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La cuarta sección de este libro trata de la tradición judía. El contraste que encontramos con el mundo griego es sorprendente. Y sin embargo esta tradición es una parte fundamental de nosotros. Nuestra historia confrontó permanentemente estos mundos tan radicalmente distintos. ¿Por qué lo eran tanto? ¿En qué consistían sus diferencias? Estas son preguntas que procuraremos responder. Al hacerlo, nuestras respuestas llevarán siempre el sello particular de nuestra propia mirada. Y aunque no puede ser de otra forma, me interesa que el lector sepa que estamos siempre muy conscientes de ello. Uno de los aspectos más destacados en los que esta mirada nuestra se expresa será la sección en la que desarrollaremos lo que llamamos la hipótesis egipcia, y que adelantábamos arriba. No se trata de una hipótesis nuestra; de hecho fue originalmente levantada por Freud. Pero permite un giro en la manera como observamos el mundo judío, giro que creemos interesante sopesar.
Por último culminamos con una larga sección sobre los orígenes del cristianismo, sección que, a pesar de advertir que posa la mirada en un pasado distante y que no realiza un seguimiento de todo el proceso de desarrollo histórico que luego lo acompaña, creemos que nuevamente nos permite volver con elementos de juicio que nos son útiles para mirar la encrucijada del presente con otros ojos. Ello implica que esta sección, luego de restringirse a los primeros siglos de la evolución del cristianismo, no puede dejar, al final, de saltar hacia el presente con el propósito de mostrarnos cómo en ese entonces escogimos algunos caminos que parecieran habernos conducido a callejones sin salida.
Me es importante advertir que esta sección sobre los cristianos me fue la más difícil. Para quienes venimos de la tradición cristiana, los egipcios, griegos y judíos se nos presentan con la gran ventaja de la distancia histórica. Abordar, sin embargo, el tema del cristianismo nos obliga a revisar muchos de los presupuestos que viven todavía en nosotros. Nuestro principal enemigo es el hecho de que ello nos hace creer que sabemos mucho más de lo que en realidad sabemos, y que a partir de nuestro conocimiento presente ya disponemos un conocimiento relativamente sólido del pasado. Uno de mis principales descubrimientos es que nuestros conocimientos presentes son el principal obstáculo que encontramos para comprender ese pasado. Para acceder realmente a éste requerimos pensar contra nosotros, poner en cuestión muchos de nuestros supuestos. Sólo una vez que lo hacemos descubrimos que disponemos de pistas para reconstruir nuestra mirada sobre nuestro propio presente. Espero que el lector tenga, a través de la lectura que le ofrecemos, una experiencia equivalente.
Todo lo que escribo se sabe una interpretación. Nada de lo que señalo busca quedar grabado en piedra. Ello implica que desde el mismo momento que entregamos este libro al público sabemos que es posible desarrollar miradas muy diferentes de las que yo propongo. Y no sólo diferentes, también más poderosas. No defendemos a brazo partido nada de lo que argumentamos. Desarrollar estos argumentos, tejer estas diferentes narrativas, ha sido una experiencia muy enriquecedora en lo personal. Nuestra expectativa no es entregar verdad alguna, sino abrir temas de discusión y promover debates sobre cuestiones que consideramos de máxima importancia. Si lo que planteamos sirve para llegar a conclusiones que nos permitan avanzar hacia la búsqueda de una salida para la crisis que enfrentamos, aunque tales conclusiones sean muy diferentes de las mías, aunque ellas me contradigan en mucho de lo digo, me declararía plenamente satisfecho.
