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Julen hace rato que ha terminado el botellín de cerveza. Kattalin le hace un gesto a Piru para por fin irse juntos.
—Menuda historia, ¿eh? Si quieres, lo dejamos para otro rato. Ahora quiero desconectar, divertirme y te recomiendo que hagas lo mismo, sobrinito.
Kattalin besa la mejilla de Julen y sale del bar agarrándose al talle de Piru, cruzando la calle y subiendo a su Ford Fiesta negro aparcado enfrente. Pocos minutos después, irán llegando los amigos de Julen. Será otra noche de cervezas y de risas, otra noche de rock and roll, como ahora sugiere, desde otro de los cortes de un disco de Barricada, el Boni, uno de sus dos vocalistas.
En algún momento de la noche, saldrá el asunto del servicio militar y aunque, a veces, en la cuadrilla, alguno proclama el dicho de «la mili con los milis» sustituyendo de manera sarcástica, o quizá no, la obligatoriedad de realizar el servicio de armas en el ejército español, por una supuesta militancia en ETA militar, él no contempla tal opción y tampoco huir a Iparralde5 para eludir la justicia militar española. Así todo, tiene decidido seguir con su propósito, aún a costa de mancillar el ánimo de su pequeña familia. Convencido de que eso es parte del precio que pagar por hacer valer su libertad.
Kattalin regresa a casa la noche del domingo. Pasa por el cuarto de su madre a darle las buenas noches y hace lo mismo al acercarse al de Julen, encontrando a su sobrino consultando un par de mapas que tiene desplegados sobre la cama. Está sentado en mitad del colchón con las piernas cruzadas y apaga un cigarrillo en un cenicero que tiene en la mesita al ver entrar a su tía.
Ella se sienta a su lado, reconociendo en su rostro a un tipo cada día más extraño que va dejando de encajar en sus vidas.
—Qué, ¿planeando una excursión?
Julen recoge torpemente los mapas hasta que, tras varios intentos fallidos, consigue doblarlos por los pliegues correctos para guardarlos.
—Qué va, pasando el rato —miente.
—Ya.
—¿Y qué tal vosotros por Bilbao? No tienes buena cara, pareces enfadada.
—¿En serio? Pues solo estoy cansada. Apenas he dormido un par de horas.
Estira la mano hasta el paquete de Lucky de su sobrino. Enciende un cigarrillo y exhala una profunda bocanada de humo hacia el techo de la habitación.
—Bueno, puede que sí esté un poco cabreada.
—Te has mosqueado con Piru.
—Puede. He visto en las noticias del mediodía las imágenes del entierro del policía que ametrallaron el viernes.
Julen asiente sin extrañarse de los repentinos bandazos que podía dar su tía en cualquier conversación, cambiando el sentido de la misma. Aspira una nueva calada y prosigue hablando.
—La tele mostraba la cara de una chica joven. Tenía lágrimas e intentaba disimular su congoja delante de tanta gente. Quizá fuese la mujer del muerto, su novia, su hermana… y yo sé perfectamente cómo se siente. La tele busca siempre cosas así cuando ven que les conviene, es un espectáculo, pero el dolor de ella es real. Me pregunto qué habría pensado ella de nosotros, de mis hermanos muertos antes de que la muerte se sentase a su lado. ¿Y sabes qué creo? Que el dolor nos ha hecho iguales. Ahora llegará el odio, y en eso también nos pareceremos. La cosa es que detesto vivir con rencor, pero forma de tal manera parte de mí, que pienso que nunca podré librarme de él.
Julen agacha la mirada incómodo y se levanta dejando los mapas entre los vinilos que descasan sobre una repisa. Abre la ventana para ventilar un poco la habitación y se apoya en ella, dando la espalda al exterior.
—Aunque joda, hay que mirar al futuro, tía, no es bueno estar siempre reviviendo el pasado.
—Ni sabes de lo que hablas, ni creo que pienses lo que dices.
—Pues explícamelo, además, tenemos pendiente concluir la conversación de ayer, pero claro, igual has reculado y me dices que no puedes, como se lo has jurado a amama…
—No te pongas irónico conmigo, chico.
—Y tú no me llames chico.
