La puerta de Vallumbra

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LA PUERTA DE VALLUMBRA
Jules Honing
Español B2-C1
Lectura adaptada con vocabulario, gramática y ejercicios
Capítulo 1. La noche de las once campanas
Vocabulario clave
el umbral — порог
una campanada — удар колокола
el campanario — колокольня
una vidriera — витраж
un desván — чердак
polvoriento/a — пыльный
una herencia — наследство
desvencijado/a — расшатанный, ветхий
tantear — ощупывать, нащупывать
un presentimiento — предчувствие
la niebla — туман
crujir — скрипеть, хрустеть
una linterna — фонарик
el musgo — мох
atravesar — пересекать, проходить сквозь
La noche de las once campanas
El treinta y uno de octubre amaneció con niebla en Vega del Olmo, y la niebla no se marchó en todo el día. A las cuatro de la tarde, cuando Alba Serrano salió del instituto, el pueblo entero parecía dibujado a lápiz: los tejados grises, los chopos sin color, la torre de la iglesia flotando sobre una masa blanca que no dejaba ver los cimientos. Los niños ya habían empezado a recorrer las calles disfrazados, con calabazas de plástico y sábanas que se les enredaban en los pies, y sus voces llegaban desde muy lejos, deformadas, como si vinieran de debajo del agua.
Alba tenía diecisiete años y una costumbre que a su padre le parecía rarísima: dibujaba mapas. No mapas de países ni de continentes, sino mapas de sitios pequeños y concretos. El patio del instituto con la grieta exacta donde crecía la hierba. El camino del río marcando dónde se hundía el pie en marzo. La casa de su abuela, habitación por habitación, con las medidas anotadas al margen en una letra minúscula. Tenía tres cuadernos llenos y había empezado el cuarto en septiembre. Cuando alguien le preguntaba para qué servía todo aquello, ella se encogía de hombros y contestaba que para nada, que era una manía, y luego seguía dibujando.
Aquella tarde, sin embargo, no pensaba dibujar. Su padre la esperaba delante de la casa de la abuela Elena con las llaves en la mano y una expresión que Alba conocía de memoria: la de quien lleva meses aplazando algo y ha decidido que ya no puede aplazarlo más.
—Dos horas —dijo Damián—. Miramos qué hay, hacemos tres cajas y nos vamos.
—Papá, esa casa tiene ciento veinte años.
—Por eso he dicho dos horas y no dos días. Si empiezo a mirarlo todo con calma, no salgo de aquí hasta Navidad.
Elena Serrano había muerto en abril, un martes por la mañana, sentada en su butaca y con las gafas puestas. Desde entonces la casa había permanecido cerrada, con las contraventanas echadas y el correo acumulándose en el suelo del recibidor. Alba había pedido varias veces entrar. Su padre siempre encontraba una razón para no ir: el trabajo, la lluvia, la burocracia del notario. Ella había entendido hacía tiempo que aquellas razones eran una sola razón disfrazada de muchas.
Dentro, el aire estaba parado y olía a papel, a madera vieja y, muy débilmente, a las pastillas de menta que la abuela guardaba en un cuenco junto al teléfono. Alba se quedó quieta en el pasillo. Todo seguía exactamente donde debía estar, y esa fue la parte difícil: no el desorden, sino el orden. El chal doblado sobre el respaldo. El vaso boca abajo en el escurridor. Un calendario de dos años atrás con un círculo rojo alrededor de una fecha que ya no significaba nada para nadie.
—Empieza tú por arriba —dijo su padre desde la cocina, con la voz un poco tensa—. Yo miro los papeles.
El desván se abría por una escalera estrecha que crujía en el cuarto escalón. Alba subió tanteando la pared, encontró el interruptor y una bombilla desnuda se encendió con un zumbido. Había cajas, muchas cajas, y un baúl, y una máquina de coser cubierta por una funda, y todo estaba polvoriento de esa manera espesa y suave que solo consigue el tiempo. En la pared del fondo, una ventana pequeña dejaba entrar un rectángulo de niebla.
