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Retornemos al poder: conforme los sujetos ascienden de status o “maduran” sus cronologías, en la medida que “progresan” cultural y profesionalmente, suelen verse maniatados por la corrección y las “buenas formas”; tratando de “expresarse mejor” o de “aspirar a más”; portarse “a la altura de las circunstancias”; de “pensar” y “ser pensados” del modo más correcto. Es ahí donde la pragmática del habla abona el terreno para todas sus consignas, incluyendo entre éstas no sólo las órdenes explícitamente autoritarias, sino a todos y cada uno de los enunciados que nos remitan a las llamadas “obligaciones sociales”. Las consignas, debe recordarse, son reiterativas en más de un nivel y lo más contundente de su impacto no se liga directamente al orden de los contenidos que transmite, o de los supuestos valores que toma como referencia, sino al de los formatos en que se inscribe su manifestación. Sólo así se explica la obsesa frecuencia con que se les afirma y la exigencia performativa en que apoyan su acontecer (Deleuze y Guattari, 1988: 84-5). Por cierto, los denominados actos del habla podrían ser descompuestos en tres planos, de repente inextricables, aunque analíticamente distintos:
El acto como acción, implícitamente ligado a una reacción posible y necesaria. Manifestación que se conecta a un patrón de estímulos y respuestas inscritos en una secuencia reconocible.
El acto como actualización. Sintagma que quiebra la quietud paradigmática. Performance que, en su producción y dinámica singulares corrige e, incluso, desvirtúa la pura y virtual competencia.
El acto como actuación, valor que posiblemente englobe a los anteriores, en tanto se ve asistido por recursos ilocucionarios y convenciones comunicativas altamente ritualizadas. Haciendo pues abstracción de las imposturas recusables al destinador, de sus maldades e ingenuidades, toda actuación se afirma en la credibilidad despertada en el destinatario. Impacto perlocucionario que un contexto siempre cambiante, que una dicción más o menos precaria, provee.
A propósito de ello, Deleuze nos llama la atención sobre el abrumador peso que el hecho de pensar sobrelleva, sobre las pautas típicas que suelen regir su “correcto” funcionamiento. Tal trabajo se vincula, no lo olvidemos, con ciertos valores en los que “obligatoriamente” el pensar habrá de inspirar sus modalidades y propósitos. Groseramente sintetizadas, rememoremos esa suerte de mandamientos de la cognición occidental, taladrando precoces las lógicas del discurso. Desde el principio, por ejemplo, habrá que confiar ciegamente en la buena voluntad del pensador y en el respaldo que la hipotética transparencia de su pensamiento ha de significar; cercano a tales maniobras, el tan mentado sentido común reclamará un lugar, pues su carácter armónico y conciliatorio suele defendernos de los yerros pecaminosos que nos apartan del camino “correcto”. En fin, se nos obligará por encima de todo, a re-conocer lo real o, en términos menos diplomáticos, a despejar el panorama de entidades no clasificables; a desconfiar de factores que no se dejen subyugar; a coger con pinzas las dispersiones que nos remitan, alegres, al caos de la superficie (Deleuze y Parnet, 1980: 29-31).
Superadas así todas las trabas, concretadas todas las proezas, ascenderemos, cual héroe narratológico, hacia el cenit de la logosfera, escenario donde nos eseran los laureles de la verdad inmaculada. Emblema que ha de iluminarnos la testa por la lealtad mostrada ante el llamado principio de suavidad/producción/provecho (Foucault, 1976: 221).
Ante tales cercos y tamañas advertencias, en lugar de la resistencia pasiva o de la simple y pura huida, ambas paranoicamente afectadas por los encuadres graficados, será conveniente trazar líneas de fuga, desarrollar otras velocidades y aplicar diversos frenos. Tales tácticas supondrán trastornos moleculares que en su sigilo abran surcos en los continentes gramaticales, grietas en las secuencias sintácticas; transparencias en las significaciones impuestas. Debe comprenderse que de las ruinas de tal edificio, de sus escombros arqueológicos, otros personajes emergerán, otros jugadores saltarán al campo, otros actores se mostrarán en la tarima, no necesariamente marcados por binarismos opositivos, ni dotados de atributos jerárquicos.
