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El muchacho tenía la costumbre, una vez acabada la cena y animado por unas cuantas copas de vino, de jugar un rato con Xiren y las demás; pero aquella noche permaneció solo y desconsolado a la luz de una lámpara. Por un momento sintió la tentación de reunirse con las jóvenes, pero luego pensó que eso provocaría sus bromas y acabaría acarreando nuevas reprimendas en el futuro. Por otra parte, hubiera sido un gesto poco amable hacer valer su autoridad.
«Haré como si no existieran —decidió—. Me las arreglaré solo. Eso me dejará en libertad para divertirme a mi antojo.»
Entonces se puso a leer un capítulo de Zhuangzi titulado «Ladrón que escala los muros de una casa», y llegó al siguiente pasaje:
Acabad con los santos y los sabios y desaparecerán los grandes bandidos. Arrojad lejos de vosotros los jades, triturad las perlas y no habrá rateros. Quemad las tarjas, romped los sellos y el pueblo retornará a su simplicidad natural. Haced añicos las medidas de capacidad, quebrad las balanzas y el pueblo dejará de reñir. Desarraigad, destruid las doctrinas de los santos y el pueblo discutirá las cosas libremente. Desbaratad las escalas musicales, estrellad contra el suelo zampoñas y cítaras, obturad los oídos a la música del ciego Kuang [6] y las gentes, bajo los cielos, aprenderán a escuchar por ellas mismas. Renunciad a los ornamentos y a los motivos de colores, pegad con cola los ojos de Li Zhu [7] , y todas las gentes, bajo los cielos, aprenderán a mirar por ellas mismas. Destruid cartabones y medidas de cuerda, compases y escuadras, cortad los dedos a Chui [8] y todas las gentes, bajo los cielos, recobrarán sus habilidades…
Tan delicioso le resultó el pasaje que, tocado como estaba por el vino, tomó el pincel y se puso a escribir en el mismo tono:
Quemad la flor [9] , desechad el almizcle [10] , y aquellas que habitan los aposentos interiores se guardarán sus consejos. Ajad la belleza de la preciosa horquilla [11] , embotad la inteligencia del jade negro [12] , descartad el afecto, y bondadosas y malvadas serán iguales en los aposentos interiores. Escuchar los consejos elimina el peligro de la discordia, la belleza ajada impide el afecto, la inteligencia embotada extirpa la admiración por el talento. Pues joya, jade, flor y almizcle son semejantes a redes que se tienden, trampas que se colocan para fascinar y hechizar a todos los hombres bajo los cielos…
Cuando acabó de escribir dejó el pincel y se fue a la cama, y en cuanto su cabeza rozó la almohada cayó dormido. No soñó.
Cuando despertó a la mañana siguiente vio a Xiren, totalmente vestida, que yacía a su lado sobre el cobertor. Olvidadas las rencillas del día anterior, le sacudió levemente el hombro.
—Te vas a enfriar —le dijo—. Acuéstate bien y abrígate.
Ahora bien, la manera desmedida que tenía Baoyu de jugar con sus primas a cualquier hora del día o de la noche había persuadido a Xiren de que no escucharía consejo alguno. Por ello había decidido darle una lección confesándole sus propios sentimientos; con ello la muchacha esperaba que abandonara pronto su actitud. Pero al pasar un día entero sin que remitiera el enfado del muchacho, fue ella la que se inquietó y pasó toda la noche desvelada. Cuando aquella mañana lo vio de mejor humor decidió ignorarlo, y cuando él intentó quitarle la chaqueta y le soltó un botón, la muchacha lo apartó y volvió a abotonarse.
Baoyu le tomó una mano preguntándole suavemente:
—¿Qué te pasa?
Tuvo que repetir varias veces la pregunta antes de que Xiren abriera los ojos.
—Nada —contestó ella—. Si ya se ha despertado, vaya a asearse antes de que se haga tarde.
—¿Dónde voy a ir?
—¡Y yo qué sé! —gruñó Xiren—. Vaya donde quiera. Más vale separar nuestros caminos a partir de ahora; así la gente dejará de reírse de nuestras peleas. Además, si se cansa de las de allá, siempre puede disponer de una Sier y de una Wuer [13] que cuiden de usted. Las demás no somos sino una ofensa para nuestros lindos nombres.
Baoyu se echó a reír.
