- -
- 100%
- +
—¡Ah, buen día de nuevo, doctor! –saludó Lucía entrando junto con Bianca y cerrando a continuación la puerta.
—Hola otra vez –dijo el doctor, mientras se acomodaba la corbata con una de sus manos blanca e inmaculada.
—Le he pedido prestada la oficina a Mónica, nuestra jefa de administración, por un momento, para esperarla a usted como me pidió, oficial, ya que no se me ha permitido volver, ni a mis colegas, a mi lugar de trabajo desde que la policía cerró el acceso al primer piso.
—Muy bien, se lo agradezco.
—¿Cuántas personas tiene en su laboratorio? –preguntó Lucía, tomando asiento en una de las sillas rojas mientras le dirigía una mirada intensa e inquisidora. Yoli se paró detrás de ella apoyada contra la puerta.
—Bueno. Mi colega Patricia Gómez–Ruiz, y mi ayudante Esteban Cortez.
—¿Solo dos personas?
—Sí, pues sí, No hace falta mucho más cuando uno cuenta con personal muy capacitado ¿no?– respondió con cierto tono soberbio, mientras miraba de reojo a El Ruso y a Yoli.
—Sí, claro –afirmó Lucía, cruzando sus piernas.
—¿Dónde están ahora?
—Patricia no ha llegado todavía y Esteban creo que estará en la granja de animales, en las afueras de la ciudad, debía tomar durante el día de hoy algunas muestras de las vacas para las próximas pruebas que empezaríamos esta tarde.
—¿Vacas? –pregunto de pronto Yoli.
—Bueno, sí. Experimentamos con ellas hace ya unos años. Aislamos extractos de pituitaria y luego los purificamos. Mediante técnicas de ingeniería genética sintetizamos una hormona de alta pureza –explicó Gregorio, adoptando un tono doctoral.
—!Fuiii! !Fuiii! –silbó Yoli y luego exclamó– ¡vaya, vaya!, parece algo realmente complicado.
—Bueno, no lo es tanto si uno sabe lo que debe hacer, ¿no le parece?
—Dígame doctor. ¿Notó que faltaba algo de su laboratorio? ¿Alguna cosa fuera de su lugar? ¿Un estado poco normal? –quiso saber Lucía.
—Sí. Néstor, el encargado de mantenimiento, me informó que una de las mujeres de limpieza había descubierto el cuerpo, tirado en el piso, del guardia nocturno. Le pedí que llamara de inmediato al 911.
Después, ya en mi laboratorio, hice una detenida inspección. No había al parecer nada revuelto, salvo que encontré la puerta de la heladera abierta. La usamos para la conservación en frío de muestras y cultivos. Además, noté que faltaban todas las cajas que tenían la solución hormonal. El lunes ya estaban listas.
Se trata de las primeras 2.000 dosis, unas ochenta cajas conteniendo 25 pequeñas jeringas cada una. Además, faltaban todas las placas con los cultivos de las levaduras recombinantes. Alarmado, bajé a la recepción y allí me encontré con los dos agentes aquí presentes que por cierto llegaron muy rápido.
—Bien. Entonces podemos suponer que el móvil ha sido el robo.
—¿Por qué alguien querría hacer eso, doctor?
—Oficial, la somatotropina bovina recombinante es una proteína sintética con un alto valor de mercado. Inoculada en las vacas lecheras mejora su producción en casi un 30%. Solo dos laboratorios en Argentina están intentando producirla a escala comercial, nosotros y BioTech, nuestra competencia.
—Comprendo.
—¿Cómo se abren las puertas de los laboratorios?
—Con llaves magnéticas, por supuesto. El acceso es restringido a cada una de las áreas y laboratorios del complejo. Sólo podemos ingresar nosotros –respondió Gregorio, observando como la luz del sol se detenía sobre el hermoso cabello de la oficial haciendo resaltar aún más su color de ébano dándole un matiz de un azul oscuro intenso, como las alas de un cuervo.
—Entonces, ¿existe la posibilidad de que alguno de sus colegas haya tomado esas cajas, este… digamos sin permiso? –interrogó Lucía.
—No en absoluto. Eso es imposible.
La teniente lo miró detenidamente.
