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Así como en Egipto se consideraba que toda creación tenía una doble naturaleza, se afirmaba también que esta tenía un triple poder. Para los egipcios, por tanto, todo fenómeno es doble en su naturaleza y triple en su sentido. Una vez que se transitaba de la unidad a la dualidad, los dos elementos de la dualidad se reencontraban en la trinidad. La triangulación asegura la relación entre el creador y sus dos seres creados: Atum, por un lado, Shu y Tefnut, por el otro. Estamos en el imperio del 3. En el Papiro de Leyde se señala: “todos los neteru son tres: Amun, Ra, Ptah... Su nombre secreto es Amun, su cara es Ra, su cuerpo es Ptah”. NETERU es el nombre plural de NETER, término con el que se designaba a los principios, funciones o manifestaciones temporales de la divinidad.
El número 4 expresa estabilidad, duración y solidez. Hizo falta que Atum, el dios creador, asegurara la creación de cuatro dioses –Shu, Tefnut, Nut y Geb– para que luego, de estos dos últimos, surgieran cuatro más: Osiris, Isis, Seth y Nephtys. En el Antiguo Egipto los centros religiosos y de formación cosmológica eran cuatro: Heliópolis (Inun), Menfis (Men-Nefer), Tebas (Ta-Apet) y Hermópolis (Khemnu). De la misma forma, los egipcios fueron los primeros que plantearon que los elementos básicos de la naturaleza son cuatro: el agua, la tierra, el aire y el fuego. El primero de todos ellos es el agua, simbolizada en el dios Nun, pero de ella surgen los otros tres. Así nos lo relata Plutarco: “...la naturaleza del agua, la fuente y origen de toda cosa, engendra tres elementos primarios: la tierra, el aire y el fuego”.
El 5, ya lo hemos visto, expresa la relación entre el 2 –primer par– principio femenino personificado por Isis, y el 3 –primer impar–, personificado por Osiris en cuanto principio masculino. La personificación del 5 es Horus, hijo de ambos, que aparece en el triángulo rectángulo de lados 3, 4 y 5 que ya hemos examinado. El número 5 contiene los principios de la polaridad (el 2) y de la reconciliación (el 3). Gracias a él, el universo se hace comprensible. Se lo representa por la figura de la estrella de cinco puntas o pentagrama, o por dos líneas superiores sustentadas en tres líneas inferiores.
El 6 es para los egipcios la representación cósmica del mundo material, y el símbolo del tiempo y del espacio. No olvidemos que los egipcios dividían el tiempo en de 6. El año tiene 12 meses, correspondientes con los 12 signos del zodíaco, los meses tienen en un principio 30 días, los días tienen 24 horas (12 horas el día y doce horas la noche), la hora tiene 60 minutos. El espacio tiene 6 unidades dimensiones: arriba y abajo, adelante y atrás, a la derecha y a la izquierda. El cubo representa la expresión geométrica perfecta del seis, conteniendo el espacio, el volumen y el tiempo; las estatuas solían colocarse en una base cúbica. La figura divina puesta sobre tal base expresa el dominio del espíritu sobre la materia.
El 7 representa el carácter cíclico del mundo. En él se integran el 3, el espíritu, y el 4, la materia. Se lo graficaba colocando 3 líneas verticales sobre 4 igualmente verticales. Las pirámides son expresión del número 7 pues su base –que las sustenta en la tierra– es cuadrada, y sus lados –que se elevan hacia el cielo– son triangulares. Osiris es el séptimo dios de la genealogía divina (luego de Nun, Atum, Shu, Tefnut, Geb y Nut), y nace del principio de la tierra (Geb) y del cielo (Nut). Osiris aparece asociado múltiples veces al número 7 y a sus múltiplos. No olvidemos que también se le asociaba con el número 3. De esta forma, es necesario subir 42 escalones (7 x 6) antes de alcanzar la entrada del templo, y Osiris preside el Juicio Final acompañado por 42 (7x6) jurados y asesores. En ese mismo juicio el difunto debía pronunciarse sobre 42 prohibiciones para ganar la vida eterna. De la misma forma el pilar Tet, símbolo sagrado de Osiris, contenía 7 escalones.
Con el 7 se llega al final del ciclo, y el número 8 representa el inicio de un nuevo ciclo. Es importante reiterar el carácter cíclico que los egipcios le conferían al tiempo, influidos por la recurrencia anual de las crecidas del Nilo. Con el número 8 emerge la figura de la octava, que se expresa en los sonidos y en la armonía de la música. No en vano el número ocho era asociado a Thot, quien le ofrece el sonido de la palabra a Ptah para que este proceda al acto de la creación. No olvidemos tampoco que el número 8 aparece en el mito de la creación de Hermópolis (Khemnu), que se articulaba en torno a la Ogdoada, conformada por 4 dioses masculinos y 4 femeninos.
