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Para ti, además, escribir es angustiante…
Es una etapa sumamente obsesiva para mí. Generalmente escribo por ciclos que pueden durar uno, dos, tres meses, y en ese lapso borrajeo varios poemas simultáneamente: vienen uno detrás de otro. Es una etapa de ansiedad, desasosiego.
Ahora, ¿ qué ocurre con algunos textos que aparecen y no se mueven dentro de la atmósfera que tú buscas, que no pertenecen al ámbito semántico de tus vocablos? ¿Descartas esos poemas? ¿Los guardas?
Son poemas que mueren a medio camino.
Hay algo que me interesa respecto de ese singular universo —casi gótico, de extrañamiento, de ocultamiento— que has procreado. ¿No temes que aún tenga mucho de subterráneo, que ese misterio que lo impregna oculte algunos significados?
Ese es el riesgo de cualquier persona que escribe, cualquier persona que ha llegado al punto de encontrar una voz, un estilo o un universo, una manera de vivir y sentir el lenguaje.
Pero en tu caso se trata casi de un movimiento en espiral. Eres un poeta que se retroalimenta a sí mismo, se autofagocita. El riesgo es mayor que para el creador que picotea aquí y allá buscando temas, lenguajes diversos que lo conduzcan a formar universos varios.
Soy consciente de ello. Sin embargo, mis dos últimos libros, Aquí descansa nadie y Retratos de un caído resplandor, son proyectos que en sí mismos significan un matiz o un camino diferente. Hay un estilo, ciertamente, un lenguaje reconocible, pero creo que son muy diferentes de sus antecesores. Ahora bien, no se puede predecir qué va a ocurrir con la propia escritura. Siento que si encuentro alguna vez que mis palabras se repiten, dan vueltas en vano, consideraría razonable la posibilidad de abandonar la escritura por un tiempo.
Pero no eres un poeta que ha escrito con prisa. Hay una media de tres o cuatro años entre cada uno de tus libros. A mí me interesa una paradoja que tiene que ver con tu gusto por las situaciones límite y las enumeraciones de los objetos –que es una manera para envolver al lector–, y al mismo tiempo con la resistencia que ejerces para que tu obra no se entienda fácilmente. Tu poesía es por momentos arisca, hosca, agresiva. Podemos imaginarnos poemas llenos de púas, clavos y cicatrices. Hay que tocarlos con cierto recelo y cuidado. ¿Qué te interesa como creador? ¿Acaso obstaculizar la lectura del poema, porque este es en sí mismo difícil y revelador?
Mira, antes era más visible ese deseo de empañar el poema, de hacer difícil el camino de significación, de ocultar ciertas claves, pero creo también que en los últimos poemas de Lejos de todas partes y en mis dos últimos libros hay una apuesta por la búsqueda de un diálogo abierto.
También me interesa de qué modo toda esta aspereza o este mundo oscuro y a veces fetichista de tus poemas ha calado en tu propia vida diaria. Pienso en tus colecciones; en tu calavera Victoria, que preside tu biblioteca; en tus pomos llenos de uñas.
Bueno, ya no tengo uñas, las botamos; llegaron a empañarse, a malograrse y era el momento de desecharlas.
Eres, además, un coleccionista de huesos.
Sí, y quizá tenga que ver con ese gusto por la enumeración que tú señalaste. Se trata, al fin y al cabo, de reunir objetos de la misma especie, de las mismas características. Mira, yo casi siento que en mi poesía y en mi vida hay dos niveles, dos espacios que son diferentes. En mi caso, escribir es vivir otra vida: tengo una vida cotidiana, trivial, diurna, común y corriente, y otra vida poética.
¿Y cómo has logrado co nciliar esa esqu izofrenia?
Ella sola ha buscado su lugar, su equilibrio, y aparece intermitentemente. Por ejemplo, en las colecciones. A veces ese yo, oculto, ese otro Carlos Alberto, que está viviendo dentro del profesor que soy normalmente, es quien aparece a través de esos objetos, los trae. Yo he aprendido a convivir con esa persona.
¿Y esa persona es —y lo pregunto con atrevimiento— la que guarda esa postura confrontacional o reflexiva frente a las creencias cristianas que aparecen en tu obra?
Hay, sin duda, una búsqueda de algo trascendente en mi escritura. Yo casi me considero un poco agnóstico y, últimamente, pienso mucho en la figura de Orfeo. Él no es solo el que canta y hechiza a todos los elementos de la realidad, sino que también es él quien desciende al infierno para recuperar a Eurídice, para extraer la luz de las tinieblas. Entonces, yo sí creo que mi escritura es el descender a ese infierno que es uno mismo. Y tratar de salir de él limpio, renovado; acompañado, acaso, de los pocos lectores que hayan querido embarcarse en esta aventura.


