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Sin que esta imagen haya sido muy remecida, nuevos historiadores, a veces sin la intención precisa, han terminado por entregar una imagen más diferenciada de estos años, ya que en muchos sentidos creció un Chile complejo, y se hicieron notar nuevos actores y sectores sociales. Se respiró un aire de modernidad, de progreso en algunos aspectos bajo cualquiera definición posible, y apareció la conciencia de una realidad distinta. Se podría decir que incluso surge una clase intelectual que va a abarcar al Chile del siglo XX. El sistema parlamentario también fue un instrumento no del todo digno de ese orden. Para emplear nomenclatura más reciente, tuvo algo de un sistema semipresidencial y semiparlamentario. Los ministerios debían ser aprobados por la Cámara de Diputados y el Senado: por lo tanto, los presidentes eran prisioneros de una mayoría generalmente hostil. Esta no se formaba en base exclusivamente a patrones políticos, sino que con facilidad era juguete de veleidades personales y de grupos. La institución no fue complementada por la facultad presidencial de disolver el Parlamento, junto con anunciarse la convocatoria de nuevas elecciones en un plazo más o menos breve. Es el recurso que puede disciplinar a los sistemas parlamentarios. Se trataba de una mezcla no meditada, pero que en su origen no había registrado gran problema hasta los albores de 1891, ya que la práctica autoritaria de quienes vencieron en Lircay y de sus sucesores había sido sustentada por su impulso, aunque se aminoraría a partir de los 1860.
Como sucede en los países latinoamericanos, las cosas se invirtieron de manera brusca con el resultado de Concón y Placilla, sin modificaciones mayores a la Constitución de 1833.314 En lo básico se la reinterpretó, otorgándosele una característica más parlamentaria al obligar a que el ministerio fuera aprobado por ambas Cámaras del Congreso.315 Este tema perseguiría a todos estos años que también se llaman, además de oligárquicos, parlamentarios, por la misma razón. Sin embargo, contra lo que se sostiene, la idea de una reforma constitucional para acabar con todo rastro de parlamentarismo no sería finalmente una demanda muy unánime; el presidencialismo que le seguiría nació de un acto en cierta manera casual, aunque a su vez respondía a una corriente profunda de la historia del país y de la región. Los presidentes han representado en la imaginación algo que de alguna manera se parece a la figura del monarca depuesto. Caudillos y/o dictadores han avanzado con más autoconciencia en ese afán de sustitución, aunque sin atreverse a llegar a sus últimas consecuencias. La legitimidad monárquica, al ser interrumpida, fue desgarrada en su raíz.316
Las imágenes de la época que nos llegan en reportajes de los medios, o en la historiografía u otros productos de las ciencias sociales, destacan el contraste social y económico como el rasgo más característico de ese Chile, una suerte de rótulo de fracaso. Como se decía, fueron años de un desarrollo singular, aunque más limitado hacia el fin del período por los trastornos producidos por la guerra y en general un aminoramiento del ímpetu productivo. No falta la interpretación que ve una relación directa y hasta causal entre este cambio económico y social y los ingresos del salitre.317 De hecho, es casi una verdad matemática que el Chile entre 1880 y 1930 estuvo en su economía ligado en primer lugar a la suerte del salitre, que como promedio hasta 1924 alcanzó hasta un 40% de los ingresos totales del fisco, para bajar después, antes del abismo de 1930.318 Se produjo también una fuerte fijación política e intelectual al tema del salitre. Es francamente exagerado pensar que ese Chile era solo el salitre.319 Sin embargo, al meditar sobre su desarrollo económico, es inevitable que se nos aparezca en esta fuerte dependencia de un solo producto, mezcla de bendición y maldición. Surge de inmediato la pregunta de qué hubiera sido del país sin esta riqueza, que solo en un grado modesto era producto del esfuerzo nacional, si bien en el caso del salitre se puede decir que eran coproductores los miles o decenas de miles de obreros y empleados que trabajaban directa o indirectamente en torno a las salitreras, como se les decía a las explotaciones.
