- -
- 100%
- +
La idea de este libro se originó cuando hubo finalizado la redacción y publicación de mi libro La revolución inconclusa, en el 2013, y el entonces director interino del Centro de Estudios Públicos, Lucas Sierra, me sugirió que presentara un nuevo proyecto. Como desde el 2011 la discusión sobre el carácter de la democracia en Chile por doquier solo se incrementaba, cuando se aludía a la historia de Chile —remota y reciente— yo consideraba que existía una deficiente formación y poco criterio intelectual para evaluarla. Pensé suplir ese vacío con un libro breve sobre la democracia en Chile, su historia y los problemas fundamentales del presente. Como los historiadores tenemos la tentación de escribir extensamente, en el acto de escribir se me fue transformando en una historia de Chile, siguiendo la columna vertebral del logro e insuficiencia de la democracia en el sistema político del país. El nuevo director del Centro de Estudios Públicos, Harald Beyer, le dio un decidido apoyo al proyecto el año 2014; al asumir Leonidas Montes como director, el año 2018 confirmó la necesidad de sustentar el que llegara a su meta y me entregó pleno apoyo para finalizarlo.
La redacción, con todo lo que significa de reunir material y evaluar lo que se añade o no, no hubiera sido posible sin el auxilio de valiosas manos y mentes. En sus inicios, me acompañó por un año Diego Hurtado, y su sabiduría intelectual e histórica todavía me resuena para pensar algunas partes. Por varios años, Maximiliano Jara tuvo la paciencia y diligencia para asistirme en la redacción por la mayor parte del tiempo, a lo largo de prácticamente todo el año. Una vez entregada al Centro de Estudios Públicos una primera versión, en una última etapa de revisión, el ahínco y conocimientos de Milton Cortés ayudaron a las terminaciones finales para presentarlo al lector. Mariana Perry colaboró también en esta última instancia. Estos años fueron nutridos con las conversaciones sobre los temas expuestos en el libro con Luis Oro, en especial por su conocimiento profundo de la teoría política moderna. Joaquín García-Huidobro tuvo la amabilidad de comentar y efectuar sugerencias acerca del Capítulo 1. Leí atentamente los comentarios y críticas de un evaluador externo, que intenté asumir en la versión final. La Pontificia Universidad Católica de Chile, primero, y después la Universidad San Sebastián tuvieron la generosidad de aceptar que parte de mi tiempo de trabajo en esas instituciones fuera dedicado a la redacción del libro.
La publicación del libro ha sido posible por un esfuerzo conjunto del Centro de Estudios Públicos junto a Ediciones UC. La Directora de esta última, María Angélica Zegers, apoyó decisivamente el proyecto del libro y su idea que combina varios estilos. En intensos meses de edición, alterados marginalmente por los trastornos vividos por el país —que al final entregaron incentivo para proseguir con la idea central del libro—, se ha podido llevar a cabo el trabajo de afinamiento de su escritura a pesar de todas las dificultades ofrecidas por los tiempos que se viven. En este sentido Juan Rauld efectuó una ímproba labor. El esfuerzo de Ediciones UC da fruto pocos meses antes de que yo cumpla con 50 años de docencia en la Pontificia Universidad Católica de Chile.