En consecuencia, varios son los planos que reclaman ser considerados al cabo de las digresiones referidas:
• La pregunta en torno al límite entre lo correcto y lo incorrecto. Borde en el que subsiste, entre animales, el anomal de Deleuze y Guattari; frontera en la que emerge el analizador de Lapassade y Lourau; meandros en donde se aloja el desviante; dinámica que particulariza el perfil del outsider de Lovecraft.
• La pregunta sobre el umbral, en cuyo interior todo permanece bajo control e identificación, y cuya naturaleza va a verse alterada por la manifestación de un afecto cualquiera. Dado que los afectos se inscriben, pues, como efectos puros, como expresiones fugaces o indicadores incomprensibles resultará pertinente distinguir los grados de resquebrajamiento que éstos suscitan en un orden dado. Dicho de otro modo, se tratará de sopesar el recibo que el poder acusa ante el grado del daño infligido; ante los niveles de desterritorialización consumados.
• Tales criterios son los que gobiernan, por ejemplo, la polaridad subjetivo/objetivo; el par interno/externo; o el binomio racional/emocional. Sabiendo de la fuerza con que el poder inscribe esos binarismos; del cuidado con que los jerarquiza; reconociendo, en fin, la inversión masiva que en ellos se concreta, puede explicarse también todos sus afanes por evitar mezclas y mestizajes. En consecuencia, se podrá comprender también todo el escándalo que suele diseminarse ante la emergencia de cualquier desborde; la resistencia física o la rigidez ideológica, ante cualquier tipo de entrecruzamientos.
Manteniendo esas interrogantes abiertas, e incluso considerándolas como tareas a asumir en las líneas sucesivas, sólo agregaremos que será en esos territorios, a-paralelos, a-centrados, oblicuos, indefinidos o furtivos; y en medio de la dinámica que precipita su desprendimiento y acelera su reconstitución, que serán concebidas las minorías, los devenires menores, los usos menores de la lengua: co-incidencias de las que se ocupa este escrito. Es evidente que en los puntos enumerados arriba, que son otros tantos modos de decir lo mismo, subyace la cuestión del pensamiento externo (que Foucault toma de Blanchot y éste de Bataille), así como la del borde y del revés, temas determinantes para una topología orientada al advenimiento de los fenómenos catastróficos.
Por ejemplo, la cuestión del borde indeciso, de la frontera mutante, del derrumbe mismo de una lógica opositiva puede ilustrarse de modo inmejorable en algunos productos actuales de la televisión animada. Vemos como el Dr. Katz (Comedy Partners) muestra un flujo de imágenes que tornan inútiles las tradicionales brechas entre las esferas internas y las presiones externas; perceptos que desestiman las jerarquías sobre las que un sujeto supuestamente articulado ejerce su soberanía y control. Katz es un psicoanalista; es, por así decirlo, un ser de la escucha y del diálogo. Sus pacientes y su secretaria son recortados una y otra vez, en cada capítulo, en virtud del lugar, eventual o furtivo, que ocupan en el discurso; su único hijo y sus amigos más entrañables, entran y salen del cuadro, esgrimiendo puntos de vista y pugnando por imponer sus saberes. El fondo físico sobre el que se mueven los personajes suele ser fijo, suele permanecer inalterable, en blanco y negro; los cuerpos, en cambio, se adueñan del color y aparecen como dotados de una extraña y nerviosa movilidad. La zona de la divergencia es la que asiste, simultáneamente, a todas las convergencias. Se trata de la línea, inquieta y sugerente, que separa la silueta de unos cuerpos más o menos móviles, respecto a unos objetos indiferentes, a unos sets relativamente ajenos, instalados como presenciaausentes. Algo parece romperse, resquebrajarse, deslizarse de éstos cuerpos hacia esas otras cosas; algo parecen devolver también aquellos entes medioambientales. Así, pues, entre lo interno y lo externo habría una contigüidad sospechosa: falsa frontera burlada por un vaivén de líneas. Intermitencia de la expresividad. Permeabilidad de los afectos.
Sería preciso, entonces, que los intelectuales revisaran sus estrategias molares y la universalidad de sus concepciones: los abismos que cavan y los cercos que levantan. Cuestionar incluso la mecánica del doble mensaje que utilizan, mientras son utilizados por él. Mensaje que, por un lado, los hace procurar una distancia insalvable con el “mundo”; y establecer de retorno, acuerdos sospechosamente fáciles con las expectativas del “mercado”. He ahí la figura, tristemente célebre, de los denominados “fiadores de la cultura”, profesionales que, al opinar sobre comportamientos y modas imperantes, suelen conciliar los apetitos del sentido común con el refinamiento técnico de las jergas científicas. Bajo ese artificio los abanderados del saber consiguen saciar la curiosidad del lector, el radioyente o el televidente promedio al destilar una versión especialmente digerible en las mismas fauces de una masa ávida de confirmar las democráticas sospechas de siempre. Discordancia entre el ethos y el logos de la que los intelectuales suelen ser portavoces antes que combatientes; víctimas antes que denunciantes (Bourdieu, 1991: 431-32, 471-73, 479, 489, 494).
