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Observó a los dos tipos, uno muy delgado y el otro más corpulento con un brazo en cabestrillo, salir muy apurados por una de las puertas principales.
La casi invisible presencia alcanzó a escuchar lo que los dos hombres decían:
—Vamos Juan, apúrate viejo, a Rouge no le gusta esperar demasiado, ¡ya lo sabes!, ¡mové el culo, grandulón!
—Sí, sí, ya voy Chucho, ya voy, ahí está el auto estacionado, maneja vos que yo con este hombro herido no puedo, dale, vamos, cuanto más rápido hagamos el trabajo, mejor.
Apenas el auto de los dos matones arrancó y dobló por la esquina, la sombra salió de su precario escondite, cruzó la calle y subiendo a un auto decidió seguir, con solo las luces de posición encendidas, a los dos esbirros.
Dejaría para más tarde el encuentro personal con el hombre cuyo nombre figuraba en la tarjeta. Esperaba que la llamada encubierta que le había realizado la madrugada pasada lo hubiera puesto un poco nervioso. Tenía que hablar con él, era importante, pero todavía no. Cada cosa en su momento.
Por ahora quería saber que se traía entre manos y dónde iban sus perros falderos, necesitaba averiguar si habían tenido algo que ver, como su instinto se lo decía, con la muerte de su amigo.
«Conocer a tu enemigo es la mitad de la batalla ganada» –pensó, recordando el viejo proverbio chino.
Al verse en el espejo retrovisor, aún con la capucha puesta, sus ojos le devolvieron una mirada sin brillo. Cerró fuerte las manos sobre el volante y la fría determinación de llegar hasta las últimas consecuencias le hizo apretar un poco más el acelerador.
No quería que esos tipos se dieran cuenta de que él los seguía. Soltó una de sus manos del volante y tocando el bulto sobre su costado izquierdo sintió tranquilidad.
Tenía en su mente muchas preguntas, esperaba pronto obtener las respuestas.
Los dos esbirros entraron en la casa del Barrio de la Recoleta. No se dieron cuenta de que alguien los seguía a pocos metros.
Desde el living divisaron al viejo en el estudio. Estaba sentado detrás de un amplio escritorio de madera lustrada. El joyero no tuvo tiempo de reaccionar. Los matones arremetieron contra él con violencia. El Chucho lo agarró del cuello, lo obligó a levantarse y lo empujó contra la pared.
—¡Donde tenés la guita! –le gritó, presionando su garganta con una filosa navaja.
—No, no me hagan daño, por favor.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren? —quiso saber Hadar La Bell.
—Nos manda Rouge Vival. Quiere el dinero que le debes así que decinos en dónde lo tenés guardado, ¡ahora! –le gritó el bravucón apretando un poco más el puñal.
Un hilo de sangre brotó del cuello del anciano allí donde la punta afilada se había hundido en la carne.
—¡Detrás de esa pintura está la caja de seguridad, pero no me lastimen! Les digo que no tengo dinero en casa, nada, –alcanzó a decir el abuelo cuando sintió que se aflojaba un poco la presión sobre su pescuezo.
—Mirá donde dice, rápido, –ordenó El Chucho y colocándose detrás de Hadar le apretó con su antebrazo izquierdo la garganta y hundió un poco la punta del arma entre sus costillas.
El Demoledor, corrió el cuadro.
—¡Danos la clave, ya, o te quebramos los dedos! –gritó, salpicando con gotas de su saliva la cara enrojecida del dueño de casa.
—070361 —soltó La Bell sintiendo que se desmayaba y que su corazón amenazaba con estallar dentro de su pecho.
Juan marcó los seis dígitos, apretó la tecla Enter y la luz de seguridad roja cambio a verde y con un suave pitido se abrió la puerta. Dentro había dos pasaportes, lo que parecía una carpeta con varias hojas escritas y algunas monedas envueltas en papel de celofán, pero nada de dinero. Todo terminó en el piso.
—¡Acá no hay una mierda!
—¡Cómo! –exclamó Anis.
—Mira carcamán, hablá de una vez porque si no te dejo seco acá nomás, ¿me entendés? y empujó aún más la navaja.
—No, no tengo dinero aquí, todo está en el banco, nada aquí en mi casa, se los juro.
—¡Pero la puta madre! –exclamó Juan acercándose más al anciano.