A mediados de los años 1920, asoma su cabeza el cobre, que iría a ser el sustituto del futuro a esta fuerte dependencia. En este sentido, existe otro rasgo que también le da alguna complicación y es que el salitre estuvo en el origen de la Guerra del Pacífico, lo cual, en cuanto a argumento, se convierte en un tema espinudo al pensar en las relaciones vecinales, ya que yacía completamente en las provincias anexadas después del conflicto. El cobre, a su vez, tal como se desarrolla en lo que más adelante se llamó la Gran Minería, era impensable fuera del horizonte de una inversión extrajera; si en el salitre hubo un protagonismo inglés, en el cobre fueron exclusivamente capitales norteamericanos. Esto no tiene nada de extraño teniendo en cuenta que su mercado era mundial, y su producción y exportación requería una tecnología inalcanzable para un país como Chile. Casi como en el salitre, más de la mitad de los yacimientos de cobre de los siglos XX y XXI se encontrarían en las provincias anexadas a consecuencia de la guerra. Todo este tema se convertiría en una fuente de largos debates hasta 1973, resurgiendo después con intensidad cada cierto tiempo.320 El problema que esto representa nos indica una fuente de inseguridad en torno a los problemas de cultura económica, y ello no está para nada desconectado de uno de los pilares de todo orden democrático, como es su vinculación con la modernización económica y social.
Para quien esté interesado en los procesos de desarrollo democrático, el caso de Chile en estos años debería presentar algún interés. Salvo que lo consideremos una exclusiva parálisis, que no es lo que aquí se sostiene, puede recoger la experiencia de desarrollo de una clase política en el salto de una época a otra, y también en la formación de partidos políticos que van cambiando gradualmente de temas de debate.321 En el siglo XIX, si nos podemos permitir esta generalización, la discusión se centra en términos políticos en la combinación de orden y libertad, del significado en este sentido de una república y en una gran parte del mismo, por la definición de aquello que es parte de los atributos de la fe religiosa y aquello que es del orden secular.322 Así, considerado esto en conceptos más o menos abstractos, no existe mayor diferencia con muchos pueblos latinoamericanos y Europa mediterránea, e incluso podría hacerse la comparación con Francia e Inglaterra. Los debates al respecto de estos dos últimos países tuvieron influencia intelectual y a veces penetraban en el lenguaje político de las discusiones chilenas. La particularidad que habían tenido era casi impalpable, aunque creemos que real, aquella de que el país austral representaba una estabilidad mayor dentro de una creciente actualización de la libertad política.
La era parlamentaria u oligárquica asumió entre queriendo y no queriendo un nuevo eje, que no va a reemplazar al anterior, sino que lo complementa. Se trata del tema del subdesarrollo, que es aquello que se quería decir con la “cuestión social”. Hacia el 2000, emergerá una tercera oleada que se verá más adelante, pero se puede adelantar que gira en torno al concepto de “derechos humanos”. Las oleadas no se suceden, sino que suman y también entremezclan.
La “cuestión social”, en cuanto que estaba en la conciencia de la gente, la sentía una parte del país, un sector de la clase política e intelectuales, a los que progresivamente se irían agregando otros actores, como gremios y sindicatos, el mundo de la creciente administración pública y, no en último término, los militares. En un sentido indirecto, estaba presente en la totalidad del espectro político para afirmarla, aunque dividiéndose en las formas de confrontarla; o para afirmar que se la exageraba de una manera desproporcionada. Y para repetirlo por enésima vez, esto se desarrolló de manera evolutiva, poco a poco, hasta que en la década de 1920 se haría incontenible.323 Es posible en torno al 1900 ver surgir otro fenómeno político-social, que es la presencia en Chile de una intelligentzia. Se emplea este concepto surgido de la Rusia del XIX, universalizado por la teoría y el lenguaje político desde entonces. Se refiere a un mundo discutidor que tiene sus raíces en sectores profesionales, intelectuales y artísticos que para estos efectos operan como un actor múltiple algunas veces de manera unánime, en los debates públicos y en algunas circunstancias con un efecto decisivo. Ha sido también un actor en la gran mayoría de los sistemas políticos del mundo y, en especial, ha antecedido a los movimientos revolucionarios y a las revoluciones, desempeñando un papel más visible en aquellos autoritarios, antes que en los más democráticos. Sucedió la paradoja de que cuando triunfan las revoluciones radicales y creaban sistemas totalitarios, la intelligentzia o era burocratizada o abatida. En Chile constituirá una presencia constante hasta el presente y para efectos de este libro a veces se la hace intercambiable con el concepto de “clase intelectual”, aunque en sentido estricto no es lo mismo.
