Doce hábitos para un matrimonio saludable

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La falta de desarrollo del carácter
En las familias, las iglesias y las escuelas, se suele advertir de los graves peligros que entraña el autoamor para el desarrollo de un carácter adecuado. A los católicos se les enseña que esos peligros pueden derivar en el odio a Dios, como avisaba san Agustín. No obstante, la pseudopsicología que lleva décadas difundiendo la autoestima, la educación permisiva y el relativismo moral han convertido en algo habitual la actitud del «primero yo». De ahí que los esposos, llevados por esa autoestima desmedida, se obsesionen con sus deseos y sus objetivos personales sin pensar en los de aquellos a quienes se han comprometido a amar. En muchos casos la obsesión por el cuidado de uno mismo ha reemplazado a la responsabilidad moral de buscar el bien del cónyuge y de los hijos.
La mentalidad anticonceptiva
Hasta los años 60 del siglo pasado, la enseñanza moral de la Iglesia era para los católicos el criterio que les permitía distinguir el bien del mal. Por supuesto que pecaban, pero rara vez afirmaban ser católicos si se oponían a alguna enseñanza fundamental de la Iglesia. No obstante, con la llegada de la revolución sexual, alimentada por la promesa del sexo sin hijos que supuso la píldora para el control de la natalidad, muchos católicos confiaron en que la Iglesia cambiaría su doctrina. Cuando en 1968 la encíclica del papa Pablo VI Humanae vitae sobre la regulación de la natalidad ratificó la enseñanza constante de la Iglesia sobre la inmoralidad del empleo de la anticoncepción, muchos católicos se rebelaron, afirmando que en determinadas circunstancias su conciencia les permitía el empleo de anticonceptivos.
Llevados por un falso conocimiento de la biología humana y la antropología, algunos sacerdotes y religiosos respaldaron el empleo de la anticoncepción, mientras que a buena parte de los que se mantuvieron fieles —incluidos los obispos— le faltaron los conocimientos o el coraje para articular con eficacia una doctrina de la Iglesia sobre la anticoncepción. Su silencio facilitó la aceptación y el empleo generalizados de los anticonceptivos por parte de los católicos, alentados por los médicos y las empresas farmacéuticas que se beneficiaban de ello.
Hubo muchos católicos que no tardaron en adoptar el modelo secular de la familia con dos hijos. Al acceso a la anticoncepción se sumaron otros factores. El alza de los costes de la enseñanza, la vivienda y la atención sanitaria convenció a muchas parejas católicas de que no podían permitirse criar familias tan numerosas como las de sus padres. El feminismo y el ecologismo llegaron a sugerirles que tal cosa sería una inmoralidad. Los matrimonios dejaron de creer que sus futuros hijos son el bien más valioso de sus familias, de la Iglesia y del mundo. Con la confianza puesta en la prosperidad material antes que en Dios, dejaron de confiar en la divina providencia, lo que generó una generosidad menor y la no apertura a la vida. Junto con el egoísmo crecieron los divorcios.
El papa Juan Pablo II intentó revertir esta tendencia con una clara defensa de la doctrina de la Iglesia acerca del matrimonio y con la demostración del daño que la anticoncepción inflige al amor conyugal. El papa explicaba cómo la anticoncepción separa el acto sexual de sus dos fines: la unión plena de los esposos y la generación de nueva vida.
Cuando los esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo, separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como «árbitros» del designio divino y «manipulan» y envilecen la sexualidad humana, y con ella la propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación «total». Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no solo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal[11].
El papa habló largo y tendido sobre este tema. «La contracepción —dijo en una ocasión— ha de juzgarse, objetivamente, tan profundamente ilícita que nunca puede, por ninguna razón, ser justificada. Pensar o decir lo contrario equivale a sostener que en la vida humana hay situaciones en las cuales es lícito no reconocer a Dios como Dios»[12].
A lo largo de la historia el matrimonio se ha considerado la única institución que une al hombre y a la mujer entre ellos y con los hijos que nacen de su unión sexual. La fecundidad se veía como una bendición y los hijos como «el don más excelente del matrimonio», la corona del amor conyugal[13]. La anticoncepción transformó radicalmente la noción no solo de la sexualidad humana, sino de la fecundidad. La gratificación sexual anticonceptiva o estéril se convirtió en la norma y la fecundidad pasó a ser algo controlable mediante fármacos hormonales, dispositivos invasivos o cirugía.
