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—Podíamos brindar por el reencuentro padre-hijo, pero seguro que a ti no te van esas mariconadas, ¿me equivoco?
Julen ignora la reflexión mientras degusta un largo trago de cava helado.
—A mí tampoco —respondió Juanito a su propia idea bebiendo media porción del vaso que se había servido. Después, echó mano del paquete de tabaco, ofreciendo otro Winston a su hijo. Julen valora la posibilidad de echar mano del hachís que lleva para fumar algún canuto de vez en cuando, pero la desecha de inmediato, mejor estar atento a cualquier reacción de Juanito.
Los dos encienden sus cigarrillos permaneciendo unos instantes pensativos hasta que Juanito reanuda su relato.
—Después de verte en aquella foto del periódico, algo cambió en mí. Joder, esto no se lo he contado ni a todos los putos loqueros que me trataron, pero es verdad. Me di cuenta de que, por azar o por lo que fuese, a aquel crío y a su abuela se les había arruinado la vida. La cosa es que, con el tiempo, empecé a valorar la posibilidad de saber de ti, quizá ayudaros…
—¡Ja! ¿Pero te crees que mi abuela iba a aceptar algo tuyo?
—De estar en su pellejo, no lo haría. Ahí te doy la razón, pero bueno, pasaron varios años, andaba yo un poco con la guardia baja y fue cuando recurrí a Ángel para que contactase contigo.
Julen tiene cada vez más claro que aquel tipo padece algún tipo de inestabilidad mental. Apaga el cigarrillo a medio consumir. Los tragos que le ha dado al cava ya le pesan en la cabeza. Demasiado temprano para ingerir alcohol si no se está acostumbrado a hacerlo a tales horas. Su reloj marca las tres de la tarde y suspira lamentando las horas que aún restan para tomar el tren del día siguiente.
—Me marcho, aquí ya está todo hablado.
—Espera un poco, hombre, cuéntame ahora un poco de ti.
—Acabo de terminar el bachiller, he aprobado todo, ¿suficiente?
—Un tío listo, sigue.
—Tenía que haber pedido una prórroga por estudios para evitar tener que ir este año a la puta mili, pero no lo hice. Tampoco tengo aún claro qué quiero estudiar, o si quiero estudiar. Lo que sí tengo claro es que no voy a ir a la mili.
—Pues tendrás que ir, gilipollas, ¡qué si no!
—De eso nada.
—Uy, de eso nada… —imitó Juanito su voz en tono burlón—, el nene se nos hace objetor, o insumiso o… igual es de los que dice que la mili en ETA.
—No tienes ni puta idea.
—Pues te comerás unos años de trullo y listo.
—Qué cojones va a entender nada de antimilitarismo un camello y exmadero.
Juanito mudó de nuevo la expresión distendida que ofrecía en los últimos minutos a otra ciertamente grave. Julen que no le apartaba la mirada, en el fondo, se arrepentía de sus palabras.
—Sin confianzas. La próxima vez que me toques los cojones, te vas a arrepentir.
De nuevo, aquellos rasgos de bipolaridad aparecían en su hablar, recuperando un tono más sosegado.
—Y dices que vas a ir a la montaña, Picos de Europa, concretamente.
—Lo mismo me da ir a esa zona u otra. La cordillera es muy grande. Ya tengo hecho mi plan.
—Claro, parece que planificas todo muy bien. Entonces, seguramente, tendrás un mapa. Muéstramelo, conozco bastante bien aquello.
Julen duda, pero finalmente alcanza la mochila y de un bolsillo extrae el mapa que Piru le ha prestado. Juanito dedica un par de minutos a observarlo con atención. Después le hace a Julen un gesto de que necesita algo para escribir y el chico extrae del mismo bolsillo de la mochila un lapicero. Juanito prolonga una de las líneas que ya había trazado Piru.
—Lo de Picos de Europa lo dirías por decir, porque tu ruta, si es que tienen sentido estos trazos, es por otro lugar.
Julen asiente.
—Cuando termines lo que tienes marcado, subes este collado y alcanzas este valle, ¿lo ves? Desciendes por este camino que va paralelo al este pequeño río que está lleno de cascadas. Así llegas a este pequeño pueblo y, desde ahí, carretera abajo, paralelo al río, llegas hasta este desvío. Por aquí, aunque no viene en el mapa, llegarías a otro pueblito que se llama Villanueva de la Cueva y desde ahí subes por este sendero que te indico y… ¡final del viaje!
