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15 de febrero de 2017 · 36 likes
El universo, fuera de la Tierra, impresiona por su majestuosidad, por su violencia, por tener un tamaño que ni siquiera cabe en nuestras cabezas. Sin embargo, es bastante simple. Sus procesos son difíciles de desentrañar desde la Tierra: no podemos meter el universo en un laboratorio y hacerle cosas para ver cómo reacciona, y solo podemos analizar la luz que nos llega para entender lo que pasa ahí fuera.
Sin embargo, descubrimos que son cosas sencillas: los procesos que ocurren dentro de una estrella (y que condicionan su evolución), la composición del medio interestelar o el movimiento de las galaxias son sencillos comparados con la complejidad de una célula eucariota, unas fabes con almejas, un cerebro o un iPad. En este planeta hay (pocas veces) vida inteligente y hay sociedades: hemos inventado la política y el fútbol, las ferias de arte, los coches, los memes, las polémicas en Facebook, los coworkings y el Carrefour de Lavapiés, y en ese estrecho pero fascinante mundo nos movemos.
Pero no estemos tan tranquilos: hay múltiples amenazas que pueden borrar nuestro mundo incluso antes de que usted termine de leer este post: la explosión de una supernova cercana, una fulguración solar demasiado intensa o una estrella errante que se lleve por delante este Sistema Solar de periferia galáctica, entre muchos otros exabruptos cósmicos, arrebatos de un universo indiferente y cruel.
Piénselo la próxima vez que tome violentamente bando por un candidato a representar a España en el Festival de Eurovisión.
17 de febrero de 2017 · 168 likes
Llevaba una prisa astronómica: cuando vi a lo lejos la parada del 27, delante del Teatro Circo Price, el autobús ya estaba llegando. Milagrosamente, el semáforo se puso en verde y pude echar a correr a toda velocidad, cruzar una calle, dos calles, esquivar un carrito de reparto, un galgo y a una señora. Aun así, cuando llegué a la parada el conductor ya cerraba las puertas. Me quedé fuera. Por poco. Enseguida me di cuenta de que había bastante tráfico y de que el 27 estaba atascado en una hilera de automóviles que esperaban al verde. «Si voy corriendo a toda hostia por la acera —me dije—, lo cojo fijo en la próxima parada». Entonces todos los músculos de esta máquina de guerra ingobernable que suelo llamar mi cuerpo se pusieron a funcionar como un prodigio extraterrestre. Alcancé velocidades relativistas, esquivé otro carrito de reparto, otro galgo y a otra señora, la peña estaba flipando muy fuerte conmigo, jamás habían visto nada semejante, torcí la esquina y enfilé cuesta abajo la recta final: la siguiente parada se vislumbraba ya al final de la calle. Lo sorprendente es que le llevaba una ventaja considerable al 27, ni siquiera se oía su rugido ahí detrás, pisándome los talones. Seguí bajando a toda velocidad, con el corazón tricotando como el de un bakala, era el Carl Lewis del transporte público, el condenado Usain Bolt que humilla a la Empresa Municipal de Transportes (EMT), el héroe veloz de los oprimidos peatones. Entonces apareció el autobús a mi izquierda, adelantándome. Pensé: «El conductor debe de estar flipando, a ver qué cara pone cuando me suba victorioso, laureado, bien sudado». El 27 llegaba ya a la parada y yo estaba a unos veinte metros. Entre que frenaba y abría la puerta yo ya estaría allí, dispuesto a abordarlo... Pero se dio la circunstancia de que no había nadie esperando en la parada, así que el 27, pilotado por el conductor de los perros del infierno, pasó de largo. Pasó absolutamente de largo, sin acercarse siquiera un poquito a la acera. Ahí me quedé yo, con la rodilla hincada en el asfalto, aparentemente derrotado pero en realidad vencedor moral de la carrera imposible del hombre contra la máquina. Mientras mi corazón se calmaba, ya en el barrio de Palos de la Frontera, mi mente me decía: «A partir de ahora irás corriendo a todas partes».
