Doce hábitos para un matrimonio saludable

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La señal que mueve a una persona a resolver una injusticia suele ser la ira. Pensemos, por ejemplo, en alguien que presencia cómo un hombre le roba la cartera a una mujer. En una situación como esta, la ira es la respuesta adecuada del testigo y lo que lo mueve a salir detrás del ladrón (y a avisar a la policía).
No obstante, buena parte de la ira que se experimenta dentro del matrimonio no está suscitada por injusticias reales, sino por tensiones y contratiempos menores. En ese caso, existen tres opciones básicas para gestionar una emoción tan compleja y poderosa como esta: (1) negarla, (2) expresarla activa o pasivamente, o (3) perdonar lo que se ha percibido como algo doloroso. En la vida matrimonial el medio más eficaz para disminuir y controlar la ira es el perdón. Solo el perdón es capaz de resolver la ira causada por las decepciones del pasado que la mayoría de los cónyuges aportan inconscientemente al matrimonio.
Negación
Durante la infancia el método psicológico más habitual para gestionar la ira es la negación, que en muchas personas se prolonga hasta la vida adulta. Entre las numerosas razones de esa negación se incluyen la necesidad de idealizar a los padres, los hermanos o los iguales; no saber cómo resolver la ira mediante el empleo del perdón; los miedos y las inseguridades a la hora de expresarla; el sentimiento de vergüenza; el temor a la tristeza asociada a la ira; el deseo de mantener una vida familiar agradable y pacífica; y la lealtad a los propios padres. En el caso de los niños, la relación mayoritariamente afectada por esa negación es la relación padre-hijo. Los principales motivos son el temor a una respuesta airada por parte del padre o a aumentar la distancia entre los dos.
Con el paso del tiempo, algunos de los daños que genera recurrir a la negación para gestionar la ira son tristeza, ansiedad, inseguridad e incluso el aumento de la misma ira que se está negando. No admitirla ni resolverla lleva a desviarla injustamente contra los hermanos, los padres y los iguales y, finalmente, contra el cónyuge y los hijos. Esta dinámica psicológica es la principal causa de la ira desproporcionada dentro de la vida matrimonial.
La mejor manera de superar la negación no consiste en expresar la ira contra el otro —que suele ser la recomendación más frecuente—, algo que genera aún más tensión tanto en la persona colérica como en su entorno. Es mucho más beneficioso pensar: «Quiero superar mi posible situación de negación explorando la necesidad del perdón. ¿Tengo que perdonar a un padre, a un hermano o a algún igual que me ha hecho daño en el pasado? ¿Tengo que perdonar a mi cónyuge aquí y ahora?».
Expresión
Por desgracia, muchos esposos creen que el mejor modo de gestionar la ira consiste en expresarla. Algunos se ven animados a ello por la idea —carente de demostración psicológica— de que desahogarse es algo saludable. Este enfoque suele contar con el apoyo de la familia, los amigos y los libros de autoayuda, e incluso de un número considerable de profesionales de la salud mental. Lo cierto es que los esposos no son conscientes de los graves peligros que entraña dar rienda suelta a sus sentimientos de ira.
Desde el punto de vista psicológico, la realidad es que la mayoría de los esposos no saben cómo expresar la ira del modo adecuado, porque han aportado al matrimonio demasiada ira inconsciente y encubierta. La mayoría ignora las graves heridas que puede dejar sufrir la ira de la persona en quien más se confía y a la que más se quiere. La expresión de la ira entre los esposos, además de disminuir la confianza, afecta al sentimiento amoroso. Por otra parte, ni resuelve del todo esa emoción ni ayuda a solucionar los conflictos matrimoniales.
