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—O nos das todo ahora pequeño renacuajo o pronto solo serás un gato muerto más en el callejón, ¿entendés? –arremetió El Demoledor agarrándolo del cuello.
—No es necesaria la violencia, amigo mío –exclamó agitado el muchacho.
Trató de aflojar el apretón pensando que la cosa se había puesto difícil. Deseó salir de allí cuanto antes.
—Justo aquí, en mi bolsillo tengo el dinero –señaló– y con un rápido movimiento extrajo del interior del saco su revólver y empujando al matón le disparó a quemarropa.
De inmediato un humo azul y un intenso olor a pólvora invadió el pequeño reservado del bar.
El Demoledor con un gesto de dolor se llevó la mano a su hombro derecho y trastabilló hacia atrás golpeando la espalda contra la pared mientras sacaba su pistola y le descerrajaba un tiro a Lucio que erró por un milímetro su cabeza y fue a pegar contra el marco de la puerta.
El Chucho Anís alertado por el ruido entró en la habitación. Un destello plateado surcó el aire enrarecido y su brazo describió un arco mortal mientras la navaja que empuñaba se hundía repetidas veces en el pecho de Lucio a la vez que con su otra mano desviaba hacia abajo el revólver que este sostenía.
El Chucho realizó entonces un rápido giro y con el impulso lo tiró al piso. Se agachó sobre el cuerpo del joven herido y sacó de un rápido manotazo el fajo de billetes que este llevaba en uno de sus bolsillos. Al incorporarse tomó el revólver caído no muy lejos y se lo guardó por detrás quedando ajustado a la cintura por el cinturón del pantalón.
Agarrando el brazo sano de su compañero lo empujó hacia la puerta y ambos matones abandonaron el reservado y, junto con su jefe que los esperaba en el callejón, subieron al coche y salieron a toda velocidad del lugar.
Sintiendo un dolor muy intenso en su costado izquierdo, cerca del corazón, Estrella salió tambaleándose. Se palpó la herida y sintió un calor líquido. Se dio cuenta que el fajo de dinero que llevaba ya no estaba.
—Maldición –dijo mientras de su boca salía un borbotón de sangre que le dejó un intenso sabor metálico.
Se limpió con la mano y a tropezones avanzó hacia la calle por el callejón aún a oscuras. Llevándose por delante un pequeño puesto de flores que ocupaba un rincón de la vereda se percató que un grupo de claveles blancos manchados de rojo caían al suelo. Con la vista enturbiada por el dolor los observó precipitarse, sangrientos, como en cámara lenta.
Apretando los dientes recordó las palabras de la gitana Ruby: … ten cuidado de las flores y del tiempo cuando parezca que se deslizan lentos en la noche. «Mierda, al final la maldición se ha cumplido y aquí estoy ahora, muriéndome», pensó.
Tratando de sacar de su mente ese pensamiento llegó hasta su auto estacionado en el lugar de siempre. Abrió con manos temblorosas la puerta del vehículo y se arrojó sobre el asiento, casi sin aliento.
Bajo la ventanilla, necesitaba un poco del aire fresco de la noche. Sintió que se iba cayendo, resbalando.
Cerró sus ojos y se vio a sí mismo sumergido en agua de un color carmesí hundiéndose en la rojiza profundidad apenas iluminada por unos delgados rayos de una intensa luz blanca.
Pudo, con el último soplo de vida, entrever en esa luminosidad la maravillosa silueta de su amada. Extendió sus manos hacia aquella figura acuosa pero vio que se alejaba con su rostro muy pálido.
Abriendo su boca de par en par, escupió y una gran mancha cubrió parte del parabrisas. Era un grito definitivo que ya no era nada. La suerte a veces llega, a veces no. En cualquier momento se nos puede acabar y la suya al parecer ya se había terminado.
¡Mierda! –alcanzó a murmurar en un último ramalazo de lucidez y tomando con su mano ensangrentada el reloj de oro que le había comprado a la gitana, extendió el brazo para mirarlo por última vez. Abrió muy grandes los ojos y volvió a ver a la mujer de sus sueños, pero esta vez su cara era la cara de la muerte que lo besaba en silencio.
A veces es verdad que se puede morir por amor.