Trabajó casi una hora sin pensar en nada, que era exactamente lo que necesitaba. Ropa que olía a naftalina. Vajilla envuelta en periódicos de los años ochenta, con titulares sobre una huelga que ya no le importaba a nadie. Un juego de mesa al que le faltaban las fichas. Una caja entera de fotografías donde aparecían personas que Alba no había conocido nunca, sonriendo delante de coches, de puertas, de mesas puestas, todas ellas convencidas de que aquel día sería recordado por alguien.
Había también una lata de galletas llena de botones. Alba la abrió, la volvió a cerrar y se quedó un momento con ella en las manos, pensando que su abuela había guardado botones durante sesenta años para no coserlos nunca. Era la clase de detalle que no cabía en ningún inventario y que, sin embargo, decía más que todo lo demás.
Iba a bajar a por agua cuando movió una caja y detrás apareció una maleta de cartón, pequeña, atada con una cuerda, con las esquinas reforzadas de metal y una etiqueta despegada donde todavía se leía un nombre escrito a mano: E. Serrano.
La cuerda cedió sin esfuerzo. Dentro no había ropa. Había cuadernos.
Alba se sentó en el suelo con la espalda contra el baúl y abrió el primero. Eran mapas. Mapas dibujados a mano, a lápiz y a tinta, con las medidas anotadas al margen en una letra minúscula que se parecía tanto a la suya que sintió un frío repentino en los brazos. El puente viejo. El cementerio. La era detrás de la panadería. Pasó las páginas cada vez más deprisa, reconociendo sitios, reconociendo el método, reconociendo una manía que había creído completamente propia y que resultaba ser una herencia.
En el tercer cuaderno, los mapas cambiaban.
Ya no eran del pueblo. Eran de un valle que Alba no había visto nunca, con un río que se bifurcaba dos veces, un bosque enorme señalado como Bosque de los Cuervos y, en el centro, un edificio dibujado con un cuidado casi obsesivo: cuatro torres, un claustro, un campanario alto y estrecho. Debajo, con letras mayúsculas, una sola palabra.
VALLUMBRA.
Y en la última página del cuaderno, no había ningún mapa. Había cuatro líneas escritas con prisa, con la tinta emborronada al final, como si la mano hubiera temblado.
La puerta está en la capilla vieja. Se abre la noche del treinta y uno, cuando suena la campanada que no existe. Yo salí. No todos salen. Si alguna vez encuentras esto, no vayas sola.
Alba leyó las cuatro líneas tres veces. Después miró la ventana del desván, donde la niebla se había vuelto de un gris más oscuro, y se dio cuenta de que había anochecido.
Bajó con la maleta en brazos. Su padre estaba en el salón, de pie, con una caja de facturas apoyada en la cadera y cara de agotamiento.
—Papá, ¿la abuela hablaba alguna vez de una capilla vieja?
—La ermita del alto, supongo. Se cayó el tejado cuando yo era pequeño.
—¿Y de un sitio llamado Vallumbra?
Damián se quedó quieto. Fue un instante muy breve, pero Alba lo vio: los dedos apretando el cartón, la mirada desviándose hacia la ventana.
—No —dijo—. ¿De dónde sacas eso?
—De un cuaderno suyo.
—Tu abuela escribía muchas cosas. Escribía historias. Llevaba media vida diciendo que había estado en sitios donde no había estado nunca.
—¿Y tú te lo creíste alguna vez?
—Alba.
—Solo pregunto.
Su padre dejó la caja en el suelo con más cuidado del necesario.
—Me lo creí hasta los once años —dijo por fin—. Luego crecí. Coge lo que quieras de ahí arriba, pero mañana cerramos esta casa.
Volvieron andando con tres cajas y las dejaron en el recibidor de casa sin abrirlas.
Cenaron en silencio. A las diez, Damián se quedó dormido en el sofá con la televisión encendida, como todas las noches desde abril. Alba subió a su cuarto, extendió el tercer cuaderno sobre la cama y se quedó mirando el dibujo del valle hasta que las líneas empezaron a moverse solas de puro cansancio.
Se dijo a sí misma que no iba a ir. Se lo dijo mientras se ponía las botas, mientras cogía la linterna del cajón de la cocina y mientras cerraba la puerta sujetando el picaporte para que no sonara.
