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—Sucedió algo terrible —anunciaron.
—¿Qué pasa? —preguntó Mono.
—Hay en la puerta un comandante celestial; dice que lo envió el Emperador de Jade para que le des tu sumisión. Si no te sometes enseguida, dice que todos lo pagaremos con nuestra vida.
—Tráiganme mis armas —gritó Mono.
Se puso el yelmo de bronce, la coraza de oro y los zapatos de pisar nubes y, bastón mágico en mano, salió con sus vasallos detrás y los formó para la batalla.
Cuando el Poderoso Espíritu Mágico lo vio, exclamó:
—¡Mono condenado! ¿Me conoces o no?
—¿Qué vil deidad eres? —preguntó Mono—. Nunca en la vida te había visto. Dime tu nombre en este instante.
—Inmundo embaucador —gritó—, ¿cómo te atreves a fingir que no me conoces? Soy el Poderoso Espíritu Mágico, líder de la vanguardia de las huestes celestiales de Vaiśravana. Vengo por órdenes del Emperador de Jade para recibir tu sumisión. Desármate ahora mismo y ponte en manos de la misericordia celestial, o se pasará a cuchillo a todos los habitantes de esta montaña. Si tan sólo murmuras la mitad de la palabra “No”, al instante serás cortado en pedazos.
—Vil deidad —gritó Mono, enojadísimo—, deja de alardear. Si te mato con un golpe de mi bastón, no podrás llevar mi mensaje. Así, te perdonaré la vida para que regreses al cielo y le digas al Emperador de Jade que no sabe cómo emplear a un buen hombre cuando lo encuentra. Domino innumerables artes mágicas. ¿Por qué habían de ponerme a cuidar a los caballos? Mira lo que está escrito en este estandarte. Si reconoce mi derecho a este título, lo dejaré en paz, pero si se rehúsa, enseguida subiré y daré un golpe tan fuerte a su palacio que se caerá de su sofá de dragón.
El espíritu miró alrededor y vio el estandarte con su inscripción y soltó una carcajada.
—¡La insolencia de este horrible mono! —gritó—. Llámate “Igual a los Cielos” si quieres, pero antes trágate una buena dosis de mi hacha —y al decir esto lanzó un golpe contra la cabeza de Mono.
Éste no se alteró y detuvo el golpe con su bastón. Vino a continuación un buen pleito. Al final, el espíritu ya no aguantaba más. Mono lanzó un golpe rotundo a su cabeza y él intentó bloquearlo con el hacha. El hacha se partió en dos y el espíritu tuvo que salir huyendo. De regreso en el campamento, fue directo con Vaiśravana y, arrodillado frente a él, dijo entre jadeos:
—El mozo tiene poderes mágicos demasiado fuertes para nosotros. Fui incapaz de hacerle frente y ahora vengo en busca de misericordia.
—Este infeliz me ha humillado —dijo Vaiśravana, mirando con desdén al espíritu—. ¡Llévenselo y córtenle la cabeza!
Pero su hijo, el príncipe Natha, dio un paso al frente y, haciendo una profunda reverencia, dijo:
—Padre, no te enojes. Perdónale la vida al espíritu por un tiempo y déjame ir a luchar para que sepamos cómo están las cosas en realidad.
Vaiśravana aceptó la oferta y le ordenó al espíritu que regresara al campamento y esperara el juicio.
El príncipe, con la armadura ya abrochada, salió corriendo del campamento y fue a toda prisa a la cueva de la Cortina de Agua. Mono estaba desarmándose, pero en eso acudió a la puerta y dijo:
—¿De quién eres hermano menor y por qué vienes a colarte por aquí?
—¡Simio nauseabundo! —gritó Natha—. ¿Por qué finges no conocerme? Soy el tercer hijo de Vaiśravana. El Emperador de Jade me mandó para arrestarte.
—Principito —dijo Mono entre risas—, ni siquiera se te han caído los dientes de leche y el útero que te dio a luz no se ha secado. ¿Cómo te atreves a fanfarronear así? Por ahora te perdonaré la vida, siempre y cuando mires lo que está escrito en ese estandarte y le digas al Emperador de Jade que si me otorga ese rango no tendrá que mandar a ningún otro ejército y me someteré voluntariamente. Pero si no accede, iré y derribaré a golpes su palacio de Joyas de las Mágicas Brumas.
