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La mujer cierra la puerta dejando a Julen esperando.
—A ver, que dice que no tiene sobrinos, así que ya estás ahuecando de aquí.
Julen mira por encima del hombro de la mujer, viendo que una cabeza se asomaba interesada desde el fondo del pasillo. Entonces eleva la voz para que aquel, le escuche.
—Tu amigo Ángel me dijo que te encontraría aquí. Soy Julen, de Bermeo.
No tiene tiempo para explicarse más, pues la casera cierra la puerta. Mientras valora si volver o no a llamar, pega el oído a la puerta por si escucha alguna réplica. Al momento. le sobresalta un golpe seco, una patada que dado la mujer a la puerta que le contempla por la mirilla.
—¡He dicho largo! Si no te vas, llamo a la Policía.
Se marcha. Abajo, en el portal, los yonquis ya han cambiado de turno para preparar sus picos. En cuanto cruza por la puerta hacia la calle, una voz de hombre a través del portero automático, requiere su atención.
—A ver, el que acaba de subir a la pensión… ¿estás ahí?
—Sí, sí, aquí estoy.
—¿Quién dices que te manda?
—Ángel, el maquinista. ¿Subo otra vez?
—No. Espérame en el bar de enfrente.
Un triste puticlub, eso es el local donde Juanito ha indicado a Julen que le espere y para ser la primera vez que entra en uno, se lleva una gran decepción.
Siempre imaginó aquellos establecimientos excediéndose en una decoración recargada, rayando lo hortera. Luces rojas o azules de neón, reservados con asientos mullidos tras opacos cortinones y música mas hortera aún que la decoración, en la que alguna folclórica cantaría al desamor. Todo un detallado atrezo alrededor de una barra, donde un camarero con buena planta y sin reparos para soltar un par de bofetadas si algún cliente se pone pesado, sirve copas a un precio muy por encima de su valor habitual. Pero aquel lugar es un una tasca cutre, un antro en penumbra que ahora huele a lejía porque un tipo delgaducho, maduro y que viste con un batín de guaté, friega el suelo con desgana. Si hay neones de colores, no se ven por ningún lado y la poca luz que permite distinguir las formas, entra por la puerta, puesto que un par de ventanas en uno de sus lados y que dan a una callejuela que desciende hacia la calle San Francisco, tiene pintados de rojo sus vidrios, a pesar de lo cual, los trazos de los brochazos permiten pasar unos leves rayos de sol. El estridente sonido de un pequeño transistor, que debe estar por entre las botellas de licor de alguna repisa, no pone ninguna música al local, solo las voces del noticiero del mediodía en el que varios personajes se enzarzan en discusiones políticas.
Al fondo del local, un par de putas jóvenes, sentadas junto a una mesa adosada a la pared, justo debajo de uno de los ventanucos, hacen guardia en espera de algún cliente madrugador. Mientras una realiza el crucigrama de un periódico, la otra que ojea una revista del corazón, atiende a las dudas de su compañera para completar el pasatiempo.
Julen se siente cohibido al constatar dónde acababa de entrar, aunque tampoco tiene nada de extraño a tenor de en qué zona de Bilbao se encuentra. La Palanca, tuvo en un pasado no muy lejano mejores días, donde a pesar de concentrarse la oferta de prostíbulos, estos se alternaban con locales muy populares y cabarets, otorgándole a aquella zona un cierto glamour rayando con lo canalla. Pero ese era un pasado bohemio que ya nunca iba a volver. Desde la llegada de la heroína y, con ella, de clanes de traficantes y proxenetas, se había degradado de tal manera el barrio, que había pasado a ser frecuentado casi en exclusiva por camellos, yonquis, chorizos y puteros fugaces. El tipo que pasa la fregona, se gira después de que la chica que ojea la revista le alerte con un gesto de que hay alguien a sus espaldas.
—A ver, la barra aún está cerrada, pero, si quieres descargar, arréglate con aquellas.
Las dos chicas, que rondan los veinticinco años, alzan sus miradas depositándolas en Julen. Evidentemente, no es aquel el prototipo de cliente con el que esperarían encontrarse: un joven con mochila y que tiene toda la pinta de un turista despistado.