—¡Hey! ¡Epa! –Yoli que estaba apoyada contra la puerta se apartó y dejó que entrara el joven agente del pasillo que traía en una de sus manos un vaso de cartón.
—Este, ¡perdón!, aquí tiene su café, tal como lo ha pedido, negro y sin azúcar.
—Aja, muy bien, se lo agradezco.
Lucía lo agarró y le dio un prolongado sorbo. Luego lo dejo sobre el escritorio. Se levantó y volvió a mirar al doctor Buresteinn.
La agente de policía cerró despacio.
—Entonces, debemos suponer que alguien tuvo acceso a la llave, ¿no es cierto?, no hay señales de violencia en el laboratorio.
—Bueno, este, sí, pudo existir esa posibilidad. Pero no tengo ni idea de cómo podría haber sucedido eso –dijo el doctor.
Nervioso descruzó las piernas y palpó con la mano derecha el bolsillo de su bata.
—¿Cada empleado de los laboratorios lleva consigo las llaves electrónicas? –preguntó la oficial de policía volviendo a tomar el vaso de café.
—Sí, por supuesto, las llevan todo el tiempo consigo. Sin embargo, mensualmente, se cambian las combinaciones de acceso y entonces recibimos nuevas tarjetas. Los controles son muy estrictos.
—Ya veo. ¿Sospecha de alguien? Cree que es posible que, digamos la competencia, sea la responsable del robo y de la muerte del guardia nocturno.
—No lo creo. Conozco al Doctor Otto Graus, el director de BioTech y sé que es una persona honesta y confiable con una alta ética profesional. Estoy seguro de que jamás permitiría que algo así ocurriera. En realidad tenemos una sana rivalidad, si entiende lo que quiero decir.
—Por otra parte, no sospecho de mi personal ni de nadie del equipo científico —dijo el doctor Buresteinn— sacando del bolsillo de su chaleco un hermoso reloj, que parecía ser de oro, sujeto por una cadenilla con delicados eslabones dorados.
Yoli, al verlo, casi se abalanza sobre el hombre. Lucía, atenta, se lo impidió con firmeza.
—¡Qué hermoso! –exclamó, y se acercó un poco más al científico.
—Ah, sí, se trata de un reloj de bolsillo La Bell, legítimo. Es una joya de mucho valor para mí, no solo monetario sino sentimental.
—¿Conoce la marca? –preguntó en forma despectiva Buresteinn, balanceándolo frente a los ojos de Lucía para luego volver a guardarlo.
—Bueno, sé que es exclusivo de una joyería de la Recoleta.
—¿Usted conoce el lugar? –inquirió Lucía.
—Solo de nombre, nunca fui si es a lo que se refiere.
—Bueno, oficial, si ya no tiene más preguntas me retiro, hay asuntos que debo atender, dijo el doctor dirigiéndose hacia la puerta.
—No por ahora. Puede irse, pero seguro volveremos a molestarlo en algún otro momento. Estoy a cargo de este caso y será necesario hablar con usted de nuevo y con sus colegas por si recuerdan o aparecen más detalles, ¿Entendido?
—Desde ya, cuando guste, aquí estaremos. Permiso —pidió el doctor dirigiéndose a Yoli, que apartándose dejó que saliera.
—¡Jefa! –dijo El Ruso, separándose del archivo metálico– Ese reloj es del mismo tipo del que tenía el muerto del puerto ¿No es demasiada casualidad?
—Sí, eso parece —sentenció Lucía.
Se aproximó al ventanal que daba al parque. Detuvo su vista en la hermosa arboleda que bordeaba un camino de grava. Desde esa perspectiva parecía que terminaba en un amplio estanque rodeado de ángeles de piedra de tamaño natural.
Alzó la vista y vio pequeñas nubes algodonosas. Se movían y cambiaban de formas en el cielo azul del mediodía. Eso le hizo pensar que a veces las apariencias engañan. El hecho de que hubiera dos relojes similares relacionados con muertes violentas podría ser un hecho fortuito. El asunto era que ella no creía en las coincidencias.
Dos asesinatos ocurridos en muy poco tiempo que aparentaban no tener que ver uno con el otro, pero que parecían vincularse a través de ese par de objetos provenientes, además, de la misma joyería. No era mucha casualidad, ¿o sí?
Lucía intuyó que muy pronto volvería a ver a la joyera de Recoleta.
