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—¡Cuac! —dijo el pato, que parecía sueco—. ¡Cuac!
Luego caminamos muy largamente por esos pinares poblados de brócolis extraterrestres gigantes y vimos a los conejos escapar de nosotros a toda leche. Estos conejos son pequeños, como una explosión de pelo entre la hierba, y andan acojonados por lo de la depredación. Debe de ser un rollo ser un conejo, vivir en la naturaleza, siempre con un ojo mirando a ver si te comen. Es que la naturaleza es muy neoliberal, y a eso vamos, a la jungla del comernos unos a otros, de la mano de los grandes organizadores, o desorganizadores, de la economía mundial.
Al borde del lago había un árbol que parecía caerse al agua, pero que estaba quieto. Una señora muy grande llevaba a una tía buena en su camiseta, como si se la hubiese comido. La paella (mixta) bien, pero algo cara dada la exigua ración. Yo es que a las paellas siempre encuentro que les falta arroz entre tanto tropezón, porque yo amo el carbohidrato. Vaya usted a perderse a la Casa de Campo: en algunas partes se pilla wifi.
24 de abril de 2017 · 132 likes
He comenzado mi sutil guerrilla mental contra el turismo hipertrofiado en Lavapiés. El otro día estaba yo comiéndome un stromboli de champiñones en la plaza cuando se me apareció una familia de Stuttgart, capital del estado de Baden-Wurtemberg, Alemania. Todo muy civilizado: padre talludito, delgado y canoso con polo rosa, madre socialdemócrata y un par de niños lavados con Perlan.
Me preguntaron muy amablemente dónde estaba la calle Sombrerete (imagínense pronunciar Sombrerete en alemán) porque tenían que arrastrar hasta allí sus trolleys, supongo que en pos del apartamento de Airbnb en el que iban a vivir la auténtica experiencia lavapiesera para regocijo de los flujos de capital internacionales. Muy amablemente les indiqué el camino. Pero añadí mi ataque mental.
Les dije: cuidado en este barrio con vuestras cosas, que aquí se roba mucho y bien y hay bastante inseguridad. Beware pickpockets, y tal. Es solo un comienzo, un virus cerebral, un meme, que se extenderá de Baden-Wurtemberg a todos los länder de la Alemania federal, y de ahí a toda la zona euro, y a la Unión Europea entera, y hasta al Imperio otomano y la Ancient China, y bueno, ya podremos hablar aquí de otras cosas soleadas, como las flores y los menús del día. O eso o nos mandan a los marines a pacificar la zona y a la Mother of All Bombs. Es la Teoría del Caos.
24 de abril de 2017 · 190 likes
Esperanza, fue bonito mientras duró. El otro día me conmovieron tus lagrimones de agua del Canal de Isabel II, que venían a inundar el mundo entero y a salvar solo a parejas populistas embarcadas en el arca de Noé. No llorabas por Ignacio, ni por la corrupción, ni por el hipotético calvario; llorabas porque a ver si te van a trincar a ti, porque, por lo pronto, ya no vas a pasar a la Historia por presidir España, porque ya no serás la Thatcher española, porque ahora igual una señora te llama choriza por Serrano. Esperanza, you sexy motherfucker, me resultabas sexualmente atractiva, como otras personas que caen mal al español medio (Cayetana Guillén Cuervo o Willy Toledo, por ejemplo), eras la domadora del circo en los saraos del Ritz o en los colegios de Villaverde y por ahí, donde llevaste el metro (hubo quien dijo que se iba a llenar el centro de gentuza).
Desde que Pablo Carbonell te quiso hacer pasar por tonta, las cámaras quieren robarte el alma y hacer embutido gourmet (al final va a ser todo culpa de Carbonell, Wyoming y Sara Mago). Casi destruyes el Estado madrileño, eras anarka, y rubia, y malasañera, más que noble, nobiliaria, y privatizaste lo que era de todos en la medida de tus posibilidades, que eran muchas, como cuando la bruja de Embrujada movía la punta de la naricilla. Esperanza, tenías la cara más dura que el cemento Portland, que el diamante, que el grafeno vasco, y según dices, no te hubieras enterado ni de una explosión nuclear en Hiroshima (y eso que sobreviviste a accidentes de helicóptero y tiroteos sin quitarte los calcetines).
