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El acto fundamental de creación de Ptah es precisamente la creación de Atum. Una vez creado Atum, a este le corresponderá seguir adelante con el proceso creativo en términos prácticamente idénticos a los señalados por la mitología de Heliópolis. Atum es, a su vez, el creador de los ocho dioses restantes de la Enéada. Pero en la medida que Ptah ha sido el creador de Atum, aquel es visto como el creador de la Enéada. No es extraño, por tanto, que se lo invoque como “Ptah el Grande, corazón y lengua de la Enéada”.
La creación, en el mito de Menfis, requiere por tanto de dos grandes protagonistas en el proceso creativo. Primero se necesita a Ptah, el Gran Creador, quien inicia el proceso a través de la creación de Atum. Pero en seguida el proceso creativo se ha continuado a través de la participación activa del mismo Atum. La idea de dos dioses creadores será retomada posteriormente en otras tradiciones religiosas.
En la línea 53 de la piedra Shabaka leemos:
“El que se ha manifestado como corazón, bajo el aspecto de Atum, el que se ha manifestado como la lengua, bajo el aspecto de Atum, es Ptah, el gran Poderoso, quien ha infundido [la vida a todos los dioses] y a sus kau”.
Y en la línea 54:
“Así se manifestó la supremacía del corazón y de la lengua sobre todos los ‘demás’ miembros, según la enseñanza [que quiere] que el corazón es el elemento dominante de cada cuerpo y que la lengua es el elemento dominante de cada boca; [corazón y boca] pertenecientes a todos los dioses, a todos los hombres, a todos los animales, a todos los reptiles, a todo lo que vive, uno concibiendo y la otra ordenando cuanto aquel desea”.
En la línea 55:
“Su Enéada está en su presencia, bajo la apariencia de dientes y labios; ellos [son el equivalente] del semen y las manos de Atum. Así pues, la Enéada de Atum nació por medio de su semen y de sus dedos; la Enéada [de Ptah], en verdad, son los dientes y los labios de su boca, que pronunció el nombre de todas las cosas, y de la que brotaron Shu y Tefnut”.
En las líneas 58 y 59:
“...es el corazón, por consiguiente, quien permite que todo conocimiento se manifieste; y es la lengua la que repite lo que el corazón ha concebido”.
“Así nacieron todos los dioses y [fue] completada la Enéada. Pues toda palabra divina cobró su ser según lo que había pensado el corazón y había ordenado la lengua. Así fueron creados igualmente los kau y las hemesut, que procuran todas las provisiones y todos los alimentos benéficos, gracias a aquella palabra.”
El mito de la creación de Menfis, tal como es relatado en la Piedra Shabaka, representa la primera manifestación histórica de que disponemos en que se afirma el poder generativo de la palabra. Esta concepción puede ser mucho más antigua, pero en el mito de la creación de Menfis tenemos un registro histórico de ella. Sabemos que este poder de la palabra no era algo que sólo le era asignado a los dioses. El texto nos señala que no sólo los dioses poseen corazón y boca, sino también los hombres y, en rigor, todo lo que vive. El faraón gobernaba haciendo uso de este poder de la palabra. A través de ella aseguraba el orden, la justicia y la verdad, de la que era responsable como representante de los propios dioses en la tierra y encarnación del dios Horus. Esta era su herramienta principal para preservar la unidad de las dos tierras, que le estaba confiada. También sus funcionarios hacían uso del poder de la palabra, según lo atestiguan diversos testimonios históricos.
Como ejemplo de lo anterior, examinemos un trozo de una inscripción grabada en las rocas de Uadi Hammamat, que recoge el relato de la expedición al país de Punt que realizó Henu, funcionario y Amigo Único del rey Mentuhotep III (2010-1998 a.C., según algunos, 2004-1992 a.C., según otros) durante el Reino Medio. El texto, mandado a escribir por el propio Henu, es pródigo en autoalabanzas en las que este se describe en los siguientes términos:
“Alguien que ha sido estimado por el que le ha hecho, de quien se dice que es útil, según la opinión de su señor; alguien que obra con autoridad en su presencia, que no presta atención a los descontentos, que pronunciando una palabra las cosas se realizan, como si fuera un dios”.