Maitencillo, abril de 2006
II. EL MUNDO SEGÚN LOS EGIPCIOS
1. CONTEXTO INICIAL
Si deseamos trazar una historia de las interpretaciones que hoy nos constituyen, y de aquellas que nos constituyeron en el pasado, es difícil ir más lejos del Egipto Antiguo. Allí se inician la escritura y sofisticadas manifestaciones artísticas capaces de comunicarnos, a los seres humanos del presente, algo sobre el mundo interpretativo que entonces existía. Antes de eso los rastros que encontramos están constituidos por fósiles y por algunos artefactos y herramientas muy rudimentarias, que aunque nos entregan información valiosa sobre la vida en épocas más remotas, poco nos dicen sobre las concepciones que entonces suscribía nuestra especie. Quizás más adelante encontremos formas de ir todavía más lejos en el desarrollo de una historia de la cultura. Actualmente, por desgracia, es poco lo que logramos cuando nos adentramos en un pasado más remoto que el Egipto Antiguo.
Por lo que sabemos, en Egipto se inventa la escritura alrededor del tercer milenio antes de nuestra era. Ello marca lo que convencionalmente se considera el inicio de la historia, que no es otra cosa que el comienzo de la historia registrada. Sabemos que desde el año 5450 a.C. diversas poblaciones hasta entonces semi nómadas inician un lento proceso de asentamiento en ambas riberas del río Nilo. Se trata de una zona particularmente fértil debido a las crecidas del río, que se repiten todos los años y que fertilizan la tierra, haciéndola propicia para su explotación agrícola. Las crecidas anuales del Nilo durarán hasta 1968, cuando se construye la gran represa de Aswan. El valle del Nilo es una zona extensa que cubre alrededor de 900 kms desde Aswan hasta el Delta, en el norte, en donde se encuentra la desembocadura del río en el mar Mediterráneo. El Mediterráneo, sin embargo, jugará un papel secundario en el desarrollo de la antigua civilización egipcia que será, fundamentalmente, una civilización de río.
Ese proceso de asentamiento da lugar al desarrollo de diversas comunidades que inician un proceso sostenido hacia una forma de vida sedentaria a través del cultivo de algunos productos básicos, la domesticación de animales y el uso de metales para la construcción de armas y herramientas. Heródoto, el gran historiador griego proclamado por muchos como el padre de la historia, luego de una larga visita a Egipto, acuñará una frase que resuena desde entonces: “Egipto es un don del Nilo”.
Con los griegos mantenemos un mismo hilo conductor que nos ha hecho considerarlos, durante mucho tiempo, el punto de partida de nuestra cultura occidental. De ellos hemos heredado el alfabeto, parte de nuestros idiomas y tradiciones que remiten de manera inconfundible a ellos. Los griegos fueron, además, quienes inventaron la historia como disciplina sistemática y, al hacerlo, quedaron situados como el inicio de nuestra propia historia. Posteriormente, a través de la influencia del cristianismo, nos integramos con una segunda tradición que nos conduce y nos conecta con el mundo hebreo. Para muchos el mundo occidental se constituye a partir de un tejido que reconoce en lo fundamental dos hebras culturales diferentes: la tradición greco-latina y la tradición judeo-cristiana. Todo lo restante, incluyendo a las culturas de Mesopotamia y Egipto, parecía pertenecer a corrientes históricas diferentes, a veces incluso asimiladas del mundo cultural oriental. Pero estas culturas, que como ningunas tuvieran un papel destacado en la historia, son parte de nuestras propias raíces occidentales. Afortunadamente ello está siendo crecientemente reconocido y se han hecho importantes avances en esta dirección durante el último tiempo.
No es extraño señalar, sin embargo, que durante un largo período hemos tenido una mirada histórica de un marcado helenocentrismo, a través del cual hemos colocado a Grecia como el origen de nuestro mundo cultural. La historia anterior a la griega era observada con la mirada que de ella nos transmitían los propios griegos. Creemos que ello es el resultado de al menos dos factores. Primero, el ya indicado hecho de que fueron precisamente los griegos quienes desarrollaron la historia como disciplina sistemática y, al hacerlo, dejaron la marca de su mirada en la forma de registrar la historia que los antecedía, así como en la que los acompañaba. El segundo factor guarda relación esta vez no con una determinada mirada histórica, sino con acontecimientos históricos muy concretos que helenizan buena parte del mundo antiguo. Nos referimos al período helenístico que se inaugura con las conquistas de Alejandro Magno, específicamente con su toma de posesión del gran imperio persa de la época. Al quedar una vasta zona de Europa, Asia y África bajo control macedónico, los nuevos soberanos helenizan ese mundo y comienzan a llamar tanto a las ciudades como a los dioses de las naciones conquistadas con nombres helenizados.