1. DEL ORDEN IMPERIAL AL BALBUCEO REPUBLICANO
Orden prepolítico de la sociedad arcaica
Las estructuras de organización política de los pueblos precolombinos en la zona de Chile habían sido influidas escasamente por las formas sobrepuestas del imperio incaico. La estructura tribal permitía a lo más una suerte de alianza ocasional con otros grupos y la figura del cacique era irreemplazable. Las experiencias iniciales y después seculares con el mundo mapuche dejaron ver lo mismo. Se trataba de relaciones inherentes a lo que en general podemos llamar “sociedad arcaica”, previa a aquella que modernamente es llamada “sociedad compleja”, asimismo a veces “civilización”.79 Como bien sabemos, el corte entre lo “primitivo” y lo “civilizado” nunca es absoluto; el pasado más remoto tiene tendencias a retornar. La misma trayectoria de estos pueblos hace que rasgos reconocibles de las relaciones de poder del mundo originario se traspasen a la sociedad tradicional, colonial, y a la moderna. En muchas partes del mundo, como por ejemplo en las sociedades árabes, lo tribal constituye un rasgo definitorio del presente, sin que existan mayores indicaciones de que se estén disolviendo. De manera mucho más atenuada, esto también es cierto para los países hispanoamericanos y para Chile en especial, aunque aquí el cacicazgo en el mundo republicano tuviera validez solo como metáfora.80
En los mapuches, incorporados al Estado nacional moderno a partir de la llamada Pacificación en el siglo XIX, la idea de clan aparecería más apropiada que la de tribu y asoma todavía como un rasgo acusado con relación a la sociedad chilena, aunque ello suceda solo en la región de La Araucanía, quizás no definitorio en el siglo XXI.81 Es probable que la organización tan fragmentada en pequeñas tribus o clanes haya sido una raíz de su debilidad en la adaptación a una sociedad compleja, como lo iría siendo Chile en su paso del período colonial al republicano. Por otro lado, en términos bélicos los mapuches fueron capaces de mostrar esporádicamente un frente más o menos común, relativamente organizado. Como sabemos, los talentos de organización militar no son los mismos que los políticos y, una vez llegados los tiempos republicanos, no supieron, no pudieron o no les fue permitido hacerse presentes como un grupo de interés en el Chile decimonónico ni quedaron completamente fundidos en él.82 Podría ser considerado como otro caso clásico de un pueblo de una sociedad arcaica que se defiende con algún éxito, armas en mano, frente a la expansión de un pueblo perteneciente a la sociedad compleja o civilización, un imperio poderoso como el español, aunque finalmente los mapuches en ese enfrentamiento estaban condenados a una derrota de consecuencias en el largo tiempo.83 Como en muchas partes del mundo, los indígenas llegarían a ser una minoría en su propia tierra.
En el resto del territorio del Chile tradicional —desde Copiapó al Bío-Bío, más algunos enclaves— la fusión de etnias durante el régimen colonial sería lo más característico, arrastrándose por los casi tres siglos, aunque todavía en el XVIII había algo más que vestigios de pueblos de indios en el valle central. La realidad más determinante de estos grupos estuvo constituida por el fenómeno del mestizaje, común en América, en lo que fue una particularidad casi exclusiva de la empresa de expansión de los imperios de Portugal y de España, al menos en relación con Inglaterra y más adelante Francia.84 Este trasfondo dejó una impronta en gran parte de la sociedad chilena, aunque en grados distintos, exceptuando a los inmigrantes europeos y árabes arribados a partir de mediados del siglo XIX. Alrededor del año 2000 comenzaría a llegar otra fuente de mestizaje, el hispanoamericano y afroamericano —haitiano, sobre todo— que quizás en un cierto plazo va a infundir un nuevo matiz a la definición étnica de Chile. En los siglos coloniales, la frontera entre los mestizos y los criollos tampoco estaba fijada con claridad y por eso la cultura mestiza va a tener alguna presencia en casi la totalidad de la población del país, incluyendo a los criollos como clase dirigente.85 Se podría decir que el mestizaje es el sustento más profundo de la sumisión y no participación en la estructura pública y política, si no fuera porque en África negra —sin mayor mestizaje— a más de medio siglo de la descolonización, los sistemas democráticos anclaron mucho menos.
