Doce hábitos para un matrimonio saludable

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Los maridos pueden resolver el daño materno comprometiéndose a diario a comprender y perdonar las conductas controladoras de su madre con ellos y con sus padres. En ese proceso descubren o bien que sus madres nunca se sintieron seguras, o bien que estaban repitiendo la conducta controladora de alguno de sus progenitores. Es muy importante, además, que el marido separe mentalmente a su mujer de su madre insensible recordando a diario el hecho de que su esposa sí es sensible y digna de confianza.
Los maridos con madres emocionalmente insensibles sienten una ira intensa contra sus padres por no haberlos protegido de las conductas maternas dañinas. Emprender el proceso de perdonarlos constituye un elemento esencial a la hora de resolver este grave obstáculo para el amor conyugal.
La esposa que ocupa el extremo receptor de la ira contra la madre debe plantearse identificar el verdadero origen de la conducta de su marido y, posiblemente, pedirle el esfuerzo de perdonar a su madre. Las mujeres que son víctimas habituales de la ira desviada de su esposo experimentan falta de confianza y la pérdida consiguiente del sentimiento amoroso que las lleva a plantearse la separación o el divorcio.
Las esposas y la ira no resuelta contra la madre
Las mujeres tienden a ser más afortunadas emocionalmente dado que, por lo general, han recibido muchos más elogios y más seguridad del referente materno que los que reciben los hombres del referente paterno. Aun así, un número pequeño —pero cada vez mayor— de esposas manifiestan la profunda decepción causada en ellas por madres que han seguido las tendencias narcisistas, anticonceptivas y materialistas de la sociedad moderna. Estas niñas —ahora mujeres— que en su día sufrieron la indiferencia materna sobrerreaccionan con irritabilidad cuando se ven sometidas a las tensiones habituales de la vida matrimonial y familiar porque en su infancia y adolescencia el amor de sus madres no fue lo suficientemente reforzador. Es posible que en ocasiones repriman sus elogios y su afecto debido al escaso refuerzo recibido de la madre. Bajo distintos tipos de estrés, quizá desvíen la ira provocada por sus madres contra sus maridos, sus hijos u otras personas.
A las mujeres les cuesta perdonar a una madre insensible y con una conducta tan antinatural. Una madre indiferente no refleja el rol femenino de crianza de los hijos necesario y esperable. Afortunadamente, las hijas de madres insensibles suelen contar con una abuela reforzadora, o bien viven un acercamiento a las madres de sus amigas.
En este caso el perdón más eficaz es el espiritual: la mujer reconoce su impotencia y decide dejar su ira en manos de Dios, o bien le pide a Él que perdone a su madre. Las mujeres católicas refieren haber hallado consuelo y sanación en la meditación de la presencia amorosa de la Virgen María en sus vidas.
Ejercicios que fomentan el perdón del pasado
Si uno de los cónyuges cree que el otro dirige su ira contra él porque es incapaz de resolver la ira provocada en el pasado por su padre, su madre u otra persona, no debe temer expresar lo que piensa de una manera amable y comprensiva. Puede decir: «Cariño, creo que nuestro matrimonio saldría ganando si te planteas perdonar a tu padre [o a tu madre] por el daño que te causó o te sigue causando». El hecho es que los ejercicios de perdón del pasado, que eliminan de forma notable la ira, contribuyen eficazmente a afianzar la amistad conyugal y a la reconciliación de los esposos. Sin ellos el resentimiento permanente y los patrones de conducta arraigados, lejos de resolver los conflictos matrimoniales, los hacen recurrentes.
La verdad acerca del autoperdón
Cuando alguien ha causado una herida en el cónyuge, en un hijo, en un ser querido o en cualquier otra persona, la respuesta más adecuada desde el punto de vista psicológico consiste en disculparse, pedir perdón y comprometerse a cambiar para que las palabras, las conductas o las acciones ofensivas no se repitan. Además, el esposo ofensor debe identificar el origen de sus debilidades y decidirse a crecer en las virtudes necesarias para solucionarlas. En el sacramento de la reconciliación se sigue una dinámica parecida: confesamos el pecado, hacemos un firme propósito de enmienda y de no reincidir, y experimentamos el consuelo de haber sido perdonado. Los sentimientos de culpa generados por haber hecho daño a alguien disminuyen cuando nos comprometemos a cambiar y nos perdonan.