En efecto, el faraón y sus funcionarios operan como lo hicieran los dioses. Pero cada ser humano revela hacerlo de la misma manera en el ámbito particular de su dominio y autoridad, sea este el hogar, el trabajo, su propia vida. Todos somos soberanos en determinados ámbitos. Cabe sin embargo preguntarse si así como pareciéramos descubrir que operamos como si fuéramos dioses, ¿no será acaso que hemos construido a nuestros dioses a imagen y semejanza del faraón, de sus funcionarios y de nosotros mismos?
4. EL PODER DE LOS NOMBRES
En Egipto el Estado y la religión aparecen fusionados, formando un bloque compacto que resultaba esencial para preservar el orden social y garantizar la supervivencia del reino. El faraón es considerado un dios y recibe el apoyo de una poderosa casta de sacerdotes, los que a su vez cuentan con el servicio de una legión de escribas. Los sacerdotes son los guardianes del conocimiento, de los textos sagrados. Son ellos los que administran el poder mágico de la escritura y tienen acceso a los procedimientos secretos que permiten predecir las crecidas del Nilo y anticipar las sequías, una de las mayores calamidades con las que la naturaleza azota a Egipto, expresando con ello la voluntad de los dioses.
El acceso a la palabra es visto, por tanto, como un factor fundamental en la preservación del orden. Es importante destacar que los que tienen acceso al misterioso poder de la escritura son menos del uno por ciento de la sociedad egipcia. Ligados a lo anterior existen factores adicionales que le conceden a la palabra un poder particular. Ya hemos visto el papel creador, generativo, que los mitos de la creación (y muy particularmente el de Menfis) le conceden al verbo, a la palabra en su expresión activa. En ellos vemos cómo la acción de nombrar constituye las cosas y les confiere su fuerza vital.
Pero hay un aspecto adicional que refuerza el mismo sentido. El nombre es considerado la esencia del poder de la propia divinidad. No se trata tan sólo de que esta, con su palabra, manifieste el inmenso poder de que dispone. Ese mismo poder está a su vez asociado al nombre mismo de la divinidad. Los dioses egipcios son usualmente llamados por distintos nombres pero, además de esos nombres, ellos tienen un nombre oculto que mantienen en misterio. De llegar a conocerse ese nombre, quien lo conozca estará en condiciones de ejercer su propio poder sobre la divinidad. Es fundamental, por lo tanto, para un dios mantener en secreto su verdadero nombre. El nombre del dios Amun, recordémoslo, significa “el oculto”. Se trata de un nombre que hace explícito el hecho de que el nombre que se usa para nombrarlo no es su propio nombre.
El mito de Isis y del nombre secreto del dios sol (Ra) es expresivo de lo anterior. Tal mito nos relata que el dios Ra tenía muchos nombres, pero que sólo él conocía su nombre auténtico, en el cual residía la llave de su poder supremo. Cualquiera que descubriera ese nombre sería capaz de reivindicar el derecho a compartir con Ra el lugar supremo en el panteón de todos los dioses. Isis, que era muy inteligente –al punto que se decía de ella “que poseía más discernimiento que un millón de dioses”–, resolvió emplear una estratagema para hacerse del nombre de Ra.

RA
Como Ra era entonces anciano y babeaba, Isis recogió saliva que este dejó caer y la mezcló con tierra, de manera de moldear con ello un demonio en forma de culebra. No olvidemos la importancia y capacidad generativa que la mitología egipcia le confería a la saliva. Lo vimos en el mito de la creación de Heliópolis, donde la acción creativa de Atum provenía precisamente de su saliva. La saliva de Ra, en este mito, simboliza por tanto el propio poder creativo del propio dios. Sabiendo Isis que Ra solía salir a caminar todos los días por los alrededores de su palacio, buscó un punto en ese camino donde poner la culebra que acababa de moldear. Cuando Ra pasó por ese lugar, la culebra lo mordió, tal como Isis lo había previsto. El veneno de la culebra hizo de inmediato que Ra sintiera un dolor insoportable. Sin saber como curarse, convocó a todos los demás dioses y les pidió que lo ayudaran a eliminar el dolor.
