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Existe una amplia corriente de diversos grupos anarquistas que van a imprimir el principal lenguaje político en este sentido hasta los años de la Primera Guerra Mundial.333 Como buenos anarquistas, su poder estaba bastante fragmentado, aunque imponían su presencia visual en el Chile en ese entonces comunicado. Hubo una representación de la Industrial Workers of the World (IWW). Ocuparon un lugar preeminente algunos inmigrantes españoles e italianos, a veces arribados vía Argentina, donde en el mismo tiempo constituyeron una fuerza de significación. España e Italia, junto con Rusia, fueron los países donde el anarquismo tuvo una presencia política más destacada en todos estos tiempos. Tenían prensa e influencia en los medios intelectuales y culturales.334 Lo que con algo de exageración podríamos llamar el naciente movimiento estudiantil —que tuvo un papel destacado en los hechos de 1920— fue otra caja de resonancia de este sentimiento.335 Con todo, no hay que menospreciar el papel de muchos obreros instruidos en la diseminación de este ideario, que también coincide con otras tendencias paralelas en América del Norte.
Con diferencias bastante imperceptibles con estos, emergía también en diversos cuerpos una tendencia socialista que orillaba sentimientos revolucionarios. Mientras el anarquismo fue barrido tanto por el poderoso influjo de la Revolución Rusa como —lo que es casi lo mismo— por la aparición del comunismo, todo ello aunado a la persecución más activa en la época de Carlos Ibáñez, el socialismo tendría larga vida en la historia de Chile. Casi desde un primer momento, al igual que en muchas partes del mundo, está afectado por la tradicional pregunta de todos los movimientos antisistema, ¿reforma o revolución? Hasta la crisis nacional de 1972-73 el dilema tras esta pregunta recorrería el alma del socialismo e incluso la de Salvador Allende; y tocó a las fuerzas de centro, que debieran haber estado más propiamente en el lado de la afirmación reformista.
Hubo una pluralidad de estos movimientos, aunque los ojos tienden a fijarse en la fundación del Partido Obrero Socialista en 1912, base sobre la cual se fundó el Partido Comunista de Chile en 1922.336 De esta forma, en el lenguaje político del siglo XX muchos verían a todos estos movimientos como precursores del comunismo, como vanguardia de la vanguardia. En parte, esto se debe a que en efecto están unidos por una historia singular, la de un líder que uniría las dos sensibilidades. Fue el papel relevante de Luis Emilio Recabarren (1876-1924), que unió el activismo sindical con la agitación política y fue el que quedaría en la memoria como el principal líder de una tendencia que, empleando métodos legales, poseía un ardor revolucionario y una meta revolucionaria, en la típica actitud antisistema.
En efecto, este último concepto no implica una actitud revolucionaria de hecho, es decir, provocar un cambio político más allá de la legalidad vigente, aunque no se aplicare la violencia. Emplea la legalidad del sistema como táctica, ya que se le ve como una especie de gran patraña de las clases dominantes, pero a las que no se puede ignorar. La meta en cambio, implica sepultarla, en general por métodos revolucionarios en pos de un orden radicalmente distinto. Hasta 1914, era una táctica empleada con reiteración, aunque de manera intermitente por Lenin, Trotzky y Stalin, teniendo en cuenta que se movían en un contexto en principio no democrático, y no pocas veces los jueces les aplicaban una interpretación benigna del derecho. Esta izquierda desarrollaba su estrategia antisistema manteniendo una visión del orden político y social como algo que no tenía legitimidad fundamental, aunque empleaba los medios y el espacio legal que desde hacía bastantes décadas ofrecía el desarrollo chileno.
Su espacio favorito fue el movimiento obrero y la experiencia de las demandas sindicales y gremiales, y el instrumento de la huelga.337 Esta última era una experiencia más o menos reciente en el país y por eso autoridades y los sectores que podemos considerar parte del sistema o establishment en un sentido bastante amplio, tendían a mirarlo como un procedimiento prerrevolucionario, cuando no claramente insurgente. Esto último parece haber sido la percepción predominante de la que partió la matanza de Santa María de Iquique en 1907.