Se cometería un error si se cree que esta perspectiva dominaba la conciencia del país y los juicios de sus contemporáneos o de los observadores extranjeros. Había una dicotomía entre el país que se celebraba a sí mismo y sus logros, reales, exagerados o imaginarios; y aquel país que elaboraba esta autocrítica con mayor o menor justicia, aunque siempre en base a un fenómeno real que, en lo básico, se lo puede decir que su rasgo fundamental era el alejamiento de lo que era el modelo en Europa y quizás Estados Unidos, que despuntaba por aquello de la “norteamericanización del mundo”.324 Nada ejemplifica mejor que las circunstancias de la celebración del Centenario, en 1910. Fue una festividad organizada con un boato extraordinario, celebración de los logros que se suponía fenomenales de la República en sus primeros cien años, de lo que no estuvo ausente una cierta soberbia de nouveau riche. El “balance patriótico” de Vicente Huidobro, escrito década y media después, le viene como anillo al dedo para estas circunstancias, por algún toque de vulgaridad, cursilería (siutiquería), todo ello como una dirigencia muy pagada de sí misma que también se filtraba en una parte no pequeña de la conciencia social.
Frente a las grandes celebraciones del Centenario se vivió un contraste representado por el nacimiento de un nuevo tipo de crítica acerca del estado del país que acompañó a la Cuestión Social, y que provenía de intelectuales o publicistas de un espectro de ideas más o menos amplio, que en lenguaje algo posterior se podía decir que iba de la derecha a la izquierda: Enrique Mac Iver, Tancredo Pinochet, Francisco Antonio Encina, Luis Emilio Recabarren, Nicolás Palacios. Y se verificaba también otro fenómeno no relacionado como causa y efecto, pero que estaba muy presente en ellos y de alguna manera en todo el país, los conflictos y confrontaciones sociales simbolizadas en especial en Santa María de Iquique en diciembre de 1907.325
¿Se trataba entonces de un país en el fondo enfermo, quizás sin remedio? Sería un juicio incompleto. Expresaba la maduración de voces y problemas que serían característicos de la sociedad del siglo XX, de la democracia moderna y de aquellas que han asumido el tema del desarrollo vs. subdesarrollo como un problema central de la vida pública. A pesar de todos los vicios del sistema parlamentario, toda esta corriente, en principio cargada de potencial explosivo, fue contenida por el sistema institucional, cuyo quiebre en septiembre de 1924 creó un paréntesis importante e imposible de ser ignorado al considerar la totalidad de la historia del país, siendo, sin embargo, muchísimo menos violento que el de 1891 o el de 1973. El desarrollo institucional de Chile mantenía algún grado de estabilidad, aunque propenso también a crisis, más allá de que la democracia es el sistema de la crisis (Capítulo 3).
