Mal que sí dura cien años

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65Gilberto Loaiza Cano, “El recurso biográfico”, Revista Historia Crítica, n.° 27. www.lablaa.org/blaavirtual/revistas/rhcritica/27/elrecurso.htm. Para una aproximación más profunda de los fundamentos teóricos sobre la biografía, véase la introducción del libro de Loaiza Cano, Manuel Ancízar y su época.
66Ibíd.
La degenerada raza y el dispositivo de la conferencia
César Augusto Ayala Diago
Departamento de Historia
Universidad Nacional de Colombia
En tiempos de pandemia. A cien años de las conferencias sobre la degeneración de la raza colombiana.
Bogotá, junio-julio de 2020
Introducción
Entre mayo y julio de 1920, los estudiantes bogotanos convocaron a los médicos colombianos, quienes hacían ciencia, a debatir sobre una tesis del médico Miguel Jiménez López acerca de la degeneración de la raza colombiana. Escogieron el Teatro Municipal y hacia allá se desplazó todo el mundo al goce de escuchar, los viernes en la noche, que estábamos muy mal y que, si no se higienizaba el país y si no se lo curaba, era muy posible que los colombianos se esfumaran. Apenas se salía de la pandemia de la gripa española y ya Colombia estaba anegada de fiebre tifoidea, sífilis, uncinariasis, tuberculosis, lepra, anemia tropical, bocio, alcoholismo, imbecilidad, raquitismo, cretinismo y paludismo. Bien dichas las cosas, los sobrevivientes de entonces lo eran más de las enfermedades que de las guerras civiles.
Un excelente conjunto de sensibles médicos, entre ellos, Calixto Torres, Jorge Bejarano y Luis López de Mesa, se unieron a destacados hombres maduros en los afanes políticos, como el pedagogo Simón Araújo y el general Lucas Caballero, y juntos consiguieron impregnar de ansia médica la agenda política de entonces. Los diarios El Tiempo y El Espectador apoyaban e impulsaban esa agenda.
Las conferencias —iniciativa estudiantil— pusieron la salubridad en la vanguardia de las reivindicaciones sociales de entonces, y de esa noble actividad emergió y partió el poco estado de bienestar que logró construirse y desarrollarse hasta finales del siglo XX.
Cien años después, Colombia cayó en pandemia, y al sistema de salud que conservadores y liberales construyeron para que el desarrollo capitalista tuviera gente sana lo devoró el neoliberalismo. Ni hospitales, ni médicos, ni medicina sobrevivieron ilesos a la economía de mercado.
Al despegue del capitalismo nacional en la década de 1920 correspondió una preocupación de los intelectuales por la salud de la gente. Al desarrollo material de la sociedad debería corresponder un avance en el mejoramiento de las condiciones de vida. El suelo en el que se desarrollaría la nueva materialidad económica debería pasar por un proceso de higienización, de tal manera que se produjo también una serie de transferencias de la medicina a la política, de la política a la medicina y de estas a la economía, a la cultura y a la sociedad1.
No abordamos una temática nueva; al contrario, mucho se ha escrito al respecto y es destacable en Colombia el avance de la historia de la ciencia. Se retoma el debate de la degeneración de la raza2 ocurrido hace un siglo con el propósito de entender la preocupación que hubo en este país por la salud, motivado por la desatención hacia ella en el tránsito de la Colombia letrada a la Colombia neoliberal que impera en la actualidad. El dispositivo que se utilizó para el debate fue la conferencia pública, que se realizaba no en la universidad, sino en los grandes espacios públicos con los que contaba Bogotá, en particular el Teatro Municipal, el foyer del Teatro Colón y el Salón Samper. A poco andar, la conferencia se fue expandiendo hasta constituirse en la fórmula por excelencia que enriqueció la lucha política contra la hegemonía conservadora. Las conferencias, no solo las de la degeneración racial de 1920, coadyuvaron a su caída. Y se debe a los estudiantes, a su organización gremial y a su energía, la idea y desarrollo de aquellas. Iniciativa que compartieron los diarios El Tiempo y El Espectador, los cuales fueron utilizados por sus editores para posicionar sus concepciones republicanas con las que esperaban nutrir ideológicamente el movimiento contra los conservadores. El espíritu del republicanismo remanente del gobierno de Carlos E. Restrepo (1910-1914) contribuyó, sin duda, al éxito. La clase política que dirigiría en la década siguiente no se fogueó en la plaza pública como las que vendrían, sino en los periódicos, en las revistas y, sobre todo, en las conferencias, que lograron, además, salir de la capital de la república hacia la provincia cercana y remota.