—Así que todavía no lo has olvidado —dijo.
—Lo recordaré aunque viva cien años. No soy como usted, que deja salir por un oído lo que le entra por el otro, y a la mañana siguiente ha olvidado lo que se le dijo la noche anterior.
Conmovido por las sombras que nublaban el bello rostro de Xiren, Baoyu se hizo con una peineta de jade que había junto a la almohada y la arrojó contra el suelo, partiéndola en dos.
—Que a mí me suceda lo mismo si no te hago caso a partir de ahora —dijo.
—¡Qué manera de hablar tan temprano! —repuso Xiren recogiendo inmediatamente los dos fragmentos—. No tiene importancia que me obedezca o no; lo importante es que deje de comportarse de esta manera.
—No sabes lo mal que me siento.
—¿De modo que también es capaz de sentirse mal? ¿Y cómo supone que me siento yo? Démonos prisa y vistámonos.
Dicho lo cual se levantaron los dos y emprendieron su aseo.
Baoyu ya había salido a presentar sus respetos a la Anciana Dama cuando Daiyu entró en su cuarto. Al no encontrarlo, se puso a registrar los libros de su escritorio y descubrió el pasaje de Zhuangzi que había estado leyendo la noche anterior. Las líneas que el muchacho había añadido al pasaje le divirtieron y a la vez se sintió provocada. Tomó un pincel y añadió estos versos:
¿Quién juega con el pincel sin motivo
tergiversando al maestro Zhuang a su antojo?
No percibe su poca perspicacia,
y en cambio se queja de las demás.
Luego fue a presentar sus respetos a la señora de la casa y a la dama Wang.
Resultó que Dajie [14] , la hija de Xifeng, había caído enferma y la casa entera andaba revuelta. El médico consultado examinó a la niña y comunicó que su fiebre obedecía a un sencillo caso de «alegría» [15] .
La dama Wang y Xifeng enviaron inmediatamente a preguntar si la pequeña estaba en peligro. Ésta fue la respuesta del médico: «A pesar de que se trata de una enfermedad grave, evoluciona de una manera normal. No hay motivos para preocuparse, pero deben preparar gusanos de seda y cola de cerdo [16] ».
Xifeng dispuso que despejaran uno de los cuartos para que allí se erigiera un altar consagrado a la diosa de la Viruela, y prohibió freír alimentos. Después encargó a Pinger que preparase vestidos, ropa de cama y todo aquello que Jia Lian pudiera necesitar, y que dispusiera para él un cuarto aparte. También distribuyó tela roja [17] para la ropa Je las sirvientas, y se dispusieron cuartos para los dos médicos que se turnarían en el examen de las pulsaciones de a niña y en la elaboración de recetas magistrales durante doce días ininterrumpidos.
Jia Lian hubo de mudarse al estudio del pabellón exterior mientras Xifeng y Pinger, junto a la dama Wang, presentaban diariamente ofrendas a la diosa de la Viruela.
Lian no era el tipo de hombre que pudiese estar lejos de su mujer sin meterse en líos, y dos noches durmiendo solo era más de lo que podía soportar, de manera que desahogó sus ardores con los pajes más apuestos. Había en la mansión Rong un inepto cocinero podrido por la bebida, un individuo tan cobarde e inútil que todos lo conocían como Duo Gusano Fangoso. En su juventud sus padres le habían encontrado una esposa que a la sazón tendría unos veinte años, y que no andaba escasa de atractivos. Era una frívola criatura muy dada a seducir a las flores y provocar a las hierbas [18] , pero Gusano Fangoso no ponía reparos a sus andanzas siempre que él no estuviera falto de licor, carne y dinero. Pocos eran los hombres de las mansiones Ning y Rong que no hubieran puesto las manos sobre la esposa del cocinero, a la que, por ser tan voluble y hermosa, llamaban «señorita Duo» [19] .
Jia Lian, que se sentía inflamado por el destierro de su dormitorio, ya había puesto en alguna ocasión sus ávidos ojos sobre la señorita Duo, pero hasta ese momento no le había echado las manos encima por temor a su esposa en casa, y a sus mozalbetes fuera de ella. La señorita Duo, por su parte, también había coqueteado con Jia Lian mientras aguardaba ansiosamente su oportunidad. Apenas supo que se había mudado de cuarto empezó a revolotear por el lugar, entrando y saliendo para exhibir sus encantos, y Jia Lian mordió el cebo como una rata famélica. Acordó con sus pajes de confianza que éstos le arreglasen una cita con la mujer. Y, en verdad, el asunto fue solucionado de inmediato, pues los pajes no sólo actuaron espoleados por la promesa de una recompensa, sino que además todos y cada uno de ellos mantenía relaciones íntimas con la mujer del cocinero.
