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Puso en marcha el auto. Se aferró al volante con ambas manos. Dejó que su vista vagara por un instante en el fluido tránsito que recorría la calle y salió rumbo a la Central de Policía.
La agente Bianca temía interrumpir a su jefa. No quería que la investigadora la sacara carpiendo creyendo que lo que tenía que decirle carecía de importancia.
Lo cierto es que esa misma mañana había recogido un hermoso reloj de bolsillo que sostenía la mano del muerto hallado en el puerto, antes de hablar con la camarera.
Era muy brillante, parecía ser de oro, con una llamativa cadena engarzada en eslabones muy finos.
«Sin dudas no se trataba de un asesinato por robo. Ese reloj debía valer mucho dinero», pensó.
Entonces ¿por qué nadie se lo llevó? ¿Cuál era el motivo del asesinato del joven?
A pesar de sus resquemores se animó y golpeó la puerta de vidrio de la oficina de la teniente Morales mordiéndose los labios.
—Sí, adelante.
—Permiso… soy yo jefa.
—Ah, ¿Qué es lo que querés? –dijo Lucía, levantando la vista de unos papeles que estaba leyendo.
—Le traigo este reloj que encontré en la escena del crimen —Yoli levantó la bolsa de plástico.
—¿Por qué no lo dejaste en el laboratorio para su análisis?
—Es que me pareció importante que supiera antes que nadie que lo encontré. No creo que el móvil del asesinato del tipo del bar haya sido un robo. ¡Mire lo que es este reloj!, debe valer bastante.
—¿Dejame ver?
La jefa de homicidios se puso un par de guantes de látex color azul que sacó del cajón del escritorio, abrió el precinto plástico, con cuidado extrajo el llamativo reloj y su cadena y los puso sobre la mesa. Los observó con atención. Reparó que en la tapa estaba escrito: Skopje– Joyería La Bell.
—Pero, espera un momento. Acompáñame —dijo.
Ya en el laboratorio, colocó con cuidado parte de la cadena con uno de sus eslabones en la platina del microscopio que estaba sobre la mesa de trabajo y lo enfocó con ayuda del gran ocular.
En medio del campo del microscopio apareció con claridad una filigrana sobre el eslabón con la forma del símbolo del infinito.
Lucía alzo la vista hacia su ayudante.
—Esto es importante. Busca en la base de datos el nombre La Bell, por favor.
La agente salió como una bala hacia su escritorio mientras Lucía miraba el reloj de Lucio Estrella. Un muerto que tal vez tenía que decir mucho más ahora, desde el más allá, que lo que había podido en toda su puta existencia.
—«En definitiva el cuerpo de un cadáver siempre habla», pensó.
—¿Cuál habrá sido el motivo para asesinar a este pobre tipo? –se preguntó.
—Okey, jefa –dijo Yoli interrumpiendo sus pensamientos.
—Acá está. El reloj pertenece a una de las mejores joyerías de la ciudad. Es muy exclusiva. El nombre de su dueño es Hadar La Bell. Es un inmigrante judío que llegó a nuestro país, procedente de Los Balcanes, huyendo de los nazis. Aquí tengo toda la información –dijo y agitó unas hojas impresas.
Lucía se incorporó de golpe de su escritorio, y sin querer, se volcó encima un poco del café negro y sin azúcar que se acababa de servir de la máquina eléctrica ubicada sobre una pequeña mesita.
—«Mierda, tengo que dejar de tomar tanto de esta porquería o me quedaré, primero sin ropa y, después sin hígado. Pero soy adicta al café negro y fuerte, que le voy a hacer», pensó.
Mientras se secaba la camisa blanca con una servilleta de papel que sacó de uno de los cajones de escritorio percibió la interrogación en su agente.
—¿Eh? –Yoli la miró desconcertada.
—Nada, nada, guardá esos datos en el archivo y dame la dirección de esa joyería. El lunes voy a hacerle una visita. Nunca se sabe que nos puede traer la marea. ¿No es cierto? –agregó mientras tiraba los guantes de látex en el papelero.
La joyería de los La Bell efectivamente estaba en una de las partes más exclusivas de la ciudad. Era el lunes por la mañana y Lucía Morales se dirigía en su auto hacia el lugar para indagar acerca del reloj de bolsillo.