Lo nuevo de la retoma de las conferencias es la demostración de su funcionalidad más allá de los contenidos científicos y polémicos que tuvieron. Las pensamos esta vez como punto de encuentro entre la generación del centenario y la de Los Nuevos, como coincidencia de los intereses de los ideólogos del republicanismo y la emergente juventud y como la conciencia que tuvo una y otra generación sobre la necesidad de trabajar mancomunadamente.
Dos colectivos juveniles animaban el mundo de las conferencias: el de la Federación de Estudiantes, máximos organizadores de las intervenciones de fondo sobre la degeneración racial, y el grupo Centro de Extensión Universitaria (CEU), dirigido por el joven Jorge Eliécer Gaitán, que siguiendo la temática central de la raza, se interesó por llegar a sectores populares de la población como los obreros, funcionarios y ciudadanos “de abajo”, a las gentes de pueblos cercanos y remotos. Le interesaba la vulgarización de la ciencia, ante todo. Culminado el ciclo de las grandes conferencias sobre la degeneración de la raza colombiana, la federación estudiantil se dedicó a sus actividades organizacionales y de compromiso; el CEU, en cambio, continuó animando las conferencias como dispositivo para llegar a los colombianos, como si sus ponentes configuraran una especie de farándula. Este grupo, además, se encargó de trasladar la fiesta universitaria a la provincia.
1. Las conferencias y la depuración de la futura clase política
Conforme avanzaba el primer año de la década de 1920, emergió y se posicionó la temática estudiantil, y con ella se popularizó la conferencia, mediante la cual adquirió visibilidad el tremendo problema de la higienización del país. Las juventudes de procedencia liberal echaron mano del republicanismo, aún existente, para expresarse. Este era, para ellas, más versátil que el liberalismo manejado entonces con la mano firme del general Benjamín Herrera.
Para dirigentes estudiantiles como Germán Arciniegas, el republicanismo era lo mejor que había, el único que planteaba reformas definitivas, que encarnaba la aspiración renovadora en Colombia. En una carta a su amigo mejicano, el poeta Carlos Pellicer, escribía:
Para mí tengo que del liberalismo no hay sino una sombra ya bien macabra que no se adapta a nuestra juventud. Ni tiene hombres que valgan, pues casi todos los jefes se han vendido y fueron otrora rateros en gobiernos de ingrata memoria. Los programas liberales son los de hace medio siglo.3
Desde muy temprano, en la década de 1920, se posicionó la conferencia como dispositivo que permite la formación de un público nuevo4. No solo se trataba de la conformación de un público para los efectos de la propaganda política, sino también, para la propaganda científica. Época fue de meter a la polémica política la cuestión sanitaria; de hacer de los problemas sanitarios problemas políticos. Los últimos años de la década, en pleno derrumbe de la hegemonía, la conferencia estaba en su esplendor. Es ella la que ha dado origen en Colombia a la cátedra libre; es la calle, y con ella los espacios de reunión, los lugares de la resistencia. El Teatro Municipal, el Gimnasio Moderno, el Teatro Colón, el Salón Samper y las tertulias en los diarios reciben a los jóvenes encopetados que se abren espacio.