Lo que más te dolió fue cuando llegó Manuela y todo el mundo pensó que ella era la tierna abuela y tú la bruja mala. Dicen que cuando mediste a zancadas las aceras de Gran Vía ibas un poco piripi, pero eso me gusta. En fin, que si tu tío Jaime Gil de Biedma levantara la cabeza, te diría que ya vas descubriendo que la vida va en serio, pero como el poeta ya se ha ido, ya te escribo yo este post: como todas las jóvenes neoliberales, venías a llevarte el Estado por delante. Luego descubriste que la corrupción era el único argumento de la obra.
26 de abril de 2017 · 43 likes
Ya me percaté yo de muy niño que muchos de mis mayores gustaban de dormirse con la radio puesta, a lo que mis tiernos oídos infantiles consideraban un volumen estruendoso. Allí, metidos dentro del radiodespertador ochentero, ya se apretujaban los tertulianos con sus discursos aburridos, que a mí me sonaban a chino mandarín; la habitación se quedaba a oscuras, iluminada únicamente por el intelecto de José María García, el Butanito, y la luz rojiza de los mortecinos números que marcaban la hora de la madrugá.
Nunca fui yo niño, ni chaval, ni hombre de radio. Quién me iba a decir que acabaría, en uno de mis múltiples desempeños laborales, hablando en un programa radiofónico de M21 sobre poesía y alrededores (se llama Poesía o barbarie). Sobre todo en aquellas clases de radio en las que la gran maestra jedi de las ondas, Macu de la Cruz, nos ponía a locutar y yo me ponía tan nervioso que parecía un rapero hasta las cejas de anfetas.
Total, que ahora yo también escucho la radio por las noches, me pongo podcasts de anarquistas, de arte excéntrico, de historias curiosas, de misterio, de economía global, y así me voy quedando plácidamente dormido a la par que absorbo diversas informaciones: del radiodespertador al radiodormidor. Ya entiendo yo, ahora que soy un señor de mediana edad, eso de temer al silencio y la oscuridad de la noche en laborable, que es cuando se nos aparecen los miedos, los fantasmas, las ansiedades, los insomnios, y a aquellos que somos hipocondríacos cardíacos nos retumban los galopes del corazón en los oídos, en el pecho, en el colchón, como si la cama-saltamontes kafkiana fuese a empezar a brincar y a salir de viaje por la ventana hasta la Hispania Citerior, donde la brisa hace la vida más tal.
30 de abril de 2017 · 139 likes
Oh, Liliana, los skinheads te traen ramos de flores y tú flotas sobre las aceras chocolateadas: cuando te ven llegar, los cajeros del súper se ponen contentos y les importan una mierda sus condiciones laborales. Generas tanto bienestar que resultas contrarrevolucionaria, los niños antilloran a tu paso, y no solo antilloran sino que sienten otra panoplia de emociones que aún nadie ha bautizado, de lo escasas.
Oh, Liliana, los skinheads, me refiero a los skinheads buenos, te preparan tartas de queso con arándanos y los árboles del barrio te hacen reverencias cuando vas a reciclar el papel y los envases. Eres Big Data, tienes Dual-Core para amar el doble y comes demasiados yogures de ciruela, pero nueve de cada diez expertos dicen que eso es sano.
Oh, Liliana, la gente arroja tortillas de patata cuando pasas por la calle Lavapiés, y caen de los balcones y ruedan calle abajo como si fueran las ruedas del carro en el que el Sol cruza el firmamento cada día. Oh, Liliana, eres glutamato monosódico y canela en rama. Te adoran los parques y jardines, los traperos, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Voy a hacerte un contrato indefinido porque, oh, Liliana, deberías ser consejera delegada en el Ibex 35.
1 de mayo de 2017 · 244 likes
Primero de Mayo: tú antes molabas. Hoy es el día ese que cierra el Carrefour 24 Horas de Lavapiés. Hace un par de años, tal día como hoy, me asomé al balcón de casa y al ver las negras verjas del Carrefour bajadas (muy pocos han podido ver esa insólita imagen) pensé que ocurría algo terrible, una invasión alienígena, una guerra nuclear, y estuve a punto a darme a las benzodiazepinas. Luego caí en la cuenta de que era el Día del Trabajador, y bueno, pues mucho mejor. Pero ¿quién es hoy la clase trabajadora?