Estacionó su automóvil en la calle Junín cerca de la Avenida Alvear en el Barrio de la Recoleta donde se ubicaban las joyerías más caras y las tiendas de importantes casas de ropa que se extendían hasta cerca del Centro Artesanal de Plaza Francia sobre la Avenida del Libertador.
La tienda que buscaba se encontraba justo al lado de la famosa casa italiana Bulgari. Al abrir la puerta del negocio se escuchó un alegre tintineo de campanillas. Lucía entró en el amplio salón lleno de vitrinas de cristal empotradas en las paredes y con un gran mostrador de vidrio, en el medio, en donde se exhibían joyas de todo tipo muy bellas.
Contra una de las paredes, se encontraba un sillón de tres cuerpos de Ratán y enfrente de él una mesita baja con tapa transparente con sus cuatro patas en madera negra labrada semejando las garras de algún tipo de felino. Una mullida alfombra roja con bordes dorados cubría todo el piso de la habitación.
Una mujer de espaldas, subida en una pequeña escalera, se encontraba acomodando unos brazaletes y anillos en una de las estanterías.
—Un momento, ya estoy con usted.
Bajó de la escalera, la plegó y la colocó en un costado, detrás de las cortinas que daban al depósito de mercaderías.
—Buenos días ¿En qué puedo servirla?
—Buenos días. ¡Qué joyas más hermosas!
—Sí, tratamos de tener lo mejor de lo mejor. Nuestra clientela es muy exclusiva.
La mujer escrutó a la persona que tenía enfrente. Se percató que no vestía como las ricachonas que visitaban su tienda. Se la veía elegante y formal llevando un pantalón color gris, una chaqueta del mismo color y una camisa blanca abierta en el cuello. Sin un solo anillo, brazalete, o cadenita como bijouterie.
—Claro, por supuesto –dijo Lucía– admirando la belleza de la joven que le sonreía. Llevaba su cabello pelirrojo recogido en un rodete que dejaba al descubierto su rostro de líneas definidas y muy delicadas. Sus ojos, de un azul profundo, tenían una mirada astuta.
—¿En qué puedo ayudarla? ¿O desea tomarse un tiempo para elegir algo de nuestra colección? Tenemos anillos, pulseras, gargantillas, relojes. Para usted o para cualquier tipo de ocasión, como un regalo, por ejemplo. ¿Necesita algo en particular para alguien especial? ¿Un regalo de compromiso? ¿Algo para usted, quizá?
La mujer movía sus delicadas y blancas manos señalando hacia cada uno de los lugares del negocio en donde se guardaban las lujosas joyas que había ido mencionado.
—No, no. Más bien quiero mostrarle este objeto –señaló Lucía, sacando del bolsillo derecho de su chaqueta una bolsa de plástico que depositó con suavidad sobre el cristal del mostrador.
La joyera vio que contenía un reloj y una cadena.
—Tenemos varios de este tipo en venta, ¿desea usted cambiar la que tiene? ¿O quizá no ande bien el mecanismo y necesite una reparación? Si ese es el caso mi abuelo podrá verlo, pero no hoy, él ha tenido que salir temprano hasta el banco para realizar algunos trámites.
Lucía, prestó mucha atención a la reacción de la joven cuando le mostró el objeto que había pertenecido a la víctima. Sin embargo no pudo percibir ninguna señal de alarma en ella.
—Muy bien. Vea señorita…
—Puede llamarme Jazmín.
—Sucede que este reloj tiene grabado en forma muy delicada las palabras Skopje, Joyería La Bell.
La joyera la miró sin pestañar. Luego volvió a bajar la vista al envoltorio.
—Bueno, si tiene ese grabado es indudable que pertenece a nuestra casa. ¿Qué necesita?
—Vea usted, este reloj se encontró en la escena de un crimen ocurrido en el puerto el fin de semana.
—Permítame presentarme, mi nombre es Lucía Morales, soy teniente de homicidios –dijo mostrándole la credencial del Departamento de Policía.
Jazmín pudo ver una foto de la mujer que tenía delante de sí con su nombre escrito en letras negras, bajo el cual se leía Teniente División de Homicidios, Policía Federal.