Una vez disociado el sexo del matrimonio y de los hijos, junto a las técnicas reproductivas surgieron las alternativas al matrimonio tradicional entre un hombre y una mujer. El matrimonio dejó de ser un requisito para mantener actividad sexual o para tener hijos, y se convirtió en un mero contrato de convivencia que incluye el acceso al sexo entre dos personas que se aman lo suficiente como para comprometerse a vivir juntas mientras son felices. Tener hijos o evitar tenerlos es una mera cuestión de preferencias.
Esta mentalidad anticonceptiva ha hecho que un número significativo de jóvenes católicos crezca con un solo hermano o con ninguno, lo que les niega la oportunidad de crecer en virtudes como la renuncia y la generosidad que fomentan el desarrollo de una personalidad sana. Por otra parte, muchos jóvenes replican inconscientemente el modelo de unos padres que han abrazado tanto la anticoncepción como el materialismo, o que están divorciados. La capacidad de esos jóvenes católicos de entregarse más adelante en el matrimonio y de confiar en la acción de la providencia divina en sus vidas se ha visto gravemente dañada, generando una reticencia generalizada al matrimonio y a la vida de familia[14].
La generosidad: el antídoto contra el egoísmo
Cuando Ken y Sandra compararon sus conductas con la guía de evaluación del egoísmo que contiene este capítulo y reflexionaron sobre el daño que se habían hecho el uno al otro, a su matrimonio y a sus hijos, se cargaron de motivación para mejorar las cosas. «Si me muerde una serpiente venenosa, tendré que administrarme de inmediato un antídoto para evitar que el veneno se extienda y acabe conmigo», dijo Ken; «lo mismo ocurre con el egoísmo». Él y Sandra se alegraron al enterarse de que el antídoto más eficaz contra el egoísmo es la generosidad y que de ellos dependía, con la ayuda de la gracia, adquirir esa virtud.
Ken tomó la iniciativa pidiendo perdón a Sandra por todo lo que sus conductas egoístas la habían hecho sufrir a lo largo de su matrimonio. Aunque Sandra, deshecha en lágrimas, contestó que intentaría perdonarle, también confesó que le iba a resultar difícil. A su vez, Sandra pidió perdón a Ken por haber querido limitar a dos el número de hijos; y, a continuación, pidieron perdón a sus hijos por el daño que, sin saberlo, les habían hecho.
Después Ken y Sandra siguieron el consejo de san Agustín: «Comienza por no agradarte tal cual eres, lucha contra tus pecados y conviértete en algo mejor». Ken prometió cambiar de actitud y de conducta: en lugar de centrarse en sí mismo, intentaría demostrar que amaba a su mujer con actos de generosidad y renuncia. Sandra, por su parte, se comprometió a cambiar de conducta y de manera de pensar.