Hoy en día los oficinistas altivos, los diseñadores web, los analistas Big Data, los coachs y nutricionistas, los escritores de éxito, los periodistas freelance, pensamos que somos clase media, que más que una clase es una manera de estar en el mundo. Aunque trabajemos, creemos que la clase trabajadora es otra, la que tratan de cambiar los estilistas de Cámbiame, la que llevan al circo de Mujeres y hombres y viceversa, los forococheros, los que viven al otro lado del río o regresan a casa en autobús, allá a lo lejos, por donde el sol se pone. El trabajador, como el hipster, es siempre el otro.
Mientras tanto vamos perdiendo derechos a ritmo de plusmarquistas, reformas laborales y leyes mordaza mediante. Hasta nos han puesto un smartphone en la mano y un iPad en casa para que no tengamos escapatoria. Nos creemos unos bon vivants con Netflix, Primark e Instagram, pero somos unos arrastraos con ínfulas. ¿Cómo no serlo, si la izquierda se derrumba y la peña pasa olímpicamente de los sindicatos?
Yo digo «sindicato» y lo que oigo alrededor es el mantra habitual: «vagos», «mafia», «liberados», etcétera; en realidad, lo que escucho es la voz de la hegemonía neoliberal hablando a través de las bocas poseídas de mis amigos para deslegitimar a los representantes de los trabajadores. Pensamos que los sindicalistas son ewoks decimonónicos adictos a las mariscadas, nos molesta que un estibador cobre más que nosotros, somos partidarios de la «solidaridad negativa»: que todo el mundo esté igual de mal que yo, o peor.
Es cierto que los sindicatos andan a contrapié en estos tiempos atomizados (¿por qué hay nuevos partidos y no nuevos sindicatos?), pero el sindicalismo, el juntarte con tus colegas para que no te pisoteen, porque tú solo no eres nada, es una de las ideas más hermosas. Al sindicalismo, compañeros y compañeras, ese que el neoliberalismo rampante ha jurado destruir (y le va bien), le debemos la jornada de ocho horas, las vacaciones pagadas, el subsidio de desempleo, los servicios públicos, millones de pegatinas y banderines gratis que ondear por las calles, y tantas otras cosas buenas en miles de pequeñas empresas y conflictos.
Hoy la clase obrera no es que no exista (existe como siempre, también fuera de las minas y las fábricas), es que nadie se apunta, y los sindicatos van en retroceso perseguidos por los mentecatos. ¿Qué fue de la vieja clase obrera consciente, sindicada y poderosa? Joven nacional: sindícate y prepárate para flipar.
4 de mayo de 2017 · 62 likes
Conocí a un tipo que solo podía hablar utilizando #hashtags. No digo que utilizase los #hashtags cuando quería llamar la atención sobre un concepto y que el resto de la humanidad interesada pudiera llegar a él, sino que #solo #podía #hablar #usando #hashtags. La vida de este tipo resultaba harto inquietante, y siempre tenía que tener cuidado con lo que decía, porque si decía, en petit comité, #megustamiculito, miles de millones de personas podrían llegar a conocer este orgullo secreto a través de mecanismos metafísicos aún por explicar.
Más tremendo aún es el caso de otra persona a quien pude entrevistar y que solo podía pensar usando #hashtags. No digo que utilizase los #hashtags cuando quería llamar la atención sobre uno de sus pensamientos, sino que #todo #lo #que #pensaba #lo #pensaba #en #hashtags, de tal manera que su mente era completamente transparente y su completo pensamiento era de dominio público: había perdido cualquier intimidad consigo mismo y #vivíasoloparafuera.
Era a la vez pura autenticidad y pura máscara, una cáscara vacía, una interfase entre dos eternidades, siempre aquí y ahora, pero nada más allá. La autocensura, la mentira piadosa, la compasión, toda esa arquitectura oculta que permite que la sociedad no implosione en ese estado de naturaleza que decía Hobbes, no tenía ningún sentido para él. Vivía asustado de existir. Por supuesto, nunca podría dedicarse ni a la #política ni al más verdadero #amor. Señoras y señores, cuídense de esto: #.