El sábado, Rosa llegó puntual, a las ocho de la mañana. Había faltado sin aviso la noche anterior y no quería seguir enturbiando más las aguas con Mimí llegando tarde. Los sábados el bar se ponía bien caliente. Pedro tocaba el saxofón acompañado en el piano por Fredy. «Arman un buen dúo esos dos. Ojalá que algún día llegue a ser un excelente saxofonista», pensó.
Apuró sus pasos hacia la entrada del bar y advirtió el auto estacionado con la ventanilla abierta del lado del conductor. Preguntándose qué haría tan temprano allí, se acercó. Apretó la cartera de cuero contra su cuerpo y le pareció que de pronto la mañana se volvía más fría a pesar de estar comenzando el mes de enero. Teniendo una fea sensación, se animó a mirar dentro del coche.
Ahogando un grito, vio a Lucio en el asiento del conductor con los ojos abiertos y en su cara una rígida sonrisa. Su saco abierto dejaba ver la camisa blanca con una enorme mancha de color rojo oscuro.
Llevándose una de sus manos a la boca, dio media vuelta, entró corriendo en el bar y con su celular llamó al 911.
La policía estuvo en La Carta Marcada muy rápido, o así le pareció a ella. Un coche patrulla se detuvo, ya entrada la mañana, frente al bar. Dos policías, El Ruso Stanngen y Yolanda Bianca, alias Yoli, fueron los encargados de registrar el sitio.
Para El Ruso, curtido hombre de la ley, apenas vio el auto con un tipo tumbado dentro, el asunto no tenía muchas vueltas.
Mientras miraba el rostro sonriente del cadáver pensó, como siempre, que era muy triste terminar la vida de esa manera. Así, sin pena ni gloria, en un callejón oscuro de la gran ciudad que él amaba proteger.
Esa mañana había salido rápidamente de su casa, era su día franco, pero sus dos compañeros de guardia, Miguel Zapata y Roberto Antunes, habían acudido a un caso de pelea domiciliaria. Una mujer joven y su anciana vecina discutieron por los ladridos del perro de esta última. Parece que la primera salió con una escopeta y empezó a los tiros contra la casa de la vieja con tal mala suerte que una bala atravesó la ventana de la cocina y le pegó en la cara matándola en el acto.
Era un desastre toda la escena, terrible, y lo peor que el perro seguía ladrando a través de las rejas del patio y la chica más joven gritaba como loca en medio de la calle en un ataque de histeria hasta que llegaron los paramédicos y calmándola la condujeron al interior de su casa.
Así que Zapata lo llamó por el radio de la patrulla a su celular, le contó lo sucedido y le encomendó la tarea de asistir al lugar con Yoli.
—Escucha, Ruso. Es así, el tipo tiene una profunda herida de arma blanca que le atravesó el corazón y de esto hace muy poco tiempo. Todavía hay sangre fresca en sus labios y en casi todo el parabrisas del auto, ¿lo ves?
—¡Chocolate por la noticia! –exclamó El Ruso observando con atención.
—Pero, ¿qué mierda sostiene en su mano derecha? ¡Fijate! Es un reloj y entre los dedos asoma un pedazo de papel.
Yoli, colocándose unos guantes de látex reglamentarios, tomó con delicadeza ambos objetos. Cuando iba a intentar desplegar el papel con las pinzas de metal que saco de un maletín que había depositado en el piso, sintió un grito a sus espaldas, girando divisó, dirigiéndose hacia ella, a la teniente de homicidios que se acercaba a paso raudo.
—¡Eh! ¿Qué hacés? ¡Poné eso de inmediato en la bolsa Ziploc!
Lucía Morales. Muy eficiente. Meticulosa. Organizativa. Detallista al extremo. Si no le hacían caso sus superiores en su manera de llevar una investigación, seguía adelante, así nomás. Muchos la tildaban de individualista y de no saber, o no querer trabajar en equipo. Sin embargo, era la mejor investigadora del Departamento de Policía que se había conocido en muchos años.
—¡Está bien, está bien, jefa! ya está –dijo Yoli, mientras introducía con cuidado el reloj y el trozo de papel marrón dentro de la bolsa de plástico para evidencias.
