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—¡Y qué fontanero de los cojones va a ser, si no trae herramienta! Este será el perito del seguro —comenta convencido un vecino a otro.
—Que se la trae ahora su compañero, que ha ido a la furgoneta a buscarla. Como sea tan guapo como él, les montó un guateque en casa —interviene el animador de la vecindad.
—El Manolita este de los cojones está más salido que un balcón —concluye el segundo de los hombres, que abandona la tertulia y desaparece dentro de casa.
De repente, la ventana de escape se abre y, por fin, Julen cruza por ella. Afuera quedan asomados los vecinos esperando ver como se inician las obras de reparación de la bajante.
—¡Cómo has tardado! Vaya locura ahí fuera.
La chica que le ha abierto la ventana, la cierra tras saltar Julen al interior de la trastienda, sin atender a lo que dice.
—Date prisa. Acaban de subir los dos negros con su jefe. En cuanto vean que la casera no les mentía y no estás arriba, no se si sé pondrán a mirar por más sitios. Lárgate.
Julen cruza por la tienda de ultramarinos con la mochila al hombro y enfila hacia el final de la calle Cortes, abandonando La Palanca por el puente de Cantalojas, un paso que cruza sobre una maraña de vías férreas, y que, en realidad, resulta ser un paso fronterizo entre el Bilbao canalla, marginal y el otro Bilbao. Mira el reloj y son las siete de la tarde y quizá debería valorar qué hacer ahora que se ha quedado sin alojamiento, pero antes de tomar una decisión al respecto, sus pasos ya le han adentrado por un laberinto de calles por las que camina errático. Cuando repara dónde está, decide seguir matando el tiempo en un local en el que se perdía cada vez que pasaba por Bilbao. La librería Universal, en mitad de la sombra con que a esa hora se puede premiar cualquier paseante que cruce por la calle Ledesma es un oasis para los amantes de las músicas alternativas, devoradores de fanzines musicales y, obviamente, para aquellos que busquen lecturas alejadas de modas y cánones editoriales. Nada más entrar, revisa los carteles que hay en la misma puerta y por la pared, que anuncian conciertos en Bilbao para las próximas fechas. En la sala Gaueko, en el Garaje, en el Yoko… pero esa misma tarde, «¡Oh, regalo de los dioses!», susurra para sí, actúan M.C.D. en el gaztetxe, una de sus bandas preferidas. El gaztetxe es un espacio ocupado y gestionado por una asamblea de jóvenes. Se encuentra en el casco viejo de la ciudad, en un edificio en desuso propiedad de un banco. Un espacio que ofrece una propuesta cultural y lúdica alternativa, en el que la música es el plato fuerte. Contracultural para unos, pseudocultural para otros o un tugurio lleno de drogatas y delincuentes para los más conservadores, lo cierto es que nadie en la ciudad mantiene una postura indiferente respecto a su existencia. O con él o contra él. Ya se habían sucedido varios intentos por parte del ayuntamiento por dar a traste con aquel proyecto y, alguna vez, se han desatado altercados con la policía, pero el gaztetxe aún sobrevive, aunque nadie le augura un próspero futuro. Ese viernes, la banda punk M.C.D. (siglas acrónimas de Me Cago en Dios) ofrece un bolo. Como aún queda tiempo para la actuación y el gaztetxe no está muy lejos (en realidad, nada está demasiado lejos en Bilbao), se pierde por el interior del local, examinando discos y maquetas de los grupos locales.
Hay un cliente que no para de solicitar información al dependiente sobre cualquier artículo que toma entre manos. Un poco pesado, la verdad, y Julen toma un libro que el sujeto acaba de descartar, como va haciendo con todo lo que husmea. El vendedor dijo que se trata de un relato de viajes y puesto que él va a iniciar uno, le resulta interesante. Leyendo la sinopsis de la obra en la contraportada, se sorprende de que el relato se ambiente por los lugares hacia los que él va a viajar. Por eso se convence de que El río del olvido, de Julio Llamazares puede ser un compañero apropiado para su viaje.
Queda menos de una hora para que empiece el concierto y se ha adentrado por el casco viejo hasta el Muga, un bar que es todo un referente para los devotos del rock and roll. Dos, tres tragos y la caña que acaba de pedir está terminada.
—Pon otra, anda.
El camarero, un tipo alto y fornido con unas gafas de pasta que discretamente mueve la cabeza al ritmo del psichobilly de los Meteors, pone dos. Una para el cliente, otra para él.