Aquella noche, durante la segunda vigilia, cuando todos descansaban y Gusano Fangoso yacía dormido, presa del licor, sobre el kang, Jia Lian se coló en el cuarto de la mujer. En cuanto la vio perdió el control y, sin mayores prolegómenos, se desnudaron y comenzaron la faena.
Ahora bien, esta mujer era de constitución tan extraña que el simple contacto con un hombre parecía derretirle los huesos, por lo cual Jia Lian se sintió como tumbado sobre algodones; además, las actitudes lujuriosas y los gritos obscenos de la mujer dejaban cortos los de cualquier cortesana. No había hombre que, en sus brazos, no llegara al frenesí más absoluto. ¡Jia Lian no quería sino fundir su cuerpo con el de la señorita Duo!
Para excitarlo aún más, la mujer que yacía bajo su cuerpo le decía:
—Su hija tiene viruelas y en su casa están haciendo ofrendas a la diosa. Debería usted llevar una vida limpia y no ensuciarse por mi culpa. Váyase rápido.
—Tú eres mi única diosa —le respondía Lian entre jadeos—. No me preocupa ninguna otra cosa.
Y cuanto más lasciva se ponía ella tanto más ignominioso se revelaba él, de manera que al acabar el encuentro se juraron fidelidad y a duras penas consintieron en separarse. Desde aquel día se convirtieron en amantes asiduos.
Entretanto, la enfermedad de la niña seguía su curso normal y poco a poco fueron sanando sus pústulas. Al cabo de doce días se celebró la despedida de la diosa y toda la familia hizo ofrendas al Cielo y a los ancestros, quemó incienso, intercambió enhorabuenas y repartió limosnas. Al concluir las ceremonias, Jia Lian retornó a sus aposentos y, al ver a Xifeng, como dice el viejo proverbio, «el reencuentro tras la: separación fue mejor que una noche de bodas». No necesitamos detenernos en los embelesos de su noche de amor.
A la mañana siguiente, cuando Xifeng salió a presentar sus respetos a las damas mayores, Pinger trajo la ropa de cama y las prendas de vestir que Jia Lian había utilizado fuera. Para su sorpresa, de una funda de almohada cayó un mechón de largo cabello. La avispada doncella se lo guardó inmediatamente en la manga y, dirigiéndose al cuarto de Jia Lian, se lo enseñó con una sonrisa.
—¿Qué es esto?
Jia Lian intentó recuperarlo, pero Pinger retiró la mano al tiempo que él alargaba la suya. Él la tumbó sobre el kang tratando de arrebatarle el cabello.
—¡Pequeña zorra! —le decía—. Dámelo o te rompo el brazo.
—¡Desagradecido! —le respondía ella entre risas—. He tenido la amabilidad de mantenerlo en secreto, y lo único que consigo a cambio es que me maltrate. Espere a que vuelva ella y se lo diga. ¡No sabe lo que le espera!
Jia Lian cambió de actitud y le suplicó con una sonrisa:
—Anda, sé buena chica, dámelo y no volveré a maltratarte.
En ese momento oyeron fuera la voz de Xifeng. Pinger se incorporó inmediatamente. Al entrar, Xifeng le dijo:
—Saca las muestras de esa caja para la señora, corre.
Mientras la doncella obedecía la orden de su señora, Xifeng vio a Jia Lian y se acordó de algo:
—¿Has traído todas las cosas que le llevaste al señor al otro cuarto?
—Sí, señora —contestó Pinger.
—¿No falta nada?
—Nada. Temí que faltase algo, pero lo he revisado con mucho cuidado y está todo aquí.
—¿Y hay algo que no debiera estar?
Pinger se echó a reír.
—¿No es suficiente con que no falte nada? ¿Qué podría haber de más?
