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VREditorasYA

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Para mi abuela.
Porque para ser escritor primero tuve que ser lector, y sin ella, con su regalo aquella tarde de verano diez años atrás, nada de esto hubiera sido posible.

Siempre, desde que era chica, tuve cierta afición por las historias.
Me encantaba enfrascarme en libros, películas, series, cualquier cosa que me abdujera de la realidad. No recuerdo en qué momento las empecé a coleccionar. Quizás fue cuando papá me llevó por primera vez al cine o cuando mi abuelo me regaló aquella novela desgastada que solía leer en su adolescencia. No tengo idea. Solo sé que, en cierto punto, ese hechizo que traían con ellas entró a mi vida y entonces supe que lo había hecho para quedarse.
Fue la ficción la que me protegió cuando, durante mi infancia, papá salía de fiesta con sus amigos y no volvía. Eran los libros quienes me hacían sentir acompañada, los únicos que me brindaban un escape. Me abrían las puertas a sus mundos y yo las atravesaba junto a sus personajes, pintándolos con mi imaginación en el patio trasero de casa o en la silla vacía que quedaba junto a mí en el colegio los días de lluvia. Crecí tan confiada en ella, creyendo que si caía lo iba a hacer en sus brazos, que, cuando terminé la secundaria y me mudé a la gran ciudad, algo me tomó por sorpresa. De repente, al no estar más encerrada en un pueblo, sentí que la ficción, por alguna razón, empezaba a quedarme chica.
Al principio no lo entendía. Sentía como si mi vida se sacudiera. No tanto como un pez fuera del agua, sino como uno que se hubiese olvidado de cómo nadar.
En mi cabeza resonaban todas esas conversaciones que había escuchado desde detrás de la puerta, en las que las novias de papá afirmaban que mi amor por la lectura era tan solo una fase. Que pronto iba a empezar a vivir la vida, me iba a enamorar y esas horas encerrada en mi habitación ya no iban a existir más.
Nunca les quise creer, pero ¿y si siempre tuvieron la razón? Ahí, varada entre apuntes en mi nuevo apartamento, llegué a desconocerme y eso me dio miedo.
Se me dificultaba concentrarme mientras leía, incluso me costaba encontrar una película que captara mi atención. Era nada más presionar play para que alguna bocina sonara en la calle y me arrebatara hacia la realidad, destruyendo mi ilusión.
Estaba empezando una carrera y ya no contaba con tanto tiempo libre como antes. Llegaba la hora de admitir que, lo quisiera o no, estaba transitando un cambio y, en el proceso, me entristecía creer que había perdido la pasión por lo fantástico. Sentía como si las historias hubiesen perdido su encanto.
Hasta que una tarde, me demostraron lo contrario.
Fue un día que estaba demasiado cansada de todo. Me costaba entender un par de conceptos y todavía no tenía amigos con quienes pasar el rato. Me pareció que no tendría sentido pagarme una merienda para mí sola o salir a caminar, tampoco tenía tanto dinero. Acarreaba un dolor de cabeza terrible producto del estrés que me ocasionaban tantos estímulos. Así que, simplemente, decidí salir a mi balcón a tomar un poco de aire.
Y ahí fue cuando todo un espectáculo de emociones se extendió ante mis ojos.
A los pies de mi edificio se extiende una de las avenidas principales de la ciudad, colmada de autos, rodeada por edificios de gran altura. Cientos de vehículos la recorren de lado a lado todos los días y, sobre ellos, miles de personas viven en sus propios universos, escribiendo, momento a momento, sus propias historias.
Les empecé a tomar cierto hábito, después de todo. Armada con una taza de manzanilla para que entibie mis manos y una manta sobre mis piernas para que me proteja de los días más frescos que trae este otoño. Los lentes bien colocados, el primer brillo de las estrellas en el cielo y, frente a mí, un escenario colmado de personajes con sabor a todo eso que la ficción me sabía generar.
Desde mi octavo piso, me tomo la libertad de observar cada movimiento por la mera razón de desconectar un poco de mis problemas para bañarme en esos mundos que habitan los otros, asombrada por cada detalle. Unas luces nuevas por allí, alguna discusión por allá. Amigos charlando sobre sus deudas o parejas dándose la mano para que cualquier persona las vea.
Descubrí, entonces, que salir al balcón era una experiencia diferente todos los días.
