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Entretanto, había ocurrido una larga evolución en Occidente. El argumento original tenía cada día menos defensores, al menos en público, y se había transformado en una suerte de ataque a los que defendían la dieta o sueldo, como si fuesen pícaros que quisiesen vivir a costa de los demás por medio de una retórica de halagos. La defensa de la dieta parlamentaria, que no era exclusiva ni de la nueva izquierda ni de lo que podemos llamar el mundo progresista anterior, aludía a lo que después sería un lugar común, que esto permitiría a representantes de un espectro social más amplio participar en la vida pública, y conferir más representatividad a las instituciones.355 La dieta parlamentaria venía, ya que iba contra toda lógica negarla. La mayoría se había inclinado por asumirla por una razón u otra, como estaba ocurriendo e iba a ocurrir con muchas leyes sociales. El problema es que, en los últimos días del debate para su aprobación, se le dio prioridad a costa de una discusión pendiente sobre el aumento de sueldos a los uniformados. Un grupo de jóvenes oficiales del Ejército que habían asistido a la sesión y contemplaban todo desde las galerías, enfundados en sus uniformes y provistos de sables, golpearon el suelo con estos en un acto de evidente provocación, al parecer producto de una reacción de malestar momentánea. Había algo más. Sería aquello que pasaría a la posteridad como “ruido de sables” y no sería pura casualidad.
La atmósfera y realidad, o que ahora nos parece tal, se ve más patética en las últimas palabras registradas por el boletín de la Cámara en su última sesión antes de la disolución del Congreso y que parecen resumir una tragedia no solo del llamado período parlamentario, sino que del drama de la democracia y de la sociedad discutidora: “No, señor: no, no. Ya va a ser la una de la mañana, y para oír latas, ya está bueno”.356
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