—Vaya, parece que no tengo el día. Mejor me marcho a dormir.
—Pues igual sí.
Kattalin se levanta de la cama con cierto aire de decepción, un gesto que Julen conoce bien.
—Espera, tía. He sido un poco borde.
—Dice mi ama que debemos conseguir que la rabia no anide en ti, que puedes despegarte de la peste que arrastramos, porque es una peste, te lo aseguro. Está convencida de que, por tu manera de venir al mundo, estás condenado a caminar por el borde de un precipicio.
—¡Joder! ¿eso dice amama?
—Sabe apartar el dolor o la alegría, ¡lo que sea! En su manera de racionalizar, aunque parece, a veces, que tarda en reaccionar, toma sus decisiones siempre bajo el influjo de la lógica.
—Me cuesta seguirte. Me quieres contar algo, pero al tiempo haces todo lo posible por despistarme.
—¡Ay, pero qué listo que eres! —le contesta burlona, recuperando su sonrisa.
—A lo mejor madre e hija no sois tan diferentes.
—¿Eso crees?
—Puede. ¿Por qué no pruebas a hacerte caso y me cuentas todo? Yo creo que quieres hacerlo.
—Buen intento, pero no cuela.
—Yo no tendría secretos así contigo.
Kattalin, le sostiene la mirada retadora.
—Ah, no, ¿eh? ¿Y qué hacías mirando esos mapas?
Julen se muerde el labio, sopesando la conveniencia de una excusa o una mentira, para convencerse finalmente de la inutilidad de ambas opciones.
—Buscaba el pueblo de Juanito. Solo por curiosidad.
—¡Ya! Venga, prueba de nuevo.
—En serio, ¿sabes que tiene un nombre rarísimo? Se llama Dolor.
—Joder, pues vaya nombres que ponen a algunos pueblos. Entonces qué, ¿planeando unas vacaciones con papi?
Julen responde con la mirada herida, lo que hace a Kattalin arrepentirse al momento de sus palabras.
—Lo de ese pueblo lo miraba por mirar. En realidad, estaba planeando perderme por Picos de Europa o por esa zona quizá un par de semanas, antes de que pasen a buscarme.
—¿A detenerte?
—Han empezado a apresar a algunos insumisos y no sé si dejarme cazar. No tengo necesidad de convertirme en preso para visibilizar esta lucha. Al no presentarme en el cuartel, vendrán a buscarme al cabo de pocos días. Lo harán una o dos veces, después me darán por fugado. Durante el periodo que esté fuera, tendré tiempo también para pensar qué hacer. Iré con la mochila bien equipada, la tienda de campaña, todo listo para una travesía de montaña. Además, toda esa zona seguro que me va a encantar.
—Ya lo creo.
Kattalin asiente convencida, tanto ella como su sobrino son grandes aficionados a la montaña, una pasión que ella misma se encargó de inculcarle en vena desde niño.
—Es verano, hará buen tiempo y necesito hacer algo así. También había pensado, para evitar que me detuviesen, esconderme unos días en casa de algún amigo, pero eso es encerrarse voluntariamente y yo quiero sentirme libre.
—Creo, y no te enfades, que tienes bastantes pájaros en la cabeza. Así todo, adelante, aunque, si quieres huir, podría hablar con alguien para que…
Julen le interrumpe.
—Espera. Si lo que me sugieres es cruzar la muga y esconderme en Iparralde, paso. No estoy en esa situación.
—Parece que censurases la actitud de los refugiados.
—¡Pero qué dices! ¿ves? Confundís las cosas.
—¿Como que confundís? Aquí solo estamos tú y yo.
—Ya me entiendes. Si digo que paso de armas y de ejércitos, es que paso. También de quienes emplean las armas como un ejército.
—Te estás confundiendo. Nadie dice que hagas otra cosa.
—Vale, pero si quien yo me imagino me ayuda a pasar al otro lado, me da refugio… tendré que dar algo a cambio, ¿no? Algo se esperará de mí, ¡digo yo!
—No tiene por qué.
—Tía, no nos hagamos trampas. Creo que tienes un concepto idealizado de todo esto.
—¿Como que idealizado? ¿Me tomas por una chiquilla? Mira que ya tengo 32 años.