Hoy me acompaña como banda sonora la playlist de electrónica de unos chicos del edificio de enfrente. Las canciones inician con matices suaves que incrementan su velocidad de a poco hasta que las notas de un ritmo incesante inundan la calle y ahogan parcialmente el ruido del tráfico.
Cada tanto resuena una bocina desde la avenida producto del estrés característico de la ciudad. Estiro un poco la cabeza para observar el techo de los autos, pero cuando bajo la vista me distraigo con el humo de un cigarrillo elevándose desde el balcón de abajo. Los dedos que lo sujetan son femeninos y están cubiertos por los puños de una campera gastada. También noto una taza de café a medio tomar en el borde de ladrillo.
Me pregunto si ella también estará enamorada de la belleza de lo cotidiano. A pesar de que vivimos en el mismo edificio, no la conozco. Tampoco sé si querría hacerlo. Contemplarla desde acá arriba me produce cierta paz y no quisiera arruinarme esa ilusión.
Hablando de café, en la esquina de enfrente preparan mi favorito. Todavía está abierto, aunque ya no debe quedar mucha gente. A mis oídos llega el tintinear de las campanas de su entrada un poco más fuerte y agresivo de lo normal. Cuando me giro a ver quién sale, distingo a dos chicas que, entre risas, caminan tambaleándose abrazadas hasta que las pierdo de vista. Me parece haberlas visto ya un par de veces.
Contrario al resto, en el edificio que está junto al mío la mayor parte de las luces están apagadas. Es una estructura ya vieja, casi inhabitada. Recuerdo escuchar rumores de que pensaban remodelarlo. En el sexto piso viven dos chicos de mi edad, aunque hace un par de tardes los escuché gritar y, desde entonces, solo he visto al moreno paseándose por la habitación con la misma camiseta de siempre. Me pregunto si se habrá estado bañando, porque desde acá observo al tendedero en su balcón con las mismas camisetas que aparentan aún estar secándose desde hace una semana.
Delante de mí, unos pisos por debajo de donde proviene la música que de a poco se va convirtiendo en fiesta, una chica de mi edad con el pelo enrulado se cierra la campera y calza su mochila junto a la ventana. A ella la veo todas las semanas. Viene a acompañar a quien yo considero que es su abuela. Se sientan en el balcón a leer y algunas veces las escucho reír. Su relación me llena de ternura. Los viernes son días de ajedrez, se pasan horas, a veces quizás la tarde entera, jugando. Estoy segura de que más de una vez ella ha visto la sonrisa que se me forma cuando escucho a su abuela cantar victoria. Ella siempre pierde, pero dudo que en todas sea por haberla dejado ganar.
En el edificio contiguo observo a una pareja besarse contra el borde de su balcón. Están en uno de los primeros pisos, él la agarra con fuerza de la cintura y ella de su espalda. No creo que pase una sola molécula entre ellos de lo pegados que están. Como si buscasen fundirse el uno en el otro. Desearía algún día poder experimentar lo que eso se siente.
Pasado un tiempo, el caos que desatan los vehículos afloja bastante y a la fiesta de en frente se le empiezan a sumar otras a lo largo de la avenida. Decido que es hora de volver a mi vida, así que tomo la taza vacía, enrosco la manta y deslizo el vidrio. Pero antes de entrar, me giro a observar todas esas escenas por última vez. Me despido en silencio de las estrellas y de cada una las personas que sentí esta tarde.
Comienzo a darme cuenta de que todos somos un mundo aparte con diferentes culturas e incluso otros tipos de lenguajes. He descubierto que las historias están en todos lados, no solo escritas en la ficción. También pueden ser una anécdota o una canción. O quizás el vistazo que podamos echar desde una ventana o un balcón.
Todavía no encontré a alguien que me comparta las suyas, pero sé que, si abro los ojos y escucho con atención, el viento me susurrará las de otras personas. Y de momento, salir a escucharlas se ha convertido en mi parte favorita del día.

Cruzados
La primera vez que lo vi recuerdo que llovía, la calle estaba desierta, el cielo gris, su paraguas negro y hacía frío. Lo capté de reojo mientras cruzábamos la calle, él llevaba una campera oscura estirada en las mangas, cubriendo sus puños. Su pelo húmedo, la mirada en el suelo y un libro con la portada negra entre sus manos. Me sonó a que era de Stephen King, pero no estoy seguro.
