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Los cuatro viejos monos y todos los demás esperaban a su rey junto al puente. De pronto lo vieron salir de las olas de un brinco, sin una sola gota de agua sobre él, todo brillante y dorado, y subieron el puente corriendo. Se arrodillaron ante él.
—¡Gran Rey, cuánto esplendor! —exclamaron.
Con el viento primaveral dándole de lleno en la cara, Mono se montó en el trono y colocó el bastón de hierro frente a él. Los monos se precipitaron hacia el tesoro y trataron de levantarlo. Fue como si una libélula intentara sacudir un árbol de hierro: no pudieron moverlo ni un centímetro.
—Padre —gritaron—, es usted la única persona que podría levantar una cosa tan pesada.
—No hay nada que no tenga un amo al cual obedecer —dijo Mono, levantándolo con una mano—. Este hierro estuvo en el tesoro del mar durante no sé cuántos cientos de miles de años y apenas hace poco empezó a brillar. El Rey Dragón pensaba que no era más que hierro negro y dijo que se usó para aplanar la Vía Láctea. Ninguno de ellos podía levantarlo y me pidieron que me lo llevara. Cuando lo vi por primera vez, medía seis metros. Pensé que era algo grande, así que poco a poco lo fui achicando más y más. Ahora vean cómo lo transformo otra vez —y gritó—: ¡Más chico, más chico, más chico! —enseguida quedó del tamaño exacto de una aguja de bordar, que podía llevarse cómodamente detrás de la oreja.
—Sáquelo y haga otro truco con él —suplicaron los monos.
Lo sacó de atrás de su oreja y se lo puso en posición vertical sobre la palma de la mano, gritando:
—¡Más grande, más grande! —enseguida creció hasta medir seis metros, con lo cual lo subió al puente, empleó un poco de magia cósmica e, inclinándose, gritó—: ¡Alto!
Con esto, él creció hasta medir más de treinta mil metros: su cabeza quedó a la altura de las montañas más altas; su cintura, a la de las crestas; sus ojos resplandecían como relámpagos; su boca era como un cuenco de sangre; sus dientes, como hojas de espada. El bastón de hierro que asía con la mano se elevó hasta el trigésimo tercer cielo y descendió hasta el decimoctavo infierno. Tigres, panteras, lobos, todos los espíritus malignos de la colina y los demonios de las setenta y dos cuevas le rindieron homenaje, sobrecogidos y temblorosos. Enseguida canceló su manifestación cósmica y el bastón se convirtió de nuevo en una aguja de bordar. Se la puso atrás de la oreja y regresó a la cueva.
Un día en que Mono ofrecía un gran banquete a los monarcas bestia de los alrededores, después de despedirse de ellos y darles regalos a los líderes grandes y chicos, se acostó bajo un pino al lado del puente de hierro y se quedó dormido. En sueños vio a dos hombres que caminaban hacia él con un documento que tenía su nombre. Sin darle tiempo de pronunciar palabra, sacaron una cuerda, ataron el cuerpo dormido de Mono y se lo llevaron hasta las afueras de una ciudad amurallada. Cuando volvió en sí, levantó la mirada y vio que en las murallas de esa ciudad había un letrero de hierro que decía: TIERRA DE LAS TINIEBLAS. “¡Vaya!”, dijo Mono para sus adentros, cuando súbitamente y con una desagradable sacudida vio dónde se encontraba. “Si aquí es donde vive Yama, el Rey de la Muerte. ¿Cómo llegué aquí?”
—Tu tiempo en el mundo de la vida ha llegado a su fin —dijeron los dos hombres—, y nos mandaron a arrestarte.
—Pero si estoy más allá de todo eso —dijo Mono—; ya no estoy compuesto de los cinco elementos ni caigo bajo la jurisdicción de la Muerte. ¡Arrestarme! ¿Qué tonterías son ésas?
Los dos hombres hicieron caso omiso y siguieron arrastrándolo. Mono entonces se enojó mucho, agarró rápidamente la aguja que tenía detrás de la oreja, la cambió a un tamaño formidable e hizo a los dos mensajeros picadillo. Luego se liberó de sus ataduras y, columpiando el bastón, entró a grandes zancadas en la ciudad. Demonios con cabeza de toro y con cara de caballo huían aterrorizados. Cantidad de fantasmas se precipitaron al palacio para anunciar que un dios de los truenos con cara peluda avanzaba para el ataque. Consternadísimos, los diez jueces de la Muerte se acicalaron y salieron a ver qué pasaba. Al ver el feroz aspecto de Mono, se formaron y lo abordaron con voz fuerte:
—¡Tu nombre, por favor!
