El día que murió Kapuscinski

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—Pues ponte a la cola, tío. ¿Ves a toda esta gente? No van a Sarajevo por el puto Karadžić, ni a conseguir una exclusiva o ganar un Pulitzer. Van porque viene ella. Amanda es como Marilyn Monroe: un mito.
El convoy arrancó a las seis y media de la mañana, una hora más tarde de lo previsto, algo que no gustó a nadie, incluido el equipo de la cadena de televisión ABC causante del retraso. Todos los vehículos llevaban la palabra press, compuesta por tiras de cinta americana negra, en las puertas laterales y en el capó. Los de ABC optaron por resaltar su aristocrática diferencia: TV. En el blindado de Reuters viajaban un conductor local al que todos llamaban Elvis Presley, Hope, a su lado, y detrás Bris y Mayo, que se negó a ir en el vehículo asignado.
—Jamás me separo de Puta Esperanza. Es mi talismán.
Tras un tortuoso viaje por la ruta del Neretva, el río esmeralda, llegaron al barrio sarajevita de Ilidža, de mayoría serbia. Tuvieron suerte: los milicianos aún no estaban borrachos. Solo exigieron ver los papeles, una obsesión heredada del comunismo. Los de ABC News pagaron una mordida de cuatrocientos dólares para agilizar sus trámites y no quedar rezagados. Hope amonestó al productor:
—Pareces tonto, tío. La mitad de la mitad hubiese bastado. Así subes los putos precios y nos jodes a todos.
Dejaron atrás el control. Empezaba a escasear la luz solar. A Hope le dio mala espina. Mayo, que se había cambiado el asiento con Elvis, conducía deprisa. El resto del convoy lo seguía sin dejar espacio entre los vehículos. La medida de seguridad no estaba en la distancia, porque nadie iba a ser tan idiota de frenar, sino en no dejar ningún vehículo expuesto. Juntos tenían más posibilidades. Se escucharon disparos. Antes de que nadie pudiera determinar su procedencia, si iban contra ellos o eran un asunto entre trincheras, una ráfaga de AK-47 marcó la puerta y el cristal de Puta Esperanza. El vehículo tembló. Los ocupantes lanzaron un grito acompañado de menciones a la madre del tirador. Hope exigió más velocidad. Mayo respondió que iba a fondo.
—Si pinchamos no te pares, tío. Ni se te ocurra parar.
—Sé perfectamente lo que tengo que hacer, gilipollas —respondió él aferrado al volante.
El convoy entró en Sarajevo por el bulevar Meša Selimović, convertido en la avenida de los Francotiradores. Hope mandó entrar en Dobrinja, un barrio que servía de primera línea del frente a los defensores bosniacos, que es como les gusta llamarse a los bosnios que no son croatas ni serbios y no tienen por qué profesar la fe musulmana. Al otro lado de la pista de aterrizaje del aeropuerto estaban las posiciones serbias. Quería fotografiar sus calles al atardecer. Disimuló su deseo en la necesidad de evaluar los daños. Las balas también habían alcanzado al equipo de televisión. Todos estaban nerviosos y a salvo.
Mayo se acordó de Cabeza Rapada, el jefe de Recursos Humanos. Le gustaba recorrer el pasillo como un camorrista en busca de pelea: barbilla alta, mirada gélida, manos a la espalda y andar altanero. Se había negado a comprar un Land Rover blindado para sus reporteros y fotógrafos del periódico. Su argumento era económico:
—¿Y si nos lo roban?
—¿Y si nos matan? —replicó Mayo.
No aireó entonces la respuesta ni pensó en hacerlo ahora, aprovechándose del incidente. Desconocía cuál era la fuerza del director, su respaldo entre los accionistas que habían entrado en la propiedad del diario tras su salida a Bolsa. Sabía que Barnard acababa de cumplir sesenta y cuatro años y había comunicado al consejo de administración que no tenía intención de retirarse. «La jubilación es un derecho, no una obligación», decía. Estaba al tanto de la existencia de dos grupos que se disputaban la sucesión. El principal lo lideraba Freddie John Mae, subdirector de Información. Lo llamaban el clan de Los Mariachis, por su afición a la comida mexicana, entre otras cosas.