En sí misma, la huelga puede ser mirada como parte de una negociación, o como un intento de paralizar a la sociedad y con esto poner en jaque a instituciones y leyes. En las experiencias del moderno autoritarismo y de los sistemas totalitarios, la huelga ha tendido a ser prohibida; en el último caso, de manera absoluta. La democracia moderna encontró una solución intermedia en clasificarlas de legales e ilegales, porque estas últimas no reciben un castigo jurídico, solo una desprotección material. ¿Generosidad, tolerancia irresponsable o concesión a un recurso legítimo, aunque límite? Como se ha dicho, habría que considerar a la huelga como parte de un proceso que tiene algo de lúdico y que es la traducción en el plano económico y social de lo que es la misma democracia, una sublimación del conflicto en una discusión o disputa regulada; el combate entre dos partes se transmuta en un juego de posiciones, en cuyo desenlace ninguna de ellas experimenta una derrota absoluta, solo un reacomodo. Al menos este es el comportamiento ideal que, dependiendo de las circunstancias, muchas veces ha coincidido con un desarrollo práctico y efectivo, nada incoherente por ejemplo con el desarrollo económico. También ha sido una de las caras del empantanamiento y de los momentos prerrevolucionarios, a los cuales solo si les sucede un Estado de derecho en correspondencia con la democracia moderna, puede darse un escenario de la huelga como posibilidad legal y legítima.
En una democracia limitada, como lo era la chilena —repetimos que en relación con las democracias anglosajonas y al caso francés, como tipos—, la presencia de la huelga constituía una situación ambigua. Estaba acompañada hasta la década de 1930 por un rasgo que casi podríamos llamar técnico, cual es que las fuerzas de orden no tuvieran mucha alternativa entre el uso de la presencia física y un garrote en el sentido literal —en Chile, la luma—, y el empleo de armas de fuego que podía conducir a desenlaces como el de Santa María y otros. Predominaba en todo caso una escasa integración entre el mundo de los movimientos sociales y las prácticas políticas y legales cotidianas, y quizás en parte no había mucha mala conciencia por estos regueros de sangre.
Es quizás el momento de efectuar una digresión. Es común hablar de este período como la época de la “oligarquía” que aquí también se ha adoptado por razones prácticas. El nombre es, con todo, engañoso. Sugiere algo que en la sociedad humana pasa constantemente, solo que hay períodos más acentuados que otros: el que una clase dirigente o a veces una clase revolucionaria se transforma en establishment de manera incesante. Es casi un fenómeno inherente a la vida social. Ello llega hasta el punto en que es desafiado. La clase dirigente, en parte clase alta, en parte elite, en parte alta burguesía, y alguna en parte al menos con aprestos aristocráticos —ninguna de estas calificaciones es suficiente por sí misma—, está acompañada ciertamente por otros grupos sociales. Al menos desde la existencia de la sociedad compleja, es posible que toda sociedad humana pueda encontrarse dividida en tres sectores sociales, o al menos es la forma más práctica para entenderla.338
Se ha dicho que en 1920 con Arturo Alessandri llega la clase media al poder. Se ha dicho que también esto fue una máscara y que la oligarquía siguió gobernando. Esto último es parte de la guerrilla política. Siempre existió algo así como una clase media, en toda sociedad compleja (civilizada), y a partir de estos años esta clase aparece premunida de conciencia y afán de autoafirmación. En lo de autoconciencia le siguen los pasos, casi al mismo tiempo, los sectores de la base de la pirámide, que luego en general querrían tener su metro en la misma clase media. Es la meta de la convergencia propia a la modernidad y uno de los grandes temas también de la historia social de Chile.