20 de febrero de 2017 · 170 likes
Hay una tienda de muelles ahí donde Atocha, es una tienda especializada, solo de muelles, la veo cuando voy al Mercadona, o a La Casa Encendida, o al bar Marfe, o al bar La Rosa, o al Teatro Circo Price, o a la tornillería López Calvo, siempre está ahí la tienda de muelles, en la penumbra, con la puerta cerrada y los cristales algo sucios, no se ve a nadie dentro, no sé quién es el dueño si es que lo hay, nunca me atrevo a llamar al timbre y entrar (porque hay que llamar al timbre para entrar), llevo diez años diciéndoles a diferentes tipologías de redactores jefe que quiero hacer un artículo sobre la tienda de muelles, ahí donde Atocha, y no me hacen caso, creo que es porque suena absurdo, a quién le puede interesar una tienda de muelles, pero es porque no la han visto con sus propios ojos, hay muelles de dos metros de altura y del grosor de la polla de un ogro, hay otros muelles tan pequeños y finos que cabrían dentro del ojo de un insecto, yo no sé qué pinta ahí esa tienda de muelles, no sé nada de la compraventa de muelles, quién los compra, quién los vende, hay miles de millones de muelles en este sitio, todo rebota, todo sigue la ley de Hooke de los materiales elásticos, quisiera reunir el valor para entrar en la tienda de muelles, pero me imagino a su propietario como un hombre hosco con una escopeta en una mano y un muelle en la otra, ¿para qué sirve un muelle, qué paradoja existencial plantea? Siempre paso por delante de la tienda de muelles que tiene dentro el Aleph de Borges y siempre temo que a la próxima vez la hayan cerrado y en su lugar hayan puesto una tienda de boles de cereales a precio de centollos.
22 de febrero de 2017 · 108 likes
Si la NASA anuncia hoy que hay vida extraterrestre en un exoplaneta lejano, será probablemente la noticia más importante de la historia de la humanidad. Primero (Copérnico) nos echaron del centro del universo, luego (Darwin) nos echaron del centro del asunto biológico, luego (Freud) nos echaron del centro de nuestra propia mente. A muchos los echaron hace poco (los malos) de sus trabajos y de sus casas. Ahora nos pueden echar de la molonitud de ser la vida exclusiva en el universo. Se planteará entonces una nueva y acuciante pregunta: si hay vida extraterrestre en ese lejano exoplaneta..., ¿cómo puede uno agregarla al Facebook?
1 de marzo de 2017 · 95 likes
Hay en el Carrefour de Lavapiés unas manzanas muy brillantes. Parecen kriptonita. Son tan brillantes y tan verdes que si las miras mucho rato te quedas ciego. Como no les pongan un telón opaco encima, la empresa va a tener que dar indemnizaciones. O gafas de sol en la puerta para todos los clientes (entonces el súper molaría aún más). Brillan tanto que si te colocas una placa fotográfica detrás te sale una radiografía, sin listas de espera. Yo siempre oculto mis genitales de esas manzanas con una lámina de plomo de dos centímetros de grosor, no vaya a ser. Más que manzanas golden son manzanas gamma. Para acercarse hay que ponerse un traje como los que se enfundan para entrar en las ruinas de la central de Fukushima. Son tan brillantes esas manzanas que deben de ser doctoras honoris causa por la Universidad de Harvard. Probablemente pronto les darán un cargo de responsabilidad en el Banco Mundial. Esas manzanas son la Idea Platónica de la Manzana si Platón fuera Andy Warhol y si Andy Warhol estuviera de tripi y si el tripi estuviera revenido. Pasan los días, y no se acaban.
7 de marzo de 2017 · 67 likes
Tengo un recuerdo muy fuerte y tremendo de mi infancia. Concha Velasco anunciaba Cola Cao en un programa de la tele en el que colaboraba y cada día tenía que ponerse una gorra de visera promocional de la marca chocolatera y hablar a cámara de esta guisa, pero con naturalidad. Lo traumático era que, como no quería estropearse el peinado, se la ponía encima de la cabeza, pero sin calársela, es decir, estaba la cabeza de la icónica actriz y luego, encima, la gorra de Cola Cao, sin solución de continuidad, la gorra como si un arcángel la hubiera posado tal cual en la testa de Velasco. Yo pensaba: vaya cutrez llevar la gorra así, sin calar, como si fuese un vaso sobre la bandeja de un camarero. Pero resulta que ahora la chavalería hipster y trapera lleva la gorra así. Se ve que de niño yo no era muy avispado en eso de detectar tendencias, y Concha Velasco estaba creando una que, si bien permaneció larvada largo tiempo, resurgió con fuerza al cabo de los años. Nunca sabes.