La historia de Egipto es un caso en cuestión. Baste señalar que el propio nombre de Egipto es un nombre griego, nombre que los mismos egipcios no utilizaban para referirse a su tierra y a la nación que en ella se desarrolló. Egipto proviene del término griego AIGUPTOS, que significa país. Hay quienes sostienen, sin embargo, que el vocablo griego provenía a su vez del nombre de uno de los templos dedicados al dios Ptah en Menfis, templo que era llamado Hwt-ka-Ptah (“la mansión del ka –espíritu o fuerza vital– de Ptah”), lo que es expresivo de las múltiples influencias que la antigua cultura egipcia ejerce sobre la griega. No olvidemos que en el último período de la historia del Egipto Antiguo –período que durará 300 años–esta región estará bajo la soberanía de reyes griegos. Para los propios egipcios, sin embargo, su tierra se llamaba Kemet, vocablo que significa “tierra negra”, en referencia al cieno que el Nilo depositaba sobre la tierra con sus crecidas. Con este nombre los egipcios distinguían las tierras del valle de las del desierto, a las que llamaban Deshret o “tierra roja”. No es descartable que el vocablo latíno para designar al desierto (DESERTUM) proviniera a su vez del vocablo egipcio.
El uso de nombres griegos para referirse a la historia anterior a los griegos es un fenómeno frecuente. Ocurre lo mismo con Mesopotamia, que es igualmente un nombre griego que significa “entre dos ríos”, y que los griegos utilizaban para referirse a las tierras que se encontraban entre los ríos Tigris y Éufrates, en el territorio actualmente ocupado por Irak. Zoroastro, de igual forma, era el nombre que los griegos le daban al gran profeta persa Zaratustra. Los ejemplos abundan.
2. UN POCO DE HISTORIA
Desde el momento de los primeros asentamientos en el valle del Nilo (5450 a.C.), impulsados por drásticos cambios climáticos, se extiende un período que hoy denominamos Pre-dinástico, el cual tendrá una duración de alrededor de 2.500 años. Algunos señalan como su fecha de término alrededor del año 3100 a.C., otros lo hacen en el 2950 a.C. Durante este período Pre-dinástico se van conformando progresivamente dos reinos. Uno de ellos está en el sur del valle, en lo que representa el Alto Egipto, y recibirá el nombre de Shemau; el otro se ubica al norte, en lo que representa el Bajo Egipto –no olvidemos que el Nilo baja de sur a norte hacia el Mediterráneo–, y se llamará Ta-Mehu. La presencia de estos dos reinos será uno de los elementos centrales en el origen de la concepción dualística en la cultura egipcia. Una de las tareas más importante del faraón será la de acometer y preservar “la unidad de las dos tierras” (SEMA TAWY).
En efecto, los egipcios creían que los orígenes del país y su Estado se remontaban al momento en que un primer gobernante llamado Menes, del cual no existe evidencia arqueológica, logró acometer “la unidad de las dos tierras” al inicio del Período Dinástico Temprano, alrededor de año 3100 a.C. Es precisamente en esa época cuando se inicia la historia de la gran civilización egipcia, con la aparición de la primera dinastía faraónica. Esta historia se cierra más de 3.000 años después, cuando en el año 30 a.C., con la muerte de Cleopatra, cae la última dinastía, la dinastía Ptolomaica.
Tres mil años es mucho tiempo. Si consideramos que el inicio de la gran civilización egipcia marca simultáneamente el inicio de lo que hemos convencionalmente denominado historia –es decir, el período que se inicia con la invención de la escritura, y que diferenciamos del período anterior, que llamamos prehistoria–, podemos darnos cuenta de que la historia del Egipto antiguo cubre más del sesenta por ciento del conjunto de la historia de la humanidad. Poder encontrar los múltiples vínculos que nos unen a ese importante período histórico reviste por tanto de una gran importancia. A su vez, sorprende que seamos tan ignorantes sobre este período y, todavía más, que por lo general tengamos tan poco interés por saber más sobre él.