El empleo del perdón, sin embargo, sí resuelve la ira provocada por las heridas del presente y del pasado, y reduce la tensión matrimonial. El perdón ayuda a eliminar las explosiones de ira. El camino hacia el perdón se inicia detectando sus formas de expresión: tanto las directas como las indirectas, es decir, las formas pasivo-agresivas o encubiertas. La lista siguiente puede ayudar a identificar los tipos de ira activa y pasivo-agresiva que se dan dentro del matrimonio:
Activa
Falta de respeto
Exceso de disputas
Irritabilidad
Decepciones frecuentes
Susceptibilidad
Comunicación y crítica negativas
Descortesía
Pasivo-agresiva
Trato frío y silencioso
Conductas irresponsables
Represión del afecto y las expresiones de amor
Desaliño o descuido —del hogar o personal— deliberados
Comportamiento no colaborativo
Falta de apoyo
Una vez identificadas las formas de expresión de la ira, los esposos pueden recurrir al método para gestionar esa emoción: el perdón.
Perdón
El perdón implica sacar a la luz la ira generada en la familia de origen, en relaciones anteriores y en el propio matrimonio para, a continuación, decidirse a trabajar en liberarla sin dirigirla contra el cónyuge, los hijos u otras personas. También implica optar por perdonar de inmediato, aquí y ahora, a la persona que la ha provocado. La terapia del perdón para disminuir y resolver el daño causado por una ira desproporcionada[3] es un método psicológicamente probado.
El perdón produce muchos beneficios. Ayuda al individuo a olvidar las experiencias dolorosas del pasado y a liberarlo del sutil control de las personas y los acontecimientos. Facilita la reconciliación entre los esposos y entre estos y otros miembros de la familia, y disminuye la probabilidad de cometer la injusticia de desviarla dentro del hogar. Los estudios de mi colega el Dr. Robert Enright han puesto de relieve lo que se observa a diario en la práctica clínica: el perdón aumenta la confianza, ayuda a resolver los sentimientos de tristeza y ansiedad[4] y evita su recurrencia.
El proceso de perdón
Aunque el perdón es el método más eficaz para adquirir el control sobre una emoción tan intensa como la ira, no es algo que se produzca de forma natural ni con facilidad. Después de descubrir los orígenes más profundos de una ira que, en muchas ocasiones, o bien se niega o bien es inconsciente, y después de intentar comprender la trayectoria vital y las relaciones que la persona causante del daño ha vivido en el pasado, aún queda trabajar el perdón.
Los esposos inician ese proceso explorando las experiencias negativas de la infancia en la relación con sus padres o con otras personas. Los dos deben identificar cuál de sus progenitores los ha defraudado más. A ambos cónyuges les resultará útil intentar comprender las relaciones parentales del otro. Simultáneamente a este proceso de descubrimiento, la pareja va cobrando conciencia de que en la mayoría de los casos la causa de las conductas del cónyuge reside en los daños emocionales provocados en el pasado por los padres o por otras personas, o bien en la imitación de las debilidades del carácter de los padres. Fijarse en el pasado para entender el presente suele llevar a constatar que, por lo general, las heridas que causa otra persona no son deliberadas. Hasta quienes son deliberadamente crueles suelen haber sufrido previamente algún trauma.
Una vez que cada esposo ha adquirido cierto conocimiento de sí mismo y del otro, se puede empezar a trabajar el perdón. Ese trabajo se aborda de tres maneras: con la mente (cognitivamente), con el corazón (emocionalmente) o con la oración (espiritualmente).
El perdón cognitivo de la mente
El trabajo de perdonar comienza por tomar la determinación de no volver a expresar la ira dirigiéndola contra el cónyuge o contra los hijos. ¿Cómo?: decidiéndonos a pensar en el perdón cada vez que algo nos altere y a decirnos sobre la marcha: «Quiero comprender y perdonar, comprender y perdonar, comprender y perdonar». Mientras repetimos esas palabras en nuestra mente, la ira empieza a disminuir. Este ejercicio recibe el nombre de perdón inmediato. Puede ser que, mientras se está practicando, surja un recuerdo doloroso en el que está involucrado alguien más: en tal caso, debemos desviar nuestros pensamientos hacia esa persona para perdonarla también.
Si moderamos nuestra ira mediante este ejercicio, aumentará nuestra capacidad de comunicación. Cuando los esposos se dicen claramente y con calma lo que necesitan el uno del otro pueden hablar desapasionadamente de lo que exige cada situación concreta.