Sociedad y política, hacia la redefinición
Existe el problema también de cómo definir la relación entre los nuevos actores sociales surgidos en la segunda mitad del XIX y las instituciones políticas, porque no es lo mismo la aparición de estos nuevos sectores, de agrupaciones organizadas como sindicatos y de ciertas capas de la producción, por una parte, y, por otra, de un lenguaje al cual podemos llamar persuasión o ideología, que es el que generalmente se despliega, pero cuyos portavoces y cuyo origen mismo no ha sido históricamente de manera necesaria una expresión automática de esos sectores. En una etapa es lo que mejor se aviene, aunque no es lo mismo. A veces se parece al antiguo dilema del huevo o la gallina, que no se sabe qué es lo que viene primero. Aquí basta con decir que actor social y persuasión (o ideología) constituyen una especie de socios de extensa, aunque no indefinida duración. Ha sido una experiencia casi universal en el proceso político moderno. En Chile sería un fenómeno de larga data y ambos —actores sociales y persuasión— tienden a distanciarse, aunque no demasiado, en las últimas décadas del período que trata este libro.
Por último, la aparición de esta nueva izquierda —habiendo aceptado, suponemos, que la antigua izquierda estaba constituida por los que ejercían la función de tal, como pipiolos, liberales, radicales en algún momento— suponía un desafío particular que era propio de la aparición de demandas revolucionarias en la modernidad: en qué medida estos nuevos grupos van a emplear los instrumentos del sistema para modificarlos, también modificando alguna estrategia final de ellos mismos. La sabiduría del modelo occidental, aquí tomado como sinónimo de democracia moderna, radicó siempre en que los nuevos grupos podían modificarlo sin transformarlo en lo esencial, pues llegaban a ser parte de él. Para comprender la historia de la democracia en Chile desde comienzos del siglo XX hasta comienzos del XXI, hay que tener en cuenta este dilema como uno de sus problemas más fundamentales. Quizás las oportunidades no se dieron porque la representación política era más o menos cerrada y el cuerpo electoral bastante pequeño, a pesar de que en muchos de sus aspectos se cumplía con algunas reglas del juego básicas en la época respectiva. La representación de los demócratas, un partido que vale como ejemplo clásico de integración, terminó siendo relativamente escasa. Y la dificultad de líderes con manifiesta meta revolucionaria, aunque utilizando medios en general legales, como Luis Emilio Recabarren, para acceder a cargos parlamentarios es considerada como reflejo de lo selectiva u oligárquica que era la política de la época.
Para el caso chileno, es importante hacer notar que antes de 1917 ya estaban instalados en la cultura política un lenguaje revolucionario y una actitud antisistema, cuyos ejemplos se han referido mucho a las palabras de Luis Emilio Recabarren por su papel en la fundación de lo que sería más adelante el Partido Comunista. No era el único, mas antes de la Primera Guerra Mundial representaba muy bien un tipo de mentalidad que estaba impregnando a una parte todavía pequeña, pero preñada de crecimiento de la política del país. Lo que no se toma en cuenta muchas veces es que también se había desarrollado un discurso antirrevolucionario, que quizá todavía no podría denominarse contrarrevolucionario, suponiendo que este último posee una meta delineada e incluso algo de anti-utopía, que a su vez mostraba algunos rasgos de utopía. La presencia de estos dos lenguajes creó una posibilidad de crisis como una de las caras de la política chilena, que tendería a canalizarse en general por compromisos, inercias e institucionalización. Seguiría siendo cierto hasta 1970 que en el país la institucionalización precedía a la movilización.
Chile ha sido con gran vitalidad parte de sucesivas oleadas identitarias que han estremecido al mundo. Por esto, no serían algo menor las ondas arribadas con celeridad a nuestras costas, producto de la entonces llamada Gran Guerra y del período revolucionario y contrarrevolucionario desencadenado en su estela.339 Fue un fenómeno global, aunque con una manifestación directa por parte del país. En primer lugar, en todos los sectores alfabetos —y probablemente más allá de ellos— hubo una relativa simultaneidad de emociones con los acontecimientos en Europa, seguidos con fascinación y también con algún grado de pasión. Este fue el primer efecto de 1914 y que permanecería vivo por décadas. El segundo fue la repercusión económica, rápida, contradictoria y a la postre más bien dañina que le significó al país la alteración de la economía mundial a consecuencia del conflicto; fue más característico por traducirse en las intermitencias del precio del salitre, aun teniendo en cuenta que la aparición rápida del salitre sintético solo tendría un efecto aplastante en la década que seguiría a la guerra.340 Los efectos económicos fueron al mismo tiempo efectos sociales, en especial en el Norte Grande, una de las cunas del movimiento obrero y de la nueva izquierda.
