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—En invierno solo vivimos aquí quince personas, incluyendo al ATS —dice la tabernera, que expone fotos originales de Elvis haciendo la mili; se las regaló una amiga alemana—. Son meses muy duros, este año hubo cuatro temporales y nos quedamos días incomunicados. Así que hay que tener reservas.
La cobertura es escasa y el wifi va fatal, así que publico esto como quien envía un télex desde la guerra de los Balcanes. En verano ya viene todo el turisteo y hasta han abierto un hotel-boutique (¿gentrificación en Tabarca?), pero ahora hay poquísima gente y muchísimos gatos que pululan por todo el trazado ortogonal del minúsculo pueblo, unos ciento cuarenta felinos me dicen, diez por persona. Están por todas partes, moviéndose sinuosamente, haciendo poco ruido. Es como si fueran los espíritus de los tabarqueños muertos. El pueblín, blanco y polvoriento, bien podría ser escenario de un wéstern crepuscular o la Comala de Juan Rulfo, por aquello del calor y los difuntos.
En 1769 Carlos III repobló este islote con doscientas familias recolectoras de coral rescatadas del turco en la Tabarka original, Túnez, así que aquí aún se mantienen muchos apellidos italianos, como Russo o Parodi.
—Todos los animales que hay en la tierra los hay en el mar —me dice un marinero con cara de italiano y piel curtida de salitre al borde de las olas—. La rata, la araña, el gallo, el tigre, el buey, el león... Hay peces que parecen escorpiones.
—¿Y el elefante? —pregunta Liliana, despeinada por la brisa.
—Seguro, tiene que haber.
Lo que hay aquí es mar por todas partes y, claro, gaviotas. Lo de Rey Gaviotu a mí me viene de una de mis expediciones a Algeciras, ciudad silvestre, portuaria, mestiza y malcarada, pero flipante. Una noche subí a la azotea a fumar y a mirar el puerto, ese monstruo tentacular que se mueve lento y brilla en la oscuridad, el reino de los heroicos estibadores nocturnos. Entonces una bandada de gaviotas se acercó y voló en círculos a mi alrededor, muy cerca, graznándome, como rindiéndome pleitesía, como coronándome. Desde entonces, allí donde voy, las gaviotas, así como otras aves de diferente envergadura, doblan la cerviz, y me hacen reverencia, y me cuentan secretos de mar adentro.
Hay en Tabarca un recoleto camposanto traspasado por la brisa, rodeado por la mar salada. Yo quiero yacer aquí eternamente. Y que en mi lápida ponga: aquí yace el Rey Gaviotu. Y que un gaviotu cague encima.
23 de mayo de 2017 · 39 likes
Una vez conocí a un ninja que podía andar de forma hipersigilosa sobre los cantos exteriores de sus pies gatunos, que podía colarse en cualquier sitio, y hasta meter sus genitales para dentro y encajar cualquier tipo de golpe en la entrepierna. Era invencible. Lo entrevisté, vaya, y me enseñó el arte de los shinobis. Hice un poco el ridículo porque cuando se acercó a mí se agachó a por su cartera, apoyada en el suelo, y yo también me agaché porque pensaba que él se agachaba para saludarme al modo oriental (era japonés), lo que creó una situación ortopédica y ridícula que hizo carcajearse extensamente al fotógrafo.
Total, que aprendí mucho de aquel maestro ninja que había traído a España la Fundación Japón.
Ahora que hay tanta opresión, a veces le gusta a uno pasar al lado sigiloso y hackear el Sistema de la forma menos probable, como un cracker raro, como un saboteador poético. Yo lo hago sobre todo en superficies comerciales o grandes tiendas de libros (en las pequeñas no, que me conocen). Cuando lo hago me siento como Luke Skywalker entrando con su X-Wing en la Estrella de la Muerte, dejando su bomba y escapando de una pieza y a velocidades prodigiosas.
Me presento allí como un lector cualquiera, un ciudadano normal (es importante no dejar ver que uno es un shinobi), voy a la sección de poesía, busco algunos de mis títulos, que son buenísimos, y los saco de las estanterías del olvido para colocarlos en las mesas de novedades, probablemente encima de uno de Marwan, o de Las personas del verbo de Jaime Gil de Biedma, o de la poesía completa de William Carlos Williams, que ahora está de moda con lo de la película Paterson.