—Si no saben quién soy, ¿por qué mandaron a dos hombres a arrestarme? —preguntó Mono.
—¿Cómo puedes acusarnos de algo así? —dijeron—. Seguro que los mensajeros se equivocaron.
—Yo soy el sabio de la cueva de la Cortina de Agua —dijo Mono—. ¿Ustedes quiénes son?
—Somos los diez jueces del Emperador de la Muerte —le respondieron.
—En tal caso —dijo Mono—, les preocupan la retribución y la recompensa y no deberían dejar que esas equivocaciones ocurrieran. Sepan ustedes que gracias a mis esfuerzos me volví inmortal y ya no estoy sujeto a su jurisdicción. ¿Por qué me mandaron arrestar?
—Pero ¿por qué te enojas? Se trata de un caso de equivocación de identidad. El mundo es un lugar muy grande y resulta probable que varias personas tengan el mismo nombre. Con toda seguridad nuestros policías cometieron un error.
—Tonterías —dijo Mono—. Como dice el proverbio: “Los jueces yerran, los empleados yerran, el hombre con la orden de arresto nunca yerra”. Apúrense y saquen los registros de los vivos y los muertos, y pronto veremos.
—Por aquí, por favor —dijeron y lo llevaron al gran salón, donde le ordenaron al funcionario a cargo del registro que sacara sus documentos.
El funcionario se zambulló en un cuartito aledaño y salió con cinco o seis libros de contabilidad divididos en diez columnas y empezó a repasarlos uno por uno: insectos pelados, insectos vellosos, insectos alados, insectos escamosos… Se rindió, desesperado, y probó con “monos”. Pero el Rey Mono, al tener características humanas, tampoco estaba ahí. Como no era súbdito del unicornio, no figuraba entre los animales, y como no era súbdito del ave fénix, no podía estar clasificado como ave. Sin embargo, había un archivo separado que Mono exigió revisar él mismo y ahí, bajo el título de “Alma tres mil ciento cincuenta”, halló su nombre, seguido de esto: “Linaje: producto natural. Descripción: mono de piedra. Esperanza de vida: trescientos cuarenta y dos años. Una muerte pacífica”.
—Mi vida no se reduce a una esperanza —dijo Mono—: yo soy eterno. Tacharé mi nombre. ¡Denme un pincel!
El funcionario se apresuró a proporcionarle un pincel mojado en una tinta espesa y Mono no sólo tachó su nombre, sino los de todos los monos mencionados en los archivos. Luego tiró el libro de contabilidad y dijo:
—Asunto resuelto —exclamó—. Ahora ustedes no tienen ningún poder sobre nosotros.
Y al decir esto levantó su bastón y se abrió paso para salir del palacio de las Tinieblas. Los diez jueces no se atrevieron a protestar, pero todos acudieron de inmediato con el Kshitigarbha, guía de los muertos, y discutieron con él la conveniencia de levantar una queja acerca del asunto ante el Emperador de Jade en el cielo. Debido a que Mono se precipitó desnudo fuera de la ciudad, su pie quedó atrapado en una enredadera y se tropezó. Se despertó sobresaltado y descubrió que todo aquello había sido un sueño. Entonces se incorporó y escuchó decir a los cuatro monos ancianos y a los otros que montaban guardia:
—Gran Rey, ¿no es hora de que ya se despierte? Bebió tanto que lleva la noche entera durmiendo aquí.
—Debo haberme quedado dormido un rato —explicó Mono—, porque soñé que dos hombres venían a arrestarme —les refirió su sueño y después continuó—: Taché todos nuestros nombres para que esos tipos ya no tengan la posibilidad de entrometerse.
Los monos se postraron frente a él y le agradecieron. Y de ahí en adelante se ha observado que muchos monos de la montaña nunca envejecen. Es porque sus nombres se tacharon de los registros del Rey de la Muerte.
