿Es que os habéis puesto todos de acuerdo para burlaros de mí?
—¿Quién se atrevería a burlarse de ti? —replicó Baoyu—. Xiangyun no lo haría si antes no te hubieses burlado tú de ella.
Todavía estaban los cuatro discutiendo cuando se convocó a la cena. Echaron a andar hacia los aposentos de la Anciana Dama, donde ya se encontraban la dama Wang, Li Wan, Xifeng y las tres muchachas Primavera. Acabada la cena conversaron un poco y luego se fueron a dormir. Xiangyun volvió a los aposentos de Daiyu, y Baoyu las acompañó. Ya había pasado la segunda vigilia y Xiren tuvo que insistirle varias veces para que volviera a su cuarto a dormir.
Con las primeras luces del alba, Baoyu sé echó algo de ropa encima y se dirigió a los aposentos de Daiyu. Zijuan y Cuilü no estaban a la vista, y sus dos primas aún dormían. Daiyu yacía apaciblemente acurrucada bajo un cobertor enguatado de seda roja albaricoque. Tenía los ojos cerrados. A Xiangyun los negros cabellos se le habían esparcido por la almohada, y el cobertor apenas le cubría los hombros. Un blanco brazo adornado con brazaletes de oro lucía sobre las mantas.
«Es inquieta hasta en sueños —suspiró Baoyu—. A la primera corriente de aire volverá a quejarse de dolor en el cuello.»
Y, con toda delicadeza, le subió el cobertor.
Daiyu se había despertado al sentir la presencia de alguien. Había adivinado de quién se trataba, y mirando en torno suyo para asegurarse preguntó:
—¿Qué haces aquí tan temprano?
—¿Temprano? Levántate y mira la hora que es.
—Si quieres que nos levantemos, será mejor que salgas.
Baoyu se retiró a una salita contigua mientras Daiyu despertaba a Xiangyun. Apenas acabaron de vestirse, el muchacho entró de nuevo y se sentó junto al tocador mirando cómo Zijuan y Xueyan ayudaban en su aseo matinal a las muchachas. Cuando Xiangyun acabó de asearse, Cuilü levantó la palangana para vaciarla.
—¡Espera! —exclamó Baoyu—. Bien puedo asearme aquí para ahorrarme la molestia de volver a mi cuarto.
Se acercó y se inclinó para lavarse la cara, pero rechazó el ofrecimiento de jabón que le hizo Zijuan:
—Ya hay suficiente en el agua, no necesito más.
Chapoteó durante unos momentos y pidió una toalla.
—¡Usted y sus viejos trucos! —dijo Cuilü—. ¿Nunca crecerá?
Baoyu ignoró el comentario y pidió sal para cepillarse los dientes. Cuando ya se había enjuagado la boca, observó que Xiangyun también había terminado de arreglarse el pelo y se le acercó suplicante:
—Primita, ¿me arreglarás el pelo a mí?
—No puedo —contestó ella.
—Pero ya lo has hecho otras veces —insistió con una sonrisa.
—Ya no recuerdo cómo se hace.
—De todos modos hoy no saldré y no utilizaré bonete ni gorra. Trénzamelo sólo.
Le suplicó y la halagó con tantas expresiones cariñosas que Xiangyun acabó cediendo. Como en casa no usaba bonete, sólo le hizo unas trenzas con los cabellos cortos que le rodeaban la cabeza, y luego las unió en una gran trenza que sujetó con una cinta carmesí y adornó con cuatro perlas y un colgante de oro en el extremo.
—Sólo hay tres perlas iguales —advirtió ella—. La cuarta no pertenece al juego, y recuerdo que antes casaban todas. ¿Por qué falta una?
—La habré perdido.
—Seguro que se te ha caído en alguna de tus salidas. Qué suerte para quien la haya encontrado.
Daiyu, que estaba lavándose las manos al lado, sonrió irónicamente.
—¿Y cómo sabéis si se cayó o fue entregada a alguien para que la montara sobre una baratija?
En lugar de responderle, Baoyu empezó a juguetear con los objetos que había sobre el tocador frente al espejo. Cogió un poco de colorete, y ya se estaba preguntando si podría probarlo a hurtadillas cuando apareció Xiangyun por detrás, le agarró la trenza con una mano y con la otra puso el colorete fuera de su alcance.
—¿No cambiarás nunca tus bobas costumbres? —le preguntó.
En ese momento entró Xiren, que se retiró inmediatamente al ver que Baoyu había concluido su aseo.
Estaba ocupándose de su propio aseo cuando entró Baochai a preguntarle por el muchacho.
—En los últimos tiempos casi no viene por aquí —respondió Xiren, con un tono de amargura en la voz.
Baochai comprendió.