Sin embargo, no estará demás revisar la perfección de ese vaivén entre voces consagradas y mayorías en desventaja; sospechar de aquella armonía comunicativa que dice neutralizar las diferencias. He ahí los ecos de un paternalismo inequívocamente humanista resonando detrás de la advertencia de estilo, ésa que suele recordarse antes de salir al aire: “no olvide que está hablando para el gran público, le rogamos que...”. Vayamos pues a los indicadores: ¿Con qué espíritu, por ejemplo, se aborda el análisis del consumo de los video-juegos? ¿En nombre de qué principios el comportamiento de los asistentes a las discotecas o a los pubs es tildado de vandálico y antisocial? Una mirada desapasionada detectaría, sin mucho esfuerzo, reclamos airados, voces de alarma, moralismos y moralejas del más variado calibre.
Se nos recordará, en nombre del neoliberalismo y la libertad de expresión, que hay que respetar los matices y valores abstraídos en cada caso. Sin embargo lo sustancial de tales pronunciamientos es que siguen girando en torno a los mismos vicios retóricos; siguen acusando el escandaloso desgaste de las fórmulas sempiternas. Ello revela la imposibilidad manifestada por especialistas e intelectuales de ocupar otro lugar, de asumir otras funciones, de plantearse otras interrogantes (Foucault, 1973). Más puede, en todo caso, la ideología prejuiciosa que los habita y de cuyo desfase parecen no poder, ni querer, tomar conciencia.
Resulta, en todo caso, digno de mención que gran parte de lo dicho, escrito y/o mostrado sobre las modalidades de actuar entre jóvenes, esté comandado por el archiconocido trío frustración-regresión-agresión. Probablemente no sea éste el lugar para evocar las condiciones en medio de las que una psicología experimental, interesada en los comportamientos sociales, formalizó tal cadena en el laboratorio; ni el momento para esclarecer las razones que tornaron idónea la secuencia frustración-regresión-agresión como recurso descriptivo ante ciertos desajustes que el propio régimen capitalista imprimía en sus odas al rendimiento (Lacan, 1984 II: 239-44). Sin embargo, entre tanto desencanto tanato-lógico (estados policíacos, guerras frías, bélica informativa) y tanta euforia tecno-lógica (electrónica, virtual, interactiva) no podemos obviar cuánto las pontificadas verdades de la ciencia y el aura religiosa de la que se proveen han sufrido un inevitable crepúsculo.
Tal desorden dio lugar a “n” versiones, que al dispersarse entre las lenguas y combinarse en los más diversos cotos comunicacionales, confirmaron la línea de mira de Wittgenstein, quien imaginaba los lenguajes como juegos, como sistemas permutables, como conjuntos de reglas a respetar o a modificar (Wittgenstein, 1982). Sabemos que sobre tales entrecruzamientos y malentendidos poetizó tempranamente Baudelaire, y que el trabajo del genial Joyce consistió en una desbordante experimentación novelística en la que no sólo los acontecimientos se tornaban textos sino que fundamentalmente, los textos devenían acontecimientos. De tales desbordes se han nutrido, sin duda, gran parte de las variantes que la narrativa moderna ha mostrado en el siglo XX.