Los que curran en la Fnac, la Casa del Libro, La Central o El Corte Inglés deben de estar hartos de mí y considerarme algo así como el más peligroso ninja de la poesía contemporánea. No puedo decir que me arrepienta. ¡Kiai!
24 de mayo de 2017 · 72 likes
Hoy se reúnen el papa Francisco y Donald Trump, representantes en la Tierra de Dios y del Diablo. Se reunirán en el Vaticano, supongo que en un despacho más o menos austero, más o menos historiado, rodeados de intérpretes y subalternos. Sin embargo, yo me los imagino reunidos, de pronto, en un espacio vacío, todo blanco, la pura nada, sin arriba ni abajo, ni izquierda y derecha, ni antes o después, ni ninguna otra dimensión espaciotemporal. Trump y Francisco flotan en ese vacío. Francisco comienza echándole en cara a Trump lo del muro de México, que «no es cristiano». Y Trump hace su primer ataque.
—America fiiiiiiiiirst!!!
De su dedo sale un rayo cósmico que se enfila hacia el pontífice y que el pontífice, milagrosamente (claro), consigue esquivar. En vista de que han comenzado las hostilidades, ambos hacen aparecer sobre su cuerpo sus armaduras de combate, rollo Caballeros del Zodíaco. Es el turno del papa, que lanza una Doble Hostia Voladora Sagrada, pero Trump se agacha y recontraataca con su Puño de Detroit Industrial, que le da a Bergloglio en pleno crucifijo. El papa está dañado, pero toma aliento con rapidez y lanza su Rosario de la Aurora Anti-Abusos Sexuales, que impacta de lleno en la tripa de Trump. Al POTUS se le cae el peluquín pero enseguida se lo lanza al papa a velocidades ultrasónicas convertido en el Genuine Vidal Sassoon Ultra Attack. Lo cierto es que el sumo pontífice tiene ahora un buen problema. Parece que el tiempo se detiene mientras ese peluquín mortal avanza hacia él irremediablemente. Pero, gracias a Dios, en el último momento coloca su Escudo Bendito con Choripán y Trump recibe, de rebote, su propio ataque, quedando noqueado.
El presidente de Estados Unidos está ahora cabizbajo, mareado, renqueante, es un pelele delante de Francisco. Los ojos del papa se ponen en blanco y todo su cuerpo empieza a ser recorrido por rayos azulados, al tiempo que su mitra se vuelve dorada, señal de que se ha convertido en un supersaiyajin (o superpapín). Toma carrerilla y en dos metros entra en el hiperespacio para salir justo delante de Trump y propinarle, en cámara ultralenta, un Blessed Uppercut lleno de Verdadero Amor de Dios LETAL.
Trump cae destruido en el propio vacío. Dios ha ganado, como siempre ganará.
En la rueda de prensa posterior, ambos declararán que ha sido un encuentro «cordial a pesar de sus diferencias en algunos asuntos».
Amén.
29 de mayo de 2017 · 193 likes
Me dijeron que persiguiera mis sueños. Que saliera de mi cálida zona de confort. Que mejorara mi liderazgo y potenciara mi talento. Que aumentase mi valor profesional. Que me preparase para triunfar. Me hablaron de la importancia de la ilusión y la gestión positiva del cambio. Me animaron a que revolucionase mis presentaciones, a que aprendiese a hablar en público para influir. Me contaron los secretos del éxito. Optimiza, prioriza, inspírate y escucha: tú puedes ser un high potential. Aprovecha las sinergias. Negociar es intercambiar. Sin resultados estás muerto. Tú eres tu propia marca. Impossible is nothing. Me contaron que el fracaso es experiencia, fracasa otra vez, fracasa mejor. Me explicaron la importancia de mantener una actitud positiva en el trabajo, así como durante el afterwork y el networking: sonríe, despliega confianza, brilla con luz propia. Para ser líder no basta con tener poder, hay que adquirir autoridad. Me zarandearon violentamente para que dejara huella, para que generase un impacto en el mundo, para que persiguiese la excelencia (incluso cuando ya fuera excelente) y la innovación; siempre, sin aliento, la innovación.