La ermita estaba a veinte minutos por el camino del alto. La niebla lo había borrado todo excepto los tres metros de tierra que iluminaba la linterna. Alba subía deprisa, con el corazón golpeándole el pecho de una manera que no tenía que ver solo con la cuesta, y a los lados el bosque hacía esos ruidos que hace un bosque en octubre: hojas moviéndose, ramas ajustándose, algo pequeño escapando entre el musgo.
Mientras subía intentó construir un argumento razonable, porque siempre le había funcionado. Su abuela había sido una mujer imaginativa que a los ochenta años seguía inventando historias para entretener a los nietos de las vecinas. Los cuadernos eran un juego largo, minucioso, de alguien que se aburría en un pueblo pequeño. La palabra Vallumbra no significaba nada. Lo lógico era llegar a la ermita, encontrar cuatro piedras mojadas y volver a casa con una anécdota que contar en clase el lunes.
El problema del argumento razonable era la letra. Alba había pasado tres cuadernos midiendo distancias con una regla de plástico, anotando las cifras en el margen derecho y subrayándolas dos veces, y nadie le había enseñado a hacerlo. Lo había inventado ella sola a los trece años. Que otra persona, muerta desde abril, hubiera inventado exactamente lo mismo cuarenta años antes no era imaginación. Era otra cosa, y esa otra cosa la empujaba cuesta arriba mucho más que la curiosidad.
La ermita apareció de golpe, sin aviso, cuando el camino dobló a la izquierda. Estaba peor de lo que su padre había dicho. No tenía tejado, ni puertas, ni la mitad del muro norte. Dentro había zarzas, escombros y una vidriera rota de la que quedaban tres cristales sujetos por el plomo: uno azul, uno amarillo y uno de un rojo muy oscuro. Y al fondo, en la pared, un arco de piedra tapiado con ladrillos modernos, feos, evidentemente añadidos mucho después.
Alba se acercó al arco y apoyó la palma de la mano. La piedra estaba fría. Los ladrillos, no.
Entonces, abajo en el pueblo, el reloj de la iglesia empezó a dar las doce.
Contó sin querer. Una. Dos. Tres. El sonido llegaba amortiguado por la niebla, con un retraso extraño entre golpe y golpe. Ocho. Nueve. Diez. La niebla dentro de la ermita se movió, aunque no había viento. Once.
Y luego sonó la doceava, y después de la doceava, cuando ya no debía sonar nada, sonó otra.
No vino del pueblo. Vino de detrás de la pared, muy cerca y muy lejos al mismo tiempo, con un tono más grave y más limpio, un sonido que Alba sintió en los dientes y en los huesos de la cara antes que en los oídos. Los ladrillos del arco no se rompieron ni cayeron. Simplemente dejaron de estar allí, como si nunca hubieran sido más que una idea que alguien acababa de retirar, y en su lugar quedó el umbral abierto y, detrás, un aire que no era el de aquella noche.
Olía a hojas secas y a lluvia caliente. Del otro lado no había niebla. Había luz, una luz baja y dorada de última hora de la tarde, imposible a las doce de la noche, y un camino de tierra que bajaba entre árboles enormes de color cobre.
Alba miró hacia atrás. El camino seguía allí, con su niebla y sus zarzas, y al final del camino estaba el pueblo, y en el pueblo estaba su padre dormido delante de una televisión encendida, y el lunes había examen de química. Todo eso continuaba existiendo con una solidez insultante. Bastaba con dar media vuelta.
Después miró de nuevo el arco. Una hoja de color cobre entró volando desde el otro lado, cruzó el umbral, y al pasar a este lado no cayó al suelo: se deshizo en el aire, sin ruido, como si aquel material no estuviera permitido allí.
Alba se quedó delante del arco durante cuatro segundos, que fue exactamente el tiempo que tardó en recordar la última línea del cuaderno de su abuela.
No vayas sola.
—Ya —dijo en voz alta, a nadie—. Bueno.
Y atravesó el umbral.
