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Aquel tablón de roble que labrase unos años antes con el nombre de la mina había sido partido por un rayo en una tormenta el mismo día del derrumbe. Toda una señal de los cielos dijeron algunos y, en cierta medida, ¿quién se lo podría rebatir? Tan solo una de las estacas sostenía una porción del letrero original En él, chamuscado y astillado por ambos lados, solo mostraba un fragmento del nombre de Pozo de la Virgen Dolorosa.
Cuando ya hubo desaparecido monte abajo, algunos se acercaron interesados en el cartel que acababa de clavar un poco más al suelo con ayuda de un pedrusco. Quienes lo leyeron, aceptaron que aquel sería el nombre que ya para siempre había designado el destino para aquella aldea: Dolor.
Cuando Juanón llegó a lo alto, sudoroso a pesar del frío y fatigado en extremo, pues la nieve dificultaba mucho más la ascensión, leyó aquel cartel y tuvo la ocurrencia de que aquel lugar le estaba advirtiendo de su destino.
—¡Dolor! —exclamó intentando que su voz fuese solo un susurro, aunque sin conseguirlo.
—Dolor —respondieron algunos más de los que le acompañaban.
Pocos minutos después, frente a la boca de la mina, los peores presagios se hicieron realidad, al enterarse de que su padre, junto con dos compañeros, había sido sepultado. Un derrumbe que se produjo precisamente en la galería más productiva de todas, la misma en la que sucediese el fatídico accidente que hizo al primer dueño de la mina abandonar la explotación. Al caer la noche, las labores de rescate consiguieron dar con los mineros aplastados por toneladas de material, por rocas de tantos y diversos colores, como decía su padre, que nunca se habían encontrado en tal variedad en el mundo exterior. En eso pensaba Juanón. Sacaron a Juan en una camilla y, detrás de él, a sus dos compañeros en la muerte.
«Allí abajo —le dijo al hijo la noche anterior—, allí abajo no hay niños, todo el que entra a la mina es un hombre». Y aquellas palabras se le quedaron grabadas cuando vio en el suelo dos camillas que flanqueaban a la de su padre mientras los mineros reunidos alrededor rezaban un padrenuestro. Efectivamente, allí había con Juan dos «hombres» más, uno de trece años y otro de dieciséis.
En los corazones de los congregados, el dolor era tan inmenso como la altura de aquellas montañas que ahora, iluminadas en sus blancos mantos de nieve por la luna, se mostraban insolentemente bellas, orgullosas e indiferentes ante quienes las contemplan y quisieran comprender su naturaleza.
Y puede que algo de ellas germine en el carácter de esas gentes, pues al igual que el paisaje, son silenciosas. Muchas veces parece que no están y, cuando están, se funden y confunden con el entorno, tan cotidianos como los chopos que bordean los arroyos o los piornos que ascienden por las laderas de los montes.
Pero si hoy día, un viajero curioso cruzase por aquellos valles y preguntase a cualquier lugareño por el camino a Dolor, responderá mirando con ojos tristes a lo alto de una montaña y, quizá, si el forastero le despierta confianza, le responda que allí ya no hay nada que ver, que el monte se tragó la mina y luego el camino y que, aunque más despacio, lo hace también con los recuerdos. O también puede que simplemente chasquee los dientes y siga con sus cosas, ignorando el interés del extraño, confundiéndose de nuevo con el paisaje. Así nació Dolor, y aunque quizá nunca fuese un pueblo, pudo ser un estado del alma.
Esta es su leyenda.
1895-1905
2. Elisa y Andrés
Años después de haberse casado con un hombre quince años mayor que ella, Elisa se preguntaba por qué lo había hecho si nunca le había amado, ni él le mostró gesto alguno de afabilidad. Durante mucho tiempo esquivó cuestionárselo, pues no le agradaba reconocer que fue exclusivamente por salir de la miseria. Ahora aquel «porqué» le arrojaba dudas si fue suficiente motivo sacrificar el corazón por el estómago.
Huérfana de madre cuando era muy pequeña, Elisa era hija única y llevaba los últimos años al cuidado de un padre en un permanente estado de ahogo, atorados sus pulmones de un polvo negro que, entremezclado en los esputos sanguinolentos, la amedrentaban cada vez que aparecían en pañuelos hechos un ovillo con la ropa sucia para lavar. Pañuelos con mocos y escupitajos resecos, acartonados en una especie de bola de papel y que parecían resquebrajarse al despegarlos antes de sumergirlos en el lavadero.