—Quién sabe qué cochinadas habrá estado haciendo durante estos doce días —dijo Xifeng con una sonrisa gélida—. Quizás alguna de sus amiguitas haya olvidado algo: un anillo, una faja, una bolsita de perfume… Aunque sólo fuera un cabello o un trocito de uña. Cualquier cosa puede servir de fetiche.
Jia Lian empalideció. A espaldas de su esposa se pasó un dedo por el cuello amenazando a Pinger para que no lo delatase, pero ella simuló no haberlo visto y se echó a reír.
—Lo mismo pensé yo, y por eso registré con todo esmero. Pero nada. Si no me cree busque usted misma. Todavía no he guardado las cosas.
—¡Qué tonta eres, muchacha! —contestó Xifeng—. ¿Acaso crees que si tuviera escondida alguna reliquia de sus andanzas nos iba a permitir encontrarla?
Y se marchó con las muestras.
Señalando con el dedo su propia nariz, Pinger sacudió la cabeza y dijo riendo:
—¿Y cómo piensa el señor agradecerme esto?
Lleno de júbilo, fuera de sí, Jia Lian se abalanzó sobre ella, la abrazó y le hizo mil carantoñas.
—Esto me dará poder sobre usted durante el resto de mis días —dijo ella blandiendo el mechón de cabello—. Como no se porte bien conmigo, dejaré salir el gato del saco.
—De acuerdo —repuso Jia Lian—. Consérvalo tú. Pero, por favor, no dejes que ella lo encuentre.
Y mientras hablaba, con un rápido gesto, le arrebató el mechón.
—No te lo puedo confiar —ronroneó guardándoselo en la bota—. Más cuenta me trae quemarlo y acabar con este asunto.
—¡Bestia! —exclamó ella con los dientes apretados—. Apenas cruza el río derriba el puente. No vuelva a pedirme nunca que mienta por usted.
Excitado por esa encantadora muestra de genio, Jia Lian la rodeó con sus brazos y quiso saciar allí mismo su deseo, pero Pinger se zafó y salió corriendo del cuarto, dejándolo rabioso y frustrado.
—¡Maldita puta! —gritó furioso—. Primero me excitas y luego sales corriendo.
Pinger, ya detrás de la ventana, se echó a reír.
—Si soy o no una puta, es asunto mío —dijo—. ¿Quién le manda calentarse tanto? Si le dejo hacer su gusto y ella se entera seré yo quien pague las consecuencias.
—No debes tenerle miedo. El día menos pensado, cuando pierda la paciencia, le voy a dar una buena paliza a esa perra avinagrada. A ver si se entera de quién manda aquí. Me espía como si yo fuera un ladrón. Ella sí puede hablar con otros hombres, pero a mí no me permite intercambiar una sola palabra con otras mujeres, y, si lo hago, enseguida sospecha lo peor. En cambio, ella hace lo que le viene en gana, parloteando y riendo con cualquier cuñado o sobrino, joven o viejo, sin preocuparse de mis sentimientos. De ahora en adelante le voy a prohibir ver a nadie.
—Ella hace bien desconfiando de usted, pero usted no tiene razones para desconfiar de ella —replicó Pinger—. Ella no ha cometido ningún acto reprobable, pero usted siempre anda por ahí metido en líos. Yo actuaría como ella.
—Ah, ya veo que os habéis puesto de acuerdo. Lo que vosotras hacéis está bien hecho, pero todo lo que yo hago está mal. Tarde o temprano os ajustaré las cuentas.
Mientras Jia Lian gritaba furioso, regresó Xifeng por el patio y, al ver a Pinger en la ventana, preguntó:
—¿Qué pasa aquí? Si tenéis algo que deciros, ¿por qué no lo hacéis dentro en vez de hablar a gritos por la ventana?
—¡Eso es! —gritó Jia Lian desde el cuarto—. Por el modo como actúa, cualquiera pensaría que aquí dentro hay un tigre a punto de devorarla.
—¿Y por qué debo quedarme a solas con él? —preguntó Pinger.
—Si no hay nadie dentro, mejor así, qué duda cabe. —Xifeng sonrió.
—¿Eso lo dice por mí? —preguntó la doncella.
—¿Y por quién si no?
—No me obligue a decir cosas que luego lamentará haber oído.
Y en lugar de levantar la cortina para franquear la entrada a su señora, Pinger entró delante de ella y luego dejó caer la cortina bruscamente a sus espaldas, dirigiéndose al salón de enfrente.