El perdón emocional del corazón
Con el perdón emocional la persona experimenta el sentimiento de haber perdonado a quien le ha hecho daño: un sentimiento que suele ir precedido de la ardua tarea de perdonar mentalmente. Una vez que la estrategia cognitiva que acabamos de describir ha moderado la ira, se percibe con más claridad la bondad esencial del ofensor. Cuanto mejor se comprende al otro, mayor es la compasión.
Si los esposos consiguen escapar del control del dolor emocional del pasado, sus sentimientos mutuos de amor y confianza se hacen más fuertes. A medida que aprenden a dominar su ira, se sienten menos ansiosos y más seguros y, por lo tanto, son más capaces de reaccionar con amabilidad y sin ira cuando es necesario corregir a algún miembro de la familia.
Algunos esposos se sienten culpables por no tener ese sentimiento de perdón en el acto. Creen que su condición de cristianos les exige perdonar de corazón y sobre la marcha. Llegan a pensar que, dado que carecen de ese sentimiento, no han perdonado realmente. En ese caso, tienen que ser conscientes de que el perdón de corazón puede tardar mucho tiempo, incluso años, y de que mientras tanto el perdón cognitivo es eficaz y sincero. Si a alguien le cuesta perdonar emocionalmente al cónyuge, a los padres o a quienes le han hecho sufrir, no debe desalentarse.
Al perdón de corazón, que es el nivel más hondo de perdón, se llega gracias a una honda comprensión de las debilidades y de la infancia del ofensor. De este conocimiento suele nacer una actitud compasiva hacia él. No obstante, este extremo final se alcanza por lo general después de un largo proceso de perdón con la mente o bien en la oración, que es el tercer método de perdón.
El perdón espiritual en la oración
Para moderar el exceso de ira dentro del matrimonio es sumamente eficaz la virtud teologal de la fe. Hay daños sufridos en la infancia o a lo largo del matrimonio tan graves y dolorosos que a los esposos les cuesta mucho empezar a perdonar mentalmente o de corazón. En el proceso de sanación hay momentos en que el perdón parece imposible, sobre todo si el cónyuge, el progenitor o un pariente político siguen haciendo daño.
Muchas veces uno de los esposos emprende el proceso de perdón mientras que el otro mantiene su conducta agresiva. En ese caso, el perdón espiritual es capaz de moderar la ira de varias maneras: entre otras, reconociendo nuestra impotencia frente a ella y tomando la decisión de recurrir a Dios en la oración diciendo: «Señor, frena mi ira» o «Señor, perdónale [a mi esposo, mis padres o a otros], porque yo ahora mismo no soy capaz». Los católicos cuentan con la posibilidad de trasladar su lucha por el perdón al sacramento de la reconciliación. Como ocurre con el perdón cognitivo y emocional, el perdón espiritual debe practicarse repetidamente antes de que cesen la ira intensa y las sobrerreacciones. Dominar la ira lleva su tiempo.
El perdón diario
El Señor dijo a san Pedro que no perdonara siete veces, sino setenta veces siete, es decir, muchas veces al día. Se trata de una necesidad psicológica, porque las heridas y las decepciones se producen constantemente. Resulta útil seguir el consejo de san Pablo: «No se ponga el sol estando todavía airados» (Ef 4, 26). Podemos hacerlo antes de acostarnos reflexionando sobre nuestra conducta diaria, pidiendo a Dios que nos perdone y perdonando nosotros también.
Errores y obstáculos para el perdón
A veces existe un arraigado deseo de justicia que nos hace más difícil tomar la decisión de perdonar. Algunas personas se resisten a perdonar porque piensan que decidirse a hacerlo equivale a negar la gravedad del daño y, en cierto modo, a disculpar al ofensor. Otro error frecuente que impide perdonar es la idea de que previamente el ofensor debe pedir perdón.