—Vale, y yo 19, ¿me consideras un crío o qué?
—Julen, se te está yendo la pinza. En Iparralde hay refugiados por distintas razones, no solo por participar en la lucha armada: los hay por persecución política, o por ser solo insumisos… Estás muy nervioso.
Julen se toma unos segundos para responder.
—Vale, vale… igual sí que estoy nervioso.
—¡Hostia! y ya vale con decir todo el rato vale.
—Vale, vale, no te rayes.
—Venga, cuéntame tu plan.
—Vale. Tengo ahorrado algo de lo que gané el verano pasado ayudando a Piru cuando montó el bar y algo más que he logrado juntar.
—¿De cuánto hablas?
—Cien mil pelas.
—Joder, mucho me parece.
—Bueno, me he buscado la vida un poco.
—¿A qué te refieres?
—He meneado un poco de costo con los amigos y conocidos. Además de salirme los porros por la cara, algo he podido ahorrar. No es mucho, pero…
—¿Que vas trapicheando con costo? Si se entera amama te cruje.
—¿A mí? Igual a ti.
—¿Como que a mí?
—A ver, que el poco costo que he movido se lo pillaba a Piru. Que ya sé que, de vez en cuando, se curra encargos mucho más serios. Por ejemplo, como el de ayer, cuando os largasteis a Bilbao.
Súbitamente, el rostro de Kattalin la muestra azorada, como si la acabasen de descubrir guardando el secreto más grande nunca imaginado.
—Ya sé que una parte de lo que entra por el puerto, y que no son precisamente anchoas, lo menea él de manera discreta. Te juego lo que quieras a que sé lo que llevaba ayer en el maletero y que llegó hace dos días con un atunero que regresaba de África.
—Déjalo.
—Por lo menos serían tres kilos de…
—Que lo dejes, ¡hostia!
—Vale, tranquila, pero Piru gana, gasta mucho y se está empezando a notar. Él me lo ha negado, pero no sé si estará medio enganchado al caballo.
Kattalin se vuelve clavándole los ojos. Está encendida en cólera.
—Y no te enfades conmigo por saber eso, que tampoco me he enterado hace tanto. Piru es un tío de puta madre, pero esa mierda de heroína ha destruido a mucha gente aquí.
—Tú no sabes nada.
—Vale, solo sabré un poco, pero mejor que tu novio deje esas movidas.
—Está todo hablado, este verano se va a ir a pasar el mono al caserío de su hermano. Se va a limpiar, ¿está claro? Y si no lo hiciese, lo mando a tomar por culo. También va a traspasar el bar y luego a buscarse la vida en lo que sea. Está dispuesto a volver al barco.
Kattalin baja la mirada y derrama un par de lágrimas. Julen, al verla, se sintió terriblemente mal por haberle espetado a la cara todo aquello de manera tan brusca.
—Vaya, lo siento.
—No pasa nada, si lo que has dicho de que ayer llevamos «algo» en el coche es verdad. Me enteré al llegar a Bilbao. Por eso nos enfadamos y… bueno, ya vale.
—Igual hasta ahora no ha movido mucho, pero alguien no piensa así en el pueblo.
Kattalin asiente. Lo que Julen no sabía es que, después de la bronca que mantuvieron Piru y Kattalin en Bilbao tras entregar el «paquete», para convencer Piru a su novia de que aquel había sido definitivamente el último trapicheo que realizaba, era que ETA le había amenazado formalmente, pero que, como ya tenía la mercancía, era inexcusable entregarla a su destinatario. Quizá ni Julen ni ella sospechaban lo que, en realidad, Piru podría estar moviendo, pero, por lo visto, otros sí que lo sabían.
—La pintada que hicieron frente al bar, de «trafikanteak kanpora»6 podría ser por él…
—Es por él.
—No es para tomarlo a broma.
—Por eso está todo hablado con quien se tenía que hablar. Piru cierra el bar, se limpia y deja esas historias. Por eso he llegado hoy tan… tan jodida.
—Que dices que lo has hablado con…
—Hemos hablado, es Piru quien ha tenido que comprometerse.
—Pero eso lo habéis hablado, ¿con quién?
—Ninguna pregunta más sobre este asunto, ¿entendido?