Una le regala una pequeña sonrisa, la otra enciende un cigarrillo sin apartarle la vista. Julen, avergonzado, se vuelve mirando hacia la calle, deseando fervientemente que Juanito acuda de una vez a la cita. El de la fregona vuelve a dirigirse a él, al ver que seguía allí plantado.
—Y cruza por detrás de esas mesas para no pisar lo fregado.
—No, si yo solo estoy esperando a una persona, enseguida me voy.
Entonces el limpiador frunce el ceño. Si ese no viene a follar, que es a lo que vienen sus clientes, seguramente se trataría de cualquier enredo contra los que a diario tiene que bregar. Toxicómanos o ladronzuelos que buscan esconderse de otros como ellos, o de la policía, o puede que algo peor. .
—Pues a la puta calle, que esto no es un salón social.
—Tranquilo, Emilio, tranquilo, que está conmigo.
Juanito acaba de entrar en el local poniendo una mano en el hombro de Julen, como si le conociese de toda la vida.
—¿Contigo? ¡Joder! Pues no sé si es para preocuparme más.
—Anda, saca un par de cervezas. ¿Está la oficina abierta?
Emilio, dueño de aquel tugurio, deja la fregona apoyada contra una mesa y pasa detrás de la barra.
—Te lo dejé bien claro hace días, Juanito, aquí ya no te guardo nada —le advierte a la vez que con la mirada le señala hacia la mochila de Julen portaba a sus espaldas, mientras abre un par de botellines.
—¡Qué guardar ni guardar! ¿Lo dices por esa mochila? ¿Y qué hostias llevas en ese pedazo de mochila chaval?
Julen responde torpe, sabiéndose en una situación fuera de su control.
—Nada, mi equipaje. Me voy de vacaciones.
—¿Lo ves, Emilio? ¡Es un turista! ¿Crees que si me trajese un encargo, lo iba a recibir en una mochila de colorines y que se ve a medio kilómetro? Vamos, Emilio, no me jodas. Y oye, cabrón, esta cerveza parece meada.
—Pues te jodes. A ver cómo crees que va a estar si acabo de rellenar la cámara. Pide champán, hijo de puta, que eso sí que lo tengo frío.
Emilio echa mano al bolsillo de su batín para extraer un manojo de llaves que posa en la barra.
—Y aligerando. En un cuarto de hora os quiero fuera, que es viernes y antes de comer empezarán a llegar los «madrugadores» y no quiero que mis puteros vean trapicheos raros, que eso les baja la libido.
Juanito toma las llaves del mostrador y, de un gesto, indica a Julen que le siga. Cruzan por delante de las dos chicas antes de detenerse ante una puerta al fondo del local, justo al lado de los baños. Ellas desvían sus miradas para no toparse con la de ninguno de los dos. Ahora que ven al chico con Juanito, han perdido cualquier interés en él.
—Buenos días, reinas —saluda Juanito burlón sin recibir respuesta.
Gira un par de veces la llave en la cerradura, abre la puerta, acciona el interruptor de la luz y pasan a una amplia trastienda. Allí, además de acumularse cajas de champán y licores, les recibe una amplia mesa redonda en el centro, con media docena de sillas a su alrededor. Al ver la escena, Julen reconoce esos locales clandestinos, que en el cine negro son escenario de partidas ilegales o de reuniones del hampa.
—Deja la mochila y siéntate —ordena Juanito cerrando la puerta con llave a sus espaldas.
Julen con el corazón a punto de salirle del pecho, siente que algo debe decir para destensar aquel encuentro.
—Pues sí que está la caliente la cerveza, sí.
—¿Pero qué hostias haces con eso todavía? Habérsela dejado en la barra.
Juanito rodea la mesa acercándose a una cámara frigorífica.
—A ver qué guarda aquí este pájaro…
—Yo, yo no quiero nada, gracias.
—Ya, claro, que a ti te gusta la cerveza caliente. Pues mira, yo me voy a regalar un Benjamín.
En apenas unos segundos, Juanito ha descorchado la pequeña botella de cava, de cuya boca se premia con un generoso trago y toman asiento junto a la mesa.
—Recuérdame después que esconda la botella al fondo de la cámara.
