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Con todo, organizaron un gran banquete para darle la bienvenida y le llevaron un gran tazón de piedra lleno de vino de dátil. Tras darle un trago, torció el gesto y dijo:
—¡Qué cosa más horrible! No puedo beberlo.
Dos de sus generales se presentaron al momento.
—¡Gran Sabio! —dijeron—, sin duda en el palacio del cielo has estado bebiendo el vino de los inmortales y por esa razón ya no toleras este vino de dátil. Pero dice el proverbio: “No hay mejor agua que el agua de nuestra tierra”.
—Y prosigue: “No hay gente como nuestra propia gente” —dijo Mono—. Cuando me divertía en el estanque de Jade Verde vi una botella tras otra de jugo de jade y extracto de rubí, como nunca en su vida han probado. Regresaré para robar un poco para ustedes. Media taza para cada uno y así nunca envejecerán.
Los monos estaban encantados y el sabio salió a la puerta de la cueva, dio una voltereta, se hizo invisible y regresó al cielo. Encontró a los fabricantes de vino, a los que llevaban el sedimento y el agua y a los que encendían el fuego; todos aún roncaban ruidosamente. Tomó un par de grandes botellas, una debajo de cada brazo, y dos más, una en cada mano; fue a su nube y regresó. Había gran cantidad de monos reunidos y a cada uno le tocó una taza o dos. Todos estaban exultantes.
Mientras tanto, las siete hadas doncellas siguieron encantadas un día entero. Cuando al fin pudieron moverse, recogieron sus canastas de flores y regresaron con la Reina del Cielo a decirle que el Gran Sabio Igual a los Cielos las había retenido con su magia y por eso llegaban tan tarde.
—¿Cuántos duraznos recogieron? —preguntó.
—Tenemos dos canastas de duraznos pequeños y tres de duraznos medianos. Pero cuando volvimos al fondo del jardín descubrimos que la mitad de los duraznos grandes había desaparecido. Parece que el Gran Sabio se los comió. Mientras lo buscaban, de repente apareció entre nosotras, armó una escena horrible y preguntó quiénes estaban invitados al banquete. Le hablamos de las disposiciones habituales para esos festines y fue entonces cuando nos hechizó y se fue, no sabemos a dónde. Apenas hace un rato conseguimos romper el hechizo y regresar.
La Reina del Cielo fue en el acto con el Emperador de Jade y, mientras le contaba lo sucedido, una multitud de fabricantes de vino y otros funcionarios celestiales entraron en tropel para anunciar que alguien había estropeado los arreglos para el banquete, se había robado el vino y dado cuenta de las exquisiteces. En ese momento se anunció al Supremo Patriarca del Tao. El emperador y su consorte salieron a recibirlo.
—Lamento tener que informarles a sus majestades —dijo Lao Tsé— que alguien me robó el elíxir que preparaba para el siguiente banquete de cinabrio.
Se presentó entonces un miembro del séquito celestial de Mono e informó que el Gran Sabio había desaparecido desde el día anterior y nadie sabía qué había sido de él. Se confirmaron así las sospechas del Emperador de Jade. En ese instante el Inmortal Patirrojo apareció ante el trono.
—Iba yo camino al banquete, en respuesta a la invitación de su majestad, cuando encontré al Gran Sabio Igual a los Cielos, quien me dijo que se le había pedido informar a todos los invitados que primero debían ir al salón de la Luz Penetrante a ensayar las ceremonias del banquete. Hice lo que él dijo, pero cuando llegué ahí no vi ninguna señal de que sus majestades hubieran llegado y pensé que sería mejor venir enseguida a la corte.
El Emperador de Jade estaba más indignado y estupefacto que nunca.
—¡Así que el muy bribón falsifica las órdenes imperiales y engaña a mis ministros! —exclamó—. Díganle al detective celestial que le sigan la pista de inmediato.
Después de una investigación exhaustiva, el detective informó que los disturbios del cielo habían sido causados por el Gran Sabio.
Entonces el Emperador de Jade ordenó a los reyes de las cuatro direcciones, a Vaiśravana y su hijo que reunieran a las veintiocho mansiones lunares, los nueve planetas, las doce horas y todas las estrellas, además de cien mil soldados celestiales, y que acordonaran la montaña de Flores y Fruta para que Mono no tuviera escapatoria.