—¿Qué tenemos? —preguntó Lucía.
—Hola, jefa. Un tipo apuñalado. No fue su día suerte, eso seguro –rio El Ruso con sarcasmo.
—Bien, ¿hay testigos?
—Bueno, la camarera del bar fue la que llamó a la seccional temprano esta mañana. Ella fue la que encontró el cadáver. Su nombre es Rosa González.
Nos dijo que conoce al muerto y que su nombre es Lucio Estrella. Ahí está ella, esperando que alguien le diga qué hacer –le respondió Yoli señalando con un movimiento de cabeza hacia la mujer parada en la puerta.
—Bien, hablen con ella. Quiero hacer esto rápido –exclamó Lucía, mientras pensaba dónde podría conseguir una taza de café.
—Que acordonen el lugar y que no pase nadie –ordenó.
Para la Teniente de Homicidios el fin de semana no empezaba bien.
CAPÍTULO 2
No todo lo que reluce es oro
Rosa González entró al bar después de hablar con la policía y se puso a llorar, desconsolada. Se sentó en una de las sillas cercanas a la barra y con la cabeza baja se quedó un largo rato ahogando su llanto en silencio.
Así la vio Pedro. Llevaba en una de sus manos el estuche donde guardaba su saxofón. Lo dejó sobre una de las mesas. La mujer levantó su rostro marcado con dos finos surcos de rímel, pegó un salto y lo abrazó quedando en puntas de pie.
—Lucio está muerto. ¡Es terrible! La policía ya estuvo acá. Yo, yo no sé qué decir, ¡pobre, pobre!
—Sí, ya lo sé. Acabo de llegar de la casa de Ricky y me he encontrado con la horrible noticia.
Pedro la apartó con suavidad y le pidió que le contara todo lo que sabía.
—No sé mucho. Él estaba afuera, en el auto, hermoso como siempre, pero inmóvil. Hoy vine temprano para dejar todo listo para esta noche. ¡Esto es horroroso! De no creer.
Rosa se llevó ambas manos a la cara y empezó a llorar otra vez.
—Bueno. Calma. Ve a la cocina a ver si está todo en orden. Yo necesito estar solo para pensar un poco en lo que pasó.
Sus pensamientos hervían esa mañana. Agarró una botella de Jack Daniel´s de la estantería y se sirvió una medida doble. Necesitaba algo fuerte para poder encarar el día. Apenas había pegado un ojo la noche anterior.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! –exclamó en voz baja, mientras apuraba un trago.
—¿Qué fue lo que sucedió? ¿Por qué mataron a Lucio y quién fue?
—A ver, tranquilo, tranquilo, ordena los pensamientos y pone a funcionar tu instinto de policía, se dijo a sí mismo.
Su cerebro comenzó a trabajar como en los viejos tiempos. Tratando de poner cada hecho en su lugar como si fueran las piezas de un gran rompecabezas que de a poco y con mucha paciencia irían dando forma a la figura final que le daría sentido al todo. Empezó a hablar en voz alta.
—Él vino a verme ayer a la noche. Estaba un poco excitado. Me siento con suerte, amigo, me dijo.
—Sí, sí, lo recuerdo bien. Estaba vestido muy elegante, como para una importante ocasión y estaba muy resuelto. Por eso logró que le prestara un poco de plata.
—¡Maldición! Siempre confié en él. Desde chicos, cuando jugábamos a las cartas debajo del pupitre, a escondidas, durante las clases de catequesis de la hermana Consuelo y él me decía, tranquilo gallina, que yo te aviso si veo que viene la hermanita. Siempre sonriendo y jugando al peligro, mi querido Lucio.
¿Quién ha sido el responsable de su muerte? ¿En qué andaba metido?
Los pensamientos de Pedro iban muy rápidos. Debía encajar bien todas las piezas, una a una. Esta madrugada Lucio se iba a encontrar con alguien en el bar. ¿Con quién? ¿Qué había pasado?
¿Acaso la afinación de su saxofón en casa de Ricardo Berstein, su amigo músico y lutier, no hubiera podido esperar a más tarde?
«Si me quedaba un rato más, después de tocar, tal vez Lucio ahora estaría vivo», pensó con culpa Pedro.