Juanito luce barba de dos o tres días, lo que, junto a sus ojeras, le confiere un aspecto notablemente demacrado. Julen se da cuenta de que, al igual que él, es de nariz afilada y rostro anguloso. Viste una chaqueta vaquera que se quita al sentarse. La camiseta negra, bien ceñida, muestra una incipiente barriga, no demasiado abultada y sus mangas recortadas por encima de los bíceps podrían haber realzado los músculos de sus brazos, pero eso sería en otra época, porque Juanito está muy delgado. Completan su atuendo unos ceñidos pantalones vaqueros y unas zapatillas deportivas. Un aspecto que a Julen le parece forzadamente juvenil para los cincuenta y tantos años que tendrá aquel tipo.
—Y dices que te vas de vacaciones…
—Sí, a Picos de Europa.
—Qué sitio tan bonito, ¡sí, señor! Pero algo has dicho antes de que has hablado con Ángel.
—Si, me dijo dónde podría encontrarte.
—Hace mucho que no lo veo. Somos amigos desde niños, casi unos hermanos, pero quiere cuidarse de mí. No soy muy recomendable… para nadie.
Permanecen mirándose unos segundos. Julen busca en el rostro de ese tipo con pinta de macarra, algún otro rasgo común, además de la nariz. En cambio. Juanito está asombrado al tener ante sí prácticamente la misma cara que aparece en una vieja fotografía. La única que guarda de sus padres y ha plastificado, llevándola siempre en su cartera. Una foto cuadrada, de menos de diez centímetros de lado y que. en tonos sepia, muestra sonrientes a una joven pareja el día de su boda ante una iglesia.
—Ángel estuvo en Bermeo y me habló de ti.
—¡Que cabrón! Me dijo que tu abuela le echó de casa.
—Y es cierto, pero es que salí tras él y hablamos en la calle.
—Eso no me lo contó.
El hasta ahora porte altivo de Juanito, muda a otro dubitativo.
—¿Y qué cojones quieres, chaval? ¿Qué haces aquí?
—Bueno… después de aquel encuentro, me quedó la duda de conocer a… mi padre.
—No te equivoques, que yo no soy tu padre. Al menos lo que se dice un padre al uso. Que seas hijo mío no es más que la consecuencia accidental de los polvos que echamos tu madre y yo. Dicho esto desde el mayor respeto hacia tu difunta madre, no me malinterpretes, por favor, pero son cosas que pasan.
Juanito pega otro largo trago de cava.
—A ver, entiéndeme, por aquellos días yo estaba un poco «tocado» y no sé por qué enredé a Ángel para que contactara contigo. Supongo que me pilló todo con la guardia baja, pero ahora que lo pienso, no le encuentro sentido.
—Ya veo.
—Pero no pasa nada, chaval, nos hemos conocido y eso está bien.
—Eras policía.
Juanito cambia el gesto sonriente que acababa de esbozar, por otro serio. Se gira buscando en la chaqueta que cuelga del respaldo de su silla, el paquete de tabaco. Pone un Winston entre sus labios, y ofrece otro a Julen. Ambos, los encienden con sus respectivos mecheros, exhalan un par de profundas caladas y retoman la conversación.
—Ahora me dedico a negocios más lucrativos.
—Te expulsaron.
—Joder con Ángel, vaya lengua tiene.
—Tampoco dijo mucho, solo que se te fue un poco la olla, que te metiste en algún lío…
—¡Eh! Con calma. De repente te veo muy tirao palante. Con lo modosito que parecías hace un rato.
Julen, aunque está nervioso, sabe que, si quiere sacar algo en claro de aquel encuentro, debe mostrarse confiado.
—Y esos negocios lucrativos, imagino que será trapicheando.
—Qué va, soy tratante de obras de arte, ¡no te jode!
—No pareces haber estado tocado de la azotea.
—Te empiezas a pasar de listo y, si eso ocurre, saldrás escaldado. Así que eres montañero, ¿eh? Tu madre y tu tío también tenían esa afición, ¿pasa igual con tu tía Catalina?
Julen, ante la familiaridad que Juanito ofrece al hablar de su familia se sorprende, tardando en contestar.
—¿Cómo sabes tú eso? Y mi tía no se llama Catalina.
—Ya, claro, que los vascos decís Kattalin —se burla—. Pues sí, es verdad, sé bastantes cosas de tu familia y no pongas esa cara de pasmado. La cosa es que me parece un poco raro tenerte hoy aquí, cuando hace pocos días estuve con ella.
