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Un par de horas más tarde, en la habitación yacían cinco chicas durmiendo y dos jugando a hacerse cosquillas. La que hacía más ruido primero, perdía. Así que justo cuando Valen estaba a nada de vencerme, le dije que tenía que ir al baño. Me esperó afuera, pero cuando abrí la puerta, en lugar de acompañarme de vuelta al cuarto, se metió adentro conmigo.
–¿No te parece que ya deberíamos haber dado nuestro primer beso? –me preguntó cuidando su tono de voz. No me costó darme cuenta hacia donde iba. Asentí lentamente mirándola a los ojos mientras tomábamos asiento en el borde de la bañera.
–Siempre imaginé que mi primer beso sería con un chico –dije nerviosa apretando muy fuerte las manos. Mis sentimientos por ella siempre habían estado ahí, solo que mi mente no entendía cómo podía atraerme otra chica. Mucho menos mi mejor amiga.
–Yo siempre imaginé que sería con la persona que más adorara en este mundo –me respondió.
Y entonces sus labios humedecieron los míos. Me apartó las manos del regazo y me tomó de cada una a los costados. Mi cuerpo se llenó de adrenalina, mi mente se nubló. Sabía a chocolate y olía a vainilla. Me envolvió toda su esencia transportándome a su propia nube, un lugar donde resido desde aquella noche. Recuerdo haber abierto los ojos durante el beso y notar sus pestañas cerradas con el maquillaje intacto. Nos apartamos a la vez, sin poder evitar reír por lo bajo tratando de no despertar a las otras chicas.
Así que así se siente besar a alguien, pensé en ese momento, queriendo repetir aquel beso una y mil veces más.

Antes de cruzar la puerta del colegio, levanto la vista al cielo notando como una capa de nubes apaga parcialmente la luz y me subo el cierre de la campera hasta el mentón. Se siente la humedad en el aire, hace mucho frío y el vacío en mi estómago no ayuda. Algunos días entro al patio con los ojos cerrados, esperando llegar al aula para tirarme sobre un banco a dormir una siesta. Sin embargo, hoy, contando con probablemente solo dos horas de sueño, no me puedo sentir más despierta. Mis ojos solo rastrean a Valentina.
Ya tendría que haber llegado, no es muy temprano.
En el aula no está, así que subo las escaleras hacia el baño. Tampoco. Me pregunto si vendrá, pero estoy muy convencida de que sí. No le quedan muchas faltas y todavía no llegamos a mitad de año, ¿serán tan fuertes sus ganas de no verme que hacen que valga la pena otra inasistencia? Siento que me estoy poniendo muy paranoica así que me mojo la cara con agua para despejarme un poco.
El primer timbre suena mientras me seco con la toalla de mano. Tenemos cinco minutos para entrar a clase así que me dirijo hacia las escaleras y, de repente, diviso su pelo castaño atravesando la entrada.
Por un segundo, vuelve a ser domingo por la mañana.
–¡Valen! –la llamo desde el descanso.
Se gira a mirarme y esta vez frena. Apuro el último tramo y la alcanzo. Está abrazando sus libros por lo que supongo que otra vez se habrá olvidado dónde dejó su mochila.
–Creo que tenemos que hablar, ¿no?
–Sí, Mica –dice elevando finalmente su vista hacia mí. Sacando la conversación de contexto, parecería como si estuviésemos hablando de un trabajo práctico a medio terminar–. Perdón por no haberte respondido es que todo esto es...
–Confuso. Sí, entiendo –me siento tan aliviada de volver a escuchar su voz que hasta casi me dejo llevar por el impulso de abrazarla–. Estaba pensado que podíamos hablar del tema a solas, ¿te parece?
Asiente casi por inercia.
–Estaba pensando en eso también, sí. ¿Puede ser esta tarde? –noto un dejo de prisa en su voz, casi incomodidad. Es raro porque nunca fue de las que les importa entrar a tiempo a clase–. ¿En nuestra esquina de siempre?