No hacía mucho que había cumplido los quince años y no pensó su padre en una mejor perspectiva de futuro para su hija, consciente de que estaba a punto de perder la batalla contra su enfermedad, que buscarle un marido y lo hizo en Andrés, un antiguo compañero de galería que trabajó poco tiempo en los pozos para después dedicarse al pastoreo y cultivar una pequeña huerta con la que lograba sobrevivir sin apreturas.
Una mañana que amaneció amable y soleada, se acercó hasta Villanueva de la Cueva para, en la misma jornada, proponer y cerrar el trato.
Ni siquiera preguntó Andrés por el aspecto o la edad de quien sería su esposa. Nunca se le habían conocido tratos con las mozas como a cualquier otro, pero tal cuestión nunca despertó entre sus vecinos la duda de si no sería porque le gustase más la compañía masculina. Andrés era un hombre que simplemente no trataba con nadie, que nunca mostraba sus sentimientos u opiniones. Nadie le escuchó jamás queja alguna o le contempló regocijarse. Andrés, simplemente, era un elemento más del paisaje.
El padre de Elisa sabía que un hombre como aquel, con el mismo entusiasmo que un cesto de patatas, no podría hacer feliz a nadie, pero le bastó con que su hija tuviese un hogar en el que poder vivir. Ella, por su parte, recibió la propuesta de boda muy apesadumbrada, pasando varios días sin dirigir la palabra al padre, pero frente a los incesantes argumentos de este, que le pronosticaban una segura miseria tras su próximo e inevitable fallecimiento, se rindió a su destino pactado. Habiendo pasado dos semanas desde que cerrasen el trato de la boda, Andrés aún no se había acercado a conocer a la que sería su esposa. El padre de Elisa, temeroso de que el compromiso se rompiese, invitó a Andrés nuevamente a comer un domingo, proponiendo una fecha definitiva para el casamiento. Andrés respondió a la carta confirmando la fecha para dentro de cuatro semanas, pero excusándose de visitarles en base a una supuesta incapacidad de abandonar sus tareas. Al tiempo, les comunicaba que, ya que se iban a quedar a vivir en Villanueva, allí debería ser la boda. No hubo más comunicación. Dos semanas después, Elisa quedaba huérfana. Con los pocos cuartos que le quedaban al padre, pudo dejar al día la renta de la casa en que vivían, comprar un burro y, haciendo un par de hatillos y llenando una maleta, reunió sus pertenencias encaminándose a Villanueva de la cueva el día antes de la boda. Quien iba a convertirse en su marido, a pesar de verla llegar por la carretera tirando del animal cargado con los bultos, se dispersó al igual que lo hacían sus cabras por la ladera del monte, no propiciando su encuentro hasta el atardecer.
La quinceañera acertó a encontrar su futura casa, pero como no había nadie en ella, se sentó a esperar en la puerta. Poco rato después, un crío que se le presentó como Juanón le dijo que esa era la casa de su tío y salió corriendo para entrar a en una vivienda más pequeña y humilde, que se levantaba en medio de un huerto, lo que parecía también propiedad de la vivienda de su futuro marido. De allí llegó el niño, tirando de la mano de un hombre de aspecto agradable y de una sonrisa encantadora.
—Hola, me llamo Juan y me parece que vamos a ser cuñados.
Pronto descubriría Elisa que el trato de Andrés para con su hermano Juan no distaba un ápice del que mantenía con cualquier otro, lo mismo se tratase de ganado o de ella misma.
Alguna vez abordando tal cuestión, Juan solo acertaba a decir que Andrés siempre había sido así.
Los veinticinco años de Juan y los treinta de Andrés parecían una barrera infranqueable para que aquella adolescente se adaptase a su mundo, especialmente al de su esposo, aunque pronto entendería que la edad no tenía nada que ver. Elisa adivinó que Juan lamentaba su suerte como esposa de su hermano y, aunque ella puso algo de interés al comienzo de aquella vida en relacionarse con su cuñado, su esposa y el pequeño Juanón, no fue capaz de persistir en el empeño. El carácter inanimado y oscuro de su esposo terminó por anularla y contagiársele también.