Tantas preguntas rondaban en su cabeza, cuestiones de y si… y podría… y si hubiera… que por ahora no tenían respuestas.
No tenía sentido ponerse a cavilar de esa manera. Había pasado lo peor y él no pudo hacer nada para evitar el triste final de su amigo, ¿o sí?
La tremenda realidad era que estaba muerto y su cuerpo ya estaría a esas horas a oscuras y helado dentro de algún gabinete de metal en la morgue de la ciudad.
De repente, vino a su recuerdo aquel día en que Lucio se enojó con su amiga y compañera de curso María Carpentier y le había hecho aquello tan horrible. Los dos fueron a estudiar en su casa para el examen trimestral de Química pero en realidad ni abrieron los libros. María era un bocho y ellos dos siempre esperaban que ella les pasara las respuestas en los exámenes de casi todas las materias. A cambio la llevaban a bailar o a dar vueltas los fines de semana.
El caso fue que el día del examen María no apareció en la escuela y los dos muchachos lo desaprobaron.
Enojado, Lucio le pidió que lo acompañara hasta la casa de su amiga. Sus padres tenían una panadería a unas pocas cuadras del colegio sobre una de las avenidas principales del barrio.
Cuando encontraron a María en la cocina de la casa y le preguntaron por qué no había ido al examen aquel día ella les contó que su cobayo Coby, regalo de su padre, se había puesto muy enfermo esa mañana. Como su cuerpo temblaba todo el tiempo se quedó a cuidarlo y por eso faltó a la prueba.
Les mostró el animal que estaba en su jaula tiritando de tal manera que parecía que se moría.
Lucio, viendo aquello no tuvo mejor idea que decirle que esa noche cuando su padre apagara el horno de la panadería pusiera al cobayo detrás para que el calor que quedaba lo calentara un poco.
Seguro que a la mañana siguiente estará mucho mejor le dijo el muy hijo de su madre, guiñándole un ojo a su amigo.
Pedro, ante el recuerdo se emocionó y volvió a servirse otro vaso de whisky.
Lo cierto es, que al día siguiente, María tampoco fue al colegio. Ambos amigos, al término de las clases, fueron hasta su casa para averiguar qué le había pasado.
Grande fue la sorpresa de Pedro cuando María les contó, con lágrimas en los ojos, que hizo con Coby lo que Lucio le propuso. Al terminar la última horneada, envolvió el animal en una mantita de franela y con delicadeza lo puso entre la pared y el horno, en un huequito.
Después se fue a descansar, pero con tanta mala suerte que al día siguiente se quedó dormida y no pudo sacar al cobayo de detrás del horno a tiempo, antes de que su padre lo encendiera para hacer el primer pan. El resultado fue que el animalito terminó rostizado, quemado vivo. Ese había sido el motivo de por qué ella no asistió al colegio.
Pedro recordó que después de contarles el triste final, María lloraba y Lucio sonreía. El muy hijo de puta disfrutaba de la desgracia ajena.
Así era él. Tan de cagarse en los sentimientos de los demás. Pedro no sabía porque carajos lo quería tanto, pero se sentía como su hermano mayor y siempre lo sacaba de los problemas e intentaba que siguiera el buen camino.
Nunca tuve demasiado éxito, esa es la verdad. Al fin y al cabo hacía lo que quería porque como le gustaba decir «hoy me siento con suerte, amigo».
—Y ahora está muerto. ¿Qué fue lo que pasó en la madrugada? –Se preguntó en voz alta.
Ofuscado, golpeó con los puños la mesa de la barra haciendo tintinear las copas apoyadas en un costado.
—¡Epa! ¡Epa! ¡Cuidado hombre! Un golpe más como ese y tiras abajo toda la cristalería —dijo la oficial Lucía Morales que entraba justo en ese momento.
Sobresaltado, Pedro se dio vuelta y vio que se acercaba una mujer alta que vestía una chaqueta y una pollera oscura. Era delgada, con un fino rostro moreno enmarcado por una cabellera color negro azabache que le caía, abundante, sobre los hombros. De su cuello colgaba una identificación dorada de la Policía Federal.
