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Ni siquiera los espectaculares presupuestos que las ciencias duras solicitan –para acelerar las partículas, por ejemplo– consiguen dejar de lado las variantes microscópicas, las diferencias milimétricas, los saltos infinitesimales dados entre una experiencia y su esforzada repetición. Combatientes fantasmales, todos ellos, encargados de trastocar, más allá de toda prueba, el artificio experimentalista. Desmitificación de una visión que se pretende abstracta y de la abstracción a la que esa visión se ve impelida: ideal hegeliano cuyas huellas textuales han sabido detectar los llamados posmodernos (Derrida, 1991: 129-30). En esa misma línea de trabajo parece encontrarse Escohotado cuando al caracterizar el real-ideal de la ciencia de Galileo y la de Newton, demuestra el pavor con que la logometría huye del caos en general o de todas las bifurcaciones irrepetibles (Escohotado, 1985).
La retracción hacia un campo cerrado, luminosamente prometedor, el desplazamiento hacia aquello que se celebra como inteligible y profundo, e incluso inteligible por profundo, supone desde ya la prejuiciosa supresión de las superficies mutantes, calificadas en masa y sin lugar a dudas, como superficiales. Con la superficie se aborrece automáticamente el cuerpo y el espectro dinámico que lo caracteriza, reservando las variantes posturales y las transiciones gestuales para su ulterior inclusión en la remota esfera del juego, de la danza y el teatro. El monopolio de las técnicas diegéticas y miméticas parece establecerse allí donde lo lúdico y lo artístico fueron elevados, para separárseles y desactivárseles mejor. Se sabe que la admiración funciona a manera de defensa: es la agresividad de la que los ideales se tornan soporte. Sólo se envidia a los más próximos, afirmaba Faulkner, pues a los distantes nos limitamos a admirarlos (Faulkner, 1985: 83). O, para decirlo con Derrida, compete a la admiración neutralizar los resentimientos (Bennington y Derrida, 1994: 35).
Afortunadamente Nietzsche tuvo la iniciativa de poner en vitrina los devenires apolíneos, recuperando ahí el valor múltiple que las máscaras encarnan (Vattimo, 1989). Supo, de esa manera, devolverle a la humanidad el efecto histriónico-estético que es consustancial a su existencia corporal. ¿Qué habría de más humano que el trucaje y la simulación? Recordemos, con el filósofo de los aforismos, que en los simulacros se replica a lo real, siendo la simulación el signo mismo de la pretendida apropiación que el hombre procura de la naturaleza. Transitando entonces de la analogía a la variación, de la reproducción a la desviación, las colectividades van imprimiendo sus huellas sobre cada objeto utilizado, dejando sus marcas sobre cada acto civilizatorio. La simulación encarnaría lo falso como potencia (Deleuze, 1989: 265-71). Actuar supondría operar una máquina; espectacularizar equivaldría a invocar dobles autónomos, personajes vivos, fuerzas desmontables.
De ese cuerpo, hecho de flujos, opuesto al organismo que los poderes estatales le fabrican inefables; de esa combinatoria flexible en cuya momentánea intersección nos encontramos y que la administración orgánicoinstitucional insiste en encasillar; de esa fuerza indisciplinable e impredecible se suelen desconectar, contradictoriamente, el antropólogo foráneo y el psicoanalista nativo. El primero sorprendiéndose con la excentricidad que observa conscientemente en el otro –y que encarna inconscientemente para ese otro–; y el segundo, pretendiendo salvar el escollo de la tentación contratransferencial que la alteridad del analizante constantemente le provee. No son esos, por cierto, los alcances que un Foucault le adjudicaba a la etnografía y al psicoanálisis cuando, catalogándolas como contraciencias, recordaba que eran las únicas disciplinas que solían encontrarse, por su misma praxis, con los límites del saber humano, o si se quiere, con sus reversos: la ley, el deseo, la muerte (Foucault, 1968: 362-5).
