- -
- 100%
- +
Fue una gran noche, pero hasta ahí. El amanecer empezaba a llegar más temprano con el pasar de los días y aquella noche no fue la excepción. Tomás había sacado a bailar a Valentina mientras yo me quedaba con un grupo de amigas esperando a que pusieran en marcha las máquinas que iban a cubrir el campo en polvos de colores. El sol se empezó a asomar en el horizonte y por la fiesta corrió el rumor de que no tardarían en prenderlas, así que se me ocurrió buscarla. Nos habíamos pasado toda la previa practicando las poses que íbamos a hacer cuando los colores estallaran y las cámaras desataran sus flashes.
No quería vivir ese momento sin ella.
Recuerdo haberla buscado por un par de canciones, batallando contra gente sudada y tratando de no tirar ninguna bebida en el proceso. Le estaba mandando mensajes cuando a la lejanía la encontré besándose con Tomás, tan juntos que parecían pegados. Las manos de él toqueteándola entera.
No había tomado mucho como para vomitar, pero en ese momento sentí que el estómago se me revolvía y mis ojos empezaron a buscar un lugar donde lanzar. Me quería ir. Teletransportarme hasta casa y estar acostada con ella mirando pelis y comiendo chocolates como el fin de semana anterior.
Encontré los baños portátiles. La fila era eterna así que me las arreglé para llegar hasta uno de los costados y vaciar mi estómago ahí. Me quedó un sabor asqueroso en la boca y la música me empezaba a aturdir, me sentía mareada, horrible. Iba volviendo al lugar donde vi a Valen cuando las máquinas se activaron y el humo de colores chillantes empezó a inhibir mi visión. La masa de chicos eufóricos me llevaba por delante a cada segundo y sentía como mi ropa no solo se teñía por los polvos, sino también por vuelcos accidentales de bebidas que saltaban entre tanto tumulto.
A partir de ahí me di por perdida.
A la noche siguiente, Valentina me llamó para contarme que perdió la virginidad con Tomás. Yo le conté como me tuve que volver a casa con un grupo de desconocidos que manejaban por la ruta alcoholizados. Una experiencia muy serena que para nada desearía olvidar.
–El verano entre cuarto y quinto año fue uno de los mejores –le adelanto a Gabriela con una sonrisa en la cara.
Si bien Valentina estaba empezando algo con Tomás, no se veían muy seguido. Todavía disfrutaba de libertad, pero ya empezaba a ver ciertas actitudes de él que me llamaban la atención. Cuando salíamos a bailar, primero tenía que asegurarse de que ni Tomás ni sus amigos estuvieran en el boliche. Después sí, podíamos ser todo lo exageradas que deseáramos y ella podía buscarse todos los chicos que quisiera.
–Mira aquel, ¿por qué no lo encaras? –me preguntó una noche.
Era febrero, a punto de empezar nuestro anteúltimo año de clases.
–¿Ese? –me reí–. Estás loca. ¿Ves cómo baila?, es un payaso.
–Bueno querida, no nos pongamos exquisitas que bien que cuando Ernesto te tenía contra la pared no decías nada.
Ernesto es el único chico que besé hasta la fecha. A pesar de su nombre de camionero, no está tan mal y fue solo un desliz de verano. Me habló un par de veces por WhatsApp después de esa noche, pero opté por bloquearlo después del quinto ‘’¿Qué haces?’’.
–Cállate que tu historial tampoco es impecable, ¿o acaso te olvidaste de Juan? –le repliqué esa noche en tono de burla.
–Shhh. No dije nada, no pasó nada.
Juan fue el segundo chico con el que Valentina tuvo sexo. Era universitario, estudiante de Ingeniería. Ese sí no era muy lindo, pero al menos la trataba mejor y no la celaba donde sea que fuera.
El año pasado comenzó normal, pero después de las vacaciones de invierno las cosas se empezaron a salir de eje, lo que se traduce como: Valentina empezó a salir oficialmente con Tomás.
La relación ya se titulaba “novios” y a mi cara de horror la tenía que lavar todas las mañanas cuando ni bien despertaba y recordaba que existía. Fue una época en la que empezamos a salir a bailar con más frecuencia. La rutina era juntarnos los viernes por la tarde y en los últimos sorbos de café organizar con quiénes saldríamos esa noche.
Por lo general todo iba bien hasta que llegaba ese momento de la previa en la que Valen se sentaba en un sillón y por varias canciones no soltaba el celular. Del otro lado de los mensajes, el troglodita de su novio insistía: “¿A ver qué te pusiste hoy? ¿Por qué sales tanto? Me contaron que estabas bastante sacada anoche, ¿sabías que hace mal tomar mucho? ¿Quién es ese que salió con ustedes?”. Y eso que esos eran, apenas, los mensajes que me mostraba.