A Mayo no le gustaba Freddie John porque conspiraba contra Barnard y hablaba mal de la redacción. Había sido un buen redactor jefe, un tipo divertido a quien se le avinagró el carácter según ascendía y acariciaba el sueño de ser director. De mediana estatura, pelo ralo, ojos saltones, camisa blanca y trajes a medida, solo se permitía un toque de atrevimiento en los tirantes. Jamás en su vida profesional había pisado la calle ni escrito un reportaje. Nunca había sido corresponsal ni enviado especial. Lo suyo eran las moquetas, los editoriales y los sermones. Fue el responsable de convertir un diario de prestigio en The Nothingness, nombre irónico inventado por Roberto Mayo. Tenía como adlátere a Josef Mengele, gafas sin patillas, pelo engominado hacia atrás y bigotito nazi, a quien el boliviano consideraba un comepollas preventivo, un delator, siempre del lado del poder, de cualquier poder. Su repulsión mutua era química, física e ideológica. Mayo no soportaba su mezquindad; él, que fuera el inventor de su mote.
Al otro bando le decían Los Rusos porque estaba liderado por el corresponsal en Moscú, Max Blind, un tipo honesto que hacía honor a su apellido. Eran menos numerosos y carecían de la malicia necesaria para asaltar el poder. Mayo estaba seguro de que el asunto del blindado no había llegado a oídos de Barnard, que lo habrían resuelto entre Cabeza Rapada, Freddie John y Mengele. Había más peligro en la redacción que en Sarajevo.
El convoy se movía despacio por Dobrinja, protegido por lo que quedaba en pie de unos edificios derruidos por la artillería enemiga. Mayo escudriñaba cada detalle como si llevara instalada una cámara en el cerebro. En las paradas escribía palabras clave en una libreta abierta sobre la pierna derecha. Le ayudaban a fijar lo observado: Niños que juegan. Casas sin ventanas. Perros solitarios. Ropa colgada. Gente delgada. Traje de novia sin novia. Lo garabateado resultaba ilegible debido a la posición forzada debajo del volante y a su letra endiablada. Nunca se preocupaba en descifrarla, porque lo escrito quedaba duplicado en su cerebro. Su estilo demandaba descripciones precisas. Narraba la realidad ayudándose de las herramientas de la ficción. En eso era un verdadero cronista latinoamericano.
Sentada detrás de él, Bris sostenía la cámara pegada a la mejilla, el dedo en el disparador mientras su ojo rastreaba imágenes en el visor. Era una cazadora en espera de la décima de segundo que explica una historia extraordinaria, o una guerra. Así sucede en la foto del miliciano de Robert Capa en Cerro Muriano, o en la del soldado que sujeta a un compañero muerto en Vietnam tomada por Catherine Leroy, o en las de Dorothea Lange durante la Gran Depresión. Aunque le atraía la fuerza narrativa de Capa, su descaro y el hecho de ser húngaro como sus padres, ella prefería a su compañera Gerda Taro, la impulsora del mito que murió aplastada en julio de 1937 por un carro de combate en el frente de Brunete, a las afueras de Madrid. Tenía veintisiete años, cinco más que ella, y una vida por vivir. También le gustaba Martha Gellhorn, pese a no ser fotógrafa. Fue quien puso en su sitio a Ernest Hemingway.
Observó a Mayo, una mano en el volante, la otra aferrada al cambio y con un bolígrafo entre los dedos. No se parecía al autor de Por quién doblan las campanas —«es más bajo, grueso y moreno», se dijo, «y más humano»—, pero había algo en él que lo emparentaba con el escritor. «Quizá sea un seductor profesional o un misógino. Sabe que tiene una mirada que desarma. Habrá que estar alerta, es de los peligrosos. Soy demasiado joven como para que la vida me vuelva a dañar.» Fue pensar en la palabra prohibida y empezar a desbordarse la emoción. Alzó la cámara simulando una foto, en espera de que las lágrimas emprendieran la retirada.
El convoy dejó atrás Dobrinja y a una chiquillería que agitaba las manos. Pasó delante del edificio de la televisión y de los restos calcinados de un tranvía. No había nadie en la avenida de los Francotiradores.