—¡Lucía! ¡Es un placer volver a verte! –exclamó Pedro mientras acudía a su memoria el recuerdo de su trabajo juntos.
Fueron compañeros durante casi cinco años en la División de Homicidios. Hacían muy buena pareja y por un tiempo fueron amantes. Había química entre ellos como se dice, pero la verdad era que ambos se enfrentaban casi todos los días a situaciones tan tremendas que sus sentimientos muchas veces quedaban como anestesiados. Era muy estresante intentar resolver casos que siempre eran pura mierda de tal manera que casi no les quedaba tiempo para dedicarse a ellos mismos.
Sin embargo todo iba relativamente bien así hasta que Pedro tuvo que enfrentar una delicada situación. Se lo acusó de haber actuado con exceso de autoridad al tratar de defender a una víctima de asalto. Disparó sin aviso al atacante provocando que este muriera en forma instantánea.
Si bien Lucia estuvo con él en el lugar de los hechos, declaró durante la audiencia que ordenó el juez a cargo del sumario interno, que no había visto nada. Ella se había quedado atendiendo a la víctima, un hombre de mediana edad, extranjero, que había recibido tres puñaladas. Se encontraba agonizando tendido en la vereda. Así que dejó claro que su compañero estaba solo cuando persiguió al delincuente unas cuantas calles. Fue el mismo Pedro quien le dijo que había tenido que disparar en defensa propia matándolo de un balazo en la cabeza.
La víctima del asalto, de nacionalidad norteamericana, al final se salvó después de casi seis meses de recuperación hospitalaria. A él le hicieron un sumario y le dieron la opción de seguir en la fuerza si aceptaba ser reten de guardia en alguno de los bancos de la ciudad.
Esa fue como la estocada final. La gota que derramó el vaso. Cuando terminó toda la investigación presentó el pedido de baja y dejó de pertenecer a la policía.
—Hola, ¿cómo estás? Ha pasado un poco de tiempo, ¿no? Encontramos a este tipo muerto justo enfrente del bar. La camarera nos ha dicho que su nombre es Lucio Estrella y que era muy habitué de tu local y que anoche estuvo aquí tomando unas copas hasta tarde. Nos comentó también que ustedes eran buenos amigos. ¿Sabes algo que pueda explicar su muerte?
—No sé por qué lo mataron, si a eso te refieres. Sí, era mi mejor amigo. No sé quién le pudo haber hecho algo así, te lo juro. ¡Esto es terrible!, Lucía.
—Tranquilo, hombre. ¿Sabes si anoche estuvo con alguien sospechoso o en qué andaba metido? Debió ser algo gordo para que terminara así, asesinado de varias puñaladas en medio de la madrugada. Ya lo averiguaremos, seguro. Tarde o temprano casi todo se sabe ¿no?
—Decime, ¿dónde estabas ayer a la noche? –le preguntó Lucía mientras se sentaba en el alto butacón y cruzaba sus hermosas piernas enfundadas en unas medias color obispo.
—Estuve acá, tocando con los muchachos como hasta las doce, una de la mañana. La hora exacta te la puede confirmar Mimí. Después me fui a lo de Ricardo Berstein, él me ayuda de vez en cuando a afinar mi saxofón. Es un viejo amigo. A veces me quedo a dormir en su casa después de tocar algo juntos o beber y charlar hasta muy avanzada la madrugada. Eso hice.
—Bien. Hablaremos con él más tarde para comprobar tu historia. Es lo que se debe hacer, ¿lo entiendes no es así?
—Por supuesto. He dejado de ser policía, pero no me he olvidado de los métodos que deben seguirse. Está todo bien, en serio. Además este es tu trabajo, aunque ahora con la placa de teniente como veo, ¿verdad?
—Claro. La mierda sigue siendo mierda, pero tengo más responsabilidad que antes para tratar de sacarla de las calles. Sabes muy bien que siempre intento actuar bajo la ley y las reglas. Es importante para mí respetarlas y hacerlas cumplir, es como que así este desquiciado mundo se ordena al menos un poco.
—Lo sé. Siempre serás la honesta y correcta mujer policía, ¿no es cierto? En fin, te extraño algo, igual. Eso es verdad.