Cuando eso se hubo hecho, se convocó a los planetas para que ellos le comunicaran el desafío. Mono y sus generales estaban bebiendo vino celestial, y cuando se le informó que los planetas estaban en la puerta se negó a tomarse la molestia. Citó:
Si hoy tienes vino, embriágate hoy;
no hagas caso de lo que esté en la puerta, sea bueno o malo.
En ese momento un diablillo llegó disparado a decir que esas nueve fieras deidades estaban rabiando en la puerta, lanzando gritos de guerra. Mono nada más se rio.
—No les hagan caso —dijo.
La poesía y el vino bastan para alegrar este día;
las grandes acciones deben aguardar su turno: la gloria puede
[darse el lujo de esperar.
Pero mientras él hablaba otro diablillo entró a toda prisa.
—¡Padre! —gritó—. Esas nueve fieras deidades ya rompieron la puerta y están avanzando para atacar.
—¿Qué no tienen modales esos sinvergüenzas? —gritó Mono—. Yo nunca me he entrometido en sus asuntos. ¿Por qué tienen que venir aquí a acosarme?
Y ordenó al ogro de un cuerno que condujera a los reyes de las setenta y dos cuevas a la batalla, mientras que él y sus cuatro generales irían en la retaguardia. El ogro y sus vasallos no pudieron avanzar más allá del puente de Hierro. Ahí los planetas les obstaculizaron el camino.
—¡Abran paso! —gritó Mono, y caminó entre ellos a grandes zancadas blandiendo su garrote.
Los planetas no se le opusieron y se batieron en retirada. Tras volver a formar filas un poco más allá, su líder gritó:
—¡Mozo insensato! ¿Hay algún crimen que no hayas cometido? Robaste duraznos y robaste vino, afectaste el gran banquete, sustrajiste el elíxir de Lao Tsé y luego te llevaste más vino para tu propio banquete. Has acumulado un pecado tras otro. ¿No te das cuenta de lo que has hecho?
—Cierto, todo muy cierto —dijo Mono—. ¿Y qué van a hacer al respecto?
—Nos mandó el Emperador de Jade a recibir tu sumisión. Si te rindes de inmediato, serás perdonado; si no, patearemos el suelo de tu montaña hasta que quede plana y despedazaremos tu cueva.
—¿Y de dónde sacarán la fuerza para hacer eso? —preguntó Mono—. ¿Cómo se atreven a decir esos disparates? No se muevan y prepárense para recibir el garrote de este viejo mono.
Los planetas se abalanzaron sobre Mono, pero no se asustó en lo más mínimo. Blandió su garrote, rechazó unos golpes por aquí, dio unas estocadas por allá, hasta que los planetas quedaron exhaustos y uno por uno se escabulleron arrastrando sus armas para refugiarse en sus tiendas de campaña.
—Ese Rey Mono sí que es un luchador valiente —le dijeron a Vaiśravana—. No pudimos vencerlo y tuvimos que rendirnos en la pelea.
Entonces se ordenó a los reyes de las cuatro direcciones y a las veintiocho mansiones lunares que avanzaran. Pero Mono no temblaba y les pidió al ogro de un cuerno, a los reyes de las setenta y dos cuevas y a sus cuatro valientes generales que tomaran sus posiciones afuera de la cueva.
El combate empezó al amanecer y duró hasta que el sol se ocultó tras las colinas del oeste. Al ogro de un cuerno y a todos los reyes de las setenta y dos cuevas los capturaron y se los llevaron. Sólo los cuatro generales y los monos escaparon y se escondieron en los lejanos recovecos de la cueva. Pero Mono, completamente solo, garrote en mano, contuvo a los reyes de las cuatro direcciones, a Vaiśravana y a Natha, enfrentándolos entre la Tierra y el cielo. Al final, al ver que se acercaba la noche, se arrancó un puñado de pelos, se los echó en la boca, los masticó hasta reducirlos de tamaño, los escupió y gritó:
—¡Cambien! —con lo que se transformaron en miles de monos armados cada uno con un garrote revestido de metal.
Ellos llevaron de vuelta a Vaiśravana, Natha y los cuatro reyes. En eso Mono, victorioso al fin, retiró los pelos y volvió a su cueva. En el puente de Hierro lo recibieron los cuatro generales y las huestes de monos. Al verlo aullaron tres veces y se rieron, jijijí, jojojó, tres veces.