Por ello es difícil separar la conmoción social de la agitación de las ideas, aunque se trata de fenómenos en lo esencial diferenciados entre sí. La guerra creó en muchas partes del mundo una tensión política que agitó luego las demandas sociales, aunque más marcadamente al identificarse a partir de 1917 con un modelo revolucionario. Surgió una posibilidad de alteración drástica del orden social que en un país como Chile dio fuerza a la noción de cambio de mundo, de crisis del orden político. Nada de esto había estado ausente en el país. No era el caso de una China, en la cual es el arribo de estas ondas lo que en lo fundamental crea el lenguaje revolucionario que luego, en sus diversas caras, va a impregnar la casi totalidad de su política. En la nación sudamericana, en cambio, esto significó una aceleración de algo que ya existía y quizás este mismo motivo es uno de los elementos que ayude a comprender por qué no resultó en una crisis radical. En fin, todo esto hace ver por qué lo que vendría a ser el período de las guerras mundiales tiene significación también bastante profunda en países como Chile, aunque este ya previamente era parte de una simultaneidad de experiencias y emociones con la política mundial.
La misma discusión central de la campaña presidencial de 1920 tenía como una referencia reiterada la idea de cómo adaptarse a un país que cambiaba.341 Bajo otras palabras, el dilema era cómo y en qué había que modernizar al país, sobre todo teniendo presente las experiencias revolucionarias. Esta no era la Revolución Mexicana, un magno acontecimiento, pero de anémica significación para la experiencia política del continente. Hubo analogías con ella en el curso del siglo que seguiría, pero no hay una transmisión directa. En cambio, la Revolución Rusa y la creación del comunismo pusieron en marcha formulaciones políticas e intelectuales que estaban latentes o balbuceaban antes de 1914, y que ahora adquirían una tremenda fuerza en Europa y en muchas partes del mundo, incluyendo a Estados Unidos en alguna medida, aunque con más presencia proporcional en los países sudamericanos.342 Sus consecuencias se harían manifiestas en la historia de la democracia chilena en el siglo que en ese entonces aparecía tan nuevo.
En la misma campaña de 1920, las dos principales candidaturas, cuyos portavoces expresaban plenamente la conciencia de crisis del establishment y del discernimiento discutido por una alternativa, tenían como referencia a esa Revolución Rusa.343 Un hombre del establishment como Arturo Alessandri se hizo portavoz de un cambio y fue un ejemplo del intento de conciliar a una parte de un establishment con un toque de antigua izquierda, y a nuevos grupos emergentes, como los demócratas, y con ello imprimirle el aliento de la socialdemocracia del siglo XX a estas fuerzas más o menos heterogéneas. Si nos detenemos en uno de sus textos famosos, podemos respirar algo de esa atmósfera:
Yo quiero ser amenaza para los espíritus reaccionarios, para los que resisten toda reforma justa y necesaria, esos son los propagandistas del desconcierto y del trastorno. Yo quiero ser amenaza para los que se alzan contra los principios de la justicia y de derecho. Quiero ser amenaza para todos aquellos que permanecen ciegos, sordos y mudos ante las evoluciones del momento histórico presente, sin apreciar las exigencias actuales para la grandeza de este país. Quiero ser amenaza para los que no saben amarlo y no son capaces de hacer ningún sacrificio por servirlo. Seré, finalmente, una amenaza para aquellos que no comprenden el verdadero amor patrio y que, en vez de predicar soluciones de armonía y paz, van provocando divisiones y sembrando odios, olvidándose de que ese odio es estéril y que solo el amor es fuente de vida, simiente fecunda que hace la prosperidad de los pueblos y la grandeza de las naciones.344
Tiene razón Mario Góngora cuando dice que sus discursos hoy día nos dejan helados.345 Es el tipo de lenguaje que solo nos es inteligible si nos adentramos por otras vías a la atmósfera de la época. Debe haber habido algo de su aparición, su estilo y su timbre que en este período diferenció claramente al León de una clase política tradicional. Estas palabras podrían ser consideradas como un dar a todos un poco para no comprometerse con nada. El asunto es que fueron tomadas como una innovación y tuvieron ese impacto de bola de nieve, no en una montaña, sino en un cerro modesto. Hoy día se le llamaría un populismo soft.
