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Ayer hablaba con un amigo y me dijo: “Siento culpa todo el tiempo, por si acaso. Ando con culpa siempre, como en piloto automático”. Él no me hablaba de sentir verdadero remordimiento o arrepentimiento por un error o un pecado cometido; no. Él se refería a vivir permanentemente bajo un estado de condenación interna, con una sensación de continuo ataque por una conciencia hiperactiva. No cabe duda de que el verdadero arrepentimiento nos libera. La culpa falsa, por otro lado, es una celda. Y aunque tenemos la puerta abierta, no salimos porque creemos que merecemos estar ahí. En The Guilt Book [El libro de la culpa], el psicólogo cristiano Rob Waller escribe acerca de los prisioneros de la culpa falsa: “Muy pocas veces he encontrado una correlación entre la gravedad de sus pecados reales y el estado debilitante de sus conciencias. De hecho, pareciera que aquellos que luchan más con la culpa a menudo son los que menos razones tienen para sentirse culpables”.
La culpa falsa hace que pidamos perdón por el mismo pecado setecientas veces, o que nos sintamos responsables de cosas que están fuera de nuestro control. Nos roba la identidad de hijas de Dios (o la suspende hasta que “seamos mejores”). Nos aleja de Dios y nos llena de preocupación y miedo. Básicamente, lo que estoy diciendo es que la culpa falsa es un enemigo de Dios. ¡Debemos combatirla! Es importante comprender que sentirse culpable no es lo mismo que ser culpable. Aunque a veces los sentimientos de culpa y la culpabilidad se superponen, no siempre sucede así. Podemos sentirnos culpables porque alguien nos manipula, o porque tenemos expectativas irreales en cuanto a nuestra capacidad como madres o profesionales (“Yo nunca debería…”, “Yo siempre tengo que…”).
Cuando te sientas tapada por un alud de culpa, acércate a Dios y pídele que te examine: “Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna” (Sal. 139:24, NTV). Muchas veces tenemos miedo de orar así porque creemos que recibiremos un juicio condenatorio. ¡Pero esta es una mentira del enemigo! Si realmente hay culpa en nosotras, Dios nos perdonará y absolverá completamente. Si no la hay, Dios nos guiará por el camino de la vida eterna y nos liberará del peso de una culpa innecesaria. Si no logras distinguir la voz de Dios, conversa con un cristiano maduro que viva en la gracia y que pueda ayudarte a comprender si la culpa que sientes tiene algún fundamento real o no.
Examina mi corazón, Señor. Libérame de sentimientos de culpa infundados que se interponen entre tú y yo. Como vivo bajo la autoridad de Cristo Jesús, ¡soy libre de toda condenación!
1º de febrero
Con toda confianza

“Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos” (Heb. 4:16, NTV).
Hay una parte de la historia de la transfiguración que nunca había notado. La Biblia dice que Pedro, Santiago y Juan subieron a un monte –probablemente, el monte Hermón– y allí vieron a Jesús transfigurarse y brillar con una gloria indescriptible. Moisés, que había muerto cerca de 1.400 años antes, y Elías, fallecido 900 años antes, aparecieron también y conversaban con Jesús. Como leímos esta historia tantas veces, no nos sorprende. Sin embargo, ¡este fue un espectáculo absolutamente aterrador para los discípulos! Estupefacto, Pedro sugirió construir tres enramadas. La Biblia dice que él “dijo esto porque realmente no sabía qué otra cosa decir, pues todos estaban aterrados” (Mar. 9:6, NTV, énfasis agregado).
Aunque leí esta historia muchísimas veces, siempre la había imaginado como algo glorioso, no aterrador. Sin embargo, el relato continúa con el tema del miedo. En cuanto Pedro sugirió construir las enramadas, la Biblia dice que “una nube los cubrió y, desde la nube, una voz dijo: ‘Este es mi Hijo muy amado. Escúchenlo a él’ ” (Mar. 9:7, NTV). Para un judío de aquella época, ver la nube de la gloria de Dios cubrir un monte y oír su voz era algo equivalente a una sentencia de muerte. Cuando Moisés ascendió al Sinaí y la gloria de Dios cubrió aquel monte, los israelitas no podían acercarse o tocarlo (Éxo. 19:10-13). Todos aquellos que fueran más allá de los límites marcados en el monte, debían morir. ¡Imagina lo que debieron haber pensado Pedro, Santiago y Juan al escuchar la voz de Dios sobre esa montaña!
Lo realmente asombroso de esta historia es cómo Dios usa este evento para revelar su amor. El Padre envió al Hijo para erradicar todos nuestros miedos y derribar todas las barreras que nos separaban. A través del sacrificio de Jesús, la muerte fue derrotada. Por los méritos de Jesús, podemos contemplar a Dios cara a cara. ¡Somos libres de todo temor y de toda condenación! Como escribió el apóstol Pablo, podemos acercarnos “con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos” (Heb. 4:16, NTV, énfasis agregado). ¡Con toda confianza! No solo sin miedo, sino con toda confianza; como quien entra, sin golpear, a la casa de un amigo. Con toda confianza. ¡Qué maravilla!
Señor Jesús, gracias por tu sacrificio. Gracias por derribar todos los miedos y las barreras que nos separaban. Gracias porque puedo acercarme a ti con toda confianza.
2 de febrero
¡Adelante!

