- -
- 100%
- +
—Permítaseme señalar que llevo veinte años fuera de casa y que me dará una gran alegría volver a ver a mis monos súbditos, pero no puedo aceptar irme de aquí hasta que haya correspondido a tus favores.
—No deseo que me correspondas —dijo el patriarca—. Lo único que pido es que, si te metes en problemas, no me involucres ni digas mi nombre.
Mono se dio cuenta de que no tenía caso discutir. Le hizo una reverencia al patriarca y se despidió de sus compañeros.
—Vayas a donde vayas —dijo el patriarca—, estoy convencido de que acabarás mal, así que recuerda: cuando te metas en problemas, te prohíbo terminantemente que digas que eres mi discípulo. Si tan siquiera insinúas algo así, te desollaré vivo, romperé todos tus huesos y desterraré tu alma al sitio de la Novena Oscuridad, donde permanecerá durante diez mil siglos.
—De ninguna manera me aventuraré a decir una sola palabra sobre ti —prometió Mono—. Diré que todo lo descubrí yo solo.
Y con estas palabras se despidió, se dio la media vuelta y,haciendo el pase mágico, montó en su trapecio de nubes, directo al mar del Este. En poco tiempo llegó a la montaña de Flores y Fruta. Hizo descender su nube y, cuando empezaba a andar, oyó un sonido de grullas llamando y monos gritando.
—¡Pequeños —exclamó—, he vuelto!
Enseguida, de cada ranura del acantilado, de arbustos y árboles saltaron monos chicos y grandes, gritando:
—¡Viva nuestro rey! —después se apretujaron en torno a Mono para rendirle pleitesía.
—¡Gran Rey! —decían—, eres muy distraído. ¿Por qué te fuiste tanto tiempo y nos abandonaste, anhelando tu retorno como un hombre hambriento anhela agua y comida? Desde hace algún tiempo un demonio nos ha estado maltratando. Se apoderó de nuestra cueva, aunque luchamos desesperadamente, y nos robó nuestras posesiones y se llevó a muchos de nuestros niños, así que ahora tenemos que vigilar todo el tiempo y no dormimos de noche ni de día. Es una suerte que hayas venido ahora, pues si hubieras esperado otro año o dos nos habrías encontrado, a nosotros y lo de alrededor, en manos de otros.
—¿Qué demonio puede atreverse a cometer esos crímenes? —gritó Mono—. Cuéntenmelo y yo los vengaré.
—Le dicen el Demonio de los Estragos, su majestad, y vive hacia el norte —respondieron.
—¿Qué tan lejos? —preguntó Mono.
—Viene en forma de nube y se va como neblina, lluvia o viento, tormenta o relámpago. No sabemos qué tan lejos viva.
—Bueno, no se preocupen —dijo Mono—; ustedes sigan jugando mientras yo voy a buscarlo.
¡Querido Rey Mono! Dio un brinco al cielo en dirección al norte y pronto vio frente a él una montaña alta y muy escarpada. Mientras admiraba el paisaje, de pronto distinguió voces. Descendió por la cuesta y encontró una cueva, frente a la cual varios diablillos brincaban y bailaban. Cuando vieron a Mono, salieron corriendo.
—¡Alto ahí! —gritó éste—. Traigo un mensaje que ustedes deben difundir. Digan que el maestro de la cueva de la Cortina de Agua está aquí. El Demonio de los Estragos, o como se llame, que vive aquí, ha estado maltratando a mis pequeños y he venido con la intención de que resolvamos juntos el problema.
Corrieron hacia la cueva y gritaron:
—¡Gran Rey!, algo terrible ha sucedido.
—¿Qué pasa? —preguntó el demonio.
—Afuera de la cueva hay una criatura con cabeza de mono que dice ser el dueño de la cueva de la Cortina de Agua. Dice que has estado maltratando a su gente y que viene con la intención de resolver contigo el problema.
—Jajá —se rio el demonio—. Muchas veces he oído a esos monos decir que su rey se había ido para aprender religión. Eso significa que volvió. ¿Cómo es y qué armas lleva?
—No porta ninguna arma —dijeron—. Está con la cabeza descubierta, lleva un traje rojo con un fajín amarillo y zapatos negros: no está vestido ni de monje ni de seglar ni tampoco como taoísta. Espera con las manos vacías afuera de la verja.