—¿Por qué aullaron tres veces y se rieron tres veces cuando me vieron? —preguntó Mono.
—Aullamos porque el ogro de un cuerno y los setenta y dos reyes fueron derrotados y capturados y porque nuestras vidas estuvieron en peligro. Nos reímos alegres porque regresaste victorioso e ileso.
—Siempre hay derrota en la victoria y victoria en la derrota —dijo Mono—. Como dice el viejo dicho: “Matar a diez mil cuesta tres mil”. En este caso los caciques capturados eran tigres, leopardos, lobos y otros por el estilo. A ninguno de nosotros se lo llevaron o lo hirieron, así que no hay nada de que preocuparse. Gracias al arte de la autodivisión los hice huir, pero es seguro que acamparon al pie de la montaña. Debemos mantener la más rigurosa guardia y dosificar nuestras fuerzas. Mañana me verán usar mi magia más potente contra esas divinidades y vengar a los capturados.
Luego los cuatro generales y los monos bebieron una o dos tazas de vino de dátil y se fueron tranquilamente a dormir.
Tras la retirada de los reyes de las cuatro direcciones, todos los guerreros celestiales hablaron de sus hazañas. Algunos habían capturado tigres y leopardos; otros, venados, lobos y zorros. Pero ninguno pudo alardear de haber tomado preso a un mono. Sí habían instalado un campamento, como pronosticó Mono, y lo rodearon de una gran empalizada. Ahí se recompensó a los meritorios y a las tropas que acordonaron las cuevas se les ordenó dar aviso con una campana o gritar y estar listos para la gran batalla que tendría lugar al romper el alba.
En el siguiente capítulo sabrás cómo les fue una vez que amaneció.
VI
LA HISTORIA DEL REY MONO

ENTONCES EL GRAN SABIO descansó tranquilo con las huestes celestiales rodeándolo. Mientras tanto, la gran compasiva bodhisattva Kuan-yin había acudido a la fiesta por invitación de la Reina del Cielo. Llevó consigo a su principal discípulo, Hui-yen, y al llegar les asombró encontrar las salas de banquetes completamente desoladas y en desorden. Los sillones estaban rotos o hechos a un lado,y aunque había unos pocos inmortales, no habían hecho el intento de tomar sus lugares, sino que estaban de pie, dispersos en grupos bulliciosos, protestando y discutiendo. Después de saludar a la bodhisattva le contaron toda la historia de lo que había pasado.
—Si no hay banquete ni bebidas, mejor vengan todos conmigo a ver al Emperador de Jade —dijo.
En el camino se cruzaron con el Inmortal Patirrojo y otros, quienes les dijeron que se había enviado a un ejército celestial para detener al culpable, pero aún no había regresado.
—Me gustaría ver al emperador —dijo Kuan-yin—. Debo pedirte que anuncies mi llegada.
Lao Tsé estaba con el emperador, y la Reina del Cielo permanecía de guardia detrás del trono.
—¿Qué pasó con el banquete de duraznos? —preguntó Kuan-yin después de concluir el intercambio de los saludos habituales.
—Siempre ha sido muy divertido, año tras año —dijo el emperador—. Es muy decepcionante que este año todo lo haya alterado ese terrible simio. Mandé a cien mil soldados para cercarlo, pero ha pasado todo el día sin que reciba noticias y no sé si lo habrán logrado.
—Creo que deberías bajar rápidamente a la montaña de Flores y Fruta —le dijo la bodhisattva a su discípulo, Hui-yen— para investigar cómo está la situación militar. Si hay hostilidades en curso, puedes echar una mano. En todo caso, dinos exactamente cómo van las cosas.
Cuando llegó, encontró un cordón militar con muchos soldados y centinelas que vigilaban todas las salidas. La montaña estaba completamente rodeada y escapar habría sido imposible. Apenas amanecía cuando Hui-yen, que era el segundo hijo de Vaiśravana y ostentaba el título de príncipe Moksha antes de su conversión, fue conducido a la tienda de su padre.
—¿De dónde vienes, hijo mío? —preguntó Vaiśravana.
—Me enviaron para ver cómo están las cosas.