El hábito de la generosidad ayuda a las personas a pasar por encima de sus intereses más insignificantes para poder darse con mayor plenitud y generosidad a los demás, en especial al cónyuge. Invita a los esposos a abrir el foco de sus pensamientos y sus acciones más allá de sus deseos para abarcar ese «nosotros» más amplio del matrimonio y de la vida de familia. Crecer en ese hábito aviva en los esposos el deseo de darse más y de buscar modos de aportar más amor a la familia. La generosidad también supone una ayuda para todo lo que sigue:
Entender que el amor se demuestra con las obras antes que con las palabras
Desear lo mejor para el cónyuge
Ver al cónyuge como un regalo de Dios y un tesoro que cuidar
Abandonar la tendencia a ser hiperindependiente
Estar dispuesto a depender del cónyuge
Estar dispuesto a compartir la toma de decisiones
Reconocer la necesidad de establecer un equilibrio y unas prioridades
Preocuparse más por las necesidades del cónyuge que por las propias
Evitar que la atención y las conversaciones se centren en uno mismo
Creer que en nuestro corazón y en nuestra mente el cónyuge ocupa el segundo lugar después de Dios
Comprometerse a imitar las cualidades de nuestros padres en lugar de su egoísmo
Confiar en que la gracia y la ayuda de Dios pueden ayudar a superar nuestras conductas negativas
El hábito de la generosidad tiene alguna de estas manifestaciones:
Manifestar el amor y el cariño tanto con las obras como con las palabras
Dedicar al cónyuge muchos más comentarios positivos que negativos
Reservar tiempo para conversar a diario
Cenar juntos con la mayor frecuencia posible
Abrir la casa más a menudo a familiares y amigos
Entregarse con alegría
Corregirse mutuamente y corregir a los hijos con amabilidad siempre que se detecte egoísmo
Dedicarse con más generosidad a labores caritativas
Rezar juntos
Informarse sobre la planificación familiar natural y abandonar el empleo de anticonceptivos
De la teoría a la práctica
Basándose en las guías que ofrecemos más arriba, Ken y Sandra elaboraron su propio listado de aspectos en los que crecer en generosidad. Semanalmente revisaban juntos esos listados y se animaban y evaluaban el uno al otro. A medida que crecía la generosidad entre ellos, con sus hijos y con los demás, experimentaron un sentimiento más hondo de plenitud. Cuando Ken volvía la vista atrás, hacia el punto del que habían partido, comprendía que había dedicado mucho más de sí mismo al trabajo y a los deportes que a su esposa y sus hijos. «Ahora veo que era prisionero de mi propio egoísmo —decía—. Ahora mi corazón está más abierto. Poner a Sandra y a los niños por delante de mí me hace sentir más pleno y más feliz».
El egoísmo se encuentra tan arraigado en la condición humana que, como es natural, a veces Ken y Sandra tenían un tropiezo. El crecimiento en virtudes exige mucho esfuerzo y perseverancia. Un esfuerzo a largo plazo ante el que hay que adoptar una actitud deportiva: después del «resbalón», se pide perdón y se perdona amablemente, y se retoma la lucha. «Uno de mis principales retos consiste en dejar de ser tan independiente y estar tan centrado en mí mismo como lo estaba mi padre —confesó Ken—. Es increíble hasta qué punto ha influido en mi vida ese mal hábito».
Sandra empezó reflexionando sobre el daño que le había hecho a Ken su negativa a tener más hijos. Según ella, «no parecía que ese tema fuera tan importante para él. Solo lo mencionó en contadas ocasiones». Su corazón se abrió a medida que fue conociendo la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio a través de la lectura de algunos textos de Juan Pablo II. Cobró mayor conciencia de la belleza de su llamada vocacional a estar abierto al don divino de los hijos conforme a la enseñanza de la Iglesia sobre la paternidad responsable. Estas palabras de la Carta a las mujeres de Juan Pablo II la conmovieron de un modo especial:
Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida[15].
Sandra pidió perdón a Ken por su insistencia en emplear anticonceptivos —en contra de lo que enseña la Iglesia— y por haberse negado a tomar en consideración tanto el deseo de Ken como la llamada de ambos a abrirse al don de la vida. Después del esfuerzo que hizo Sandra por entender la noción católica del matrimonio y de la vida de familia, los dos acordaron dejar de usar anticonceptivos. Asistieron a un breve curso sobre planificación familiar natural en el que aprendieron a interpretar las señales de la fertilidad de Sandra. Ambos descubrieron que ese conocimiento es empoderador, ya que lleva a asumir la responsabilidad conjunta de elegir el momento de mantener relaciones sexuales y de planificar el tamaño de la familia.
La corrección y el perdón
A veces Ken y Sandra se enfrentaron al obstáculo compartido de no saber cómo corregir amablemente la conducta egoísta del otro. Ni los padres de ella ni los de él se habían corregido nunca con ternura y cariño, de modo que desconocían esa práctica. No obstante, cuanto más motivados se sentían para eliminar el egoísmo de su matrimonio, más rezaban pidiendo la gracia de aprender a corregirse el uno al otro siguiendo el consejo de san Pablo: «Enseñaos con la verdadera sabiduría» (Col 3, 16).