Ese gran pedazo de historia que representa el Egipto antiguo ha sido dividido en diversas etapas. Uno de los criterios importantes de esta división ha sido la incapacidad que algunas veces encontraron las dinastías faraónicas para preservar “la unidad de las dos tierras”. En efecto, en varias oportunidades durante esos más de 3.000 años Egipto enfrenta la separación de sus dos grandes zonas. A veces ello sucede por disputas internas; otras veces por invasiones a través de las cuales pueblos vecinos pasan a controlar alguna de esas zonas y obligan a los soberanos egipcios a replegarse en la otra.
El conjunto de la historia del Egipto Antiguo ha sido divido en diez grandes etapas. Es conveniente hacer una breve mención de ellas. La primera etapa remite a la prehistoria de Egipto, es llamada Período Pre-dinástico y cubre el período que va desde el año 5450 a.C. hasta 3100 a.C., cuando se constituirá la Primera Dinastía. Este período marca el inicio de la agricultura, de la producción de objetos de greda y de las primeras herramientas en cobre.
En seguida tenemos el Período Dinástico Temprano, que se inicia el año 3100 a.C. y que durará algo más de 400 años. Su inicio se produce con la primera experiencia de “unidad de las dos tierras” y la fundación de la ciudad de Menfis –nombre otorgado por los griegos a la antigua ciudad de Men-nefer–, capital del imperio situada inmediatamente al sur del Delta, en el Bajo Egipto, y punto de encuentro de los dos reinos.
Menfis será por excelencia la ciudad imperial de los egipcios, el lugar en el que muchos de los faraones son coronados y un centro religioso importante, aunque durante ciertos períodos el gobierno es trasladado a otras ciudades. En esta etapa florecerán la Primera y la Segunda Dinastía. Será en este período cuando surgirán las primeras formas de escritura. Con la Tercera Dinastía, Heliópolis se convierte en un importante centro para el culto religioso del sol –al que se identificaba con el dios Ra–, dedicado también a la observación y adoración de las estrellas.
Más adelante, la figura del dios Ra se fusionará con la figura del dios Atum, constituyendo una divinidad única, Atum-Ra. Ra será considerado como la expresión del sol naciente, símbolo luego compartido con Khepri, el escarabajo, y Atum como la expresión del sol del atardecer.

ESCRIBA
Los egipcios estuvieron siempre conscientes de la importancia de la escritura. Habiendo reconocido en su mitología el gran poder del lenguaje, entendían que la escritura permitía abolir las limitaciones temporales del habla y extenderla infinitamente en el tiempo. Gracias a la escritura, la palabra devenía eterna. De allí la importancia que para ellos tomaba el registrarla en las paredes de los mausoleos, en los sarcófagos, en las mismas momias. La persona fallecida quedaba así acompañada eternamente por el poder sacramental de la palabra. Michael Rice nos señala que “registrar y preservar un nombre era entre los egipcios una cuestión esencial, porque si el nombre pervivía, entonces, la esencia vital de la persona podría perdurar en el tiempo”. Si esta era la creencia, no es extraño que ello pudiera motivar la construcción de mastabas (grandes tumbas de piedra) y pirámides para preservar el cuerpo y la palabra de los faraones para la eternidad. A partir de la Quinta Dinastía se desarrollan los textos de las pirámides, los textos religiosos más antiguos del mundo.
Posteriormente, en el año 2686 a.C., con la Tercera Dinastía surge el período que se conoce como Reino Antiguo, que durará aproximadamente 500 años. Durante este se construyen las primeras pirámides, y de él provienen los primeros textos piramidales, los cuales aparecen como inscripciones en las paredes de los pasillos y las habitaciones mortuorias para relatar la vida del faraón, su muerte y lo que se creía que le sucedería después de morir. El Reino Antiguo termina con la disolución de la Sexta Dinastía en el año 2181 a.C., cuando el imperio se desmembra.