Amanda Bris pensó en la muerte: «Entramos en una ciudad asediada por el odio tribal convencidos de que somos indestructibles. Nos creemos portadores de un derecho de pernada. Llegamos, preguntamos, fotografiamos, filmamos y escribimos, y días después regresamos a nuestro mundo feliz como si nada hubiera pasado. Sigo conmovida por la muerte de Jimmy Dixon. Solo han transcurrido dos meses, y parece que me ha dado tiempo a vivir una vida entera sin él. La metralla de la granada que lo mató me dejó viva. Él detuvo todos los fragmentos con su cuerpo, sin dejar pasar una sola esquirla que pudiera dañarme. Al caer se giró, no por el dolor o la sorpresa de la muerte, sino para comprobar que yo estaba bien. Lo sé porque me sonrió». Nunca hablaba de él delante de los demás. La excepción era Julian Fox, delegado de Associated Press en Bosnia, que aquel día caminaba unos metros delante de ellos protegido por un chaleco antibalas de última generación, y por la suerte.
«Él sostiene que ese recuerdo no es real, que Dixon estaba muerto antes de caer desplomado al suelo. Me resulta difícil compartir las cosas que siento con quienes jamás podrán entenderlas; ni siquiera Fox, que es un buenazo. Dixon era maravilloso, un excelente fotógrafo que apenas tuvo tiempo de demostrarlo. Fue él quien me regaló esta cámara y los objetivos, quien me arrastró a mi primer Sarajevo en marzo. “Tienes que venir conmigo, se va a montar una buena”, dijo. “Si pretendes ser fotógrafa de guerra tienes que estar en ella antes de que estalle.” Recuerdo su cuerpo desnudo sobre una camilla verde y sucia en la morgue. Tenía agujeros en el pecho, en el vientre y en las piernas. Acerqué mis labios a su oído y susurré: “Gracias por salvarme la vida, Jimmy Dixon. Te querré siempre”. No sé si los muertos escuchan las palabras de los vivos. Se las decía y me las decía: “Gracias por salvarme la vida, gracias por quererme tanto, gracias por cuidarme y amarme”. Estaba junto a los cuerpos de unos jóvenes bosniacos a quienes sería exagerado llamar soldados. Había sangre en el suelo y en los pomos de las puertas. Los dos únicos forenses que quedaban en la ciudad apenas tenían tiempo de lavarse las manos entre cadáver y cadáver. Al entrar en esa sala del hospital, y verlo tan pálido e inerte, recordé la frase de Capa. Las lágrimas no podían impedirme tomar la foto. Enfoqué y disparé: clic, clic, clic. Hasta treinta y seis veces, el carrete entero. Fue Fox quien me ayudó a bajar la cámara. Tomó mis manos entre las suyas y me abrazó. Lloré sin voz como no he llorado desde la muerte de mi padre en accidente de tráfico. Yo tenía ocho años; mi madre, treinta y seis. Ante Jimmy Dixon tomé la decisión de no volver a enamorarme de un periodista de guerra, y no voy a permitir que ningún Hemingway de pacotilla venga a arruinarme la vida.»
En el aparcamiento del hotel Holiday Inn, Puta Esperanza bajó del vehículo de un brinco, besó el suelo como si fuera Karol Wojtyla y dijo algo incomprensible que parecía polaco. Al menos arrancó una carcajada al grupo.
«Necesito una habitación lejos de este tío. Quizá estoy siendo injusta anticipando lo que no ha intentado. Tal vez pertenezca a esa minoría de hombres capaces de no pensar con la polla.» Se hizo la distraída hasta que escuchó los números asignados a Mayo y Hope en el cuarto piso. Antes de que pudiera pedir su habitación, oyó gritar su nombre. Era Fox, que corría hacia ella con los brazos abiertos. Le pareció percibir en el boliviano una mueca de decepción. «Vaya, otro capullo que solo piensa en tetas y culos», se dijo.
—¡Qué alegría verte otra vez en Sarajevo! ¡Me encanta que hayas vuelto! Hemos alquilado una casa detrás de la calle Džidžikovac. Estamos solo los de la agencia. Ahí trabajamos, dormimos y comemos. Te ofrezco una habitación doble y aseo compartido con Anja Konnen, nuestra productora. Te caerá bien. Seguro que os hacéis amigas. Este hotel está en manos de la mafia de Yuka. No nos fiamos del director. Solo uso el parking, y porque no tengo otro remedio. Aún no he podido sacar el Golf rojo. ¿Lo recuerdas?
Fox era guapo, inteligente e inofensivo, solo pensaba en trabajar. Encontró otras dos ventajas en la propuesta: esquivar a Mayo y ahorrarse el hotel. Y un inconveniente. Estar entre los mejores fotógrafos de una de las mejores agencias de prensa no le iba a ayudar a hacerse un nombre.