Los sentimientos de culpa no disminuyen cuando un esposo se dice: «Me perdono, y con eso basta». De hecho, al minimizar tanto el daño infligido como la necesidad de recibir el perdón de Dios y de los demás, el autoperdón fomenta el egoísmo, que es el mayor enemigo del amor conyugal[5]. Los sentimientos de culpa persisten porque no ha habido una auténtica reconciliación. Y por esa misma razón se prolongan las tensiones matrimoniales.
La ira y el perdón posaborto
Durante la terapia matrimonial algunos esposos presentan los conflictos psicológicos —tristeza, ira, desconfianza y culpa— que siguen a un aborto. No es infrecuente que una esposa albergue una ira intensa contra el esposo por haberse sentido presionada a abortar. En muchos de estos matrimonios los maridos admiten el tremendo error cometido y piden perdón. La intensa ira que sigue emergiendo periódicamente en las esposas demuestra que el trabajo de perdón posterior al trauma del aborto debe prolongarse durante muchos años. Los esposos refieren la gran ayuda que supone para ellos llevar el dolor provocado por el aborto al sacramento de la reconciliación. A muchos también les ha ayudado participar en programas de sanación posaborto como el Proyecto Raquel.
La desconfianza, la tristeza y la ira postaborto son con frecuencia inconscientes. Un sacerdote me comentó que, cuando las parejas acudían a él en busca de consejo para un problema de ira desmedida, él solía preguntarles si en su pasado había existido un aborto. Según él, muchas veces la respuesta era afirmativa. Cuando le hice esa misma pregunta a un hombre que acudió a mí harto de las constantes peleas con su esposa, levantó un dedo y asintió con la cabeza. Poco después le dijo a su mujer que creía que el aborto les había hecho mucho daño a los dos y era una fuente encubierta de conflictos en su relación. Pidió perdón a su esposa por el papel que había desempeñado en el aborto y sugirió que ambos confesaran su pecado en el sacramento de la reconciliación.
Las ventajas de la fe
Después de cuarenta años de ejercicio de la psiquiatría, he comprobado que la fe supone una gran ayuda para muchos matrimonios que luchan contra la ira. La oración y los sacramentos, en especial los de la Eucaristía y la reconciliación, ayudan a los esposos a gestionar la ira del pasado y del presente de un modo más maduro, racional y afectuoso. También resulta útil meditar la Escritura y grabar en el corazón las palabras de san Pablo: «Maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas» (Col 3, 19); «que la mujer reverencie al marido» (Ef 5, 33).
El perdón es la clave para vencer la ira. En los capítulos siguientes volveremos sobre el empleo de la terapia del perdón para resolver la ira asociada a otros conflictos conyugales. Una vez más, la fe demostrará ser una fuente de ayuda extraordinaria para las parejas que se esfuerzan por amarse cada día más con el amor de Cristo.
2.
LA GENEROSIDAD VENCE AL EGOÍSMO
EL OBJETIVO DE ESTE CAPÍTULO ES AYUDAR a las parejas a entender que crecer en generosidad puede vencer al egoísmo. La virtud de la generosidad protege al matrimonio de la poderosa influencia del egoísmo, que Juan Pablo II considera el gran peligro para el amor. Cuando se descubren sus raíces y aflora el daño que ha provocado, se puede iniciar el proceso de eliminar mediante el cultivo de la generosidad esta causa tan importante de los conflictos matrimoniales y los divorcios.
La buena noticia es que la generosidad incrementa la felicidad conyugal. Un estudio nacional realizado en 2013 halló una correlación entre una alta calidad conyugal y unos altos niveles de generosidad. El estudio, llevado a cabo con 1365 parejas, reveló que la generosidad, entendida como pequeños actos de amabilidad, muestras de respeto y afecto, y como la disposición a perdonar los defectos y los fallos del otro, estaba positivamente asociada a la satisfacción conyugal y negativamente asociada a los conflictos matrimoniales y a la probabilidad constatada de divorcio[1].