Julen se sienta junto a una las mesas adosadas a la pared frente a la barra. Mientras disfruta de la segunda caña con más calma, comienza a prepararse un par de porros. Uno lo guarda en el paquete de Lucky para fumárselo en el concierto, que luego con los empujones de la gente al bailar será complicado liarlo. El otro lo enciende mientras ojea el libro que acaba de comprar. En la mesa de al lado, un par de chicas conversan tan alto que sus voces se imponen a la música del bar. Cuando posa la mirada en ellas, parece que estas estuviesen esperando ese gesto.
—¡Uy, mira!, el intelectual vuelve al mundo. —Eso le dice una a su compañera, sonriendo y dando un trago a un botellín de cerveza.
Julen disimula, perdiendo la mirada en los carteles de conciertos que pueblan las paredes del local. Así todo, las mira de reojo, ocasión en la que se cruzan sus miradas. Una es morena, rostro afilado, un pelo liso que justo roza con sus hombros y viste una minifalda vaquera. La otra es rubia, de pelo corto salpicado de mechones de distintos colores y lleva puestos unos vaqueros, que ahora que se levanta a la barra a por otros dos botellines, constata que le sientan como un guante. Las dos visten camisetas con la leyenda de algún grupo que Julen no llega a reconocer de un primer vistazo. Cuando regresa la chica de la barra, lo hace con tres botellines. Deja un par en su mesa y el tercero en la de Julen, al lado de la caña que casi tiene terminada.
—¿Y esto?
—Una cervecita fresca, que con todo lo que estás leyendo luego tendrás la garganta seca —le responde la rubia volviendo a sentarse junto a su amiga.
—Gracias, pero leer no seca la garganta, que yo sepa.
—Pero es que tendrás que contarnos qué es lo que pasa en ese libro para que no nos hayas hecho ni caso desde que te has sentado ahí.
Su compañera estalla en risas al beber, provocando alguna salpicadura de cerveza.
—¡Ay! Perdona, Itzi, pero es que eres una cabrona.
Brindan con sus botellines retomando su charla, aparentado ignorar a Julen, que ya no deja de mirarlas.
—Oye, Itziar, que, si quieres, te cuento de qué va.
—¿Y cómo sabes mi nombre? —se gira hacia él.
—Tu amiga te acaba de llamar así.
—¿Ves cómo está atento a nosotras a pesar de disimular? —le dice Itziar a su amiga.
—Ya lo veo, ya.
—Me estás vacilando, ¿no? —contesta Julen. Itziar finge meditar una respuesta.
—Puede.
—Me llamo Julen.
—Yo soy Miren —añade su amiga.
—¿Julen? Pues vaya. Nosotras que pensábamos que eras de fuera, por aquello de la mochila, ¿verdad, Miren?
—Nos parecías alemán o puede que italiano…
—Cómo se os va la olla.
Se levanta de la silla, acerca con él la mochila y toma asiento en la mesa de las chicas.
—Parece que ya vence su timidez —dice Miren.
—¡Pero qué timidez ni timidez! ¿Vosotras sois siempre así?
—Esta siempre, yo… a veces también —apunta Itziar. Las dos ríen
—Así espantaréis a todos los tíos —apunta Julen sonriendo.
—A todos los que hay que espantar, ya veremos cómo progresas —corrige Miren fingiendo poner el semblante serio.
—No te lo creas tanto, que yo también tengo mis filtros.
Las dos se vuelven a reír.
—Que tiene sus filtros, dice, Itzi. ¡Pero qué dices Iuliano!, si no has tardado nada en saltar de tu mesa a la nuestra.
—Y eso de Iuliano, ¿a qué viene?
—A que yo decía que eras italiano y ella no. Por tu culpa he perdido una cerveza.
—Bueno, pues la siguiente la pago yo y así quedas en paz con tu amiga.
—Ya veremos. Igual hasta pasa el primer filtro, ¿cómo lo ves, Itzi?
—Vamos a darle a Iuliano una oportunidad. A lo mejor resulta que no es un petardo intelectual.
Se divierten un poco a su costa, pero sin sobrepasar el límite que discurre entre lo simpático y lo provocativo. La conversación, después de la segunda cerveza, se acelera con respuestas ágiles y ácidas por parte de las chicas, a las que Julen corresponde con el mismo nivel de desparpajo.
—Por cierto, Miren, se nos va echando la hora encima —le llama la atención Itzi señalando a su reloj.