3 Amama, abuela en euskera.
4 Aita, padre en euskera. Ama, madre.
5 Iparralde, traducido del euskera significa zona norte, en referencia a los territorios vascos integrados en la República Francesa, también conocidos como País Vasco francés.
6 En euskera, «traficantes fuera». En los años 80 y principios de los 90, ETA extendió sus atentados contra algunas personas vinculadas al narcotráfico.
LIBRO DE DOLOR
1909-1920
3. Los niños de Dolor
Nunca había visto a un minero tan guapo, porque seguro que eran mineros aquel grupo de mozos, que lo mismo acababan con una botella de vino para después pedir otras de sidra, sentados en unas sillas de tijera alrededor de una minúscula mesa en la que no cabía ni una botella más.
—Ese, el del pelo moreno peinado hacia atrás va a sacarme a bailar. —Eso le dijo Isabel a sus amigas cuando ya se alejaban juntas en dirección al prado de la romería después de haber acudido a buscarla, pues bien las había advertido.
—Pasaos poco después de la hora de comer, que si mis padres no ven que venís a buscarme, tampoco verán la hora de permitirme marchar.
Las tres amigas acudieron puntuales a la cita a la cantina que situada enfrente del apeadero de la vía del tren, estaba arrendada por los padres de Isabel. Aquel día, como era previsible al ser la fiesta del Corpus, había acudido bastante gente de los alrededores de La Vecilla. En el establecimiento, además de haberse despachado ya unas cuantas cántaras de vino, también se habían ofrecido varias comidas e Isabel había estado ayudando a su madre en la cocina primero y, después, al padre sirviendo las mesas.
A mediados de junio, se intuye ya el verano por los cielos azules despejados, pero en la montaña de León, la primavera ha estallado no hace mucho y al festival de colores y de olores se le sumaba aquella tarde el estridente sonido de las dulzainas y tamboriles, de risas y carreras de los críos por el prado de la romería. Y acertó de pleno Isabel con sus amigas, aquel mozo moreno la sacó a bailar y no se separarían ya en toda la tarde. Tampoco en las de los domingos siguientes, en las que Juanón se acercaba hasta La Vecilla para visitar a la chica que, unas semanas después, se comprometería con él.
Con ciertas reservas al principio, pero mas confiados después, los padres de Isabel consintieron la relación que los jóvenes iniciaban. En realidad, no era un mal partido para su hija. Mejor casarla con un minero que con un bracero que no tendría donde caerse muerto. A fin de cuentas, no viviría muy lejos de ellos. Por otro lado, el tren que discurría ante la cantina y que, poco a poco, iba siendo un medio de progreso, lo era también de separación para quienes no lograban abrirse camino en su tierra y aquellos padres, no querían ni pensar en que un día ese mismo se tren se la llevase lejos, quién sabe si hasta Bilbao, como ya marcharan otras antes, a servir en las casas de la pudiente y emergente burguesía vizcaína, o hacerlo con cualquier novio que le saliese y emprendiesen juntos el rumbo a labrarse un destino más seguro en las fábricas que queman en Vizcaya el carbón de sus montañas.
Mediado el otoño, acordaron que la boda sería la próxima primavera, pero antes, Isabel quería conocer aquel lugar de nombre tan inquietante en el que iba vivir. Juanón bajo de Dolor hasta Villanueva de la Cueva donde, desde La Vecilla, llegaron Isabel y sus padres tras un par de horas de viaje en carreta por el sobrecogedor y sinuoso desfiladero paralelo al río Curueño. Un angosto camino que allí todos conocían como Las Hoces. Ante el indisimulado gesto de decepción de los padres por tener que caminar otra hora por una empinada senda para alcanzar el poblado edificado ante la mina, su futuro yerno propuso que solo subiría con Isabel para que, así, conociese el que sería su hogar. Mientras, sus futuros suegros podrían esperarles allí.
—Mantengo la propiedad de la casa en la que me crie hasta que, con once años, murió mi padre en la mina. Es vecina de la de mis tíos, con los que viví hasta cumplir los quince, que es desde cuando trabajo en la mina y, ante la cual, varios mineros hemos levantado humildes hogares.