Que fuera yo mismo, porque todos somos especiales.
Pero yo solo quería huir, implementarme en la cama, marcar la diferencia entre las sábanas, perseguir mis sueños, sí, cuando la siesta.
30 de mayo de 2017 · 18 likes
Nosotros íbamos con Ursus, el Carnicero (que estaba muy bueno pero estuvo un poco paquete), y con Titus, el Africano (una especie de Pep Guardiola en gladiador), que tenía la fuerza de mil hombres y podía descabezar a una bestia con las manos. Nos fuimos a Toletum con los primos Marta y Vicente, que tienen cuadriga, para asistir al grandioso Circus Maximus, un espectáculo de circo romano no apto ni para cardíacos ni para paladares finos. Está bien que usen los cosos taurinos para estos cachondeos y no para machacar sin piedad a los pobres bichos ante el aplauso popular.
Los que aquí se machacaban, en plan ficción, eran los profesionales de la escuela de especialistas Legend, de Villajoyosa, que cuenta entre sus filas con campeones de esgrima y lucha cuerpo a cuerpo con amplia experiencia en rodajes cinematográficos. Lanzaron lanzas contra dianas de mimbre, cortaron melones con sus gladius, se dieron unas buenas hostias a vida o muerte.
De hecho, solo quedó uno vivo, Andros, el alejandrino (tenía catorce versos, al parecer), y nos jodió bien, porque nuestro equipo era el blanco, el de Ursus y Titus. Este Andros, esclavo como los demás, partió victorioso de Toletum a Roma para que el César le concediese la libertad a través de una espada de madera firmada con su nombre, o eso nos contaron, porque luego lo vimos en un restaurante comiendo rabo de toro.
Nos reímos bastante en este show. Me encontré a un colega de la escena teatral que me preguntó qué demonios hacía en el Circus Maximus, mientras con la mirada buscaba a mi alrededor a mis inexistentes hijos. «Encantado de verte», me dijo al final. «Y sorprendido.» No se imaginaba que yo soy muy jabato, y que no me tiembla el pulso para esto y para más. Lo más inquietante del show es que cada vez que se le preguntó al público si vida o muerte, el respetable giraba el pulgar hacia abajo, en señal de kaputt. No hay compasión con los losers. Me duele Hispania.
31 de mayo de 2017 · 93 likes
Yo inventé el Spotify, lo que pasa es que los suecos Ek y Lorentzon robaron la idea de mi subconsciente igual que dijo Dalí que Walt Disney le había robado la de Mickey Mouse. Ese es el nivel. Así que, hace ya quince años, leyendo las sacrosantas listas del Rockdelux, imaginaba un ingenio tecnológico que permitiese escuchar al momento toda la música producida por la humanidad: con este sistema podría bucear a placer en los 100 Discos del Siglo xx que proponía la revista musical de referencia. Y, por tanto, ser feliz a ritmo de consejero delegado.
Ahora eso existe y mis índices de felicidad no han aumentado, más bien lo han hecho los de ansiedad. De hecho, mi melomanía rampante ha ido en franco decremento y cada vez escucho menos música, total, está toda ahí, en Spotify, a golpe de clic. A mí lo que me gustaba era imaginarme las canciones, desear los discos, robarlos en grandes superficies comerciales, ponerlos y escucharlos enteros, admirar los lomos de la colección en la estantería. En definitiva, lo que me gustaba era desear los discos para luego amarlos como se merecían, uno a uno, con el debido respeto y el merecido cariño.
La libertad tiene muy buena prensa, pero es una cosa bien jodida. Puedo poner casi cualquier canción que se me ocurra, lo mismo ocurre con las películas en Filmin, Netflix o HBO, puedo ver pornografía diversa en cualquier W.C., y contactar casi con cualquier persona mediante estas redes sociales. Hasta decir aquí lo que me dé la gana cuando me dé la gana, es decir, decir esto ahora mismo. Pero, en fin, no noto que estos avances me hagan más feliz que hace quince años, aquella época de deseos y misterios en la que conocer y disfrutar las cosas llevaba su camino y su esfuerzo. Ahora la exuberancia irracional abruma y paraliza.
Perseguimos sin freno la innovación cuando todavía no sabemos apañarnos con lo realmente existente. Y tampoco sabemos si con esto ya nos vale.