Poesía imprescindible en tiempos agobiantes *
Por Denisse Vega Farfán
Autor de nueve poemarios, cada cual con giros y propuestas memorables, de marcado alejamiento de esquemas generacionales, desde Un buen día –que este mes cumple treinta años de su aparición en junio de 1978– hasta Flama y respiración (2005), Carlos López Degregori, como pocos poetas de su época poética inicial, aún mantiene un trabajo prolífico, espejeado, original y de lograda tensión, sin caer en la monotonía, en los dominios comerciales. Siempre honesto con su propia voz: sólidamente nos demuestra cómo la poesía –de alguna u otra forma– es imprescindible hasta en los tiempos agobiantes como el nuestro.
Gentil, con la exactitud que lo caracteriza, y siempre admirado de la magia con la que las palabras lo rodean, accedió a responder las siguientes preguntas y compartir el placer de un poema inédito con sus lectores.
¿Cree que en el mundo de hoy el poeta tiene una función más especial y urgente en comparación con otros tiempos?
A lo largo del tiempo, las sociedades y los sistemas culturales se han esforzado por asignarle un don y un lugar especial al poeta. Allí estuvo el demiurgo, por ejemplo, que enlazaba el mundo de los dioses y el de los hombres, o el juglar y el clérigo de la Edad Media, o el refinado humanista del siglo XVI, o el atormentado romántico, o el vidente, o el dinamitador de la vanguardia, o el ceñudo poeta comprometido. En todos estos casos, se plantea una equivalencia entre los textos y el ser que los produce, y el resultado es la sacralización de la poesía y, también, de su hacedor. De otro lado, el poeta siempre fue concebido como un portador del lenguaje de su colectividad, el detentador de una voz privilegiada que quería ser la de todos. Creo que la primera discordancia fue observada por Baudelaire en su conocido poema «El albatros». A partir de ese momento, la figura del poeta se ha ido desfigurando y desacralizando. Hoy el poeta es un hombre común, un manipulador –y entiéndase el término en el mejor de los sentidos– de las experiencias, de las emociones y del lenguaje. Su responsabilidad y su función están contenidas en los textos que produce. Siento que el poeta es hoy solo el signo y conciencia del tiempo que le ha tocado vivir; una apuesta personal por el lenguaje en un mundo que está dominado por la inflación y la desvalorización lingüísticas; la afirmación de una mirada parcial que aspira, con suerte, a reconocerse y dialogar con otras miradas que son igualmente parciales.
¿Le considera a su poesía un propósito determinado? ¿Cuáles son sus ambiciones, sus actuales preocupaciones como poeta?
Cada uno de mis libros, y he publicado nueve hasta el momento, tiene un propósito determinado; observo un paso más en cada uno de ellos y siento que pueden distinguirse dos grandes ciclos en mi escritura. El primero se extiende hasta Lejos de todas partes (1994), y el segundo empieza a crecer con Aquí descansa nadie (1998) y se manifiesta, sobre todo, en mis dos últimos libros. Pero ellos han logrado configurar una totalidad y me gustaría que se acercaran a ese cuerpo que denominamos obra. Cada vez tengo más claras las virtudes de un buen poema. Este debe tener una autoridad formal, es decir, un lenguaje justo para lo que quiere expresarse; y también, una autoridad emocional. Este segundo aspecto es tal vez el más difícil; el poema debe tener vida propia, un fuego interior que lo independice y que lo vuelva necesario. Todo buen poema debe persuadirnos de que solo él es capaz de decir lo que dice; de abrir nuestros ojos a algo que es sombra: no debe necesariamente entenderla o explicarla, sino señalar que está allí, tocarnos para que nos percatemos de su presencia. En este momento estoy escribiendo un nuevo grupo de textos que, supongo, se reunirán en un libro. Pero soy prudente y no me agradan los anuncios ni explicaciones previas.
En varias oportunidades se ha calificado su poesía como de corte existencialista. ¿Cree que el existencialismo es aún una puerta significativa para develar y despertar al ser humano en esta posmodernidad? ¿Cuál es su concepción filosófica respecto de su poesía?