—¡Pero, qué espanto! Igual sigo sin comprender ¿qué es lo que usted desea de mí?
—¿Reconoce entonces el reloj?
—Bueno, no sé, debería verlo mejor, claro, pero si en él están grabadas las palabras Skopje, Joyería La Bell como dice, sí seguro que lo reconozco, lo fabricamos nosotros.
—¿Es posible que alguien lo comprara en otra joyería que no sea esta? –preguntó Lucía sin dejar de observar con atención a la muchacha.
—Eh, no, eso es imposible. Los únicos que vendemos estos relojes en Buenos Aires, es más, en toda la Argentina, somos nosotros. Su manufactura es muy especial y proviene de una tradición artesanal muy ancestral de nuestro pueblo.
—Muy bien. ¿Tiene registradas las últimas ventas?
—Bueno, sí, seguro. Archivamos todo en la computadora. Creo recordar que hará más de un mes agregamos, a un reloj muy parecido a este que usted me muestra, una cadena de oro puro con eslabones que yo misma engarcé con filigrana en plata con el símbolo del infinito en cada uno de ellos.
Fue para un hombre elegante que se presentó aquí diciendo llamarse Lucio Estrella. Habló conmigo y con mi abuelo y dejó encargado el trabajo para retirarlo al día siguiente. Ahora lo recuerdo.
—Bueno, que bien que lo recuerde porque ese es el hombre que asesinaron.
—¡Oh qué horror! Parecía un hombre tan lleno de vida esa tarde en la que estuvo aquí en nuestro negocio.
—Bueno, sí, a veces así sucede ¿no?, un día estamos acá y al otro día estamos unos metros bajo tierra. Así es la vida de este tipo de personas. Por lo que hemos podido averiguar se trataba de un jugador de cartas que siempre andaba dándose aires de gran millonario.
—¿Es posible que ese hombre haya adquirido el reloj en algún otro sitio?
—Como ya le dije, solo nosotros lo vendemos.
—Entonces, ¿podría existir la posibilidad de que sea una copia?
—En realidad, si fuera así, la misma debería ser muy buena. Es muy difícil adulterar nuestros originales, todos llevan una marca personal casi imposible de repetir.
—Muy bien, entiendo. Seguro que voy a necesitar más información así que si llegara a encontrar el comprobante de la venta le pediría que nos lo haga saber, por favor.
—Bueno, esa es una información confidencial. Como usted comprenderá no puedo dársela oficial a menos que traiga una orden.
—Por supuesto.
—Bueno, creo que si no tiene más preguntas volveré a mi trabajo.
—No por ahora señorita La Bell, claro que podría necesitar contactarla y, quizá también a su abuelo, por si aparece algún otro dato que deba corroborar con ustedes.
—No hay problema, cuando guste. Siempre me encontrará aquí durante el horario comercial. Pero si debe ver a mi abuelo sería mejor que nos llame primero. Él suele salir a menudo a realizar algún que otro trámite o trabajo particular. Tome, aquí tiene nuestra dirección con los números telefónicos en ella –dijo Jazmín, y le ofreció una tarjeta de color blanco con bordes dorados.
—Muchas gracias.
Lucía agarró la tarjeta que le entregaba y la guardó en uno de los bolsillos de su pantalón.
—De todas maneras ya tenemos su dirección en nuestros registros —agregó.
—Tome, aquí tiene mis números, por si recuerda algo más. Todo es importante para nosotros. Me puede llamar a cualquier hora. ¡Ah, otra cosa! Quizá le parezca atrevida mi pregunta, pero ¿tiene usted novio?
—Creo que esa es una pregunta muy personal, ¿no le parece? ¿Por qué razón quiere saberlo, teniente?
—Bueno, es usted hermosa, debo decirlo, muy atractiva. No sé, imagino que debe estar cansada de que algunos de sus clientes masculinos se le tiren lances ¿no? –dijo Lucía, observando atentamente su reacción.
—Bueno, no es tan así. Le agradezco el cumplido, pero no, nuestra clientela es muy respetuosa y ubicada. Que tenga un buen día.
Muchas gracias.