Esta base social constituía una fuente de rebeliones potenciales, o quizás de ese tipo de indiferencia que algunas tendencias intelectuales contemporáneas denominan, con generosidad romántica, “resistencia”. No es el cimiento sobre el cual se podría levantar con facilidad un tipo de actitud del colono libre o del comerciante, en el caso de que ambos estén provistos de un lenguaje que fundamentara una política republicana, aunque fuese de tendencia aristocrática u oligárquica en una primera fase. Solo en el curso de la segunda mitad del siglo XIX se podría encontrar un proceso social y político que paulatinamente vincularía a los diversos sectores sociales como germen de lo republicano. Sin embargo, la minoría más puramente criolla, al igual que en toda América hispánica, tampoco poseía una noción tan exclusiva de sí misma suficiente para plantear un régimen de segregación, estilo apartheid, como doctrina universal. En la práctica, existía esta separación, sin que dejara de haber una cierta fluidez entre lo mestizo y lo criollo, como se vería a partir de la independencia.86 Así se creó una sociedad más multiétnica que en América del Norte, pero con menos cimiento para un desarrollo democrático.87 La estructura étnica y social de Chile, una combinación de lo socioeconómico con lo cultural, como en gran parte del mundo, creaba obstáculos para el surgimiento de una república moderna que favoreciera a los procesos de modernización o democratización, tal como se dieron en Europa Occidental y en las colonias de la costa Este de América del Norte. Lo social y lo étnico no lo son todo; falta la práctica y la conciencia política.
Base política colonial y fuerzas de emancipación
La estructura misma del poder en América hispana y en Chile, encabezada por el gobernador —y, más arriba, el Virrey y la Corona—, proporcionaría algunos elementos que se traspasaron a la república naciente a partir de 1810.88 Sus principales entidades eran el gobernador provisto de completas atribuciones, aunque limitado no solo por la dependencia de Lima y a la Corona, sino que por los juicios de residencia que traslucían la precariedad muchas veces caprichosa de las posiciones en el antiguo régimen89, y por otra parte tenía algo del afán de supervisión en el sentido de la moderna Contraloría, aunque ejercida las atribuciones con discrecionalidad muchas veces veleidosa.90 Era una huella del absolutismo real que no podría ser asimilada a un caudillismo hispanoamericano del siglo XIX o a las dictaduras del XX; mostraba, eso sí, la omnipresencia de la corrupción. Es probable que, en términos de cultura política, la tradición presidencialista de las repúblicas hispanoamericanas provenga de una herencia monárquica, convirtiéndose el presidente en un sustituto de la figura paterna encarnada en la Corona proyectada a la nación.91
Se le añadía una suerte de contrapeso, germen o balbuceo de lo que se llama división de poderes, sin que esta figura en ciernes se pudiera asimilar a la noción de pluralismo en la política y en las instituciones modernas. En un lugar preponderante estaba la Real Audiencia, pilar de la lealtad hacia la Corona e investida por peninsulares y por americanos de confianza. Con menor influencia estaban los cabildos, representativos de los criollos entendidos como “vecinos”, lo que en la práctica constituía una suerte de restricción censitaria; además, rasgo muy universal, operaban como centros de representación de redes familiares, en una sociedad más estamental que de clases.92 En tercera línea, la Iglesia se erigió en algo así como lo que después se llamaría un “poder paralelo”, fusionado con el Estado indiano a la vez que claramente autónoma, reproduciéndose la pugna entre el cesaropapismo y el anhelo de la preeminencia de la Iglesia sobre el Estado. Existía en la práctica un dualismo de poderes entre el Estado y la Iglesia, que nosotros podríamos definir como un antecedente del pluralismo político, aunque lejos de una poliarquía, para emplear un lenguaje moderno. Ambos eran dos poderes que vivían en simbiosis, al mismo tiempo manifiestamente diferenciados, y la institución del patronato la inclinaba relativamente más hacia el polo cesaropapista, de control real (gubernamental) sobre la Iglesia. Durante el período colonial, como en toda la América española, no alcanzó a formarse una polaridad donde emergiera lo que se podría llamar una tendencia secular.93 Estallaría con la emancipación a partir de 1810. Previo a este fenómeno, no se daría la experiencia del autogobierno, como dentro de algunos límites fue la experiencia anglosajona en América del Norte. Sin embargo, no hay que olvidar que el sistema no era simplemente de “comando y control”, no consistía en una dictadura moderna; lo cual se refleja en un célebre lema, “se acata, pero no se cumple”.