Dejó sus pensamientos y ordenó a los dos agentes que localizaran a los doctores Patricia Gómez–Ruiz y Esteban Cortez lo más rápido posible. Quería hablar con ellos cuanto antes.
Acto seguido, abandonaron los tres la oficina de administración y a paso firme salieron del edificio. Se detuvieron un momento al ver que, por una puerta lateral, dos hombres sacaban una camilla con lo que supusieron que era el cadáver del guardia nocturno dentro de una bolsa de plástico negro. Los camilleros lo metieron en la ambulancia del Departamento de Homicidios, subieron en la parte trasera y cerraron las puertas.
El vehículo arrancó y se perdió en el tráfico rumbo a la morgue judicial haciendo sonar su estridente sirena.
CAPÍTULO 4
Trágicos acontecimientos
Lucía despidió a sus dos oficiales en la calle, subió a su coche y siguió a la ambulancia.
Tenía que hablar con Myriam Martínez. Calculaba que las muestras de laboratorio ya deberían estar listas. Su mente trabajaba las veinticuatro horas del día. No tenía vida social ni familia. Sus padres habían muerto hacía diez años en un trágico accidente de auto mientras iban desde Rosario, en donde vivían, a Buenos Aires, para asistir a su acto de graduación en la Escuela de Cadetes de la Policía Federal Comisario General Juan A. Pirker como Oficial en Seguridad Pública y Ciudadana con orientación en Investigación Criminal.
Siendo hija única, la pérdida fue un golpe terrible como si un tren a doscientos kilómetros por hora la hubiera atropellado de lleno. Resultado: dos años de terapia y asistencia psiquiátrica para superar la culpa, pero no hubo caso. Siempre se sentiría culpable. No lo podía evitar.
Sonó la bocina para que una camioneta descomunal, conducida por una mujer rubia, que estaba parada en medio de la calle, se moviera.
Al fin el vehículo avanzó dejando espacio para que ella pudiera rebasarla. Al pasar a su lado vio cómo la conductora sacaba el brazo por la ventanilla y le levantaba el dedo mayor de su mano izquierda.
—¡Andá a cagar! –masculló y giró por la calle Cerrito que estaba un poco más libre de tránsito lo que le permitió ir más rápido. Acercándose ya a su destino recordó la invitación que Mike La Monde le hiciera en el CIBA.
«No estaría mal ¡eh! Es un tipo lindo, parece una buena persona, un tipo sincero y sin vueltas. Creo que voy a salir con él alguna de estas noches» –se dijo a sí misma.
Ya en el edificio estacionó en el espacio reservado a la autoridad policial.
Luego de mostrar su credencial al guardia tomó el primer ascensor que abrió sus puertas de acero gris dejando salir a un puñado de personas apuradas. Entró y marcó en el tablero digital el número indicado como –2. Se encendió una luz en el pequeño monitor y una voz impersonal anunció segundo subsuelo al tiempo que, saliendo de un altavoz invisible, comenzaron a sonar los Bee Gees cantando «How deep is your love».
—¡Qué bueno, esto es lo que me faltaba!
Al cabo de unos minutos el ascensor se detuvo. Salió a un pasillo iluminado con tubos fluorescentes protegidos por una malla metálica. Después de recorrer unos pocos metros llegó hasta un par de puertas batientes que mostraban escrito en letras rojas en ambos vidrios esmerilados MORGUE.
Entró deseando un enorme vaso de café negro y sin azúcar.
Sintió el olor característico antiséptico y a formol que inundó sus vías respiratorias. Instintivamente se llevó la mano a la nariz. Vio a la patóloga parada junto a una larga mesa de metal. Su boca estaba cubierta con un barbijo blanco que solo dejaba ver un par de hermosos ojos negros.
—¡Ah, hola, Lucía! ¡Adelante!
Myriam le hizo un gesto con su mano derecha enfundada en un guante de látex azul sosteniendo un bisturí manchado de sangre.
La teniente avanzó unos pasos y pudo ver, iluminado por la luz del reflector, el cuerpo de un hombre desnudo con el tórax abierto con un corte en forma de Y desde la garganta hasta la ingle.
—Hola doctora.
Tomó un barbijo de encima de una repisa y se lo puso y se acercó un poco más.