Elisa se acercó curiosa al ver a su sobrino en compañía de aquellos extraños. Puesta al corriente de la futura boda de Juanón y visto que los padres de la novia desistían de subir a Dolor, les invitó a permanecer aguardando en su casa. El matrimonio aceptó la oferta, pero con la condición de que compartiesen las viandas que habían llevado para sobrellevar la jornada. Tortilla, empanada, cecina y un par de botellas de vino.
Ese mismo día pudieron descubrir el desconcertante trato que mantenían los tíos de Juanón. Andrés, un hombre hosco y silencioso que apenas pronunció palabra durante la comida para, después, desaparecer sin ningún tipo de atención ni despedida y Elisa, una mujer que actuaba con ellos como si su esposo no estuviese delante, como si fuese invisible.
Después de aquella visita, suspiraron aliviados al ser conocedores de que Juanón y sus tíos apenas mantenían más que un correcto trato y que la casa de Juanón en Villanueva, a pesar de en apariencia estar en mitad de las posesiones de la extraña pareja, era conservada y respetada por esta, pues tanto él como sus tíos eran copropietarios de aquella finca a partes iguales.
Para Isabel, descubrir Dolor fue todo un hallazgo. Tras salvar el empinado ascenso, se alzaba ante su mirada una planicie entre dos riscos calizos en la que, ciertamente, había una instalación minera y por donde discurría el trasiego de mulas cargadas y mineros, pero no había rastro alguno del habitual carbón de las minas. Al no invadir el rastro negro el paisaje como una enfermedad, Isabel podía mantener una visión selectiva y aquel paraje era el más hermoso que nunca hubiese visto. Las laderas que lo circundaban se arrojaban hacia el fondo de los valles limítrofes, salpicadas de hayedos en las caras que se rendían hacia el norte o de praderas y piornos en las que lo hacían hacia el sur. Alzando la vista, formidables montañas, vedadas a la vista de quienes como ella transitan habitualmente por las vegas, se descubrían alzándose imponentes unas tras otras. Revelando la insolencia de sus cumbres algunas de las cuales ya coronadas con los primeros mantos de nieve, presagiando el futuro invierno. Pero aquella jornada era soleada, y el otoño estallaba rotundo en ocres, dorados y verdes.
—Este lugar es maravilloso, a pesar de que haya una mina, Juanón, es tal cual me lo habías descrito.
—Pues tanto lo es por fuera, como por dentro.
—¿Por dentro?
Juanón le señaló al suelo y, mientras seguían caminando, lo hizo después hacia la boca de la mina.
Un año después de casarse, Isabel alumbró un varón. Ese mismo día, cuando Juanón sostuvo por vez primera a su hijo en brazos, le hizo una curiosa promesa.
—Crece, Julio, crece feliz y te prometo que iremos a ver el mar.
Isabel, postrada y agotada tras el parto, pero contenta como nunca había estado, escuchaba complacida las indicaciones que su esposo ya comenzaba a impartirle a Julio.
—Puede ser que tengas el sueño de ser marino, de embarcarte en busca de una vida de aventuras. Ese fue una vez el mío y aún sigue vivo en los libros que leo. Crece e iremos juntos a pisar las playas de Asturias, a las que no pude ir con padre.
Hay casas en las que entra la alegría y con su energía cubre los pesares de una vida dura. Así fue durante un tiempo en la casa de la joven pareja. Cuando la criatura rondaba el año y medio, cuando ya hacía tiempo que se había soltado a caminar y era la viva imagen de la dicha, llegó una tarde al mundo su hermana, pero para esa misma noche ya había muerto. Un parto complicado le impidió a la pequeña alargar su vida poco más de unas horas. Se habría llamado Isabel, como su madre, Isabelina fue como se dirigió a ella Juanón cuando la sostuvo entre sus brazos, pero qué sentido había en seguir recordándola por su nombre, a pesar de habérselo puesto para efectuar e entierro. Isabelina en el recuerdo de sus padres, sería para siempre la niña muerta.