La segunda vez era de noche, el clima más seco, había música de fondo y él estaba en la otra esquina del salón. Su computadora le iluminaba la cara mientras torcía el gesto al escribir. Se escuchaba una melodía de fondo, de esas que ponen en todos los cafés que aspiran alto, delicadas notas de piano siguiendo un ritmo tranquilo. Me pareció que iban acorde con él y la forma en la que se le apagaron los ojos después de terminar su café.
A la tercera tampoco me animé a hablarle, pero sí le tomé una foto. Suena raro, pero es que no podía no hacerlo. Tenía el cabello alborotado porque era temprano en la mañana y le quedaba tan bien... Mechones rubios, sus labios quietos y sus ojos grises perdidos en la ventana del transporte público. Fue ahí cuando, desde el asiento de al lado, capté el momento.
Y es en ese preciso lugar en donde está sentado ahora, leyendo un libro.
No quiero molestarlo, me haría mal romper con tanta paz, pero me pregunto si en algún momento voy a ser capaz de acercarme y decirle lo mucho que me gustaría robarle un beso.

Temor a perderte (1)
La veo cada vez que desbloqueo el celular. Ahí, abrazada a mí cuando teníamos nueve años. Yo disfrazada de princesa y ella de Batman. La calidad es mala, pero lo que transmite es tan fuerte que se me hace inevitable sonreír al recordar lo feliz que éramos con tanta simpleza.
La veo todos los viernes en un café. A la tardecita, justo cuando empieza a caer el sol y nos encontramos en nuestro lugar de siempre. Los meseros ya nos apartan el rincón contra la ventana todas las semanas, al igual que dos porciones de pastel de chocolate. Nos gusta ver a la gente pasar, inventar historias sobre ellos mientras el café se entibia. A veces no hay nada nuevo que contar, pero siempre hay algo nuevo que ver, que pensar. Es nuestro regalo por haber sobrevivido una semana más. Por seguir juntas.
También la veo cada mañana cuando me pasa a buscar para ir caminando al colegio. A veces me despierta a timbrazos, otras con un beso. Pero no somos novias, somos mejores amigas. O eso es lo que estoy condenada a repetirme todos los días.
Hoy la veo acostada del otro lado de la cama, iluminada por los primeros rayos de sol que calientan la mañana. El pelo desarreglado le queda aún más bello y la forma en la que se enrosca en las sábanas me produce mucha dulzura. Me dan ganas de acariciarla y hacerle muchos mimos. Volver a deslizar mis manos por sobre su piel…
Su ropa luce mejor en el suelo y no puedo evitar sonreír al recordar las risas de anoche mientras batallábamos con las cremalleras. Creo que desde que somos amigas nunca me sentí tan eufórica. Pero, a la sonrisa que se forma en mi cara al pensar en todo lo que hicimos, le sigue un suspiro que grita que ya nada podrá volver a ser como antes.
Deslizo las sábanas en silencio. Bien sé que me encantaría quedarme así por una eternidad, pero el temor a que las cosas cambien me persigue y lo único que quiero hacer es esconderme. Mientras me estoy ajustando los jeans a la cadera, me tambaleo hacia atrás y derribo una botella de vodka. Está vacía y el golpe sordo que da contra el piso espabila a Valentina ocasionando que abra sus ojos.
Tarda un rato en darse cuenta de la escena y recordar lo que hicimos hace un par de horas. Me quedo inmóvil junto a la puerta, en silencio, expectante y ahí es cuando me lanza una de sus miradas.
–No –murmura.
Lentamente asiento con la cabeza… porque no sé qué más hacer.
Ella se deshace de las sabanas con agresividad, agachándose para buscar su ropa.
–Tengo que irme –dice sin despegar su mirada del suelo.
Ella ya ha hecho esto otras veces. Yo no.
Me acerco muy despacio hacia el otro lado de la habitación, sintiendo como si mi mejor amiga se hubiese convertido en un animal salvaje. Un movimiento fuera de lugar podría causar su huida o peor, un repentino ataque.
–Valen...
–No –me sentencia.
Esa simple palabra me pega una patada en el estómago. Es la misma sensación que experimento en sueños cuando siento que estoy cayendo y de repente me estrello contra el suelo. Solo que esta vez no me queda otra que quedarme ahí tirada, sin forma de abrir los ojos ni despertarme en la seguridad de mi cama.
–Por favor...
Puedo empezar a sentir una leve picazón en los ojos y sé que son las lágrimas anunciando su llegada otra vez. Valentina ya tiene puestos sus pantalones, su blusa en una mano, su abrigo a sus pies.