–Mira cómo se pone –me decía orgullosa–. ¿No es un divino?
No, Valentina. Es un manipulador, ¿por qué te cuesta tanto darte cuenta?
No había caso. No quería entenderlo. Estaba tan cegada que no notaba su forma de tratarla como a un objeto. Se había convertido en una chica que se acostaba con él fin de semana por medio y que después veía en el colegio durante los recreos para hacerle a sus compañeros envidiar su privilegio.
Llegó un punto en el sentía como si no pudiera decir nada. Como si mi opinión ya no valiese.
Un viernes por la tarde me tomé el café demasiado rápido.
–Entonces, ¿qué hacemos esta noche? –le pregunté–. Me habló Maru y me dijo que se sumaba, creo que las otras chicas van a una previa en casa de...
–Mmm, espera –me cortó–. Le pregunto a Tomás.
Me quedé atónita.
–¿Qué?
–Si puedo salir –me contestó como si fuera lo más común del mundo–. Ahí le mandé.
Creí que estaba bromeando conmigo hasta que leí el chat en su pantalla.
–¿Habías organizado algo con él?
–No, pero prefiero consultarle antes de salir –me contestó en cuanto sonó la notificación en su celular–. ¿Ves? Ahí me respondió. Dice que no hay problema, él también sale. ¿Dónde hay previa me decías?
Esa tarde Valen había llegado tarde y en la espera le comenté a Gabriela como seguía el tema entre ella y su novio. Fue horrible admitirlo, pero ya se sentía como si estuviera perdiendo a mi mejor amiga por culpa de un chico que, encima, no la trataba con el respeto que cualquier persona merece.
–Yo creo que deberías planteárselo –me aconsejó aquel viernes–. Quien no respeta tu libertad, no te quiere. Quizás ella no lo vea, pero puedes hacérselo entender. Avísame si necesitas que te ayude.
Nuestra conversación fue cortada por la campanita de la entrada y, con ella, la llegada de mi mejor amiga. Gabi siguió su trabajo, pero eso no impidió que sus palabras quedaran resonando en mi cabeza mientras nos servía el café. El hecho de que Valen le tuviera que pedir permiso a su novio para salir a divertirse (o hacer algo siquiera) fue la gota que terminó de rebalsar el vaso.
–Valentina, ¿no te das cuenta de que Tomás te está manejando como si fueses un títere?
Me miró por sobre su taza de café, sorprendida.
–¿Qué dices?
–Eso –la enfrenté firme–. Que vive manipulándote. Te trata como si fueses una pertenencia, no te deja vestirte como deseas, te controla lo que haces todo el tiempo. A la noche te llama para que vayas a acostarte con él y vas porque te da miedo que te deje. Esas cosas no son sanas, Valen... No es así.
No se esperaba que se lo planteara tan seriamente. Ya no era un comentario que le decía en la escuela, al entrar a clase o mientras mirábamos una serie. Esta vez iba en serio y lo peor no era que sus ojos reflejaran lo herida que la hacía sentir abordar la situación, sino que en el fondo sabía muy bien a lo que me refería.
Fue una tarde de susurros que se sentían como gritos en medio de la merienda. Ella hacía oídos sordos, pero yo no podía parar de decirle lo mucho que me preocupaba la situación que estaba viviendo.
Mentirles a sus padres diciendo que se queda a dormir en casa, pero pasando la noche en lo de su novio.
No contestando mis mensajes cuando le pregunto si va todo bien. Siendo cómplice de Tomás y riéndose cuando él me pregunta en los recreos cuándo me voy a poner a dieta porque estoy muy gorda.
Accediendo a pasarle fotos desnuda para ‘’no dejarlo colgado’’.
Tener que consultarle todo a él por miedo a que rompa en un ataque de furia. No vaya a ser que otra vez la amenace con dejarla.
–No te quiere Valen y le temes, aunque no lo quieras aceptar es...
–Es su forma de quererme –me contestó decidida–. Solo que no lo entiendes. Estás exagerando todo. Hazme el favor y no te metas.
–¿Y cuando me voy a meter entonces? –le pregunté sacada–. ¿Cuando mi amiga aparezca con moretones en el cuerpo? ¿Cuando sea demasiado tarde?
Mi voz se había elevado demasiado sin que me diera cuenta. En el café se extendió un silencio momentáneo y Valentina aprovechó a juntar su mochila y levantarse de la silla. Yo instintivamente, la imité.