Natha levantó la vista y vio la inscripción GRAN SABIO IGUAL A LOS CIELOS.
—¡Debes de creerte un fabricante de maravillas para que oses reivindicar semejante título! —dijo Natha—. No te preocupes: un golpe de mi espada te pondrá los pies en la tierra.
—Me mantendré firme —dijo Mono—, y puedes romper conmigo cuantas espadas quieras.
—¡Cambia! —rugió Natha y enseguida se transformó en una deidad con tres cabezas y seis brazos.
—¡Conque este hermanito conoce algunos trucos! —se burló Mono—. Te daré a conocer mi magia.
Al decir esto él también adquirió tres cabezas y seis brazos y al mismo tiempo transformó su garrote en tres garrotes y tomó cada uno de ellos con dos manos. La batalla que vino a continuación sacudió la tierra e hizo retumbar las montañas. Fue sin duda un gran pleito. Cada uno hizo despliegue de sus aterradores poderes y pelearon hasta treinta veces. El príncipe convirtió sus seis armas en un millón y Mono hizo lo mismo. Caían chispas cual estrellas fugaces mientras ellos combatían entre el cielo y la tierra, y ninguno aventajaba al otro.
No obstante, Mono tenía manos y ojos veloces. En el momento más álgido de la refriega, retomó su forma original y, garrote en mano, se enfrentó a Natha. Con su propia figura pudo moverse con mayor libertad y, colocándose detrás de la cabeza del príncipe, le dio un tremendo golpe en el hombro. Mientras Natha preparaba una nueva magia, oyó el ruido del garrote al surcar el aire. No le dio tiempo de esquivarlo y fue tan fuerte el dolor que enseguida salió huyendo, recobró su forma auténtica y volvió con ignominia al campamento de su padre.
Vaiśravana había estado viendo la batalla y se planteaba ir a echarle una mano a su hijo cuando Natha de pronto apareció frente a él y, temblando de pies a cabeza, dijo:
—¡Padre y rey mío! Es cierto que el mozo tiene unos poderes tremendos. Ni yo, con mi magia, pude resistirlos, y al final me hirió el hombro.
—Si alguien tiene semejantes poderes —dijo Vaiśravana, consternado—, ¿cómo lo haremos entrar en vereda?
—Afuera de su cueva puso un estandarte que tiene inscrita la leyenda GRAN SABIO IGUAL A LOS CIELOS —dijo el príncipe—. Tuvo la insolencia de decir que si reconoces su derecho a ese título dejaría de darnos dolores de cabeza. De lo contrario derribará a golpes el palacio de Joyas de las Mágicas Brumas.
—En tal caso más nos vale dejarlo solo por ahora —dijo Vaiśravana—. Informaré de esto al Emperador de Jade y le pediré refuerzos celestiales para que podamos encerrarlo antes de que sea demasiado tarde.
Cuando le explicaron la situación al Emperador de Jade, éste dijo:
—¿Esperan que crea que un mono es tan poderoso que se necesitan refuerzos para lidiar con él?
Natha dio un paso adelante.
—Grandísimo —dijo—, aunque sé que merezco que me mate con sus propias manos, le suplico que me escuche. Ese mono posee un garrote de hierro con el que primero derrotó al espíritu del río y luego me hirió en el hombro.
—¡Llévense a todo el ejército y denle muerte en el acto! —ordenó el emperador.
En ese momento intervino el espíritu del planeta Venus:
—Ese mono lanza palabras de modo temerario y no hay razón alguna para suponer que puede cumplir todas sus amenazas. No obstante, si se mandan soldados para ocuparse de él, eso implicará una larga y agotadora campaña. Sería mejor si su majestad ejerciera la clemencia. Diga que desea una solución pacífica y que está completamente dispuesto a permitirle ser el Gran Sabio Igual a los Cielos. No hará ningún daño que tenga un puesto nominal con ese título, sin salario, por supuesto.
—No estoy seguro de entender qué puesto propones que tenga —dijo el Emperador de Jade.
—Podría llamársele con ese título —dijo el planeta—, sin que tenga obligaciones especiales ni un salario. La ventaja sería que, al vivir en terreno celestial, en poco tiempo se desviaría de su vida depravada, olvidaría sus locos ardides y el universo encontraría pronto la paz.
—¡De acuerdo! —exclamó el emperador y se envió al planeta a transmitir la ofrenda de paz.