Ninguno de ellos pudo hacer nada. Entonces se hace presente Isis que, conociendo la fuente del dolor, le ofrece curarlo a condición de que Ra la confíe su nombre. “Dime tu nombre, divino padre mío, pues un hombre revive cuando se le llama por su nombre”. Cuenta el mito que Ra hizo todo lo posible por mantener su nombre en secreto. “Yo soy aquel”, le decía, “que ha hecho el cielo y la tierra, el que ha elevado las montañas ...”, y guardaba para sí su nombre. “Dímelo, pues”, le replicaba Isis, “y el veneno saldrá de tu cuerpo”. Mientras más callaba Ra, más fuerte resultaba su dolor. No pudiendo soportarlo más, le señala: “acerca tu oreja, hija mía Isis, de forma que mi nombre pase de mi cuerpo a tu cuerpo”. Y al hacerlo, quedó liberado del dolor que lo aquejaba. A partir de ese momento, la diosa Isis acompaña a Ra en la cabecera del panteón de los dioses.

ISIS
Es interesante que el mito no le revele a quien lo escucha el nombre secreto de Ra; este queda en el misterio. Aparentemente, la preservación de este misterio era considerada una condición para que los dioses mantuvieran la capacidad de inspirar asombro y reverencia en los creyentes. Pero incluso los demás nombres de los dioses, aquellos por los cuales todos los nombraban proveían de un determinado poder de estos. Sólo en la medida que una fuerza tuviese un nombre a partir del cual pudiese ser nombrada, era posible que se la honrara, se le hiciera ofrendas y se estuviera en condiciones de atraerla a quien las hacía parte de su poder. Para quienes adoraban a una divinidad, saber cómo nombrarla era estar en condiciones de poder ejercer un cierto poder sobre ellas.
El carácter secreto del nombre auténtico de los dioses es reconocido en múltiples otras instancias. Un himno de la época de Amenofis II señala: “Sus nombres son múltiples, no se conoce su número”. Otro himno de la época de Ramsés II canta: “Él es demasiado grande para que se le pregunte, demasiado poderoso para que se le conozca. La muerte se abatirá sobre quien pronuncie su nombre misterioso, inconocible”. La noción del carácter inefable del nombre de Dios tendrá una muy clara influencia posterior en el pueblo hebreo.
Esto que reconocíamos para los dioses se manifiesta también entre los seres humanos. Se consideraba que el hecho de conocer el nombre de un enemigo permitía neutralizar su poder. De allí que los egipcios realizaran diversos rituales en los que escribían el nombre de un enemigo en una tablilla de arcilla o en un muñeco que simbolizaba un prisionero cautivo y, recitando las palabras mágicas que los sacerdotes les entregaban y que eran sólo conocidas por ellos, buscaban que tales personas fueran destruidas o quedaran en la total impotencia.
5. LA MAGIA DE LOS NÚMEROS
No sólo los nombres poseen en Egipto un especial poder simbólico. Lo mismo acontece con los números, que son tratados confiriéndoles dos dimensiones aparentemente opuestas. Por un lado, los números cumplen funciones extremadamente prácticas y se los considera un instrumento al servicio de desafíos concretos; aparecen involucrados en el complejo sistema impositivo egipcio, que permitía al Estado obtener los recursos con los cuales se financiaba tanto el faraón como la nobleza, la elite sacerdotal, la burocracia estatal y los ejércitos. El sistema impositivo egipcio no era uniforme, y algunos pagaban proporcionalmente más impuestos que otros. Uno de los criterios utilizados era la altura de las tierras poseídas con respecto al nivel del Nilo. Pues bien, un sistema impositivo de este nivel de complejidad requería de una capacidad de cálculo importante.