Entonces hace una equis en el mapa.
—¿Y eso qué es?
—Eso es el epicentro y el origen de nuestra historia.
Entonces Julen se inclina sobre el mapa, para ver con claridad qué escribe Juanito al lado de la señal.
—Dolor…
—Dolor.
—Ángel me habló de ese sitio. ¿Y qué voy a encontrar ahí?
—No sé, quizá nada.
Juanito se encoge de hombros y enciende otro cigarrillo. Permanecen en silencio, Julen repasando el mapa y Juanito dibujando oes al exhalar el humo. Cuando el chico dobla y guarda el mapa junto con el lapicero en la mochila. Juanito apaga el cigarro poniéndose en pie.
—No creo que nos volvamos a ver, así que tómate esa ruta que te he trazado, como la herencia de tu viejo: un camino al pasado.
—Vaya, también te van los rollos místicos.
Julen se levanta para ponerse la mochila pero Juanito le detiene.
—Espera, es la hora de mi medicina y no está mal que estés delante.
Echa mano a la chaqueta extrayendo un pequeño estuche de lapiceros, de su interior aparecen una cuchara, una jeringuilla, una papelina de su cartera y un limón del mismo bolsillo de la chaqueta.
—¡Joder! ¿Te vas a preparar un pico?
—Has venido a conocerme, ¿no? Todo lo que te habrán dicho de mí será verdad. Todo lo que te he contado yo… puede que lo sea. Así, con suerte, no volverás nunca a buscarme, porque nunca volveré a ser tan amable contigo como hoy.
Juanito prepara metódico su dosis de heroína. Una porción que toma de la papelina con la punta de una navaja, depositada en la cavidad de la cuchara, después unas gotas de limón, el calor de la llama del mechero debajo de la cuchara, hasta que el preparado comienza a gorgotear.
Una vez listo, la jeringuilla aspira el líquido. Vuelve a echar mano de la pistola, acomodada en sus lumbares, dejándola sobre la mesa. Se desabrocha el pantalón vaquero, pues es demasiado ceñido para remangarlo y dejar al aire una de sus pantorrillas, por cuya cara interior cuando se los baja, busca la vena propicia y clava en ella la aguja.
El émbolo de la jeringuilla extrae un poco de sangre, entremezclando esta con la heroína disuelta en el zumo de limón. Después, el pulgar acciona el émbolo de nuevo introduciéndola en el flujo de sus venas, volviendo seguido a extraer y nuevamente a inyectar. Así un par de veces, hasta que da por finalizada la operación retirando la jeringuilla y recostándose en la silla. Su cara se muestra afable, feliz, pero también ofrece la arrogancia de aquel que, sabedor de que su actitud es reprobada, se muestra ante sus semejantes retando a que sean capaces de mostrarle un desprecio mayor que el propio hacia sí mismo.
Entre suspiros, Juanito toma su cartera, rebusca algo por ella y, cuando lo encuentra, se lo lanza a Julen deslizándose una vieja y pequeña foto plastificada sobre el tablero de la mesa como si fuese un naipe.
—Es tuya.
—¿Quiénes son? —pregunta Julen observando a aquella joven pareja que sonrientes parece que se acabasen de casar.
—Pilar y Julio, tus abuelos, mis padres. Fíjate en la cara de él, sois dos gotas de agua.
Julen observa con detenimiento la pequeña fotografía, constatando que el parecido es asombroso.
—¿Por qué me la das?
—A mí ya no me hace ningún bien mirarla y, si los viejos me viesen, no creo que estuviesen muy contentos conmigo. Al salir, dile a Emilio que me quedo aquí un rato, que no sea pesado…
La voz de Juanito suena a calma, a la misma que el flujo tóxico sus venas lleva a cada una de sus extremidades. Julen gira la llave de la puerta y, antes de desaparecer, se vuelve a Juanito, que desparramado en la silla, con los pantalones bajados, le observaba sonriente.