—Tráiganme mi guarnición —gritó el demonio; los diablillos enseguida fueron a buscar sus armas; el demonio se puso el casco y el peto, tomó su espada y, saliendo con los diablillos a la verja, gritó en voz alta—: ¿Dónde está el dueño de la cueva de la Cortina de Agua?
—¿De qué sirve tener ojos tan grandes si no puedes ver a este viejo mono? —preguntó Mono.
En cuanto lo vio, el demonio soltó una carcajada.
—Tú mides menos de treinta centímetros y no llegas a los treinta años. No tienes un arma en la mano. ¿Cómo te atreves a pavonearte y hablar de saldar cuentas conmigo?
—Maldito demonio —dijo Mono—; por lo visto, es verdad que careces de ojos. Dices que soy pequeño y no ves que puedo hacerme tan alto como quiera. Dices que estoy desarmado, sin saber que estas dos manos podrían arrastrar la luna desde los confines del cielo. ¡Mantente firme y cómete el puño de este viejo mono!
Al decir eso brincó por los aires y dirigió un puñetazo a la cara del demonio. Éste lo esquivó con la mano.
—Tú tan chaparro y yo tan alto —dijo el demonio—. Tú con tus puños y yo con mi espada. ¡No! Si te matara con la espada, me vería ridículo. Voy a desecharla y usaré mis puños descubiertos.
—Muy bien —dijo Mono—. Ahora, amigo, ¡empieza!
El demonio relajó la guardia y dio un golpe. Mono se enfrentó a él y los dos aporreaban y pateaban, golpe a golpe. Un golpe dado lejos no es tan firme y seguro como uno cercano. Mono pinchó al demonio en las costillas, le aporreó el pecho y le dio tal paliza que finalmente el demonio se apartó, recogió su gran espada plana y acometió hacia la cabeza de Mono, pero éste ágilmente se hizo a un lado y el golpe falló. Al ver que el demonio se ponía cada vez más violento, Mono decidió emplear el método llamado “cuerpo afuera del cuerpo”. Se arrancó un puñado de pelos, los hizo pedacitos con los dientes y los escupió al aire, gritando:
—¡Cambien!
Los fragmentos de pelo cambiaron y se convirtieron en cientos de monitos que se apretujaron formando una muchedumbre. Porque debes saber que, cuando alguien se convierte en un inmortal, puede proyectar su alma, cambiar de forma y realizar toda clase de milagros. Desde su iluminación, Mono podía transformar cada uno de los ochenta y cuatro mil pelos de su cuerpo exactamente en lo que él quisiera. Los monitos que había creado eran tan ágiles que ninguna espada podía tocarlos o herirlos. Mira cómo saltan adelante y atrás, se aglomeran en torno al demonio, unos abrazándose, unos jalando, otros picándole el pecho o apiñándose en sus piernas. Lo pateaban y golpeaban, le aporreaban los ojos, le pellizcaban la nariz y seguían en eso cuando Mono se deslizó entre ellos y le arrebató la espada al demonio. Luego, abriéndose paso entre la multitud de monitos, levantó la espada y la bajó con tan tremenda fuerza sobre el cráneo del demonio que se lo partió en dos. Entonces corrió junto con los monitos a la cueva y entre todos acabaron rápidamente con los diablillos, grandes y chicos. Luego Mono dijo un encantamiento con el que los monitos se transformaron de nuevo en pelos. A éstos volvió a ponerlos ahí de donde habían venido, pero todavía quedaban algunos monitos: los que el demonio se había llevado de la cueva de la Cortina de Agua.
—¿Cómo llegaron aquí? —les preguntó.
Había como treinta o cuarenta y todos dijeron con los ojos anegados en lágrimas:
—Cuando su majestad se fue para convertirse en inmortal, esta criatura nos molestó durante dos años. Al final nos llevó a todos y se robó cuanto había en la cueva y los platos y las tazas de piedra.
—Reúnan lo que nos pertenece y tráiganlo con ustedes —dijo Mono.
Los monos prendieron fuego a la cueva y quemaron lo que había en su interior.
—¡Ahora, síganme! —ordenó Mono.
—Cuando nos trajeron aquí —dijeron ellos—, sólo sentimos un fuerte viento que soplaba a toda prisa junto a nosotros y nos arrastró como remolino hasta este sitio. No sabíamos a dónde íbamos. ¿Y ahora cómo vamos a encontrar el camino de regreso a casa?
—Él los trajo aquí por arte de magia —dijo Mono—, pero ¿qué importa? Ahora yo conozco toda esa clase de cosas y, si él pudo, yo también puedo. Cierren los ojos, todos ustedes, y no tengan miedo.