Distingamos planos: una cosa es asistir a la revelación que un acontecimiento supone, otra encararlo hasta sus últimas consecuencias; una cosa es el modo como Malinowski, por ejemplo, creyó haberse ganado la confianza de los nativos, otra el grado en que éstos incorporaron la intrusión del observador (Marzal, 1996 V.III: 48-56). Más concretamente: una cosa es lo que el psicoanálisis y la etnografía pueden permitir, en términos puros, y otra lo que el psicoanalista o el etnógrafo, a título particular, hacen con lo que encuentran. Los acontecimientos, como recuerda Derrida, se suceden una y otra vez, siendo esa característica, precisamente, la que les da valor de acontecimientos (Bennington y Derrida, 1994: 38). Súbitamente catastróficos o propagándose imbarajables (Deleuze y Parnet, 1980: 77), los acontecimientos desmoronan los pronósticos y desafían la previsión. Bion ha señalado, a propósito de la mentalidad de grupo, que es preciso aceptar la conjunción constante de datos, pues éstos suelen aparecer, como Hume dijera, singularmente unidos (Grinberg, Sorg y Tabak de Bianchedi, 1976: 21). Podemos ahora preguntarnos sobre los particulares cortes epistémicos o metodológicos, que cada época y disciplina ha impuesto sobre los acontecimientos del entorno, al punto de fabular lo inexistente y negar lo indiscutible, por respeto a las consignas del caso.
Recordemos que, desde el siglo XIX, los imperios de ultramar movilizaron a sus especialistas de la sociedad y a sus exploradores de la cultura, a fin de que registren lo que hoy llamamos sincretismo, aculturación o transculturación. Los poderes de turno nunca fueron ajenos a los saberes alternativos o a sus afanes libertarios. De ahí que, según las coyunturas y posibilidades, el estudio del “otro” antropológico tendiera a orientar las fuerzas de los ayudantes y de los oponentes; aspirara a diluir o a negociar; procurase imponer o concertar las políticas en juego (Marzal, 1996 V.III: 13-40; Valles, 1997: 21-46). He ahí, agregamos, el obligado itinerario que los expansionismos van a cumplir.
Es curioso que huyendo hacia el Tercer Mundo la población turística de los países avanzados suela reconocerse, vía la diferencia, consigo misma: es la opinión de Baudrillard, quien incluso llama la atención sobre el hecho de que las fotos premiadas en los grandes eventos internacionales suelen tener como objetivos a indígenas, niños hambrientos o víctimas de genocidios bélicos y catástrofes naturales (Baudrillard, 1990: 153-63). Tal identificación por oposición, tal fascinación por lo ajeno, todo ese conjunto de efectos narcisísticos secundarios, encuentra su proceso inverso en las oleadas migracionales con que los hemisferios subdesarrollados perturban turísticamente y alivian económicamente, a las realidades más avanzadas. Al ser interpelado por residir en California, G. Gómez-Peña, editor chicano de la revista bilingüe La línea quebrada/The broken line, se explicaba del siguiente modo:
“Me estoy desmexicanizando para mexicomprenderme”. E inmediatamente, a propósito de la imagen que tiene de sí, agregaba: “Posmexica, prechicano, panlatino, transterrado, arteamericano..., depende del día de la semana o del proyecto en cuestión” (García Canclini, 1989: 301-2).