6. LA MUERTE , EL JUICIO FINAL Y EL RETORNO DEL CORAZÓN Y LA LENGUA
No es posible entender el espíritu egipcio si no entendemos su concepción sobre la muerte y la importancia que a esta le concedían. Sus obras más espectaculares son las pirámides y los templos mortuorios, testimonios del papel que la muerte poseía en sus vidas. Los escritos más destacados que nos dejaran los egipcios son escritos mortuorios, relatos narrados en las paredes de las pirámides o en los sarcófagos de sus muertos, muchos de ellos buscando asegurar, a través de la inmortalidad de la palabra escrita, la propia inmortalidad del difunto por medio del relato de sus obras. Otros, procuran ayudar al propio difunto en su camino posterior a la muerte, de manera que –por ejemplo– este no olvidara las palabras que debía pronunciar en el juicio final que le esperaba al morir, juicio que se realizaba ante la presencia de Osiris, dios del mundo del más allá.
Los egipcios le conferían un carácter particularmente trágico a la muerte. Ello se expresa en uno de sus mitos más importantes: aquel que relata la muerte de Osiris en manos de Seth, así como la peregrinación de Isis para encontrarlo y hacerlo volver a la vida. Para los egipcios no existe una separación tajante entre la vida y la muerte, de la misma forma como tampoco separan radicalmente la vigilia del sueño. Muerte y sueño (a través de las pesadillas) son experiencias en las que el individuo enfrenta el peligro del caos (Isfet).
Los egipcios creían que a través de los sueños accedemos a dimensiones de nuestra existencia que durante la vigilia nos están ocultas. Los sueños requieren ser descifrados, pues en ellos nos hablan los dioses y nos ofrecen la posibilidad de predecir el destino. Quien exhibe la capacidad de descifrar los sueños es altamente recompensado por ello; esta era una de las funciones que estaba en manos de los sacerdotes. No en vano la Biblia nos relata el gran prestigio que en la corte faraónica alcanzara José, dada su particular capacidad de interpretar los sueños. Sigmund Freud, más adelante, al desarrollar su propia teoría de la interpretación de los sueños se percibirá a sí mismo en la senda abierta por José, su antepasado, como él mismo lo atestigua en la correspondencia que mantiene con Thomas Mann, luego de que este publicara su trilogía sobre el personaje de José.
Algo equivalente acontecía con la muerte, que no es considerada por los egipcios un punto de término, sino un hito en el que se compromete la posibilidad de una transición entre dos mundos, entre dos tipos diferentes de vida. Uno de los objetivos más importantes en la vida de todo egipcio es llegar en las mejores condiciones al momento de la muerte, momento en el cual enfrenta su juicio en presencia de los dioses. Tarde o temprano todos estaremos obligados a someternos a este juicio, y en él se determinará si nos desintegraremos para siempre o alcanzaremos la vida eterna.
El mito del juicio final que sigue a la muerte es uno de los más bellos mitos egipcios. Según él, todo ser humano debe someterse a este particular ritual al morir. Una vez fallecido, debe presentarse ante un gran tribunal presidido por Osiris, el dios de la vida del más allá y de la resurrección. Varios acompañan normalmente a Osiris. Detrás de él están Isis, su esposa, y Nephtys, su hermana. A su lado suelen encontrarse el dios Horus –hijo de Osiris y expresión del poder divino del faraón–, el dios Thot –dios de la sabiduría y de la palabra–, y la diosa Maat, diosa del orden y de la justicia. Muchas veces los frescos que describen este juicio colocan también a los cuatro hijos de Horus, dibujados en menores proporciones.
Delante de Osiris y frente al difunto se encuentra una gran balanza manejada por el dios Anubis, dios de los muertos y patrón de los embalsamadores. A los pies de la balanza está Ammit (o Ammut), extraño y repulsivo animal de cabeza de cocodrilo, tronco de león y trasero de hipopótamo, quien espera el resultado del juicio que está por comenzar. Rodean el tribunal 42 jueces y asesores, entre los cuales encontramos tanto mujeres como hombres.