Entonces recitó un encantamiento que produjo un viento fortísimo. De repente se detuvo y Mono gritó:
—¡Ya pueden abrir los ojos!
Los monos vieron que estaban parados en tierra firme, muy cerca de su casa. Con gran alegría, siguieron el sendero conocido que llevaba a la puerta de su cueva. Ellos y los monos que se habían quedado se amontonaron para entrar en la cueva y se formaron según sus rangos y edades; también rindieron homenaje a su rey y prepararon un gran banquete de bienvenida. Cuando preguntaron cómo había logrado someter al demonio y rescatar a los monos, les contó la historia, que fue recibida con una salva de aplausos y vítores.
—No imaginábamos —dijeron— que cuando su majestad nos dejó aprendería semejantes artes.
—Después de partir —dijo Mono—, atravesé muchos océanos hasta la tierra de Yambuduipa, donde aprendí costumbres humanas y a usar ropa y zapatos. Erré impaciente como nube por ocho o nueve años, pero por ningún lado encontraba la iluminación. Por fin, después de atravesar un océano más, tuve la suerte de conocer a un viejo patriarca que me enseñó el secreto de la vida eterna.
—¡Qué golpe de suerte tan increíble! —dijeron los monos, felicitándolo.
—Pequeños —dijo Mono—, les tengo otra buena noticia. Su rey tiene un nombre en la religión. Me llamo Consciente de la Vacuidad.
Todos aplaudieron ruidosamente y enseguida fueron a tomar vino de dátil y vino de uva y guirnaldas de flores y fruta, que le ofrecieron a Mono. Todo mundo estaba de muy buen humor. Si no sabes cuál fue el resultado y cómo le fue a Mono de regreso en su viejo hogar, debes escuchar lo que se relata en el siguiente capítulo.
III
LA HISTORIA DEL REY MONO

TRAS SU REGRESO TRIUNFAL, luego de darle muerte al Demonio de los Estragos y arrebatarle su enorme alfanje, Mono practicaba todos los días su manejo de la espada y les enseñaba a los monitos cómo afilar los bambúes para hacer lanzas con ellos, fabricar espadas de madera y estandartes; cómo patrullar, atacar y retroceder, acampar, construir estacadas, etcétera. Se divertían mucho al hacerlo; sin embargo, mientras se encontraba sentado en un lugar tranquilo, de pronto, Mono pensó en voz alta:
—Todo esto no es más que un juego, pero sus consecuencias pueden ser graves. Imaginen que algún rey humano o un rey de las aves o de las bestias se enterara de lo que hacemos: bien podría pensar que tramamos una conspiración en su contra y mandar a sus ejércitos a atacarnos. Las lanzas de bambú y las espadas de madera no serían de mucha ayuda. Deberíamos tener espadas, lanzas y alabardas de verdad. ¿Cómo vamos a conseguirlas?
—¡Excelente idea! —dijeron—. Pero no hay ningún lugar donde podamos obtenerlas.
En ese momento cuatro monos ancianos dieron un paso al frente. Eran dos macacos tibetanos de trasero rojo y dos monos sin cola de trasero plano.
—¡Gran Rey! —dijeron—. Si quiere mandar a hacer armas, nada sería más fácil.
—¿Por qué piensan que es tan fácil? —preguntó Mono.
—Al este de nuestras montañas hay doscientas leguas de agua. Es la frontera de Ao-lai, y hay ahí un rey cuya ciudad está llena de soldados. De seguro tiene toda clase de productos de metal. Si va para allá, seguro que puede comprar armas o mandarlas a hacer especialmente. Y luego puede enseñarnos a usarlas y estaremos en condiciones de defendernos. Ésa es la forma de protegernos de la extinción.
Mono estaba encantado con esa idea.
—Quédense aquí y entreténganse mientras voy a ver qué puede hacerse —dijo.
¡Querido Rey Mono! Partió en su trapecio de nubes y en un abrir y cerrar de ojos había atravesado esas doscientas leguas de agua, y del otro lado había, en efecto, una ciudad con murallas y foso, barrios y mercados, e innumerables calles por las que los hombres caminaban de un lado a otro bajo el agradable sol. Dijo para sus adentros: “En un lugar así con toda seguridad tienen armas ya hechas. Iré a comprar algunas. O, mejor aún, obtendré unas con magia”.