—¿Con ella? ¿Con quién?
—Con tu tía y con su amigo, porque supongo que Piru será el maromo que se la beneficia.
Julen niega incrédulo.
—Tenías que haber visto la bronca que esa le montó al pobre Piru y eso que, en seguida, ventilamos el asunto que teníamos entre manos.
—No creo ni una palabra de lo que dices.
Juanito arquea las cejas mirándole fijamente, como si le estuviese preguntando «¿Estás seguro?».
—Verás, chaval, hoy me has pillado de buenas. Será por este Benjamín, más tarde abriremos otro, pero ahora abre bien las orejitas, que te voy a poner al día. Piru regenta un bar en Bermeo, el Txoriburu, ¿voy bien? Hasta el otro sábado por la noche, no sabía quién era su novia. Al muy gilipollas no se le ocurre otra cosa que traerme un encargo, con ella de compañía, para irse después de fiesta decían y, claro, parece ser que la muchacha no estaba al tanto del asunto.
Julen asiente, en cierta medida, tiene lógica. Recuerda lo cabreada que había regresado Kattalin al día siguiente de irse de fiesta con su novio a Bilbao. Juanito copia el gesto de Julen, apagando tras él, la colilla del cigarrillo en un cenicero situado en mitad de la mesa, después, le propina a la botella de cava un último trago y sigue hablando.
—La cosa se torció un poco. Piru solo tenía que parar aquí, frente a este local. Yo abriría el maletero, recogería el bulto, le dejaría la pasta y listos, pero poco antes se había montado bronca calle abajo. A ver, el sábado a la noche esto se pone de coches como la Gran Vía, pero con aquel asunto, que si un navajazo, que si la Policía de redada, había que cambiar de planes. Con tanta gente, ni le iba a meter el fajo de billetes por la ventanilla, ni recoger aquello con la caravana de puteros cachondos en sus coches por detrás reventando los cláxones.
Julen asistía a aquel relato absorto, ante la naturalidad con la que Juanito se explicaba.
—Total, que tuvimos que demorarlo. Aparcaron donde pudieron y trajeron el pedido como si viniesen con las compras del supermercado. Por un lado, entiendo la mala hostia de tu tía. De repente, su novio le diría: «Oye, cari, que nos vamos a pasar un momento por La Palanca a dejar un recado y, luego, ya, si eso, nos vamos por ahí a mover el culo» y, claro, no le debió gustar. Ni eso, ni que le dijese que se quedase sola en el coche esperando. Es que también este Piru ese es idiota. ¿Qué tía se va a quedar ahí, en ese callejón de mierda dentro de un coche sola? ¡Y de noche! Para cuando volviese ya se la habría follado media docena de yonquis.
Julen atiende sin perder un solo detalle al soliloquio de Juanito.
—Así que, al rato, aparecen discutiendo por la puerta los dos. Ella, al entrar y ver que era un puticlub, casi se desmaya. —Ahora Juanito se reía—. Tenías que haber visto la cara de tu tía, chaval, bueno, que yo todavía no había caído en la cuenta de quién era realmente. Pero menos mal para ella que reaccioné rápido, le pedí a Emilio las llaves de la oficina y aquí nos reunimos a solventar el asunto, que nada, era cosa de un par de minutos, pero ya nos pusimos un trago, más que nada por esperar a que en la calle se despejase el lío con la Policía. Entonces, intenté tranquilizarla, porque la mujer le había montado un pollo de cojones. En realidad, estaba nerviosa por lo de las putas fuera.
—O por lo de la droga. Ella no estaba al tanto de ese asunto de Piru.
—Puede ser. Pero bueno, empezamos a hablar un poco por limar asperezas y ella empezó con que si «los putos maderos esto o lo otro, que si a ver si se marchaban los putos txakurras»8 y, claro, aunque ya no ejerzo, digamos que me hinchó un poco los cojones.
Juanito se paró de repente, los golpes de Emilio en la puerta le alertaban de que, efectivamente, ya se había consumido el tiempo que le había dado. Se levantó acercándose hasta la puerta para advertirle de que aún no iban a salir.
—Otra media hora.
—No me jodas, Juanito, venga a la puta calle.
—A la puta calle te voy a sacar a hostias si no me dejas en paz. Media hora he dicho y, después, te pongo al tanto.