Este hecho marca el inicio de una etapa conocida como el Primer Período Intermedio, en el que regirán de la Séptima a la Decimoprimera Dinastía. Estas gobernarán desde Herakleópolis –al sur de Menfis– y luego desde Tebas o Luxor, aún más al sur, en el centro del Alto Egipto. Este período tendrá una breve duración de 126 años.
En el año 2055 a.C. se inicia la etapa conocida como Reino Medio, que durará nuevamente alrededor de 400 años. Su inicio está marcado por la reunificación de los dos reinos, lograda por Mentuhotep II de la Decimoprimera Dinastía, que ya gobernaba desde el Primer Período Intermedio.
La etapa siguiente es conocida como el Segundo Período Intermedio, durará cien años y se inicia en 1650 a.C. Se trata de un período marcado por la invasión de los hiksos, término tomado de la palabra egipcia hekaw-khasut, que significaba “gobernantes de tierras extranjeras”. Los hiksos forman la Decimoquinta y Decimosexta Dinastía, tras lo cual deben replegarse a la zona norte. Mientras gobernaban los reyes hiksos de estas dos dinastías, desde Tebas –en el sur– gobiernan los reyes propiamente egipcios de la Decimoséptima Dinastía.
Tebas pronto se convertiría en la ciudad más grande del mundo. En ella se adoraba al dios Amun, dios también conocido como el Oculto. Este dios llegará a convertirse en la principal divinidad de las clases de los faraones, convirtiéndose prácticamente en el dios nacional de todo Egipto. Más adelante, tanto Amun como el dios Atum serán fusionados con Ra, el dios sol, y se hablará tanto de Amun-Ra como de Atum-Ra. Ambos serán entonces identificados con el sol.

AMUN
En el año 1550 a.C., el imperio logra reunificarse tras la expulsión de los hiksos, y los kushitas son derrotados por Ahmose, primer faraón de la Decimoctava Dinastía, considerada quizás la dinastía más gloriosa por los gobernantes posteriores. Con ella se inicia la etapa que se conoce como Reino Nuevo, que durará nuevamente cerca de 500 años. Este importante período estará marcado por el reinado de tres dinastías diferentes. En la primera de estas dinastías destacan dos faraones. El primero es Amenofis IV o Akenatón, cuyo gobierno de 16 años es recordado por su intento de implantar el monoteísmo en Egipto alrededor de la figura del dios Atón, revolución religiosa que fracasa al enfrentar una fuerte resistencia de la casta sacerdotal.

NEFERTITI
Akenatón es el esposo de Nefertiti, una de las mujeres más bellas de la Antigüedad. Durante su período se construye una nueva capital del reino en la localidad de Amarna. El último faraón de esta dinastía es el célebre Tut o Tutankhamón, que sucede a Akenatón y hace regresar la capital del reino a Tebas. Como centro religioso, Menfis recupera su importancia, pues es ahí donde Tutankhamón deja uno de los centros mortuorios más destacados de la historia de Egipto.
La Decimonovena dinastía es aquella a la que pertenece Ramsés II (1279 - 1213 a.C.), gran estratega militar que derrota a los hititas y se casa con una princesa de los derrotados. Ramsés II establece la capital en el Delta, bordeando el istmo de Suez. Se destaca por sus construcciones y el embellecimiento de templos en Luxor y Karnak. La mayor parte de los faraones de la Vigésima Dinastía adoptarán también el nombre de Ramsés, y seguirán por la senda abierta por Ramsés II hasta ser derrotados e invadidos por los tanitas, en el año 1069 a.C.
La invasión de los tanitas abre una nueva etapa en la historia del antiguo Egipto, etapa que conocemos con el nombre de Tercer Período Intermedio, que se extiende de 1069 a 747 a.C. y que se prolonga, por lo tanto, algo más de 300 años hasta su culminación en la Vigesimocuarta Dinastía, que será una dinastía local. Durante esta etapa, Egipto no sólo es invadido por los tanitas, sino también por los bubastitas y los libios. Egipto vuelve a dividirse. El norte es gobernado por reyes del Delta, mientras que en el sur lo hacen los Altos Sacerdotes de Tebas y otros gobernantes locales.