Detrás de ella, sin ningún ruido, la pared volvió a llenarse de ladrillos.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. Alba subió al ______ de la casa de su abuela y encontró una maleta vieja.
2. La escalera era muy vieja y los escalones empezaban a ______ bajo sus pies.
3. Todo estaba cubierto de polvo: era un lugar oscuro y ______.
4. Cogió una ______ de la cocina porque el camino no tenía luz.
5. En la ventana de la ermita quedaban tres cristales de una ______ rota.
6. Después de la última campanada, Alba ______ el arco de piedra.
7. Los cuadernos de su abuela eran una ______ que nadie esperaba.
8. Alba tuvo un mal ______ cuando su padre desvió la mirada.
2. Relaciona
1. el umbral 2. la niebla 3. el musgo 4. una campanada 5. tantear 6. desvencijado
a. мох b. ветхий c. порог d. ощупывать e. туман f. удар колокола
3. Elige la opción correcta
1. Si un objeto está polvoriento: a) está mojado b) está cubierto de polvo c) está roto
2. Un campanario es: a) una torre con campanas b) un tipo de puerta c) un instrumento musical
3. Atravesar un umbral significa: a) cerrarlo b) pasar por él c) pintarlo
4. Si algo cruje: a) hace un ruido seco b) huele mal c) brilla
5. Un presentimiento es: a) un recuerdo antiguo b) la sensación de que algo va a pasar c) una promesa
4. Responde según el capítulo
1. ¿Qué costumbre tiene Alba desde hace años?
2. ¿Por qué su padre no quería entrar en la casa?
3. ¿Qué encontró Alba dentro de la maleta de cartón?
4. ¿Qué advertencia escribió su abuela en la última página?
5. ¿Qué ocurrió después de la duodécima campanada?
5. Verdadero, falso o no se menciona
1. Elena Serrano murió en primavera.
2. Damián reconoce inmediatamente el nombre de Vallumbra.
3. Alba fue a la ermita acompañada de un amigo.
4. La ermita conserva el tejado en buen estado.
5. Del otro lado del arco era de día.
Gramática
Contraste entre el pretérito indefinido y el pretérito imperfecto
Este capítulo está narrado en pasado, y en él aparecen constantemente dos tiempos verbales que en ruso se traducen a menudo igual, pero que en español cumplen funciones distintas.
Pretérito indefinido (llegó, dijo, subió, abrió)
Presenta la acción como un hecho terminado que hace avanzar la historia. Responde a la pregunta «¿qué pasó después?».
Alba abrió el cuaderno, leyó las cuatro líneas y bajó con la maleta.
Marcadores frecuentes: ayer, aquella noche, el treinta y uno de octubre, de repente, entonces, en 1969.
Pretérito imperfecto (era, tenía, había, llovía)
Presenta la acción como un marco, sin límites claros. Describe circunstancias, lugares, personas, estados físicos y mentales, y acciones habituales del pasado. Responde a «¿cómo era?» y «¿qué estaba pasando alrededor?».
El aire estaba parado y olía a papel. Alba tenía diecisiete años.
Marcadores frecuentes: siempre, normalmente, todos los días, mientras, cuando era pequeño.
Cómo funcionan juntos
La regla práctica es que el imperfecto pinta el decorado y el indefinido mueve la cámara. Cuando una acción larga es interrumpida por otra breve, la larga va en imperfecto y la breve en indefinido.
Alba subía por el camino cuando oyó el primer golpe de la campana.
Verbos que cambian de sentido
Indefinido — Imperfecto:
supo (узнал в тот момент) — sabía (знал)
conoció (познакомился) — conocía (был знаком)
quiso (попытался) — quería (хотел)
no quiso (отказался) — no quería (не хотел)
pudo (сумел, справился) — podía (мог, был в состоянии)
tuvo que (пришлось и сделал) — tenía que (должен был)