Ninguno de los tres advirtió a tiempo al hombre corpulento que se abalanzó como una locomotora contra el cuerpo de El Chucho. El malandra sintió que el brazo que sostenía el arma se doblaba en un ángulo imposible y un sonido, parecido al de una rama seca al quebrarse. Luego un terrible dolor que hizo que soltara también la mano que apretaba el cuello de Hadar mientras su nuca estallaba. Perdiendo el conocimiento resbaló como un muñeco de trapo por la pared hasta el piso.
El agresor empujó a un costado el cuerpo del viejo con tal fuerza que golpeó su cabeza contra el borde de la mesa del escritorio y cayó, inconsciente.
El Demoledor con su mano sana intento sacar su pistola, pero el desconocido fue más rápido. Lo agarró del brazo y logró que el disparo saliera en dirección al techo. Hizo fuerza para separarse un poco y, con un busto de bronce que se hallaba sobre un estante, le asestó un terrible golpe en la sien que le abrió una profunda herida.
Atontado, el grandulón volcó una vitrina que se hallaba sobre un costado del estudio y salió al living dando vueltas como un veloz molinete que hubiera sido despedido de su eje. Un balazo en plena frente detuvo su alocada marcha. Restos de huesos y sesos saltaron por todas partes y cayo exánime sobre una mesa ratona con tapa de vidrio.
Esquirlas afiladas volaron por doquier cayendo varias sobre el matón que quedó con medio cuerpo dentro del marco de la mesa destruida y el resto en el piso. Sus piernas se sacudieron con el último estertor.
El atacante se recostó un momento contra la pared. Esperó que su agitada respiración se calmara. Miró la escena. Era dantesca. Volviendo al estudio le descerrajó otro balazo en la frente al Chucho Anís que aturdido empezaba a querer levantarse.
Se acercó al desvanecido La Bell. Se arrodilló y le examinó la cabeza. Comprobó que solo tenía un golpe menor. No era mucho. Todavía respiraba aunque seguía desmayado. No iba a morir, no en ese momento al menos.
Con cuidado alzó su frágil cuerpo y lo dejó sobre uno de los grandes sillones del living. Volvió a asegurarse que se encontraba bien y justo en el momento en que se disponía a marcharse de allí escucho el ruido de unas llaves y la puerta de entrada que se abría.
Corrió por el pasillo hacia el interior de la casa. Encontró la cocina y abriendo despacio la puerta salió al patio. Ya era noche cerrada. Cruzó el césped y atravesó los arbustos que servían de medianera.
Se detuvo un momento y vio a través del gran ventanal del living, ahora iluminado, a una hermosa pelirroja que ahogaba un grito mientras se arrodillaba al lado de Hadar La Bell.
Se cubrió la cabeza con la capucha y dio media vuelta. Agachándose un poco caminó entre las grandes plantas del jardín, salió a la calle húmeda y subiendo a su coche estacionado no lejos de allí abandonó el lugar.
Mientras conducía, el hombre observó que sus manos estaban manchadas de sangre. Se miró en el espejo. Su rostro era una máscara rígida que le devolvía la imagen de un desconocido. El pasado y la muerte volvían sin miramientos. Sintió que su destino parecía marcado. Con gran esfuerzo trato de convencerse de que en esta oportunidad lo había hecho por una causa noble. Vengar la muerte de su amigo.
Había escuchado que los dos matones buscaban un dinero que pertenecía a Rouge Vival.
Ahora estaba seguro de que tenía que enfrentarse a él y obligarlo a decir la verdad. Si comprobaba que era culpable lo iba a matar. Así de simple.
«Ojo por ojo, diente por diente», pensó.
Igual, todo era una mierda. Sin embargo el camino estaba ahí y como el conejo blanco que guio a Alicia, su sed de venganza terminaría por hacerlo caer por el agujero.
La noche se avecinaba cálida y pegajosa. Ruby apoyó los codos sobre la baranda de madera que separaba la calle principal de la playa Las Toscas de Mar del Plata, a cuatro horas de viaje de la gran ciudad. Una brisa comenzó a soplar desde el mar alborotando sus cabellos. Moviendo la cabeza seguía el compás de la canción que venía del Gran Parque Infantil que estaba cruzando la calle, en el sector de diversiones del Wall Mark.
Hacía dos noches había decido viajar hasta allí y quedarse unos días esperando que surgiera alguna oportunidad.