No está muy claro cuánta conciencia tenía el León de todo esto, pero a la antigua coalición en torno a la Alianza Liberal le hacía de cemento una retórica encendida contra lo que ya era una especie de mítica oligarquía a la que se suponía culpable de los males. O se aceptaba una reforma inspirada en estos vagos ideales y propuestas, encabezadas por el León de Tarapacá, o bien aquella oligarquía sería incapaz de contener demandas que una vez desbordadas provocarían una revolución de tipo maximalista (bolchevique).
La candidatura de Luis Barros Borgoño, generalmente vista como un ejemplo de lo más anquilosado de la oligarquía tradicional, sostenía su propio programa de reforma que fue apoyado, entre otros, por Guillermo Subercaseaux y Francisco Antonio Encina, voces de alerta acerca de los peligros que acechaban al desarrollo del país y que en muchos aspectos podrían ser considerados como muy modernos.346 En este sentido, la principal advertencia de Barros Borgoño era que la elección de un demagogo como Arturo Alessandri abriría apetitos que no podrían ser satisfechos, lo que terminaría en un proceso interminable de más y más demandas hasta transformarlo todo en una revolución sanguinaria.347 Si juzgamos por un estribillo entonces célebre, su campaña era fundamentalmente negativa, aunque resume bien un temor de época:
Contra el charlatanismo de feria, la labor silenciosa y fecunda. /Contra la revolución que destruye, la evolución que edifica. /Contra la anarquía y la arbitrariedad, el orden y la justicia. /Contra Arturo Alessandri, maximalista, Luis Barros Borgoño republicano y demócrata.348
La tercera candidatura tuvo una presencia exigua, casi nula, en la campaña y en el resultado electoral, aunque en su impulso general tendría larga vida en el siglo XX. Sería el caso de Luis Emilio Recabarren, que explícitamente se había identificado ya antes de 1914 con las tendencias revolucionarias rusas y que luego tomaría al modelo soviético como un paradigma para las fuerzas que él encabezaría. Esta sería una idea no menor en la historia de Chile que seguiría. En esto hay una continuidad, ya que Recabarren se había identificado en general con el espíritu del mundo revolucionario ruso desde 1905, aunque la fundación del Partido Obrero Socialista en 1912 no estaba pensada en algún modelo de esa tradición.349 En cambio, para la fundación del Partido Comunista en 1922 —que solo en parte era la transformación del antiguo POS— ya había efectuado el típico viaje de encantamiento con la experiencia bolchevique y no hay nada que indique que no se haya considerado sino como un brazo más de una oleada revolucionaria mundial, cuya vanguardia estaba en Moscú. También comenzaría a arribar luego ayuda económica.350 En 1918 había afirmado lo que repitió muchas veces:
Doy, sin vacilar, mi voto de adhesión a los maximalistas rusos, que inician el camino de la paz y de la abolición del régimen burgués, capitalista y bárbaro. Quien no apoye esta causa, sostendrá el régimen capitalista todos sus horrores.351
Hasta donde sabemos, esta no explica en absoluto la capacidad de presencia de este movimiento políticamente revolucionario que no efectuaba la revolución (Lenin tampoco la efectuaba en todos los momentos), ni tampoco explica al menos toda la fuerza que adquiere esta persuasión y otras parecidas en el Chile del siglo XX. Es indudable, sin embargo, que ser parte de una experiencia universal era un aliento importante en Chile, otorgándole un horizonte como paradigma.352 Este era el carácter de la presencia representada por Recabarren en esa fundamental elección de 1920; por pequeña que haya sido su presencia en términos de campaña y de votos, no constituía una candidatura ocasional.353
El fin abrupto, sin derramamiento de sangre, de este período en septiembre de 1924 nos hace pensar que todo el edificio constitucional y de prácticas políticas era como una casa de madera carcomida por las termitas, que de todas maneras se derrumbaría un día antes o un día después.