Lucía se dirigió hacia la salida. Abrió la puerta y volvió a escuchar el sonido cantarín de las campanitas pensando que no todo lo que reluce es oro.
CAPÍTULO 3
La hormona de Greg
Pedro Fonté dejó escapar de su saxofón la nota final de «Still got the blues» de Gary Moore que se perdió nostálgica entre la nutrida concurrencia que llenaba La Carta Marcada.
El ex policía, devenido ahora en músico, dejó su instrumento sobre el piano. El apretado aplauso de la gente lo volvió a la realidad.
—¡Gracias, amigos, muchas gracias!, espero que les haya gustado.
Bajo del pequeño escenario de madera y se dirigió a la barra para tomar algo.
—Estuvo bueno –le dijo Mimí– muy lindo, cada vez tocas mejor, ¡Ja! ¡Ja! –rio la mujer con su sonrisa franca y contagiosa, como la de un payaso.
—¿Te parece? –respondió, dubitativo.
—¡Pero claro que sí, hombre! ¿Qué es lo que te pasa?
—No sé, debe ser que estoy triste, extraño a Lucio ¿sabes?
—Dame un whisky doble por favor, ¿sí?
Era otro sábado más, como decía el tango, pero no para él. Le parecía mentira que ya había pasado una semana desde que Rosa encontrara el cuerpo sin vida de su amigo. No podía volver el tiempo atrás. «Ya nunca volveremos a reírnos contándonos chistes malos, tomar tragos juntos o realizar algún que otro negocio, no del todo limpio, claro, es verdad, pero me hacía sentir que estábamos más unidos», pensó con tristeza.
Al final la sangre siempre pesa y es más densa que el agua, como expresa el viejo dicho.
Sintió de pronto que debía hacer algo. No podía quedarse con los brazos cruzados. Volvió a ver el rostro sin vida con su rígida sonrisa en esa mueca macabra. Recordó cuando tuvo que ir, por pedido de la policía, a la morgue a reconocer el cuerpo.
Allí parado, llorando, prometió averiguar por qué y quién había asesinado a su querido amigo. Vengaría su muerte. Quizás la tarjeta de presentación que encontró por casualidad tirada en el piso del reservado y que ocultó, pudiera llevarlo a encontrar las respuestas que tanto ansiaba y así poder cumplir su promesa.
Tenía muchas preguntas y esperaba contestarlas muy pronto. Metió el dedo índice dentro del vaso y jugó con los dos hielos que reflejaban su desolada mirada.
—¡Hey! ¡Hola, hombre! ¡Vamos! ¡Pareces una piltrafa humana y un bobo metiendo el dedo dentro de ese vaso! –dijo Rosa, mientras depositaba sobre el mostrador una bandeja vacía.
—Hola. ¿Qué tal? ¿Qué movimiento, eh? –respondió Pedro levantando la mirada.
—Bah, nada, el de siempre en una noche de sábado.
La camarera le apretó con una mano el brazo y lo miró con ternura.
Él sostuvo un momento su vista y exclamó: ¿Sabes?, extraño al muy caradura. No creía que lo quería tanto.
—Bueno, claro es natural, ¡si ustedes eran casi inseparables! Pero tenés que seguir adelante, él ya no está más con nosotros, físicamente, digo. Ahora debes ser valiente y enfrentar el dolor. Lo mejor es que aceptes que ya no está.
—Sí, tenés razón, debo aceptarlo, querida. ¿Sabes una cosa?, voy a encontrar al mal nacido que le hizo esto, te lo aseguro. Te lo prometo.
La mujer lo miró, emocionada. De pronto sintió un cariño inmenso por ese hombre solitario, y siguiendo el impulso, lo estrecho entre sus brazos y le estampó un sonoro beso en los labios.
El sonido del piano inundó el espacio de intimidad que se había formado entre ellos. Fredy se iba a lucir como siempre con su versión de «The folks who live on the hill» de Oscar Hammerstein.
El bar pareció iluminarse con tonos verdes y azulados. El aire se hizo más fino, como cuando se siente en la piel ese frío cortante que anuncia que pronto va a nevar. Cuchilladas de lacerantes nostalgias atravesaron a ambos amigos. Entrelazados, escucharon la hermosa canción.
