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Consiénteme unas preguntas agresivas. ¿Cuál es el límite de tu malditez? ¿Tienes pesadillas en la vigilia? ¿Consumes sustancias proscritas?
La «malditez» no es una máscara teatral o una impostura. Es un extrañamiento íntimo, el reconocimiento y la aceptación de una sombra que te acompaña. Ella tiene su espacio propio y no usurpa la vigilia o la cotidianidad. Ah, a estas alturas de mi vida, ya solo consumo café o té verde.
Tu designio (como en Eguren) es ir a lo desconocido. ¿Desde tus primeros borradores ya presientes el nuevo camino?
En mi caso, los primeros borradores de un nuevo ciclo de poemas no muestran un sendero con claridad. Sin embargo, poco a poco los poemas se van organizando y el libro va adquiriendo tono y consistencia.
¿Eres consciente de que, además de forjar un trayecto personal, tu paso va golpeando de reprimendas al lector?
No me interesa reprender al lector. Sí asombrarlo y desconcertarlo. Ofrecerle trampas, espejos deformantes, figuras inquietantes, enigmas.
Laberintos profundos y laminados en los que se reconozca… Hay algo como del «llamado de la sangre» en tus poemas.
Más que un llamado de la sangre, es un reclamo del «otro» que nos habita o de lo «otro».
No solo son los ambientes claustrofóbicos que despliegas, a pesar de situarnos en un bosque, sino que son las voces imperativas y los ritos, la presencia de santos y aparecidos los que parecen instituir una religión profana. ¿Qué especie de fervor poético es este?
Es tal vez un antifervor. El de alguien que venera y guarda algo que no conoce del todo. A veces lo presiente y los poemas solo señalan que eso otro desconocido está allí.
A pesar de lo receloso que eres con tu creación, he tenido algunas veces el privilegio de conocer el éxtasis que te provoca un verso (o una imagen) y que repites tercamente… ¿Qué hay antes y después de ese descubrimiento?
Creo que hay un movimiento pendular. Primero, el deslumbramiento. Luego, el convencimiento de que esa imagen es la única posible para el texto.
¿ El hilo negro opera como una hebra que une dos senderos del bosque?
Claro, une el freno y la transgresión, la sombra y la claridad, el miedo y el arrojo. Y podríamos seguir con muchos senderos más.
Es reconocible el color y el tono de tus palabras, ¿qué vocablos te parecen detestables o irreconciliables con tu poesía?
Todos los diminutivos.
Los encuentros y las despedidas son mucho más frecuentes que las permanencias, como si tus personajes atravesaran fugaz y desgarradamente la materia. ¿Buscas ese impacto sensorial?
Se escribe sobre lo que no se tiene o ya se perdió, sobre aquello que es fugaz, pero nos desgarró absolutamente.
Los quejidos, la disonancia de alambres, los goznes chirriantes provienen de un oído educado para el temblor. ¿Trabajas con música? ¿Cuáles son tus bandas o cantantes preferidos?
La música siempre está conmigo. Escucho de todo: jazz, música clásica, rock de los setenta principalmente. Escucho insaciablemente a Mozart, Bach o las sonatas de Beethoven. Escucho el rock de Led Zeppelin, Beatles, Stones, Neil Young y mucho progresivo, especialmente King Crimson. También tengo enemigos sonoros. Detesto la grandilocuencia de Wagner o casi todo el rock de los últimos años que he tratado de escuchar, con dos excepciones: Radiohead y Wilco.
Cualquier lectura que se haga de tu obra deja la impresión de que para ti el acto creador es autodestructivo.
Creo que sucede lo contrario. Mi poesía me ayuda a vivir mejor. Es, entre muchas cosas, una posibilidad para neutralizar ese extrañamiento y otredad que poseo.
«El molino», por ejemplo, puede ser un poema emblemático del tormento que significa escribir. ¿Cómo «padeces» tu escritura?
Un molino transforma. Muele los granos para volverlos harina. Lo mismo ocurre con mis textos. Me percaté de ello en mi segundo libro. Por eso lo titulé Las conversiones.
«Todo vicio es algo bueno», dice Brecht y recomienda: «Búsquense dos: ¡uno es demasiado!». ¿Cuáles son tus dos vicios más provechosos?
Soy una persona de naturaleza adictiva. Mi vicio positivo tiene que ver con un afán coleccionista que ahora está circunscrito a los libros. Mis vicios negativos son inconfesables.