Se dejó llevar por el aire marino y por la música contagiosa. En la costa quedaba todavía un poco de gente disfrutando de los últimos rayos de sol que sacaban brillos de diamantes del agua a medida que las olas dejaban su carga salada en la arena y volvían a retirarse formando remolinos de espuma. Pequeños caracoles quedaban en el lecho húmedo y varias gaviotas se abalanzaban hambrientas sobre los caparazones de unos pocos cangrejos varados.
El sonido de risas y gritos divertidos que llegaba desde enfrente la transportó de pronto hacia sus años de infancia, ya lejanos, allá, en la distante Macedonia, cuando junto a Evlia escuchaban a la fanfarria del pueblo tocar la hermosa composición que representaba a su etnia gitana.
Sintió, como viniendo desde los lejanos Balcanes, esa melodía rítmica que invitaba al baile. Era la de Manea Cu Voca, una de las primeras canciones que aprendió a cantar junto con su querido hermano.
De improviso, un fuerte chillido la sacó de sus recuerdos. Girando la cabeza miró hacia el parque y alcanzó a divisar a un niño que corría. Parecía que se alejaba de un hombre que lo llamaba alarmado para que parara antes de llegar al borde de la calle.
—¡Tomy, Tomy, quédate ahí, no te muevas, no corras, ya te voy a agarrar, pequeño travieso!
El individuo pronto estuvo junto al pequeño. Lo agarró de la mano y lo zamarreó.
—¡No corras más!¡Vamos hijo, vamos que mamá nos espera para entrar a la pista de los autos chocadores! Si te portas bien tendrás tu recompensa.
Ruby apartó la vista del mar y dejó sus recuerdos. Cruzó la avenida rumbo a las atracciones infantiles. El suave viento revoloteó la larga falda de su vestido color añil.
—«Ya era tiempo», pensó la hermosa cíngara.
Una fila bastante importante de gente con niños de la mano se encontraba en la entrada de los autos chocadores. Las luces y la música era estridente y las personas allí reunidas parecía que no paraban de hablar y de hablar, riéndose y haciendo gestos en todas direcciones mientras que sujetaban con una mano a sus hijos y con la otra a los tickets para poder entrar a la pista.
Se quedó un tanto alejada, observando al niño llamado Tomás qué estaba a punto de ingresar al juego de diversiones junto con sus dos padres. Observó que los tres atravesaron el molinete de hierro y una joven ataviada con un uniforme de pantalón azul, camisa amarrilla y una gorra con la inscripción Speed well hell en su visera, tomaba las entradas y las guardaba en una bolsa de tela que colgaba de su cintura.
—Muy bien –dijo la joven– cuando yo les diga, escojan el auto que más les guste y ¡a disfrutar! Recuerden papás que todos deben ir atados con sus respectivos cinturones de seguridad, ¿entendido?
Tomás salió a la carrera y eligió el primer auto que tuvo a su alcance, era uno de color rojo con las gomas lustradas y brillosas. Su madre, corriendo, lo alcanzó a tomar por las axilas y lo coloco dentro del carro y le ajusto el cinturón de seguridad y luego se sentó a su lado. En otro coche ya se encontraba su esposo sentado haciéndole frenéticas señas con una sonrisa de oreja a oreja.
Sonó una fuerte sirena y comenzó a escucharse amplificada la voz de Shakira con su tema La La La a la vez que se ponían en funcionamiento los veinte coches chocadores.
Ruby entonces caminó entre la gente hacia el puesto de algodones de azúcar ubicado a la salida de la pista. Se apoyó sobre una de sus paredes laterales y esperó mientras en el cielo de Las Toscas comenzaban a brillar las primeras estrellas.
Cuando terminó el turno de la diversión, los niños abandonaron sus respectivos autos corriendo hacia la salida perseguidos por los adultos.
Todo era destellos brillantes y una envolvente melodía animosa. El sonido, como de miles de papeles desgarrándose a la misma vez, que provocaba la rueda gigantesca del Súper Volante llevando colgados de sus sillas color amarillo a un montón de niños le hizo pensar en la estupidez humana. Los que estaban ahí arriba parecían disfrutar de estar suspendidos y girar sin sentido mientras sus estómagos amagaban con echar afuera lo que habían comido en la última hora.
