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—Dejaremos todo como esta, pero por favor vengan lo más rápido que puedan. La dirección es calle Austria 1555. Desde ya muchas gracias, la espero entonces.
Volvió al living donde se encontraba su abuelo, le informó que ya había llamado a la policía y que pronto estarían allí, así que le dijo que no se preocupara, que estuviera tranquilo y que se fuera a descansar a su habitación, ella se encargaría de todo aquel maldito asunto.
Mientras Hadar se iba a recostar un rato, Jazmín agarró la mochila que había dejado en el zaguán al entrar y fue hasta el garaje. No la dejó en la joyería. Era mucho más seguro esconderla por un tiempo allí. Prendió la luz.
Se subió a una pequeña escalera de metal y sacó varios paneles del cielo raso que con suavidad fue dejando en el piso. Acomodó en un hueco la mochila con su preciado contenido y volvió a poner los paneles en su lugar, bajó de la escalera, pegó una rápida mirada. Todo estaba bien. Apago la luz y despacio cerró la puerta.
Ya en la cocina, agarró la botella de vodka que guardaba en una de las alacenas. Tomó un vaso, le puso cuatro cubitos de hielo y echó sobre ellos un generoso chorro.
Se sentó en una de las sillas frente a la mesa de la cocina. Se acomodó el cabello y mirado hacia el techo pensó que debía ser muy astuta cuando la oficial de homicidios llegara a su casa.
Esa misma mañana había asesinado a un hombre y ahora se sumaban dos muertos más. Si permanecía calmada y se mostraba acongojada y preocupada por lo que había pasado esa noche tal vez podría evitar levantar sospecha. No es que la poli fuera a creer que ella había matado a esos tipos, claro que no. Solo estaba pensando. No podía dejar que la paranoia la invadiera.
Esperaba que aún no hubieran encontrado el cuerpo de Esteban. De todas maneras no había nada que la vinculara con esa muerte, por supuesto, se dijo a sí misma. Fue muy cuidadosa con todo.
Se levantó y se paró frente a la ventana, paladeó el seco y fuerte sabor del vodka. Desde allí se veía parte de la calle iluminada por las luces de las farolas. A contraluz observó las gotas de una suave llovizna que comenzaba a caer.
«Parece que enero viene muy lluvioso», pensó.
En ese preciso momento vio a su vecina, Berta, cruzando la calle tirando de la correa de su Caniche Toy que lucía un perfecto corte de pelo y agitaba su cola blanca en pompón.
—¡Vamos, vamos, Tabitta que se largó a llover, vamos, vamos rápido a casa antes de que nos empapemos los dos! –escuchó que decía la mujer.
De pronto la llovizna se convirtió en una lluvia gruesa y cerrada, un relámpago iluminó el cielo nocturno. Las gotas comenzaron a pegar fuerte contra el vidrio de la ventana rodando raudas hacia abajo en su azaroso deslizar líquido.
Jazmín apoyó la mano libre en el vidrio que comenzaba a empañarse y vio el reflejo de sus ojos que le devolvían una mirada de segura determinación.
El sonido apagado de un trueno lejano no evito que escuchara el ruido del motor de un coche poniéndose en marcha en algún lugar cercano.
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