Lucía lo miro y sintió que tal vez aún quisiera a ese hombre, pero ese sentimiento no le duró mucho. Sabía que ya nada podía volver a ser como antes entre ellos. De alguna forma se había generado un espacio, una grieta, que separaba la vida de ambos.
Era como si cada uno estuviera frente a frente, separados por un precipicio. Se podían ver, se podían escuchar y hasta percibir en la distancia, pero nunca podrían volver a estar juntos de la misma manera como cuando fueron compañeros y enfrentaron la cruda realidad de los crímenes.
—Así es la vida, Pedro –dijo de pronto Lucía acomodándose en la butaca y aceptando la taza de café que le ofrecía Rosa.
—Otra cosa, ¿Por qué crees que querrían matar a tu amigo?
Pedro la miró durante un instante, los ojos verdes de la mujer eran muy intensos, su mirada era hipnótica y después de unos segundos tuvo que apartar la vista.
—No tengo la menor idea. Lucio estaba bien cuando lo encontré el viernes a la noche en mi oficina —respondió Pedro nervioso mientras se tragaba otro poco de licor— Hasta me confió que se había enamorado.
—¿Enamorado? ¿Sabes de quién? –inquirió Lucía tomando un sorbo de café.
—No lo sé, de verdad. No me dijo el nombre. Pero me contó que era una mujer hermosa y no agregó nada más haciéndose el misterioso como era su costumbre. Nunca pensé que iba a terminar muerto.
—La señora que se encarga de la barra, Mimí, nos comentó que tú amigo se quedó después de que ella se fue, a eso de la una de la mañana. Le dejó las llaves para que cerrara. Estrella le dijo que se iba a encontrar con alguien en el reservado, ¿sabes con quién?
—No sabía eso. Recién llego, no tuve tiempo de hablar con ella.
—Aja. ¿Dónde queda el reservado?
—Por ese pasillo al fondo. ¿Quieres ir a ver?
—Por supuesto.
Ambos se dirigieron entonces hacia el fondo del bar y se detuvieron frente a un importante reguero rojizo que salía desde la entrada al reservado y se extendía a lo largo del pasillo hasta llegar a la puerta de emergencia que daba al callejón. Pedro abrió despacio y de inmediato vieron el suelo con manchas de sangre.
—¡No toques nada! Este lugar también lo debemos considerar como parte de la escena del crimen.
Lucía tomó su celular y marcando el número de la central se puso en comunicación con Mike La Monde, quien le aseguró que ya salían rumbo al bar con el equipo de criminalística. Cerró la llamada.
—¡Deténgase!, ¡No dé un paso más, por favor! –le grito de repente a Rosa al ver que esta caminaba como hipnotizada por el pasillo hacia la puerta trasera.
—¡Salgamos todos de acá, ya! –indicó Lucia, mientras se volvía sin percatarse de que Pedro se agachaba y tomaba algo del piso y luego de darle un vistazo lo guardaba dentro del bolsillo de su pantalón.
Los tres volvieron sobre sus pasos y se quedaron parados mirando hacia el lugar en donde Lucio Estrella había encontrado la muerte.
—Bien Pedro, debo volver a la oficina, por favor quédate por acá ¿sí?, usted también Rosa, pronto llegará el equipo forense y querrá hablar con los dos.
—No toquen nada por favor –dijo la hermosa investigadora.
—Lucía, yo que vos averiguaría con quién se encontró Lucio.
Lucía se detuvo un segundo y luego siguió caminando hacia la salida mientras alzaba su mano derecha con el dedo pulgar alzado en dirección a Pedro.
—Gracias. Lo tendré presente.
Ya afuera se dio cuenta de que la mañana había avanzado llegando casi al mediodía y el fuerte sol de enero presagiaba un cálido día. La embargaba una sensación extraña. El encuentro con Pedro le había traído viejos recuerdos. Mientras se dirigía hacia su coche sintió un déjá vu, fue como si la música de una olvidada canción ya conocida comenzara a sonar insistente dentro de su cabeza.
Pensó que el pasado a veces vuelve de manera tan intensa que puede llegar a nublar el presente y hacerle sentir que todo había sido mejor a pesar de que sabía que ese tiempo ya era un tiempo muerto.