Fueron los estudiantes por medio de sus organizaciones quienes se inventaron (o reinventaron) la conferencia; fueron ellos los convocantes. Gracias a las conferencias se estableció un diálogo intergeneracional. Fue la oportunidad de los viejos para compartir sus experiencias, de los jóvenes para escuchar a los viejos y asaltar los espacios públicos con sus voces y sus reivindicaciones. Era, además, el punto de contacto entre el recién egresado y quienes continuaban en las aulas. En la conferencia, además, se aprendía a comunicar, se aprendía de los superiores. Los invitados tenían el don de la palabra, el arte del buen decir, de la amenidad y el hacer de la comunicación científica un goce. Así lo planteaba el joven Gaitán respecto de uno de sus invitados:
[…] pocos los que como él reúnen el ideal de un verdadero pedagogo: llevar hasta los más áridos conocimientos por un camino de deliciosa amenidad. Oír a Julio Manrique no solo es adquirir un fuerte caudal de conocimientos, sino pasar un rato de íntimo goce, de exquisito placer.5
Los estudiantes no eran los únicos en percibir que el principal problema de la época era el de la salubridad. El diario El Tiempo había montado toda una campaña, y a los implicados en la cruzada de higienización, la Dirección Nacional de Higiene6, la oficina de higiene y salubridad municipal, la Junta de saneamiento, la Junta de socorro, las sociedades de beneficencia, el concejo municipal, etc., les prestaba su apoyo. Y ahora se sumaba el dinamismo estudiantil que había entendido que sobrevivir a las enfermedades del trópico, combatir las enfermedades infectocontagiosas y sobre todo superar el pesimismo ante el futuro era urgente.
Bogotá, la capital de la república, era una ciudad malsana. Se hablaba de los cuatro jinetes del apocalipsis: la anemia, la tisis, la sífilis y la lepra. La ciudad estaba infectada de tifoidea y disentería al comenzar la década de 1920. Estas enfermedades infectocontagiosas tenían su origen en el agua contaminada que consumían sus habitantes. Apenas medio alcanzaban los presupuestos para desinfectar el acueducto con cloro líquido, cuya consecución y logro era dispendioso y caro. Era, además, una ciudad llena de basura. Para resolver el problema se dio paso a la incineración. En el Concejo de Bogotá, en junio de 1920, avanzaba la discusión de un proyecto de acuerdo mediante el cual se disponía de la canalización inmediata de los ríos San Francisco y San Agustín, y la construcción de hornos de cremación de basuras7.
Justo en 1920 empezó el combate oficial contra la comercialización de la chicha. A la larga no era en contra de la chicha la persecución —porque bien elaborada podía competir con la buena cerveza—, era en contra de la mala fabricación, que la convertía en una bebida nociva para la salud. La persecución cobijó también a la maizola, que le competía.
Y como siempre, la salvación vendría de arriba. En el tren de la tarde del 3 de junio de 1920 arribó a Bogotá F. E. Miller, médico norteamericano enviado por la Fundación Rockefeller a dirigir una campaña contra la anemia tropical. Según el contrato celebrado con el gobierno colombiano, permanecería en el país cinco años dirigiendo y organizando la campaña. Así presentó El Tiempo al ilustre recién llegado:
Trae el doctor Miller la representación del más generoso centro humanitario del mundo y viene, sin que su trabajo cueste un centavo a la República, en una misión absolutamente desinteresada, a traernos el concurso de su saber y el apoyo de la poderosa institución que representa, y tiene derecho, no solo a nuestra gratitud, sino sobre todo a nuestro apoyo decidido; viene a ayudarnos a combatir uno de los más graves males, a librarnos del tremendo flagelo.8
Existía, por un lado, la Federación de Estudiantes, que lideraba las convocatorias a las conferencias sobre problemas de salud pública; y por otro, el Centro de Extensión Universitaria (CEU), que ampliaba el espectro de las temáticas. Una y otra eran iniciativas estudiantiles. La Federación quería debate y El Tiempo buscaba cómo posicionar sus tesis ideológicas de tal modo que le sirvieran para combatir con altura a la hegemonía conservadora. Y como el más sentido de los problemas era el de la higienización de Bogotá y del país, ambas partes decidieron programar conferencias públicas a cargo de los eminentes científicos de entonces, conferencias ideológicas y políticas. A través de ellas se jugaban el futuro los miembros del elenco del poder por venir. De hecho, se trataba de contribuir a la educación y formación de la futura nueva clase política.