Las noches eran otra cosa. Casi todas era tomada para satisfacción de Andrés, que más que hacer el amor, parecía reproducir con aquel acto una monta entre cualquier pareja de animales.
Ella se dejaba hacer intentando alcanzar pequeñas cotas de placer que dibujasen con cierto entusiasmo su anodina existencia, junto a un compañero que podía pasar días enteros sin pronunciar una palabra y, si lo hacía era por pura necesidad o para impartir las labores propias de la casa, de la huerta o de los animales.
Andrés la tomaba sin pasión. Apenas dedicaba atención a su esbelto cuerpo, solo se centraba en despojarse de la ropa, quitársela a ella y situarse entre sus piernas para, tras unos rítmicos vaivenes de cópula y que siempre eran iguales, derramarse dentro de su vagina. Incapaces nunca de engendrar un hijo, pocas noches cesaron en aquel acto desprovisto siempre de toda pasión.
El paso del tiempo le hizo a Elisa ganar un espacio propio en aquella casa, cuestión que Andrés nunca rebatió. Aquellas cópulas, en las que él alcanzaba un frugal éxtasis, fueron variando por deseo de Elisa. Frustrada por nunca alcanzar el clímax con él, con el paso del tiempo y empujada por la necesidad de encontrar siquiera un desahogo para su ánimo, comenzó a masturbarse previamente a que su esposo la penetrara. En tal situación, ella se abandonaba a sus fantasías y, cuando estaba a punto de culminar en gozo, hacía un gesto a su marido, que aguardaba con su miembro erecto y en ese momento sus cuerpos se fundían, pero no sus mentes, pues cada una se dirigía por derroteros muy distintos para alcanzar el placer.
A tales infortunios se le empezaba a añadir el miedo que algunas actitudes de Andrés le infundían. Como no tenía cosas más entretenidas qué hacer, comenzó a espiarle. A veces le seguía cuando se iba al monte con las cabras. Lo mismo comenzaba a hablar o gritar en solitario, manteniendo supuestos altercados con personajes que solo él vería o se imaginaba, que la tomaba con cualquier animal, propio o salvaje, y lo maltrataba con sadismo hasta matarlo. Cuando regresaba el hombre a casa, ella buscaba en sus miradas rasgos que revelasen que aquel tipo que llegaba exhausto era el mismo que había visto antes.
Tiempo después, Andrés comenzó a alternar su labor de pastoreo con trabajos temporales de mantenimiento en la línea ferroviaria del Hullero, el tren que llevaba el carbón de las cuencas mineras del norte de León y Palencia a los Altos Hornos de Vizcaya. Las semanas que Andrés se ausentaba para ir a trabajar a las vías, Elisa se sentía casi feliz, esperanzada en que quizá, con suerte, una locomotora lo atropellaría o se enzarzase en una pelea a cuenta de alguna disputa de naipes y alguien parecido a él le diese un navajazo en el corazón. Pero siempre regresaba y, sin ella darse cuenta, terminó convertida en una mujer sin esperanzas, contagiada por el carácter hosco y taciturno de Andrés.
Cuando llegó la muerte de su cuñada, aquella fue desgracia que pasó sin pena ni gloria por su casa, pero cuando fue Juan quien falleció en la mina, sí que hubo un cambio notable en sus vidas.
Su sobrino Juanón, sin más familia que ellos, quedó a vivir bajo su techo. Un asunto que a la pareja no le entusiasmaba, pero con el que consintieron porque era lo que todos en el pueblo habrían esperado que hiciesen. La casa de Juan, la casina, por hallarse en mitad del extenso huerto que ambos hermanos heredasen de sus padres, fue transformándose en cuadra, pues Juanón estaba instalado con sus tíos y, visto que ellos no tenían descendencia, todo aquello quedaría para el sobrino cuando les llegase la muerte.
Juanón aguantó hasta los quince años bajo la tutela de sus tíos. Con esa edad, Andrés lo subió un día a Dolor para que comenzase a trabajar en el pozo minero. El muchacho, visto que su tío amenazaba con echarle de casa si no accedía a convertirse en minero, asumió su nueva situación bajo la premisa de que viviría en los barracones de Dolor con otros mineros, que lo poco que le quedó de su padre, como la casina, seguiría siendo suyo, aunque sus tíos hiciesen uso y que todo lo que ganase, sería para él.