Salió del cielo por la Puerta Sur y fue directo a la cueva de la Cortina de Agua. Esa vez las cosas fueron muy diferentes. El lugar estaba repleto de armas; había toda clase de ogros en guardia y estaban armados de lanzas, espadas y bastones, que blandían con fiereza, brincando de un lado a otro. Al ver al espíritu estrella, todos se precipitaron contra él.
—Vamos, caciques —dijo el espíritu—, ¿serían ustedes tan amables de decirle a su señor que estoy aquí? Soy un mensajero celestial, enviado por Dios en las alturas, y vengo con un llamado a su rey.
—Démosle la bienvenida —dijo Mono cuando oyó que un mensajero había ido—. Debe de ser el espíritu del planeta Venus, el que vino antes a buscarme. Esa vez, aunque el trabajo que me dieron era indigno de mí, el tiempo que pasé en el cielo no estuvo del todo malgastado. Corrí bastante y llegué a conocer bien el lugar. Sin duda, en esta ocasión viene a ofrecerme algo mejor.
Y les ordenó a los caciques que hicieran pasar al espíritu y lo recibieran ondeando banderas y tocando los tambores. Mono lo esperaba en la boca de la cueva con la panoplia puesta, rodeado de huestes de monos de menor grado.
—Entra, vieja estrella, y perdona que no haya venido a recibirte —dijo.
—Tus colegas le informaron al Emperador de Jade que estabas descontento con tu nombramiento en los establos y que te fugaste. El emperador dijo: “Todo mundo tiene que empezar con algo pequeño e ir ascendiendo a fuerza de trabajo. ¿Cuál es su queja?”. Y se envió a unos ejércitos para someterte. Cuando tus poderes mágicos demostraron ser superiores a los suyos y se planteó que se unieran todas las fuerzas del cielo para enviarlas contra ti, yo intercedí y propuse que se te confiriera el título que has adoptado. Se aceptó, y ahora vengo por ti.
—Estoy muy agradecido contigo por las molestias que te tomaste la vez pasada y ahora —dijo Mono—, pero no sé si en el cielo exista el rango de Gran Sabio Igual a los Cielos.
—Mi sugerencia fue que se te diera ese rango y se aceptó —dijo el planeta—. De otro modo nunca me habría atrevido a traerte el mensaje. Si algo sale mal, estoy listo para asumir la responsabilidad.
Mono quiso detener a Venus y dar un banquete en su honor, pero el planeta no quiso quedarse. Ambos emprendieron juntos el camino hacia la Puerta Sur del cielo.
Cuando se anunció al “mono de cuadra”, el Emperador de Jade dijo:
—Ven aquí, Mono. Te declaro Gran Sabio Igual a los Cielos. Es un alto rango y espero que ya no hagas tonterías.
Mono dio gritos de alegría y se deshizo en agradecimientos para el emperador.
Se les ordenó a unos carpinteros celestiales que construyeran la oficina del Gran Sabio a la derecha del jardín de durazneros. Tenía dos departamentos: uno llamado Paz y Silencio y el otro, Espíritu Tranquilo. En cada uno había funcionarios inmortales que se ocupaban de Mono dondequiera que fuera. Se destacó a un espíritu estrella para que escoltara a Mono a sus nuevas habitaciones y se le dio una ración de dos jarras de vino imperial y diez ramilletes de flores de hoja dorada. Se le suplicó que no se alborotara y que no empezara otra vez con sus travesuras.
En cuanto llegó, abrió las dos jarras e invitó a todos los de su oficina a festejar. El espíritu estrella regresó a sus propias habitaciones. Mono, que tuvo que arreglárselas solo, gozó de una libertad perfecta y de una alegría nunca antes vistas ni en el cielo ni en la Tierra.
Y si no sabes qué es lo que pasó al final, tienes que escuchar lo que se cuenta en el siguiente capítulo.