No me agradan las etiquetas y no creo que mi poesía pueda ser calificada de «existencialista», si estás utilizando el término en el sentido filosófico que le asignaron Sartre o Camus y que tuvo un sentido en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Ahora bien, si por existencialismo quieres entender una dimensión interna y no externa, o la preocupación por el tiempo, el desamparo, el amor o nuestro lugar en el mundo –para señalar algunos vértices importantes– como experiencias que nos conmueven, pues mucha de la poesía de cualquier tiempo y lugar es existencialista y aceptaría que también la mía lo es. No me agrada, tampoco, esa idea de concepción filosófica, pero si quieres algunas coordenadas, puedo ofrecerte las siguientes: mi poesía es más esencial que conceptual, más imaginaria que realista, más expresionista que impresionista, más ambigua que explícita, más vertical que horizontal, más nocturna que diurna.
Es frecuente encontrar en su poesía una relación especial con elementos naturales, e incluso suministrarle rasgos de fantasía, vaticinio, atribuciones sacras, lo que a la vez convierte al yo poético en una especie de visionario; relación escasa en la poesía contemporánea…
Si conservo alguna certeza de mis primeras lecturas –Rimbaud, el surrealismo, Pessoa, etc.–, debo decir que siempre he confiado en esa posibilidad visionaria que ofrece la poesía. Ella nos hace ver lo que nunca hemos visto o nos enseña a escuchar lo que jamás hemos oído. Su aventura es la del insospechado descubrimiento, la del vértigo, la del hallazgo de una inmensa dimensión vertical en la horizontalidad de las cosas y las experiencias. Escribir es desvelar, es mirar el otro lado, es aventurarse en una zona de incertidumbre y niebla.
En Flama y respiración leemos: «No importa cuántas sangres / o cuántas piedras / o cuántos gritos / levante para ahuyentarte: / tú solo insiste / lleno de impiedad / hasta hundir tus manos / en sus aguas / postreras». ¿Se considera un poeta optimista? ¿Tiene fe en el ser humano?
Nadie puede ser hoy día optimista.
Se le conoce, aunque temáticamente escindido, como parte de la generación del 70. Habiendo transcurrido ya más de una veintena, en la que las cosas pueden verse más claras, ¿qué fue lo mejor que dejó dicha generación a nuestra tradición poética? ¿Y cómo califica actualmente a sus coetáneos? ¿C ree que aún mantienen un trabajo interesante?
Creo que mi poesía, como el título de uno de mis libros aparecido en 1994, está «lejos de todas partes». Me siento muy lejos de las propuestas del 70, de los lenguajes y aventuras de los poetas de esos años. Mi primer poemario, Un buen día, publicado en 1978, pasó inadvertido, sencillamente porque exploraba un camino que entonces era percibido como anormal o excéntrico. Debieron pasar varios libros y años para que se reconociera que mis textos proponían una identidad poética, un lugar personal e intransferible. De otro lado, y para responder a tu otra pregunta, la poesía peruana es, en el ámbito de nuestra lengua, una de las más plurales y ricas, y los poetas del 70 participan de esta virtud. Su aporte está en las disonancias, en el desvanecimiento de los géneros, en la apertura a los infinitos matices del coloquialismo y la narratividad. Los años han transcurrido y son pocos los que aún persisten en la poesía; pero creo que los setenta y los ochenta le entregan a la tradición poética peruana unas tres o cuatro obras mayores.
¿Cómo ve el rigor de la crítica actual respecto a la poesía peruana?
Hay dos clases de crítica. Una académica, preocupada generalmente por las voces canonizadas; y otra, atenta a los textos de actualidad. Esta segunda crítica vive un renacimiento y se está desplazando de las páginas de los periódicos al más plural, irreverente y gaseoso espacio de Internet. Creo que las revistas virtuales, las redes sociales y los blogs literarios nos entregan una apertura interesante, pero también trivial e instantánea, pues todo se desvanece casi en el momento de la escritura; su virtud está en las posibilidades democráticas que encierran; su riesgo, en la banalización. El principal peligro de la poesía y la crítica se encuentra hoy en su crecimiento exponencial. Lo que se produce y ofrece excede largamente a lo que puede apreciarse y leerse. Entiendo, por eso, la desesperación y el desencanto de tantos poetas que entregan su primer libro. Saben que sus posibilidades de ser leídos, reconocidos y apreciados son exiguas. Y aquí surge la necesidad de un rigor en esa crítica que circula especialmente en las revistas virtuales.
Tengo entendido que prepara la publicación de un libro con su prosa poética reunida. ¿Podría hablarnos al respecto?