A Andrés aquello o le pareció correcto o, simplemente, le dio igual. Conforme con la postura de su sobrino, dio media vuelta y se olvidó de él.
LIBRO DEL VIAJERO
2. Kattalin
Anochece cuando el tren se detiene en el apeadero de Gernika. Aún quedan unos minutos y unas pocas paradas más para que finalice su viaje desde Bilbao en Bermeo y Julen, acomodado en un asiento, mantiene la cabeza apoyada en el cristal. Rememora la conversación con Ángel y el aspecto que ofrecen las casas de Gernika, nada tiene que ver con la destrucción de la que advierte el cuadro de Picasso. Evidentemente, los mismos que la arrasaron no permitieron ni un espacio para el recuerdo en su reconstrucción.
—Borra la historia de un pueblo y borrarás a ese pueblo. Por eso debemos tener memoria.
La frase se la escuchó no hace mucho a su tía Kattalin y piensa que tiene razón. El tren arranca tras desprenderse de algunos pasajeros y su mente sigue en órbita alrededor de la incómoda figura de su padre.
Al llegar a Bermeo ya se ha echado la noche y se acerca hasta el Txoriburu, una antigua taberna junto al puerto que ahora es frecuentada por jóvenes, desde que hace un año Piru la alquilase y trasformase en bar musical.
—Aúpa, Piru, ¿ha estado alguno de mis colegas por aquí?
—Nadie, pero aún es un poco pronto, ¿no?
Julen consulta su reloj, son las diez y media y es, precisamente, sobre la que se suelen juntar los sábados.
—Subo un momento a casa, si los ves…
—Les digo que te esperen, descuida. Ya de paso, dile a Kattalin que ya tengo relevo para esta noche, que baje cuando quiera.
Piru, de un gesto con la cabeza, le hace mirar a Julen al fondo de la barra, donde su hermano, que le sustituye esa noche, está pinchando música. El texto de la canción de Barricada que suena le empuja a no borrar de la mente su más inminente destino:
«Es el juego del gato y el ratón
tus mejores años, clandestinidad.
No es muy difícil claudicar
esto empieza ser un laberinto…».
Entra en casa saludando en voz alta y, antes de dar explicaciones de dónde ha estado todo el día, se encierra en el baño para darse una ducha. Pocos minutos después, suenan varios golpes en la puerta.
—Ya salgo, que me estoy secando.
—Podías avisar de que estás en casa —le censura su tía.
—No me habréis oído, estabais en la cocina. Por cierto, Piru te está esperando.
—Ese Piru y tú…
Le comenta Begoña a su hija, que está unos pasos por detrás de ella en el pasillo. Las dos se habían acercado sospechando que Julen estaba ya en casa al darse cuenta de que el calentador de butano llevaba un rato encendido.
—Solo es un amigo.
—¿Y cómo de amigo? —le cuestiona a la hija con una sonrisa que le desaparecerá en cuanto escuche su respuesta.
—Lo justo para follarlo de vez en cuando y quitarme el estrés.
—¡Joder! ¡Pero qué basta eres, tía!
Julen sale del baño con una toalla enrollada a su cintura y la ropa hecha un ovillo mientras Begoña regresa a la cocina negando con la cabeza, prestando atención a las patatas que está friendo para hacer una tortilla.
Kattalin aguarda un poco a que su sobrino comience a vestirse y asoma la cabeza por la puerta de su cuarto.
—Entonces, ¿vienes del Txoriburu?
—Sí, dice Piru que su hermano se encarga hoy de la barra.
—Le sustituye alguna vez para que libre.
—Por cierto, vaya corte que le has dado a amama3.
—Anda, calla, a ver si crees que por eso se escandaliza, que tenemos confianza, a pesar de que a mis treinta y dos años aún me ve cómo una chiquilla.
Julen, tras abroncarse unos vaqueros y ponerse una camiseta, se agacha debajo de la cama a buscar sus deportivas.
—¿Y qué plan tienes para hoy?