De tu inquietante galería interior, ¿ cuál es el ser más entrañable y el que aún se mantiene esquivo?
Hay varios personajes. Uno es alguien nebuloso que se podría llamar el guardián del tiempo. Mi próximo libro, si puedo escribirlo, girará en torno al tiempo. Otro es Barba Azul. Me interesa porque encierra en una habitación un secreto inmenso y terrible.
Ahora vuelves a tu caja de reposo. Supersticioso como eres, ¿en cuánto tiempo estimas que se gestarán nuevas imágenes para el siguiente libro?
En la poesía no caben programaciones. De repente ella decide no regresar. Ahora, si me guío por las señales del pasado, mis libros han ido apareciendo con regularidad. Si hay suerte, en unos cinco años.


Madera ígnea *
Por José Güich
El poeta Carlos López Degregori lanza una ineludible antología publicada en Colombia por la Universidad Javeriana. El 30 de abril se presenta en la prestigiosa Feria del Libro de Bogotá. Para el poeta, quien estudió Filosofía y Letras en dicha casa de estudios en la década del setenta, es como «cerrar un círculo». En Caretas se publicó una parte de esta entrevista que aquí aparece completa.
Campo de estacas, como conjunto poético, no solo implica una mirada personal sobre tu obra y escritura desde 1986, sino también un reconocimiento o consagración que va más allá de las fronteras. ¿Qué criterios adoptaste para elaborar la muestra? ¿Cómo recibes esta edición colombiana?
Elegí los treinta y tres poemas del libro porque me gustan. No significa que considere que esos sean los mejores o los más representativos. Sí busqué una selección que mostrara distintos espacios temáticos y propuestas formales. Por eso hay textos breves y lacónicos, otros que se presentan como series o itinerarios o sumas de fragmentos, al lado de algunos que casi tienen un eje narrativo. Cuando cerré la selección, pude comprobar que mi obra es unitaria. Es un proceso que posee muy pocas fisuras y en el que cada poema y cada libro se alimentan de los que lo preceden y de los que aparecerán después.
¿Cómo recibes esta edición colombiana?
El libro ha aparecido en una colección de poesía de la Universidad Javeriana y para mí es casi como cerrar un círculo. Allí estudié literatura en los años setenta y escribí los poemas que fueron publicados en Un buen día, mi primer libro. En ese sentido, es mucho más que publicar un libro en Colombia con la posibilidad de llegar a nuevos lectores, es sobre todo un acto simbólico y una especie de retribución a unos años que para mí fueron definitivos.
Como sugiere la escritora Piedad Bonnett en el prólogo, tu poesía gira en torno a la memoria y la evocación de la infancia. Has construido una suerte de mitología particular al respecto. ¿Estás de acuerdo con tal apreciación?
No creo que mi poesía sea una evocación de la infancia. Unos pocos de mis poemas exploran ese momento en que la infancia termina y se inicia la pubertad con el descubrimiento del deseo, pero son muy pocos textos. Creo que Piedad Bonnett se refiere a ciertas experiencias y símbolos, normalmente vislumbrados en la infancia, que están en los estratos más profundos de nuestro inconsciente y que afloran a todo lo largo de nuestra existencia. Si quieres tomarlo en ese sentido, puede tener algún asidero.
Curiosamente, algunos poemas en los que estoy trabajando, y que forman parte de un futuro libro, sí reelaboran –ficcionalizadas, intervenidas y manipuladas– algunas experiencias de la infancia.
Muchos de tus poemas, desde los incluidos en Una casa en la sombra (1986) hasta Una mesa en la espesura del bosque (2010), llaman la atención por la elaboración de imágenes a partir de los objetos más cotidianos, que para la voz poética parecen adquirir una significación mistérica o quizá hasta monstruosa… ¿Consideras que es una zona sustancial de tu poética tal aproximación?
Todo buen poema tiene una porción de misterio o una zona de niebla. En la nota introductoria al libro digo que la poesía es una forma de descolocación; ella señala algo turbador, incomprensible o definitivo que presentimos, pero no llegamos a entender y que el lenguaje nunca alcanza a formular. Escribir un poema es el testimonio de ese tránsito hacia el misterio y en mis textos el punto de partida está en la realidad más cotidiana, pero ella, en el transcurso del texto, va perdiendo su seguridad y sus contornos. La poesía es presentir esos otros mundos que están en el nuestro. Puedo suscribir, por eso, la idea acerca de la realidad que está en el primer manifiesto del surrealismo; allí afirma Breton que lo fantástico ha dejado de existir, pues solo hay realidad.