JUICIO DESPUÉS DE LA MUERTE
Una vez frente al tribunal, el difunto debe declarar cómo se ha comportado enrelación a 42 prohibiciones que el tribunal exige se hayan respetado durante la vida. Estamos en el momento protagónico de la lengua. El incumplimiento de cada una de estas prohibiciones –sostiene el mito– le ha añadido peso al corazón de un individuo. Una vez que ha realizado sus declaraciones en forma oral, el difunto debe tomar su corazón y colocarlo en uno de los platos de la balanza que maneja Anubis. Este es el instante en el que el corazón del difunto se vuelve fundamental. En el otro plato Maat, la diosa del orden y la justicia, coloca la pluma de avestruz que lleva en su cabeza. Dentro de un cierto rango de variación permitido, si el corazón pesa más que la pluma de Maat, el difunto es entregado a Ammit para que lo devore. Ello implica que el individuo no será agraciado con la vida eterna y su camino ha terminado. Tanto su cuerpo como su alma (ka) están condenados a su disolución o descomposición. Pero si su corazón se mantiene en la balanza y no pesa más que la pluma de Maat, su espíritu (ka) y su cuerpo ganan inmortalidad. La vida eterna. De allí la importancia que los egipcios le confieren al embalsamamiento de los muertos. El embalsamamiento es un procedimiento supervisado por Anubis para asegurar la preservación del cuerpo en la eventualidad de que el individuo salve con éxito su juicio final.

ANUBIS
Dada que esta posibilidad está abierta, los egipcios construyen inmensas pirámides y mausoleos para sus grandes personajes, de manera que el difunto pueda encontrar a su lado todo aquello que le haga falta en su otra vida y pueda mantener una vida en el más allá de acuerdo a su rango. Muchas veces cerca del sarcófago de un gran faraón se colocaban también las tumbas de sus sirvientes, los que eran sacrificados luego de la muerte del faraón, de manera que pudieran seguir sirviéndolo después de muerto. Al parecer, este sacrificio era asumido con gran devoción por quienes eran sometidos a él, pues les aseguraba poder seguir sirviendo a su faraón.
Uno de los mayores peligros de desintegración se producía no sólo porque Ammit devoraba el corazón y el cuerpo se descomponía. El arte del embalsamamiento abría la posibilidad de asegurar la preservación del cuerpo. Sin embargo, uno de los problemas más serios residía en la desintegración del alma (ka). Una de las expresiones de esta desintegración se manifestaba en el olvido del nombre del difunto. El olvido del nombre de un individuo equivalía a su muerte eterna. La escritura, una de las invenciones más notables de los egipcios, atribuida al dios Thot, permitiría garantizar la inmortalidad de los nombres.

ANUBIS
La presencia de Anubis, patrón de los embalsamadores, y de Thot, patrón de los escribas, no era casual en el juicio. La escritura no era vista, por lo tanto, sólo como un desarrollo de importantes consecuencias prácticas, aunque las tuviese. Entenderlo sólo así implica no haber comprendido todavía el espíritu egipcio. La escritura era por sobre todo un invento que les permitía a los egipcios proyectarse hacia la inmortalidad.
7. EL ARTE FUNERARIO
El arte en Egipto tiene un profundo sentido mágico. Lo que ha llegado a nuestros días es sólo una parte de él, aquella relacionada con el arte funerario. Ello se debe en parte al hecho de que los egipcios enterraban a sus muertos en el desierto, y a que gran parte de las expresiones artísticas ligadas a su existencia regular fueron progresivamente destruidas tanto por las crecidas del Nilo, como por las sucesivas conquistas bélicas de otros pueblos, además del desgaste producido por el propio tiempo. Pero incluso lo que nos llega de estas expresiones artísticas no funerarias aparece fuertemente cargado de magia. Es el caso, por ejemplo, del frecuente uso de amuletos entre los egipcios.
En relación con el propio arte funerario, es importante destacar algunos rasgos especiales. Lo primero es reconocer que, salvo lo que rodeaba las pirámides y otros centros mortuorios, todo lo que se ha encontrado en el interior de ellas no estaba hecho para el ojo público, sino para cumplir funciones más allá de la muerte. Las estatuas, por ejemplo, eran producidas para ofrecerle al difunto un cuerpo alternativo al suyo, para cuando llegara el momento en el que su ka –su alma o personalidad– volviera al cuerpo previamente abandonado, en caso que este no hubiera logrado conservarse adecuadamente. Por ello, las estatuas que los egipcios producían de sus muertos no los representaban ancianos y malsanos, sino siempre jóvenes y bellos, para que así fuera el cuerpo en el que pudieran seguir viviendo eternamente.