—Vaya, pues que temprano os mandan recogeros en casa, ¿no?
—No te pases de listo, que nos vamos a un concierto —aclara Miren.
—¿No iréis al gaztetxe a ver a MCD? Yo también.
—Pues sí, además, un par de tíos de la banda son colegas —responde Itziar.
Al cuarto de hora de haber empezado el concierto de M.C.D., el gaztetxe es un hervidero. El público entregado salta, baila y corea unas canciones que ya conoce.
La voz desgarrada de Rockan, el cantante, transmite toda su energía a los más entusiastas que se enzarzaban en un pogo11 que se circunscribe a los más próximos al escenario. Por mediación de las chicas, Julen consigue liberarse de la mochila para disfrutar del concierto, quedando el pesado bulto a buen recaudo justo detrás del batería.
—Ya te dije que los conocía, además, ahí tienes tu equipaje a la vista mientras dura el concierto —le dijo Itzi, alzando la voz para superar el estruendo de la música.
—¡Todo un puntazo, Itzi!, vaya día de locura el de hoy. Ni me imaginaba terminarlo así.
—¿Terminarlo? Si esto acaba de empezar.
En la penumbra de la sala, entre el humo de cigarrillos y canutos conforman una neblina también alimentada por el denso vaho que exhala la masa de espectadores. Itziar, sonriente, muestra una tez brillante por el sudor. Julen, ingenuo, acerca su boca a unos labios húmedos que parecen aguardar su beso. A punto de conseguirlo, Itzi se ríe y retira su cabeza hacia atrás colocando dentro de la boca de Julen algo que tenía entre sus dedos.
—Ahora bebe —ordena poniendo su botellín de cerveza en su la boca del chico.
Julen iba a protestar ante la extraña textura que percibe sobre lengua, pero al instante se despliega por su paladar cerveza caliente y, seguido, recibe un largo beso que le condena a tragar la cápsula verde.
—¿Qué me has dado?
—Nada, solo una meska.
—¿Una qué?
—Una meska… una mescalina, ¿no sabes qué es?
—Claro que sé qué es… ¡Pero tú de qué vas!
—¿A que nunca la has probado?
De repente, no sabe si volver a besarla o apartarla de un empujón, buscar la calle para provocarse el vómito y deshacerse de lo que acababa de tragar.
—Tranquilo, que no pasa nada, ¿vale? Es más fuerte que las anfetas, pero menos que un tripi. ¿Alguna vez te has comido un tripi?
—Sí, sí que me he comido algún tripi, pero las meskas no tienen nada que ver con las anfetas.
—Vale, Iuliano, era por si no controlabas el tema y te entraba un poco de cague.
—¡Qué cague ni que hostias, tía! Me podías haber preguntado antes…
—No te enfades, que lo vamos a pasar de puta madre, tarda media hora o poco más en «subir». Vine hace unos días de unas pequeñas vacaciones en Valencia y traje unos «recados» para la cuadrilla. Allí la peña se pone hasta las cejas con esto.
—¡Joder, tía!
Miren, que se mantenía al lado de la pareja siguiendo el concierto, con algo menos de entusiasmo que ellos, terció en la conversación de la que hasta al momento, parecía ausente.
—Ya la irás conociendo, es una cabrona.
—¿Tú también te has comido otra meska?
—¿Yo? ¡Qué va! Mañana, aunque es sábado, tengo que ir a la academia para recuperar un par de suspensos en septiembre. No estoy para mucho lío esta noche.
—¡Vamos a bailar! —propone Itzi tirando de la mano de su amiga hacia el núcleo más enfervorizado frente al escenario.
—¡Quita! Que eso es una locura —niega Miren deshaciéndose de la mano que tiraba de ella.
Julen, que anteriormente había estado a punto de lanzarse al tumulto, pone sus manos en la cintura de Itzi, dirigiéndola hacia el escenario.
—¿Quieres guerra? ¡Pues a la guerra! —le dice, situándose ambos en medio del tumulto.
Una vez dentro, cada uno se olvida del otro. Intentan mantener, con sus brazos, un entorno más o menos seguro entre docenas de empujones y choques entre los que bailaban, que insistentes, cada vez que sus saltos y movimientos les alejan del centro del jaleo, regresan tozudos a él, como si de un enjambre se tratase y cuyas abejas rehusaran bajo ningún pretexto abandonar la formación.