Ken y Sandra
Aunque Sandra entró en mi despacho luciendo una amplia sonrisa, sus ojos enrojecidos e hinchados delataban la realidad. A los pocos minutos fue saliendo a la luz el motivo de su visita.
—No sé qué es lo que va mal —dijo, jugueteando con los dedos—. Quiero mucho a Ken, pero a nuestra relación le falta algo.
Luego continuó explicando que sus primeros años de matrimonio fueron exactamente como había soñado. Ken era cariñoso y atento y, después del nacimiento de su primer hijo, fue un padre colaborador.
Pero, con la llegada del segundo hijo, Ken empezó a pasar menos tiempo en casa y a dedicarlo a sus aficiones —el footing, la pesca, el golf—, o bien se quedaba sentado delante de las pantallas sin pronunciar palabra.
—Intento decirle que necesito que me ayude con los niños y que procure que no me sienta sola —decía Sandra con lágrimas en los ojos—. Yo sola no puedo con todo. Pero, en cuanto intento hablar con él, lo único que dice es que soy una egoísta. Me recuerda cuánto trabaja para mantenernos. Y es cierto, pero ¿soy egoísta por querer que pase más tiempo con nosotros en lugar de dedicarse a trabajar y a ver deportes en la tele, y a jugar al golf con sus amigos todos los fines de semana?
Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.
—A veces pienso que internet y su televisión de pantalla grande le importan más que yo.
A la siguiente sesión asistió el propio Ken. Me dio la sensación de ser un hombre íntegro y de fe al que le extrañaban las quejas de su mujer.
—Trabajo mucho por ella y por mis hijos: no sé qué estoy haciendo mal. Lo único que intento es descansar, igual que hacía mi padre.
Añadió que no se había dado cuenta de que el hecho de pasar tanto tiempo separado de Sandra y de sus hijos la hiciera sentirse tan dolida y tan desamparada.
Esta historia la he escuchado muchas veces. El dolor de Sandra no era producto de su imaginación. Sin darse cuenta, Ken se había dejado llevar por el poderoso tirón del egoísmo. Poco a poco se fue encerrando en sí mismo y apartándose de su mujer y de sus hijos, disfrazando su egoísmo de la necesidad de descanso para compensar las exigencias del trabajo. En su opinión, trabajar tanto lo hacía merecedor de disfrutar del ocio. Lo cierto es que el egoísmo había cambiado a Ken. Ahora pensaba más en sí mismo y menos en su mujer y en sus hijos, y situaba sus deseos y sus necesidades por encima de los de ellos. Sandra creía que él se merecía ese tiempo de ocio y, sin quererlo, permitía su conducta.
Ken se mostró muy receptivo a la desazón de Sandra y manifestó su intenso deseo de cambiar para evitar el dolor que provocaba en ella su falta de consideración.
—Te quiero, Sandra —dijo—, y no tengo ninguna intención de hacerte daño. Creía que el matrimonio funciona así: que, después del trabajo, el marido puede hacer lo que quiera, como hacía mi padre, y que la mujer lo consiente, como hacía mi madre.
Nadie les había enseñado ni a él ni a Sandra que la auténtica naturaleza del matrimonio consiste en una entrega plena a imagen de la relación entre Cristo y su Esposa, la Iglesia.
Sin ser consciente de su propio egoísmo, Ken había ido alimentando su ira contra Sandra, a la que, a su vez, consideraba una egoísta demasiado centrada en los bienes materiales y en su aspecto físico. Unas veces se sentía querido por ella y otras se sentía utilizado. Pero lo que más le dolía era que Sandra no secundase su deseo de tener un tercer hijo. Achacaba su negativa a su escasa disposición a asumir la entrega y el sacrificio que implicaba ser madre de una familia más numerosa.