En consecuencia, y volviendo al imperio que ciertos dogmatismos reflejan a título evidentemente ingenuo, cabría señalar que el constante e indiscriminado uso de ciertos conceptos, devenidos lugares comunes, suele determinar severos equívocos en el afán de dar respuesta a lo actual mediante lo pretérito. Modo tradicional de operar sobre el fenómeno contemporáneo con las baterías de ayer. Adelantémonos a la réplica de rigor: ¿Caben acaso otras opciones? Nos parece que sí. De tal modo que en vez de creer-saber, inequívoca y orgullosamente, lo que se está mirando, podría mirarse con más humildad lo que se quiere-saber; tampoco estaría mal abandonar el oficio de vaticinador o profeta profesional, de legislador o párroco oficial, para procurar un compromiso que traicione las más caras tradiciones del saber intelectual. Estudiar la posibilidad de aproximarse, en vez de tomar distancia, pero también, y sobre todo, lo inverso: relajar el nexo con los axiomas que agobian, despegar las hipótesis que abruman, cancelar las amortizaciones con todos los acreedores de las inmutables macrohermenéuticas. Ser gitano en la propia tierra, extranjero en la lengua matriz, hacer tartamudear a la expresión: son los consejos de los filósofos de la diferencia. Esos pensadores suelen evocar también las instrucciones de Kafka: moverse en la cuerda floja, robar al bebé de su cuna (Deleuze y Guattari, 1977).
A continuación, y en el afán de acercarnos a la efervescencia citadina, a ese real ensordecedor del que los enciclopedismos huyen, se aludirá a un par de nociones que debemos a Lacan e implícitamente a Hegel, al sostener que los antifaces del deseo, de los que solemos resultar cómplices, requieren, para su emergencia, de un escenario, de un setting. Ese lugar sería, ya lo dijimos, la cotidianidad moderna, considerada incluso como (no)lugar del deseo (Lefebvre, 1972: 147-8). Dimensión inconsciente, entonces, en la que han de caber todas las paradojas e inconsistencias. Allí donde las oposiciones se alternan o diluyen; y donde, en buena cuenta, siguiendo la lección de Freud, no habrían exclusiones. En tal sentido se ha señalado que, desde el orden analítico, no hay más incongruencia que la del teórico exigiendo a la estética popular, funcionamientos y usos que le son ajenos; solicitando al orden coloquial recursos que no harían más que ordenar el desorden y, en el camino, tergiversar su dinámica (Bourdieu, 1991: 30 y 93). A propósito de la diferencia entre enunciados descriptivos y enunciados realizativos, Austin señalaba el error de la filosofía, y de la propia lingüística, al restringir el alcance de los enunciados, muchos de ellos sin sentido estricto según Kant, privando así del espacio analítico correspondiente a una serie de oraciones cuyo carácter no descriptivo es constante y evidente (Austin, 1971: 41-4).
Desde otra óptica Baudrillard, luego de poner en cuestión las propias nociones de lo social y de lo masivo, ha sustentado que la llamada pasividad del destinatario, lejos de ser una materia manipulable emerge como auténtica resistencia: ésta se nutriría de la saturación y la indiferencia, tantas veces criticadas, del anónimo colectivo (Baudrillard, 1985: 21-9, 36-41). Parece inevitable concluir que la famosa interactividad de fin de siglo ha tomado el relevo de las ilusiones participativas pretéritas: allí donde un fascinado Enzensberger atisba insospechados efectos democráticos (Baudrillard, 1974: 194-233).
Se torna entonces inminente recoger ciertos indicadores que la lengua, en su inquieta permanencia, en su abrupta deriva, plasma en los usos proverbiales. Nótese la evidente “despersonalización” del sujeto anónimo cuando muestra y esconde su expresión mediante frases del tipo: “Las personas no saben qué actitud tomar”, “Uno no es nadie para opinar”, “La gente tiene que optar por lo más práctico”, o más drásticamente “¿Y qué es lo que quieren que uno haga?”. Debe también destacarse la propagación del se (Lefebvre, 1972: 146, 152, 162-3, 193, 224). Se dice, se rumorea, se viene escuchando, a veces intercambiables por giros más íntimos y fórmulas más discretas como la que encierra un “me han contado”. Del lenguaje directo al lenguaje indirecto, del lenguaje simple y llano al metalenguaje, tales subterfugios certificarían la recurrencia del juego entre embragues y desembragues (Benveniste, 1971) que los sujetos del discurso operan. Así, pues, de un lado tales juegos colocan al usuario en la comodidad de un registro impersonal y, de otro lado, lo proveen de recursos siempre, y en algún grado, incorporables; expresiones fácilmente apropiables. Objetos todos de adherencias identificatorias indiscutibles, a pesar de su transitoriedad. No es casual que este orden de cosas se dé en una época en que se asiste a la superación de la antinomia, otrora homenajeada, entre individuo y sociedad. Que tal resquebrajamiento resulte paralelo al de la polaridad entre esferas públicas y recintos privados.