–Te dije que no, Mica –su cabeza asoma desde un hueco de su blusa, mientras saca su brazo derecho por otro.
–Pero... –Ya no sé qué inventar–. Hace frío, ¿por qué no te quedas a desayunar?
Hemos desayunado juntas incontables veces. En la alacena se encuentra el preparado de cappuccino que más le gusta. En la panadería de enfrente venden su budín de chocolate favorito. En el mueble de la cocina hay una taza con su nombre, regalo que le hice un Día del Amigo siete años atrás.
–Porque no, Micaela. Necesito... –su tono es tan cortante que puedo sentir su filo atravesando mi piel cien veces. Se ata los cordones con rapidez, y no me pasa desapercibido que esas son las zapatillas que deja en casa todos los sábados para después no tener que volver a su casa en tacos–. Necesito tomarme un tiempo para pensar.
No me quiere ni ver.
Mi visión se empieza a nublar. La veo salir de mi habitación como un huracán, llevando su abrigo bajo el brazo y sus zapatos en la mano. Ni siquiera un beso de despedida, ni una mirada. Nada. Baja las escaleras corriendo mientras se estira para agarrar las llaves colgadas junto a la puerta. Está en su casa. La conoce desde hace más de diez años.
Contemplo la escena desde lo alto de las escaleras mientras le da doble giro a la cerradura. Abre la puerta y una ráfaga de viento helado se cuela en el living. Es mi última oportunidad. Me obligo a despegar los labios.
–¡VALENTINA! –intento gritar. Pero suena a alarido y se corta en medio de su nombre.
Sus ojos se elevan del suelo, medio cuerpo afuera, pero no alcanzo a leerlos bien porque, una milésima de segundo más tarde, azota la puerta y desaparece tras ella. Lo único que se escucha ahora es el tintineo de sus llaves contra la madera y mi llanto ahogado mientras me desplomo en el suelo obligándome a creer que todo esto no es más que otra pesadilla.
Con la excepción de que esta vez sé muy bien que no lo es.

Debe ser la quinta vez que voy al baño desde que cerré los ojos e intenté dormir.
Ya ni sé a qué me levanto, simplemente no puedo conciliar el sueño. Todos están acostados. Noto la luz del velador en el cuarto de al lado (seguro es mamá leyendo una novela) y los leves ronquidos de papá que resuenan por toda la casa.
Me empapo la cara con agua tibia, arrastro mis pantuflas lentamente por la casa, abro la heladera, me olvido de lo que buscaba, la cierro, doy otra vuelta. Son casi las cuatro de la mañana. De repente recuerdo lo que iba a buscar así que me deslizo otra vez en la cocina y saco una jarra con jugo, me sirvo un vaso, camino otro poco y finalmente vuelvo a llegar a mi habitación.
Todo sigue como esta mañana. Las botellas ruedan cuando las pateo, los zapatos de Valen permanecen aún semiescondidos bajo la cama, las sábanas entreveradas, su perfume en mi almohada. No fue la primera vez que dormimos juntas, pero si fue la primera vez que nos sacamos la ropa entre besos. Que nos desnudamos completamente, que nos tocamos de esa manera, que nos quisimos con tanta sed… que hicimos algo de lo que no hay vuelta atrás.
Nunca me había sentido tan viva y lo apuesto todo a que ella tampoco.
Fue el error más hermoso que podríamos haber cometido jamás. Pero al contrario de lo que me juraba a mí misma veinticuatro horas atrás mientras la besaba, puedo afirmar que me arrepiento. Ambas habíamos tomado de más, tanto que ni siquiera nos tembló un pelo cuando frenamos un taxi en el medio de la calle para volver a casa.
Recuerdo que en el trayecto no podía quitar mis ojos de ella. Ahí en el asiento trasero estaba más hermosa de lo normal. Se había rizado un poco el cabello y maquillado a la perfección. Sus pendientes fueron un regalo mío y al collar lo habíamos comprado la semana anterior para que le fuera a juego. Las luces de la ciudad brillaban desenfocadas detrás de su perfil y, en cuanto apagó su celular, estoy segura de que notó lo embobada que estaba al verme perdida en su belleza.
No recuerdo quien pagó, pero recuerdo tirar mi bolso al entrar a casa y aferrar mis brazos contra su cuerpo ni bien se cerró la puerta. Recuerdo que subimos las escaleras gateando para no hacer ruido y que, al entrar, nos quedamos unos segundos la una frente a la otra rememorando noches como esta.