9 de mayo de 2017 · 123 likes
Shaza y Jimena: estas tipas son unas jefas, deberían convertirse en un símbolo en este tiempo propicio al odio, un soplo de aire fresco y lesbiano dentro de un mundo donde Arturo Pérez-Reverte hace arriesgados experimentos sociológicos.
Son varias las razones. 1. Porque su historia es una historia de aventuras, una huida a través de varios países, con retenciones en aeropuertos y comisarías, con fronteras lejanas cruzadas a pie, con perseguidores bloqueándoles el paso o pisándoles los talones, con riesgo, valentía y determinación. 2. Porque, aunque no nos guste ya, el amor romántico un poquito al año no hace daño, y sobre todo este, que es más romántico que Cumbres borrascosas: son tan jóvenes y tienen el corazón tronchado como un lirio. 3. Porque las he oído por ahí, en los medios, en su rueda de prensa, y tienen la locuacidad del trueno, son decididas e inteligentes, dentro de su feliz locura, saben lo que quieren, por qué lo quieren y cómo decirlo. Y 4. Por su imagen icónica y potente: Shaza es la dulzura cleopátrica que viene del delta del Nilo, Jimena tiene esa agresividad punk que le confieren el peinado asimétrico y la retahíla de piercings, como sacada del lavapiesero punto de partida del Orgullo Crítico. Por lo demás, podrían ser hermanas, es curioso.
Como digo, tendrían que convertirse en un símbolo indeleble de lo lesbiano (que siempre denuncia su falta de visibilidad) y de lo perseguido, un símbolo de esos con los que se estampan camisetas en el Rastro. Y un recuerdo de que no solo reina la intolerancia en los países más terribles, en lejanas montañas y desiertos poblados de talibanes y ayatolás de ceño fruncido, sino también en el lujosísimo e hipercapitalista Dubai o en la Gran Madre Rusia. Así que espero que les vaya muy bien y que alguien les haga una película, una mezcla de Mi nombre es Harvey Milk, Las mil y una noches, La vuelta al mundo en ochenta días y El fugitivo. Sea.
10 de mayo de 2017 · 59 likes
La media luna de nalga asoma bajo el short caliente. Se acerca el verano y las hordas antigentrificadoras de jipis, punks y otros morlocks van llegando a Lavapiés desde las frías tierras del norte. Con el torso descubierto y la rasta al viento se tumban sobre el asfalto recalentado: la luz, cada vez más blanca y más pesada, reverbera en la litrona de pis. La chinche local está alegre, y también yo: no hay días en el año más hermosos. El ángulo de inclinación del astro sobre el ecuador, desde el pasado equinoccio, es cada día mayor, y la frondosidad de los ramajes primaverales produce, filtrando la luz del sol, esas sombras móviles, como la espuma de la mar, como las disco lights, que los japoneses llaman komorebi. Todo es óptimo, todo es flex, todo anda aflamencao. Los vecinos, de aquí y de Anglosajonia, se arrojan como ropa abandonada por las terrazas de Argumosa, como si no les importase morir en este preciso momento. La basura comienza a oler mal. Pronto los días durarán hasta medianoche.
12 de mayo de 2017 · 138 likes
Ayer llegó Mamá Peligro para pasar unos días en la capital. Fui a buscarla a Atocha y cuando veníamos camino a casa, llevando yo muy amablemente su trolley, me di cuenta de que con el coñazo que estoy dando últimamente con la turistificación salvaje del barrio y con las maletas trolley, ahora alguien me podría confundir a mí mismo y a mi señora madre con turistas recién llegados caminando hacia su Airbnb. A vivir su auténtica experiencia lavapiesera.
Me dio vergüenza pasar por delante de todas esas terrazas de Argumosa, donde mis conciudadanos me reconocen y me admiran, donde ven en mí un referente moral, así que traté de poner cara de vecino, cara de «no es lo que parece, vivo aquí, puedo explicarlo: solo vengo de recoger a mi madre en Atocha», y me di cuenta de lo difícil que es poner cara de vecino, que es como una cara de tranquilidad, de satisfacción, de total falta de novedad, de esto ya me lo he visto yo muchas veces, todos los días, porque vivo aquí, aquí mismo, un poco más allá, en aquel portal, te lo juro.