—Ayer acampamos aquí —dijo Vaiśravana— y mandé a los nueve planetas como contendientes, pero no pudieron resistir la magia de este bribón y volvieron desconcertados. Luego encabecé un ejército yo mismo y él reunió a sus seguidores. Éramos aproximadamente cien mil hombres y peleamos con él hasta el anochecer, cuando él usó un método mágico para automultiplicarse y tuvimos que batirnos en retirada. Al revisar nuestro botín de guerra, descubrimos que habíamos capturado cierta cantidad de tigres, lobos, leopardos y otros animales, pero ni un solo mono. El día de hoy no empezó la pelea.
Mientras hablaban, un mensajero entró corriendo y anunció que estaban afuera el Gran Sabio y su hueste de monos dando sus gritos de guerra. Los reyes de las cuatro direcciones, Vaiśravana y su hijo Natha acababan de acordar salir a recibirlo cuando Hui-yen dijo:
—Padre, me mandó la bodhisattva a obtener información, pero dijo que si había hostilidades en curso debía yo echar una mano. Confieso que me gustaría ir a darle un vistazo al Gran Sabio.
—Hijo mío —dijo Vaiśravana—, es imposible que hayas estudiado tantos años con la bodhisattva sin aprender alguna forma de magia. No olvides ponerla en práctica.
¡Querido príncipe! Preparando su capa bordada y blandiendo su garrote de hierro con las dos manos, acudió presuroso a la entrada del campamento gritando a voz en cuello:
—¿Quién de ustedes es el Gran Sabio Igual a los Cielos?
Mono levantó su bastón de los deseos y respondió:
—Soy yo. ¿Y quién eres tú, que irreflexivamente te atreves a preguntar por mí?
—Soy el segundo hijo de Vaiśravana, Moksha —respondió Hui-yen—. Ahora soy discípulo y defensor de la bodhisattva Kuan-yin, y me pongo frente a su trono. Mi nombre en la religión es Hui-yen.
—¿Entonces qué haces aquí? —preguntó Mono.
—Me enviaron por noticias de la batalla y, como les estás dando tantos problemas, vine en persona a detenerte.
—¿Cómo te atreves a fanfarronear así? —dijo Mono—. Mantente firme y toma una probadita del garrote de este viejo mono.
Moksha no se espantó y avanzó blandiendo su garrote de hierro. Los dos estaban de pie, frente a frente, al pie de la montaña, afuera de la verja del campamento. Fue una gran pelea. Tuvieron cincuenta o sesenta embestidas, hasta que Hui-yen tuvo los brazos y los hombros todos adoloridos y, sin poder resistir más, huyó del campo de batalla. También Mono retiró a sus tropas y les pidió que descansaran afuera de la cueva.
Moksha, aún jadeando, se acercó tambaleante al campamento de su padre.
—Es absolutamente cierto —dijo—. ¡En verdad ese Gran Sabio es el más formidable de los magos! No pude hacer nada con él y tuve que volver, dejándolo en posesión del campo.
Vaiśravana estaba asombradísimo. No se le ocurrió más remedio que escribir una solicitud para que llegara más ayuda. Le encomendó esto al demonio-rey Mahābāli y a su hijo Moksha, que enseguida atravesaron el cordón militar y se elevaron al cielo.
—¿Qué tal les va allá abajo? —preguntó Kuan-yin.
—Mi padre me dijo que en la batalla del primer día capturaron a una serie de tigres, leopardos, lobos y otros animales, pero ni un solo mono —dijo Hui-yen—. Poco después de mi llegada, la batalla se reanudó y el Gran Sabio y yo nos embestimos cincuenta o sesenta veces, pero no le gané y me vi obligado a retirarme al campamento. Entonces mi padre nos mandó al demonio-rey Mahābāli y a mí a pedir ayuda.
La bodhisattva Kuan-yin inclinó la cabeza y reflexionó.
Cuando el Emperador de Jade abrió la misiva de Vaiśravana y vio que contenía una solicitud de ayuda, exclamó riendo:
—¡Qué ridiculez! ¿Cómo voy a creer que un simple mono es tan poderoso que cien mil soldados celestiales no pueden con él? Vaiśravana dice que necesita ayuda, pero no sé qué clase de tropas espera que mande.
Antes de que el emperador terminara de hablar, Kuan-yin juntó las palmas de las manos y dijo:
—No se preocupe, su majestad. Conozco a una divinidad que seguramente podrá atrapar a este mono.
—¿A quién te refieres? —preguntó el emperador.