Una mirada atenta al conjunto permite confirmar las afinidades fantásticas en tu manera de abordar los poemas, además de tu preferencia por un fraseo muy próximo a la narratividad… ¿ Corroborarías esa observación?
Es cierto, en mi poesía, desde Las conversiones, que es mi segundo libro, hay una vocación narrativa y tal vez este libro lo muestra con claridad, pero no se trata de historias articuladas con un principio y un final. Mis poemas diseñan ámbitos que se acercan al sueño, a personajes indefinidos y principalmente a escenas. Se encuentra un fuerte componente visual que observa lo que está velado y apenas se vislumbra y se entrega al vértigo que produce lo desconocido. Lo fundamental es lo que esconden esos retazos de historias y debo reconocer que yo no sé exactamente lo que hay detrás. Escribir es tratar de acercarse a ese centro, de asediarlo, aunque jamás llegue a entregarse.
¿Un poet a está obligado a « desdecirse » en cuanto a sus logros y asumir que debe emprender mutaciones camaleónicas? ¿O se trata de ser consecuente frente a una escritura forjada a lo largo de una vida?
En la poesía no caben generalizaciones, porque ella es el espacio de la libertad. Es tal vez uno de los pocos reductos del lenguaje en el que no tienen sentido constricciones ni reducciones. Por eso, señalar una «obligación» atenta contra la naturaleza misma de la poesía. Recuerdo que Octavio Paz escribió alguna vez que a todo poeta, a la hora de seguir escribiendo, se le presentan tres posibilidades: puede profundizar una veta en la que ya ha obtenido, tal vez, óptimos resultados; puede cambiar explorando un nuevo decir con el riesgo de la dispersión; o puede buscar la síntesis de estas dos actitudes con mayor o menor ventura. Yo quisiera creer que esta tercera vía es la que ha primado en mi caso. Siento que en mi escritura no es apropiado referirse a poemas individuales, ni tampoco a libros, y que requiere acercarse a un destino que denominamos obra, aunque seguramente esa comprobación les corresponde a los lectores. Mis poemas son casi un camino existencial y yo he crecido y vivido con sus palabras. Ellos son como un gran relato que supone la construcción y el reconocimiento de una identidad. En ese sentido, creo que sí he alcanzado una identidad poética. Llámala un estilo o una manera de ver y situarse en la realidad. Sin embargo, como ya lo expliqué, siempre he buscado explorar posibilidades formales distintas y abrirme a diferentes preocupaciones.
¿Hacia dónde crees que irá desplazándose tu lenguaje en los tiempos venideros?
Cuando uno termina un texto o un libro, no sabe si la poesía retornará nuevamente con su dictado que determina que escribas. Mi último libro, sin contar reediciones, fue Una mesa en la espesura del bosque, que apareció publicado en 2010. Desde esa fecha, he estado escribiendo y trabajando un nuevo libro que aún está en proceso. Casualmente, los últimos siete poemas de Campo de estacas forman parte de él. Este libro continúa con la exploración del poema en prosa, al que siento como el formato más dúctil y exacto para desarrollar mis propuestas. En cuanto al lenguaje, creo que cada vez me identifico más con la contención y el laconismo. Huyo de los barroquismos y retorcimientos lingüísticos. Indudablemente no estoy generalizando, porque en la poesía es fundamental el camino singular y personal. Después de ese libro: no sé. No tengo un oráculo, ni un espejo que proyecte y refleje mis imágenes futuras. Pero sí tengo una esperanza: que tenga la posibilidad de escribir un número impar de libros de poemas. El que viene en camino es el número once. Ojalá llegue al número trece. Es una buena cifra; te lo dice alguien que siempre ha vivido fascinado por el simbolismo de los números.

La poesía es un hacer*
Por Víctor Vimos
Un poeta es también un disidente que llega, en ocasiones, a alejarse de sí mismo. La multiplicación de su voz, de su experiencia, en símbolos que pueblan lo que sobre el lenguaje edifica lo convierte, con la insistencia de los años, en un otro desconocido.
Carlos López Degregori (Lima, 1952) sabe que la fidelidad a esa disidencia también es una forma de poesía. Con once libros publicados, su voz es referencial en el panorama de la poesía peruana. En su generación, la del 70, preocupada por golpear el lenguaje contra el capitalismo (Hora Zero es la mejor expresión de ello), su trabajo aparece extraño, distanciado de la calle y el bullicio, concentrado en afinar una búsqueda interior en el territorio de la incertidumbre.