Al salir de la trastienda, las dos chicas conversan animadas con un tipo elegantemente trajeado. No hay duda de que ya empiezan a llegar los clientes más madrugadores. Revisa la hora en su muñeca y son las tres y media. No es mala hora para llamar a casa del amigo con el que se iba a ir de viaje. Una mentira para no preocupar a su abuela, excepto en que sí había intención en dormir esa noche en su casa y aprovechar juntos la tarde para tomar unos kalimotxos por el casco viejo, una vez que ya ha pasado por el trance de conocer a su padre. En realidad, no se arrepiente, pero sí es cierto que espera no volver a verlo nunca más.
Emilio, el dueño del puticlub, que ya se ha despojado del batín, lo mira curioso desde detrás de la barra mientras saca brillo con una gamuza a unas copas de champán. Por lo visto, el proxeneta cuida hasta el extremo ciertos detalles sin atender al aspecto cochambroso de otras partes del local.
—¿Y Juanito?
Julen se acerca hasta la barra, le parece que aunque nadie allí se extrañe de nada, debe ser un poco discreto.
—Dice que no le molestes en un rato.
—¡Me cago en su puta madre! ¿Qué cojones está haciendo?
—Pues… se acaba de meter un pico y ahí está, tirado en una silla con los pantalones bajados.
Emilio resopla pero asiente. Seguramente, no es la primera vez que ocurre algo así.
—Está probando lo que le has traído, por lo que veo….
Julen no responde, rendido al empeño de aquel en que él es otro traficante. Al final de la barra hay un teléfono público. Julen saca del bolsillo del pantalón un papel en el que tiene apuntado el teléfono del amigo en cuya casa va a dormir esa noche. Introduce tres duros por la ranura de las monedas y aguarda varios tonos de llamada hasta que, finalmente, contestan. No pasa ni medio minuto de charla y termina discutiendo. El amigo, que por lo visto no lo es tanto, le dice que ha surgido la ocasión de irse a no sé dónde ese fin de semana, por lo que se excusa de ofrecerle alojamiento, tal y como habían acordado unos días atrás. Después de mandarle a la mierda, Julen cuelga el aparato.
Emilio ha estado escuchando mientras abrillanta las copas.
—Por las voces que has dado, parece que te han dejado tirado.
Julen no le hace caso. Está pensando en lo conveniente o no de regresar a dormir a Bermeo o pasar la noche en la misma estación hasta que por la mañana tome el tren.
—Si quieres una habitación barata…
—¿Aquí? ¿En este barrio?
—Vamos, digo yo. No va a ser el en Carlton.
—Lo digo porque como casi todo son puticlubs…
—¡A ver dónde duermes y desayunas en Bilbao por tres mil pesetas!
—Bueno, barato sí que es, pero así será de cutre el alojamiento, claro.
—¡Qué va! Si lo regenta mi mujer. Espera que la llame, a ver si hay sitio.
Emilio mete un par de duros en el mismo teléfono y aclara la cuestión en una breve charla.
—Dice mi santa que le queda una cama libre. Camina por esta misma acera hasta el comienzo de la calle, pensión El Paraíso, no tienes pérdida.
Julen se despide y sin demasiado convencimiento de alojarse en aquella zona, se dirige al alojamiento. Al fin y al cabo, no encontraría, por semejante precio, otro sitio para dormir.
—Quisiera una habitación… —dice a través del portero automático.
—¿Eres el que manda Emilio? —pregunta una voz de mujer por el telefonillo.
—Sí.
—Sube.
Desde fuera, la puerta del inmueble, quizá por haber sido cambiada recientemente, parece que custodia un portal en mejores condiciones que el de la pensión Salamanca, pero al entrar descubre que no. Por lo menos, no se encuentra a nadie dentro inyectándose heroína, aunque un par de chicas que caminan erráticas fumándose sendos cigarrillos por las inmediaciones dan la impresión de hacer la calle.
Una mujer de unos cincuenta años, «mi santa», como dijo Emilio, abre la puerta del primer piso examinándole extrañada antes de invitarle a pasar.
—Vienes solo, ¿no? —cuestiona dubitativa saliendo al rellano y mirando hacia las escaleras por si alguien le acompaña.