13 de marzo de 2017. 185 likes
Me acabo de cruzar con la alcaldesa Manuela Carmena por la calle Argumosa, en la que sobrevivo. Iba con su jefe de prensa, Jesús Duva, que fue profe mío, y otras personas que no supe identificar. Le dije:
—¡Alcaldesa!
—Vaya —dijo ella—, ¿y tú quién eres?
—Me llamo Sergio y no tengo sindicato ni esperanza. La vida me resulta una monótona sucesión de días idénticos, con la única salvedad de que vamos envejeciendo. El Ibex 35 controla nuestros designios desde la sombra y no permite que nuestra calidad de vida regrese a los estándares socialdemócratas. Oh, la poesía ha perdido su razón de ser en esta época en la que los robots están prestos a dejarnos sin trabajo. La ilusión voló, aflora el desencanto y las droguillas ni siquiera son lo que eran. Alcaldesa, fenezco.
Entonces Carmena me cogió con las manos de Carmena y me apoyó la cabeza contra el pecho de Carmena. Los dedos de Carmena, como en un titular de prensa, me revolvieron el pelo.
—Fanjul, don’t worry —me dijo la amable señora—. Te voy a poner una avenida.
Ahora, para celebrarlo, me he ido a comer un menú del día. Tallarines con gambas, merluza a la plancha, cortado, 10,50 euros. La vida cobra otro matiz.
15 de marzo de 2017 · 204 likes
Desde que Liliana trabaja fuera, la casa está triste, el aire se aburre de estar quieto y el parqué extraña sus pisadas élficas: un silencio freelance recorre Europa. Cocinar para solamente uno es la muerte de la madre de Bambi, así que estoy comiendo pésimo: como Whopper (es más, como doble Whopper), como pizza Tarradellas cuatro quesos con latas de atún, como Chilli Cheese Bites, y torcidas de fresa, y tallarines parmesanos de sobre Gallina Blanca, y devoro uñas, y pelusas, y pequeños pedazos de gotelé. Liliana, los camellos del barrio te echan de menos, el árbol de enfrente quiere que admires sus progresos primavéricos y el espejo del baño ya no tiene a nadie brillante a quien reflejar. Los electrodomésticos amenazan con una huelga salvaje de carácter revolucionario si no les das una fecha de regreso. Yo me asomo a la balconada, la gente pasa y disimula, me fumo un piti, hablo largo rato con la tostadora, que me cuenta cosas increíbles sobre ti, todo tipo de tips y curiosidades. De ahí extraemos kilométricas listas de tus principales virtudes (la séptima te va a sorprender). Cada hora y media repaso mentalmente tu jepeto, porque tengo miedo de olvidarlo, de que un día, cuando vuelvas al anochecer, si es que vuelves, piense que eres una loca que se ha colado en casa a matarme para siempre.
27 de marzo de 2017 · 111 likes
Durante tres años y medio, poco después de llegar a Madrid, viví muy cerca de la plaza del Callao. Era extraño ser arrojado al centro del universo español casi recién llegado de provincias. Mi casa, nuestra casa, estaba, por fortuna, en una calle escondida y muy tranquila donde cantaban los pájaros, se oía el rumor de las hojas besadas por la brisa y los niños molestaban; pero, aun así, a veces me resultaba agobiante estar inmerso en el territorio donde sucedía todo.
Ponía la tele y veía un anuncio rodado en Callao. Veía una peli y salían los alrededores de Callao. Las noticias políticas sucedían muy cerca. La boda real nos cogió allí mismo, casi en primera fila, y la policía vino a pedirnos el DNI casa por casa. Aquel día histórico, como he contado tantas veces, no pude regresar del after hours porque la Gran Vía estaba cortada para que pasasen Felipe y Letizia (me enganché a otro reafter, tranquis). Veía entonces mucho cine japonés y coreano, porque estaba de moda y porque en aquellas pelis no salía la plaza del Callao.