Interesante diálogo intergeneracional entre centenaristas y nuevos; entre estos y los estudiantes; entre todos y el gobierno. Fue como la emergencia de la ciencia social, de la sociología, que sin existir como disciplina se asomaba en los análisis. Fue, además, una muestra del avance de la ciencia en el país y una oportunidad para continuar el balance del primer centenario de la Independencia, que había empezado en 1910.
Todo parecía estar calculado: quién debería empezar y quién debería cerrar. A la conferencia de Miguel Jiménez López seguiría una a cargo del penalista Rafael Escallón sobre la propagación de la criminalidad; luego vendría el médico Julio Manrique, quien trataría el tema de la degeneración de la raza desde los remotos tiempos indígenas hasta la actualidad. Intervino también Calixto Torres Umaña. Entre los oponentes a estas tesis, que se conocieron bajo la consigna de degeneración de las razas, intervendrían Jorge Bejarano, que venía controvirtiendo a Jiménez con un estudio suyo sobre “el porvenir de nuestra raza”. Sobre el estado de la juventud hablaría el reconocido profesor Simón Araújo; continuaron Luis López de Mesa y Lucas Caballero. El primero hablaría sobre aspectos sociológicos y sicológicos del estado de la población colombiana de entonces, y el segundo lo haría sobre los aspectos sociológicos y económicos de la problemática planteada. Cerraría el ciclo una segunda conferencia de Miguel Jiménez López.
Así, el primero de los sabios convocado por los estudiantes fue el médico Miguel Jiménez López, famoso y prestigioso por la promoción que hacía de su obra sobre la degeneración de la raza9. El ingreso a ese placer de escuchar tenía un costo de 20 centavos la boleta, que se compraba en las más conocidas librerías de la ciudad, entre ellas, la librería Santa Fe, la librería Colombiana; en las cigarrerías Unión y Santa Fe, y en las taquillas del Teatro Municipal. Y en caso de no tener con qué, en las oficinas de El Tiempo y El Espectador se repartían boletos gratuitamente.

Miguel Jiménez López
Fuente: El Gráfico, 19 de mayo de 1923, 693.
Días antes, en la Facultad de Medicina, el joven médico Jorge Bejarano ya había abordado la temática desvirtuando, como para calentar el ambiente, la tesis de Jiménez. Para Bejarano, a quien el futuro le abría las puertas de par en par, la geografía, el clima y el medio colombianos ya estaban domesticados, y ya el hombre colombiano estaba adaptado a las distintas regiones, y esto lo hacía más resistente a la adquisición de las enfermedades tropicales. Apoyándose en naturalistas reconocidos anotaba: “Sólo bajo el Ecuador podrá la raza perfecta del porvenir alcanzar el goce completo de la bella herencia del hombre: la tierra”10.