—Su sobrino, el mago Erh-lang —dijo—. Vive en la desembocadura del río de las Libaciones, donde recibe el incienso que se quema en su honor en el mundo de abajo. Una vez, hace mucho tiempo, venció a seis ogros. Sus hermanos están con él, así como mil deidades con cabeza de planta que poseen grandes poderes mágicos. Aunque no vendría si se lo ordenaran, una solicitud sí la atendería. Si le envía una solicitud para que mande tropas, con su ayuda podríamos llevar a cabo una captura.
Se envió al demonio-rey Mahābāli como mensajero y en menos de media hora la nube en que se transportaba llegó al templo de Erh-lang. Éste salió con sus hermanos y, después de quemar incienso, leyó la solicitud.
—Que vuelva el mensajero para anunciar que ayudaré con el máximo de mis poderes —dijo.
Así que reunió a sus hermanos y dijo:
—El Emperador de Jade acaba de pedir que vayamos a la montaña de Flores y Fruta y recibamos la rendición de un mono problemático. ¡Vayamos, pues!
Los hermanos estaban encantados y enseguida reunieron a las divinidades a su cargo. Todo el templo emprendió la marcha, con el halcón en la muñeca, el arco en la mano o el perro con la correa, llevados por un fuerte viento mágico. En un santiamén habían atravesado el océano del Este hasta llegar a la montaña de Flores y Fruta. Tras anunciar su misión, los llevaron al otro lado del cordón militar y los hicieron pasar al campamento. Preguntaron cómo estaba la situación.
—Definitivamente tengo que intentar una transformación —dijo Ehr-lang—. Mantengan muy cerrado el cordón militar, pero no se preocupen por lo que pase en lo alto. Si me atacan, no vengan a ayudarme: mis hermanos me cuidarán. Si lo venzo, no intenten amarrarlo: eso déjenselo a mis hermanos. Lo único que pido es que Vaiśravana sostenga a medio camino del cielo un espejo para que ese diablillo se refleje en él. Si intenta salir huyendo y esconderse, miren su reflejo para que no lo perdamos de vista.
Los reyes celestiales ocuparon sus puestos y Erh-lang y sus hermanos salieron a pelear. Les pidieron a sus compañeros que formaran un círculo, con los halcones amarrados y los perros con correa. Cuando llegaron a la entrada de la cueva, Erh-lang encontró a una hueste de monos en formación de dragón enrollado. En medio había un estandarte con la inscripción GRAN SABIO IGUAL A LOS CIELOS.
—¿Cómo se atreve ese maldito monstruo a decirse igual a los cielos? —gruñó Erh-lang.
—No te preocupes por eso —dijeron los hermanos—. Mejor ve ahora mismo a desafiarlo.
Cuando los monitos de la entrada al campamento vieron a Erh-lang aproximándose, se escabulleron deprisa y entraron a dar su reporte. Mono asió su garrote de metal, se puso el peto de oro, se calzó sus zapatos para pisar nubes, se echó encima la capa dorada y se precipitó a la puerta a mirar en derredor.
—¿Qué clase de capitancito eres? ¿De dónde caíste? —gritó Mono—. ¿Y cómo te atreves a llegar aquí y retarme a pelear?
—¿Qué no tienes ojos o por qué no me reconoces? —gritó Erh-lang—. Soy el sobrino del Emperador de Jade. Vengo por orden de su majestad a arrestarte, mozo rebelde. ¡Te llegó la hora!
—Recuerdo que hace algunos años la hermana del emperador se enamoró de un mortal del mundo, se hizo su consorte y tuvo con él un hijo de quien se dice que partió la montaña de los Duraznos con su hacha. ¿Eres tú? Me siento medio inclinado a decirte unas cuantas verdades, pero no lo mereces. Lamentaría pegarte, pues un golpe mío significaría tu fin. Regresa al lugar de donde viniste, muchachito, y diles a los cuatro reyes celestiales que vengan ellos.
Erh-lang estaba furioso.
—Háblame con más respeto —exclamó— y ten una probada de mi espada.