Pensé en comprar el pan, o algo, o en hilvanar un chotis rapidito. En fin, no sé qué cara me habrá salido al final, seguro que una mezcla de terror y estreñimiento a juzgar por el asombro con el que me miraban mis conciudadanos desde las terrazas, y no sé si la cosa funcionó, porque un grupo de daneses nos hizo señas para que nos acercásemos a sentarnos con ellos, como compatriotas en tierra extraña, y eso que mi madre y yo somos agitanados, pero el trolley nos hacía parecer de Copenhague. Total, que corrimos a casa y decidimos no salir nunca más con la maleta, lo que hará que de ahora en adelante viajemos con lo puesto, y además le ahorrará al planeta recursos y energía. Enfilemos de una vez la necesaria senda del decrecimiento.
13 de mayo de 2017 · 71 likes
Yo siempre veo Eurovisión, lentejuela, caspa, tupé, Profidén, porque hay que ver Eurovisión para saber lo que pasa en el mundo. Usted ve Eurovisión ¿y qué pasa en el mundo? Pues lo contrario de lo que sale en Eurovisión.
No hay mejor forma de tomarle el pulso a la actualidad, aunque sea en negativo. Fíjense: hace algunos años Eurovisión era como un objeto arqueológico, un reducto del pasado que solo generaba interés en cuatro gatos; eran años en los que el proyecto de la Unión Europea iba como un avión, todo recubierto de prestigio. Ahora Eurovisión vive un momento de dulce revival, mientras que la UE se derrumba. En Eurovisión cada vez hay más países (meter a Corea del Norte sería una buena forma de limar asperezas y disfrutar de sus espectáculos comunistas), mientras que en la UE cada día hay menos. Eurovisión y la UE son inversamente proporcionales. Cuando una pierde legitimidad, el otro la gana. Si en los alrededores de la UE miles de personas van formando una alfombra de cadáveres sobre el fondo del mar, en los alrededores de Eurovisión miles de eurofans se van de loca romería (tiene algo de danza macabra). Si las personas cada vez tienen gustos musicales más eclécticos gracias a Spotify, en Eurovisión cada vez suena todo más igual, y más en inglés.
A Eurovisión la gente tendría que llevar su folclore nacional: España joteros y flamencas y Bielorrusia lo que canten y bailen en Bielorrusia. Entonces Eurovisión sería un espectáculo enriquecedor de coros y danzas que nos haría reconocernos en nuestra propia diversidad, como dicen las guías turísticas que hacemos en Lavapiés. Pero lo que nos muestra Eurovisión, sobre todo en los minirreportajes previos a las actuaciones de los artistas, es que todos los países son idénticamente hipsters y misterwonderfulescos; que en todas partes, hasta en Albania, la gente persigue sus sueños y toma rooibos en grandes mesas de madera avejentadas. La apaleada Grecia es indistinguible de la apolínea Dinamarca. Lo mejor de Eurovisión, ya lo saben ustedes, son las votaciones, esa pequeña clase de geopolítica estilo Risk: Portugal y España siempre se votan generosamente, como Venezuela e Irán. Eso sí, Eurovisión tendría que basarse más en la cooperación que en la competición y, por tanto, celebrarse en esperanto.
17 de mayo de 2017 · 37 likes
Ah, los pajarracos, los vi el otro día sobrevolando las señoriales cúpulas del barrio de Goya, se recortaban en negro veloz contra el cielo herido de Madrid al atardecer. No sé lo que son, si vencejos, o gorriones u oscuras golondrinas, el caso es que no se enteran de nada, los pajarillos, uno los mira desde la parada del C1 Circular que viene con retraso, sentado al lado de una maquilladora de El Corte Inglés que acaba la jornada kilométrica y regresa a su hogar en el cinturón sur, y que no se sabe si tiene cara de morir o de matar. Los pájaros lo ignoran todo (y eso que dicen que dentro de cada poema hay un pájaro, y viceversa), están siempre revoloteando en extrañas órbitas espirales en un plano superior de la ciudad: aquí abajo transcurren los problemas humanos y sus soluciones químicas.