Un segundo aspecto que promovía el desarrollo de las matemáticas eran los ciclos naturales. La economía egipcia descansaba muy fuertemente en la agricultura, y ella exigía ciertos ordenamientos cuantitativos. Los egipcios desarrollaron los primeros calendarios y reconocieron el ciclo anual de las estaciones. Para estos efectos no sólo desarrollan un significativo conocimiento sobre los números, sino que impulsan simultáneamente un sofisticado estudio de la astronomía. Esto les permitía no sólo dividir el año en sus cuatro estaciones, sino también en 12 unidades de 30 días cada una, completando 360 días; más adelante añadirán 5 días adicionales. Cada una de estas soluciones era justificada mitológicamente, y existe un mito que nos explica la razón de este cambio de 360 a 365 días en el año.

NUT Y GEB
Según la versión griega de este mito, Nut y Geb gustaban de adherirse el uno al otro, tanto que no dejaban espacio alguno entre ambos. Este hábito molesta al dios Atum, quien ordena a Shu, padre de ambos y dios del aire, que los separe. Shu lo hace colocándose entre Nut y Geb, impidiendo que se tocaran. Nut, sin embargo, ya había quedado embarazada de Geb y así se ve obligada a confesárselo a Atum, quien al saberlo la insulta, aunque le permite dar a luz a su hijo. Sin embargo, le prohíbe hacerlo en cualquiera de los 360 días en los que entonces estaba dividido el año. Nut, desconsolada, pide la ayuda a Thot, dios de la palabra y de la sabiduría, quien logra convencer a Atum de que le añada al año 5 días más. Ello le permite a Nut dar a luz a sus cinco hijos: Osiris, Horus, Seth, Isis y Nephtys (nótese que en este mito Horus aparece como hermano de los otros cuatro, mientras que en otros mitos se le describe como hijo de Osiris e Isis). Durante esos cinco días adicionales, los egipcios harán grandes celebraciones religiosas en honor a estos cinco dioses.
De la misma forma como los egipcios dividían el año en 12 meses, lo hacían con el día y con la noche. Cada uno de estos tenía 12 horas, ambos sumaban 24 horas. Las horas de los egipcios, sin embargo, eran flexibles en la medida que debían mantenerse siendo 12, independientemente de la duración del día y de la noche. Mientras transcurría el año y esta medida cambiaba, era necesario hacer estimaciones diferentes para poder así calcular la misma hora en cualquier estación.
Quizás uno de los aspectos que más estimulaba el desarrollo de las matemáticas eran las crecidas anuales del Nilo. Aunque ocurría en una misma época del año, no lo hacían exactamente el mismo día y a la misma hora. Sucedía incluso que en algunos años la crecida del Nilo era muy reducida, y ello afectaba severamente la agricultura, produciendo hambrunas catastróficas, a partir de las cuales morían muchos. En algunos casos, incluso, la esperada crecida no se producía, con consecuencias incluso más desastrosas. Había otros años en que las crecidas eran inesperadamente mayores de lo habitual, lo que conllevaba otros efectos, no menos negativos. La capacidad de predecir el tipo de crecida del río representaba para los egipcios una importante aspiración, pues ello les permitía precaverse de algunas de estas consecuencias. Para ello el desarrollo de las matemáticas, administradas por sacerdotes y burócratas del Estado, confería un poder no despreciable.
En un orden de cosas diferente, las matemáticas proveían también un conocimiento muy útil para llevar a cabo importantes obras de ingeniería. Entre estas hay que destacar por ejemplo las importantes obras de irrigación desarrolladas por los egipcios. Pero quizás más importante son las grandes obras de arquitectura que nos han legado. Nos referimos a las monumentales pirámides, a los lujosos palacios y cementerios, a los templos y centros religiosos, etcétera. Todas estas obras son el testimonio del extraordinario desarrollo que los egipcios alcanzan en las matemáticas. Sin ellas, ninguna de estas obras hubiera sido posible.