El pequeño, abandonó la pista escapando de sus padres y corrió hacia el puesto de golosinas. La gitana sabía que desearía como nunca poder hincar sus dientes y saborear ese sabroso dulzor.
Parándose frente al mostrador del escaparate, con la mesa apenas llegándole a la altura de los ojos, comenzó a gritar que le dieran su dulce sin mostrar temor ante la enorme cara de cartón del payaso bailarín Pennywise que coronaba la parte superior del carrito de dulces.
Ruby se acercó con rapidez y le dijo al dependiente que le diera aquel algodón, el más grande de la vidriera. Una vez en su poder, se lo ofreció al niñito.
—Toma, este el mejor. Es para vos, ¿Qué te parece, eh? ¡Vamos, agárralo! Acompáñame que tus padres ya te están esperando, me dijeron que te venga a buscar y que te compre este rico algodón de azúcar.
De un tirón lo arrastró y lo sacó del parque de diversiones mezclándose entre la gente. El niño, que esperaba ver aparecer a sus progenitores en cualquier momento, se dejó llevar.
Ruby se dirigió hacia el estacionamiento en busca de su vieja furgoneta mientras el algodón rosado caía en el suelo sin haber sido ni siquiera tocado.
Tomy comenzó a forcejear mientras empezaba a llorar gritando que lo soltara. Pero la mujer era más fuerte y pudo llevarlo sin problemas hasta la camioneta, le pegó de pronto un bofetón, diciéndole que se callara y abrió de un tirón la puerta corrediza del vehículo y lo empujó adentro.
Atenazando el brazo del pequeño extrajo de entre su vestido una hipodérmica y la clavó en su cuello. La cabeza del chico cayó hacia un costado y entonces lo acomodó despacio sobre el asiento de la camioneta y lo tapo con una manta.
Subió a la cabina, la puso en marcha y salió rumbo a Buenos Aires. Tenía cuatro horas hasta que el chico comenzara a despertar del anestésico que le había inyectado, así que midiendo la velocidad para no sobrepasar el límite permitido en la autopista se dirigió hacia su casa.
«Al fin tengo un hijo a quien cuidar», pensó.
Aceleró. Sonrió. Sus ojos esmeraldas brillaron un poco más. Se apartó un mechón de cabello rubio que le caía sobre un costado de la frente y comenzó a tararear Manea Cu Voca siguiendo el ritmo con sus dedos sobre el volante.
Muy pronto estaría junto a su amada de pelo rojo.
La casa de estilo francés ubicada en la calle Austria del Barrio de la Recoleta se encontraba silenciosa y a oscuras. Jazmín subió la escalera de entrada y abrió la puerta palpitando que algo inusual había ocurrido. Las luces apagadas en el living le hicieron sospechar.
Ya en el pequeño zaguán dejó las llaves dentro de un antiguo cuenco de porcelana sin tapa que estaba sobre un estante y apoyó en el piso la mochila. Un intenso olor a pólvora hirió sus fosas nasales. Llamó a su abuelo.
—¿Gjysh?, ¿hola?, ¿He llegado?
Accionó el interruptor.
Ahogando un grito, vio el cuerpo de un hombre caído sobre un montón de vidrios de lo que antes fuera una hermosa mesa baja. Todo estaba patas para arriba. Las vitrinas volcadas en el piso de madera y su contenido desparramado. Los sillones corridos de su sitio y las cortinas blancas del amplio ventanal que daba a la calle principal desgarradas de sus barrales y la lámpara de pie con la imagen de la diosa Kotys, la reina madre de la mitología Dacia de los Balcanes, caída en el suelo.
En el amplio sillón blanco se encontraba recostado Hadar.
—¡Abuelo!, ¡Abuelo! –gritó y saltando el cadáver del desconocido, se abalanzó hacia el cuerpo del viejo, que al sentir en el rostro las tiernas caricias de su nieta, abrió sus ojos azules mientras que de su boca salía un gemido lastimero.
—¿Jazmín?, ¿querida?, ¿eres tú?
—¡Sí!, ¡sí! Soy yo, pero ¿qué ha pasado aquí? ¿Se encuentra bien?
Hadar se incorporó sobre sus codos y llevando las manos a su cabeza se masajeó la frente.
—¡Oh!, creo que tengo un golpe importante aquí —dijo el anciano, frotándose el lugar con un gesto de dolor.