1 de junio de 2017 · 163 likes
Me he medio mudado por unos días a Usera para cuidarle el perro y la casita a una amiga. La casita, con su patio soleado y sus aires campestres, pertenece a una colonia que Franco construyó para los funcionarios del Estado, mientras que la marca del perro es perdiguero andaluz. Se llama Dako y está como una regadera. Paralelamente me han contratado para organizar un (aún misterioso) festival cultural, dentro de una oficina y durante los meses de verano, dada mi amplia experiencia en el mundo cultureta madrileño y, claro está, mi infalible olfato para estas movidas.
Total: que es como si me hubieran trasplantado de un día para otro en la vida de otra persona. Vivo en otro barrio, duermo en otra cama, hago de cuerpo en otro baño que no es mi baño. Asimismo, dejo momentáneamente mi vida freelance (aunque no autónoma, ojo) y me veo sujeto a horarios laborales establecidos, a madrugar, a coger el metro con el resto de los trabajadores de buena mañana. Ahí embutido, con otras decenas de zombis legañosos que discurren pesadamente por los pasillos, se hace más evidente que los currelas del sector terciario sí que somos parte de la supuestamente liquidada clase trabajadora.
Me ha sorprendido que las oficinas cumplan los tópicos de manera tan exacta y precisa: hay estrictas jerarquías (la gente «cuelga» de gente y «reporta» a gente), hay una máquina de café delante de la cual los oficinistas conspiran, hay tupperwares y gente que fuma fuera con notable desesperación. Hay compañeros con títulos como Pepe el de Marketing o Lola la de Recursos Humanos. Todo es idéntico a sí mismo y a lo que se podría esperar.
Al anochecer paseo a Dako por las desvencijadas calles de Usera, barrio popular y populachero, obrero y desvencijado, ampliamente poblado de ciudadanos chinos, y me pregunto quién soy yo, quién es Sergio el de Cultura (seguro que este perro también se lo pregunta), y si el universo me estará brindando la oportunidad de vivir muchas vidas en una. O para volverme loco.
5 de junio de 2017 · 110 likes
Usera, barrio de enigmático dragón y trenza afrolatina, paraíso ribereño de ladrillo visto y toldo verde botella. Usera, barrio de cadera ancha y sabrosura, laberinto de plazas de trap bachatero, con bitches y con gunis, y outfit de mercadillo. Las gitanas venden cerezas en la esquina, los currelas crepusculares se aprietan cubalibres en infinitos grasabares de delirio. Aquí no hay rollitos primavera, aquí reside la Verdad más gastronómica del Oriente más lejano. Usera, tus muros se cubren de grafitis malos y pósters arrancados de fiestas caribeñas. Oh, döner kebab lujurioso, oh, fósil de orgullo obrero, oh, ciudad de los currantes, introdúcete en mis céntricas entrañas.
Nosotros, Los Peligro, siempre hemos sido mucho de ir a patearnos los barrios periféricos, a ver si así nos proletarizábamos un poco, como aquellos jóvenes comunistas del antifranquismo que se venían por aquí y se metían en las fábricas a ver si encendían un foco de revuelta bolchevique. Ahora, decíamos ayer, nos hemos venido a vivir unos días, a cuidar al chucho, y la experiencia usereña cobra nuevas dimensiones, no por esperadas menos sugerentes.
Es cierto que los centralinos nos venimos del centro a los barrios obreros un poco como los viajeros románticos ingleses se iban a Andalucía, en busca del prodigio exótico y populachero, como gentrificadores con contrato temporal, y vaya si lo encontramos, porque en estas calles hay alegría, aires aventureros, abuelas icónicas apostadas como francotiradores en Sarajevo, color colorido, basura, litrona, porro y buenrollismo. Hay para ver lo que queremos ver. La humilde paz.
Además, ahora lo de los barrios como que está de moda: el amable Ayuntamiento anda con el asunto del reequilibrio territorial entre centro y periferia, tanto en lo económico como en lo cultural, la descentralización del mondongo, y diversos colectivos artísticos, arquitectónicos y así andan desarrollando iniciativas barriales. Curiosamente, casi toda la gente interesada en estas cosas que conozco no vive en los barrios destartalados del sur sino en las zonas turistificadas del centro (como nosotros mismos). Y no queremos mudarnos aquí y coger metros mañaneros.