Sin embargo, más allá del uso práctico que los egipcios hacen de los conocimientos matemáticos que desarrollan, simultáneamente confieren a los números propiedades mágicas especiales. Para los egipcios, el pensamiento mágico no es una forma particular de pensamiento separable de otras formas, como hoy podemos concebir. Para los egipcios, mirados desde nuestros ojos, todo está compenetrado por la magia y el sentido mágico de las cosas no logra separase de otros sentidos posibles. Es importante, por lo tanto, aprender a colocarse al interior de esa particular mirada egipcia.
Su mundo es un mundo mágico y no existe la posibilidad de un mundo que no lo sea. Mito y realidad, vigilia y sueño, vida y muerte, lo concreto y lo abstracto, todo está compenetrado; todo es parte de una integración indiferenciada y de un mismo fluir incesante. A tal punto el mundo egipcio es un mundo que no le confiere un lugar separado del mito que no disponían de una palabra para hablar de la religión o de lo religioso. En su mirada, todo es religioso. Los seres humanos, los dioses, el mundo y los planetas pertenecían todos a un mismo orden cósmico. Ninguno de ellos habita en mundos aparte. No es de extrañar que en el año 500 a.C. Heródoto escriba que “de todas las naciones del mundo, los egipcios son los más felices, los más sanos y los más religiosos”.
Pocos dominios expresan con mayor claridad la fusión que los egipcios hacían entre su sentido práctico y su sentido religioso que el tratamiento que les conferían a los números. A la vez que se considera que para los egipcios los números designan cantidades concretas, también para ellos son expresiones de principios creadores de la naturaleza. Los números y los elementos que constituyen el universo no son vistos primariamente como pares e impares, sino –antes de ello– como masculinos y femeninos. En la medida que los egipcios consideran que los números poseían cualidades mágicas, todo lo que existe en la naturaleza se somete necesariamente a su poder. Los números, por lo tanto, rigen la naturaleza, pues poseen funciones cósmicas. El nacimiento del simbolismo de los números se remonta a la época del Reino Antiguo, entre los años 2575 y 2150 a.C. Su influencia todavía nos llega en muy distintas versiones. Pitágoras fue uno de los principales canales de transmisión al respecto.
El número es un ente vivo cuya función se define a través de sus relaciones y su forma. Este ente puede por tanto ser un varón, una mujer, un niño o una figura geométrica. Plutarco nos ilustra cómo los egipcios concebían un triángulo rectángulo cuyos lados miden 3, 4 y 5 unidades, tal como el que ilustramos a continuación.

TRIÁNGULO
Según Plutarco, los egipcios concebían el lado vertical como masculino –identificándolo con Osiris–, la base como femenina identificada con Isis y la hipotenusa como el resultado de ambos, identificado este con Horus, el hijo de ambos. En efecto, Osiris equivale a 3, que es el primer número impar y perfecto. Isis equivale a 4, que es el cuadrado de 2 y el primer número par. Horus, que corresponde al lado de 5 unidades, es el resultado de la suma de 2 y 3. Démonos cuenta que no estamos lejos del teorema de Pitágoras sobre los lados del triángulo rectángulo (a2 + b2 = c2).
Examinemos brevemente cómo los egipcios trataban a cada número del 1 al 8. El 1, en rigor, no era considerado en sí mismo un número. Se trata de la unidad absoluta que todo lo contiene, y que por sí misma no puede generar nada adicional. No es ni par ni impar, sino ambos a la vez. Si uno le añade 1 a un número par, este se convierte en impar y viceversa. Por lo tanto, el 1 contiene a todos los opuestos del universo. Pero nos hemos adelantado. Para abordar la concepción egipcia de los números es preciso conectarla con el propio proceso de la creación.