Al terminar una estatua funeraria, el artista ejecutaba un ritual que replicaba aquel que se realizaba una vez terminado el trabajo de embalsamamiento de un cuerpo. Este ritual –conocido como la Apertura de la Boca– consistía en repetir una fórmula mágica que provenía muy probablemente del Egipto Antiguo, y que era atribuida directamente al dios Ptah, a la vez que se le acercaba a la boca del difunto –o de la estatua, según fuera el caso– una vara impregnada con estimulantes que despertarían sus sentidos y lo prepararían para el momento de su resurrección. “Soy el maestro del secreto”, declaraba el artista Iritisen al concluir sus estatuas y ejecutar el ritual. “He practicado la magia en todas sus formas”.
8. EL CARÁCTER CÍCLICO DE LA VIDA
La concepción de la muerte de los egipcios nos deja de manifiesto el carácter cíclico de su interpretación de la vida y del universo. Tal como nos muestra el mito de Osiris, es posible transitar de la vida a la muerte para luego volver a nacer a una vida diferente. El mito del juicio final es una réplica del mito de Osiris a escala humana. No es extraño que sea el propio Osiris quien lo presida. Él nos muestra que el ciclo no está garantizado. Es preciso ganarlo día a día con nuestro comportamiento. Cuando el ciclo logra mantenerse triunfa el orden, y es Maat quien resulta victoriosa. Cuando el corazón del difunto hace caer el plato de la balanza donde ha sido depositado –elevando por tanto el plato con la pluma de Maat–, el equilibrio se ha roto, el individuo llega al fin de su camino y es Isfet –el caos– quien ha triunfado. Los principios de orden y caos no sólo eran representados por Maat e Isfet, también se les representaba con las figuras en lucha de Horus y Seth.
La presencia de esta visión cíclica volvemos a observarla en el mito que relata el recorrido diario del dios sol, Atum-Ra. Este se desplaza al interior de su propio ciclo, que lo obliga a transitar del día a la noche. Pero cada noche Atum-Ra debe enfrentarse con el dios malévolo representado por la serpiente Apofis. Lo que más puede hacer el sol es ganar en ese enfrentamiento y superar la oscuridad de esa noche; no está en su poder destruir a Apofis para siempre. De triunfar una noche, sabe que volverá a enfrentar a Apofis la noche siguiente. Su triunfo sólo le asegura un día más. En la madrugada de ese día, el dios sol aparece bajo la figura de Khepri, el dios escarabajo, expresión del sol matutino. Pero si alguna vez el sol llega a perder en su enfrentamiento con Apofis, ya no podrá volver a aparecer a la mañana siguiente. No habrá mañana, sino noche y oscuridad para siempre, y el ciclo de la vida se habrá detenido. Los seres humanos podemos ayudar al dios sol para que esto no suceda: podemos hacerlo con nuestros rezos y rituales. Pero nada descarta la posibilidad de que quedemos sumergidos en la noche eterna. Ese ciclo tampoco está garantizado. Este era uno de los mayores miedos con los que vivían los egipcios, pues sabían que su existencia dependía de este enfrentamiento que se realizaba todas las noches. Ese miedo los hacía muy temerosos a los eclipses, que concebían como un asalto sobre la Luna realizado por Apofis, una demostración de su presencia y su poder.
El tercer ciclo del que dependía la sobrevivencia de los egipcios eran las crecidas del Nilo, ciclo que garantizaba la actividad agrícola y la vida del conjunto de la población. Por experiencia, los egipcios sabían que este ciclo podía alterarse, que las crecidas no eran siempre iguales, que incluso en algunos años estas no tenían lugar. Sabían de las serias consecuencias de estas alteraciones. Como ya hemos dicho, Khnum, dios del sur, era quien ejercía el control de las corrientes del Nilo, y como tal era responsable de las crecidas. Las crecidas ocurrían entre los meses de julio y octubre de cada año, y ello le confería a la vida en Egipto una obligada circularidad. Cuando examinamos el mundo egipcio se tiene la sensación de que lo que ellos consideran que realmente mueve la historia son estos diferentes ciclos y los dioses asociados a ellos. Los seres humanos parecieran ser personajes menores al interior de ellos.