Con un suspiro, la doncella prosiguió:
—Sentir afecto por las primas está muy bien, pero todo tiene un límite. No deberían estar siempre juntos, día y noche. Pero de nada sirve que nosotras hablemos; no hacemos sino desperdiciar nuestro aliento.
Baochai valoró, juzgando sus palabras, el excelente sentido común de la doncella. Se sentó sobre el kang para preguntarle a Xiren qué edad tenía y de dónde procedía, sondeándola cuidadosamente acerca de varios temas y resultando de todo ello una impresión más que favorable. Pero pronto apareció Baoyu, y optó por retirarse.
—Parecíais muy enfrascadas en vuestra charla —le dijo Baoyu a Xiren—. ¿Por qué se fue la prima Baochai cuando yo llegué?
Tuvo que repetir la pregunta, y sólo entonces replicó la doncella:
—¿Por qué me pregunta a mí? ¿Acaso sé yo lo que sucede entre ustedes dos?
Baoyu percibió que le ocurría algo.
—¿Por qué estás tan irritada? —preguntó amablemente.
—¿Quién soy yo para irritarme? —contestó Xiren sonriendo con sarcasmo—. Lo mejor será que se mantenga apartado de este lugar. Hay otras que pueden cuidarlo, así que no me moleste. Yo volveré a atender a la Anciana Dama.
Dicho lo cual, se echó sobre el kang y cerró los ojos.
Desconsolado por la respuesta, Baoyu se acercó a tranquilizarla, pero ella mantuvo los ojos cerrados y lo ignoró. El muchacho estaba cavilando sobre la situación cuando entró Sheyue.
—¿Qué le pasa a Xiren? —le preguntó él.
—¿Cómo habría de saberlo? Mejor pregúntele a ella.
Esto dejó a Baoyu tan confundido que no supo qué responder. Se incorporó y dijo suspirando:
—Bien. Si nadie me hace casó, yo también me voy a dormir.
Y se fue a la cama. Cuando hubo pasado un buen rato sin hacer ruido y Xiren, midiendo su respiración regular, estuvo segura de que se había dormido, se levantó y lo arropó con una capa. Inmediatamente oyó un golpe sordo. Baoyu, que fingía dormir, había dejado caer la capa. Todavía tenía los ojos cerrados. Xiren sonrió, e hizo un gesto de comprensión con la cabeza.
—No es necesario que pierda los estribos —dijo—. De ahora en adelante seré muda y no diré una sola palabra contra usted. ¿Qué le parece?
Estas palabras hicieron incorporarse a Baoyu, que se sentó en el borde de la cama.
—¿Qué he hecho ahora? ¿Por qué sigues metiéndote conmigo? No me importa que me riñas, pero lo que acabas de hacer no es reñirme. Al entrar me has ignorado, y te acostaste furiosa por algún motivo que se me escapa. Ahora me acusas de mal genio, pero todavía no he oído una sola razón contra mí que justifique tu comportamiento.
—Lo sabe bien, sin necesidad de que yo se lo diga.
La discusión fue interrumpida por una llamada de la Anciana Dama. Baoyu acudió para acompañarla en la mesa y consiguió comer medio tazón de arroz antes de volver a su aposento. Encontró a Xiren dormida sobre el kang del cuarto de fuera, y a Sheyue jugando a su lado. Conocedor de la amistad que unía a las dos muchachas ignoró también a la despierta, y levantando una cortina entró en su dormitorio. Sheyue lo siguió, pero él la empujó fuera.
—Por nada del mundo se me ocurriría molestarlo —dijo ella, y, saliendo con una sonrisa, envió adentro a dos doncellas más jóvenes. Baoyu se acomodó para leer un libro hasta que tuvo ganas de beber té; entonces levantó la cabeza y vio a las dos muchachas de pie ante él. La mayor tenía cierto delicado encanto.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Huixiang [1] .
—¿Quién te dio ese nombre?
—Yo me solía llamar Yunxiang [2] , pero la hermana Hua [3] me lo cambió.
—Deberías llamarte Huiqi [4] , no Huixiang. ¿Cuántas muchachas hay en tu familia?
—Cuatro.
—Y tú, ¿qué lugar ocupas entre las cuatro?
—Soy la menor.
—Entonces te llamaremos Sier [5] y dejaremos eso de la fragancia y las orquídeas. ¿Cuál de vosotras se puede comparar con una de esas flores? Llamaros con esos nombres es insultar a las pobres flores.
Y pidió té.
Xiren y Sheyue, que habían estado escuchando desde la puerta, apretaron los labios para aguantar la risa.
Baoyu se pasó todo ese día deprimido, sin salir, sin jugar con las muchachas de la familia ni las doncellas, leyendo o escribiendo para matar el tiempo. En vez de llamar a otras, dio todas sus órdenes a Sier que, como era una muchacha despierta, aprovechó la oportunidad e hizo todo lo posible por complacerlo.