Hizo un pase mágico, recitó un hechizo y dibujó un diagrama mágico en el suelo. Luego se paró en medio, respiró hondo y sacó el aire con tal fuerza que lanzó volando por el aire arena y piedras. Esa tempestad alarmó tanto al rey del país y a sus súbditos que se encerraron en las casas. Mono hizo descender su nube, se dirigió a los edificios del gobierno y pronto encontró el arsenal. Forzó la cerradura de la puerta y entró. Había ante él un enorme suministro de espadas, lanzas, alfanjes, alabardas, hachas, guadañas, hurgones, fustas, garrotes, arcos y ballestas: cualquier clase de arma imaginable. “Es un poco más de lo que puedo llevar”, pensó.
Así, como antes había hecho, transformó sus pelos en miles de monitos que empezaron a robarse las armas. Algunos conseguían cargar seis o siete, otros tres o cuatro, hasta que poco después el arsenal quedó vacío. Luego un fuerte vendaval mágico los llevó de vuelta a la cueva. Los monos que se encontraban en casa jugaban frente a la puerta de la cueva cuando de repente vieron una multitud de monos en el cielo; se asustaron tanto que todos se precipitaron a esconderse. Unos momentos después, Mono hizo descender su nube y convirtió a los miles de monitos en pelos. Amontonó las armas en la ladera y gritó:
—¡Pequeños, vengan por sus armas!
Para su sorpresa, hallaron a Mono de pie en el suelo y a solas. Corrieron a rendirle homenaje y éste les explicó lo que había sucedido. Cuando lo hubieron felicitado por su desempeño, empezaron a agarrar espadas y alfanjes, a levantar hachas, a pelearse por las lanzas y a llevarse arcos y ballestas. Esa competencia, que fue muy ruidosa, duró la jornada entera.
Al día siguiente llegaron desfilando, como de costumbre, y el pase de lista reveló que en total eran cuarenta y siete mil. Las bestias salvajes de la montaña y los reyes demonios de toda clase, moradores de no menos de setenta y dos cuevas, fueron a rendirle homenaje a Mono, y de ahí en adelante llevaron tributos cada año y se alistaron una vez cada estación. Algunos proporcionaban trabajo, y otros, suministros. La montaña de Flores y Fruta se volvió tan fuerte como una cubeta de hierro o una muralla de bronce. Los reyes demonios de diferentes distritos también presentaron tambores de bronce, estandartes de colores, yelmos y cotas de malla. Entrenaban y marchaban a diario, armando un tremendo ajetreo. Todo iba bien cuando, de repente, un buen día Mono les dijo a sus súbditos:
—Parece que van muy bien con el entrenamiento, pero a mí la espada me resulta muy incómoda y de hecho no me gusta nada. ¿Qué hacer?
Los cuatro monos ancianos dieron un paso al frente:
—Gran Rey, es completamente natural que usted, al ser un inmortal, no tenga interés en usar esta arma terrenal. ¿Considera que le sería posible conseguir una de los moradores del mar?
—¿Y por qué no, si se puede saber? —dijo Mono—. Desde mi iluminación he llegado a dominar setenta y dos transformaciones. Lo más maravilloso de todo es que puedo montar las nubes. Puedo volverme invisible. Puedo penetrar el bronce y la piedra. El agua no puede ahogarme y el fuego no puede quemarme. ¿Qué me impide conseguir un arma de los poderes del mar?
—Bueno, si puede hacerlo, adelante —dijeron—. El agua que corre bajo este puente de hierro viene del palacio del Dragón del mar del Este. ¿Y si va y le hace una visita al Rey Dragón? Si le pide un arma, sin duda le encontraría algo adecuado.
—Ya lo creo que iré.
Mono fue a la cabeza de puente, recitó un hechizo para protegerse de los efectos del agua y se metió de un brinco, avanzando junto con el curso del agua hasta llegar al fondo del mar del Este. Enseguida lo detuvo un iaksa que patrullaba las aguas.
—¿Qué deidad es ésa que viene por el agua? —preguntó—. Preséntate y anunciaré tu llegada.
—Soy el Rey Mono de la montaña de Flores y Fruta —dijo Mono—. Soy vecino cercano del Rey Dragón y pienso que debería conocerlo.
El iaksa comunicó el mensaje; el Rey Dragón se levantó presuroso y acudió a la puerta de su palacio, llevando consigo a sus hijos y nietos dragones, a sus soldados camarones y sus generales cangrejo.