Esta es una imagen engañosa, ya que las fuerzas de conservación —o, más bien dicho, de inercia— quizás eran tan fuertes como para resistir los vientos de cambio, aunque no de manera indefinida. En general, hay que ser cuidadoso con aquellos aspectos del lenguaje de la política moderna que empleen el argumento histórico, una parte bastante constitutiva de su semántica. Esto es el creer que “los tiempos estaban maduros”, “el desenlace era inevitable”, “no daba para más”, “los hombres eran ciegos que no veían que todo había cambiado”, etc. No es que sea del todo falso. El problema es que no es indicación infalible para pensar la realidad, tanto desde el punto de vista de la posteridad como para el hombre que piensa y actúa como ser histórico, en su respectivo presente. La modernidad, que ha provisto a los seres históricos de este lenguaje, ha transcurrido lo suficiente como para hacernos ver que ni todo ha madurado ni todo ha sido exterminado para siempre, ni que la vanguardia ni la ortodoxia carezcan respectivamente de elementos arcaicos o radicalmente modernos, que hace que reproduzcan procesos, estructuras y atmósferas que se suponía debían aniquilar.
Estas reflexiones deben tenerse en cuenta para cualquier momento, ya sea para 1924 o para 1973, pues siempre existe la posibilidad de que las cosas evolucionen hacia un lado o hacia otro, aunque nunca de una manera completamente caprichosa e imprevisible. El sistema podría haberse mantenido hasta que se hicieron sentir los efectos plenos de la crisis de 1929, en ese catastrófico año de 1930. Es probable (pero no más que eso) que en ese caso lo abrupto de una crisis hubiese sido más explosiva de lo que fue en 1924 o 1931 y 1932. Pudo, sin embargo, haber ido por otros derroteros. Una actitud de experimentación moderada con atención a los hechos empíricos, habiendo incorporado lo que sí a todas luces tenía que venir, la modernización del Estado y el inicio sistemático de la legislación social, hubiera atenuado algunas presiones y hubiera habido ese cambio-continuidad asumido —y, por lo mismo quizás, digerido— que constituye una de las desideratas de la existencia histórica. Ciertamente, todo esto es especulación, hipótesis contrafactual, pero nos ayuda a tener una evaluación más ajustada del proceso concreto que ocurrió en la historia y también comprender mejor los fenómenos políticos. Estas fuerzas de la inercia se expresan en algo bastante común de la mentalidad colectiva, con ese tipo de expresiones como que “las cosas no cambian nunca”, “nada nuevo bajo el sol”. Una conciencia de este tipo convive con la idea también de un cambio sísmico, mirado ya sea de manera positiva o negativa.
Los últimos días del régimen que llamamos parlamentario u oligárquico, a falta de un mejor concepto, transcurrieron en eso que a posteriori se ve como una atmósfera de irrealidad. Debatían sobre la aprobación o no de lo que se llamaba la “dieta parlamentaria”, es decir, si los legisladores electos debían tener un salario.354 La idea original y originadora de la representación estaba vinculada a la voluntariedad de la participación y tenía por cierto una raíz aristocrática y propietaria, de que los mejores eran los llamados a dirigir la causa pública, de lejanos orígenes coloniales del “vecino”, lo que desde ya ponía límites a cualquier tipo de absolutismo; y que los que podían mostrar responsabilidad en la discusión de estos temas eran los que la habían mostrado en los asuntos económicos.