Volvamos al tema de las superficies y a la superficialidad que clásicamente se le atribuye: ¿Es casual el precario interés que la sociedad y las ciencias del hombre han mostrado en esa impronta que perfila nuestros desplazamientos y nuestras parálisis, la insignificante atención que recae sobre la fluidez o la incertidumbre expresiva? ¿Es pura coincidencia la negación de las posturas y desplazamientos que suelen caracterizarnos, la escasa reflexión invertida en las velocidades y lentitudes que encarnamos diariamente? Hay un origen y un proceso social que se llevan inextricables en el cuerpo; anatomía socializada que capitaliza el gesto y el andar; intersección escénica de tiempos y territorios biográficos (Bourdieu, 1991: 70, 92, 250, 342, 373, 385, 389, 472, 483-5). Auténtico capital cultural del que las nuevas clases altas, y todos los arribismos sin pedigree, difícilmente consiguen sustraerse. Se trataría, pues, de levantar un geoanálisis (Deleuze y Parnet, 1980: 145), que permita hacer el recuento de los movimientos con que desterritorializamos el entorno y, en virtud de los cuales somos, paralelamente, reterritorializados. De ese modo es posible certificar el peso que acusan los cuerpos y los despliegues gestuales en el modo de hacer rostro, de ser rostro, de rostrificar (Deleuze y Parnet, 1980: 22-3; Deleuze y Guattari, 1988: 173-94, 299-301; Deleuze, 1984: 131-50).
Demás está señalar que con esos recursos no sólo somos percibidos por el otro, sino que es a través de ellos que percibimos, paralelamente, a los demás. Para decirlo a la manera de Goffman, no hay modo de que sujeto alguno se exima de sufrir, en carne propia, lo que el autor llama divergencia, máxime si se considera que la vida social expone a cualquiera a ser ridiculizado, avergonzado, calumniado. En efecto, por probabilidades todo sujeto será descubierto en su zona más frágil; alcanzado en el secreto que más celosamente guardaba, a propósito de ese pequeño detalle o de ese mínimo defecto que atesorara como una pieza de máximo valor (Goffman, 1970: 148 y 150). A propósito de los defectos, Max Hernández, psicoanalista peruano, señalaba alguna vez que la gente puede pasar de vivir con ellos a vivir para ellos. Reconstruyamos un itinerario posible de tal anomalía: preocupación por la mirada ajena, anticipación del descubrimiento y encubrimiento anticipado del defecto, todo ello a fin de defenderse de la propia fragilidad.
Recordando lo elemental: no hay estereotipado sin estereotipador, no hay modo de estereotipar sin aspirar, implícita y vanamente, a ser excluido de esa estereotipia. Los estereotipos, concebidos como recursos del poder, no operan sino taladrando a unos y a otros; sometiendo a unos y a otros; tanto a los que se juran sujetos del acto como a los que sufren y se quejan pasivamente, de la emisión adjetivada. Normales y anormales, estigmatizados y estigmatizadores, desacreditados o desacreditables, no son personas sino perspectivas (Goffman, 1970: 160). En tal sentido las funciones y los lugares ocupados podrán variar, uno puede estar instalado, por ejemplo, en la línea de mira o, en su defecto, fungir de francomirador, pero lo fundamental tenderá a mantenerse firme, pues el propósito es que los valores engorden, que los discursos se afirmen, que los lugares comunes se reproduzcan. O, de otro modo: que los sentidos, como el dinero, circulen (Pereña, 1990). He ahí la eficacia de las relaciones que el poder instaura, y he ahí también la fuerza y el alcance con que las consignas se diseminan, tornando dóciles a los cuerpos (Foucault, 1992: 139-42, 156-7, 168-9).
En otros términos: que los vínculos sociales se establezcan sobre el nosaber de los agentes, bien sea que éstos se instauren, fielmente, en la unidad activo/militante de una ideología grupalista o que, en su defecto, dependan de una ilusión individualista que quiere, para el mejor cumplimiento de un reglamento tácito, constituirlos como seres “libres”. Sabemos, pues, con Guattari, que el primer caso es el de las sectas religiosas, las bandas delincuenciales e incluso agregaríamos, el de las llamadas barras bravas, en su carácter paranoicamente excluyente del mundo, reivindicando credos milenaristas o desdibujando, en su vengativo desorden, la frontera entre la violencia fáctica y la retórica de una agresividad discursiva. El segundo caso es el de los empleados de cualquier entidad o el de los oficiantes de cualquier institución, e incluso perfila la realidad de unos consumidores, siempre segmentables, que la cultura masmediática factura. Aquellos se suelen encontrar perentoriamente incluidos en la actualización de unos usos prefabricados para su dócil reproducción.