—Solo sería para esta noche. Me iría pronto a la mañana porque…
La mujer le hace callar con un gesto Ni necesita, ni quiere conocer la vida de sus clientes. Si Emilio dice que se trae asuntos con Juanito, que se encargue su marido de tratarlo. Por eso le ofrece la suite y no una habitación para una o dos horas, como demandan habitualmente los usuarios de la pensión El Paraíso cuando contratan los servicios de alguna prostituta. Camina tras ella por un pasillo largo, en cuyo final entran en una habitación muy sencilla.
—El aseo está en el pasillo y hay uno para toda la casa. Si quieres descansar, te recomiendo que tengas un poco de paciencia, los clientes suelen hacer algo de ruido y si, encima, le añades que hoy es viernes…
—Pero esta habitación… ¿no tiene ventanas?
—No.
—Qué raro.
—Es que aquí las habitaciones son raras, para hacer cosas raras. Y a ti te ha tocado la suite.
La ocurrencia solo le hace gracia a la casera, que además se ríe.
—Bueno, ¿la quieres o no?
—¿Y cuánto cuesta esto?
La mujer lo mira de arriba abajo, examinándolo de nuevo.
—Varía en función del día y del trabajo que tengan las chicas. Esto es como la Bolsa, precio según mercado, pero hoy es viernes y va a haber mucho trajín. Supongo que me arreglaré con el resto de habitaciones. Dame cinco mil pesetas y en paz.
—Su marido me dijo dos mil.
—¡Ves como ya sabías! ¿Para qué preguntas entonces? Y son tres mil, no vayas de listo.
La casera consiente y cobra las tres mil, aunque ninguno de los dos se muestra convencido de haber llegado a un buen trato. Otra cosa son los motivos que tenga Emilio para insistir en que le ofreciese la habitación al chico. La alcoba tiene una cama individual, una mesita, una silla y un par de cajas de cartón precintadas con cinta adhesiva en una esquina. No puede exceder de cinco o seis metros cuadrados. Una estancia con más pinta de trastero que de habitación y que le hace sospechar incluso de si no será rechazada por las prostitutas para sus servicios. Pero simplemente necesitaba un lugar para pasar la noche y ya lo tiene.
Por las horas que son, ya debería haber comido, pero el cava le ha revuelto las tripas y se tumba sobre la cama a ver si se le pasa el malestar. Pierde la mirada en las curiosas formas que ha dejado la pintura al desprenderse del techo, al tiempo que se reprocha haber dado a Juanito la posibilidad de justificarse. Conocer al padre, por indeseable que este fuese, responde a un impulso natural, eso piensa. Lo sorprendente es que los trapicheos de Piru hayan relacionado a ambos. Ahora comprende el abatimiento de Kattalin aquella tarde de domingo cuando estuvieron hablando de sus ideas de futuro.
Parece ser que alguna de las chicas que hacía la calle en el portal ha conseguido subir a un cliente, porque desde la habitación de al lado llegan indisimulados jadeos y el rítmico sonido de un somier. Por unos segundos, fantasea con la posibilidad de pasar un rato con alguna de ellas. A él, como a casi todos los chicos, claro que le gustaría tener más relaciones sexuales de las que ha tenido, pero nunca se ha planteado pagar por ello. Hasta ahora, se lo ha sabido ganar con las dos chicas que ha estado.
Acaban de follar al lado, y casi como si fuese una prueba de relevos, llegan sonidos similares desde otra estancia más lejana. Si aquel jolgorio va a ser así todo el día, y quién sabe si por la noche, resultará insufrible, pero el cava también le provoca algo de sopor, así que se relaja sobre el camastro y se queda dormido, sumergido en un sueño denso, confuso, tan profundo que la dueña de la pensión debe aporrear a conciencia la puerta del cuarto para despertarle.
—Qué… ¿qué pasa? —pregunta impreciso.
—¡Abre!
Mira su reloj y constata que casi ha dormido un par de horas. No hace falta que invite a entrar a la casera, nada más que gira la llave de la puerta, ella y una de las chicas que estaban en el portal entran.
—Siéntate en la cama y no montes escándalo —le ordena.
—Pero… ¿qué pasa?
—¿Que llevas en la mochila?
—¿Cómo?
—Regístrala —ordena la casera a la chica.
—¡Pero qué hacéis! Vaya puta obsesión la de tu marido y la tuya con mi mochila.