El perdón no exige una disculpa por parte del ofensor: ni siquiera exige creer que este cambiará de conducta. Tampoco exige depositar la confianza en alguien que no muestra ningún deseo de cambiar. Lo que logra el perdón es hacernos más fuertes para afrontar y gestionar el daño y, en caso necesario, corregir con acierto. Hay gente que comete el error de creer que perdonar es una señal de debilidad cuando lo que revela en realidad es una personalidad firme y sana.
Otro obstáculo para el perdón es el miedo a que vuelva a aflorar y nos inunde la tristeza asociada a las heridas del pasado. Aunque inicialmente el perdón haga emerger de nuevo la tristeza y la ira que no han sido resueltas, ambas irán disminuyendo a medida que la fuerza interior que nace del perdón acreciente la autoestima. Tanto los estudios de investigación realizados por el Dr. Enright como nuestra propia experiencia clínica demuestran que los conflictos emocionales sin resolver disminuyen si existe el perdón.
Ejercicios de perdón inmediato
Los esposos deben aprender a manejar la ira sobre la marcha y cada vez que se presente en respuesta a las tensiones diarias del hogar y el trabajo. El proceso de perdón inmediato es fundamental para la felicidad del matrimonio, la estabilidad familiar y la salud psicológica de los cónyuges y los hijos.
La aspereza de las palabras de una persona colérica puede hacer tanto daño como una bofetada, sobre todo a personas sensibles. Así como la ira física deja heridas en el cuerpo, la ira verbal hiere el corazón, que —como da a entender el libro del Sirácides— es aún más difícil de sanar: «¡Cualquier herida, menos la del corazón!» (Si 25, 13). La ira se expresa también por medios pasivo-agresivos como la frialdad en el trato y el silencio, muy perjudiciales para las relaciones matrimoniales y parentales.
De la misma manera que las enfermedades infecciosas necesitan un tratamiento temprano, la ira requiere el remedio inmediato del perdón con el fin de proteger la salud de los esposos y los hijos. No admitirla ni resolverla perdonando de inmediato crea excesivas tensiones, daña el amor y la confianza conyugales y provoca en los hijos miedo, desconfianza y tristeza. El deseo de proteger a los hijos de los aspectos dañinos y amedrentadores de la ira puede animar a muchos padres a trabajarla lo antes posible.
Cuando se produce un estrés emocional, en lugar de ceder a la ira, los esposos y los padres deben repetir interiormente frases de este tipo: «Perdón, perdón, perdón»; «quiero comprender y perdonar»; «quiero ser fiel a lo bueno que hay en mi cónyuge [o en mi hijo] y perdonar»; o «Señor, frena mi ira». Estas frases surgen más fácilmente si el esposo o la esposa saben que también el otro se está esforzando por cambiar alguna conducta insensible.
Cuando una persona pierde los estribos, debe identificar de inmediato la causa, pedir disculpas a la persona que ha sufrido su ira y comprometerse una y otra vez a controlarla perdonando a aquel cuya conducta ha provocado la respuesta colérica. La negativa a dar estos pasos y a progresar en el control de la ira constituye una grave debilidad psicológica y una de las razones importantes de los conflictos matrimoniales severos, las separaciones y los divorcios.
Esta debilidad se ve fomentada por nuestra cultura narcisista, que permite que los adultos actúen con inmadurez y con esa actitud de tener derecho a todo, reaccionando airadamente cuando las cosas no salen exactamente como ellos desean o retirando su amor y su colaboración a quienes los han defraudado. La determinación de luchar contra estas formas de egoísmo es esencial para el control de la ira.
Muchas veces lo que se esconde detrás de la ira es la imitación inconsciente de un padre o una madre coléricos, controladores o egoístas. Cuando los esposos identifican ese patrón, pueden pedir de inmediato al Señor que les ayude a imitar las buenas cualidades de sus padres —y no sus debilidades— para cumplir los votos matrimoniales de amarse y respetarse mutuamente. En ese momento pueden perdonar a los padres cuya ira les ha hecho tanto daño y que han sido un mal ejemplo para ellos.