—Bueno, pero vamos a medias.
—¡A medias mis pelotas!
Juanito se da la vuelta, mascullando entre dientes que Emilio es un gilipollas. Al volver a sentarse, Julen lo mira muy serio. Mientras hablaba hacia el marco de la puerta, había quedado al descubierto la empuñadura de una pequeña pistola que asomaba por encima del cinturón a su espalda.
—Este se debe pensar que estamos aquí amasando pan o algo por el estilo. La verdad es que no le culpo, con esa mochila tuya… creerá que traes un buen cargamento. A ver cómo lidio después para convencerle que no tendrás ahí más que calzoncillos, camisetas o alguna revista porno para pajearte en el monte.
—¿Y qué pasó después?
—Está interesante, ¿verdad? Pues le dije que cuidase el lenguaje, a lo que su novio le advirtió que yo había sido policía, pero claro, ella no se amilanó. Lejos de eso, dijo que a sus hermanos los había asesinado la Policía y, claro… ella de Bermeo, dos hermanos fiambres y, de repente, ¡zas! Como un fogonazo en el cerebro que te hace verlo claro, porque llevaba tiempo pensando que su cara me resultaba familiar y, seguido, la asocié a un gran parecido con la cara de Leire. Chaval, el mundo es un pañuelo, un puto pañuelo, lleno de mocos, es verdad, pero cuando menos te lo imaginas, la vida te da sorpresas increíbles.
Julen procesaba a toda velocidad todo lo que Juanito le contaba, por sorprendente que la historia pareciese, todo tenía lógica.
—¿Y cómo terminó la reunión? ¿Le contaste quién eras?
—No debí hacerlo, la verdad, pero es que con todos estos etarras y sus amigos, ¡qué te voy a decir, hijo mío! —volvió a reírse de su ocurrencia—, pues no me habré hartado a repartir estopa en interrogatorios. En fin, que me lo puso a huevo, así que hice esto. —Echó una mano atrás sacando la pistola poniéndola en la mesa—. Y, claro, se asustaron un poco, pero se quedaron formales. Luego le dije que su hermana se llamaba Leire y su hermano Andoni y que los dos murieron casi seguido.
—Ocurrió la misma semana.
—Ya sé yo bien cuándo pasó todo, ¡qué me vas a contar tú!
Julen se encogió de hombros.
—Ella se puso muy nerviosa, pero aunque debía tener miedo, la mala hostia se lo hacía vencer. He visto esa misma actitud en interrogatorios, sí. Sucede hasta que se derrumban, pero no entremos en esos detalles —volvió de nuevo a sonreír—. Así que me preguntó que de qué sabía yo todo eso y, bueno, le conté que su hermana y yo tuvimos un «romance» y que le hice un bombo. Después, ella llorando rabiosa le dijo a su novio que la sacase de aquí como fuese. Les abrí la puerta y se fueron.
—¡Hay que ser cabrón!
—Esa boca, nene.
Juanito apoyó los codos en la mesa, posó las manos sobre esta entrelazándolas e inclinándose todo lo que podía hacia Julen, que permanecía sentado a su frente, adoptó una pose de cierta solemnidad y siguió hablando.
—Conocí a tu hermano, así le dije, cuando vino a tocarme los cojones por el embarazo de Leire. Le juré que aquello había sido accidental, que su hermana me gustaba, pero para lo que me gustaba, y no me pongas tú esa cara, ¡joder, que somos hombres! Todo dicho desde el máximo respeto a tu madre, una mujer a la que nunca deseé mal alguno.
—Déjate de hostias y sigue hablando.
—Di que sí, ¡ese es mi chico! Pues nada, que ahí se había tenido que terminar el asunto, pero claro, su hermano andaba metido en líos de política, ya sabes, y ¡zas! Unos años después de nuevo el puto destino que nos vuelve juntar. Esta vez ya fue a cuenta de mi labor de investigación. Andoni estuvo detenido, hubo que interrogarlo…
—¿Lo hiciste tú?
—¿Yo? Qué va, ¿no ves que nos conocíamos? De eso se encargaron otros.
Llegado a este punto del relato, Julen ya dudaba de todo lo que le contaba, consciente de que, aunque hubiese alguna parte de verdad y Juanito se mostrase despreocupado ahora que había pasado de ser policía a camello, casi todo estaba contaminado con mentiras.