Tengo el ofrecimiento de una joven editorial para publicar una reunión de mis poemas en prosa. En todos mis libros, desde Una casa en la sombra, hay varios de ellos. Esta selección se llamará El hilo negro. Creo que este título acoge varias sugerencias; un hilo engarza, cose, zurce y reúne diversos trozos o elementos, es decir, textos; pero es un hilo negro y ese color refuerza la idea de sombra, incertidumbre y niebla. La reunión no es cronológica, sino temática, y debo confesar que los textos se leen de otra manera y ofrecen sentidos y resonancias que antes no poseían. Yo he sido el primer sorprendido. Ojalá se concrete la publicación. También, con toda la paciencia del mundo, estoy trabajando en el nuevo poemario al que me refería en otra de tus preguntas.
Una sana crítica y un consejo a los jóvenes poetas…
No se apuren por publicar ni vivan obsesionados por el reconocimiento, huyan de las redes sociales o no se las tomen en serio. La poesía es una fatalidad y una insistencia.
Un poema inédito de Carlos López Degregori
Faros
Todo el último año he visto a los faros caminando en la noche
con sus largos brazos
salidos de las olas.
Sé que vienen a buscarme.
Al verlos mi gato se encarama en el techo como un faro
y mis perros aúllan enloquecidos como faros
y todas las muchachas que conocí vienen a despedirme con sus ojos
espinosos y girantes.
Yo nado furiosamente en la sombra para alejarme de ellos.
Que se queden tristes en la orilla
en una fervorosa incredulidad.
Que se sequen blancos como la osamenta del mar.
Daré patadas contra la tierra.
No me tocarán con sus últimas lenguas de amor.


El catador de venenos *
Por Jorge Eslava
CLD es uno de los poetas cardinales de hoy. La oscuridad y transparencia de su obra ha alcanzado con Una mesa en la espesura del bosque (Peisa, 2010) la clavija perfecta para reforzar la coherencia de una singular propuesta poética. Cada uno de sus libros anteriores significó la conquista de territorios y seres extraños, hasta instaurar, con su flamante libro, un imperio cautivante de horror y belleza. Aquí nos instalamos para conversar con él.
A pesar de que te conozco hace veinticinco años, no sé con quién conversaré esta noche…
Tú no sabes con quién conversarás y yo no sé con quién despertaré mañana. Tal vez esa sea una de las razones por las que escribo poesía, para reconocer y conjurar a todos esos personajes y presencias que me habitan.
Permíteme ponerlo así: eres un estuche que guarda misterios. ¿Qué es lo más precioso de este milagro, que lo llevas tan consciente?
Sin duda, la fatalidad de escribir. Empecé a escribir seriamente hace más de treinta y cinco años y sigo haciéndolo.
Tus lectores conocemos algunas de tus obsesiones. Por ejemplo, el afán por ofrecer un libro distinto que, sin embargo, se incruste en la edificación coherente de tu obra. ¿Qué significa Una mesa en la espesura del bosque como escrutinio y emplazamiento de lo escrito antes?
La construcción de una obra oscila entre la unidad y la divergencia. Uno debe tratar de que cada libro ofrezca una mirada y un tono distintos, pero fiel, al mismo tiempo, a un tronco y un impulso permanente. En mi caso, desde Las conversiones, cada libro ha ido revelando y encubriendo mi proceso vital. Cada uno corresponde a una etapa existencial y en sus páginas hay muchos signos y marcas que testimonian ese proceso.
Consideras que es tu libro más consistente…
Una mesa en la espesura del bosque es el libro que se escribe en un punto de plenitud cronológica que es, simultáneamente, el umbral a otro ciclo en la existencia. Lo escribí entre los 52 y los 57 años. En ese sentido, es detenerse en medio de la espesura del bosque para mirar atrás y reencontrarse con una serie de obsesiones, personajes, visiones, nieblas, sombras y miedos que me han acompañado siempre y han estado en todos mis textos.
Es verdad, pueden reconocerse ecos de Una casa en la sombra, Cielo forzado, Aquí descansa nadie… que reproducen el sentido hórrido de tu ficción. ¿Crees que es una especie de Saturno devorando a sus hijos?
La analogía es exacta. Cada nuevo libro mío devora y resucita motivos, símbolos y atmósferas de libros anteriores. En Una mesa… esta fuerza es más visible.
Ya en El hilo negro había un anticipo de lo que nos depararía el acento de tu prosa poética. Siempre había contado historias o, al menos, incitado visiones… Ahora es más notoria esta alucinada imaginería. ¿Cómo haces para convivir con ella y exorcizarla?