Ejercicios para el perdón del pasado
Todos los esposos aportan a su matrimonio algunas heridas y decepciones (generalmente inconscientes) provocadas en su contexto familiar o en relaciones anteriores. Son heridas que pueden ensombrecer el matrimonio y socavar la capacidad de una entrega amorosa amable, alegre y respetuosa. Descubrir y resolver esos conflictos, que suelen ir asociados a una cantidad considerable de ira, es esencial para mantener una personalidad sana y, en consecuencia, un matrimonio satisfactorio. De hecho, sin ese perdón los esposos seguirán hasta cierto punto controlados por los ofensores del pasado y arrasados por la tristeza, la ira, la desconfianza y la inseguridad asociadas a esas heridas.
Ejercitarse en el perdón del pasado proporciona una mayor libertad para amar plenamente. El modo de practicar los ejercicios de perdón de la ira del pasado dentro del matrimonio es el siguiente: después de detectar los daños causados en su familia de origen, el cónyuge se imagina a sí mismo de niño o de adolescente diciendo: «Papá [o mamá], quiero comprender la infancia que recibiste de tus padres y perdonar el daño que me has hecho en el pasado». Como resultado de este ejercicio practicado con regularidad, la ira disminuye y es menos frecuente que el esposo actúe igual que el progenitor colérico.
La ira causada por las graves heridas recibidas durante la infancia y motivadas por el egoísmo, la drogadicción, la conducta controladora, la negligencia o la ira no se resuelve fácilmente, como tampoco se resuelve fácilmente la provocada por el abandono de los padres o por el divorcio. Quienes hayan vivido una relación tensa con el padre o la madre deben practicar con regularidad estos ejercicios de perdón del pasado, incluso durante años, para evitar que la ira contra sus padres se desvíe hacia el cónyuge. Los esposos pueden animarse mutuamente a practicar este ejercicio y rezar por sus padres y demás familiares.
Una posible consecuencia de practicar el perdón del pasado es que afloren fuertes sentimientos de ira derivados de las heridas de la infancia que han permanecido ocultos. Puede que durante un tiempo ese antiguo sentimiento de ira sea intenso y vaya acompañado de tristeza o ansiedad. No obstante, el dolor irá disminuyendo si los esposos perseveran en el esfuerzo por comprender y perdonar a quienes les hicieron daño.
El proceso de sanación conlleva un reto aún mayor cuando se intenta perdonar a un progenitor responsable de abusos emocionales o físicos. En ese caso resultará útil llevar al sacramento de la reconciliación la intensa ira que se siente contra el padre o la madre. Es posible que a muchos esposos les cueste tanto resolver las graves traiciones sufridas durante la infancia que el proceso de perdón tenga que continuar periódicamente a lo largo de toda la vida.
En algunos esposos las principales heridas causadas en el contexto familiar proceden de un hermano o una hermana que los convirtieron en el blanco de la ira que sentían contra sus padres. La rabia provocada por una envidia o una rivalidad excesivas también deja graves heridas. Santo Tomás decía de la envidia que es la «madre del odio». Caín mató a su hermano Abel por envidia (ver Gn 4, 3-8). Al esposo herido por un hermano le puede resultar beneficioso pararse a pensar: «Quiero comprender las sobrerreacciones de ira de mi hermano [o mi hermana] contra mí. Quiero perdonar para no dirigir contra mi cónyuge la ira que mi hermano despierta en mí». Además de perdonar al hermano, esa persona también deberá corregir conductas insensibles o agresivas.
Los maridos y su ira no resuelta contra el padre
La relación con el padre es la causa más habitual de la ira sin resolver generada en el contexto familiar del pasado. Para los hombres el proceso de perdonar al padre puede constituir un reto, porque la mayoría no ha hablado nunca de la decepción que han sufrido; y, en lugar de identificar y gestionar conflictos emocionales como la ira desmedida, tienden a recurrir a una negación significativa.