—Pues estar con la cuadrilla por aquí, ¿y tú?
—Vamos a Bilbao y nos quedaremos en una pensión del casco viejo. Por cierto, ¿dónde has estado todo el día?
—En Bilbao también.
—¿Y haciendo qué?
Visto que su tía le confía sus planes, él hace igual. Tras el relato, Kattalin se sienta en la cama claramente contrariada, revelando un poso de amargor en la expresión de su rostro.
—¿De veras quieres conocer al cabrón de tu padre?
Julen se acerca hasta la puerta del cuarto y la cierra. Sabe el rencor que albergan las dos únicas mujeres que conforman su familia y no quiere que su abuela escuche la conversación.
—¿Qué hay de malo en conocer la verdad?
—¿Pero qué verdad? ¿La suya? Vamos, ¡no me jodas!
—Ni suya ni no suya. Nunca me decís nada más allá de lo de siempre y creo que ya tengo edad para entender todo.
—En eso estoy de acuerdo.
—Entonces, ¿qué pasa?
—Pasa que mi ama me hizo jurar que nunca te diría nada. Sabe que no estoy de acuerdo, pero ella es de otra época y ya sabes. Créeme cuando te digo que, de vez en cuando, me pregunta si he roto mi promesa.
—Joder, es para mandaros a la mierda.
—¡A ver qué dices! Por favor.
La voz hostil de Kattalin muda a un tono más suave, triste. Él permanece en silencio, mirándola, pero su tía no dice nada. Se acerca a la ventana, la abre, y tras encenderse un Lucky, apoya los codos en el alféizar perdiendo la mirada en el rielar de la luz de las farolas, en las aguas del puerto. El aroma del tabaco despierta la ansiedad en Kattalin, que se hace un sitio a su lado en la ventana, tomando el cigarrillo de entre los dedos de su sobrino y propinándole un par de caladas antes de devolvérselo. Exhala el humo y pierde ella también la vista por la estela lechosa de un pesquero que acaba de entrar en puerto.
—¡Que le den por culo a la promesa! Ese hombre engaño a tu ama, nos engañó a todos. Leire no sabía que era Policía secreta ¡nada menos! Le dijo que era perito o no se qué y que trabajaba en no se cuál fábrica por Barakaldo. Normalmente, quedaban los domingos en Bilbao.
—¿Como se conocieron?
—Leire dijo que lo conoció en las fiestas de un barrio de Bilbao. Yo era una cría entonces, piensa que tu ama me llevaba a mí diez años.
—Entonces, ella tendría unos veinte.
—Veintiuno. Quería ser independiente y logró trabajo en una fábrica de Bilbao. La cosa es que, tras un tiempo de relación, comenzaron a ir a su casa y, bueno… se quedó embarazada. Todo esto me lo contó ella años después, claro. Su «novio» que, por cierto, le sacaba bastantes años, en cuanto supo que estaba embarazada, le dijo que se olvidará de él. Así, como lo oyes, sin rodeos. Tu ama lo estaba pasando muy mal, se lo contó a Andoni y lo único que se le ocurría a nuestro hermano era buscar a alguien que le hiciera abortar.
—¿Y por qué no lo hizo?
—Porque ella, inocente y embobada como estaba, aún suspiraba porque el hijo de puta recapacitase y se casase con ella. Leire lo quería como una loca, pero, claro, es que aún no sabía que todo alrededor de Juan eran mentiras. Encima le excusaba ante Andoni. Decía tu ama que su novio se había quedado impresionado cuando le contó lo del embarazo, pero que era muy cariñoso y que aquello se podría solucionar… Siempre fue una soñadora, como tú. También le echó hacia atrás el miedo. Abortar era ilegal y muy peligroso en aquella época. Ponerse en manos de una persona que no iba a tener medios para atenderte si las cosas se ponían mal le aterraba.
La voz de Begoña, alertándoles de que la cena ya está en la mesa, pone fin a la conversación hasta que, media hora después, los dos bajan juntos a la calle. La abuela se ha quedado en la salita traspuesta viendo la película del programa Sábado cine. Un musical del que le habían oído protestar, diciendo que ya lo habían pasado un montón de veces por la televisión.