El viernes 21 de mayo Miguel Jiménez López inauguró el ciclo de conferencias. Mucha gente se quedó sin poder entrar. Lo más selecto de la sociedad bogotana se hizo presente sumándose a la muchachada de universidades y colegios. A las nueve se levantó el telón y comparecieron ante la multitud el conferenciante y los delegados estudiantiles Carlos Azuero, Alfonso Araújo y Alejandro Bernate. Jiménez sostuvo sus tesis sobre la degeneración de las razas. Para atajar el peligro recomendó la inmigración reglamentada y numerosa, la higiene más estricta, sobre todo en las clases desvalidas, y un cambio completo del atrasado sistema de instrucción primaria y secundaria. Jiménez estaba mansito, había tenido mucha crítica. Acudió a la atenuación:
No se quiere oír hablar entre nosotros de regresión o de degeneración: Esta bien: cambiemos la palabra. Somos una agrupación transitoriamente debilitada por causas diversas. No llamemos, si así lo deseáis, el conjunto de los fenómenos hasta aquí denunciados una decadencia colectiva: llamémosla, entonces, una ligera depresión de nuestras energías y capacidades, que hasta hoy nos ha impedido marchar a la par con los pueblos de cultura intensa.11
Argumentaba Jiménez que la raza colombiana empezaba a ser vencida por las condiciones en que vivía. Sostenía que no era suficiente con educación e higiene. Para él, el mal era más profundo, urgía una transformación completa de la mentalidad e inclusive del organismo. Y para esto era urgente la infusión de sangre fresca y vigorosa en el organismo social, importada de aquellos puntos del planeta donde la especie humana había dado sus mejores productos:
Convenientemente seleccionada, una sana y copiosa inmigración es el primer elemento de nuestra regeneración […]. Somos un organismo herido que pierde savia y vigor en una lucha que ha durado años y siglos; obramos sin vacilar la vena exhausta para transfundirle sangre cálida y rebosante, y la vida, bullirá en nuestro pueblo con vibraciones de fuerza y energía!12
Invitaba a mirar Jiménez el progreso de algunos países del continente americano y se lo explicaba en la inmigración de la raza blanca: Argentina, el sur de Brasil, Uruguay y el ejemplo máximo: Estados Unidos. Solamente miraba hacia esa raza, el oriente asiático era descartado de plano: “La inmigración de sangre blanca, bien escogida y reglamentada como debe hacerse, es para los países en desarrollo, un elemento incomparable de población, de progreso, de producción y de estabilidad política y social”13. Su patético racismo quedó verticalmente plasmado de la siguiente manera:
Una corriente de inmigración europea suficientemente numerosa iría ahogando poco a poco la sangre aborigen y la sangre negra, que son, en opinión de los sociólogos que nos han estudiado, un elemento permanente de atraso y de regresión en nuestro Continente.14
Reportaba la prensa el éxito de la conferencia y hablaba del entusiasmo y de las ovaciones y felicitaciones que recibió el conferencista. Todo daba para pensar que expositor y público habían encajado a la perfección. Que “el país degeneraba todos los días” quedó sonando. Y no mejoraron las cosas con la segunda conferencia, “La Capacidad psicológica de nuestra Raza”, a cargo del penalista Rafael Escallón, que atinó en su diagnóstico de la instrucción pública en el país, la organización rentística de los departamentos basada en el alcoholismo, hasta desembocar en los síntomas de la lastimosa degeneración del pueblo colombiano. Y mucho más complicadas se vieron las cosas con la exposición de Calixto Torres Umaña, quien fue el más profundo en sus apreciaciones sobre los graves problemas de nutrición que tenía la raza colombiana.
Posicionada la temática racista, cientificista y pesimista, hubo respuestas desde el campo médico, pero también desde la misma prensa. El Tiempo no solo impulsaba las conferencias en busca de un buen diagnóstico, sino también con la estrategia de ir ubicando sus posturas ideológicas. Por ello, del seno mismo del periódico salió la contraparte. Enrique Santos, ‘Calibán’, salió al ruedo: “No degeneramos”, se llamó su columna Danza de las Horas. Empezó por manifestar su extrañeza por la aprobación entusiasta de la gente a las tesis de Jiménez. Llamó al fenómeno “seducción morbosa”, y se despachó con su propia hipótesis: “No solo no hemos degenerado, sino que en relación con toda nuestra existencia histórica anterior, hemos mejorado, ligeramente en algunos casos, y de manera muy notable en otros”15.