Pedro estalló en silenciosos sollozos y apoyó su cabeza entre los senos de Rosa. El conjuro, que su promesa había desatado, lo llenó y pareció querer quedarse para siempre dentro de su mente y de su cuerpo como si fuera una espina de hielo clavada en su corazón.
A veces parece que no podemos desembarazarnos de nuestros muertos. Es como que siguen a nuestro lado como febriles fantasmas, deambulando molestos, hasta que podamos echarlos y mandarlos al olvido. Mientras no lo hagamos, seguirán recordándonos que debemos saldar sus cuentas pendientes. Entonces, quizá, nos dejen tranquilos aunque un poco más vacíos que antes.
El domingo, Vival despertó sin haber dormido bien. Se incorporó y se apoyó en el respaldo de su ancha cama, con el dedo pulgar e índice de su mano derecha se masajeó ambos ojos y un poco más despierto apartó las sábanas negras de seda y se levantó de un salto. Calzándose sus pantuflas, que siempre dejaba al pie de la cama, se dirigió al baño. Le encantaba ducharse con agua bien caliente primero, para abrir los poros de la piel y luego de un rato con un chorro bien frío que dejaba correr varios minutos por todo su cuerpo. Sentía que esto lo vivificaba aunque no sabía que en realidad sus células epidérmicas morían cada vez que realizaba ese ritual.
Petu, su chica negra del momento, se acercó despacio llevando una bandeja con el desayuno que le gustaba apetecer a diario. Una taza de café negro y sin azúcar. Unas tostadas de pan integral. Puré de paltas frescas y jugo de naranja.
La mujer dejó todo sobre la mesita ratona y se desperezó haciendo alarde de su hermoso cuerpo, solo cubierto con una tanga negra.
Rouge fue hasta ella, dándola vuelta, la abrazó por detrás, le acarició uno de sus hermosos y turgentes pechos, le dio un beso en el cuello y luego la despidió con una palmada en sus importantes nalgas. Tenía otras cosas en qué pensar ahora.
—Gracias encanto, después nos vemos —la chica se retiró sonriendo.
Estaba molesto. Su encuentro con Lucio Estrella no había salido bien. El tipo solo tenía una parte del dinero que le debían y eso no le gustaba. Su deuda todavía no estaba del todo saldada y la situación irresuelta lo ponía nervioso.
Para colmo, la llamada que recibió esa misma madrugada, lo había puesto más quisquilloso –como solía decir su esposa, que por fortuna para todos y sobre todo para él, se encontraba de viaje, disfrutando de un crucero por las Islas Griegas en compañía de su hija, Carolina.
Recordó, mientras tomaba un trago de su café y mordía la tostada de pan integral aquella misteriosa llamada.
La voz al teléfono se escuchaba como si saliera de dentro de una lata. Las palabras sonaron amenazadoras: Hola, Rouge. Vas a pagar por lo que hiciste. Estoy detrás de ti y te aseguro que no te saldrás con la tuya. Te voy a matar mal nacido y un click anunció el fin de la comunicación.
«¿Quién lo amenazaba?», pensó El Duro.
Masticó otra tostada, untada con el puré de palta. La voz era irreconocible, era obvio que habían usado algún tipo de dispositivo que distorsionaba la voz.
No importa. Ya está. A otra cosa mariposa. Quién haya sido seguro que quiere joderme con alguna clase de broma pesada como las que tantas veces he recibido –caviló Rouge tratando de restarle importancia al hecho.
Recuperó un poco de humor mientras bebía el jugo, pero no pudo sacar de su mente, siempre preparada para lo imprevisto, una sensación de inquietud.
¿Quién habrá sido el hijo de puta?
El lunes Gregorio Buresteinn llegó temprano a su trabajo. La puerta del laboratorio se abrió de inmediato con un pequeño chasquido metálico. Guardó la tarjeta magnética en el bolsillo de su camisa e ingresó a la sala luego de exponerse por unos segundos a la luz ultravioleta para lograr una perfecta esterilización de su ropa. A continuación, se puso una bata blanca que sacó de su armario y sentándose en una silla se cubrió los zapatos con dos botas de fieltro.
