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Por cierto, es en la misma distancia que gobierna la pretendida comprensión de los eventos descritos, que suele alojarse la sorpresa y admiración de los “interesados”. Sorpresa inequívocamente manifestada mediante una serie de interrogantes cuyo rango etnocéntrico no es difícil detectar. Desde su propia articulación tales preguntas levantan un verdadero impasse, fortifican un cerco insalvable: aquél que sus consignas le dictan. En buena cuenta, el problema es que parten de un lugar equivocado, o para decirlo de otro modo, el problema no pasa de ser aquél que la propia interrogación inventa. Así, pues, por lo general se instala al observado en el lugar del observador, en vez de proceder a la inversa. Le atribuyen al primero razones, criterios, lógicas que le son ajenas; negando, recíprocamente, aquellas que le son afines. Sin embargo, dicha ceguera anima el interés y estimula una terca perseverancia. De ahí que el propio Joaozinho Trinta haya dictado una especie de sentencia del investigador aburguesado: si a alguien le agrada la pobreza, si a alguien le llama la atención, ése “alguien” es el intelectual.
Contrariamente, el que huye de la miseria cruza todas las fronteras que sea preciso cruzar, inmolándose por el sueño primermundista o reivindicando dogmas milenaristas que ha de pagar con la propia vida. En otros casos, se interna en la escena criminal o en la del narcotráfico, para no hablar de la drogadicción y otros modos de prostitución corporal. Lewis ha demostrado, por ejemplo, la recurrencia del oficio de prostituta en varias generaciones de una familia de portorriqueños pobres. El autor concluye que hay una cultura de la pobreza en la urbe, y que en esa misma urbe ser pobre es un modo de vivir o, si se quiere, de sobre-vivir (Lewis, 1961). Tales exploraciones hacen énfasis en la necesidad de caracterizar tal mundo no por aquello de lo que carece, no en su sentido negativo, sino por la peculiaridad de sus recursos y manejos: modalidades que operan en el orden de lo inmediato, instalando un perfil comunitario que conecta con la inexistencia de la privacidad. Así, pues, el sector indigente de la ciudad moderna no sólo se ve radicalmente privado de la propiedad, sino además expropiado de la misma privacidad.
Del mismo modo como la distinción y la riqueza se heredan, barnizando históricamente a los nobles, habrá, inversamente, que apilar harto coraje y voluntad para quebrar lo que Fuentes llama el círculo intemporal de la pobreza (Fuentes, 1992: 371-2) Podríamos entonces concluir que en tales entornos el miedo a la muerte se digiere de otro modo, torna relativo su peso, dado el obligatorio careo con lo precario de la existencia; con los devaneos de la salud; con la incontestable desnutrición. Si en algo coinciden el sicario y el terrorista es en la conexión entre poder y violencia: más poder para propagar la violencia, más violencia para alcanzar el poder. Nadie dudaría de los efectos inmediatos que el empleo de armas supone, tornando expresivo al mayor hermetismo; pocos cuestionarían el peso atávico de los consabidos anhelos por acortar las diferencias sociales, y reconstruirlas desde otro extremo. En fin, cuando las condiciones lo permiten, los núcleos microfascistas del deseo no tardan en aparecer. Así, pues, entre traficantes y terroristas las pequeñas grandes dictaduras suelen multiplicarse por doquier.
Esa tal vez sea la franja lumpenesca o delincuencial que todo poder oculta y del que, con frecuencia, se asiste y beneficia. He ahí la violencia, bien o mal enmascarada, que nutre todos los ascensos forzosos y las megalomanías dictatoriales; líneas duras expuestas pública e impúdicamente; reterritorializaciones de un poder que canjea nombres y regímenes, que destituye y restituye ideologías para hacer prevalecer los mismos afanes jerárquicos. La rigidez de las formas suele ser, en su imposición, recurrente; lo que varía, en todo caso, son los contenidos humanistas y los gestos populistas. El protagonismo le correspondió ayer a las retóricas nacionalistas, hoy a las fórmulas neoliberales. Con frecuencia, la autocracia se ha impuesto so pretexto de la voluntad general (Simmel, 1986 T. 2: 782). Hoy diríamos, y con sobradas razones, que en nombre de la democracia se cometen todos los atropellos dictatoriales que la Historia recuerda, e incluso aquellos que otras historias, menos rimbombantes y más subrepticias, demoran en contar.
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