Raíz y despertar de autonomía e independencia
El capítulo acerca de los precursores de la independencia presenta en Chile un rostro menguado, ya que no fue un proceso muy largo. De hecho, una de las cuestiones más extrañas en torno a este fue la rapidez con que se desarrolló la disposición a la autonomía primero y casi inmediatamente la de la emancipación más completa; no es extraño en la sociedad humana, pero no sucede por doquier ni en todo momento. De allí que no haya demasiado precursor del movimiento emancipatorio.94
Lo que sí se había dado era una clara distinción entre esa parte de la administración política que estaba ocupada fundamentalmente por españoles designados por la Corona, a veces también por inmigrantes llegados del norte de España en el XVIII, y que conservaban por un par de generaciones la idea de ser diferentes —y mejores— a los nacidos en Chile; y, por otro lado, estos últimos, los criollos. Se trata de una capa que desde el punto de vista étnico no podría ser clasificada de mestiza, aunque, como se ha dicho, las fronteras entre lo criollo y lo mestizo eran difusas y porosas; intuimos esto, pues sería demasiado extraño encontrar una familia cuya genealogía haya tenido una existencia larga sin alguna combinación con los mestizos o con los indígenas, o con ambos.95 La palabra “elite” no le calza completamente, aunque en general identifica a estratos relativamente altos de la sociedad, si bien incluyendo a aquellos que, a falta de un mejor concepto, podríamos llamar “sectores medios”.96 Estos grupos no pueden ser asimilados ni a los pied noire (Argelia) ni a los colonos anglosajones en la antigua Rhodesia del Sur (Zimbabwe). Sobre todo, en este último caso no alcanzaron a ser masa crítica como para encabezar una autonomía; en Argelia pusieron su fe en la mantención de un statu quo imposible. La misma tensión original entre criollos y españoles puede ser extendida a otras regiones hispanoamericanas, aunque en la mayoría de ellas con toda probabilidad la distancia entre mestizos y criollos era mucho mayor.
Es claro que el origen de las repúblicas hispanoamericanas radica en las grandes oleadas que transformaron la vida política de Occidente entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, y que generalmente son resumidas en dos momentos: la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa; se añade a esto algo menos global, pero de un alcance enorme, la expansión napoleónica y la crisis de la monarquía española. El fenómeno que está detrás de los dos primeros eventos corresponde al surgimiento de la política moderna, que desde luego no crece de la nada. Aún sin crisis de la monarquía española, en la manera como ocurrió —con ocupación por tropas extranjeras— se hubiera producido un remezón a la estructura de gobierno de lo que se llamaba Las Indias. La destitución en la práctica de los Borbones, más o menos tolerada por estos, muy indigna, les sustrajo ese halo mágico, intangible, que sustenta a todo orden político, en especial al monárquico. La esencia de la institución se había evaporado. Tenía entonces que surgir una pregunta por la legitimidad de cada una de las autoridades nombradas o dependientes de la Corona. Habrá de todas maneras que destacar que la estructura de poder en Indias tenía peso y fue una escuela de aprendizaje menor que la de las colonias anglosajonas. Con todo, efectuó un aporte a la posterior construcción republicana.
No obstante, es posible también preguntarse, efectuando una muy forzada hipótesis contrafactual, si las tendencias sobre emancipación acaso no hubieran existido de todas maneras, aún sin la formación de la política moderna y sin la crisis de la monarquía. Dejando de lado la primera, por ser quizás demasiado fantasiosa —Grecia y Roma por lo demás ofrecen ejemplos al respecto, en cuanto a que siempre había una posibilidad republicana—, la ocupación de España por Napoleón se presenta como causa muy poderosa para explicar la independencia y la formación republicana. Dicho esto, sin embargo, debemos atender a la tendencia de largo plazo de crisis del sistema político español, que iba en dirección de colisionar con las ideas políticas modernas, en un típico caso de adaptación que no se realizó en el momento necesario. Esta crisis tendría que arrastrar también a sus posesiones en América, si bien lo hizo de una manera diferente con respecto a los territorios que mantenía en otras partes, como las islas Filipinas.