Estaba una mañana el Emperador de Jade sentado en su palacio de Nubes con puertas de oro, con todos sus ministros civiles y militares, cuando un oficial anunció:
—Su majestad el Dragón del mar del Este está afuera con una petición que plantearle.
Se hizo pasar al dragón y, cuando hubo presentado sus respetos, un niño hada entregó un documento que el Emperador de Jade empezó a leer:
Este pequeño Dragón del Mar del Este informa a su majestad que cierto falso inmortal de la cueva de la Cortina de Agua maltrató a su servidor y entró a la fuerza a su casa acuática. Exigió un arma, empleando flagrantes intimidaciones, y con violencia y escándalo nos obligó a darle ropa. Mis familiares acuáticos estaban consternados; las tortugas de tierra y las tortugas de mar huyeron despavoridas. El Dragón del Sur temblaba, el Dragón del Oeste estaba horrorizado y el Dragón del Norte se desplomó. Su servidor se vio obligado a desprenderse de un bastón de hierro sagrado, un sombrero de plumas de ave fénix, un jubón de cota de malla y un par de zapatos para pisar nubes antes de deshacernos de él. Pero incluso entonces nos amenazó con armas y magia y nos llamó “cochinos viejos soplones”. Nos declaramos incapaces de lidiar con él y debemos dejar el asunto en sus manos. Le pedimos encarecidamente que mande soldados a controlar esa plaga y a restaurar la paz del mundo bajo las olas.
Después de leer el documento, el Emperador de Jade pronunció su sentencia:
—El dragón debe volver a su mar y yo mandaré a unos oficiales para que arresten al criminal.
El Rey Dragón hizo una reverencia y se retiró. Al momento se presentó otro oficial para anunciar que el primer juez de los Muertos, apoyado por Kshitigarbha, el abogado de los muertos, había llegado con una petición. Iba con ellos una niña hada, que presentó un documento que decía lo siguiente:
Respetuosamente sostenemos que el cielo es para los espíritus y el inframundo es para los fantasmas. La oscuridad y la luz deben sucederse una a otra. Así lo dicta la naturaleza y no puede cambiarse. Pero un falso sabio de la cueva de la Cortina de Agua ha resistido con violencia nuestros llamados; mató a golpes a nuestros emisarios y amenazó a los diez jueces. Armó un alboroto en el palacio de la Muerte y borró nombres de nuestros libros, de modo que en el futuro los monos y los simios disfrutarán de una longevidad incorrecta. Apelamos por tanto a su majestad para que muestre su autoridad mandando espíritus soldados a que se hagan cargo de este monstruo, restauren el equilibrio de oscuridad y luz y traigan la paz de vuelta al inframundo.
El Emperador de Jade pronunció su sentencia:
—Los Señores de la Oscuridad deberán regresar al inframundo y se enviará a soldados para arrestar a esa plaga.
El primer juez de los Muertos hizo una reverencia y se retiró.
—¿Por cuánto tiempo ha existido este mono pernicioso? —les preguntó el Emperador de Jade a sus ministros—. ¿Y cómo es que adquirió la iluminación?
Enseguida el oficial del Ojo de las Mil Leguas y el Oficial del Oído Bajo el Viento dieron un paso al frente.
—Este mono —dijeron— fue emitido hace trescientos años por una piedra. Al principio no mostró ninguno de sus poderes actuales, pero desde entonces se las ha arreglado de alguna manera para perfeccionarse y lograr la inmortalidad. Ahora somete dragones, domestica tigres y ha alterado los registros de la Muerte.
—¿Cuál de las deidades aquí presentes irá a lidiar con él? —preguntó el Emperador de Jade.
El espíritu del planeta Venus dio un paso al frente.
—Grandísimo y santísimo —dijo—: todas las criaturas que tienen nueve aperturas pueden aspirar a la inmortalidad. No es entonces de sorprender que este mono, producido por las fuerzas naturales del cielo y de la Tierra, nutrido de la luz del sol y de la luna, alimentado con escarcha y rocío, haya alcanzado la inmortalidad y sepa someter a dragones y tigres. Sugiero que se siga un camino indulgente. Mandemos un decreto en el que se le ordene hacer acto de presencia en el cielo. Entonces le daremos alguna especie de trabajo oficial para que su nombre aparezca en nuestros pergaminos, y aquí podremos echarle un ojo. Si se porta bien podremos ascenderlo, pero si se porta mal tendremos que arrestarlo. Este camino nos ahorrará operaciones militares y sumaremos a nuestras filas a un indudable inmortal.