—Tu tío, al final, cantó y, mientras llevaba a unos compañeros a mostrarles un zulo9, logró escabullirse, a pesar de que iba esposado el jodido. Como era de noche, no le acertaron con los tiros porque disparar, ya te digo que le dispararon.
—A mi tío lo encontró un pescador desde su barca, a los pies de un acantilado cerca del cabo Matxitxako.
—Por esa zona debía estar el zulo, sí. Imagino que cuando aprovechó algún descuido de mis compañeros y echó a correr, no controlaría bien la carrera escuchando como le disparaban y tendría la mala suerte de despeñarse por el acantilado. Como iba esposado, «los de siempre» dijeron que esa versión era falsa, cosa que a mí me la suda. Luego ya sé que en una manifestación de protesta hubo bastantes heridos y una mujer murió. Te juro que cuando transcendió a los medios su identidad, me quedé helado.
—No te creo.
Ahora la cara de Juanito era otra. O se trataba de un rapidísimo actor, o parecía seriamente afectado.
—Lo que creas o no, también me la suda. Hasta ese día, te juro que en la puta vida me había importado que ella tuviese o no un hijo mío, ¿me entiendes? Pero no sé, algo cambió. Vi una foto de su madre en el periódico, su cara estaba rota por el dolor, pero no se le adivinaba lágrima alguna. Aquella mujer que apoyaba la mano en un féretro cubierto con una ikurriña sujetaba con la otra a un niño, un crío sin padre y que acababa de perder a su madre. No era justo.
Julen tragó saliva incómodo. Toda la vida solicitando detalles de aquellos tristes episodios vividos por su familia y a los que su abuela intentaba esquivar, siempre diciéndole que no quería sembrar en él el odio, para que ahora brotase la rabia más profunda al escuchar aquellas palabras.
—Puto madero.
Juanito tomó la pistola con gesto tranquilo, amartillándola después.
—¡Qué! ¿me vas a pegar un tiro?
—Etarra de mierda.
—¡Qué hostias, etarra! ¡Y qué sabrás tú de mí! Eso somos todos los vascos que no os tragamos, ¿verdad? Etarras, terroristas… Llevarás muchos años viviendo aquí, pero no tienes de puta idea de por qué es la gente como es con vosotros.
Juanito descargó el arma con aire tranquilo y volvió a colocarla entre el pantalón y sus riñones.
—Tienes huevos, eso me gusta, joder y, mira, vamos a evitar enfadarnos, además, yo ya no estoy en esa pelea. No me quieren en la Policía. Primero decían que si tenía el síndrome del norte10, que si estaba quemado, luego cuando empecé con…
En esta parte del relato, su cara muda a un gesto totalmente diferente a los mostrados hasta ahora. A ojos de Julen, quizá el único momento en el que le parece sincero.
—Empecé con miedos, paranoias…
—La mierda que te meterías, seguro. Dicen que un montón de maderos sois cocainómanos.
—Dicen, dicen… ¿en serio te crees esas bobadas? Mira, puede que en mi caso fuese así, pero luego me limpié. Lo que pasa es que, claro, llegó aquella bronca con un capitán, le solté un par de tiros al techo de su despacho para acojonarlo y, bueno, digamos que más o menos me jubilaron.
—Qué bien, ¡y aquí estás! Convertido en camello —le espeta burlón.
—La vida, que es imprevisible, chaval. Podía haber vuelto a mi pueblo, pero el campo no es para mí. Además, conozco bien este mundillo, deformación profesional, claro. Un par de trabajitos más y me retiro. Me largaré para el sur, igual a Marbella, que aquí llueve mucho. Me echo una moza con buenas tetas ¡y a vivir! Que la pensión por incapacidad que me han otorgado estos cabrones no da para mucho.
Julen soltó un bufido a modo de burla.
—¿Qué pasa, chaval? Te divierte, ¿a que sí? En fin, tampoco te culpo, y ahora sí que no te acepto un no por respuesta.
Se levanta de la silla, acercándose de nuevo a la cámara extrayendo otro Benjamín tomó un par de vasos de whisky que había sobre una repisa, repartiendo el cava en ambos. En esta ocasión, Julen no mostró ninguna objeción al convite.