–Ni se te ocurra –me advirtió lentamente. Sus palabras sonaron agrias, contundentes. Nunca la había escuchado así.
No supe qué hacer, pero sentí mis piernas flojas y me senté de nuevo. A continuación, la vi salir por la puerta con paso decidido.
No hablamos por una semana. Nunca más volvimos a tocar el tema.

–Me acuerdo de ese día, sí. A la semana siguiente las esperamos, pero no vinieron. Con el resto del personal pensamos que ya no las íbamos a ver más –me cuenta Gabriela siguiendo el hilo de mi relato desde al borde de su asiento.
La noche ya lleva sus horas y debería volver a casa, pero no me importa. Quiero seguir hablando con ella hasta que el dolor se vaya o me gane el sueño.
–Esa fue la última vez que hablamos del tema. Me dolió tantísimo estar alejada de ella que me acerqué a pedirle disculpas. Fui una tonta.
–Te dio miedo perderla. Es comprensible. Tenemos la debilidad de tomar decisiones estúpidas cuando el miedo nos acorrala. Si hay alguien que está mal acá no eres tú ni es Valentina, es Tomás.
–Pero ¿cómo...? –me pregunto en voz alta, sosteniendo mi cabeza entre mis manos–. ¿Cómo puedo hacer para que se dé cuenta de la clase de tipo que es?
La pregunta queda flotando entre nosotras mientras Gabriela llena nuestros vasos con más jugo de naranja. Trae hielo de la cocina y rasga un sobrecito de azúcar en el suyo.
–Te voy a contar algo –me dice revolviendo el vaso con paciencia–. Lo que está viviendo Valen no es fácil. A mí me tocó sufrirlo en carne propia.
»Hace un par de años, en mi último año de secundaria, me enganché con un chico. Él era bastante más grande que yo, casi diez años. En mi casa me tenían muy controlada y él me abría puertas a situaciones que desataban mi libertad. Hacíamos cosas peligrosas, no te las voy a nombrar, pero no eran cosas muy legales que digamos. No teníamos una relación sana, era diferente a la de Valen, pero igual de tóxica. Me llevaba a fiestas, me incentivaba a consumir drogas pesadas, me divertía y, sin darme cuenta, me alejaba de a poco de mí misma.
»Quien sí se daba cuenta era mi hermana. Una noche dije que me iba a estudiar a lo de una amiga, pero ella no me creyó así que me siguió y vio lo que hacía. No intervino, pero me grabó con su celular. Estaba tan consumida que por momentos me desorientaba. No sabía dónde estaba, no sabía qué hacía. Todo quedó capturado en el video. No lo hizo una sola vez, me siguió y me grabó durante un mes. Los jueves solían ser los días que estaba más consciente, así que una de esas tardes me agarró desprevenida y me mostró todo.
»No me reconocía, Mica. No era yo. Fue terrible tener que afrontar la verdad y lo peor es que no sé qué hubiera pasado conmigo de no haberme visto en la pantalla. Tuve la suerte de darme cuenta de lo que pasaba, pero no todas se la llevan tan barata. Mi hermana me ayudó a conseguir una psicóloga, me pagó varias sesiones a escondidas y con el tiempo me logré deshacer de él. Pero costó. Creo que la clave fue haberme dado cuenta por mí misma de que no estaba bien. Sino también hubiese hecho oídos sordos.
El silencio me indica que terminó, pero las imágenes que me dejó su historia siguen rondando mi mente durante varios segundos. Me sorprende como a veces vemos a las personas sin siquiera pensar que ellos también pueden tener una historia que los persigue a cada segundo. Heridas que, si bien pueden estar sanadas, dejan cicatrices que las marcarán para siempre.
No sé qué decir, pero creo que sí sé que hacer. Tal como hizo ella horas antes conmigo, salgo de mi asiento y me deslizo en el suyo, porque ahora la conozco un poquito más y, cuando la abrazo, no abrazo a aquella empleada que me servía el café todas las semanas, abrazo las cicatrices de una chica rota que tuvo el coraje necesario para volver a ponerse de pie.

Llego a casa un par de horas antes de que salga el sol.
Pasé el resto de la noche terminando de contarle lo que había pasado el fin de semana entre Valen y yo. Se lo había comentado antes mientras ella cocinaba, pero en ese entonces estaba muy conmocionada aún y algunas cosas no se me terminaron de entender.