No pudo evitar mirar uno de los pies del cadáver de cuyo dedo gordo colgaba un trozo de cartón sostenido por un cordón con un nombre escrito en letras negras.
—¿Alfredo Padilla, el fiambre del CIBA?
—Sí –respondió la patóloga, mientras profundizaba con su bisturí un corte sobre el esternón del muerto.
—¡Ah, lindo!
—¿Qué me puedes decir de él? —quiso saber Lucía apartando la vista.
—La forense, se detuvo, dejó el bisturí sobre la mesa y se desató una de las tiras del barbijo liberando la nariz y la boca.
—Bueno, sabemos que el tipo murió el viernes a la noche o probablemente durante la madrugada del sábado. No hay señales de entrada de bala ni de heridas que sugieran apuñalamiento o estrangulación. Tampoco de golpes.
—¿La causa de la muerte, entonces?
—Bien. Es interesante. Aquí, sobre el lado derecho, en la base del cuello, hay un pinchazo que es compatible con el ingreso de una aguja hipodérmica.
—¿Quieres acercarte y verlo por ti misma?
—No, no, gracias, confío en vos.
—Como quieras. Mandé a hematología una muestra de la sangre del cadáver para hacerle, en carácter de urgente, un análisis completo. Los resultados mostraron la presencia de restos de Ivermectina B1a y B1b.
—Que traducido significa…
—Se trata de un medicamento. Ya sé que suena raro el nombre. Te explico. Es una proteína. En realidad es un antiparasitario subcutáneo para uso veterinario en el ganado, sobre todo en el bovino.
En las dosis usadas en animales, su inyección resulta letal en los seres humanos. Causa reducción de las funciones nerviosas y un bloqueo general de los mecanismos de estímulos en el sistema nervioso central. A los pocos minutos de entrar en el torrente circulatorio provoca ataxia, es decir movimientos discontinuos, temblores y dilatación de las pupilas. La persona muere por un paro cardio-respiratorio.
La investigadora miró por un momento el rostro de Alfredo que se veía muy blanco. Alguien había tenido la decencia de taparle con unas gasas las órbitas vacías, pero aún mantenía el rictus de sorpresa que ella había observado en el pasillo del CIBA.
—¡Mierda! ¿No es, digamos, una sustancia que uno puede comprar en cualquier farmacia, no?
—¡No!, por supuesto que no. Es de estricto uso médico y con recetario. Además, en esa cantidad, se usa solo en animales domésticos, gatos, perros, caballos y vacas. Es uno de los mejores tratamientos para parásitos.
—Lucía, la persona que mató a este individuo sabía lo que le estaba haciendo al inyectarle esta sustancia.
—Bien. Gracias, seguí con la fiesta, te agradezco el dato. Buenas tardes.
La teniente de homicidios se dio vuelta y dejó sobre la mesa el barbijo. Empujando las puertas batientes abandonó la sala.
Mientras caminaba hacia el ascensor, el sonido de la sierra mecánica llegó a sus oídos. Sintió un frío que le corrió por la espalda al recordar la falsa sonrisa que tenía el muerto.
Después del mediodía, ese mismo martes, el camión con el forraje para los animales llegó despacio hasta la entrada de El Establo. Como siempre se detuvo en el lugar reservado para los proveedores, muy cerca del galpón principal, en donde se guardaban los animales.
El chofer bajó del vehículo con su planilla de entrega lista para ser firmada por el empleado de recepción y caminó hasta la casilla de control.
Se sorprendió al ver a través de la ventanilla que no había nadie en su interior para recibir la nueva carga de pasto. Se sacó la gorra visera y se rascó la nuca. Intrigado, enfiló sus pasos hasta la enorme puerta corrediza que estaba abierta de par en par.
—¿Hola?, buenos días, ¿hay alguien?
—Soy Miguel, de Forrajes Guzmán, traigo la entrega del día.
Se acercó un poco más y apenas pudo evitar que lo llevaran por delante y terminara en el piso.
—¡Eh!, ¡cuidado! ¿Qué es lo que crees que estás haciendo, amigo? ¡Qué te pasa! –gritó, mientras que sujetaba de los hombros al tipo que estuvo a punto de voltearlo.
—¡Hay un muerto, allí hay un muerto!
—¿Un muerto? ¿Pero de qué demonios estás hablando?