Julen, que obediente permanece sentado, intenta incorporarse, pero la mano izquierda de la casera que se posa en su hombro le hace refrenarse. La otra mano asoma amenazante de uno de los bolsillos del batín de raso que viste portando una pequeña pistola.
—Estate quieto. Entiende que debo tomar mis precauciones.
La chica finaliza el registro, encogiéndose de hombros.
—Nada, está limpio. Solo hay ropa y un poco de costo.
—¡Joder! Deja ya mis cosas y no toques mis porros. ¿Me queréis explicar de qué va todo esto?
—No te alteres. Ya me parecía que Emilio patinaba contigo. Con esta pinta de pardillo montañero va a resultar que es lo que eres.
—No entiendo nada.
—Pues que han venido un par de nigerianos a buscarte.
—¿Quiénes? ¿A mí?
—Dicen que te has reunido con un camello con el que tienen cuentas pendientes y sospechan que en esa mochila lleves algo que sea suyo.
—¡Pero qué dice! ¿Esto qué es, un programa de cámara oculta?
—No, hijo, esto es La Palanca. Sabrán que has estado con Juanito y te han seguido hasta aquí, o alguien les ha dicho dónde estás. Al ver que no salías a la calle, pensarán que no venías solo a follar, por eso han preguntado si estabas aquí alojado. Les he dado largas, pero no creo que los negros tarden en volver.
—Esto es increíble. Pero si he venido aquí porque tu marido me ha dicho, ¿por qué no lo llamas para que lo aclare?
—Ya lo he hecho, pero no me lo coge, así que, dime ¿qué te traes con ese cabrón de Juanito?
—Es alucinante ver lo popular que es Juanito por aquí y, por lo menos, señora, podría dejar de sujetar esa pistola que, aunque la tenga dentro del bolsillo me pone nervioso.
La mujer deja por fin el arma dentro del bolsillo y cruzando los brazos, espera la respuesta de Julen.
—Bueno, pues… pues resulta que ese tipo es mi padre y, ¡joder! No sé por qué tengo que contaros hoy a todos mi puta vida.
—Será porque te lo he pedido amigablemente con una pistola, o porque te andan buscando unos mafiosos.
—¡Vale, joder! Ya le digo, es mi viejo y no lo había visto en mi vida hasta hoy y si algo he sacado en claro del encuentro es que no quiero tener nada que ver con él.
—Pues los nigerianos buscarán a su jefe y, si vienen con él aquí, no les voy a poder impedir que entren. No creo que te siguiesen, porque no tendría sentido preguntar si estabas aquí. Seguramente se lo habrá chivado alguna de las putas del bar.
—Joder, pero qué familia tan divertida que sois. Vale, pues que vean la puta mochila y se convenzan de que no tiene nada de su interés.
—No será tan sencillo. Seguro que querrán apretarte un poco las tuercas, por si se te ocurre contarles algo.
—Joder, esto no puede estar pasando. Pues llame a la Policía, ¡qué se yo!
—Ni loca. Solo me faltaba que la gente vea que entra aquí la pasma, para que se me vaya el negocio a tomar por culo. Te largas y punto.
—Pero si le he pagado ya y…
Antes de que termine Julen de hablar, la mujer extrae del otro bolsillo del batín las mismas tres mil pesetas que Julen le había entregado al llegar.
—Toma tu dinero, anda, cierra la boca y escucha. No puedes salir por la puerta. Uno de ellos se ha quedado vigilando el portal desde la acera de enfrente, por lo que imagino que el otro habrá ido a consultar con su jefe. Si sales por ahí te seguirán y el asunto no acabará bien para ti. Además, me dejarías en mal lugar por haberles mentido. Entiende, no quiero líos aquí ni con policías ni con macarras como esos, que mis puteros son una clientela muy sensible y a nada que vean cosas raras se van a mojar el churro a otro sitio. Coge tu mochila y ven.
Julen obedece siguiendo a las dos mujeres por el pasillo. En su mitad, aparece una gran ventana oculta tras un grueso y opaco cortinón color granate, muy acorde con la decoración hortera del piso. La dueña abre la ventana de madera que da a un patio de luces y que presentaba un calamitoso estado. Un fuerte olor a humedad inunda el pasillo. El patio es un cuadrado, de apenas tres metros de lado, al que dan las ruinosas fachadas interiores de varios inmuebles. En el suelo, hay basura, alguna prenda de ropa desprendida de algún colgador y casi mimetizada con el musgo que cubre en gran parte el húmedo suelo.