Cuando uno lleva su tiempo junto a otra persona, llega un momento en el cual se hace demasiado evidente lo que al otro se le está cruzando por la cabeza en todo momento. Entre nosotras nos conocemos así. Y un vistazo a su cara bastó para darme cuenta de que estaba angustiada porque nos quedaba muy poco tiempo así de unidas.
Nuestro último año de secundaria terminará en un par de meses y ambas sabemos que lo que el destino le depare a cada una de nosotras es (por más que tratemos de controlarlo) incierto.
Valentina siempre está conmigo incluso cuando no estamos juntas. Está cuando le agrego mucha azúcar al café, porque así me enseñó a tomarlo. Cuando esquivo las grietas de las baldosas, porque a eso jugábamos de chicas (y no tan chicas). Está cada vez que veo mis pósters de Harry Potter en la puerta del ropero, porque con ella los pusimos ahí después de vernos todas las películas.
Está dispuesta a todo siempre que la necesito. Ni siquiera tiene que sonar el teléfono por más de dos tonos para que me atienda diciendo que está camino a casa para curarme el malestar con mucho helado y abrazos. Pero el problema es que ahora no está y su teléfono me deriva al buzón de voz que nunca escucha. Mis lágrimas no se secan con sus abrazos y el nudo que tengo en el estómago no aguanta lo apretado.
Dejo el celular en la mesa de luz junto al vaso vacío. Me tapo con las mantas y de nuevo aprieto los ojos esperando que me trague el sueño. Ya casi va a ser hora de levantarse para ir al colegio y hoy, a diferencia de la semana pasada, no me carcome el cerebro pensar en cómo haré para estudiar para tantos exámenes juntos, sino que la duda que ronda en mi mente es: ¿quién empezó todo anoche?
Por más memoria que haga, no consigo recordar quién rompió ese abrazo que nos dimos a los pies de mi cama. Quién se inclinó sobre la otra y dio el primer beso. Cuál de las dos lo devolvió. Quién le bajó el cierre del vestido primero a quién y quién fue la primera en quedar desnuda. En un rincón de mi mente comienzo a creer que fuimos ambas a la vez y, mientras abrazo la almohada dando el último bostezo, doy fe de que por más terrible que pueda ser pagar las consecuencias y de lo mucho que pueda llegar a arrepentirme, esa fue la mejor noche de mi vida.
Espero que la de ella también.

El despertador suena justo cuando alcanzo a dormirme (o, al menos, eso parece). Por unos segundos, saboreo la idea de seguir durmiendo y faltar al colegio, pero me rindo al ver el uniforme colgado en la puerta del ropero y al recordar cómo amanecí con Valen ayer, en esta misma cama. Necesito hablar con ella, no podemos ignorar lo que pasó por más tiempo.
Al salir de la ducha me noto más espabilada. Bajo la lluvia enumeré todas las cosas que quería dejar en claro ni bien nos cruzáramos al entrar al colegio. No es el mejor lugar para hablar del tema, pero de momento es el más próximo y, ya que no responde mis llamadas, espero que sí se digne a decirme algo a la cara.
También espero conservar la paciencia, al menos hasta el mediodía.
Lo que más quiero es hacerle ver que no podemos ignorar lo que pasó entre nosotras. Ya basta de hacer como si esos besos instantáneos que nos damos en los labios no fueran más que una muestra de cariño. Al menos para mí significan mucho más que eso y, conociéndola a ella, sé que también lo sabe. Pienso poner fin a las confusiones y establecer cómo seguiremos de ahora en más. Novias o amigas. Duele, pero tenía que llegar la hora de ponerle un punto final.
Quiero contarle todo lo que siento por ella desde que, hace un par de años, durante el cumpleaños número trece de una de nuestras amigas, nos encerramos en el baño a la madrugada y probamos darnos nuestro primer beso.
Esa fecha marcó un antes y un después en nuestra amistad. Habíamos estado hablando del tema antes de acostarnos a dormir. Todas las chicas en la pijamada ya habían besado a alguien a excepción de nosotras. Cuando nos tocó contar nuestra experiencia, ella empezó a inventar una historia en la que se besaba con un chico llamado Joaquín durante el verano y, con un par de miradas cómplices, acopló su cuento al mío diciendo que ambas lo conocimos mientras caminábamos junto al río. Lo habíamos visto jugar al fútbol con su mejor amigo, Nicolás, quien, a su vez, sorpresivamente terminó siendo mi primer beso.