Ejercicios de gramática
1. Pon el verbo en indefinido o imperfecto
1. Cuando Alba (llegar) ______ a la casa, su padre ya (esperar) ______ en la puerta.
2. La bombilla del desván (encenderse) ______ con un zumbido.
3. En la maleta no (haber) ______ ropa: solo (haber) ______ cuadernos.
4. Alba (leer) ______ las cuatro líneas mientras la niebla (volverse) ______ más oscura.
5. Damián (quedarse) ______ quieto un instante cuando su hija (decir) ______ aquel nombre.
6. De niño, su padre (creer) ______ todas las historias de la abuela.
2. Elige la forma adecuada
1. Alba (conoció / conocía) muy bien la letra de su abuela.
2. Aquella noche (supo / sabía) que la historia era verdad.
3. Su padre no (quiso / quería) hablar del tema y cambió de conversación.
4. Alba (pudo / podía) abrir la cuerda sin esfuerzo.
5. Cuando era pequeña, (tuvo que / tenía que) volver a casa antes de las nueve.
3. Completa el texto
El treinta y uno de octubre (1. hacer) ______ mucha niebla. Alba (2. salir) ______ del instituto a las cuatro y (3. ir) ______ directamente a casa de su abuela, que (4. estar) ______ cerrada desde abril. Mientras su padre (5. revisar) ______ los papeles, ella (6. subir) ______ al desván. Allí (7. encontrar) ______ una maleta que (8. tener) ______ una etiqueta con un nombre.
Respuestas
Vocabulario 1: 1. desván 2. crujir 3. polvoriento 4. linterna 5. vidriera 6. atravesó 7. herencia 8. presentimiento
Vocabulario 2: 1-c, 2-e, 3-a, 4-f, 5-d, 6-b
Vocabulario 3: 1-b, 2-a, 3-b, 4-a, 5-b
Vocabulario 4: 1. Dibuja mapas de sitios pequeños y concretos. 2. Porque llevaba meses aplazando el momento de volver a entrar después de la muerte de Elena. 3. Cuadernos con mapas dibujados a mano. 4. Que la puerta se abre la noche del treinta y uno y que no fuera sola. 5. Sonó una campanada más, que venía de detrás de la pared, y los ladrillos del arco desaparecieron.
Vocabulario 5: 1. Verdadero 2. Falso 3. Falso 4. Falso 5. Verdadero
Gramática 1: 1. llegó / esperaba 2. se encendió 3. había / había 4. leyó / se volvía 5. se quedó / dijo 6. creía
Gramática 2: 1. conocía 2. supo 3. quiso 4. pudo 5. tenía que
Gramática 3: 1. hacía 2. salió 3. fue 4. estaba 5. revisaba 6. subió 7. encontró 8. tenía
Capítulo 2. El bosque de los Cuervos
Vocabulario clave
un sendero — тропинка
un helecho — папоротник
una hojarasca — опавшая листва
un claro — поляна
desorientado/a — дезориентированный
un graznido — карканье
una vara — палочка, прут
un forastero / una forastera — чужак, приезжий
aturdido/a — ошеломлённый
una arboleda — роща
tropezar — споткнуться
a tientas — наощупь
una cerca — ограда, забор
un ademán — жест
desconfiar — не доверять
El bosque de los Cuervos
Lo primero que Alba notó fue la temperatura. En Vega del Olmo hacía cinco grados y la humedad se metía por las mangas. Allí el aire era tibio, seco, con esa calidad concreta de las cuatro de la tarde de un día bueno de octubre, y olía a tierra caliente, a resina y a hojas pisadas.
Lo segundo que notó fue el silencio de la linterna. Seguía encendida en su mano, pero la luz no se veía. No era que estuviera apagada: era que aquella luz no servía de nada bajo aquel sol.
Se dio la vuelta despacio.
Detrás de ella no había ninguna ermita. Había un muro de piedra de menos de un metro de altura, medio cubierto de hiedra, con una abertura en forma de arco a través de la cual se veía exactamente lo mismo que a los lados: árboles, hojarasca y más árboles. Alba metió la mano por el hueco. La mano no encontró niebla, ni frío, ni pared. Solo aire.
Volvió a sacarla. Se quedó mirando el arco un buen rato, con la respiración muy corta, hasta que decidió hacer lo único que sabía hacer cuando no entendía un sitio: dibujarlo.