Invitado al Festival de la Lira, este año, López Degregori comparte con Cartón Piedra algunas reflexiones sobre su trabajo poético.
A pesar de que en tu poesía la presencia del yo es constante, el discurso no se convierte en una lista de quejas o de experiencias propias expuestas ante los lectores. ¿Cómo logras evadir la autorreferencialidad?
La presencia de un personaje atraviesa todos mis libros. Su nacimiento está marcado en mi segundo poemario, Las conversiones (1978-1981). Ahí, el poema «Y decidí remontarme al ruiseñor» muestra la voz de un hombre que a los 26 años se reconoce como poeta, como escritor. A partir del siguiente libro, este personaje va a adquirir una identidad, un nombre: el mío. Lo represento siempre con mis iniciales CLD, o como Carlos o Carlos Alberto, términos que aparecerán intermitentemente en todos mis libros.
Me he identificado con la poesía de Pessoa, casualmente, un poeta que juega con el conflicto entre el yo real y el yo ficcional. Y siento que en todo mi trabajo está planteada esa dialéctica.
Siempre he intentado evitar que mi poesía sea confesional. Hay en ella elementos de mi biografía, sí, pero tienen que ver sobre todo con una arqueología simbólica, con un sedimento simbólico que se ha ido formando a lo largo de mi existencia.
Yo no soy el personaje que aparece en mis libros, pero, contradictoriamente, ese personaje recoge, en ciertos momentos, algunos aspectos míos. Es un yo disociado, conflictuado, un yo que se fragmenta y encarna múltiples identidades y personalidades. Un yo que es otro, como quería Rimbaud.
Una poesía edificada sobre la multiplicidad de ese yo poco podría al intentar explicar la realidad. En cambio, ¿ podría aludirla, referirse a ella sin tener que nombrarla?
La poesía no explica, no da respuestas, no es explícita. Señala que hay algo que nos excede y descoloca, que está detrás de muchos de los elementos que conforman la realidad y en nuestro propio abismo personal. Escribir es abismarse, cruzar el umbral que lleva al otro lado de las cosas, incluso de la cotidianidad.
La poesía presiente que hay algo. El buen poema, el poema que me interesa, al menos, es aquel que señala simplemente que hay algo que no es tangible y que no logramos entender del todo.
Soy un convencido de que la poesía se opone al discurso racional que quiere tornar explícitas las causas y las consecuencias de algo. La poesía es fundamentalmente descolocación, ahí está su papel subversivo y revolucionario: disuelve nuestras certezas, nos deja sin ellas.
Mallarmé apuntaba que esa descolocación se logra en el dominio de dos instancias: las ideas y el cuidado de los estados del alma. ¿Relacionas esos dos polos en tu poesía?
A diferencia de Mallarmé, quien tenía un proyecto muy racional, a pesar de la irracionalidad del simbolismo, en mi poesía hay una especie de dictado, algo nebuloso que está dentro de mí y me impulsa a escribir, a encarnar ese algo en formas.
Quizá aquellos núcleos semánticos que atraviesan mi escritura tengan que ver con cierta conciencia del vacío, con una vivencia de la pérdida.
La mía, creo, es una poesía elegiaca, en cuanto su tema central es aquello que hemos perdido o que nunca podemos conseguir. Se trata de señalar, a través de símbolos, formas, escenas, imágenes, ese estado de carencia, de incompletitud.
«A qué sonará una voz que nadie oyó durante años. / A nada sonará», los dos primeros versos de Las conversiones. ¿No es, para la voz del poeta, el silencio siempre una tentación, un límite?
Todo poema surge de la nada. Estamos en silencio, decimos algo y el poema se materializa en ese proceso. Torna a la realidad. En mi caso, el silencio siempre ha sido transitorio. No me ha sucedido como a Westphalen: después de dos libros deslumbrantes dejó de escribir, pues el silencio se apoderó de él; la encarnación de su poesía era no decir.
El silencio no solo es una tentación, sino una presencia que está aguardando. Cuando el poeta termina de escribir, regresa al silencio. La pregunta es entonces si volverá a escribir, si volverá a atravesar esa frontera.
En este mundo poblado de ruidos, de palabras insustanciales, de discursos manipuladores y sin sentido, es una opción el silencio. Pero la poesía debe enfrentarse a estos momentos. Quizá la mejor manera de enfrentarlos sea diciendo y no quedándose callado.