Cuando el daño causado en los varones sale a la luz, la manifestación más común es la incapacidad de prestar a sus hijos un apoyo emocional que les aporte seguridad. Si un hombre intenta comprender a su padre, suele descubrir que en su niñez también a este le faltó una relación estrecha con el suyo. Esta toma de conciencia suele traducirse en compasión y en el deseo de perdonarlo. Identificar y agradecer las buenas cualidades —la lealtad, la fidelidad, la fortaleza y la fe— del padre facilita el proceso de perdón. La sanación matrimonial también se ve beneficiada cuando los maridos que han desviado la ira contra el padre hacia su esposa y sus hijos piden perdón a su familia y se comprometen a controlarla.
Pedir perdón puede encontrarse con el obstáculo que supone el placer que se obtiene dando rienda suelta a la ira. Como hemos dicho antes, en sus primeras fases la ira suele llevar aparejada la tristeza por el daño recibido; pero es posible que más adelante se asocie al placer de expresarla, aunque el receptor —en este caso la esposa— no lo merezca. Si las esposas se sienten receptoras extremas de una ira desviada, no deben renunciar a animar a sus maridos a emprender la ardua tarea de perdonar a sus padres.
Las esposas y su ira no resuelta contra el padre
Las causas más comunes del daño causado por los padres en las mujeres son la ira paterna, la distancia emocional, el egoísmo, la conducta controladora, el abuso de sustancias o la infidelidad. También contribuye a sus heridas la insensibilidad del padre a las necesidades de la madre. Y, si los padres se han divorciado, es probable que las mujeres se lo reprochen al padre.
La ira inconsciente de una mujer sometida a tensión puede desviarse contra el marido. Si no sale a la luz ni se gestiona mediante un proceso prolongado y exigente de perdón, la esposa y el matrimonio se verán gravemente dañados por la conducta de un padre agresivo. La expresión de la ira contra el padre por las dolorosas heridas del pasado, recomendada por muchos terapeutas, no la resuelve: solo un proceso de perdón es capaz de resolverla.
La ira no resuelta contra el padre lleva a la esposa a comportarse como si su marido sufriera las mismas debilidades emocionales o de carácter que el padre agresor. La ira y la desconfianza que siente hacia su padre se dirige contra el esposo de modo activo mediante la hipercrítica y la falta de respeto, o por medios pasivo-agresivos como la negativa a mostrar afecto, la falta de cuidado del hogar o minando la relación del esposo con los hijos, lo que se conoce como «alienación paternal». Muchas esposas fusionan en su mente a su padre con un marido merecedor de confianza hasta el punto de pedir la separación o el divorcio. En ese caso, es fundamental que los miembros de la familia y los esposos hablen con franqueza acerca del profundo daño provocado por el padre para evitar un perjuicio aún mayor en el matrimonio y los hijos.
Algunas esposas que nunca llegaron a expresar su ira contra un padre problemático es posible que más adelante encuentren placer dirigiéndola hacia sus maridos. Si se detecta esta conducta, las mujeres suelen negarla, llegando a afirmar que en algún momento de su vida perdonaron a sus padres por el daño que les causaron en su infancia. La realidad psicológica es que la resolución de la ira infantil exige un perdón periódico y continuado a lo largo de los años y, con frecuencia, durante décadas. Paradójicamente, el hecho de que una esposa no perdone a un padre colérico puede llevarla a repetir en su matrimonio esas conductas psicológicamente dañinas.
Un marido consciente del daño causado en su esposa por el padre no debe temer pedirle que supere su ira y su desconfianza emprendiendo la laboriosa tarea de perdonarlo.
Los maridos y la ira no resuelta contra la madre
Los maridos con madres insensibles, controladoras, adictas, depresivas o egoístas sobrerreaccionan desviando la ira dirigida contra sus madres hacia su esposa, su ser más querido. Suelen emplearla para mantener la distancia con sus esposas debido a un miedo inconsciente y profundamente arraigado a ser heridos o controlados por ellas del mismo modo que sus padres y ellos mismos sufrieron el control de la madre. Muchos procuran pasar tiempo fuera de casa, repitiendo de forma inconsciente lo que hacían en su infancia para escapar de una madre controladora.