Pero a mí me flipa la historia de las asociaciones de vecinos de estos distritos sureños que durante el desarrollismo franquista y la Transi lucharon heroicamente para adecentar estos sitios cuando eran barrizales de chabolas sin agua corriente ni luz eléctrica en plena Edad de Oro del capitalismo socialdemócrata. Y lo consiguieron. Sin embargo, nada es lo que era: yo he entrevistado a la gente de estas asociaciones de solera y de bravío y siguen siendo los de antes, pero ya viejitos: la juventud y la inmigración que ya conoció cierto bienestar decidió pasar de todo, como es natural en tiempos individualistas y conformes.
Por lo que merece la pena venirse a Usera, y a Villaverde, y a Carabanchel, y a la profunda Vallecas, es para comprobar que existe la injusticia económica y social (la gente que vive aquí tiene salarios menores y mayor desempleo, paradójicamente, también peores servicios públicos), y que no vivimos en un supuesto mundo sin clases tan de Fin de la Historia. Que toda esa mierda neoliberal del mérito y la igualdad de oportunidades es precisamente eso, una mierda.
6 de junio de 2017 · 159 likes
Una vez me dijeron que cada vez que dejas a un perro solo, por ejemplo cuando te vas a currar, él piensa que te vas para no volver jamás. No sé si es cierto, pero la sola probabilidad de que lo sea me rompe el corazón en cuatro cachos.
Ahora andamos (decíamos anteayer) cuidando de Dako, el perdiguero andaluz residente en Usera. Dako es un perro de caza, de atlético casi praxiteliano, y cuando corre se monta en las ráfagas de viento, y es el Rey del Barrio, y se folla a lo que quiere (y eso que está castrado). Pero resulta que a mí convivir con bichos, cosa que nunca hice, siempre me llena la cabeza de dudas existenciales y frituras cerebrales, como me pasó cuando Rory y Assela me dejaron una temporada a la gata Irma, cuando yo vivía donde la Plaza Mayor con el Spiderman Gordo.
Los animales domésticos me producen una extraña ternura por el mero hecho de no tener acceso al raciocinio, ya ves tú qué antropocentrismo me gasto. También porque su existencia está en nuestras manos, por eso lo más infame es maltratar a un animal indefenso, por mucho que vaya uno vestido de traje de luces y olé. Se me encogen un poco las entretelas al ver que entienden muy poco, que siempre están con las mismas historias de la pelota y el paseo, el pis comisariado, y me pregunto si no sienten soledad o se aburren cuando pasan tanto tiempo en casa o cuando su vida es un ciclo tan monótono y delimitado.
Cosas de estas me contó Miguel Ibáñez, un psiquiatra perruno que fui a entrevistar en 2011 a su consulta en la Facultad de Veterinaria de la Complutense. Con una réplica del Perro semihundido de Goya colgada en la pared (ese perro patético se da cierto aire al perfil de Dako), me explicó que los animales también sufren de ansiedad y depresión, y que algunos se suicidan (aunque esto era objeto de controversia científica). Ibáñez trata a perros y gatos, pero también a otros animales (de hecho, tenía por allí, en las cuadras, a caballos con depresiones de caballo, como es natural).
O sea, que a mí los animales como que me dan lástima de serie, supongo que por la falta de costumbre. El otro día hablé de esto en la radio y me dijo Jorge Riechmann (por seguir con el name-dropping), filósofo y poeta que teníamos de invitado, que lástima está muy feo, que mejor compasión. Y para mí lo que diga Riechmann va a misa (aunque lo de la misa no sea muy ecosocialista).
En realidad, no sé por qué me encogen la patata, porque los animales deben de andar muy cerca de eso de vivir siempre en el momento presente, hic et nunc, persiguiendo la mariposa, olisqueando las esquinas, ladrando al vecino, como trato de hacer yo cuando medito o salgo a ponerme como Las Grecas. Por lo tanto, tienen más posibilidades de ser felices, porque la felicidad es eso, estar en el mismito segundo que transcurre.