Ken y Sandra escribieron una lista de las cosas a las que cada uno tenía que aprender a renunciar. Igual que habían hecho con el listado de pensamientos y conductas generosas, repasaban juntos semanalmente esos compromisos y se corregían con cariño si el otro había retomado sus malos hábitos. Después de corregirse se pedían perdón y se perdonaban, e intercambiaban palabras de ánimo para perseverar en su búsqueda conjunta de una generosidad y una renuncia mayores. Durante ese viaje de sanación el perdón ayudó muchas veces a Ken y a Sandra. Cuando uno de los dos reincidía en alguno de los hábitos egoístas del pasado, la primera reacción del otro era perdonar y después corregir.
El matrimonio no tardó en darse cuenta de que también necesitaba corregir el egoísmo de sus dos hijos. Les dolió reconocer que su egoísmo había dejado huella en los niños, poco dispuestos a contribuir al bien de la familia ni siquiera en las tareas más insignificantes. Sus ojos se abrieron a la realidad de que sus dos hijos se pasaban demasiado tiempo aislados del resto delante del ordenador, los videojuegos, el móvil y la televisión.
Cuanto más generosa iba siendo la entrega de Ken y Sandra, más felices se sentían y menos centrados en sus propias necesidades. Descubrieron que su anterior búsqueda personal de comodidad y placeres solo les había traído soledad, tristeza, aislamiento, insatisfacción, ansiedad y un deseo insaciable de más cosas materiales y más entretenimientos. Comprendieron que su amistad conyugal y las relaciones con sus hijos se habían resentido, porque todos los miembros de la familia se pasaban casi todas las noches y los fines de semana separados los unos de los otros. Todos se comprometieron a cambiar el horario del fin de semana y a reservar el domingo para Dios y para la familia. Pasar tiempo juntos adquirió más importancia que cualquier actividad de las que antes hacían solos y el amor y el respeto mutuos los unieron mucho más.
Las ventajas de la fe
La práctica de su fe católica ayudó muchísimo a Ken y a Sandra a crecer en generosidad. Para la Iglesia católica el matrimonio es un sacramento, un canal de la gracia de Dios, y una ayuda poderosa en la lucha contra el egoísmo: «El matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre sí mismo, el egoísmo, la búsqueda del propio placer, y a abrirse al otro, a la ayuda mutua, al don de sí» (CEC 1609).
A medida que crecía el compromiso de los dos a servirse mutuamente y servir a los hijos, descubrieron que sus corazones se abrían a los demás miembros de la familia y a los necesitados. Empezaron a colaborar económicamente con la parroquia y a contribuir al banco de alimentos y a otras labores benéficas. Hallaron en la Iglesia el aliento y las oportunidades que necesitaban para practicar la generosidad dentro y fuera de su familia más cercana.
La fe ayuda a muchos esposos a ganar la batalla contra ese poderoso enemigo del amor conyugal que es el egoísmo. Son muchos los estudios que han confirmado los efectos positivos de la fe no solo sobre la felicidad conyugal, sino sobre la salud psicológica. Las parejas católicas reconocen la gran ayuda de la oración diaria, de la práctica de la renuncia de sí y de la templanza, el examen de conciencia diario y la recepción frecuente de los sacramentos de la reconciliación y la Eucaristía. Otros constatan también los beneficios de la adoración eucarística, la devoción al Sagrado Corazón y el rosario.
El papel de la oración es fundamental, ya que hace crecer la virtud de la fe, que ayuda a alejarse de muchos de las preocupaciones y las tensiones de las que los cónyuges intentan escapar mediante conductas egoístas. La principal razón que hace a la oración tan beneficiosa es que aparta nuestros ojos de nosotros mismos para dirigirlos hacia Dios. Como decía Romano Guardini, «si fijamos la vista en nosotros mismos nos encogemos»[16]. Si fijamos la vista en Dios nos llenamos de amor a Él y del deseo de servirle amando a los demás.
Los frutos del arduo esfuerzo que hicieron Ken y Sandra para crecer en la virtud de la generosidad fueron una mayor felicidad conyugal y personal y el descubrimiento de que esperaban otro hijo. Una entrega mayor los llevó a una plenitud mayor. Su experiencia corrobora la realidad contenida en estas palabras del concilio Vaticano II, tan repetidas por Juan Pablo II: «El hombre […] no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»[17]. Ken y Sandra descubrieron su auténtico yo y su felicidad conyugal gracias a su victoria sobre el egoísmo.
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