—¿A ver?, ¡Déjeme ver! –se acercó para revisar la parte que él le señalaba– ¡Oh!, ¡Sí, parece que tiene un fuerte chichón acá! –exclamó compungida.
—¿Pero qué es lo que pasó? –volvió a preguntar preocupada, mientras iba hasta la cocina a buscar un vaso de agua.
—No sé, hija –respondió el anciano después de tomar un sorbo.
—Me quedé en casa todo el día. Me recosté un poco después de almorzar y cuando me levanté estuve de acá para allá hasta que me fui al estudio a revisar las cuentas del negocio y algunos papeles. ¿Fuiste a la joyería hoy?
—Sí. Llegue allí como a las diez de la mañana. Estuve atendiendo y recibí las cajas de madera que trajo el hijo del carpintero amigo suyo para los relojes que enviaremos a Europa a nuestro comprador checo. Luego fui a almorzar al restaurante de enfrente, después seguí atendiendo hasta las nueve, nueve y media. Terminé de ordenar algunas cosas y al fin salí para acá y al llegar encuentro este desastre, ¡Dios! Esto es muy extraño –dijo Jazmín mientras se sentaba a su lado.
—¡Allí hay un tipo que parece muerto! ¡La casa está toda revuelta! ¡Entraron ladrones, entonces!
El joyero observó con los ojos muy abiertos el cuerpo de Juan El Demoledor despatarrado en el piso y sangre por todos lados.
—¡Drek! —maldijo en su idioma— ¿Qué es esto? ¿Quién es este tipo? —gritó, asustado.
—Bueno, espera un momento, comienzo a recordar algo –exclamó, apretando con fuerza una de las manos de su nieta–. Yo estaba sentado en mi escritorio revisando papeles cuando un tipo se abalanzó sobre mí, traté de forcejear para soltarme y de pronto sentí que una mano me agarró del cuello y algo filoso, un cuchillo o una navaja supongo, me pinchó entre las costillas.
—Ahora no recuerdo bien si fue primero en las costillas y luego en mi cuello o al revés, la verdad es que quedé paralizado en ese momento.
—De repente entró otro tipo grandote que me separó del que me aprisionaba y me empujó a un costado.
—Ahí creo que me di un fuerte golpe en la frente contra el borde de la mesa y caí al piso. Después de eso no recuerdo nada más.
—Ni siquiera sé cómo llegue desde el escritorio hasta el sillón, querida.
—Abuelo, voy a revisar si es que falta algo y voy a llamar a la policía, ¿sí?
—Está bien, está bien, fíjate sobre todo en la caja fuerte de mi escritorio, no hay mucho, pero tengo valores sentimentales ahí, a ver si han sacado algo.
Jazmín se levantó del sillón y fue hasta el escritorio. Apenas atravesó la puerta quedó atónita al ver el cuerpo de otro hombre caído detrás de la mesa con la cabeza destrozada y una gran mancha de sangre sobre la alfombra.
Todo estaba ahí también revuelto, los cajones de la mesa tirados en el suelo y los papeles y documentos desparramados por doquier. Los adornos que tenía su padre sobre un estante detrás del escritorio, se hallaban rotos y esparcidos por el piso. La caja de seguridad empotrada en la pared estaba abierta.
Acercándose miró con detenimiento en su interior. Allí no faltaba nada. Su abuelo apenas guardaba dinero en la caja de seguridad. Prefería siempre depositarlo en su cuenta bancaria.
Ahí estaba, gracias a Dios, bien en el fondo, bajo el tapete verde, en un hueco profundo, el hermoso brazalete de oro y rubíes que había pertenecido primero a su abuela y luego a su madre. Con delicados dibujos de pequeñas rosas en filigrana de plata a lo largo de toda la pulsera.
La visión del brazalete, el sentir a su abuelo toser y quejarse en la sala y los dos cadáveres tirados en el piso de su casa le hizo tomar conciencia del intenso olor a muerte que lo invadía todo. El recuerdo, aún fresco en su mente, del cuerpo de Esteban Cortez clavado en el rastrillo del establo de las vacas fue la gota que rebalsó el vaso.
Apoyada en la pared resbaló hasta sentarse en el suelo. Abrazó sus rodillas y rompió a llorar. Todo su cuerpo tembló.