Itzi comienza a ser foco de atención para bastantes chicos. «¡Es un ángel en mitad de una horda de orcos!», piensa Julen y se sonríe a su ocurrencia mientras sus caras, frente a frente, se dedican la letra de la canción.
«El rebaño está tranquilo, los perros lo han recogido,
mientras tanto en los despachos, se cogen buenos empachos».
De nuevo, una fuerza como una ola, arrastra a Julen al interior del grupo que baila enfervorecido, pero percibe que algo no va bien. Resulta imposible salir del núcleo del público que se había arrojado a bailar.
«No quiero que me retraten, no quiero que me clasifiquen, no quiero que me plastifiquen».
Itzi desaparece de su vista momentáneamente. Un tipo bastante mayor para la media de edad de los asistentes al concierto, la sujeta por el talle moviéndose como si bailase, mientras manosea su pecho y la arrastra hacia un lado de la sala. La chica forcejea resistiéndose, pero el público, centrado en el concierto, no se da cuenta.
«No eres persona, no eres humano, eres carnet de identidad.
35 millones de borregos archivados en la Dirección General de Seguridad».
Julen abandona las formas pactadas por todos los que bailan pogo, para salir del tumulto como sea y llegar hasta Itzi. Ahora sí, la gente próxima a ella, se percata de que algo raro ocurre, abriéndose en un corrillo.
—¡Suéltame, hijo de puta!
El agresor la suelta y retrocede sonriente para diluirse entre el gentío. Pero la sonrisa le dura poco. Miren, que también ha contemplado la escena, logra abrirse paso entre la gente y, a espaldas de aquel hombre, se aferra a su largo pelo, tirando de él con tal intensidad que el tipo grita tanto que su voz casi compite con la del cantante.
«Entre montañas de basura, industrias, polución,
bancos y la ría, está el puto Botxo.12
No hay currelo, solo miedo y represión.
Bilbao, mierda, rock and roll. Bilbao, mierda, rock and roll».
Las manos que hacía unos segundos estrujaban unos pechos, intentan ahora librarse de las que tiran de su cabello. Miren tira de su pelo como si se sujetase a una escala para ascender un muro y, de un ágil salto, coloca sus pies sobre las lumbares de él. Itziar, que se vuelve para encararse con su agresor, descubre a su amiga, encaramada como una amazona a lomos de un corcel tirando de sus crines, hasta que consigue derribarlo. Se abre un corrillo de unos dos metros y Miren, reptando de espaldas, intenta salir de él, ahora que el tipo se ha soltado, aunque no logra alcanzarla. Itziar acaba de propinarle una patada en las costillas. Sus insultos dan pistas de lo que ha ocurrido a los que miran. El tipo encogido, gira por el suelo esquivando las patadas de Itzi que buscan su entrepierna. Finalmente, logra incorporarse para escapar, momento que ella aprovecha para, esta vez sí, estrellar su pie en un lugar tan doloroso. Julen consigue llegar junto a ellas y se abalanza contra el tipo, pero los dos chicos que controlan la entrada al gaztetxe, alertados por el tumulto se interponen para mantener la situación en calma.
—¡Pero qué hostias pasa! ¿De qué vais?
El de la melena aprovecha la confusión para salir corriendo. Cuando los de las entradas son informados de lo que ha pasado y salen con ellos a buscarlo, ya ha desaparecido.
—Joder, ya siento que por sujetaros ese hijo de puta se haya escapado —se disculpa con ellas uno de los organizadores.
—Lo que ha sido la hostia es cuando tu amiga se le ha subido a la espalda tirándole del pelo, —comenta el otro.
—Mira, Itzi, mira con qué me he quedado del cerdo ese.
Miren le muestra sendos mechones de pelo en sus manos. Después, se desprende de ellos palmeando sus manos, y las dos amigas se abrazan.
—¿Como estás? —pregunta Julen.
—Jodida, humillada, pero, por lo menos, se ha llevado una buena patada en los huevos, pero venga, que esto no nos corte. ¡Vamos dentro!
No pueden recuperar su posición en la parte delantera y se quedan en una situación intermedia. Julen pone en los labios de Itzi el porro que tenía ya preparado, le da fuego y después un beso en su mejilla.
—Sois muy valientes.
Los dos están de nuevo sudando y, al mirarse, son capaces de reconocerse en muy diferentes emociones. No hacía falta añadir una sola palabra. Julen después recibe el porro, le da tres o cuatro caladas y se lo pasa a Miren. La actuación continúa y sus voces se unen a las del resto.