– Sí, obvio... –las palabras salen de mí a modo de pregunta mientras ella se da la vuelta y sigue su trayecto. No entiendo por qué está tan apurada. La sigo un par de pasos, hasta que la desesperación me gana y me veo obligada a ponerme en su camino.
–Valen.
–Mica...
Trata de esquivarme.
–Perdón, pero es que no podemos ignorarnos de ahora en más. No quiero que eso pase, por favor... –mi mente se nubla con tan solo hacerme la idea–. Sé que tú tampoco.
Si la situación ya era de por sí incómoda, no me imagino lo que debe sentir al ver como las lágrimas empañan mis ojos.
–No te estoy ignorando, Mica –dice, acelerando sus palabras–. Simplemente no quiero tener más problemas.
–¿Problemas con qué?
Pero ni siquiera es necesario que me conteste esa pregunta. Fui una tonta en hacerla demasiado rápido. Sé a qué se refiere y no tardo en darme cuenta de por qué sus últimas palabras salieron en un volumen tan bajo. Una figura alta pasa por mi costado, toma a mi amiga de la cintura y presiona sus labios donde el domingo pasado estuvieron los míos.
¿Acaso olvidé mencionar que Valentina tiene novio?
A la larga aprendí que, ignorar la existencia de Tomás, me facilitaba la mía. Creo que ya se hizo competencia, puesto que al parecer soy invisible cuando estoy junto a su novia. Por eso no quiero ni pensar en él o en sus mil y una formas de manipular a mi mejor amiga. Odio que Valentina haga oídos sordos cuando le digo que su relación no es sana. Pero tampoco niego que, un par de veces, el motor detrás de mis palabras hayan sido los celos.
Ahora ya no puedo ni pensar en claro. Me quedo parada como una estúpida por unos segundos viendo como Valentina aparta a Tomás con el brazo.
–¿Qué pasa, amor? –le murmura su voz grave con ese sutil tono amenazante.
¿Por qué no se da cuenta?
Valentina se queda callada, su vista va desde mi cara a la de su novio, sus manos aferran los apuntes con tanta fuerza que ya están a un paso de doblarse a la mitad. Me está por decir algo cuando suena nuevamente el timbre. Es el segundo llamado así que opto por darle la espalda y seguir mi camino hacia el aula.
El pasillo está desierto a excepción de nosotros. Al bullicio de los alumnos lo sofocan las puertas y, por unos momentos, lo único que escucho es el latir de mi corazón hasta que se retoman los besos. Noto una lágrima caer por mi cara mientras tomo el picaporte y, antes de dar un paso dentro del aula, giro mi vista hacia la pareja. Nunca les importa llegar tarde a clase.
Ver como se comen a besos me desgarra, pero me sorprende descubrir que los ojos de Valentina se abren rápidamente buscándome en el pasillo. Quiero gritarle, pero me contengo. Simplemente me limito a negar con la cabeza y, al entrar a la clase, busco el pupitre del fondo.
Hoy me siento sola.

Valentina no se me acercó en toda la mañana.
Nuestros compañeros me preguntaron qué había pasado entre nosotras, pero solo me limité a decirles que estaba teniendo un mal día. No dudaron en apartarse. Lo más cerca que estuvimos ella y yo, luego del encuentro en el pasillo, fue un cruce de miradas durante la clase de Historia.
Antes de continuar su lección sobre la Segunda Guerra Mundial, el profesor nos pidió la tarea que por primera vez no había hecho y, en su lugar, entregué una hoja en blanco con mi nombre. Lo peor fue que no me importó en absoluto.
Me pasé el resto de la hora tratando de leer una novela para clase de Literatura. Cuando el profesor me pidió por favor que la guardara, levanté la vista de las letras y presencié como todas las cabezas del aula se giraban a mirarme. Ahí, en la fila del medio, vislumbre la de Valentina antes de que sus ojos descendieran al suelo.
Me limité a cerrar y guardar la novela en mi mochila y, luego de unos minutos, la volví a sacar. Esa vez no me dijeron nada.