Existe, sin embargo, en la historia de los imperios de colonización una tendencia que, a falta de un mejor nombre, se puede llamar “natural”, según la cual en el largo plazo estos se van acercando a una disgregación debido a las orientaciones autonómicas de sus posesiones.97 En la era de los Estados nacionales, los imperios fueron sometidos a una tensión adicional que tenía que erosionarlos; además, en América hispana España al final terminó formando naciones, no como un proyecto sino como resultado de su organización y de los tres siglos de período colonial.98 Salvo en algunos casos en donde por motivos particulares existe una adhesión que se considera vital al orden metropolitano, como es en la actualidad el caso de Gibraltar y Nueva Caledonia (quizás en las Malvinas, caso muy especial porque la república argentina jamás reconoció la legitimidad de su ocupación), lo que tiende a vencer es siempre la corriente que lleva a la autonomía o a la independencia. En este sentido, la independencia de los países hispanoamericanos constituía uno de esos hechos que lindan con lo irrefrenable, casi imposible de torcer, aunque no creo en la inevitabilidad en la historia. En algún momento, el asunto de quién nombra a la autoridad se volvió contencioso y originó la cuestión independentista, hubiera o no motivos que podríamos considerar reales.
Aunque las causas de la independencia hispanoamericana que se podrían llamar “locales” son múltiples y varían de país en país, no sería aventurero suponer que había algo común, que incluía a Chile. Esto es, que el estilo de gobierno de la Corona no permitía algún grado de representación política o de autonomía a los criollos; a esto se añadía un segundo presupuesto, el que los españoles desconfiaran sistemáticamente de ellos.99 No fue extraño entonces que desde temprano creciera una distancia —como siempre, acompañada de algún tipo de atractivo oculto— entre los criollos y la gama de funcionarios españoles cuya línea de mando culminaba en la Real Audiencia y en el gobernador mismo. Aquí había una semilla que no se iba a erradicar. Una segunda causa tenía que ver con las medidas de la Corona a lo largo del siglo XVIII. Por una parte, las reformas borbónicas supusieron un mayor control por medio de la verticalidad y de la eficiencia, aunque mermaron los usos y costumbres que en la práctica habían implicado algún grado de autonomía. Casi inseparable de todo esto fue también que las angustias financieras de Madrid, en síndrome parecido a tantas historias imperiales, llevaron a una intensificación tributaria que, racional o no, profundizó la distancia.100
Verbalización y acto de inicio
La aparición intempestiva del lenguaje de la política moderna le daría discurso y sensación de hallarse a “la altura de los tiempos”, aunque algunas investigaciones más recientes han mostrado cómo su lenguaje había comenzado a desarrollarse en la segunda mitad del siglo XVIII.101 Lo que sí se había formado en Chile, como en otras partes, era la conciencia, con leves toques de orgullo, de pertenecer a un país, de ser chilenos; como revelan las palabras finales, conservadas para la posteridad, del abate Molina en su exilio italiano, expresando su voluntad de beber por última vez las aguas frescas de las quebradas de Chile.102 Las historias que se habían escrito, el arraigo que denotaban criollos y mestizos, ya fuera como expresión de una cultura popular y de otra algo más sofisticada y elitista, todo esto en su conjunto había constituido una base de esta conciencia. Existía esa conjunción de paisaje e historia que creaba una realidad, un sistema social y las bases de eso que se ha llamado país o Estado nacional, aunque no se usen siempre en el mismo sentido.103 Sobre todo, como en los procesos de descolonización del siglo XX, existía un marco universal que favoreció la tentación independentista. En su origen el español había sido un “imperio misionero”, herencia o rescate de la unidad cristiana de la civilización occidental, que se había diluido desde el 1300. El mismo imperio, a raíz de su decadencia y de la gravitante transformación del mundo que se simboliza con el nombre y fecha de Westfalia (1648/49), significó el aminoramiento de la fuerza de la idea imperial en España y el surgimiento paulatino de la conciencia nacional. Esto llevaría a un cambio de legitimidad en las relaciones atlánticas que reforzó la impresión de originalidad del Nuevo Mundo, alimentado por el fenómeno difuso, pero no menos real, de la “ilustración española” y el debate por la decadencia —raíz de las “dos Españas”— que planteó un tema de larga y larguísima duración, a saber, la diferencia con otros países de Europa y la relación con lo “moderno”.104 La conciencia de lo original de los criollos se vio reforzada por la distinción entre “españoles” y “americanos”, y —esto es lo esencial— cuando se produjo el momento emancipador la tendencia era casi universalmente republicana y la palabra “democracia” no estaba demasiado lejos de su horizonte discursivo.