—Te contrato como local: cien dólares diarios durante diez días. Comida y cama gratis. Si me das tres fotos de las buenas, te amplío a un mes.
—Eres generoso, querido Julian. Acepto una semana, pero nada de prórrogas. Necesito volar.
Agosto de 1992 fue uno de los peores meses del cerco de Sarajevo. El bombardeo era constante desde Kovačići y Debelo Brdo, en el monte Trebević, y desde Nedarici, Lukavica y Vraca, en el sur. Los sitiadores disponían de trescientas piezas de artillería, sesenta carros de combate y diez mil hombres. Estaban furiosos por haber fracasado en su objetivo de partir Sarajevo y confinar a la población bosniaca, los «turcos», en la zona vieja. Los peores días de uno de los peores meses fueron el 25 y el 26. Cayeron más de setecientas bombas. Algunas impactaron en la Biblioteca Nacional. Las imágenes de su incendio se convirtieron en un símbolo de la barbarie. Decenas de sarajevitas se jugaron la vida en un intento desesperado por rescatar su memoria escrita.
Días después, extinguido el fuego, en medio de la desolación, la ceniza y la rabia, el celista Vedran Smailović interpretó el Adagio de Albinoni entre las ruinas de la biblioteca. Había empezado a tocar tres meses antes, como homenaje a los veintidós asesinados que aguardaban turno ante una panadería. Aquella matanza fue la primera de otras masacres: la de la cola del agua, la de la cola del tabaco, la de los niños que juegan. Mayo y Hope pasaron varias noches en el sótano del número 25 de Vase Miskina. El edificio era un Sarajevo vertical en el que vivían ocho familias: dos serbias, dos croatas, tres bosniacas y una octava que se declaraba yugoslava. Fue un buen reportaje.
Amanda Bris logró tres fotografías extraordinarias: gente a la carrera cerca de la calle Obala Kulina Bana, cuyos edificios eran de los más expuestos; mujeres cruzando un puente sobre el río Miljacka, del que solo quedaba su estructura de hierro; y niños que jugaban a ser niños en unos columpios herrumbrosos. Captó sus expresiones en el instante de una explosión cercana. La imagen estaba movida, un efecto que añadía dramatismo.
Tras cumplir lo pactado, y ganarse setecientos dólares, empezó a pensar en un trabajo que fuera más allá de una foto. Entró en el bar Ragusa, situado en un recoveco de la avenida Marsala Tita, un lugar a salvo de las explosiones, pidió una cerveza, saludó al equipo de ABC News y se acomodó en una mesa apartada. A los pocos minutos se acercó una mujer enjuta, de rostro curtido y ojos pequeños. Amanda tuvo tres certezas: es periodista, es estadounidense y se va a sentar en mi mesa.
—¿Te importa?
—En absoluto.
—Supongo que eres fotógrafa. Lo digo por la cámara.
—Trabajo para serlo.
—¿Tu primer viaje a Sarajevo?
—El tercero.
—Quizá he empezado mal. Lo vuelvo a intentar: me llamo Barbara Donadio y trabajo en The Philadelphia Inquirer. Me gustaría saber qué haces. Pareces muy joven, pero eso, en un sitio como este, es una virtud. Significa que tienes coraje.
Amanda le contó sus dos viajes, dónde había publicado, su trabajo en Associated Press, y que una de sus fotos, la de los niños del columpio, había sido portada de The New York Times. También le dijo que estaba en fase de aprendizaje. Prefirió no hablar de la muerte de Jimmy Dixon.
—No llevo ni un año como fotógrafa profesional. Mi aspiración es cambiar el mundo.
—Es un objetivo ambicioso, sin duda.
—Al menos que nadie pueda decir que no lo sabía.
—Eso se acerca más a nuestro trabajo, Amanda. Cambiar el mundo es un asunto que le corresponde a la sociedad.
A Donadio le gustaron sus ojos. «Una mujer así tiene que saber mirar», se dijo. Conocía la foto de los columpios. Estaba informada de quién era Amanda Bris. Fox se la había recomendado: «Perdió a su pareja en junio, y aquí está de vuelta. Tiene ovarios y sensibilidad. Es lo que necesitas».