Xifeng alzó ella misma la cortina y comentó:
—Esa muchacha debe estar loca para desafiarme de esta manera. ¡Ten cuidado con lo que haces, perrita!
De la risa, Jia Lian se había caído sobre el kang.
—Nunca supuse que Pinger tendría el coraje de desafiarte —aplaudió—. Ha subido en mi estima.
—Eres tú quien la ha consentido —replicó Xifeng—. Tú eres el responsable de su comportamiento.
—¿Por qué me culpas a mí de vuestras rencillas? Más vale que desaparezca.
—¿Adónde vas?
—Ahora vuelvo.
—Espera. Todavía tengo algo que decirte.
Para saber de qué se trataba, lean el próximo capítulo.
Por cierto:
En las doncellas virtuosas siempre anida el resentimiento,
y ya desde la antigüedad conocen los celos las encantadoras esposas.
Capítulo XXII
Una canción revela a Baoyu verdades arcanas.
Las adivinanzas de los faroles abruman a Jia Zheng
con sus malos augurios.
Habiéndole dicho Xifeng que quería hablar con él, Jia Lian detuvo sus pasos y le preguntó de qué se trataba.
—El día veintiuno de esta luna es el aniversario de Baochai —dijo Xifeng—. ¿Qué piensas hacer para celebrarlo?
—¿Por qué me preguntas a mí? —replicó él—. Tú has organizado celebraciones de aniversario mucho más grandes. ¿No te puedes hacer cargo de ésta?
—Los aniversarios importantes tienen reglas estrictas, pero éste, sin llegar a ser una minucia, carece de relevancia. Por eso te he pedido consejo.
Jia Lian agachó la cabeza y meditó unos momentos antes de responder.
—Te estás volviendo torpe —contestó por fin—. Hay un precedente en el cumpleaños de Daiyu. Basta con que organices una celebración idéntica.
—Eso ya se me había ocurrido —Xifeng dibujó una sonrisa burlona—, pero ayer me dijo la Anciana Dama que Baochai cumple este año los quince, y, a pesar de que no sea un número de los que se celebren con gran boato, es la edad en que las muchachas empiezan a llevar una horquilla en el pelo [1] . Si la Anciana Dama quiere celebrar de manera especial el aniversario de Baochai, habrá de ser distinto al de Daiyu.
—Bueno, pues celébralo con más lujo.
—Eso es lo que había pensado, pero he querido consultarte para que luego no me acuses de haber organizado algo especial sin tu consentimiento.
—¡Vaya! —exclamó Jia Lian—. ¿Y a qué se debe esa súbita muestra de consideración? ¿Acusarte yo a ti de algo? ¡Ya tengo bastante con que tú no me encuentres en falta!
Dicho lo cual partió, pero adónde no es asunto que nos concierna.
Volvamos a Xiangyun. Ya llevaba varios días en la mansión Rong y había llegado el momento de volver a casa, pero la Anciana Dama le instó a quedarse para celebrar el aniversario de Baochai y asistir a la representación de óperas. Como accediera, Xiangyun mandó traer de su casa, como regalo para su prima, dos piezas de bordado que ella misma había confeccionado.
La verdad era que la conducta ponderada y complaciente que Baochai había mostrado desde su llegada había ganado el corazón de la Anciana Dama, y ésta, para celebrar el primer aniversario de la muchacha en la casa, había entregado a Xifeng veinte taeles de su propio cofre para que los gastara en organizar un banquete y una ópera.
Xifeng había bromeado al respecto diciendo:
—Cuando una abuela desea celebrar el cumpleaños de algún nieto, todo boato es poco. ¿Quiénes somos nosotros para protestar? ¿Así que tendremos ópera y banquete? Pues si quiere una gran celebración, señora, tendrá que pagarla usted de su bolsillo en lugar de agasajar a la muchacha con estos veinte taeles mohosos. No pretenderá que yo ponga el resto… Bien estaría si usted no pudiera permitirse el gasto, pero sus cofres rebosan de lingotes de oro y plata de todos los tamaños y formas, y tanto peso los está desfondando mientras usted sigue empeñándose en desplumarnos a nosotros. ¿Acaso no somos todos hijos suyos? ¿O es que Baoyu será el único que lleve los ilustres despojos de su abuela a la montaña Wutai [2] ? ¿Por eso lo guarda todo para él? Aunque los demás no estemos a su altura, no nos trate tan mal. ¿De verdad piensa que veinte taeles es dinero suficiente para organizar un banquete o una ópera?