Al Emperador de Jade le gustó esa sugerencia. Le ordenó al espíritu de la estrella del Libro que escribiera un citatorio y le pidió al planeta Venus que lo entregara. Salió por la Puerta Sur del cielo, hizo descender su nube mágica y muy pronto llegó a la cueva de la Cortina de Agua. Le dijo a la multitud de monos:
—Soy un mensajero del cielo y traigo la orden de que su rey se dirija enseguida a los reinos superiores. Díganselo de inmediato.
Los monitos afuera de la cueva comunicaron al interior que había ido un viejo con un escrito en la mano.
—Dice que es un mensajero del cielo y que lo mandaron para que tú vayas con él.
—¡Oh, eso me viene muy bien! —dijo Mono—; últimamente he pensado en hacer un viajecito al cielo.
Mono se acicaló a toda prisa y salió a la puerta.
—Soy el espíritu del planeta Venus —dijo el mensajero—, y traigo una orden del Emperador de Jade para que subas al cielo y recibas un nombramiento inmortal.
—Vieja estrella —dijo Mono—, estoy muy agradecido contigo por las molestias que te tomaste —y pidió a los monos que prepararan un banquete.
—Sin haber terminado la sagrada orden que me dieron no puedo entretenerme —dijo la estrella—. Tras tu glorioso ascenso tendremos muchas oportunidades para conversar.
—No insistiré —dijo Mono—. Es un gran honor para nosotros que hayas hecho esta visita.
En eso mandó llamar a los cuatro viejos monos.
—No se olviden de ejercitar a los jóvenes —dijo—. Echaré un vistazo cuando haya llegado al cielo y, si todo está bien por allá, mandaré por todos los demás para que vengan a vivir conmigo.
Los viejos monos expresaron su acuerdo y el Rey Mono, siguiendo al espíritu estrella, se montó en la nube y remontó el vuelo. Si no sabes qué puesto le dieron en el cielo, tienes que escuchar el siguiente capítulo.
IV
LA HISTORIA DEL REY MONO

DESPUÉS DE UN RATO de montar juntos, Mono se olvidó del espíritu estrella y lo dejó muy rezagado; para cuando llegó a la Puerta Sur del cielo, ya se había perdido de vista. Estaba por entrar cuando una cantidad de deidades custodias, armadas de dagas, espadas y alabardas, le obstaculizó el paso.
—¡Ese planeta es un estafador! —exclamó Mono—. Mira que permitir que estos degolladores me retengan así después de haberme invitado a venir.
En ese momento llegó el planeta; estaba completamente sin aliento.
—¡Viejo fraude! —lo confrontó Mono—. Dijiste que ibas con una invitación del Emperador de Jade. ¿Por qué esta gente me impide entrar?
—No te enojes —dijo el planeta—. Como nunca antes habías venido a la sala del cielo y no se te ha dado un nombre, los custodios no saben quién eres y hacen bien en no dejarte pasar. Cuando hayas visto al emperador y recibas tu nombramiento, te dejarán entrar y salir cuantas veces quieras.
—Puede ser —dijo Mono—, pero en este momento no puedo entrar.
—Si vienes conmigo sí puedes —dijo el planeta y casi gritando continuó—: custodios de la puerta del cielo, grandes y pequeños capitanes, ¡abran paso! Éste es un inmortal de la tierra a quien el Emperador de Jade me encargó traer.
Entonces los custodios retiraron las armas y se marcharon. Mono, recuperada del todo su confianza en el planeta, atravesó las verjas lentamente junto a él y entró al palacio. Sin esperar a ser anunciados, enseguida acudieron a la augusta presencia. El planeta de inmediato se postró, pero Mono se quedó erguido junto a él, sin mostrar ninguna señal de respeto, limpiándose los oídos con los dedos para escuchar lo que iba a decir el planeta.
—Si se me permite, vengo a informar que llevé a cabo su orden; el pernicioso inmortal está aquí.
—¿Quién es? —preguntó el emperador, asomándose por encima de su biombo real.
En ese momento Mono hizo una reverencia y dijo:
—Soy yo.
Los ministros ahí reunidos palidecieron horrorizados.