Ahora, la verdad, no vivo tan lejos, pero supongo que me he acostumbrado al ajetreo capitalino. Total, que el otro día me topé con una foto de Callao sin peatonalizar (es un decir, más bien sin hormigonear y comercializar) y me entraron dudas sobre si yo había conocido la plaza de esa guisa. No me sonaba. Pero, claro, durante aquellos tres años y medio la plaza era aún recorrida por incesantes vehículos circunvalantes. La memoria es plastilina.
Ahí, recuerdo, donde había un quiosco y autobuses rojos, en esa barandilla metálica que ya no está, me sentaba a esperar a los entonces exiguos coleguis para ir a incendiar Malasaña, en la medida de nuestras posibilidades. Recuerdo que entonces eso me llenaba de nervios ante los prodigios nocturnos que se avecinaban, y también recuerdo que a la vuelta, en Callao, al final de la noche, los chinos ambulantes, como dealers del denostado carbohidrato, aún vendían callejeramente arroz tres delicias y tallarines con gambas, y que aquello me parecía el cielo, aunque dijese la peña que estaban aliñados con saliva y semen oriental. Como el Marqués de Sade en aquel cuento guarro pensaba yo: ¡que me engañen siempre así!
1 de abril de 2017 · 253 likes
Una vez tuve una novia que siempre que estaba en casa se ponía una gorra de visera verde oliva. La llamaba su «gorra de andar por casa». En aquellos momentos de amor primerizo me parecía un rasgo genial de su personalidad, un punto excéntrico que la hacía aún más atractiva. Qué cosa, su «gorra de andar por casa». Qué persona tan especial.
Pronto empecé a visitarla con frecuencia en su apartamento, por Conde Duque, e incluso a pasar allí algunas noches, sobre todo durante los fines de semana. No tardó en regalarme una gorra de visera verde oliva: era mi propia gorra de andar por casa. Lo cierto es que me hizo mucha ilusión, porque con esa gorra en la cabeza yo entraba también en su excitante y creativo mundo.
El siguiente paso fue arrejuntarnos en un único piso, por Atocha. Al fin y al cabo, no tenía sentido pagar dos alquileres y tener siempre un inmueble inutilizado. Con la confianza y la convivencia dejé de ponerme la gorra de andar por casa. Es curioso: al principio solo me la quitaba cuando ella estaba fuera, currando en el teatro, y en cuanto escuchaba el ruido de las llaves girando en la cerradura me la volvía a colocar. Yo sabía que aquello de la gorra no era otra cosa que una costumbre divertida y excéntrica, pero de alguna manera tenía miedo de que ella me viera en casa sin la gorra. No quería decepcionarla.
El tiempo lo hizo todo más laxo: no cuidábamos tanto nuestro aspecto, hablábamos menos, salíamos poco y yo volvía a beber cada noche en el salón. Entonces, no sé por qué, dejé de ponerme mi gorra de andar por casa. Ella montaba en cólera: «Ponte tu gorra de andar por casa», me decía, y yo le respondía que era libre de ponerme o no ponerme lo que quisiera, que la gorra era mía y la casa también. Y la cabeza, claro. Ella decía que no podía vivir conmigo ni mantener una relación si no cumplía las normas que habíamos establecido desde el principio, si no me ponía la gorra de andar por casa. Yo le dije que eso no era una norma sino un juego ingenuo, y hasta estúpido. Ella me dijo que me fuera a la mierda. Yo le dije que eligiera: o yo o la gorra sobre mi cabeza. Ella me dijo que eso era una elección imposible, porque si yo me iba tampoco iba a poder dejar la cabeza con la gorra puesta, así que me rechazaba a mí, a mi cabeza y a la gorra.
Apenas unos días después yo ya estaba viviendo en otro apartamento que encontré barato en Marqués de Vadillo. En las noches más tristes me aliviaba mirando su Facebook. Movido por la nostalgia, una tarde bajé al bazar chino y me compré una gorra de visera verde oliva. Una gorra de andar por casa.