El comentario de Xifeng provocó la hilaridad de todos los presentes.
—¡Vaya lengua! —exclamó la Anciana Dama entre risas—. Nadie puede decir de mí que sea muda, pero no me puedo comparar con semejante mono parlanchín. Ni a tu suegra se le ocurriría discutir conmigo, y en cambio tú me devuelves golpe por golpe.
—A mi suegra se le cae la baba con Baoyu, igual que a usted —replicó Xifeng con su mejor sonrisa—, de modo que no tengo quien se ponga de parte mía. Y encima usted me presenta como una arpía.
Estas palabras desataron las carcajadas de la Anciana Dama y acabaron de ponerla del mejor humor.
Aquella noche, cuando la familia ya había presentado sus respetos a la señora de la casa y todos se habían retirado a charlar un rato, la anciana preguntó a Baochai cuáles eran sus platos favoritos y las óperas que más le agradaban. Conociendo la predilección que la Anciana Dama sentía por los espectáculos animados y las comidas dulces y blandas, Baochai presentó ambos gustos como propios, lo que acrecentó el deleite de la anciana. Al día siguiente, a primera hora, hizo enviar a la muchacha como regalo ropa y algunos objetos curiosos. La dama Wang, Xifeng, Daiyu y las demás también le hicieron llegar sus presentes. Cada uno era acorde con el rango de quien lo enviaba, pero no procede enumerarlos detalladamente.
El día vigesimoprimero fue instalado en el patio de la Anciana Dama un pequeño tablado. Había sido contratada una compañía cuyo repertorio contenía tanto obras de la escuela Kunqu como de la escuela Yiyang [3] . En el salón fueron instaladas las mesas para el banquete familiar, al que no fue invitado ningún extraño a la casa, exceptuando a la tía Xue, a Xiangyun y a la propia Baochai.
Aquella mañana, al no encontrar a Daiyu, Baoyu fue a buscarla y la halló acurrucada en el kang.
—Vamos a desayunar —le dijo—. El espectáculo empezará enseguida. Dime qué ópera quieres que representen y la pediré para ti.
Pero Daiyu sonrió con desdén.
—Ya que hablas tanto, contrata una compañía que represente mis óperas favoritas en vez de proponer que aproveche la fiesta de aniversario de otra persona para contemplarlas.
—No hay problema. Mañana mismo contrataremos una para que los demás aprovechen la tuya.
Y diciendo esto, le dio un tirón de la manga para levantarla y se fueron juntos cogidos de la mano.
Acabado el desayuno, llegó el momento de elegir las obras que debían ser representadas. La Anciana Dama llamó a Baochai para que propusiera su selección. Al principio la muchacha declinó el honor pero luego, por complacer a la anciana, señaló una escena de Peregrinación al Oeste. Luego le tocó el turno a Xifeng que, conocedora también del gusto de la dueña de la casa por las comedias y farsas, eligió Liu Er empeña su ropa, con lo cual aumentó todavía más el buen humor de la Anciana Dama.
Daiyu declinó hacer su selección, y cedió su turno a la dama Wang y a la tía Xue, pero la Anciana Dama le dijo:
—Os he hecho venir para celebrar un día que ha sido pensado especialmente para vosotras, las jóvenes, de manera que haz tu selección sin preocuparte por tus tías. Este espectáculo y este banquete no han sido organizados para ellas. Ya les hacemos suficiente favor permitiéndoles asistir a las representaciones y comer gratis. Pero no dejaremos que seleccionen ni una pieza.
Todos celebraron el comentario y entonces Daiyu eligió una pieza. Lo mismo hicieron Baoyu, Xiangyun, las tres Primaveras y Li Wan. Las obras se fueron representando en el mismo orden en el que habían sido solicitadas.
Cuando el banquete estuvo dispuesto, la Anciana Dama pidió a Baochai que eligiese una pieza más, y ésta pidió El monje borracho.
—Siempre eliges piezas fuertes —objetó Baoyu.
—Si no reconoces su calidad, has estado viendo óperas en vano todos estos años —replicó Baochai—. Además de ser un gran espectáculo tiene unos versos magníficos.