La novena etapa en la historia de Egipto es conocida como el Período Tardío. Esta tiene una duración de algo más de 400 años, desde 747 a 332 a.C., cubriendo desde la Vigésimo quinta a la Trigésima Dinastía. Las primeras de estas dinastías expresan el gobierno de los pueblos kushitas y saítas sobre Egipto. Posteriormente las fuerzas asirias conquistan el país y, para demostrar su poderío, destruyen la ciudad de Tebas. Las restantes dinastías de este período corresponden a los reyes persas, que en el año 525 a.C. conquistan Egipto y lo integran a uno de los imperios más extensos que conoce la Antigüedad. Entre estos reyes está la figura de Darío I, el más destacado de los monarcas persas. El Período Tardío llega a su fin cuando Alejandro Magno, rey de Macedonia, derrota a los persas y se apodera en el año 332 a.C. del imperio que estos habían conquistado y organizado.
La décima y última etapa de la historia del Egipto Antiguo es el llamado período Ptolomeico, que inicia una sucesión de reyes griegos tras la conquista de Egipto por parte de Alejandro Magno. La capital de Egipto se traslada hacia la costa del Mediterráneo –que fue siempre el centro del desarrollo del mundo greco-romano– hasta Alejandría, ciudad construida en homenaje al gran líder macedónico y famosa, entre otras cosas, por su gran faro y su inmensa biblioteca. Luego de la temprana muerte de Alejandro, en 323 a.C., el imperio por este conquistado será dividido entre sus generales. El sucesor de Alejandro en Egipto será Filipo Arrhidaeus, medio hermano de Alejandro. Más adelante, sin embargo, de entre los nuevos soberanos griegos en Egipto surge la dinastía Ptolomeica. Con la sola excepción de Cleopatra, todos los soberanos de esta dinastía llevarán el nombre de Ptolomeo; estos serán en total 15. Cleopatra, mujer sobresaliente tanto por su inteligencia como por su belleza, quien tendrá amores primero con Julio César y luego con Marco Antonio, buscando preservar la autonomía de Egipto frente al poder ascendente de los romanos en la cuenca del Mediterráneo, será la última soberana de esta dinastía. Aliada con Marco Antonio, Cleopatra es derrotada por los romanos y, antes de enfrentar su sometimiento al poder imperial de Roma, se suicida haciéndose picar por una áspid vennsa en el año 30 a.C.
Ese año marca el término del Egipto Antiguo. A partir de entonces –luego que Egipto es saqueado por los romanos– este deviene una provincia más del Imperio Romano. La historia posterior la conocemos bastante más. Durante el Imperio Romano, Egipto recibirá la influencia y animosidad del cristianismo frente a sus antiguas tradiciones religiosas y culturales. Con todo, Alejandría devendrá uno de los centros culturales cristianos más destacados. Más adelante, en el siglo VII, Egipto será invadido por los árabes, los que continuarán la labor de destruir su pasado y lo integrarán al mundo musulmán, del cual todavía forma parte. Su antiguo pasado glorioso se nos hará cada vez más distante, en la medida que se olvide cómo leer su particular sistema de escritura, los jeroglíficos.
Sólo aprenderemos a descifrar los jeroglíficos a partir de 1828, gracias al trabajo que realizara el francés Jean-François Champollion (1790-1832) sobre un texto escrito simultáneamente en jeroglíficos egipcios, en griego y en demótico sobre una roca oscura de basalto, la famosa piedra Rosetta encontrada durante la expedición de Napoleón a Egipto en 1799, justamente cerca de la ciudad de Rosetta, en el Delta. En esta piedra se relatan las ceremonias religiosas que tuvieron lugar con motivo de la coronación de Ptolomeo V, en el año 205 a.C., y que fueron grabadas en 196 a.C.