—Pasa, alto inmortal, pasa —dijo.
Entraron al palacio y se sentaron frente a frente en el asiento superior. Después de tomar el té, el dragón preguntó:
—Dime: ¿cuánto tiempo has estado iluminado y qué artes mágicas has aprendido?
—Desde la infancia he llevado una vida religiosa —dijo Mono—, y ahora estoy más allá del nacimiento y la destrucción. A últimas fechas he estado entrenando a mis súbditos sobre cómo defender su hogar, pero yo mismo no tengo un arma apropiada. Se me dice que mi honrado vecino, dentro de los portales de concha de su palacio de verde jade, con toda seguridad cuenta con muchas armas mágicas de sobra.
Al Rey Dragón no le gustaba negarse y ordenó a un capitán trucha que llevara una enorme espada.
—No soy bueno con la espada —dijo Mono—. ¿No podrías encontrar algo más?
Entonces el Rey Dragón le dijo a un guardián chanquete que con ayuda de un portero anguila sacara una horca de nueve púas. Mono la agarró y dio unas estocadas de prueba.
—Es muy ligera —dijo— y no se adapta al tamaño de mi mano. ¿No me puedes encontrar algo más?
—No entiendo a qué te refieres —dijo el Rey Dragón—. La horca pesa mil seiscientos kilogramos.
—No se adapta a mi mano —dijo Mono—; no se adapta a mi mano.
El Rey Dragón estaba muy ofendido. Les ordenó a un general brama y a un general de brigada carpa que sacaran una enorme alabarda que pesaba tres mil doscientos kilos. Mono la agarró y, después de dar unas estocadas y bloqueos, la hizo a un lado.
—Sigue siendo muy ligera.
—Es el arma más pesada que tenemos en el palacio —dijo el Rey Dragón—. No tengo nada más para mostrarte.
—Dice el proverbio: “De nada le sirve al Rey Dragón fingir que no tiene tesoros” —dijo Mono—. Vuelve a buscar y, si encuentras algo apropiado, te daré un buen precio.
—Te advierto que no tengo nada más —dijo el Rey Dragón.
En ese momento la madre dragón y su hija salieron discretamente de los cuartos del fondo del palacio y dijeron:
—Gran Rey, vemos que este mono sabio tiene unas capacidades poco comunes. En nuestro tesoro está el hierro mágico con que se apisonó la cama de la Vía Láctea. Lleva varios días brillando con una extraña luz. ¿No sería esto quizá el presagio de que debíamos dársela al sabio que acaba de llegar?
—Ésta —dijo el Rey Dragón— es la cosa que usó el Gran Yü cuando contuvo el Diluvio para reparar la profundidad de los ríos y los mares. No es más que una pieza de hierro sagrado. ¿De qué le serviría?
—No te preocupes por si la usa o no —dijo la madre dragona—. Sólo dásela y, si puede con ella, deja que se la lleve.
El Rey Dragón accedió y se lo dijo a Mono.
—Tráemela y le echaré un vistazo —dijo Mono.
—¡De ninguna manera! —respondió el Rey Dragón—. Es demasiado pesada para moverla. Tendrás que ir tú a verla.
—¿Dónde está? —preguntó Mono—. Muéstrame el camino.
El Rey Dragón lo llevó al tesoro del mar, donde enseguida vio algo que brillaba con innumerables rayos de luz dorada.
—Ahí está —dijo el Rey Dragón.
En actitud de respeto, Mono se acicaló y se acercó al objeto. Resultó ser un grueso pilar de hierro, como de seis metros de largo. El Mono tomó un extremo con ambas manos y lo levantó un poco.
—Un pelín demasiado largo y demasiado grueso —dijo. Enseguida el pilar se achicó unos metros y se estrechó. Mono lo sintió—. Un poco más chico no haría daño —añadió.
El pilar volvió a encogerse. Mono estaba encantado.
Al sacarlo a la luz, descubrió que en cada extremo había un broche de oro, mientras que el resto era de hierro negro. En el extremo más cercano tenía la inscripción BASTÓN DE LOS DESEOS CON BROCHES DE ORO. PESO: SEIS MIL CIENTO VEINTITRÉS KILOGRAMOS.
“¡Magnífico! No podría esperar un mejor tesoro que éste”, pensó Mono.