“¡Mira! Yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres la puerta, yo entraré y cenaremos juntos como amigos” (Apoc. 3:20, NTV).
Hay amigas que invitamos a pasar a la sala solo cuando la casa está bien ordenadita y limpia. Pero también hay amigas que dejamos entrar a la cocina cuando tenemos una montaña de platos sin lavar de la noche anterior y tratamos de cocinar algo sin salpicarnos el camisón. Anne y yo tenemos este tipo de amistad. Ella tiene acceso ilimitado a mi casa (y yo a la suya), aunque parezca que una bomba recién estalló y ninguna cosa esté en su debido lugar. No siento necesidad de impresionarla o de impactarla con mis capacidades culinarias, decorativas o de ningún tipo. Ella es mi amiga; ¡no viene a mi casa para juzgarme, sino a compartir una comida!
Algunas veces estamos tan avergonzadas del desorden de nuestro corazón, que solo le permitimos a Dios sentarse en la sala. Cuando Dios pide permiso para entrar a otra habitación, nos paramos delante de la puerta, con los brazos extendidos y gritamos: “¡No, no entres ahí!” Cuando Dios insiste, nos escabullimos en el cuarto para meter todo a presión en el armario antes de dejarlo pasar. ¡Pero Dios no viene a juzgarnos, sino a sanarnos! Imagina cómo cambiaria nuestra vida si realmente creyéramos que Dios está por nosotras, no en nuestra contra. Imagina lo que podría suceder si aceptáramos que Dios nos ama al menos tanto como una buena amiga. En Praying God’s Will for Your Life [Orar conforme a la voluntad de Dios para tu vida], Stormie Omartian escribe: “Recuerda que él nunca se abrirá paso a la fuerza, ni tirará abajo las paredes. Él simplemente golpeará suave y persistentemente y, a medida que lo invites, entrará para ocupar gentilmente cada rincón de tu vida, para limpiar y reconstruir”.
Dios quiere arremangarse la camisa y ayudarnos a ordenar, no quedarse sentado en la sala mientras escondemos nuestra vergüenza. Él quiere ensuciarse las manos para limpiarnos. Quiere perdonarnos. Quiere que lo dejemos pasar al sótano, donde tenemos guardados antiguos recuerdos dolorosos, para poder sanarnos. Él quiere reescribir la historia y darnos una perspectiva sana, libre de culpa. ¿Le abrirás la puerta?
Jesús, a veces siento tanto miedo y vergüenza de lo que puedas descubrir en mi corazón si te dejo pasar... Sin embargo, tú lo ves todo y aun así me amas. Hoy quiero abrir la puerta de par en par, quiero que entres a las áreas de mi vida a las que antes no te permití acceso. Ven con tu amor y tu sanidad. Ven con tu aceptación y tu poder. ¡Ven!
3 de febrero
El Dios que me ve