V
LA HISTORIA DEL REY MONO

MONO NO SABÍA nada de asuntos oficiales y fue una suerte que no tuviera que hacer nada más que marcar su nombre en una lista. Por lo demás, él y sus subordinados comían sus tres alimentos al día, dormían profundamente por la noche y no tenían ninguna preocupación: nada más que una libertad y una independencia perfectas. Cuando no pasaba nada más, salía a dar la vuelta y se hacía amigo de los demás habitantes del cielo. Tenía el cuidado de dirigirse a los miembros de la Trinidad como “venerables” y a los cuatro emperadores como “su majestad”, pero a todos los demás, planetas, mansiones lunares, espíritus de las horas y los días, los trataba como iguales. Un día paseaba hacia el este; al día siguiente caminaba hacia el oeste; nadie obstaculizaba sus idas y venidas, como nadie obstaculiza el paso de las nubes. Un buen día, en la corte, se presentó un inmortal e hizo la siguiente propuesta:
—El Gran Sabio Igual a los Cielos no tiene obligación alguna y se la pasa dando vueltas y congeniando. Todas las estrellas del cielo, superiores e inferiores, son ahora sus amigotas. De eso no puede salir nada bueno, a menos que se le encuentre algún modo de emplear el tiempo.
El Emperador de Jade mandó llamar a Mono, que llegó jubiloso y preguntó:
—¿Qué ascenso o recompensa se dispone a anunciarme su majestad?
—Ha llegado a mis oídos que no tienes nada particular que hacer, así que te daré un trabajo. Tendrás que cuidar el jardín de durazneros; quiero que ejerzas este trabajo con la mayor atención.
Mono estaba encantado de la vida e, incapaz de esperar un momento, se precipitó a asumir sus nuevas obligaciones en el jardín de durazneros. Encontró ahí a un espíritu local, que le gritó:
—Gran Sabio, ¿a dónde vas?
—A hacerme cargo del jardín de durazneros —respondió—. Su majestad me lo encomendó.
El espíritu hizo una profunda reverencia y llamó a los fuertes encargados de labrar la tierra, sacar el agua, cuidar los árboles y barrer las hojas para que le rindieran pleitesía a Mono.
—¿Cuántos árboles hay? —le preguntó Mono al espíritu local.
—Tres mil seiscientos. Del lado exterior hay mil doscientos, con flores discretas y pequeñas frutas. Maduran cada tres mil años. Quien las come se convierte en genio omnisciente; sus extremidades son fuertes y su cuerpo, ligero. En medio del jardín hay mil doscientos árboles con flores dobles y frutas dulces. Ésas maduran cada seis mil años y quien las come puede levitar a voluntad y nunca envejece. En el fondo del jardín hay mil doscientos árboles que dan frutas con manchas moradas y huesos amarillo pálido. Maduran cada nueve mil años y quien las come vive más que el cielo y la Tierra y está a la par del sol y la luna.
Mono estaba fascinado y enseguida empezó a revisar los árboles y a hacer una lista de las pérgolas y las pagodas. A partir de entonces sólo se entretenía una vez al mes, el día de luna llena, y el resto del tiempo no veía a sus amigos ni iba a ninguna parte. Un día vio que en lo alto de algunos árboles había muchos duraznos maduros y decidió comerlos antes de que nadie más tuviera oportunidad. Desafortunadamente sus vasallos lo vigilaban de cerca y, para quitárselos de encima, dijo:
—Estoy cansado. Voy a descansar un poco en esa pérgola. Espérenme afuera de las puertas.
Cuando se retiraron, se quitó el sombrero y la toga de la corte, subió un árbol alto y empezó a arrancar la fruta más grande y madura que veía. Sentado a horcajadas en una rama, se agasajó a placer y luego bajó. Se puso la toga y el sombrero y llamó a sus vasallos para que lo atendieran mientras regresaba solemnemente a su alojamiento. Después de unos cuantos días volvió a hacer lo mismo.
Una mañana, su majestad la Reina del Cielo, tras haber decidido dar un banquete de duraznos, les dijo a las hadas doncellas, la de rojo, la de azul, la de blanco, la de negro, la de morado, la de amarillo y la de verde, que cogieran sus canastas y fueran al jardín de durazneros a cosechar fruta. Encontraron a los vasallos de Mono en la puerta impidiendo el paso.
—Venimos por órdenes de su majestad a recoger duraznos para un banquete —dijeron.
—Deténganse, hermosas hadas —dijo uno de los custodios—. Las cosas han cambiado desde el año pasado. Ahora este jardín se ha encomendado al Gran Sabio Igual a los Cielos y debemos pedirle permiso antes de dejarlas pasar.
—¿Y dónde está? —preguntaron.
—Se ha sentido un poco cansado —dijo un espíritu guardián— y está tomándose una siesta en la pérgola.