Camino a casa decido tomarme un taxi. Comenzó a llover y mirar a través de la ventana se siente por unos segundos como estar de nuevo en aquella noche de sábado. No logro quitar de mi mente esas imágenes ni por un segundo. Como si fuesen una de esas canciones pegajosas que no puedes dejar de cantar hasta que llega un momento en el que te hartas hasta de ti misma y, aun así, la sigues tarareando.
Me bajo varias calles antes porque, según marca el reloj de las tarifas, estoy llegando al límite de mi dinero. La lluvia golpea mi piel empapando mi capucha y mi mochila se vuelve más pesada con cada paso hasta que finalmente alcanzo el porche de casa. Una vez dentro, arrastro mi cuerpo escaleras arriba hasta la cama. Pongo la alarma a las cuatro y me tapo con el acolchado.
El olor de su shampoo me golpea y termina de desarmar lo poco que permanecía unido en mí.

Son las cuatro y media cuando escucho la campana de la puerta sonar mientras la empujo. Instantáneamente me invade el olor a café al dejar la humedad en la calle y entrar en un ambiente tan cálido como familiar. Todavía no hay mucha gente, solo un par de mujeres por un lado y un señor leyendo el diario en el otro.
Busco el rincón junto a la ventana, ese lugarcito tan nuestro donde solemos pasar las mejores horas de nuestra semana. Son dos butacas revestidas en cuero negro de estilo retro, separadas por una mesa enclenque que siempre mantenemos firme colocando un par de servilletas dobladas con fuerza bajo uno de sus pies.
Detrás de la barra diviso a Gabriela agachada organizando unos papeles. Con Valen la vemos todos los viernes cuando venimos a merendar, solo es un par de años mayor que nosotras, pero su estatura no lo demuestra. Siempre nos atiende con una sonrisa. Se nota que es de esas personas que disfrutan de su trabajo.
–¿Cómo va todo? –me saluda al acercarse.
Me estiro para darle un beso en la mejilla antes de tomar asiento.
–Bien... –me las arreglo para decir.
En seguida noto como frunce el ceño. No tiene mucho sentido mentir, mi cara habla por sí sola.
–En realidad más o menos –admito–. Nada que no se pueda arreglar con una taza de café.
Responde a mi sonrisa forzada con una mirada sospechosa.
–¿Y Valen? –pregunta, acentuando con la cabeza hacia el asiento de enfrente.
De inmediato invento una excusa.
–Va a venir más tarde hoy. Tuvo un par de problemas con su novio.
–Ay, ay, ay… ese novio –dice sacando un trapo húmedo de su uniforme y pasándolo sobre la mesa a pesar de que no es necesario.
–Sí –respondo por compromiso–. Más de lo mismo, supongo.
A veces no llegamos a juntarnos antes de venir y cada una sale de su casa por separado. No suelo ser muy puntual, pero a estos encuentros siempre soy la primera en llegar. Gabriela se detiene a charlar conmigo esos días y casi siempre sale a colación Tomás: como hay fines de semana que no la deja salir. Como hay días que dice estar jugando al fútbol con sus amigos, pero ellos suben fotos estudiando. Como hay madrugadas en las que la despierta solo para que tengan sexo... Y más. No soy del tipo de gente que divulga la vida de sus mejores amigos, pero con Gabriela es diferente. Ella solo nos conoce a nosotras y, además, ¿qué ganaría hablando a nuestras espaldas? Otros dirían que ni siquiera le importa lo que le cuento, que solo presta atención para no perder a una clienta. Sin embargo, algo me dice que sí le importa nuestra historia.
Tampoco hemos hablado tanto, pero el poco intercambio que hemos tenido me ha parecido genuino, desinteresado.
–Así que, ¿lo de siempre? –pregunta, otra vez con una sonrisa.
–Sí, por favor. Y si puede ser, ¿el café con crema?
Me guiña un ojo dirigiéndose a la cocina y, minutos más tarde, vuelve para dejar una gran taza humeante de café frente a mí. En un platito aparte me trajo dos bombones. Siempre suele esperar a que estemos las dos para hacerlo, supongo que se nota en mi cara la falta de dulzura.
Son las cinco menos cuarto.