«Pánico en las calles allá por donde vas, pánico en las calles, ¡una vez más!
Cuatro encapuchados se están haciendo fuertes, cuatro encapuchados atrincherados.
Llegó la Policía, les metieron entre rejas, sufrieron la bañera13, en comisaría».
Media hora después termina el concierto y Miren se despide de su amiga. Las amigas se abrazan y se dan un par de besos en sus mejillas.
—Vete tranquila, Miren, estoy bien, de verdad, pero aún sigo alucinada de cómo te subiste a su espalda.
—Calla, calla, que ahora al pensarlo me cago de miedo.
—Gracias, y a ti también, Julen, que ya vi cómo intentabas salir del mogollón de gente bailando y venir.
—Ya, pero para cuando llegué ya lo habíais arreglado.
—Ya has visto que somos de cuidado —bromea Miren.
—Ya lo creo.
—Mañana nos llamamos y hablamos.
—De acuerdo, mañana nos llamamos —le responde Itzi a su amiga.
—Bueno, guapo, espero que volvamos a encontrarnos en algún otro concierto —le dedica Miren a Julen.
—Claro.
El batería del grupo llama la atención de Itzi para que no olviden la mochila. Están recogiendo los instrumentos y charlan un rato con un par de miembros de la banda, comentando lo mucho que han disfrutado e incluso Itzi les cuenta la agresión sufrida y la rápida reacción de sus amigos para defenderla. Así los ha llamado, amigos, algo que encandila a Julen. Ya con la mochila a sus espaldas y en la calle los dos se miran dudando qué hacer.
—Eso que me has dado de comer…
—No notas nada, ¿verdad? A mí tampoco me ha subido. Me parece que me la han colado.
De pronto, Itzi se lleva una mano a la boca ahogando una carcajada inesperada.
—¡Ay! Que creo que he visto que se te movían las orejas.
Julen no contesta, la mira serio.
—Pero para ya de moverlas, que me voy a mear de risa, ¿cómo lo haces?
Entonces el que se empieza a reír es él.
—A ver, una prueba. ¡Que no se muevan!
Y las orejas de Julen se quedan quietas.
—Ahora mueve la derecha y luego la izquierda…
Y Julen obedece.
—¡La hostia, tío! Ja ja… Podrías ganarte la vida en el circo.
Se ríe con tal fuerza que se le saltan las lágrimas.
—Oye, Itzi, me parece que esas meskas, igual no estaban tan mal.
—Ya te digo.
—Vamos a tomar algo.
A cada paso que dan, perciben una sensación eufórica y placentera. Se hablan atropelladamente, pisándose preguntas y respuestas, se diría que sus mentes se han sincronizado para que el subidón de las mescalinas fuese simultáneo. Necesitando uno de las ocurrencias del otro para dar forma a una experiencia que solo durará mientras sus ingenios sigan transitando por una cuerda floja, de la que están seguros de no caerse.
8 Txakurra, perro en euskera.
9 Zulo, en euskera agujero, es la manera coloquial con la que se denominaban a los escondites de armas, municiones o materiales explosivos, empleados por ETA.
10 El síndrome del norte, era la denominación con la que se conocía a un trastorno psicológico o estrés sufrido por miembros de las fuerzas del orden destinadas en el País Vasco ante la situación de violencia.
11 Pogo, asociado principalmente a la música punk o metal, es una forma de bailar que básicamente consiste en saltar sobre el sitio que se ocupa, dando giros, cabeceos, o patadas al aire al ritmo frenético y agresivo de la música. Los participantes mantienen una guardia o protección mínima de sí, con los codos o empujándose entre ellos, entregados a una sensación generalizada de caos y descontrol. Esta actitud, tiene un carácter instigador, pero sin rebasar el límite de lo que pudiese considerarse agresivo. Si esto sucede, normalmente la misma «masa» excluye de sí a tales elementos. Resultando al final todos exhaustos, en ocasiones, con alguna herida leve o hematoma por golpes o caídas, los participantes albergan un indudable grado de satisfacción o camaradería para con quienes, como ellos, se han entregado durante unos minutos a un baile salvaje.
12 Botxo es el sobrenombre con el que los bilbaínos denominan de una manera afectuosa y familiar a su ciudad, por estar rodeada de montes.
13 La bañera es una técnica de tortura en la que se provoca la asfixia del detenido al sumergir su cabeza en el agua.
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