—Muy bien —dijeron—. Vayan a buscarlo porque ya tenemos que ponernos a trabajar.
Aceptaron ir y decirle, aunque encontraron la pérgola vacía, salvo por el sombrero y la toga. Empezaron a buscarlo, pero no estaba por ningún lado. Lo cierto es que Mono, después de escabullirse para comer varios duraznos, se había transformado en un monito de cinco centímetros y dormía acurrucado debajo de una hoja gruesa muy en lo alto del árbol.
—Debemos cumplir con nuestras órdenes —dijeron las hadas doncellas—, sin importar si lo encuentran o no. No podemos regresar con las manos vacías.
—Tienen razón, hermosas hadas —dijo un oficial—, no debemos hacerlas esperar. Nuestro patrón estaba acostumbrado a pasear muchísimo y probablemente fue a ver a alguno de sus viejos amigos. Vayan a recoger sus duraznos y cuando vuelva se lo diremos.
Así que fueron al jardín y primero llenaron tres canastas con duraznos de los árboles de la parte más próxima del jardín y luego tres de los árboles de en medio, pero al llegar a los del fondo no encontraron más que tallos rotos. Alguien se había llevado todos los duraznos. Sin embargo, después de una larga búsqueda consiguieron hallar un durazno solitario que no estaba completamente maduro colgando en una rama que daba al sur. El hada de azul jaló la rama hacia ella, arrancó el durazno y la soltó. Era la mismísima rama donde Mono dormía en su forma diminuta. La sacudida lo despertó y, transformándose de nuevo a toda velocidad, gritó:
—¡¿De dónde vienen, monstruos, y cómo es que tienen la audacia de arrancar mis duraznos?!
Las aterrorizadas hadas doncellas cayeron de rodillas al mismo tiempo y exclamaron:
—¡Gran Sabio, no te enojes! No somos monstruos, sino siete hadas doncellas enviadas por la Reina del Cielo a recoger frutas para su banquete de duraznos. Cuando llegamos a la puerta encontramos a tus oficiales en guardia. Te buscaron por todas partes, pero sin éxito. Nos daba miedo hacer esperar a su majestad, así que, como nadie te encontraba, entramos e iniciamos la cosecha. ¡Te rogamos que nos disculpes!
Entonces Mono fue todo afabilidad.
—Levántense, hadas —pidió—. Díganme, ¿quiénes están invitados a este banquete?
—Es un banquete oficial y, desde luego, están invitadas ciertas deidades. El Buda del Cielo del Oeste estará ahí, al igual que los bodhisattvas y lo-hans. También Kuan-yin y los inmortales de las Diez Islas. Vendrán asimismo los cinco espíritus de la Estrella Polar, los emperadores de las Cuatro Direcciones, los dioses e inmortales de los mares y montañas. Todos ellos vendrán al banquete.
—¿Y a mí me van a invitar? —inquirió Mono.
—No he oído que lo sugieran —respondió un hada doncella.
—Pero soy el Gran Sabio Igual a los Cielos —dijo Mono—. ¿Por qué no me invitarían?
—Sólo podemos decirte quiénes están invitados según las reglas —explicaron—. Qué vaya a hacerse en esta ocasión es algo que no sabemos.
—Muy bien, queridas —dijo Mono—. No les estoy echando la culpa. Espérenme aquí un momento mientras salgo a tantear las aguas para saber si me van a invitar o no.
¡Querido Mono! Recitó una fórmula mágica y les gritó a las doncellas:
—¡Quédense aquí, quédense aquí, quédense aquí!
Era una magia que servía para engarrotar, y las hadas por consiguiente se clavaron en el punto donde estaban paradas. Mono emprendió el camino en su nube mágica, atravesó el jardín por los aires y se dirigió a toda prisa al estanque de Jade Verde. En el camino se cruzó con el Inmortal Patirrojo. Enseguida pensó en un plan para engañar al inmortal y asistir al festín en su lugar.
—Viejo sabio, ¿a dónde vas? —preguntó.
—Me invitaron al banquete de duraznos —respondió el inmortal.
—Probablemente no te has enterado… —dijo Mono—. Como vuelo tan rápido en mi nube, el Emperador de Jade me pidió que fuera con todos los invitados a decirles que primero habrá un ensayo de las ceremonias en el salón de la Luz Penetrante.
El inmortal era un alma cándida y cayó en el engaño.