Se observa, entonces, que las fuerzas políticas mayoritarias (no por su número se entiende, sino por el yugo que administran) se instituyen como homogéneas para pretender constituirse en homogeneizadoras. Duplican, entonces, un en sí a través de un para sí, quedando dichas fuerzas definidas más enfáticamente por el propósito de manipular (el llamado hacer-hacer de los semiólogos) cuando no usufructuar toda posición heterogénea. En otros términos, se trata de diluir o reducir toda variación que desestabilice el orden social, todo factor que indisponga las convenciones. Es precisamente bajo ese esquema que un autor como Bataille explica incluso la emergencia y funcionalidad del fascismo, añadiendo que la sociedad civil, maternal y femenina al fin, precisa del órgano masculino que la torne respetable, de la prótesis viril que la acorace contra los atentados: el poder militar, las fuerzas armadas (Bataille, 1974: 78-115). Aunque centrándose en otros tópicos, Barthes sostiene que la operatividad de la lengua radica en la base fascista de la que se nutre, no tanto por lo que impide decir sino, más radicalmente, por lo que obliga a expresar (Barthes, 1988). Más recientemente Ibáñez ha dicho que la fuerza de la ideología es del orden de lo decible: suerte de límite infranqueable para el verbo y la acción (Ibáñez, 1986a: 55, 63-4, 76; 1986b: 497-8). El aparato estatal sumiría toda manifestación o desvío, toda excentricidad en algún punto de una cartografía concéntrica: posible corolario para lo sustentado en este párrafo (Calabrese, 1988: 69-72).
Si consideramos literalmente tales reflexiones, se inferirá una atmósfera terrorista individualizada, una suerte de catatonia aislante que multiplica la incertidumbre y que, como consecuencia, suscita una demanda de apoyo generalizada, un deseo de protección que el Estado y sus órganos conexos pretenderán colmar. No faltan los autores que han preferido hablar de un ordenamiento paranoico, quienes aluden al inextricable nexo establecido entre las posturas competitivas que un aparato moderno de producción estimula, y los afanes más prosaicos, clásicamente prosaicos tal vez, de ejercer presión, someter, humillar e incluso sacrificar al otro (Rosolato, 1981: 119-25; Enríquez, 1973). La tan mentada alienación, frecuente expresión de contradicciones históricas sistemáticamente silenciadas por el poder psiquiátrico, es articulable también como el punto ciego merced al cual los consensos van aplastando a los delirios; las creencias disfrazando los síntomas; los ideales atenuando las fantasías.
El proceso inverso, clínico si se quiere, es el que se sigue en el reciente filme de L. Von Trier, Contra viento y marea (1996). Allí lo incondicional del amor lleva a la protagonista a nadar contra la corriente y a enfrentar el escarnio colectivo: lo curioso es que la heroína no encuentra más apoyo que una religiosidad cada vez más distante del sentir comunitario. Así, pues, cuando de regímenes totalitarios se trata, la alienación se extiende y capilariza en directa correspondencia con una incredulidad y una duda estandarizadas (Aulagnier, 1980: 35-49). Esas sospechas deberán activarse al emitir o recoger una información; tanto para el sujeto como para el objeto de un comentario; lo mismo al divisar que al ser divisado en un feudo cualquiera. No es casual que en las megalópolis de fin de siglo las proxemias epidérmicas que acompasan los flujos citadinos acentúen, paradójicamente, la distancia imaginaria de los transeúntes.