Media taza de café y dos bombones más tarde sigue sin entrar nadie al lugar. Afuera llueve torrencialmente. Los autos rompen su camino a través de las gotas, pero muy poca gente transita la avenida. Ni siquiera hay historias para inventar. La preocupación lentamente me emborrona el pensamiento, así que saco la novela que empecé esta mañana y me pongo a matar el tiempo. No recuerdo nada de lo que leí hasta ahora, las palabras simplemente flotan en la página como una sopa de letras sin sentido.
Solo se demoró unos minutos.
Tres capítulos más tarde son las cinco y media. Usualmente nos reunimos a las cinco. Cada vez que escucho la campana de entrada, me volteo con la ilusión de encontrarla. Pero sin éxito. Ya me pedí otro café y esta vez con el trozo de pastel de chocolate de todos los viernes. Es lunes, pero qué más da. Por alguna razón me da la sensación de que el cacao que usaron para este es más amargo.
La vista se me empieza a cansar y ya me cuesta seguir con la historia. Apenas recuerdo el nombre del protagonista. Ya no veo el caso en seguir engañando mi mente y, por lo tanto, decido guardar la novela. Cuando me giro a mirar la calle me doy cuenta de que el cielo oscureció y tengo la cara cubierta de lágrimas. Soy un desastre, pero de repente, el teléfono vibra sobre la mesa.
Me comienza a latir el corazón a mil por hora, es su número. Lo reconocería hasta leyéndolo en braille. Intuyo que habré borrado su contacto hace un par de minutos, en un ataque de infantilidad que sufrí entre la primera y la segunda taza de café. Algo que ya me sabe a siglos de distancia.
Se acordó, al menos lo hizo.
Deslizo el circulo verde y me llevo el aparato a la oreja.
–¿Hola? –contesto, víctima del entusiasmo.
Al parecer mi voz tarda en llegar al otro lado, lo único que escucho por un par de segundos eternos es una respiración. Estoy a punto de volver a saludar, cuando finalmente recibo una respuesta.
–Micaela.
Y entonces quedo helada. Porque no es Valentina. Es su número, pero no es ella. Se trata de una voz más grave, esa que me persigue en mis pesadillas. Mi mano tiembla y comienzo a sentir mi garganta demasiado seca, áspera. Trago saliva en un intento de poder, al menos, formar palabra. Y lo enfrento.
–¿Tomás?
No. Esto no puede estar pasando.
–¿Qué haces con el celular de Valen? –le pregunto con un enojo que comienza a esparcirse por cada célula de mi cuerpo.
–¿Qué hago yo con el celular de mi novia? –me contesta insolente–. ¿Porque no me explicas mejor que hacías acostándote con ella el sábado a la noche?
¿ Qué?
Sus palabras derriban todas las fuerzas que me quedan, ya no sé qué hacer. No sé cómo hacer. Le contó. No puedo creerlo. Fue nuestro encuentro más íntimo, más secreto y ella se lo contó a la persona que más odio en este mundo.
¿Acaso soy yo la que está mal? ¿Acaso no somos las amigas inseparables que siempre creí que éramos?
–¿Ahora te quedas calladita? –me escupe en el oído–. ¿No te alcanza con ser una gorda hedionda, también tenías que ser tortillera?
Creo que estoy temblando, no tengo fuerzas para nada. Noto que Gabriela deja de limpiar una de las mesas y se me acerca. No me debe ver muy bien.
Del otro lado de la línea, Tomás me sigue rompiendo.
–A ver si dejamos esto un poco en claro. No te quiero cerca de Valentina, ¿me escuchaste? Me llego a enterar de que la tocaste de nuevo y te mato. Ella está muy mal por lo que le hiciste. No se te ocurra volver a...
El celular se desliza entre mis manos y lo último que escucho de él es como se estrella contra el piso. No me puedo mover. Gabriela se agacha a juntarlo, corta la llamada y lo deja sobre la mesa.
–¿Necesitas ayuda?
No puedo enfocar la mirada. Mis ojos quedan perdidos en la butaca de enfrente. Vacía. Gabriela se desliza junto a mí. Estoy llorando y ya no puedo evitarlo. Ni siquiera sé si quiero evitarlo. La gente me ve y qué.