A medida que íbamos repasando los síntomas del egoísmo, el conflicto matrimonial se fue destapando y esclareciendo gradualmente. Paso a paso y con mucho esfuerzo, Ken y Sandra reconocieron que los dos se habían dejado llevar por el egoísmo, centrándose cada vez más en sí mismos. Por lo general los dos pensaban antes en el «yo» que en el «nosotros». Sandra admitió que no se había dado cuenta de lo importante que era para Ken tener otro hijo; y Ken, por su parte, reconoció que imitaba la conducta egoísta de su padre.
Tanto Sandra como Ken eran conscientes de las cualidades del otro y lamentaron sus respectivos errores. Una vez que entendieron mejor la situación, se sintieron motivados para eliminar el egoísmo de su matrimonio creciendo en la virtud de la generosidad. Los dos se comprometieron a esforzarse por ser más generosos y entregarse más el uno al otro. A lo largo de ese proceso fueron cobrando mayor conciencia de la importancia decisiva que tiene la entrega sacrificada en la felicidad conyugal.
El egoísmo y sus manifestaciones
Si el egoísmo es el principal enemigo del amor conyugal y del compromiso de por vida, también socava la capacidad personal para perseverar en el sacerdocio y en la vida religiosa. En su carta a las familias Gratissimam sane, Juan Pablo II nos ponía sobre aviso:
Los peligros que incumben al amor constituyen también una amenaza a la civilización del amor. […] Piénsese ante todo en el egoísmo, no solo a nivel individual, sino también de la pareja o, en un ámbito aún más vasto, en el egoísmo social. […] El egoísmo, en cualquiera de sus formas, se opone directa y radicalmente a la civilización del amor[2].
Estas observaciones son bien ciertas desde el punto de vista psicológico. El egoísmo causa graves daños en el matrimonio e incluso puede llegar a destruirlo.
El egoísmo suele crecer tan silenciosamente que los esposos no lo reconocen como la causa de sus conflictos. Entre las conductas egoístas se encuentran la tendencia a controlar a los demás, la ira desmedida, un poderoso sentimiento de superioridad y la manifestación de altos niveles de agresividad frente a la discrepancia[3].
El manual de diagnóstico de la psiquiatría recoge muchos otros síntomas en las personas en las que el egoísmo constituye un grave desorden de la personalidad: entre otros, la explotación del otro, la manipulación, la falta de sensibilidad, la falsedad, la irresponsabilidad, la impulsividad, la labilidad emocional, la inclinación al riesgo, la falta de empatía y la incapacidad para las relaciones íntimas.[4]
Guía para la evaluación del egoísmo
La principal razón de que los esposos no reconozcan ni aborden la conducta y los pensamientos egoístas es que suelen negar que lo son, o bien que les parecen lo normal. Otro motivo es el temor a suscitar la ira del cónyuge si se destapa o se aborda ese tema. Ken y Sandra trabajaron para detectar sus respectivas manifestaciones de egoísmo con ayuda de esta guía de evaluación:
Repliegue en uno mismo y escasa comunicación
Falta de amor romántico
Utilización del cónyuge como objeto sexual
Falta de respeto hacia el cónyuge
Conductas hipercontroladoras
Sobrerreacciones de ira
No ver en el cónyuge al mejor amigo
No desear lo mejor para el cónyuge
Resistencia a elogiar
Ira desmedida cuando las cosas no coinciden con lo esperado
Exigir que las cosas sean como uno quiere
Intenso deseo de hacer aquello que inspiran los sentimientos
Centrarse en la propia felicidad antes que en la felicidad del otro
Tendencia a eludir responsabilidades en cuestiones importantes de la vida
Sentimiento exagerado de autoimportancia
Falta de amabilidad y consideración con el otro
Conductas inmaduras o excesivamente enfocadas a la propia comodidad
Obsesión por el desarrollo profesional, la apariencia física y las cosas materiales
Excesiva autoindulgencia
Ambición desmedida de éxito
Centrarse en la imagen exterior antes que en la propia conducta
Pérdida de la fe
Falta de motivación para resolver los conflictos conyugales
Falta de apertura a la voluntad de Dios con respecto al tamaño de la familia
Falta de un sentimiento de unión y de misión compartida con el cónyuge
Desinterés por corregir a los hijos o al cónyuge
Resistencia a la autorrenuncia y a la entrega sacrificada
Empleo de la pornografía
Empleo de anticonceptivos
Actitud focalizada en los propios derechos
A Ken y a Sandra les sorprendió cuántos síntomas de egoísmo había en sus vidas. Reconocieron que dedicar demasiado tiempo a intereses aparentemente inocentes los había llevado a encerrarse en sí mismos, interfiriendo en la cuidadosa entrega que exige la amistad conyugal. «Nuestro matrimonio ha sufrido un ataque insidioso —dijo Ken—; nadie nos advirtió de los peligros del egoísmo».