—Otros años hemos tenido el ensayo en el mismo lugar que el banquete —dijo—, pero le agradezco muchísimo —y virando su nube se dirigió al salón de la Luz Penetrante.
Entonces Mono recitó un encantamiento y se transformó en una copia exacta del Inmortal Patirrojo y se dirigió al estanque de Jade Verde. Al cabo de un rato llegó a la torre del Tesoro y entró con discreción. Todo estaba listo para el festín, pero nadie había llegado. Mono contemplaba la escena cuando de pronto llegó a sus narices un agradable aroma. Volteó y en una galería a la derecha vio a varios genios fabricando vino. Algunos llevaban la uva machacada; otros, agua. Unos niños mantenían el fuego encendido; otros lavaban las jarras. El vino que ya estaba hecho despedía un perfume delicioso. A Mono se le hizo agua la boca y enseguida habría ido a beber un poco si no fuera por la presencia de todos esos sirvientes. Se vio obligado a emplear sus poderes mágicos. Tomó un poco de su pelusa más fina, se la echó en la boca, la masticó para formar pedazos aún más pequeños y la escupió, gritando:
—¡Cambien! —y entonces cada pelo se transformó en un insecto adormecedor.
En eso volaron hacia los sirvientes y se instalaron en sus cachetes. ¡Mira cómo las manos caen a sus costados, la cabeza se les hunde, se les cierran los ojos y se quedan dormidos!
Entonces Mono agarró unas de las más selectas viandas y los más delicados platillos, corrió a la galería, agarró una jarra de vino, se sirvió en un vaso y se dispuso a beberlo.
Cuando llevaba ya un rato bebiendo y estaba bastante tomado, dijo para sus adentros: “Mal, muy mal. No tardan en llegar las visitas y yo me meteré en problemas. No sirve de nada que me quede aquí; mejor voy a dormir en mi propio cuarto”.
¡Querido Mono! Tambaleándose y dando traspiés, empeorado con el alcohol, se perdió y en lugar de llegar a su casa lo hizo al palacio Tushita. En eso volvió en sí y se dio cuenta de dónde estaba. “¡Vaya! Aquí es donde vive Lao Tsé”, dijo para sus adentros. “¿Cómo llegué aquí? Bueno, siempre he querido conocer a ese viejo y nunca he tenido la oportunidad. No sería mala idea, ahora que estoy aquí, ir a echarle un ojo.”
Así que se arregló la ropa y entró. Pero no había ninguna señal de Lao Tsé ni de nadie más. En realidad Lao Tsé estaba en un cuarto superior con Dīpānkara, Buda del Pasado, exponiendo el camino a un público de oficiales inmortales, pajes y funcionarios.
Mono fue directo al laboratorio alquímico. No encontró a nadie ahí, pero había un brasero encendido a un lado de la chimenea, con cinco jícaras dispuestas alrededor, en las que había elíxir ya preparado.
—Éste —exclamó Mono contentísimo— es el mayor tesoro de los inmortales. Desde mi iluminación resolví el secreto de la identidad del mundo interior y el mundo exterior y yo mismo estuve a punto de producir un pequeño elíxir, pero de repente tuve que volver a casa y ocuparme de otros asuntos. Creo que tomaré una píldora o dos.
Inclinó las jícaras y se comió los contenidos como si fuera un plato de frijoles.
Al cabo de un rato, lleno de elíxir, y con los efectos del vino ya pasándosele, otra vez hizo un balance de la situación y pensó: “¡Mal, mal! Esta aventura es todavía más desafortunada que la anterior. Si el Emperador de Jade se entera, estoy perdido. ¡Corre, corre, corre! Me iba mejor como rey del mundo inferior”.
Salió a toda prisa del palacio Tushita, pero no tomó su camino habitual, sino que se dirigió a la Puerta Oeste del cielo. Ahí hizo un truco de magia que lo volvió invisible e hizo descender su nube hasta llegar de vuelta a las fronteras de la montaña de Flores y Fruta. Divisó unas lanzas que brillaban y unos estandartes ondeando y concluyó que sus vasallos practicaban las artes de la guerra.
—¡Pequeños, heme aquí! —gritó.
Todos soltaron las armas y cayeron de rodillas.
—Gran Sabio —dijeron—, descuida mucho a sus súbditos. ¡Mire que irse todo este tiempo sin preguntarse qué sería de nosotros!