—Me gustaría narrar la vida de los habitantes de una calle, su día a día dentro y fuera de sus casas. Saber cómo funcionan las tiendas que siguen abiertas, cómo son los trabajos de aquellos que los conservan, u otros nuevos relacionados con la guerra. Quiero narrar sus temores y esperanzas. Son seis manzanas, unas doscientas cuarenta personas. Saber si en ese microcosmos las parejas se casan, si follan, si nacen niños. La calle se llama Logavina. El plan es publicar una serie a doble página en siete días consecutivos. Tendrías que aportar ocho fotografías por capítulo, de las que se publicarían tres o cuatro. Es mejor enviar de más, así los jefes sienten que mandan. En el primer día seremos portada. Por esa foto pagarán el doble. Calcula unos siete mil dólares, quizá más.
—Me gusta, parece un buen plan. Necesitaría un par de días para ganarme a las personas, que me vean sin la cámara levantada, que se acostumbren a mi presencia. Alguien cercano me enseñó que es importante que perciban el respeto. Las personas que se sienten respetadas se abren más.
La serie fue un éxito, lanzó a Amanda Bris como fotógrafa de guerra. El mayor elogio llegó de James Nachtwey, su gran referente junto con Sebastião Salgado: «Bris tiene alma, reconocería sus fotos entre una pila de imágenes». La tarde anterior de su regreso a Londres, Amanda vio a Roberto Mayo en el Ragusa, donde desgranaba batallitas ante un público embelesado. Al verla, enmudeció. Tras darle dos besos y apretarla contra su pecho dijo:
—Me tenías preocupado. ¿Dónde te has metido?
—He estado trabajando. Supongo que como vosotros.
Salieron de la ciudad por carretera en un blindado de la BBC, desandando el camino de ida: Ilidža, Kiseljak, Konjic, Jablanica, Mostar, Split. Cenaron en Boban, el restaurante de un amigo de Tobias que se declaraba austrohúngaro. Servían un pescado tan fresco que el cliente elegía la pieza viva antes de que la cocinaran. A Bris le pareció un detalle de mal gusto. Durmieron en habitaciones separadas en el hotel Split. Antes del amanecer estaban en la carretera. Había que devolver el coche en Trieste.
Amanda iba sola en el asiento trasero. Se situó a la izquierda para ver las islas y el mar. Bajó unos centímetros el cristal; necesitaba oler y sentir la brisa. Mayo puso música. Parecía árabe, un desafío en la zona croata y católica por la que transitaban. Hope parecía dirigir una orquesta. Nadie habló en casi siete horas de viaje, más allá de las palabras urgentes, «necesito mear», «¿comemos algo?» o «quiero un puto café».
4. Beirut, 1983-1985
La explosión fue tan fuerte que durante unos segundos no supo si estaba vivo o muerto, si la nube de yeso y polvo que lo envolvía era parte del paraíso o del infierno. Puta Esperanza tenía la boca y los ojos muy abiertos, como si se le hubiera congelado el grito de Munch. Vio a Mayo en el suelo, tapado por las tablas de una estantería. A la derecha distinguió un cuerpo doblado contra la pared. A la izquierda le pareció reconocer a dos de los más reputados periodistas británicos que pisaban Beirut en aquellos años. Se sentía aturdido, incapaz de recordar sus nombres. Una mujer movía los brazos detrás de la nevera reventada por la metralla; a sus pies crecía un charco de leche y agua. «Estamos muertos —pensó—. ¡Mierda! Si aún no he cumplido treinta años». Se miró las manos e intentó acercárselas a la cara. Buscó sus piernas, trató de moverlas. Había perdido el control de sí mismo, nada le obedecía. Sacó la punta de la lengua y recorrió sus labios en busca de algo salado, fuera sangre o sudor. Miró a través del agujero de la pared, donde antes había una ventana, cristales, cortinas y un retrato de Ernesto Che Guevara. Ni siquiera era capaz de escuchar el ruido de la guerra. Sintió la brisa del Mediterráneo, o tal vez se la imaginó. Siempre le había gustado el mar, una querencia infantil. Lo conectaba a Saint-Malo y a la abuela materna. Empezó a fluir la película de su vida. Le pareció confusa, sin lógica narrativa. «¡Pero qué basura es esta! —se dijo enfadado—. ¿Cómo es posible que lo sucedido en 1982 me llegue antes que mi infancia?». Vio las expresiones de los asesinados en Sabra y Chatila antes que las de los muertos de Vietnam. Le