—Baja al patio y espera a que esta —le indica la dueña refiriéndose a la joven prostituta que sigue atenta las indicaciones de su jefa— te abra una ventana que hay justo debajo. Es de la trastienda de una tienda de ultramarinos, que es mía también. Te cuelas por ella y esperas a que la calle esté despejada para desaparecer.
Julen asiente, el plan de fuga no parece complicado. Del cuarto de baño aparece la chica con una escalera de aluminio que descuelga con maña desde la ventana hasta el patio. «No hay duda —piensa Julen—, de que esa no es la primera vez que utilizan semejante método para escabullir a algún cliente». Una vez que baja, recogen la escalera desde la ventana y esta queda cerrada. En aquel reducido espacio se siente atrapado, rodeado de aquellas casi desconchadas fachadas, de cinco alturas, por cuyas paredes descienden las tuberías de uralita de saneamiento de los cuartos de baños.
En lo alto una pequeña porción de cielo, cuadrada igual que el mullido suelo de musgos que pisa, ofrece un azul tan intenso que desentona con los ocres y grises de las paredes del patio. Entonces, desde el cuarto piso, se asoma una cabeza. Es alguien que estaba recogiendo la ropa del colgador, alguien que, chistando, alerta a otra persona, que desde un piso por debajo también se asoma al patio.
Julen, con la cabeza gacha, evita corresponder a aquellas curiosas miradas, que deben estar cuestionándose lo extraño de que un tipo esté allí plantado sujetando una mochila, pues no quiere que su equipaje ni siquiera roce con la humedad del suelo.
—Será el fontanero.
Eso dice quien se asoma desde el tercero a la llamada de atención de quien recogía la ropa.
—Eh, tú, ¿has venido a desatascar? Pues ya era hora, porque cuando llueve el patio es una charca, yo creo que hay hasta ranas.
Julen no puede evitar volverse a la llamada. Hacia una voz ligeramente aflautada, como si un hombre fingiese poner voz de mujer. La cara de quien le habla está maquillada en exceso y no le cuesta suponer que se trata de cualquiera de los que, por el barrio, se dedican a imitar a las cabareteras en los locales de alterne, o que, simplemente, es un travesti.
La señora que ya ha terminado de descolgar la ropa se muestra más incisiva.
—¿Y qué haces ahí parado?
—Sí… estoy esperando a que el compañero traiga la herramienta de la furgoneta para revisar el desagüe.
—Eso eso, desatascadoor —ahora el travesti aflauta más su voz—, tú desatasca, buen mozo, y, cuando termines, subes a mi casa, que necesito también que alguien me revise el desagüe.
—¿Cómo?
Julen no capta la burla a la primera, pero la otra vecina no disimula la risa, matizando la propuesta de su vecino antes de cerrar la ventana.
—Ay, ¡cómo eres, Manolita! No pierdes ocasión de echar los tejos al primer mozo que ves.
—¡Calla, calla! Que a mí los de los gremios me vuelven loca y, mira, ¡nada más y menos que un fontanero! Cariño, cuando acabes con la chapuza, sube al tercero derecha y te pongo una cerveza bien fresquita.
—Vale, vale.
Julen acepta la broma, lo fuese o no, disimulando su nerviosismo, impaciente porque se abra la ventana por la que abandonará el patio. Mientras tanto, desde arriba siguen llegándole voces con que si «qué buena planta tiene», que si «mírame, que creo que tienes los ojos verdes» y otras por el estilo que despiertan la atención en otros dos pisos, asomándose a sus ventanas sendos vecinos a los que el travesti les explicaba que aquel es el desatascador.
Por disimular, o por dominar sus nervios, Julen enciende un Lucky, entonces los recién sumados al espectáculo, ignorando las chanzas de su alocado vecino, dos señores de avanzada edad empiezan a cuestionarle que si le envían los del seguro de la comunidad, que si la bajante es tema de la comunidad, pero que la avería del atasco de los desagües es culpa de una obra que hicieron en un local. Que si esto, que si lo otro, para terminar discutiendo entre ellos.