Recuérdese, entre nosotros, la “suspensión de las garantías”, el síndrome del “toque de queda”, y su reverso festivo: las reuniones de “toque a toque”. Evóquese la cotidianidad de los atentados y de los secuestros en general; o de los coches-bomba, en particular. De esas atmósferas y del ritmo adrenalínico que destilaban, solía acusar un impacto más claro el extranjero o el visitante eventual, antropólogo al paso de una escena conflictiva que, mal que bien, enriquecía su saber. He ahí uno de los hábitos que un régimen paranoico consolida y “naturaliza”: cuanto más preocupado esté el sujeto en detectar problemas afuera, más alterado, más alerta, menos indiferente se encuentra por dentro: transfiguración topológica que no debe soslayarse, dado el peso que en tales contextos adquieren los denominados analizadores (Lapassade, 1979). Al analizador hay que entenderlo como un emergente, cuya sola expresión suele dar cuenta de un sentir más o menos generalizado; como un vocero que consigue sopesar las condiciones existentes, en un tiempo y lugar dados; como un ente protagónico que provoca variaciones respecto de las crisis, o que madura una alternativa contra éstas.
Hay también, en el reino animal, un imaginario compartido entre el animal predador y el animal presa, entre el perseguido y el perseguidor, conexión que obliga y faculta a cada cual a ponerse en el lugar del otro. En virtud de tales procesos, la suerte de atacantes y atacados, o las posibilidades de devorar y sobrevivir, dependerán, en gran medida, de poder anticipar los movimientos del enemigo y/o sorprenderlo con un viraje insospechado. No es vano que esa lección etológica haya sido ejemplarmente rescatada por la teoría de las catástrofes (Petitot, 1981: 134-35, 148-50, 165-67). Tanto las competencias de grupo como las propiamente individuales –las que en buena cuenta suelen ser pasajes o fases constitutivas de las primeras– presentan numerosos ejemplos de la dialéctica señalada por Poe en su célebre relato La carta robada (Poe, 1991 I: 514-34). Recordemos que en algunos trechos de dicha narración Poe se dedica a ilustrar el modo en que ciertos juegos alojan a sus participantes en una situación especular, inscribiéndolos transitoriamente en una trampa simétrica. Incluso se nos ilustra sobre la manera en que las identificaciones van a diferenciarse por la flexibilidad con la que los sujetos las operan, sea colocándose plásticamente, en el lugar del otro; sea trayendo rígidamente al otro al lugar de uno.
Esa es, incluso, la diferencia que el cuento revela entre la competencia, presuntamente admirable, del detective Dupin, y la inoperancia del cuerpo policíaco respecto del escondite que el ministro ha elegido. No se trata de buscar, sino de encontrar dirían Deleuze y Guattari. La policía buscaba no la carta, sino el sobre que debía contenerla; no el texto sino su envoltura, e incluso, peor aún, una envoltura intacta; no lo que brillaba ante sus ojos sino el inefable “escondite”. El ministro jugaba, inversamente, a la mostración pública, aunque retocada, del objeto. Aquél personaje procedía entonces, con una política, si se quiere anti-paranoica que sólo Dupin iba, irónicamente, a desenmascarar. Todo ello merced a un trabajo para el que las llamadas abducciones de Peirce parecen ideales (Peirce, 1987).
Y tratándose de mecanismos de control, no estará demás recordar que la inmensa mayoría de ellos son sólo variantes actualizadas de aquél panóptico que imaginara y concretara Bentham a fines del siglo XVIII, y cuyos efectos aún se hacen sentir (Foucault, 1992: 199-230). He ahí el eje que liga al vigía con toda la hipervisibilidad y omniubicuidad que le ha sido regalada; he ahí el riguroso dominio que aquél alcanza sobre unos objetos plena y generosamente exhibidos; estrategias que se reconstituyen en espacios diversos, y en nombre de múltiples regímenes discursivos. Bastaría señalar que en los ámbitos familiares suelen detectarse, sin demasiado esfuerzo, instrucciones escolares, restricciones penitenciarias, prohibiciones hospitalarias, bajo el pretexto de una adecuación futura a las exigencias laborales.