Después de lo que comúnmente se llama la “crisis del Centenario”, el sistema siguió adelante de manera imperturbable a pesar de la crisis económica y social que llegó de manera abrupta con las vicisitudes de la Primera Guerra Mundial. Esta aceleró, como en muchas partes, la transformación en la cultura política. También contribuyó a una modificación en los espíritus al interior del país. Fortaleció en especial a la izquierda antisistema. Lo que en política más sobresalió fue la aparición del populismo, un fenómeno camaleónico en la política moderna, más asociado a la izquierda que a la derecha, aunque también tiende a aparecer por ahí y por allá en esta última.326 En ese Chile estuvo personificado en la figura política más característica de la primera mitad del siglo, Arturo Alessandri Palma.327 Un político del sistema, de las filas de la llamada Alianza, vale decir, con su tanto de exageración, de la centro izquierda; sin embargo, poco lo distinguía del promedio del político parlamentario. En unas elecciones a senador por la zona del norte de 1915, en un golpe de audacia, se hizo portavoz de la razón populista, de movilización política y de denuncia del sistema y de la oligarquía. Esta fue una transformación nada de extraña en la política latinoamericana del siglo y que en cierta manera todavía nos acompaña, es parte de un ir y venir de la democracia. Si bien el cuerpo electoral restringido no permitía una transformación demasiado súbita, no cabe duda de que el León de Tarapacá, como se le bautizó a raíz de este acontecimiento, se transformó en un líder popular, adorado por masas que se asomaban a la vida pública y que reclamaban lo suyo, creándose una situación que contemporáneos la percibieron como explosiva.
La misma situación se repitió en las elecciones presidenciales de 1920, de efecto decisivo en la historia política siguiente. Algunos han indicado que no fue mucho lo que cambió, ya que la clase política siguió siendo la misma del sistema parlamentario, que la participación electoral era restringida y que no se observó ninguna transformación institucional, ni siquiera legislativa.328 Cierto, pero se pasa por alto un decisivo cambio en la atmósfera que determinó que la legitimidad que todavía sostenía al sistema fuera diluyéndose hasta prácticamente desaparecer. Además, las elecciones anteriores habían sido disputadas en una fase previa, más en los corrillos de las agrupaciones, en los corredores del Congreso y de algunos clubes, antes que en lo que después se llamarían “primarias”. Siempre hubo un candidato apoyado por un consenso de antemano mayoritario, si bien la competencia creció desde 1896. Esta vez el candidato desafiante fue el que obtuvo el protagonismo y finalmente forzó su propia elección. En términos puramente políticos, se trató de un cambio bastante trascendental; inauguraba un nuevo tipo de reglas del juego y de legitimidad, en la cual la competencia, como en toda democracia robusta, pasa a ser determinante para constituirla como tal. Quedaba un camino y este no fue fácil, pues la resistencia institucional y la multiplicación de ideas y asomos de planes anarquizaban a las voluntades y llevó a la conocida paralización de la primera administración Alessandri (1920-1924). Por otro lado, el León había llevado a la calle a gente a la que antes solo esporádicamente había empleado como arma de presión política, especialmente en huelgas; ahora, en cambio, pasaría a constituir una presencia más o menos permanente del paisaje público.329 Las circunstancias excitadas de la elección contribuyeron a ello.
Los nuevos actores
El segundo elemento a considerar es que en estos años continuó creciendo una nueva persuasión política más o menos fragmentada, el de una nueva izquierda antisistema, si es que aceptamos que pipiolos, liberales y en su momento los radicales hayan ejercido la función de ser una izquierda. Esta lo era en cuanto correspondía a una voluntad revolucionaria inspirada aproximadamente en el socialismo, en lo básico según sus ideas de igualdad, y no era diferente de lo que sucedía en otras partes de América. Tampoco puede ser mirada como aislada de la evolución de las ideas y sentimientos políticos europeos. Adquirió un auge fuera de las instituciones políticas existentes, en algunos gremios y sindicatos, como en los trabajadores portuarios, en los ferrocarriles y en otros servicios públicos. Sobre todo, se dio en el ambiente obrero del salitre, no necesariamente entre los menos privilegiados, pero sí en donde eran más patentes las divergencias sociales y una cierta conciencia de existir un soplo universal, y ejerció gran impacto en la creación de esta izquierda. Era también una actividad económica investida de internacionalización, por estar vinculada a capitales extranjeros, en especial ingleses, lo que la haría pasto de las iras “antiimperialistas”, clave en la nueva izquierda, y por la importancia del salitre para una serie de actividades agrarias e industriales hasta que su misma utilidad fue desapareciendo de manera rápida.