9. EL OCULTISMO EGIPCIO
Otro rasgo central del espíritu egipcio es su ocultismo. No en vano uno de sus dioses más importantes fue Amun, “el oculto”. El mundo egipcio reconoce dos espacios diferentes. El primero es el espacio de lo visible, que da cuenta de lo que está al alcance de todos. Pero mucho más importante que el anterior es un segundo espacio, que da cuenta de un mundo oculto. Ambos mundos están entrelazados, y no es posible separarlos por completo. Sin embargo, el secreto del acontecer del mundo visible no reside en sí mismo, sino que está guardado en el mundo que se esconde. Para entender cabalmente el acontecer del mundo visible es fundamental poder acceder al mundo de lo oculto.
Desde esta perspectiva se genera una temprana modalidad interpretativa que posteriormente los griegos denominarán metafísica, aunque la metafísica griega será de muy distinto carácter. Toda metafísica postula un mundo más allá del mundo físico de lo visible. Sin embargo, a pesar de las diferencias de sentido que griegos y egipcios le confieren al término, este vocablo es también usado hoy en día para referirse no sólo a la metafísica griega, sino también a disciplinas y tradiciones ocultas como aquellas que nacen en Egipto.
No todos pueden acceder al mundo de lo oculto. Para poder hacerlo son necesarios conocimientos que por su propia naturaleza requieren ser protegidos, mantenidos en secreto y registrados de manera tal que no cualquiera pueda acceder a ellos. El conocimiento del mundo oculto deviene entonces un conocimiento oculto. Sólo unos pocos acceden a este, y lo hacen a través de un cuidadoso proceso de iniciación, normado por los Altos Sacerdotes o sus sustitutos. Pero no se trata tan sólo de un proceso de aprendizaje. Se trata simultáneamente de un proceso de disciplina y purificación para quienes son escogidos. Quien culmina dicho proceso es iniciado en aquellos misterios que permiten asomarse al mundo secreto, y realizar en él algún tipo de desciframiento.
Las tradiciones ocultas son muy antiguas, y evolucionan muy lentamente, perfeccionando una compleja simbología. En ellas confluyen el estudio de los astros, la observación de algunas plantas y también de animales con supuestos poderes especiales, un aprendizaje que busca descifrar diferentes rasgos corporales de los individuos, la fabricación de amuletos y el desarrollo de múltiples disciplinas y prácticas rituales complementarias. La astrología, cuyos orígenes apuntan tanto a Egipto como a Mesopotamia, representa una de estas disciplinas. Cabe señalar, sin embargo, que los egipcios no conocían el zodíaco. Este será importado a Egipto desde Babilonia en el período ptolomeico. Como la astrología, las prácticas de lecturas de cartas y de la palma de la mano, así como la adivinación, son otras expresiones de esta tradición ocultista. Muchas de estas prácticas todavía subsisten en nuestros días, y suelen ejercer un atractivo muy especial en muchos.
En todas las prácticas descritas suele aparecer un fenómeno interesante: la lectura. El iniciado en el ocultismo se atribuye un poder especial para leer, para descifrar aquello que para otros pareciera ser completamente imposible de ver o de entender. El iniciado observa la realidad como un texto escrito simbólicamente, de manera cifrada, en el que se guardan importantes secretos a los cuales sus conocimientos le dan acceso. El Alto Sacerdote tiene por tanto el poder de develar lo que se oculta, de sacarlo a la luz, de retirarlo de la sombra.
Esta lectura puede dirigirse hacia muy distintos lados. Algunos pueden leer aquellas dimensiones ocultas de la personalidad, o bien las dimensiones ocultas de determinadas circunstancias o encrucijadas. Muchas otras veces se sostiene la capacidad de poder leer el futuro, lo que implica el supuesto de que este ya está escrito, y que solamente no encontramos el texto que lo contiene o la manera de descifrarlo. En esta versión, el futuro ya está determinado. Nuestra impresión de que el futuro está abierto es sólo el reflejo de nuestra ignorancia.
Para quienes participan en la corriente del ocultismo no suele tener mayor importancia participar en la construcción del futuro. Esta participación es muchas veces vista como el resultado de una ilusión, pues el futuro ya está definido. Sólo podemos hacer lo que el destino ya tiene escrito para nosotros; hagamos lo que hagamos, sólo nos cabe cumplir con nuestro destino. Si buscamos arrancar de él, lo que estaremos haciendo es caminar a su encuentro y asegurar su implacable cumplimiento. Desde esta perspectiva, lo más importante, por tanto, es aprender a descifrar los mensajes en los cuales el futuro esconde su secreto. A pesar del tiempo transcurrido el espíritu de Egipto está todavía vivo, y muchas veces lo encontramos presente en nosotros mismos. Cuando nos observamos, solemos encontrar en nuestro interior un inconfundible sustrato egipcio.
Weston, febrero de 2005
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