Mono esquivó el lance y, levantando rápidamente el garrote, atacó a su vez. Se embistieron trescientas veces sin llegar a una decisión. Erh-lang empleó todos sus poderes mágicos, se sacudió con fuerza y se transformó en una figura gigante de treinta mil metros de altura. Sus dos brazos, cada uno con un tridente en alto, eran como los picos que rematan el monte Hua; tenía el rostro azul y los dientes muy salidos; su pelo era escarlata y su expresión, maligna hasta lo indecible. Esa terrible aparición avanzó hacia Mono y le dio un golpe en la cabeza. Pero Mono, también echando mano de sus poderes mágicos, se convirtió en una réplica exacta de Erh-lang, salvo que él sostenía en alto un solo garrote gigante, como el pilar solitario que descuella sobre el monte K’un-lun, y con él esquivó el golpe de Erh-lang. Pero los generales de Mono estaban completamente desconcertados con la gigante aparición y las manos empezaron a temblarles tanto que ya no podían ondear sus estandartes. Sus otros oficiales eran presas del pánico y no podían usar sus espadas. Los hermanos dieron una orden y las divinidades con cabeza de planta entraron a toda prisa, soltaron a los halcones y a los perros y, arco en mano, se abalanzaron a la refriega. ¡Ay!, los cuatro generales de Mono salieron huyendo y dos mil o tres mil de las criaturas a su mando fueron capturadas. Los monos tiraron sus armas y, entre gritos, corrieron, algunos a lo alto de la montaña, otros adentro de la cueva. Era tal como cuando un gato molesta de noche a las aves perchadas y su pánico llena el cielo estrellado.
Cuando Mono vio que sus seguidores se dispersaban, el corazón le latió con fuerza, abandonó su forma gigante y salió huyendo tan rápido como sus pies se lo permitían. Erh-lang lo siguió dando grandes zancadas, gritando:
—¿A dónde vas? Ven acá en este instante y te perdonaré la vida.
Pero Mono huyó, más veloz que nunca, a su cueva, donde se topó de frente con los hermanos.
—Mono desgraciado, ¿a dónde vas con tal prisa? —dijeron.
Temblando de pies a cabeza, Mono transformó apresuradamente su garrote en una aguja de bordar y, guardándola en su pelaje, se transformó en pez y se deslizó a la corriente. Erh-lang corrió hacia la desembocadura del río y no lo vio por ningún lado.
“Vaya, este simio se transformó en pez y se escondió bajo el agua. Debo transformarme también si quiero atraparlo.”
Entonces se convirtió en cormorán y descendió una y otra vez sobre las aguas. Mono salió unos momentos a la superficie y de repente vio un ave acuática cerniéndose sobre él. Era como un papalote azul, pero su plumaje no era azul. Era como una garza, pero sin copete. Era como una grulla, pero sin las patas rojas.
“Seguro que ése es Erh-lang buscándome.”
Soltó unas cuantas burbujas y rápidamente se alejó nadando. “Ese pez que hace burbujas”, dijo Erh-lang para sus adentros, “es como una carpa, pero no tiene la cola roja; es como una tenca, pero sus escamas no tienen la misma forma; es como un pez negro, pero no tiene estrellas en la cabeza; es como una brama, pero no tiene cerdas en las branquias. ¿Por qué se largó así cuando me vio? Seguro que es Mono, que se convirtió en pez.”
Y, descendiendo en picada, abrió el pico para atraparlo. En una sacudida, Mono salió del agua, se convirtió en avutarda y se quedó de pie, completamente solo, en la orilla del río. Al ver que había llegado al punto más bajo posible de transformación, pues la avutarda es la criatura más mezquina y promiscua, que se aparea con cualquier ave que se cruce en su camino, Erh-lang no se dignó a embestirlo, sino que retomó su forma verdadera y con la honda le lanzó a Mono un perdigón que lo tiró y lo hizo rodar. Aprovechando la oportunidad, Mono rodó y rodó cuesta abajo hasta la ladera de la montaña, y cuando nadie lo veía se convirtió en un peto de ánimas. Su boca, completamente abierta, era el hueco de la puerta; hizo de sus dientes las portezuelas y de su lengua el bodhisattva guardián. Sus dos ojos eran las dos ventanas redondas. No sabía muy bien qué hacer con la cola, pero asomada detrás de él parecía un mástil. Cuando Erh-lang llegó al final de la pendiente esperaba encontrar a la avutarda con que se había tropezado, pero nada más halló un altarcito. Al mirarlo detenidamente, reparó en el “mástil” que sobresalía por atrás y se rio.