Tal como hemos expuesto, antes de la aparición de la vida el universo era un abismo primordial –el vocablo abismo viene del griego y significa sin fondo–, líquido, infinito, informe, indiferenciado, inerte, inactivo, sin límite ni sentido. Se trata de un caos primordial, un océano cósmico que era identificado con la figura del dios Nun. Esta concepción del origen previo a la creación es interesante, pues nos muestra la cercanía que exhibe con las posiciones que adoptarán más adelante tanto Tales como Anaximandro, lo cual nos permite reconocer las profundas raíces egipcias que exhibe el nacimiento de la filosofía griega.
El acto de la creación expresa la emergencia de la diosa Maat, personificación del orden cósmico. Maat no es creada: ella surge en la medida que la creación tiene lugar, se trata del propio espíritu del acto creativo como generación de orden. Esto es de alguna forma reconocido por Nun, tal como aparece en una sección del Papiro Bremner-Rhind:
“Todavía no había encontrado el lugar sobre el cual podía reinar, que concebí entonces el proyecto de Ley y Orden Divinos (Maat) a fin de crear todas las formas. Estaba solo, no había creado todavía a Shu ni a Tefnut: no había nadie más que pudiese actuar a mi lado”.
En el acto de concebir el orden, Nun da lugar a Atum. Nun es el dios del caos. Atum es el dios de la creación; se trata de un dios creador, creado en su propio acto creador. En uno de los Textos de las Pirámides esto es reconocido:
“Te saludamos Atum. Te saludamos a ti, que has venido a la existencia de ti mismo. Por este acto, eres grande, tú, Montaña por sobre las Montañas. Por este acto, eres engendrado, tú, Khepri”.
Khepri es uno de los nombres conferidos al dios sol, nombre que apunta a su capacidad de haberse generado a sí mismo. El término Khepri significa “aquel que llega a ser”. Khepri es el nombre del sol de la mañana, y se le representa a través de la figura del escarabajo, así como Atum-Ra era asociado con el sol de la tarde.

ESCARABAJO
Cuando nada existía, el Uno ordena la creación a través del sonido de su voz. En el Libro de los Muertos se lee:
“Soy el eterno... Soy aquel que ha creado la palabra... Soy la palabra ...”.
Atum –más adelante Atum-Ra– ejecuta el acto de la creación por el poder de su palabra. Pero nuestra frase anterior no está dicha en la lengua de los egipcios antiguos. Cada atributo especial, cada propiedad, cada expresión de una manifestación particular, es encarnada para ellos en un dios. Los dioses son la expresión de toda forma de energía vital. Por tanto, el propio poder de la palabra de Atum-Ra es reconocido como un dios, el dios Thot, que los griegos equipararán con Hermes. Nun da lugar a Atum –más adelante Atum-Ra–, quien a través de su propio acto creador da lugar a Thot y a Maat, la diosa del orden. Shu y Defnut serán los primeros dioses propiamente creados y no surgidos del proceso creador.
La creación no sólo da lugar al orden. El orden es simultáneamente el principio de la diferenciación y de la primera relación formal. La expresión primordial de la diferenciación es la dualidad, expresada esta en el número 2. Para los egipcios el mundo se rige por la ley de la dualidad, por el imperio del 2. Todo el mundo egipcio expresa esta separación en 2. Tenemos las “dos tierras”, el Alto y el Bajo Egipto, que todo faraón tiene la obligación de mantener unidas. Tenemos la Tierra Negra (Kenet), que se refiere a las tierras del valle del Nilo (a Egipto), y la Tierra Roja (Deshret), el desierto, tierra en la que residen los muertos y donde se construyen las pirámides y tumbas, pues la sequía del desierto ayudaba a una mejor conservación de los cuerpos. Tenemos los dos principios básicos del orden (Maat) y el caos (Isfet). También el principio de lo femenino y de lo masculino, que diferenciaba tanto a los dioses como a los humanos. Y la dualidad del cuerpo y del alma (ka). La creación normalmente procedía de a pares. Lo hemos visto tanto en la creación de Shu y Tefnut como en la de Geb y Nut.