La buena noticia es que, por muchas conductas egoístas que existan en el matrimonio, no hay por qué desanimarse. Siempre se pueden superar trabajando el autoconocimiento y la virtud de la generosidad.
El daño provocado por el egoísmo
El ser humano, creado hombre y mujer a imagen y semejanza del Dios trinitario, está naturalmente constituido para darse a los demás. La plenitud y la felicidad personales exigen la entrega de uno mismo. Para la mayoría la llamada a esa entrega se realiza dentro del matrimonio, tal y como afirma Juan Pablo II en su Carta apostólica sobre la dignidad y la vocación de la mujer:
El hecho de que el ser humano, creado como hombre y mujer, sea imagen de Dios no significa solamente que cada uno de ellos individualmente es semejante a Dios como ser racional y libre; significa además que el hombre y la mujer, creados como «unidad de los dos» en su común humanidad, están llamados a vivir una comunión de amor que se da en Dios, por la que las tres Personas se aman en el íntimo misterio de la única vida divina[5].
Habrá quien piense que la idea que tiene Juan Pablo II del matrimonio es un ideal cristiano ajeno a la mayoría de la gente y que queda fuera de su alcance. No obstante, las reflexiones de Juan Pablo II no nacen únicamente de su fe, sino de experiencias vividas por personas de carne y hueso; de la constatación de que somos más felices cuando vivimos una entrega amorosa a los demás y de que el egoísmo hace mucho daño a los individuos, a las familias y a las comunidades.
El daño a los esposos
Cuando los esposos no viven una entrega plena es probable que aparezcan la tristeza, la ira, la desconfianza, la ansiedad, la falta de seguridad y distintos tipos de conductas compulsivas. El egoísmo personal contribuye también al desarrollo de la depresión en el cónyuge que se siente solo.
Si no se gestionan de manera adecuada, los conflictos matrimoniales causados por el egoísmo pueden derivar en la separación o el divorcio, porque «el amor solo puede durar como unidad en la que el “nosotros” se manifiesta, pero no como una combinación de dos egoísmos»[6]. Según el Catecismo de la Iglesia católica (CEC), el divorcio es dañino e incluso inmoral «a causa del desorden que introduce en la célula familiar y en la sociedad. Este desorden entraña daños graves: para el cónyuge, que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres, y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres; por su efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social» (2385).
El daño a los hijos
Aunque no lleve al divorcio, el egoísmo de uno o de ambos esposos perjudica a los hijos en muchos aspectos. En primer lugar, impide a los padres dar a sus hijos el amor que necesitan para convertirse en adultos equilibrados y seguros. La falta de una entrega psicológica y espiritualmente saludable puede provocar tristeza, ira secundaria y conductas desafiantes en los hijos, que se sientes inseguros y es posible que sufran trastornos de ansiedad, junto con el temor al divorcio de los padres.
Del egoísmo nacen la educación permisiva y la indulgencia excesiva con los hijos, las cuales se convierten en un impedimento para el sano desarrollo de su personalidad. A los niños egoístas que no han sido corregidos desde pequeños y de manera continuada les cuesta mucho controlar la ira y otras emociones intensas, y son poco sensibles a las necesidades de los demás.
No corregir el egoísmo de los hijos también provoca daños en el matrimonio. Cuando en una explosión de ira un hijo maltrata verbalmente a su madre y el padre no lo corrige, la madre se siente menos protegida y el respeto hacia el cónyuge disminuye. Esa pérdida de confianza socava aún más a los matrimonios previamente debilitados por el egoísmo.