De repente, ya no había en casa respuesta para la algarabía y la alegría de Julio, pero fue precisamente ese tesón del pequeño y la exigencia de atención continua lo que hizo rehacerse a su padres de aquella pérdida. Parecía que la vida ya no les iba a conceder más descendencia, pero esta llegó cuatro años mas tarde de que lo hiciese Julio. Con el nacimiento de Ramiro comenzaron los días más felices que viviese la aldea de Dolor, pues otras criaturas habían nacido también en casas de otros mineros. Cuando don Gil visitaba la mina con la que comenzó su andadura en el mundo empresarial, sonreía al percibir la algarabía de los chiquillos, esperanzado de que en ellos residiese el futuro de su explotación. A sus cincuenta años aún fantaseaba con un microcosmos perfecto, un mundo a su medida en el que él y sus obreros eran felices, asumiendo cada cual su papel que interpretar en su ordenado mundo. El movimiento obrero que pugnaba por sus derechos en las cercanas minas de carbón, en grandes empresas como la Hullera vasco-leonesa no conseguía arraigar en su explotación de cobre y cobalto, principalmente. Para mantener tal situación, se limitaba a ofrecer a sus asalariados un jornal similar al que ganarían en cualquier otra mina, pero con el añadido de poder instalarse allí si ellos se construían un hogar. A fin de cuentas, aquellos parajes en las alturas nunca habrían tenido otro destino que servir de pasto al ganado, por eso muy pocos de sus empleados abandonaron por otro aquel trabajo. Casi todos los mineros asumían que sus hijos serían su relevo a futuro en la mina y las buenas palabras de don Gil, asegurando que todos podrían convivir como una familia, aunque no les convencía por lo ventajista de tal aseveración, tampoco les despertaba la necesidad de abandonar la seguridad de un humilde techo y un menguado pero regular jornal.
Así que los críos de Dolor tuvieron una infancia feliz. Aunque se levantó una escuela en la aldea, esta hubo de cerrar al año porque ningún maestro estaba dispuesto a subir a diario hasta aquellos parajes y no fueron capaces de convencer a ninguno para que residiese en aquel pequeño espacio. Por tal motivo, todas las mañanas, cuando el invierno suavizaba su crudeza y las nieves deshelaban, el tropel de una docena de críos, entre los seis y doce años, bajaba a la escuela de Villanueva de la Cueva.
Julio llevando siempre de la mano a Ramiro, escoltado por sus amigos los mellizos Fernando y Gabrielín. Estos, que tenían un par de años menos que Julio, eran los hijos de Gabriel, el guarda de la cueva, el único hombre que no doblaba el espinazo en Dolor. Sus funciones eran simples, era la voz y la mano del patrón cuando no estaba. Mantenía el orden y hacía también de capataz, pero sin bajar al pozo.
La diferencia de años de Ramiro con su hermano no supuso inconveniente para mantenerse unidos también a la hora de jugar. Ayudaba mucho que los mellizos hiciesen de puente entre sus edades. Los cuatro conformaban un grupo muy unido, en el que, obviamente por edad, Julio llevaba la voz cantante, pero era curioso como los mellizos pugnaban por ganarse un supuesto segundo puesto de mando, algo que casi nunca sucedía y que, normalmente, terminaba en pelea.
Llegada la primavera y, aprovechando que las tardes se alargaban en horas de luz, solían quedarse a jugar al salir de la escuela, antes de emprender la ascensión hasta Dolor. Una tarde, no muy distinta de otras, los mellizos porfiaban como de costumbre por ver quién ostentaba el segundo puesto de mando. A Julio le daba igual decantarse por cualquiera de los hermanos, al tenerlos enfrentados no discutirían su poder que, al fin y al cabo, solo le servía para algunos juegos, pues cuando el grupo no estaba por la labor de seguir sus directrices, nadie lo hacía. La solución la propuso el más pequeño del grupo, pero que bien daba muestras de ser el más espabilado y sagaz, posiblemente por todo lo que aprendía de aquellos chicos mayores.
—Una semana cada uno.
—¿Que dices, Ramiro? —le cuestionó Fernando.
—Una semana tú eres capitán y otra Gabrielín.
—Eso no funciona así. El mando no se ejerce por turnos —apuntó Fernando.
—Pues a mí no me parece mal. Yo voy a seguir siendo el general y así no perderemos el tiempo siempre con vuestras peleas —apuntó Julio.