Sin embargo, mientras avanzaba decía para sus adentros, toqueteando el bastón: “Si fuera tantito más chico, sería maravilloso”. Y, en efecto, cuando salió ya no medía mucho más de medio metro. Mira nada más cómo hace alarde de su magia, cómo hace súbitas estocadas y pases de camino de regreso al palacio. El Rey Dragón temblaba viendo aquello, y los príncipes dragones estaban en un revuelo. Tortugas de tierra y de mar metieron las cabezas en sus caparazones; los peces, los cangrejos y los camarones buscaron un escondite. Mono, con el tesoro en la mano, se sentó junto al Rey Dragón.
—Estoy profundamente agradecido por la gentileza de mi honrado vecino —dijo.
—Ni lo menciones —dijo el Rey Dragón.
—Sí, es un pedazo de hierro útil —observó Mono—, pero hay algo más que quisiera decir.
—Gran Inmortal —dijo el Rey Dragón—, ¿qué más tienes que decir?
—Antes de tener este hierro era diferente, si bien ahora —comentó Mono—, con algo semejante en la mano, empiezo a sentir que me hace falta alguna prenda apropiada para utilizar con él. Si tienes algo en esa línea, por favor, dámelo. Te quedaría muy agradecido.
—No tengo nada —dijo el Rey Dragón.
—Como dice el viejo dicho —atajó Mono—: “Un invitado no debe molestar a dos anfitriones”. No te vas a deshacer de mí al fingir que no tienes lo que quiero.
—Te convendría probar en otro mar —dijo el Rey Dragón—. Es posible que ellos puedan ayudarte.
—Mejor sentarse en una casa que correr a tres —respondió Mono—. Exijo que me encuentres algo.
—Te aseguro que no poseo ninguna prenda como la que me pides —dijo el Rey Dragón—. Si la tuviera, te la daría.
—Está bien —dijo Mono—; probaré mi hierro contigo y pronto veremos si puedes darme una.
—Calma, calma, gran inmortal —dijo el Rey Dragón—, ¡no me pegues! Sólo déjame averiguar si mis hermanos tienen algo que te puedan dar.
—¿Dónde viven? —preguntó Mono.
—Son los dragones de los mares del Sur, del Norte y del Oeste —dijo el Rey Dragón.
—No voy a ir tan lejos —dijo Mono—. “Dos en mano son mejores que tres bajo fianza.” Encuéntrame algo aquí y ahora. No me importa de dónde lo saques.
—Nunca sugerí que tú debieras ir —dijo el Rey Dragón—. Aquí tenemos un tambor de acero y un gong de bronce. Si pasa algo importante, los hago sonar y mis hermanos vienen de inmediato.
—Muy bien —dijo Mono—. Sé listo y haz sonar el tambor y el gong.
Por consecuencia, un cocodrilo tocó el tambor y una tortuga, el gong, y en un santiamén llegaron los tres dragones.
—Hermano —dijo el Dragón del Sur—, ¿qué asunto urgente te ha llevado a golpear el tambor y sonar el gong?
—Haces bien en preguntar —dijo el Rey Dragón—. Un vecino mío, el sabio de la montaña de Flores y Fruta, vino hoy a mí para inquirir sobre un arma mágica. Le di el hierro con que fue apisonada la Vía Láctea. Ahora dice que necesita ropa. Aquí no tenemos nada de esa clase. ¿No podría uno de ustedes encontrarme algo para quitármelo de encima?
El Dragón del Sur estaba furioso.
—¡Hermanos! —gritó—, convoquemos a hombres armados para que vengan a apresar al granuja.
—¡De ninguna manera! —dijo el Dragón del Oeste—. El más mínimo golpe con ese acero es mortal.
—Sería mejor no interferir con él. Démosle algunas prendas, sólo para deshacernos de él, y luego nos quejaremos con el cielo para que lo castigue.
—Buena idea —dijo el Dragón del Norte—. Yo tengo un par de zapatos para pisar nubes hechos de fibra de loto.
—Yo tengo un gorro de pluma de ave fénix y oro rojo —dijo el Dragón del Sur.
—Yo tengo un jubón de cota de malla hecho de oro amarillo —dijo el Dragón del Oeste.
El Rey Dragón estaba encantado y los llevó a ver a Mono y darle sus obsequios. Mono se puso las cosas y, con su bastón de los deseos en la mano, salió dando grandes zancadas.
—Cochinos viejos soplones —les dijo a los dragones al pasar y éstos, con gran indignación, se pusieron a conferenciar para planear cómo denunciarlo con los poderes superiores.