Por un instante, mientras recordaba todo, se sentía como si hubiesen pasado años desde aquella noche donde cruzamos los límites. Qué cosa rara, el tiempo. A veces sentimos que no avanza, otras que lo hace muy rápido y otras no notamos su paso hasta que es demasiado tarde.
Hablar con Gabriela era ese remedio que no sabía que necesitaba. Es una chica increíble. En ningún momento sentí que le molestara escucharme, al contrario, se me hacía muy fácil hablarle. Me encantaría que empecemos a ser más cercanas y, quizás, luego de todo esto podamos llegar a serlo. Me acompañó a tomar el transporte que me deja cerca de casa. Cuando nos despedimos me abrazó tan fuerte como ella sabe hacerlo. También me pasó su número por cualquier cosa.
Estoy segura de que no le molestará que le hable, pero de momento prefiero no ser tan intensa.
Trepo las escaleras en silencio y llego a la tranquilidad de mi cuarto. Mi cama está fría así que me muevo un rato contra las sábanas para entibiarla. La poca batería que me queda en el celular la gasto en marcar el número de Valen. Dudo que esté despierta, pero de a poco voy aprendiendo a no posponer más mis asuntos pendientes. Tenemos que hablar.
Hablando la gente se entiende y si lo hace la gente, ¿cómo no lo vamos a hacer dos mejores amigas?
Escucho el primer tono y mi corazón de acelera. Espero que atienda. Espero que...
L lamada terminada.
Eso no logra calmarme mucho, Valen nunca apaga su celular. ¿Habrá bloqueado mi número? Quizás no quiere hablar conmigo o quizás sigue con su novio, después de todo, son las cuatro de la mañana. Me llama la atención que no haya dejado su celular cargando.
Algo no me termina de cerrar.
Abro WhatsApp para escribirle, pero mis pestañas ya se sienten muy pesadas, mi cabeza muy cómoda en la almohada y la batería de mi celular... muerta. Tal vez no sea una buena idea. Me estiro hacia la mesa de noche, lo enchufo y, mientras resucita, me sumerjo en un mundo de sombras, voces graves, susurros y una luz roja que se desvanece con cada latido.

La alarma me despierta a las seis de la mañana. Por más que dormí un par de horas, se siente como si hubiese estado atrapada en mi subconsciente por días y aun así no hubiese descansado ni un minuto. Quiero volver a tratar de dormir, pero en lugar de eso, tomo mi celular para apagar el pitido y lo reviso.
Esto sí que no lo esperaba. Tengo alrededor de diez llamadas perdidas de Valentina.
Inmediatamente me siento en la cama y la llamo.
Suena el tono.
Una vez.
Y otra vez.
Y otra vez.
Hasta que contesta.
–Hola... ¿Mica? –su voz hace ambas cosas, alivia y altera cada célula de mi cuerpo.
No la oigo bien.
–Valen, ¿pasó algo? –si esto lo hubiese dicho ayer me sentiría una tonta, pero la conozco muy bien y me da la sensación de que está viviendo una urgencia. Me necesita, sino no me hubiese llamado tantas veces. No importa lo que haya pasado entre nosotras, puede esperar y, si fuese sobre eso, mejor hablarlo ahora.
–Sí. Valen, yo... No sé. No sé qué hacer –escucho que su voz tiembla, creo que está llorando.
El audio no es bueno. Aguzo el oído.
–¿Es Tomás? –me adelanto a preguntar–. ¿Te hizo algo? ¿Estás bien?
–No… Sí. No sé, Mica. No puedo, perdón.
–¿Qué pasa, Valen? Por favor, dime, ¿dónde estás?
–Yo –su voz se escucha aguda y entrecortada. Se traga sus mocos y llora mientras habla–. No quise que sea así. No quiero que pase nada de esto, fue todo muy rápido.
–Sí, te entiendo –le digo calmándome–. Yo tampoco quise que se diera así, no quiero que cambien las cosas entre nosotras.
–No, Mica, no entiendes –me dice pasándome por encima.
N o entiendes.
Lo que no entiendo es cómo se atreve a decirme eso. Como si yo fuese la que hace ojos ciegos a lo que pasó entre nosotras. Trato de mantener la paciencia.
–Escúchame, toma aire. Si es por nosotras, creo que deberíamos hablarlo en persona, tranquilas. Va a estar todo bien...
–NO. NO VA A ESTAR TODO BIEN, MICA, NO HAY VUELTA ATRÁS. ESTA VEZ NO.
N o hay vuelta atrás.
–No me grites, lo vamos a solucionar. Yo...
Intento hablarle, pero del otro lado de la línea solo llegan gritos.