Yo creo que esos pájaros acrobático-suicidas que veo son siempre los mismos, que son los que me siguen a mí, que me conocen, y que siempre revuelan a mi alrededor. Cuando cojo el C1 Circular siguen al autobús, pero, es más, cuando cojo el metro ellos siguen la trayectoria del tren subterráneo desde las alturas, al otro lado del asfalto, como atraídos por una extraña fuerza zoológico-magnética. Cuando duermo se echan a dormir justo encima de mi cuerpo, en la azotea, y comen cuando yo como y sufren cuando yo sufro. Cuando vuelo en avión por fin los supero en altura y velocidad, jodeos, alados animales, pero aun así emigran concienzudos hasta llegar a su destino transatlántico, en el que me tomo un daiquiri, que es un pájaro líquido.
Quizá cada uno de nosotros tenga sus propios pájaros y cuando morimos se queden volando sobre nuestra tumba, y si nos incineran y tiran nuestras cenizas por ahí, y son desperdigadas por el viento, también se desperdigan ellos, los pájaros, y se les rompen todos los huesos y caen, cataplof, sobre la tierra, muertos.
18 de mayo de 2017 · 162 likes
La imagen de un ejecutivo comiéndose una ensalada envasada o un sándwich sintético siempre me resulta grotesca. Se puede ver en los alrededores de las zonas negociantes y financieras, o en el AVE, donde lo estoy viendo ahora. A los ejecutivos les gusta alimentarse así y que los vean hacerlo, forma parte desde los años ochenta de la idiosincrasia del yupi, igual que el cinturón de balas forma parte de la del jevi.
Ahí lo llevo, al ejecutivo, con el pelo engominado, el smartphone humeante en una mano y el tenedor de plástico de la ensalada (New Yorker con beicon de Florette) en la otra. Da la imagen de ser un tipo sano, porque come verde, y de ser un tipo ocupado, porque no tiene tiempo de zamparse un grasiento menú del día con dos platos, postre, café y lo que surja.
A mí me da la imagen de un tío esclavizado por sus rutinas laborales (como todos, por lo demás, aunque nuestro trabajo pronto lo harán los robots y nosotros estaremos en el arroyo) que antepone esas llamadas, esos guasaps, esas cotizaciones bancarias a su propia salud y su siestica, y eso que es rico: es una ambición antihedonista, contrabiológica, calvinista, rara.
También me llama gastronómicamente la atención la relación entre comida, bebida y trabajo. Antes, en los productos culturales que reflejaban el curro nadie comía: ni Jack Lemmon comía en la alienante oficina de El apartamento, ni José Luis López Vázquez en las grises oficinas franquistas. Luego, desde USA, se implantó esa imagen del ingeridor laboral, amante de la comida basura, patatas de bolsa, perrito caliente, sándwich cutre, bebedor de grandes mugs de café, cómo no, americano. La taza de marras llegó hasta las mesas de los presentadores de late nite (que en realidad la tenían vacía o llena de whisky), y la máquina de café, donde se cotillea y conspira, se convirtió en epicentro de comedietas de ficción.
Ahora, cada vez que aparece una oficina, o una comisaría, o una redacción en una serie o película la gente come y bebe, y hasta cruza los pies encima de la mesa, eso le da un toque de informalidad muy chulo al capitalismo, al capitalismo cool, al capitalismo con rostro humano que se queda a currar hasta la madrugada, pide una pizza y la comparte con la limpiadora afroamericana, el único ser vivo que queda en el rascacielos. En la Unión Soviética no había migas.
20 de mayo de 2017 · 89 likes
Aquí me llaman Rey Gaviotu.
Estamos en la isla de Tabarca, una isla mínima a una hora en barco de Alicante. Es tan pequeña que desde una punta se ve la otra. Hay un puñado de restaurantes (donde sirven un plato tradicional llamado caldero), un espacio natural protegido (poblado de posidonia oceánica) con una casa en ruinas en medio, un faro, un fortín militar y un par de tiendas. Si quieres tabaco por la tarde, cuando todo cierra y el lugar se queda desierto, hay un par de ancianitos que te lo venden en el salón de su casa mientras ven Pasapalabra, como si fuera droga.