4 de abril de 2017 · 76 likes
Ahora soy un almorzador solitario. Como Liliana se pasa el santo día en una oficina lejana, yo salgo a comer el menú del día. Es una experiencia agridulce. A mí me gusta porque soy un acérrimo foodie de los menús del día. Y porque almorzar solo todo el rato tiene un punto romántico. Yo soy un periodista freelance, pero cuando me veo a mí mismo sorbiendo la sopa sobre el mantel de cuadros y observando fríamente al personal circundante bien podría ser un agente de inteligencia en misión secreta, un novelista depauperado o un comerciante que recorre el mundo trajinando con materiales extraños. Otras ventajas de comer solo son que uno elige restaurante (cada día pruebo uno) y que, como no tomo postre ni café, tampoco tengo que esperar a que otros lo tomen, cosa que odio, sobre todo cuando me entra el sueño de la sobremesa. Además, al no comer en casa (es muy triste cocinar para uno solo) me ahorro el riesgo de ser atrapado por los largos tentáculos de la cama en una siesta sin fin. Como ven, la vida freelance es un continuo combate contra las propias perezas y contra la propia soledad. Comer menú del día es uno de los pocos vicios que me permito, una de las pocas alegrías que me da la vida. Sin embargo, después de comer así, arroz caldoso con langostinos y almejas, albóndigas guisadas con patatas fritas, sin postre ni café, como hoy, al regresar al coworking unas veces me siento animado y otras desolado. Mi madre me dice que no es sano, pero no sé si se refiere al menú o a la melancolía. Lo que es seguro es que regreso empachado. Pese a todo, me he propuesto un reto: jamás, y cuando digo jamás es jamás, comeré de tupper.
10 de abril de 2017 · 83 likes
A Carme Chacón la mató una cardiopatía congénita que se conocía vulgarmente como «tener el corazón al revés». Es buena muestra de la perversidad del lenguaje, que hace sonar poético algo que anatómica y fisiológicamente es horroroso y te acaba matando. Esta condición del cuerpo bien cabría en un poema o en una novela de Boris Vian, de esas en las que a Chloé le crece un nenúfar en el pulmón. Se asemeja a la dextrocardia, configuración que consiste en tener el corazón en el lado derecho (puede ocurrir con otros órganos) pero que, a diferencia de la afección de la exministra, no supone ningún peligro para el usuario. A pesar de todo, esta mujer llegó a jugar al baloncesto, a ocupar dos ministerios y a ser madre. Agilizó los desahucios, como recuerda la hemeroteca, lideró el Ejército embarazada. Tenía casi tan pocas pulsaciones como Miguel Indurain, pero estaba enferma. Ojalá todos los hipocondríacos cardíacos, los que cada noche escuchamos angustiados retumbar nuestro corazón en la almohada, los que no comprendemos cómo nuestro corazón puede latir todo el rato entre la cuna y la tumba, los sindicalistas orgánicos que estamos en contra de tal explotación muscular, tuviésemos ese ímpetu para subir el Tourmalet nuestro de todos los días.
11 de abril de 2017 · 119 likes
No siendo yo fascista ni nada de eso, siempre me emocionó sobremanera la canción esa del Novio de la Muerte. Mi padre, que en paz descanse, tampoco era nada de eso, pero le tocó la mili en Melilla, en la Legión, donde conoció el alcohol y la grifa.
Una vez encontré una foto en blanco y negro de mi padre vestido con el uniforme legionario de gala, una foto de estudio en la que papá miraba al infinito con arrogancia y altivez, esperando las grandes hazañas que estaban aún por llegar y que al final no fueron tantas ni tan señaladas. Se la dedicaba a mi madre así: «De un caballero legionario a su dama».
La canción del Novio de la Muerte, por alguna razón, tal vez porque está muerto, siempre me recuerda a él, y eso que nunca me la cantó. La historia que cuenta es tremebunda: un legionario que recupera heroicamente la enseña al enemigo y muere feliz en el campo de batalla porque así puede reunirse con su amada en el otro barrio.