Por lo que he podido observar en la práctica clínica, la educación permisiva ha ido en aumento y ha provocado una avalancha de egoísmo y de conductas secundarias controladoras, irrespetuosas y coléricas frente a los padres, hermanos, profesores e iguales. Es raro que un niño egocéntrico pida perdón por su mala conducta: de hecho, suelen culpar de ella a sus padres.
Corregir tempranamente y de forma regular el egoísmo de los hijos es una manifestación de lo que Juan Pablo II consideraba una paternidad y una maternidad responsables. Es fundamental enseñar a los jóvenes lo peligroso que resulta para ellos y para la familia si se quiere protegerlos de ese narcisismo que les hace creer que les asiste el derecho a tener y a hacer cuanto quieren y a reaccionar airadamente cuando no ven cumplidos sus deseos. Todos los padres católicos deben convencerse de la importancia de corregir esta fragilidad de la personalidad en beneficio de la salud psicológica de sus hijos, del matrimonio y de la vida de familia.
El daño a la Iglesia
Además del daño que ha provocado entre los matrimonios católicos, el egoísmo también ha afectado a las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. No cabe duda de que en ese descenso ha influido nuestra cultura materialista e individualista[7], así como la crisis de abusos sexuales que ha vivido la Iglesia, ya que la incapacidad de dominar el impulso sexual para no hacer daño a un niño manifiesta un egocentrismo exacerbado[8].
Las causas del egoísmo
El poderoso tirón del egoísmo lleva a muchos esposos —incluidos los que en el inicio del estado matrimonial fueron cónyuges atentos, cariñosos y delicados— a retraerse de la entrega. Las principales causas de este enemigo del amor son las que siguen.
La cultura del egoísmo
El canto de sirenas del egoísmo ejerce una poderosa influencia en nuestra cultura. Nuestras ansias de placer y de comodidades se ven constantemente alimentadas por los espectáculos y la publicidad, que nos empujan a satisfacer cada uno de nuestros deseos. El egoísmo nos separa de Dios y hace que nos cueste más renunciar a nosotros mismos para amar a nuestro cónyuge y a nuestros hijos. Si no luchamos a diario contra él, nos encerramos inconscientemente en nosotros mismos y cerramos nuestro corazón a los demás. Nuestra capacidad de apreciar y tratar con respeto al cónyuge se debilita y crece nuestra tendencia a controlar al otro para lograr nuestros propios fines.
Una falsa idea de la libertad
En la proliferación del egoísmo entre los matrimonios ha influido poderosamente una noción equivocada de la libertad. Son muchos los que piensan que la libertad está para hacer lo que uno quiere y que no hay que ponerle límites. No obstante, como explica el obispo Karol Wojtyla (futuro papa Juan Pablo II), el fin de la libertad es elegir donarse al otro. Cuando uno decide casarse, limita voluntariamente su libertad para darse plenamente al cónyuge. «La limitación de la libertad podría ser en sí misma algo negativo y desagradable, pero el amor hace que, por el contrario, sea positiva, alegre y creadora. La libertad está hecha para el amor»[9]. Si las parejas entienden que la libertad está al servicio del amor, son capaces de elegir vencer el egoísmo y comprometerse más plenamente con el cónyuge y con los hijos.
El pecado original
Benedicto XVI habla del egoísmo como «la raíz venenosa […] que hace daño a uno mismo y a los demás»[10]. Así es como se refiere al daño causado por el pecado original, el primer pecado cometido por la humanidad, cuando la vanidad y el orgullo de nuestros primeros padres prevalecieron sobre la obediencia a su Creador. La inclinación al egoísmo con la que todos nacemos es constatable por cualquier padre de un hijo pequeño que grita «¡mío!» cuando otro coge el objeto deseado. Hay que esperar a que los niños tengan entre tres años y medio o cuatro para que, con las pacientes correcciones y el buen ejemplo de los padres, estén dispuestos a compartir y a turnarse las cosas. Los adultos, por su parte, solo son capaces de seguir venciendo sus tendencias egoístas con un esfuerzo constante ayudado por la gracia.