A la estadística, al método científico y a las innumerables muletas teóricas de los conferencistas, Calibán oponía el sentido común, la observación y la experiencia, curiosamente componentes también del método científico. Para él, primero habría que averiguar si antaño eran superiores los colombianos a lo que eran en 1920. No creía que los nuevos colombianos fueran biológicamente inferiores, más enfermizos o más débiles que aquellos. Sostenía que los progresos de la higiene y de la medicina protegían a la raza contemporánea, mejor que otrora, contra las inclemencias de la naturaleza y contra las enfermedades. Las epidemias, anotaba, no tenían la virulencia de antaño. Reconocía que el tifo, la anemia tropical y el paludismo, habían estado presentes y, sin embargo, en los tiempos que corrían se vivía en mejores condiciones. Decía conocer ejemplares de raza indígena muy fuertes como castillos, y mujeres que eran como ánforas de la raza. Le parecía exagerado que se hablara de degeneración colectiva en un país de razas distintas en regiones distintas.
Sin ambages, anotaba que el colombiano de 1920 era, en todo, superior a los venerables y respetados antecesores. Calibán desmitificó una supuesta edad de oro de la República de Colombia en que no había sino héroes, sabios, grandes estadistas, filósofos, literatos, superhombres, junto a los cuales la pequeñez de los hombres nuevos resultaba vergonzosa. Y desarrolló una postura que años después sería recogida por Alberto Lleras Camargo:
Somos unas pobres víctimas del romanticismo, del espíritu belicoso, de la falta de seriedad y la inconstancia de aquellos viejos servidores de la República. La mayor parte de las dificultades en que hoy nos vemos envueltos, las debemos a su imprevisión; casi todas nuestras desventuras hijas son de la política selvática, y feroz que ellos practicaron y de la cual apenas principiamos a desembarazarnos. Vinimos a la vida con una abrumadora carga de odios y de prejuicios; con la consigna de arrojarnos los unos contra los otros; alcanzamos a oír los disparos de la última contienda, provocada por nuestros heroicos antepasados.16
Enfatizaba en que lo único que se les debía a los hombres de la edad de oro era el horror que inspiraban sus hazañas y la resolución inquebrantable de encauzar a la república por sendas distintas de las dolorosas y sangrientas que ellos le hicieron trajinar. Celebraba Calibán que la edad heroica se hubiera ido, porque eso había permitido orientar las energías hacia otros fines. Destacaba que en vez de cubrir el suelo patrio con sangre, lo cubrían de café, de algodón, de trigo; y antes que a limpiar fusiles, preferían dedicarse a engordar ganado. Aunque hacía algunas excepciones, no era un admirador de las letras de la supuesta edad de oro. Tenía certeza al afirmar:
Dígase lo que se quiera, no creo yo que en época alguna floreciera en este país una juventud más inteligente, más llena de curiosidad intelectual, con mayor anhelo de saber, ni se ha escrito nunca aquí mejor de como hoy se escribe; ni el periodismo, en ningún sentido, fue igual al de estos tiempos; ni los románticos versificadores de hace medio siglo pueden compararse con Guillermo Valencia o José Eustasio Rivera.17
Donde los conferencistas pusieron sus grados de pesimismo, Calibán insuflaba optimismo. Sostenía que el pueblo colombiano constituía en América Latina una de las agrupaciones dotadas de mejores cualidades para la vida colectiva; que poseía admirables virtudes privadas y excelentes condiciones ciudadanas que hacían de Colombia uno de los países más libres del continente.
El 4 de junio debutó en el Teatro Municipal Jorge Bejarano. “La raza no decae” fue el tema de su conferencia. Es muy posible que haya sido la mejor oportunidad que había tenido para trascender al futuro. Lo cierto es que a partir de allí su carrera se disparó. Tuvo el mismo éxito o más, de pronto, que la de Miguel Jiménez, porque se entendía que era la continuación del diálogo sobre la temática de la degeneración de la raza. Era tan hombre de ciencia el uno como el otro, solo que a su favor tenía Bejarano su talento de político, y como tal intervino. No es que Jiménez no fuera un político, pues se desempeñaba como congresista conservador, lo que ocurría era que Bejarano estaba a favor de una propuesta política sanitaria más acorde con los tiempos por venir que las reaccionarias tesis de la degeneración racial.