Ya no me importa nada.
–Todo va a estar bien –me susurra Gabriela.
No había notado lo dulce de su voz hasta ahora. Pasa sus brazos a mi alrededor y me abraza bien firme. Yo no me muevo.
No quiero pensar en nada. No quiero. Todo esto es una pesadilla, ya va a pasar.
Por un segundo estoy segura de que, si me toco los dientes con la lengua, los notaré flojos y entonces jugaré con ellos para comprobar si es cierto y de un empujoncito se me irán cayendo todos. Sentiré los dientes nadando en mi boca, el sabor de la sangre. La desesperación crecerá en mí, pero al rato voy a despertar en mi cama y descubriré que todo es una pesadilla.
Solo que sigue sin serlo. Esta vez es la realidad. Ya no tiene sentido pensarlo así, pero ¿qué tiene sentido aún?

Me encuentro a mí misma vomitando en el baño del café, con Gabriela sosteniéndome el pelo detrás del cuello mientras mis manos se aferran débilmente al inodoro. Me toma dos minutos, un vaso de agua y varias caricias en mi cabello caer en la cuenta de lo que acaba de pasar desde que el novio de mi ¿mejor amiga? destruyó la relación con la que he soñado por años.
Estoy tirada en el piso, hace frío, me rodea un olor horrible y no tengo intención de moverme de acá. Tengo la cabeza apoyada en el hombro de Gabriela y, a pesar de que en cualquier otro momento hubiese sentido vergüenza de mostrarme así ante quien es prácticamente una extraña, ella me hace sentir tan protegida que siento que su molestia no sería ayudarme, sino dejarme a la deriva.
–Gracias.
–No hay nada que agradecer.
–Sí –le digo sin despegar mi mirada del suelo–. No todos hubiesen reaccionado como lo hiciste.
Me tomo unos segundos para repasar todo lo que sé sobre ella.
Sé que es apenas unos años más grande que yo. Que sirve el café más exquisito del mundo con la sonrisa más sincera que he visto. Que por las mañanas tiene ese poder de hacerte pensar si de verdad duerme por la noche o tan solo está en su naturaleza despertarse tan risueña. Sé que es buena escuchando y al darme cuenta de eso me recorre una ola de vergüenza.
¿Cuántas veces le he comentado mis problemas y cuántas me ha contado ella los suyos? Aunque claro, una empleada no debería ventilar sus preocupaciones a una clienta, pero en ese caso, ¿por qué una clienta sí? Estamos tan encerrados en nuestras burbujas que a veces nos olvidamos del otro. Como si ellos no tuviesen las mismas preocupaciones o como si fuesen menos importantes.
Me prometo invitarla a un café cuando logre controlar mis emociones.
–¿Te gustaría hablar al respecto? –me pregunta cuidando su tono.
–No –me apresuro a responder–. O sí. No sé, es complicado.
–Tengo todo el tiempo del mundo, en serio.
Por primera vez en lo que parecen ser horas, levanto mis ojos para buscar los de ella en un repentino acto de curiosidad.
–¿Por qué?
Mi pregunta parece confundirla.
–¿Por qué parar todo para hablar conmigo? –le aclaro intentando no sonar grosera.
La imaginé renunciando a su sueldo de hoy para atender a una clienta llorona. Ni siquiera conoce mis problemas. Por lo poco que sabe de mí, podría ser tan solo una chica malcriada haciendo berrinche por una estupidez y aun así acá está, ofreciéndome su hombro mientras se secan mis últimas lágrimas.
–Por experiencia sé que hay momentos en los que una no puede afrontar la vida a solas –me explica–. No podía verte así sin hacer nada al respecto. A veces lo único que necesitamos es alguien a nuestro lado. Era lo menos que podía hacer.
Busco su mano y entrelazo mis dedos con los de ella.
–Gracias –le repito apretándoselos con fuerza.

Un par de horas más tarde, el café ya cerró y por el grupo de la familia avisé que llegaba tarde por un trabajo práctico.