Esta izquierda era parte del paisaje de movilización política y social antes de 1924, pero apenas tenía presencia institucional y a sus líderes se les hacía muy difícil ingresar al Parlamento. De una manera algo fragmentaria, había participado o tenido presencia en todos los sucesos espectaculares ocurridos en las primeras décadas del siglo, sobre todo en la huelga de Valparaíso de 1903; en la Huelga de la Carne en Santiago en 1905, con secuela de muertes; de manera más sanguinaria, en Santa María en Iquique en 1907, y de ahí hubo un salto a San Gregorio y La Coruña en 1921 y 1925. Por cierto, había creado una reacción, ya sea como temor o como la necesidad de buscar una salida a la situación de pobreza, atraso y conciencia de estancamiento. Sería lo que más adelante se llamaría tercera vía o tercera posición. Esta reacción adquirió contornos antirrevolucionarios y quizás no sería inexacto decir “anticomunista”, incluso antes de la existencia del comunismo real. Fue una persuasión política que tuvo continuidad a lo largo del siglo XX, entre que se veía un peligro latente, magnificado en su urgencia por la Revolución Rusa y el ambiente de la primera posguerra, o respondiendo expresa o tácitamente con una reacción universal, aunque con formas criollas, “en Chile nunca pasa nada”.
Quizás haya que efectuar una distinción entre dos conceptos que se usan a lo largo del libro, los de revolucionario y antisistema. No por lo categórico el de revolucionario es menos discutido, ya que se le usa en tantos sentidos. En el contexto ideológico moderno, implica una actividad subversiva ante un orden legal existente, o bien que se lleva un tipo de actividad política que va a conducir de manera inminente a una acción violenta, con o sin derramamiento de sangre —más lo primero que lo segundo— para destruir al sistema establecido. Antisistema, si bien muchas veces casi indistinguible del anterior, mantiene con este una diferencia esencial al menos para entender a la política moderna. Implica un rechazo del orden existente y una acción política, social y cultural para cambiarlo de raíz, generalmente con una meta que es casi idéntica o completamente idéntica a la del revolucionario. Tiende a simpatizar con los actos revolucionarios y a veces también ejerce la violencia, aunque en un terreno de lo que se llama contestación, protesta, movilización: sin uso de, por ejemplo, arma blanca o arma de fuego, aunque no pocas veces con armas mortíferas como piedras o palos, o desde mediados de siglo con bombas molotov que, por cierto, queman viva a la víctima. El revolucionario puede usar la legalidad combinada con la conspiración y la acción armada. La voluntad antisistema se mantiene de manera estratégica en los grandes rasgos dentro de la legalidad, solo sobrepasándola en pequeños espacios y estilos que muchas veces están aceptados o interiorizados por el orden vigente como un mal necesario. La huelga, por ejemplo, a veces adquiere el carácter de antisistema, y algunas veces en el mito de la huelga general revolucionaria adquiere connotación prerrevolucionaria.