—¡Ese mono bárbaro! —exclamaron—. Cuando lo trajeron en presencia del emperador no se mostró y ahora, sin dirigirse a él, se atreve a decir: “Soy yo”. Esa conducta merece la pena de muerte.
—Él viene de la Tierra —dijo el Emperador de Jade— y hace poco aprendió las costumbres humanas. Ahora no debemos ser muy duros con él si no sabe cómo comportarse en la corte.
Los ministros celestiales felicitaron al emperador por su clemencia y Mono gritó con todas sus fuerzas:
—¡Bravo!
Entonces se les ordenó a los oficiales que revisaran las listas y vieran qué nombramientos había vacantes.
—Por el momento no hay ninguna vacante en ninguna sección de ningún departamento —informó uno de ellos—. La única opción es en los establos imperiales, donde se necesita un supervisor.
—Bueno, entonces nómbrenlo Pi-ma-wên de los establos —dijo el Emperador de Jade.
Por consiguiente, lo llevaron a los establos y le explicaron cuáles eran las obligaciones de ese departamento. Le mostraron la lista de los caballos, de los que había mil, al cuidado de un asistente cuyo deber era proporcionar el pienso. Los mozos de cuadra cepillaban y lavaban los caballos, cortaban heno, les ponían agua y les preparaban la comida. El superintendente y el vicesuperintendente ayudaban al supervisor con la administración general. Todos ellos estaban en guardia noche y día. De día se las arreglaban para divertirse hasta cierto punto, pero de noche no paraban. Todos los caballos parecían quedarse dormidos justo cuando había que alimentarlos o bien empezaban a galopar cuando tenían que estar guardados en la caballeriza. Cuando veían a Mono, los caballos celestiales formaban una multitud en torno a él y se comían los alimentos que les llevaba con un apetito nunca antes visto en ellos. Al cabo de una o dos semanas, los otros oficiales de los establos dieron un banquete para festejar el nombramiento de Mono. En pleno festín, de repente hizo una pausa y, copa en mano, preguntó:
—¿Qué significa realmente esta palabra, Pi-ma-wên?
—Es el nombre del grado que ostentas —le dijeron.
—¿Qué clase de nombramiento es? —preguntó Mono.
—No es una clase propiamente dicha —respondieron.
—Supongo que es demasiado alto para formar parte de una clase —observó Mono.
—Por el contrario —le explicaron—: es demasiado bajo.
—¡Demasiado bajo! ¿De qué hablan?
—Cuando un oficial no consigue obtener una clasificación, lo ponen a cuidar a los caballos. Es un trabajo que no incluye un salario. Lo máximo que obtendrás por engordar a los caballos, tal como has hecho desde que llegaste, es un “No está mal” dicho de pasada. Pero si alguno se quedara cojo o dejara de mantenerse en forma, te llevarías una reprimenda. Y si a alguno le pasara algo serio, te enjuiciarían y multarían.
Cuando oyó esto, el corazón de Mono entró en llamas. Apretó los dientes y dijo sumamente enojado:
—¡Entonces en ese concepto me tienen! ¿Qué no saben que en la montaña de Flores y Fruta yo era rey y patriarca? ¿Cómo se atreven a engañarme así y hacerme venir a cuidar a los caballos? Si cuidar a los caballos es un trabajo para la chusma, ¿por qué me lo asignan a mí? ¡No lo voy a permitir! ¡Me largo de aquí en este instante!
En un súbito ataque de furia, empujó el escritorio oficial, tomó el tesoro de atrás de su oreja y se precipitó a la Puerta Sur. Las deidades de guardia, que ahora sabían que él era un funcionario autorizado a entrar y salir, no trataron de detenerlo. Rápidamente hizo descender su nube y aterrizó en la montaña de Flores y Fruta.
—¡Pequeños —gritó—, el viejo Mono ha vuelto!
Le dieron un gran banquete de bienvenida.
—Como ha estado diez años en las regiones superiores, podemos con toda seguridad suponer que tuvo mucho éxito.
—¿Diez años? ¿De qué hablan? Estuve allá diez días.
—En el cielo no se dio cuenta de cómo pasaba el tiempo. Un día allá es un año aquí abajo. Díganos por favor qué rango le dieron.