Transcurridos unos minutos, se levantó. Se secó con el dorso de la mano las lágrimas. Agarró el brazalete que había pertenecido a su querida madre y admiró una vez más el símbolo fino y delicado del infinito grabado por su bisabuelo hacía ya mucho tiempo atrás y lo volvió a dejar dentro de la caja de seguridad. Era más que una simple joya. Representaba el orgullo, la fuerza y el recuerdo de la sangre derramada por sus antepasados en su lucha por ser libres.
Regreso más recompuesta hasta donde estaba su abuelo y arrodillándose junto a él lo miró con amor y lo beso en la frente.
—¿Cómo está todo allí, hija? –le pregunto abriendo los ojos al suave contacto de sus labios.
—Está todo revuelto. Y hay otro muerto en el escritorio. Es horrible. Sin embargo no han tocado nada de valor al parecer, el brazalete de mamá estaba en su lugar, por suerte. No lo han visto al estar oculto en el espacio secreto de la caja de seguridad.
—Creo que debemos llamar a la policía cuanto antes. En este mismo momento, esto ha sido un acto criminal, te golpearon muy feo en la cabeza y aún no sé en realidad si se han llevado algo de valor. Además ¿Quién mato a estos dos tipos?
—Aquí hubo una tercera persona, eso queda claro. Es la que mató a estos dos, dejándolos el muy hijo de puta aquí, tirados –afirmó Jazmín, mirándolo con preocupación, pero mostrando en sus ojos fortaleza.
—Claro, claro, por supuesto, querida, llámalos ya desde el teléfono del estudio, creo que en la agenda de cuero que está sobre la mesa tengo el número de la comisaría más cercana.
—No hace falta, aquí tengo la tarjeta de una policía que estuvo en la joyería la otra tarde. Creo que la llamaré. Tal vez pueda venir y ayudarnos con este desastre.
Se levantó y tomando el teléfono marco el número.
—¿Hola?, por favor, me comunica con la teniente Lucía Morales. Espero, gracias.
—¿Sí? ¿Quién habla?
—Hola, si, buenas noches, soy Jazmín La Bell, usted estuvo la semana pasada en mi joyería, ¿me recuerda oficial Morales?
—Claro que si señorita La Bell. Cómo está usted. ¿Recordó algo importante en relación con el occiso Lucio Estrella y su reloj, acaso? –preguntó Lucía.
—Bueno, la verdad es que ha pasado algo terrible, pero no se trata en realidad de nada relacionado con ese tema. O tal vez sí, no lo sé –agregó nerviosamente Jazmín.
—Dígame, ¿está usted bien?, la noto un poco agitada –manifestó Lucía mientras apuraba un sorbo del café que estaba tomando antes del llamado.
—Claro que estoy agitada. Hoy en la noche desconocidos entraron en casa. Revolvieron y rompieron varias cosas y golpearon a mi pobre abuelo. Necesito que la policía venga a ver qué es lo que ha pasado. Tengo dos cadáveres tirados en mi living, teniente, ¡esto es un horror!
—Por favor, la llamo a usted para ver si puede venir hasta aquí lo más rápido posible, ¿me entiende oficial?
—Bueno, bueno, cálmese, ¿dice que hay dos cadáveres en su casa? ¿Su abuelo se encuentra bien?
—Sí, ahora sí. Está recuperándose del golpe en su cabeza. Tiene 90 años, ¿sabe?, no lo han matado de casualidad, esa es la verdad, ¿puede usted venir o no?
—¿Dice que han entrado a su casa?, ¿estaba la puerta forzada?, ¿ha ocurrido un robo, nota que le falta algo de valor?
—No, no, la puerta de entrada estaba bien. Es que al llegar del negocio encontré a mi abuelo casi inconsciente, la sala y el estudio un desastre, dos tipos muertos, sangre por todos lados, nada más que eso, ¿qué le parece?
—Sí, he revisado si nos falta algo de valor, pero al parecer no. Estoy esperando que mi abuelo se recomponga un poco más para pedirle que él busque en su estudio, por si falta algo que yo no he notado, oficial.
—Bien, no toque nada más. Deje todo como está. Saldré para su casa lo más rápido que pueda con uno de mis ayudantes. Desde ya le aviso que también acudirá el personal policial de escena del crimen. Le repito, es muy importante que no toquen nada. ¿Me entiende señorita La Bell? Deme la dirección de su casa, por favor.