Yo creo que lo que me pasa es que los perros aburridos en sus domicilios me recuerdan a mí mismo, un freelance desamparado durante las temporadas de solitario trabajo casero, esos días en los que regresa Liliana al atardecer y yo la espero detrás de la puerta, dando brincos y agobiándola con mis patas para que me saque a dar un paseo y a hacer mis necesidades (que no voy a explicitar aquí). También porque, viendo a Dako, me doy cuenta de que los todopoderosos humanos estamos ante los enigmas de la vida y el universo tan perplejos como él ante una ecuación diferencial. Vamos, en la inopia.
12 de junio de 2017 · 157 likes
Ya hace varios días que andamos cuidando de Dako y todavía me pregunto si Dako es consciente de su propia finitud. Él anda por ahí, surfeando el tiempo de la manera que mejor le parece en cada momento. Le gusta ver cómo desplegamos el toldo del patio, y comer jamón del bueno, y vacilarnos con la pelota de tenis. Así es él. Le he intentado enseñar algunos de mis poemas, porque yo me he esforzado mucho por conocerlo y me gustaría que él hiciera también el esfuerzo de intentar conocerme a mí. Pero parece que no está interesado en la poesía. Dako lo que quiere es que lo saque por las calles proletarias, donde sigue siendo el Rey, donde los Ñetas le tiran besos y los anarcopunks le ofrecen cuartitos de trip. Tiene street credibility a full. Más que pasearlo a él, dicen mis amigos que me pasea él a mí, tal es su poderío, tal es su fuerza hercúlea: yo voy donde él me dice, donde huele mejor, donde mejor se hace pis. Yo recojo sus heces, él se pelea con perros gigantes que en realidad son molinos. Lo entiendo perfectamente, es la genética: poco puede hacer un freelancer asturiano contra un perdiguero andaluz.
13 de junio de 2017 · 71 likes
Lou Reed vino a Usera y le robaron la guitarra. Parece un chiste pero es verdad, sucedió aquí al lado, en el estadio del Moscardó, en 1980, cuando yo nací y Madrid era Tierno. Yo conozco a uno que dice que fue él quien se llevó la guitarra, o al menos un amigo de un amigo de un amigo. Lo que pasó fue que trajeron a tocar a Lou Reed, pero Lou Reed que no salía, que no salía, así hora y media, hasta que salió y el gentío madrileño, bravo y excesivo, se hartó de la estrella, se subió al escenario y arrampló con todo. Lo llamaron el Motín del Mosca. Dicen que con el material expropiado se crearon muchas bandas en el barrio: es la redistribución de la riqueza. Mejor eso que invertirla en caballo, Lou.
Esta historia es una de las que se cuentan en la obra Historias de Usera, dirigida por Fernando Sánchez-Cabezudo, que acaba de ganar un Premio Max muy guapo. También salen otras que se han extraído del acervo popular del barrio (los vecinos también actúan, porque la participación vecinal es signo de nuestro tiempo); por ejemplo, la historia de la Narcisa, una vecina chiflada que pensaba que estaba embarazada del Cordobés, la de la sala de fiestas Copacabana o la del sereno cotilla y bocazas que apareció colgado de un poste.
Pasan cosas en Usera, vamos, que si bien los sitios están hechos de átomos, luego esos átomos se entrelazan por las historias, que no son más que tiempo, como usted. Por ejemplo, Moscardó, que da nombre a este barrio, fue el general que protagonizó la resistencia numantina de los nacionales en el Alcázar de Toledo. Llevaron hasta allí a los mineros asturianos para que volasen el monstruoso edificio y ni por esas. Llamaron a Moscardó y le dijeron que iban a matar a su hijo como no se rindiese, y tampoco. Total, que Franco, que subía a conquistar Madrid, dio un pequeño rodeo y pasó por Toledo para liberar el Alcázar. La jugada fue perfecta, porque Franco se cubrió de heroísmo y legitimidad ante los suyos (la gesta del Alcázar, le dicen) y retrasó el ataque a Madrid, lo que permitió una guerra larga y de desgaste, que era lo que él quería, para afianzar su poder en su bando y exterminar lentamente al rojerío patrio. Antes de Moscardó esta colonia, durante la República, se llamaba Salud y Ahorro, que suena mucho más educativo. Al parecer Carmena quiere volver a esto.