Tales préstamos (constantes, súbitos, retroalimentados), tal circuito (siempre actualizado), tal transitividad (hecha de canjes y equivalencias) tornaría legítimo hablar de un panoptismo generalizado. En este sentido el voyeurismo clásico (aquél que se ejercita por la ventana y al que la cinematografía supo otorgar suspensos espectaculares y placeres sublimes) no pasaría de constituir una versión subalterna, una traducción restringida a la comarca erótica, del afán más amplio por suscribir dominios, a través de la mirada. El negativo de tal operación se registra, claro está, en la renuencia a someterse al efecto inverso: no querer ser vigilado, evitar ser sorprendido, no secretar el secreto.
En términos de Deleuze y Guattari, los aparatos estatal y lingüístico alcanzan su manifestación condensada, su mínimo común múltiplo, en las denominadas palabras de orden, funciones de una lengua mayor, de una lengua oficial o vernacular que, a título permanente, reproduce sus principios y asegura su expansión (Deleuze, 1990: 44). Así pues, fijando, manteniendo, dividiendo, separando es como los órganos y los saberes oficiales luchan contra los flujos mínimos. Sea que se soslayen los asomos imperceptibles; sea que se procure la domesticación de los devenires minoritarios; sea que se opere por omisión, por distanciamiento, a título implícito o del modo más agresivo. Y es que los nomadismos no se circunscriben a la pura dislocación física, a la mera sofocación indecisa, pues habitan en todas las respuestas u operaciones apenas esbozadas; en los más leves virajes; en cada disconformidad; e incluso, y sobre todo, cuando éstas maniobras han sido silenciadas o desoídas.
Sin embargo, los microfascismos reaparecen en las manifestaciones y fenómenos más distantes del poder; habitan, como posibilidad, cualquier manifestación rizomática (Deleuze y Guattari, 1988: 15). Una razón más para advertir que no se trata de focalizar el radio de acción del poder; de sociologizar su entendimiento por la vía de las clases dominantes y los alcances macroinstitucionales; o de psicologizarlo a punta de constructos como el “interés”, la “voluntad” o el “sadismo” de unas cuantas personalidades. Es preciso desbordar la figura piramidal del poder, válida tal vez para su funcionamiento clásico pero definitivamente ajena al orden burgués y a la progresión geométrica del desarrollo capitalista. Menos preocupado por una continuidad histórica que suele configurar bloques irrestrictos, el poder moderno tratará de diseminar, en su horizonte geográfico, el mayor número de mecanismos de control. En vez de otorgarle prioridad a las grandes estrategias, lo que el poder moderno fomenta es el ejercicio simultáneo, en paralelo, de innumerables disciplinas.
Así, pues, los devenires, explícita o implícitamente contestatarios, suelen disfrazarse de incomprensión, de intransigencia o de radicalidad; de falta “a” la orden, o de falta “en” el orden; de pérdida de orientación, de dispersión del sentido, de errores u horrores. Sin embargo, no cabe un entendimiento rígido de tales ocurrencias, máxime si se considera que tales fuerzas operan al lado de otras líneas de fuga, constituyendo en esa asociación imprevisibles traiciones a las expectativas cifradas e, incluso a las ya convenidas modalidades de protesta: casilleros en los que el poder hospeda a las reacciones negativas. Hay una labor de contraespionaje, de robo, de bombardeo interno, de efecto en boomerang, de estrategia fatal, que permite a los lobos actuar como Caperucitas, a los guerreros como presas, y a los vengadores como párrocos. No es infrecuente que las potencias indómitas aparenten docilidad mientras maquinan su reacción, mientras apilan recursos y se hacen sedes de nuevos agenciamientos.