—Ni lo mencionen —dijo Mono— o moriré de vergüenza. El Emperador de Jade no tiene idea de cómo aprovecharlo a uno. Él vio lo que soy, pero todo lo que pudo hacer conmigo fue convertirme en algo que llaman Pi-ma-wên. Me pidieron que cuidara a sus caballos: no es más que un puesto de baja categoría que no está asociado con ningún rango. No me di cuenta de eso cuando acepté el trabajo ni me la pasé mal jugueteando en los establos. Sin embargo, hoy les pregunté a los demás y descubrí qué clase de puesto era. Me puse furioso y enseguida renuncié al trabajo. Así que heme aquí.
—Y qué bueno —dijeron—. Si puede reinar en un sitio encantado como éste, ¿qué sentido tiene que se vaya para ser un mozo de cuadra? Pequeños, preparen un banquete para aclamar a nuestro Gran Rey.
Estaban empezando a beber cuando alguien anunció que había afuera dos reyes demonios de un cuerno que pedían ver al Rey Mono.
—Háganlos pasar —dijo Mono.
Los demonios se acicalaron, entraron a la cueva a toda prisa y se postraron ante él.
—¿Qué los trae por aquí? —preguntó Mono.
—Sabemos desde hace mucho tiempo que aprecias las buenas cualidades, pero no había habido una ocasión apropiada para que te presentáramos nuestros respetos. Sin embargo, al escuchar que obtuviste un puesto en el cielo y volviste triunfante, pensamos que no te opondrías a recibir un pequeño regalo. Aquí tienes este tapete rojo y amarillo; esperamos que lo aceptes. Y si además te dignas a aceptar que tipos humildes como nosotros trabajen a tu servicio, estamos dispuestos a realizar las tareas más ínfimas.
Mono se envolvió en la cobija lleno de júbilo y todos sus súbditos se formaron a rendirle homenaje. Los reyes demonios fueron nombrados mariscales de la vanguardia, y tras expresar su gratitud preguntaron qué puesto tenía Mono en el cielo.
—El Emperador de Jade —dijo Mono— no tiene ninguna consideración por el talento. ¡Me nombró mozo de cuadra!
—Con poderes mágicos como los tuyos —dijeron—, ¿por qué tendrías que rebajarte a cuidar de los caballos? Un título apropiado para alguien como tú sería Gran Sabio Igual a los Cielos.
A Mono le fascinó cómo sonaba eso y, tras exclamar muchas veces:
—¡Bien, bien, bien! —ordenó a sus generales que hicieran un estandarte con la leyenda GRAN SABIO IGUAL A LOS CIELOS con letras grandes.
En lo sucesivo, dijo, nadie se dirigiría a él con ningún otro nombre, y a todos los demonios que reconocían su dominio se les dieron las instrucciones correspondientes.
Al día siguiente, cuando el Emperador de Jade recibió a la corte, el jefe del establo apareció hincado en los escalones del trono para anunciar que el recién nombrado mozo de cuadra se había quejado de que el trabajo no era lo bastante bueno para él y había vuelto a la Tierra.
—Muy bien —dijo el Emperador de Jade—, pueden regresar a sus obligaciones. Enviaré a soldados celestiales para que lo arresten.
Enseguida Vaiśravana y su hijo Natha se ofrecieron para ese servicio. Los pusieron al mando de la expedición y nombraron al Poderoso Espíritu Mágico para que fuera adelante, al general Barriga de Pez para hacer avanzar a la retaguardia y al capitán de los iaksas para empujar a las tropas. Poco después habían salido de la Puerta Sur del cielo e iban camino a la montaña de Flores y Fruta. Eligieron una superficie de tierra plana para acampar y se escogió al Poderoso Espíritu Mágico para provocar la batalla. Se abrochó la armadura y, blandiendo su gran hacha, llegó a grandes zancadas a la boca de la cueva de la Cortina de Agua. Afuera estaba una pandilla de monstruos —lobos, tigres, etcétera— brincando, haciendo floreos con sus lanzas y espadas, saltando y haciendo escándalo.
—Execrables criaturas —gritó el espíritu—, corran a decirle al mozo de cuadra que por órdenes del Emperador de Jade ha venido un gran comandante del cielo a recibir su sumisión. Díganle que se apure o todos ustedes pagarán con sus vidas.
Los monstruos entraron atropelladamente a la cueva.