¿Ese «decir», tratándose de la poesía, articula emociones, pero también razones? ¿Qué le aportan las ideas al poema?
Yo me afilio a la vertiente que se halla en el diálogo Ion, de Platón. Allí reflexiona sobre la inspiración y el origen de la voz poética, y concibe a la creación poética como un dictado, no como parte de una idea previa. En el proceso de la escritura, uno va esclareciendo aquello que quiere señalar, no decir ni explicar, sino aquello que de pronto quiere manifestarse.
Tengo una poética irracional, en el sentido que le ofrecía a este término Wallace Stevens. Irracional, en el sentido de establecer las relaciones entre los eventos y las cosas a partir de una razón otra. En esa línea me ubico. No en la falta de sentido. Cuando empiezo a escribir, no sé adónde va a ir el poema. Este elige y encuentra su propio camino. Indudablemente, en su semilla está toda la parte que tiene que ver con la forma, con la expresión. Y este sí es un proceso totalmente consciente. Conforme pasa el tiempo, uno domina sus recursos. Los poemas suponen una corrección permanente. No hay poema terminado: lo dejamos ir para pasar a otro, como sugería Valéry. La conciencia vigilante puede llevar adelante ese camino.
Concibo esas dos vertientes. El impulso impone lo que estás escribiendo. La forma es golpear el barro del lenguaje, manipular las palabras para lograr que de alguna manera expresen aquello que te perturba e impulsa a escribir.
¿Cuál es tu trabajo para mantenerte atento a ese dictado interior?
La presencia de la poesía no es permanente. Uno no puede proponerse escribir un poema. Hay periodos de sequedad. Sin embargo, lo único que puede hacer un poeta es ver. La poesía está relacionada con una manera de ver la realidad, presintiendo que hay algo más detrás de ella. Y leer. La poesía se va afinando con la lectura.
Esas han sido dos actividades constantes en mi formación. Observar la realidad y dejarme llevar por la imantación de la lectura. En algún momento ese dictado aparece.
Sobre ese dictado interno, sobre la inspiración, se ha estructurado una serie de publicaciones que ven en ella el único justificativo, descuidando la forma.
La inspiración es el instante. El resto es trabajo. Eso es lo que he experimentado. Hay momentos en que tienes una relación cercana con el lenguaje: las palabras se articulan, se aceitan, salen de forma constante. En otros momentos, no.
La inspiración es solo una fuerza originaria y, por supuesto, el poema no se reduce a ella. Tiene que ver con una inclinación personal, creo. Estoy convencido de que la poesía es un don. Uno viene con ella. Simic esboza esta idea: los intelectuales miran las cosas, algunos sienten que detrás o en el fondo de ellas están las mismas cosas de una manera mejor. Esa es una actitud más racionalista. Otros, en cambio, perciben que dentro de esas cosas hay otras, totalmente distintas. Por ahí va mi poesía.
Desde esta perspectiva, la belleza, uno de los temas que pueblan la poesía, ¿se distancia de lo superficial?
Desde una perspectiva cultural, lo apolíneo y lo dionisiaco, como representación de razón y pasión, luz y sombra, siempre se han cernido sobre el arte.
En mi caso, la realidad que observo no pertenece al mundo de la luz. Mi poesía es de túneles, sótanos, recintos cerrados. Se miran cosas, pero de una manera velada, como tras una ventana empañada.
En mis poemas habita un mundo desequilibrado, informe, a veces hasta siniestro, en el sentido freudiano.
Pero en esa oscuridad hallo una música particular, trabajo con el lenguaje para evitar chirridos y estridencias. Cuido mucho el ritmo, esa es una exigencia musical que desde la antigüedad clásica está presente en la poesía.
Representaré elementos oscuros de la realidad, pero busco la música que torna a una belleza distinta de esos elementos.
¿Hay forma de que la poesía se separe de la música?
Creo que no puede existir una separación entre poesía y una cierta forma de música. No necesariamente una música regular, porque esta puede sustentarse en rupturas, improvisaciones.
La característica del discurso poético es su disposición para introducir una cadencia en el lenguaje.
Un lenguaje normalmente es lineal, acumula sonidos, uno detrás de otro. Lo que hace la poesía es quebrar esa secuencia lineal y tratar de entregarle un ritmo, que además es el mismo que existe en el mundo: la respiración, el ciclo de los astros, nuestro corazón, la vida misma, tienen un ritmo. La poesía traslada ese ritmo cósmico al lenguaje.