Hoy por hoy, cuando las entrevistas televisivas alcanzan su cresta más empinada y el intimismo que éstas procuran recrear se confunde con la intimidación propiamente dicha, nos encontraríamos ante lo que Baudrillard supo denominar porno-estéreo. En tales formatos los anonimatos no reconocibles y las autorías específicas se truecan una y otra vez; juegos dialógicos que entrevistadores y entrevistados procuran reproducir, mientras se accede a la cara anónima del personaje célebre, o al repentino y efímero, rostro notable del anónimo. Todo el mundo reconoce la abundancia y utilidad de giros coloquiales del tipo: tal vez, no sólo eso, de repente, nunca se sabe, ojalá, así pasa cuando sucede, y en la otra orilla los: desgraciadamente, para otra vez será, qué le vamos a hacer, habrá que esperar, no hubo suerte, como dispositivos que en su ritmo oscilante tienden puentes entre el escepticismo abúlico y la llamada esperanzadora. Tales indicadores revelan los fundamentos de un perfil estandarizado en el ciudadano medio, levantados ante la fantasmal verticalidad del poder, o ante los azares de una subsistencia hecha de crisis inflacionarias y desempleos súbitos.
Retrato existencial cuyos contornos se ven incesantemente recompuestos; plano en el que abundan los agujeros y las fisuras; terreno que supone camadas y estratos en permanente acomodo; concavidades sobre las que es necesario deslizarse; intersticios que es preciso salvar o, en los que es preciso perderse. Acontecimientos todos a los que se va habituando el cuerpo y el pensamiento; las sensibilidades y sus manifestaciones discursivas; el espíritu, y la letra que procura figurarla. Se danza, se torea, se engaña a la realidad; se le es, en fin, infiel. Ese trabajo supone un compromiso y ese compromiso ciertas artes: las de la subsistencia y de los artificios motores que lidian con lo inmediato. Contraataques que se inventan para debilitar a los imponderables de lo real, tácticas para asimilar el impacto que invade el horizonte de cada día. Modos de sortear, y en el extremo de alterar, un campo perceptivo quizás menos calmo y ortodoxo que el que de manera harto prolija, describiera la fenomenología (Merleau-Ponty, 1985).
Un aspecto a retener, a modo de conclusión tentativa, e incluso de advertencia: nadie se enfrenta solo ante tamañas carencias y no debe sorprender que diversas investigaciones desarrolladas en la línea cognitiva hayan demostrado que lo que valida la continuidad y cohesión grupales no se explica a partir del éxito alcanzado, del logro de una meta concreta, o de la recompensa material a la que una colectividad accede objetivamente. Contra todo pronóstico utilitarista, suele destacarse, en la experiencia y en la memoria grupal, el común enfrentamiento a la adversidad. Sesgo que supone la necesidad de despersonalizar el comportamiento y de encontrar, más allá de toda diferencia, semejanzas que contengan y fortalezcan la llamada endogrupalidad, las identidades grupales (Turner, 1990: 84-91). Si los intelectuales de la escena social o del horizonte humano se han encandilado ante la llamada solidaridad de los sectores populares y la han tornado románticamente sublime es porque, en gran medida, el etnocentrismo de sus razonamientos está demasiado ligado a la propiedad privada, a los tiempos mediatos y a los logros pecuniarios del denominado adulto-hombre-blanco (Deleuze y Guattari, 1988: 107, 291-2).
Sin embargo, y según nos recuerda una notable pluma mexicana, la miseria no hace a nadie mejor, sino más cruel (Fuentes, 1992: 384). Productos que corroboren tal afirmación los podemos encontrar en el neorrealismo italiano, y enseñanzas similares se desprenden del cine negro en Norteamérica. Sólo en las telenovelas, claro está, los indigentes se tornan benévolos y, para coronar la ficción, los sectores acomodados serán proclives a las discordias y los rencores: ¡Que viva la cenicienta! Joaozinho Trinta, consagrado coreógrafo de los carnavales cariocas, afirma que sólo un burgués se puede preguntar a qué se debe el énfasis con que multitud de gente humilde se compromete, con la mayor dedicación y perseverancia, en la preparación anual de los desfiles de verano. Sólo aquél que es estructuralmente ajeno a la problemática de las necesidades básicas concibe la existencia como inseparable de una cierta comodidad suntuaria; como programada en términos de medios y fines. No es casual que desde esas mismas capas se le reclame al pueblo capacidad para el ahorro, perspectivas a mediano plazo, previsión del futuro.