Sacó el cuaderno del bolsillo interior, se sentó sobre una raíz y trazó el muro, la abertura, la orientación del sol y los tres árboles más grandes. Anotó al margen: arco de piedra, sin puerta, sin bisagras, altura aprox. 1,90. Cuando terminó, las manos le temblaban un poco menos. Ese había sido siempre el truco.
El bosque era enorme y viejo. Los troncos tenían el grosor de una mesa y la corteza partida en placas, y arriba, muy arriba, las copas formaban un techo de color cobre por el que se colaban columnas de luz. Entre las raíces crecían helechos hasta la cintura. Había un sendero, o algo que parecía haberlo sido, marcado por piedras planas que la hojarasca casi había borrado.
Alba lo siguió, porque un sendero siempre va a alguna parte.
Caminó durante lo que le parecieron veinte minutos. El bosque no cambiaba nunca del todo y no se repetía nunca del todo, y esa combinación empezó a resultarle desagradable. Dos veces creyó reconocer un tocón partido por un rayo y las dos veces se convenció de que era otro. Contó pasos. Perdió la cuenta. Contó árboles a la derecha del sendero y se dio cuenta, con un pinchazo de irritación, de que había contado dieciséis y luego catorce en el mismo tramo.
Por el camino fue reuniendo datos, porque reunir datos era lo contrario de tener miedo. Los árboles eran robles, hayas y algo parecido a un castaño con las hojas más estrechas de lo normal. No había insectos: ni mosquitos, ni moscas, ni ese zumbido de fondo que tiene cualquier bosque en verano. Tampoco había basura, y eso fue lo que más la impresionó. En el monte de Vega del Olmo siempre aparecía algo, una botella, un plástico enganchado en una zarza, la anilla de una lata. Allí no había nada que no hubiera crecido allí.
En un momento dado el sendero pasó junto a una piedra vertical de metro y medio, colocada claramente por alguien, con marcas grabadas en la cara sur. Alba se agachó a mirarlas. No eran letras, o no eran letras que ella pudiera reconocer: eran pares de líneas cruzadas, siempre pares, siempre dos y dos, repetidos hacia abajo hasta la base. Las copió en el cuaderno con bastante fidelidad y siguió andando.
Se detuvo en un claro. La luz seguía siendo exactamente la misma que al llegar. El sol no había bajado ni un dedo.
—Vale —dijo en voz alta—. Eso no es normal.
Como si hubiera estado esperando permiso para intervenir, algo negro cruzó el claro por encima de su cabeza, muy bajo, y se posó en una rama a cuatro metros. Era un cuervo grande, del tamaño de un gato pequeño, con las plumas tan oscuras que a contraluz parecían azules. Ladeó la cabeza y la miró con un ojo, y luego con el otro.
—Hola —dijo Alba, porque no se le ocurrió nada mejor.
El cuervo soltó un graznido corto y voló hasta la siguiente rama del sendero. Esperó. Alba dio dos pasos. El cuervo voló otra vez. Esperó otra vez.
—¿En serio?
El cuervo graznó. A Alba le pareció un sonido claramente impaciente.
Lo siguió durante otra media hora, o lo que fuera media hora en aquel sitio. El pájaro no la dejó nunca a más de veinte metros y cada vez que ella se paraba a mirar algo, él volvía sobre sus pasos y se colocaba en la rama más cercana, como un guía mal pagado a punto de perder la paciencia.
El bosque se aclaró de golpe. El sendero salió a un camino de tierra ancho, con roderas de carro, y al otro lado del camino el terreno bajaba en una pendiente suave. Alba llegó al borde, miró y se quedó completamente inmóvil.
Debajo se abría un valle largo, encajado entre dos laderas cubiertas de bosque, con un río que se bifurcaba dos veces antes de perderse hacia el sur. Y en el centro del valle, sobre una elevación de roca, había un edificio.
Lo reconoció antes de terminar de verlo. Cuatro torres. Un claustro. Un campanario alto y estrecho, más alto que todo lo demás, con una veleta de hierro en la punta. Era el dibujo del tercer cuaderno de su abuela, línea por línea, con la única diferencia de que aquello estaba hecho de piedra de verdad y de que de tres de sus chimeneas salía humo.