desconcertó la falta de cronología. «¡Qué idiota! No vendí una puta foto. Fue un viaje ruinoso», se dijo. «Quería ir a una guerra, saber qué se sentía. Buscaba respuestas, descubrir si iba a ser mejor persona que el cabrón de mi padre. Ese ha sido mi camino: huir de la posibilidad de ser como él. No he sabido regresar a tiempo para ser yo mismo y alcanzar la paz. Soy un yonqui de la desgracia ajena, un puto mirón. Y ahora estoy aquí, sentado en el suelo de una oficina de prensa, en el séptimo piso de un edificio de Beirut, hablando solo sobre una película de mi vida que se mueve a saltos y en la que no entiendo un puto carajo. Quizá esto sea el resumen de mi existencia, y todo haya sido así de incoherente y superficial. ¡Pobre madre! No le agradecí lo suficiente lo que hizo por mí durante su vida. Ahora que no sé si estoy vivo o muerto no me apetece pensar en el hijo de puta que nos pegaba al llegar borracho a casa. Así fue siempre, sin que importara la edad. Hice bien en enfrentarle a los diecisiete, harto de humillaciones. Lo recuerdo bien. Fue en el vestíbulo. No hubo saludos ni amenazas. Lo miré a los ojos como si fuera un duelo. En los suyos brillaba el odio. Tenía los brazos caídos, sueltos, como si estuvieran preparados para lanzarse sobre las cartucheras y desenvainar las pistolas. Al percibir el movimiento de un músculo en su cara me adelanté a su golpe. Fue un directo de derecha en la nariz. Antes de que pudiera reaccionar le crucé un croché de izquierda a la sien, y otro más con la derecha en la boca. Siempre me gustó el boxeo. Era mi forma de sentirme capaz. Disfrutaba del descaro de Mohamed Ali, imitaba su dribling. Al caer se golpeó en el baúl en el que guardábamos las botas y los zapatos. Un líquido tan oscuro como su alma empezó a brotar detrás de sus orejas. Intentó incorporarse. Parecía un sonado, emitió un gemido y se desplomó. Mi madre me abrazó. Así permanecimos hasta que estuvimos seguros de que seguía vivo. Llamó a la policía primero y a una ambulancia después. Les dijimos la verdad callada durante tantos años. Pero ¿qué hago pensando en estas cosas? ¿Será que ya estoy en el puto Juicio Final? Me declararon inocente en el juicio terrenal que siguió. El juez dictaminó que había actuado en defensa propia. A él le impusieron una orden de alejamiento de ocho años, pero no fue a la cárcel. Me pareció una puta burla. Al salir del tribunal le dije: “Te cortaré los putos huevos si te acercas a mi madre”. No sé de dónde saqué la idea, supongo que de alguna película. Días antes de cumplir la mayoría de edad viajé a Vietnam. Necesitaba probarme. Mi madre me animó. “Ve, hijo, yo estaré bien, tengo familia en París.” Me cambié el apellido en Saigón. Sentía repugnancia de ser hijo de un maltratador. Fue una ruptura categórica. Tenía que desinfectarme de su genética. Elegí Hope, como si fuera un lema y un objetivo. Mi madre murió tres días después de mi regreso. Parecía que me estaba esperando para despedirse. Después de mi partida, ella tuvo dolores en el abdomen. Pensó que era debido a las emociones de los últimos meses. Los médicos le diagnosticaron un cáncer de estómago y metástasis en el hígado y en el páncreas. Le dieron tres meses de vida. No quiso estropearme el viaje. El nombre de la enfermedad podía ser cáncer, pero lo que la alimentaba eran el dolor y las humillaciones. Me acerqué a los bares que él frecuentaba. “Mi madre ha muerto. Decidle al hijo de puta de mi padre que la orden de alejamiento sigue vigente. No quiero verlo en el cementerio.” No apareció. Ni siquiera sé si vive.»
A Tobias le invadió una tristeza profunda. Nunca creyó en los cuentos de la religión, pero ahora que estaba a punto de partir, si es que no lo había hecho ya, sintió pánico de acabar junto a su padre. «¿Me condenarán por esto al puto fuego eterno? ¡Es injusto! He sido un monógamo consecutivo, no fumo, no tomo drogas, apenas bebo, y si lo hago es por culpa de Mayo», pensó como proyecto de defensa celestial. Dejó escapar una carcajada seguida de toses que le parecieron parte del sueño. Vio acercarse una botella de agua, y detrás de ella, los dedos, las manos, los brazos y el cuerpo de Delphine Thitges, productora de la agencia France-Presse.