–NO QUIERO, MICA. NO QUIERO. NO QUIERO. NO QUIERO. NO VOY A PODER.
Creo que ya ni me escucha. Sus gritos se quiebran y hacen ecos como si estuviese encerrada en su baño
–Valen, cálmate. Trata de bajar un cambio. Sí que te entiendo.
–NO, MICA. NO ES LO QUE PIENSAS.
–Estamos juntas en esto.
–NO, ESTOY SOLA.
Ya está, se me acabó la paciencia. Si ella me grita, yo también.
–¿QUÉ? ¿QUÉ ES ENTONCES? ¿QUÉ PASA?
–NO QUIERO HABLAR –repite a los gritos–. NO VAS A ENTENDER.
–¿QUÉ? ¿QUÉ NO VOY A ENTENDER AHORA?
–MICA, ESTOY EMBARAZADA.

Verano, 1978
Mis pies juegan con la tibia arena. Levanto la vista hacia el cielo y ahí, al final del mar, encuentro una explosión de colores donde los últimos rayos de sol ayudan a secar mis lágrimas.
Tengo mi cabeza apoyada en su hombro, sus brazos abrazando los míos. Ambos sabíamos que este día iba a llegar, pero incluso esta mañana parecía tan lejano. Similar a quien se imagina el fin del mundo y piensa que aún queda una eternidad para alcanzar sus metas y que, por eso, pospone su trabajo por dormir en sueños que saben a fantasía.
Siento su voz susurrándome al oído que me ama, pero ya es hora de no hacerle caso. Mentirme a mí mismo para no volver a sufrir vuelve a ser otra vez mi única salida. Nos ponemos de pie lentamente. Demoramos incluso en quitarnos la arena de nuestras ropas solo para estar juntos por un par de segundos más. Finalmente nos enfrentamos y nuestras miradas se encuentran, guardando el secreto más grande que jamás hemos vivido.
Nuestros labios se unen por última vez. El gusto salado de la brisa del mar en su boca, la calidez de sus brazos recorriendo mi espalda y el sonido de las olas rompiendo en la orilla componen esa combinación tan peligrosamente hermosa que durante este último verano sentí como mi hogar.
Al separarnos, me muerdo los labios mientras más lágrimas recorren mi cara. Le doy un apretón en la mano, él me lo devuelve. Estamos juntos en esto a pesar de que nuestros destinos nos distancien. Nos hacen pedazos, pero en el fondo sabemos que entre los dos podremos repararnos. Algún día, quizás.
–Nunca te voy a olvidar –me susurra al oído.
Sé que yo tampoco lo haré, pero ojalá algún día pueda. Ojalá algún día pueda borrar de mi cabeza al único chico del cual me enamoré durante unas vacaciones de verano tan improvisadas que estuvieron a nada de no llegar a ser. A tan poco de no haber sido todo.
Ahora me pregunto si de verdad hubiese sentido tal atracción por alguien así de no haberme encontrado con él. De no haberme animado a tocar su mano durante esa fiesta. De no haberlo abrazado por más tiempo de lo normal aquella tarde. De no haberme animado a darle un beso en aquel bosque. Zambullidos en la oscuridad y en nuestros cuerpos.
Trago saliva. Las palabras salen de mí entrecortadas, demasiado amargas. No quiero despedirme, pero tomo fuerzas y lo hago. Todo avanza, el tiempo pasa. Inconscientemente, trato de aferrarme a esa esperanza que grita dentro de mí que, cuando el mar se entibie otra vez, lo volveré a ver.
Nuestras manos se desenlazan, pero nuestras miradas no. A medida que lo veo caminar cuesta arriba, sus huellas marcadas en la arena, siento como todo se nubla a mi alrededor. Al ver sus rizos desaparecer, mi mundo se emborrona. Por unos segundos me cuesta respirar y los colores se confunden. Mi cuerpo se desploma en la arena húmeda por el rocío mientras mi vista se pierde en las primeras estrellas. Sopla el viento y empieza a hacer frío, lo noto allí donde sus brazos me tocaban.
Si cierro los ojos y nublo mi mente, todo sigue igual. El romper de las olas. El ulular de los búhos. El aire fresco que corre a orillas del mar. Los ruidos agudos de los grillos. Solo falta él. Faltan nuestras charlas hasta que salga el sol. Faltan nuestras manos rozándose entre la arena. Nuestras risas interminables. Sus cosquillas. La fogata que se apaga. Su perfume en mi campera. El verano por delante. Los besos. Su tacto.
Falta esa magia.
Solo espero algún día volverla a encontrar.
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.