—Ahí, detrás de uno de los corrales, tirado en el piso hay un hombre boca abajo. Creo que se tropezó con uno de los rastrillos. Se ensartó una de las puntas en un ojo. Es horrible, terrible.
Miguel se acercó adonde le indicaba y pudo ver un cuerpo caído y el largo mango de madera, un poco levantado, sobresaliendo de su cabeza.
—¡Me cago!
—¡Oiga!, llame inmediatamente a la policía. No se quede ahí parado con la boca abierta. ¡Rápido! Hágalo ¡ya! –ordenó al hombre que lo miraba desde la entrada.
—¿Hola? Sí, mi nombre es Juan Galimberti. Por favor vengan rápido. Hay una persona muerta.
—¿Hola?, ¿dice que hay una persona muerta, señor? ¿Dónde está usted, por favor? Que domicilio, ¿puede decirme?
—Sí, Sí, es en la granja del Centro de Investigaciones en Biotecnología Animal.
En las afueras de la ciudad. La dirección es calle 3 de septiembre número 5456 de la localidad de El Pilar —indicó Juan.
—Muy bien señor. ¿Está usted solo ahí?
—No, no, estoy con el chofer de la empresa que entrega el alimento para los animales.
—Muy bien. En seguida sale un móvil. Por favor no toquen nada y permanezcan en el lugar.
Beatriz Jiménez, la operadora del Departamento de Policía, colgó el teléfono. Se dirigió a paso vivo hacia la oficina de Lucía para avisarle del llamado.
Golpeó la puerta, esta se abrió de golpe y se vio cara a cara con el rostro varonil del agente Stangenn.
—Beatriz, ¿Qué pasa?
—Ruso, ¿está la jefa?
—No, Bea, acaba de salir.
—¿Qué necesitas?
—Hay un 911 desde la granja del CIBA. Un tipo dice que hay un muerto en los corrales. Le informé que ya iba un patrullero para allá.
—Bien, voy yo, no te preocupes.
—De acuerdo –dijo Beatriz, mientras le daba la dirección.
En ese mismo momento, Ruby se encontraba en la cocina de su casa en el barrio gitano. Volvía otra vez a sentirse taciturna y melancólica. Vacía. Seguía en las calles adivinando la suerte de desprevenidos y asustadizos tontos y acostándose con algún que otro hombre por dinero, pero eso no le bastaba. Necesitaba llenar sus días con algo más que las cosas de la rutina.
Quería tener un niño junto a ella que la entretuviera y a quién pudiera darle todo su amor.
Se sentía sola y sabía que no podía contar con que su amada estuviera más tiempo con ella ahora que estaba tan ocupada organizando un nuevo negocio.
Pensó en hablar con su contacto en el Ministerio de Menores para ver qué pasaba por ahí y si había alguna familia que quisiera una entrega. Tal vez le dijera que sí y entonces podría irse a la costa e intentar secuestrar un niño desprevenido.
Sí, pensó mientras calentaba en la sartén unas castañas que había comprado temprano en el mercado. Eso es lo que haré, viajaré a la costa y esperaré a que aparezca mi niño, tiene que ser hermoso.
Se deleitó con la imagen que evocaba su mente mientras le agregaba un poco de azúcar negro a los frutos secos que ya crepitaban y desprendían su sabroso aroma.
Se sentía mucho mejor al haber tomado una decisión.
A pocos kilómetros de allí, Rouge Vival estaba inquieto. Todavía no había logrado acallar esa vocecita interior que le repetía una y otra vez ¿quién habría sido el que lo llamara para amenazarlo de esa manera?
No podía apartarla de su mente a pesar de la seguridad y temple que había sabido conseguir en su duro camino a la cima.
Girando su sillón reclinable hacia el ventanal de detrás de su escritorio, apuró de una pitada su habano, mientras se detenía a pensar en ese asunto, admirando el verde de la arboleda de Plaza Francia, veinte pisos más abajo.
Extendió su mano y presionando el intercomunicador le pidió a su secretaria que llamara al Chucho Anís y a Juan El Demoledor. Los necesitaba de inmediato.
Volutas de color azul rodearon su cabeza cuando dejo salir el humo apuntando su boca hacia el techo, aspirando de inmediato otra intensa bocanada, mientras tamborileaba con sus dedos sobre la mesa.