Si se piensa anticipadamente en las dificultades de la historia republicana, ¿cuál sería el obstáculo para su consolidación? No existía en Chile ni en otras partes de la América hispana esa tradición, aunque fuera limitada, de autogobierno y de cultivo de un lenguaje político que pusiera un acento en la representación, tal como había ocurrido en las colonias anglosajonas del norte del continente. Lo que más se le aproxima, en resonancia simbólica con la Carta Magna, es la “teoría del Pacto”, un fenómeno hispano pero análogo a las raíces democráticas: en el remoto origen habría habido un acuerdo entre el monarca y los súbditos, por medio del cual estos últimos le encargaban el gobierno a cambio de protección y otros derechos; al desaparecer el monarca, el poder retornaría a los súbditos.105 Tenía un origen que legitimaba el absolutismo de los Austria y Borbones; en la segunda mitad del XVIII fue progresivamente siendo reinterpretada con una dirección que se podría afirmar que era concomitante con el proceso democrático.
Sin embargo, la mirada retrospectiva no deja de sorprenderse por la prontitud con que se alzó la demanda, al menos de autonomía y potencialmente de independencia, apenas se produjo la crisis de la monarquía por la ocupación napoleónica. En Chile, al bienio de murmullos entre 1808 y 1810 le siguió una suerte de alzamiento, o quizás cabe denominarlo “golpe blanco”, que puso como marca de legitimidad el que los criollos eran los que nombraban a su propia autoridad.106 Es cierto que recibieron ayuda del azar, la muerte de un gobernador y el nombramiento de reemplazantes provisorios que experimentaron el rechazo de varios sectores, amén de tener legitimidad vulnerable. En otra época esto se hubiera dejado en manos o de la Real Audiencia o del Virreinato de Lima. Esta vez fueron los criollos los que, al sancionar por sí y ante sí la legitimidad de una Junta, aunque sea por medio de un procedimiento ya existente —un cabildo abierto—, de facto habían asumido el poder.107 Era la base de una tendencia a la democratización, aunque faltaban muchos otros elementos. Es una historia que seguiría sometida a esa tensión, más allá del hecho de que la democracia por sí misma implica asumir conscientemente la crisis como un hecho casi natural de la existencia.
El mismo fenómeno se estaba produciendo en esos momentos en varias partes de América, así como también sucedía en Europa, aunque bajo otras formas los acontecimientos sísmicos que la sacudían desde 1789. Es probable que una sensación parecida se haya producido muchas veces en la historia de los Estados, cuando un acontecimiento inesperado descabeza a lo que se veía como la autoridad natural y parecía cerrar las posibilidades a una sucesión ordenada y aceptada. Con esto, no nos referimos solamente a lo que se llama “la tradición republicana” desde su origen más remoto en Roma, sino que a una reacción entre actores que se consideran más o menos iguales y que, una vez rota la cadena de autoridad por ese accidente externo, en algún momento de corta duración podrían llegar a un acuerdo o consenso para reordenar las cosas. La sensación puede haber estado prefigurada, pero solo una vez existiendo esa tradición republicana, aun cuando poseyera en algunos casos una raíz de alto contenido oligárquico —el embrión casi siempre está en las sociedades donde los comerciantes ocupan un papel destacado—, podía desatarse ese proceso que conduciría a la democracia del mundo moderno.108