Sí, en mi poesía es cada vez más visible una vocación narrativa. Pero son relatos ambiguos en los que el narrador no está seguro de lo que está ocurriendo. Todo se ve a través de un cristal empañado. Coincido contigo en que tienen la atmósfera desconcertante de las alucinaciones.
Con algo de humor negro manifesté poseer la mano que escribe tus textos y te entregué un muñón (puede verse en YouTube)… ¿Podrías confesar cómo se conduce esa mano?
Esa mano se conduce sola. Tiene vida propia. Un texto en el libro habla de ella: «Unos guantes de cabritilla». Y esa mano tiene la capacidad de señalar lo desconocido.
Precisamente quería preguntarte por dos poemas: «Unos guantes de cabritilla» y «Pequeño animal de alivio». Para mí, alegorías de la creación poética y del objeto poético. Escribes, en el primer caso, «no es un hecho grandioso, es sencillamente un principio de equilibrio o de sustitución» y le otorgas cierto sino inevitable. ¿Sientes que es tu condena vital…?
Escribir no es una condena, es una fatalidad o un sino al que se mira de frente. Y un sino te excede, está en ti, pero está fuera de ti al mismo tiempo. Es lo que narra «Unos guantes de cabritilla». El personaje del poema recibe una mano que viene de otra persona y otro tiempo. Esa mano se ajusta perfectamente a su antebrazo y le permite representar lo desconocido. El poema sugiere que es la mano de Durero. Y Durero representó en una imagen un rinoceronte –también aparece en el poema– que nunca había visto. El poema desarrolla una fusión entre Durero y el que escribe, los dos son una sola persona con dos rostros. Más que una alegoría es una muestra del mecanismo que impulsa los poemas del libro. En ese sentido, sí puede leerse ese texto como un arte poética. «Pequeño animal de alivio» es un texto de cacería, pero el animal no está en el exterior, sino en uno mismo.
El pequeño animal de alivio que simboliza a la poesía debe, para fructificar, cumplir contigo «el tiempo de los remordimientos». ¿Cuánto tarda este decantamiento que funde a la persona civil y al poeta?
Uno de los sentidos que admite ese pequeño animal de alivio es el de ser también la poesía. Y la poesía se escribe desde una dimensión interior; es como una figura de agua congelada que se va formando con el tiempo en una gruta, o como un filtro o un veneno que va macerando. En ese sentido, demora toda una vida prepararse para unos poemas y al fin escribirlos.
Es evidente que parte de esa «preparación» son tus lecturas de temperatura fantástica. Además de Poe, Maupassant, Bierce… ¿quiénes integran tu santoral?
Mi santoral está formado por el Rimbaud de las Iluminaciones y Una temporada en el infierno, Pessoa y el Kafka de los textos breves y los diarios. Otro santoral latinoamericano reuniría a Cortázar y Rulfo. Un tercer santoral de consistencia visual tendría a El Bosco, Magritte, Ernst, Remedios Varo… Y podría seguir añadiendo santorales para honrar cada día de guardar.
Varios de tus poemas «descansan» sobre referencias culturales, como el rinoceronte de Durero y muchas otras... ¿De qué manera quedan registradas en tu subconsciente y son rescatadas luego para su desarrollo en el texto?
Me interesa la poesía que plantea intertextualidades y que vela y revela muchas referencias. Pero esa relación debe ser natural, surgir espontáneamente. Supongo que las cosas interesantes que uno lee y descubre se van almacenando en la memoria y luego surgen con vida propia, transformadas. Recuerdo, por ejemplo, que vi una imagen de ese rinoceronte hace muchos años, en los setenta, cuando estudiaba en la universidad. Treinta años después, ella reapareció para casi dictarme un poema.
¿Y qué tipo de películas buscas?
Veo todo tipo de películas. Pero te doy el nombre de un autor con el que siento cada vez más afinidades: David Lynch. Blue Velvet o Lost Highway son dos historias perfectas.
Considerando que desciendes de una familia convencional, de gustos refinados, dime si esa fascinación por lo oscuro viene de tu infancia…
En mi casa era obligatoria la lectura y desde niño tuve una fascinación especial por algunos cuentos de hadas. Recuerdo un enorme libro de Andersen con hermosas ilustraciones que escuchaba leer a los cuatro o cinco años. Hace unos cuatro años encontré la misma edición en una librería de viejo y ha sido un placer revisitar «Los zapatos rojos», por ejemplo. Es un cuento cruel y perverso. Supongo que en esos años se plantó la semilla.