Total, que al parecer el otro día unos legionarios fueron con sus barbas y su mentón en alto a cantársela a unos niños que se mueren de cáncer en un hospital. La delicadeza, eso ya lo sabíamos, nunca fue uno de los atributos más valorados en un caballero legionario, pero bueno, quién sabe, quizá a alguno de esos niños enfermos le reconforte saber que a esos valientes hombretones no solo no les da miedo morir, sino que hasta lo desean. Que la muerte no es nada.
A mí me gustaría que me resbalase la muerte como a los legionarios, pero en realidad vivo acojonado con mi propia finitud. Qué tontería: no disfrutar de la vida por tener miedo a que se acabe. Es como amargarse en una fiesta porque va a tener un final. Por lo demás, siempre que aparece la Legión tengo una extraña sensación de bilocación temporal: con sus uniformes chulos, con sus maneras chulescas, con su deriva fascistoide, levantando en el aire un enorme crucifijo, con su simpática cabritilla, es como si vinieran de otra época a través de las puertas del Ministerio del Tiempo.
18 de abril de 2017 · 128 likes
Cuando llegué a Madrid, a principios de siglo, Lavapiés era un barrio en el que la gente no quería vivir, por cutre y por peligroso. Había quien accedía a tomarse una caña en sus terrazas, pero los visitantes eran avisados de que tenían que agarrar bien sus bolsos y objetos personales porque probablemente se los iban a birlar. Aunque estadísticamente el barrio no era más inseguro que los alrededores de Gran Vía, en el imaginario colectivo eran calles relacionadas con la delincuencia, que se asociaba con fuerza a las primeras oleadas de inmigración. Había peleas entre etnias, tirones, atracos a punta de navaja, y los niños del pegamento de la plaza de Cabestreros campaban a sus anchas. Como en todo proceso de gentrificación y turistificación, hacer el barrio seguro era fundamental —las cámaras de videovigilancia y la mayor presencia policial fueron importantes en esto—, y hoy Bambi puede pasearse por la madrugada lavapiesera sin que le toquen un pelo.
Ahí está la clave: propongo a los activistas antigentrificación formar una banda criminal que siembre el caos en el barrio: atracos, peleas en bares, disfraces de payaso en la noche, secuestros, predicadores de los Testigos de Jehová, disturbios de todo tipo. Se trata de recrear la inseguridad ciudadana para que nadie quiera venir aquí, ni cogerse un Airbnb cuqui en una corrala. Que nadie salga entero de un agradable paseo por Argumosa, que nos vayamos, horrorizados, hasta los propios vecinos y se quede el barrio como un Belchite del crimen, asolado por la delincuencia y abandonado. Si no es para nosotros, que no sea para nadie. Que lo conviertan en Museo de la Maldad Penal. Yo me ofrezco a liderar esa banda.
19 de abril de 2017 · 102 likes
Fuimos a comernos una paella al lago de la Casa de Campo, como si fuéramos madrileños de bravura, y volvimos a flipar con lo desconocido que es este extenso bosque tan cercano al Primark de Gran Vía. Allí, entre los restaurantes de la orilla, sucede una feria popular donde se arremolinan la clase obrera, los mediopensionistas y algún miembro de la Trama que ha ido a comerse una buena parrillada en el Urogallo y a fumarse un puro al fresco. Faltan los ponis, y hay quien aprovecha para estrenar biquini, que ya hay ganas melanómicas. Nosotros fuimos al Montaloya, el más barato, que dice Tripadvisor que es «pésimo», pero que no estaba tan mal: la vida es mejor cuando tienes expectativas bajas. Es difícil distinguir al patricio de la plebe porque hoy en día todo el mundo viste de Inditex, iguales como en la China de Mao. Yo preferí hablar con un pato que surcaba la ondulante superficie del lago (en medio del estanque surge un imponente chorrazo muy heteropatriarcal). Era un ánade de cabeza verde botella (Anas platyrhynchos), lo típico.
—Oye, pato, este sitio donde vivís, este lago, este parque, estas barcas, hoy que hace sol, me hacen sentir como si viviese en una de esos cientos de películas escandinavas que ha comprado Radio Televisión Española (RTVE) y que emiten por las tardes soporíferas.