Al parecer, los dueños confían en Gabriela lo suficiente como para dejarla a cargo del lugar pasada la medianoche. No sé si les habrá comentado mi situación, pero durante el resto de la tarde se mantuvo atenta conmigo mientras servía algunas mesas y yo permanecía detrás de la barra intentando no pensar en todo lo que estaba ocurriendo.
Cuando cesó el movimiento, cerca de las diez de la noche, todos se fueron menos nosotras. Al ser lunes no estarían realizando pedidos, así que la cocina quedó en nuestras manos. Gabriela nos preparó dos hamburguesas con aros de cebolla y finalmente nos sentamos en su rincón favorito que, si bien no es el mismo que el mío, también guarda su encanto. Se encuentra más al fondo, donde están las butacas para grupos con tapizado de terciopelo y, a diferencia del mío, no se apoya contra la vidriera, sino contra una pared.
No tengo mucha hambre, pero trato de picotear los aros de cebolla. Al menos por cortesía.
Es raro ver al café tan dormido, como si le faltase su chispa de viveza. El lugar se encuentra bañado en sombras a excepción de nuestra mesa y algunas luces de la cocina cuyo resplandor atraviesa la barra y dibuja las siluetas de las sillas dadas vuelta sobre las mesas. Afuera sigue lloviendo y el semáforo tiñe los reflejos del suelo en sus tres colores.
–No te lo digo porque la haya hecho yo, pero la receta es muy buena –rompe el silencio Gabriela, sacándome de mi ensoñación–. Deberías probarla
Me animo a darle un bocado sin ganas, pero de verdad está muy buena. Creo que mi estómago estaba más vacío que cerrado porque ahora que empecé no puedo parar. Si bien la conmoción de lo que pasó esta tarde sigue presente, siento que gracias a Gabi estoy manejándolo todo con más cordura.
–¿Y si todo eso que te dijo son mentiras para hacerte sentir mal? –me había dicho Gabi mientras cocinaba las hamburguesas–. Algo las conozco a ustedes, hace dos años que las veo todas las semanas. Con Valentina tienen una de las relaciones más fuertes que he visto. Imagínate lo celoso que debe estar aquel idiota.
Mastico dubitativa mientras sopeso su idea. Se me había cruzado esa posibilidad por la cabeza. Es la única versión de los hechos que le guardaba respeto a mi amistad con Valentina. Pero por eso mismo no quise ilusionarme. Ya me había comido un viaje, después de lo del sábado. No sé si sobreviviría emocionalmente a otro.
Cuando llego a la mitad de la hamburguesa noto que ya no me quedan más aros de cebolla y Gabi me invita a sacar de los suyos. Están tiernos y crujientes, lo justo de sal y de pimienta. Exquisitos.
–Supongo que no te gusta hablar del tema y lo comprendo –piensa en voz alta–. Pero ¿qué le ve una chica como Valen a un tipo como él?
La pregunta del millón. Mientras le doy sorbos al jugo de naranja, empiezo a contarle toda la historia de Valentina y Tomás. Sé que va a doler repasar todos los momentos, pero creo que dejar salir esta información va a ayudar a Gabriela a entender mejor el conflicto.
En este momento es eso lo que necesito, una amiga que esté al tanto de todo.
Y así es como se pasa la noche. Le empiezo a contar como nos caímos las dos de culo cuando el chico nuevo de la otra comisión caminó hacia nosotras durante un recreo, dos años atrás, para pedirnos una calculadora.
En ese entonces ninguna pensaba que iba a terminar envuelto en nuestras vidas y menos de esta manera. Éramos dos ilusas que se reían tontamente en un café cuando recordaban como uno de los chicos más lindos del colegio se les acercaba día por medio para empezar conversaciones sin sentido.
A finales de cuarto año fuimos a una fiesta que organizaban alumnos de sexto en un campo en medio de la ruta. Era lejos, pero los comentarios de todo el colegio nos obligaron a confirmar presencia así que ahí estuvimos, ambas atrapadas en un mar de ropa blanca, totalmente ebrias y bailando como locas.