Llegan hasta el Txoriburu, que a esas horas ya está muy animado. Su dueño recibe sonriente a su chica desde detrás de la barra con un beso y le solicita que aguarde un poco mientras despacha a un par de grupos de clientes que, impacientes, reclaman sus cañas.
—Pues ya que estás, saca un par de birras. Mi sobrino y yo tenemos que hablar.
Al momento, aparecen en el mostrador un par de botellines de cerveza que desparraman su espuma al ser liberados de la chapa. Dan un largo trago y Kattalin retoma la conversación en el punto que se había quedado en la ventana del cuarto de Julen. Lo tumultuoso del ambiente y la música elevada les confiere, a pesar de estar rodeados de gente, cierto grado de intimidad, conscientes de que nadie atiende a lo que ellos hablan.
—Andoni le guardó el secreto a Leire unos días, pero al ver que no reaccionaba, tomó la iniciativa.
—¿Mi ama no se atrevía a contarlo en casa?
—Pues no, la verdad. Un año antes había muerto nuestro aita4 y Leire le decía a Andoni que aquel disgusto llevaría a la tumba a nuestra ama. Él le quitaba hierro al asunto convencido de que exageraba, y que buscarían juntos la manera de contárselo en el momento adecuado. A todo esto, yo con mis doce años, todavía no me enteraba de nada.
—Claro.
—Tras mucho insistirle Andoni y a Leire, al final le facilitó la dirección de Juan y nuestro hermano se presentó allí un domingo temprano, pero no había nadie en la casa. Estuvo, según luego contó, deambulando por el barrio de Cruces de Barakaldo, hasta bien entrada la tarde.
»Así hasta que, en un momento dado, un par de coches se le cruzaron subiéndose a la acera, apeándose dos tipos de cada vehículo, a los que no conocía de nada y que tras propinarle dos tortas le metieron a empujones en uno de los coches.
—¡Joder! Policías, ¿no?
—Pues claro, y Juan sí que estaba en su casa, pero le tuvo que inquietar aquel tipo que primero había llamado al portero automático y que después, viendo que no contestaba, se busca la vida para entrar al portal y subir a su piso para llamar directamente a su puerta. Luego, seguiría viéndolo desde las ventanas, merodeando por la calle. Así que llamaría a los suyos. El caso es que se lo llevaron a comisaría. Nuestro hermano no quería decirles que había ido hasta aquel portal buscando al tipo que había embrazado a su hermana, pero comenzaron a golpearle. Sospecharían que iba a por el policía o que le estaba vigilando. Andoni se descubrió y les dijo que buscaba al novio de su hermana, un tal Juan que era perito, vamos, los datos que Leire le facilitó. Por lo visto, los polis que le sacudían en el interrogatorio conocían esa coartada. Ahí es cuando le apretaron más hasta que confesó que había ido a buscarlo porque había dejado a su hermana embarazada y no quería asumir su paternidad. Entonces dejaron de pegarle para burlarse de él y de su compañero, pues salieron de la sala que estaba Andoni hacia otra contigua desde donde Juan habría seguido el interrogatorio, sin mostrarse ante nuestro hermano. Cuando se cansaron de bromear, volvieron con Andoni, lo encapucharon y montaron de nuevo en el coche en el que lo habían llevado, abandonándolo a medianoche en el alto de Miraflores, una de las entradas a Bilbao.
»Antes de arrojarlo fuera del coche, un tipo que iba a su lado y al que, claro, no pudo ver la cara, pero Andoni estaba seguro de que sería Juan, le amenazó poniéndole la pistola en la cabeza, diciéndole que si volvía a saber de él, de su hermana o de cualquiera de su familia, él mismo se encargaría de meter una bala en la cabeza de cada uno. Que no quería saber nada de ellos en la puta vida. Después, pararon el coche y lo empujaron, dejándole allí desorientado. Nadie más sabe esa historia. Cuando ya fue evidente el embarazo de Leire, se desataron chismorreos que, lógicamente, nunca lograrían atinar con la identidad del padre. Alguna amiga algo sabía de que había sido medio novia de un tipo de Bilbao y desde ahí es fácil crear un relato. Un tipo que la dejaría embarazada, la abandona y ahí queda todo. De toda esta historia que te he contado, me fui enterando años más tarde por lo que me contarían Leire y Andoni.