Se ha dicho que estos sectores políticos que ahora emergían en Chile —ya sea que los consideremos integrantes de un mundo social o que se construyen a sí mismos como sus portavoces— estaban fuera de las instituciones políticas; no se encontraban, sin embargo, fuera de la legalidad, aunque a veces trataran de evadirla o a veces rumiaban contra ella por considerar que no los favorecía. No eran pocos los que consideraban que había que poner mano dura y reprimir con más decisión lo que miraban como focos revolucionarios, en especial a raíz de la Primera Guerra Mundial. Con todo, en lo básico se desarrollaban vinculados a un sistema institucional ordenado, asentido y en este sentido, legítimo hasta donde puede decirse. En la Guerra Civil de 1891, ese sector no tuvo un papel significativo. Esto cambó con el paso de los años. Algunos de sus dirigentes lograban llegar al Parlamento, sorteando un ambiente hostil y limitaciones en el sufragio, como resultado de la baja tasa de inscritos en los registros electorales y por la compra de voto o cohecho.330
A pesar de que los ingredientes para una explosión revolucionaria estaban ahí mismo, en la experiencia cotidiana de la vida social, no pudo surgir en Chile una persuasión abiertamente revolucionaria. El sistema no quedó lo suficientemente exhausto como para provocar una crisis que con justicia pudiéramos llamar terminal, más allá de la pregunta de si realmente existen crisis terminales. Las instituciones poseían una inercia que combinó alguna flexibilidad con la persistencia en los procedimientos. Hubo continuidad en esta democracia que se construía. La izquierda antisistema, provista de una voluntad en general revolucionaria como propósito final, no desarrolló ni una estrategia ni mayormente una técnica que con propiedad pueda ser llamada revolucionaria. Existió un factor de acostumbramiento que quizás acomodó en un largo plazo la actitud de la futura izquierda chilena, y de la dirigencia sindical, al sistema institucional que preexistía.331
Existió una posibilidad que finalmente quedó truncada hasta 1973: el desarrollo de una izquierda que, como en el caso paradigmático de Francia y sobre todo de Alemania, transitara desde un desafío al sistema de tonalidades revolucionarias, hacia una afirmación autoconsciente del sistema, aunque acentuando su virtualidad transformadora en el horizonte de su ímpetu, el de la mayor igualdad. En la política moderna esto generalmente se ha llamado una posición propia a la socialdemocracia. También se la ha llamado reformismo, aunque en general, y más todavía en la izquierda chilena de mediados del siglo XX, se la expresaba acompañada de un gesto despectivo. En Chile este fue el papel del Partido Demócrata, fundado en 1887 por una figura poco recordada, como fue Malaquías Concha.332 Su propósito era la reforma social y el gradual reconocimiento legal y participación del mundo obrero. Dentro de este antiguo padrón electoral alcanzó a tener hasta un 8% de los votos (hasta 1924 había obtenido como un 8,9%, y en 1925 obtuvo un 22%, para decaer a un 6% en las elecciones de 1932) y una pequeña presencia en las cámaras, que duraría hasta fines de la década de 1930. Ingresó a algunos gobiernos y fue parte del sistema. No logró, sin embargo, echar raíces duraderas y esto dejaría un vacío en lo que se puede llamar una izquierda democrática, vale decir, convencida de la legitimidad de su integración en el sistema. El auge de estos demócratas fue más breve que su caída.
De manera paralela a este desarrollo político que se da dentro del sistema, surge también una persuasión política de tipo revolucionaria casi idéntica a la izquierda antisistema, si bien en general no se prepara activamente para asumir una conducta revolucionaria. Adquiere notoriedad porque está relacionada —cuando no es una causa directa— con la agitación social producto del naciente movimiento obrero; fue parte de lo que se ha llamado la Cuestión Social, es decir, la conciencia y el debate acerca de la pobreza, del subdesarrollo y del atraso en general. Si bien había agitación en los puertos, los ferrocarriles, en especial en la zona del salitre, donde había una atmósfera distintiva, y en algunos otros sectores de los servicios, no se puede afirmar que sea lo mismo. Su fuente no estaba en ellos mismos, sino en la adquisición de un lenguaje político que tenía profundas raíces en la modernidad europea y que en algunos aspectos afincaba en una experiencia milenaria. Por cierto, quería expresar lo que se suponía, y muchas veces era, una especie de conciencia espontánea de los sectores que se encuentran en la base de la pirámide social, aunque tiende a comenzar en aquellos que tienen algún roce, o son tocados directamente por las innovaciones económicas y tecnológicas producidas en los tiempos modernos.