Desde la ventana con doble vidrio de aislamiento pudo observar todo el lugar y se sintió satisfecho. Al final, luego de una larga lucha con los idiotas burócratas de la Administración del Centro de Investigaciones e Innovación en Biotecnología Animal, el CIBA, como todos lo conocían en el país, pudo conseguir el presupuesto necesario para poder llevar adelante su proyecto de investigación.
En la mesa ya estaban trabajando con las últimas muestras, su joven ayudante Esteban Cortez y la bióloga molecular Patricia Gómez–Ruiz. Siempre que veía a Patricia, Gregorio sentía el mismo revoleteo en su estómago, como si miles de mariposas danzaran dentro de él con un frenético batir de alas.
No le gustaba mucho esta sensación, afectaba a su seguridad habitual y lo predisponía a cometer algún tipo de error que después podría llegar a lamentar. Sin embargo admiró por un momento las suaves curvas de la mujer que se insinuaban a través de su guardapolvo, mientras inclinada sacaba de la heladera una gradilla con tubos de ensayo.
Pasando la segunda puerta de seguridad, el doctor entró a su Sancta Sanctorum, y se sintió una vez más en la gloria.
—Buenos días, Patricia. ¿Cómo vas?
—Ah, doctor, bien. Estoy con las muestras P–151 y P–152 de las cepas mutantes de levadura Pichia pastoris, Met 1 y Met 2. Las han traído esta mañana y están listas para usar. Ya fueron probadas con éxito en la síntesis de la somatotropina recombinante.
Ya tengo 2.000 dosis de 500 mg con el agregado de 1,8 mg de acetato de tocoferol y los 2 ml de c.b.p. en las jeringas. Son 80 cajas en total que están listas para enviar al departamento de comercialización. También he guardado en la heladera algunas cajas con los cultivos que necesitemos probar más adelante.
Espero tener listas más dosis más tarde o tal vez mañana. Todo depende de la cantidad de sustancia que podamos extraer del conjunto V–5000 que se encuentra a disposición desde ayer en la tarde, pero que todavía tienen que entrar en proceso fermentativo.
Patricia alzó la mirada hacia Buresteinn y colocó los tubos de ensayo en sus gradillas sobre la mesa impecable. Sintió nuevamente la admiración y orgullo que la embargaba desde que la Dirección del Centro la había aceptado para trabajar con el eminente científico. Era el mejor genetista del país, reconocido internacionalmente por sus trabajos con la somatotropina bovina recombinante o como a él le gustaba llamarla, la Hormona de Greg.
Era un simple chiste entre los dos que ella festejaba con el fin de parecer más cómplice en el importante proyecto que estaban realizando y a su vez disimular la verdadera razón de su presencia en el laboratorio.
La joven científica, nacida en Cataluña, después de terminar su doctorado en la Universidad de Barcelona, pudo conseguir una importante beca de intercambio en el CIBA.
Ninguno de sus colegas lo sabía, pero ese fue el primer paso para poder llegar a cumplir la promesa que hizo un triste día, casi un año atrás. Se trataba en realidad de un juramento de sangre que en definitiva era la verdadera causa de porque había abandonado su tierra natal para trabajar en la Argentina.
—Muy bien, te ayudo así hacemos más rápido –dijo Gregorio.
Tomó con suma cautela las muestras de extractos de pituitaria del lote de las vacas transgénicas y las colocó con cuidado en la centrífuga.
—¡Esteban! ¡Baja un poco el volumen, no puedo concentrarme si eso suena tan fuerte, por favor!
Cerró con fuerza la tapa del aparato y, presionado el teclado digital, seleccionó cuarenta revoluciones por minuto. Eso permitía separar el suero de lo que en realidad necesitaban, el extracto de pituitaria.
El técnico ayudante enseguida bajó el volumen del estéreo. Le gustaba escuchar música fuerte mientras, sentado frente al microscopio electrónico, miraba, una y otra vez, los preparados celulares de las ubres de las vacas. Un trabajo bastante monótono.
—Escuche, jefe, ¡es «Susie Q» de los Creedence! ¡Fantásticos los tipos, unos genios, eh! ¡Qué banda por Dios! Y eso que yo ni había nacido cuando los Fogerty ya recorrían todo Estados Unidos tocando.