—Permiso jefe, dijo el Chucho, entrando en su amplio despacho. Lo siguió El Demoledor con su cabeza enorme cabizbaja. Llevaba uno de sus brazos en cabestrillo. Todavía le dolía la herida del hombro provocada por la bala del tipo que alcanzó a dispararle antes de que El Chucho lo acuchillara en aquel bar del puerto.
—¿Nos mandó llamar?
—Sí, mis queridos muchachos, acérquense. Tomen asiento. –Rouge les señaló los dos sillones de cuero que se encontraban frente a su escritorio.
Los dos hombres se sentaron y prestaron atención.
—Escuchen —dijo El Duro con voz suave inclinándose hacia adelante.
—Necesito que me hagan un trabajito.
—¡Por supuesto jefe! –exclamó El Demoledor que estaba punto de estornudar por el humo y el olor pestilente del habano.
—¡Presten mucha atención! –alzó la voz Rouge, mientras los apuntaba con su dedo índice y su fría mirada los congelaba en el asiento.
—Hay algo que me está molestando. No es mucha cosa, pero necesito sacarla de mi mente lo más pronto posible. Quiero que entren en la casa de los La Bell esta misma noche ¿correcto?
—Delo por hecho –exclamó el Chucho.
—¿Qué tenemos que hacer? –preguntó El Demoledor.
—Quiero que consigan la plata que me debe. Lucio Estrella solo tenía una parte. Faltan doscientos mil pesos. Así que rebuscan por todos lados y me traen la guita.
Después quiero que también revisen la casa para ver si encuentran por casualidad uno de esos aparatos que se acoplan a los teléfonos que hace que tu voz salga como la de Darth Vader en Star Wars, ¿saben?
—¡Si, claro! –dijo emocionado Juan que ya estaba lagrimeando.
—¡Yo me vi todos los capítulos, jefe!, mi preferido es ese cuando…
—¡Basta! ¡Imbécil! No me interesan tus comentarios. Solamente hagan lo que les digo.
—¿Qué pasa si hay alguien en la casa? –quiso saber El Chucho.
—Lo reducen. Tiene que ser un trabajo silencioso y sin violencia muchachos. ¡Háganlo bien! y no dejen ningún rastro.
—Sí, sí, listo —se apresuró a responder Anís.
—Bien –exclamó Rouge, mientras les hacía un gesto con la mano.
—Ahora largo de aquí.
Los dos matones se retiraron del despacho, cerraron despacio la puerta y dejaron solo a Vival que se quedó rumiando sus pensamientos.
De pronto se escuchó un fuerte estornudo y un ruido de pasos que se alejaban corriendo.
—Estoy casi seguro que esa llamada misteriosa la hizo Jazmín o alguien que haya contratado para amenazarme y así meterme miedo. La muy zorra no quiere largar la guita. Pero a mí no me va a clavar. Voy a recuperar mi dinero de una forma u otra. Ya esperé suficiente. Se les terminó el tiempo –se dijo a sí mismo.
—Pero, ¿no fue un riesgo al fin deshacerme del Rayo Rizzo para quedarme con todo el negocio hace unos cuantos años atrás? Claro que sí, claro que lo fue...
Se levantó de su cómodo sillón y con una carcajada apagó en un cenicero de ónix enorme el resto de lo que quedaba de su habano cubano.
Mientras aún resonaba su risa en todo el despacho el atardecer fue cayendo sobre el parque y una tenue neblina empezó a asomarse por entre los árboles.
El cielo de Buenos Aires se fue tiñendo de un intenso color rojo sangre y su silueta, de pie cerca del gran ventanal, se dibujó en la pared del fondo, enorme y amenazadora, mientras el último resplandor de un sol ya moribundo se apagaba sobre la inmensa ciudad.
Un tenue brillo iluminó por un instante el rostro que se ocultaba detrás de las columnas de la galería semioscura de la entrada al edificio donde Rouge Vival tenía sus oficinas. Con una última pitada al cigarrillo que sostenía en una de sus manos enguantadas, el hombre, que cubría su cabeza con la capucha de su buzo, se movió despacio mientras la punta de su gruesa bota aplastaba la colilla en el piso. A su lado se amontonaban unas cuantas más. La espera había sido larga.