“A partir de entonces, Agar utilizó otro nombre para referirse al Señor, quien le había hablado. Ella dijo: ‘Tú eres el Dios que me ve’ ” (Gén. 16:13, NTV).
Tuve uno de esos sueños en los que estaba desnuda en público; en el autobús, para ser exacta. Me estaba cambiando de ropa ahí, con toda la gente mirando. Ni en el sueño podía entender mis acciones. ¿Qué hago semidesnuda aquí, en frente de todos? Pero ¡qué vergüenza!
El sentimiento de culpa y el arrepentimiento parecen similares, pero los frutos son muy diferentes. La culpa nos acusa: “Tú no eres lo suficientemente buena como para que Dios te escuche”. Este mensaje contiene un doble engaño. Por un lado, nos tienta a creer que algún día podremos llegar a ser lo suficientemente buenas como para ganar la aprobación de Dios. Por otro lado, nos flagela para que nos desesperemos cuando nuestros esfuerzos fallan.
El arrepentimiento dice: “Aunque tú nunca podrás ser lo suficientemente buena, Dios te ama igual”. El amor incondicional de Dios es nuestra red de seguridad. Nos permite admitir la fétida condición de nuestro corazón, sin caer al vacío de la desesperación.
Dios ve nuestra alma desnuda: sin maquillaje, sin fajas, ni ropa interior con relleno. Lo profundamente maravilloso es que aun así Dios dice: “Yo te he amado […] con un amor eterno. Con amor inagotable te acerqué a mí” (Jer. 31:3, NTV).
Muchas hemos internalizado una voz crítica. A veces hasta pensamos que esta es la voz del Espíritu Santo. Pero Dios jamás nos pediría que nos acerquemos a él en nuestro momento más vulnerable, para luego apuntarnos con el dedo y decir: “¡Qué asco me dan tus arrugas y tus rollos. No te puedo ni mirar!” La Biblia es clara: el que nos acusa es Satanás; el Espíritu Santo nos trae arrepentimiento para vida. Aunque esté cubierta de lodo y oliendo a cloacas, Dios ve el valor inmutable que él mismo puso en mí cuando me formó a su imagen.
Desnudos y temblando, Adán y Eva se escondieron. Dios se acercó, no para condenarlos ni exigirles que ellos mismos encontraran una solución, sino para traerles esperanza. El sentimiento de culpa son las hojas de higuera. El arrepentimiento genuino es permitir que Dios vea nuestra alma desnuda y nos cubra con la piel del cordero (Gén. 3:21).
Jesús, gracias porque tú me ves y aun así me amas.
4 de febrero
Firmes en la libertad

“Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Gál. 5:1).
Hace poco vi un video en el que 27 leones, rescatados de diferentes circos en Sudamérica, eran liberados en un santuario para animales en Sudáfrica. Cuando los cuidadores abrieron las jaulas en las que los habían transportado, me sorprendió notar que muchos de los leones dudaban en salir. Llevó un tiempo que estos majestuosos y exhaustos felinos avanzaran, dejando el pasado atrás. ¡No somos muy diferentes de estos leones! Todas tenemos la tendencia inicial a quedarnos con lo conocido y familiar, por esclavizante que sea, en lugar de avanzar hacia nuestra libertad. El pueblo de Israel añoraba el pescado, los pepinos y las cebollas de Egipto (Núm. 11:4-6). Los gálatas, luego de haber recibido el evangelio por fe, extrañaban el legalismo (Gál. 5:1-13). Aunque la libertad de una nueva vida esté delante de nosotras, tenderemos a mirar hacia atrás, como la esposa de Lot (Gén. 19:26).
Miramos hacia atrás cuando nos reprochamos continuamente errores del pasado, cuando nos preguntamos una y otra vez: ¿Qué hubiera sucedido si…? Cuando le permitimos a nuestra imaginación obsesionarse con una decisión tomada, que es irreversible, en lugar de usar nuestra capacidad mental para enfrentar el presente. En su libro Vivir en libertad, Eleonor van Haaften escribe: “Si una y otra vez se le da vueltas al mismo pensamiento de qué hubiese ocurrido si se hubiera hecho esto de otra forma, aumentará entonces el sentimiento de insatisfacción y llevará a una intranquilidad interna”. El autorreproche es una jaula que nos impide disfrutar de la libertad que Cristo nos ofrece. Pero la puerta está abierta; solo debes animarte a salir, atreverte a perdonarte.
Reflexionar acerca del pasado y aprender lecciones es importante; torturarnos por lo que ya no podemos cambiar, no. Por eso, te invito a que traigas a la memoria uno de esos autorreproches que te persiguen. Imagínate como una leona dentro de la jaula. Ahora mira atentamente y nota que la puerta está abierta. ¡Dios no te condena! Ten coraje, asoma tu cabeza y huele el aire cargado de fragancias de la sabana. ¡Perdónate! ¡Sal! ¡Avanza firme en tu libertad!
Señor, al enemigo le gusta arrinconarme. Le divierte que me quede encarcelada y paralizada por pensamientos negativos y reproches. Pero tú enviaste a tu Hijo, no solo para librarme del pecado, sino también de los reproches y del sentimiento de culpa. Hoy acepto la libertad que me ofreces y me perdono a mí misma. ¡Ayúdame a caminar firme en esta libertad!
5 de febrero
¿Quieres sanar?

“Cuando Jesús lo vio y supo que hacía tanto que padecía la enfermedad, le preguntó: —¿Te gustaría recuperar la salud?” (Juan 5:6, NTV).
Christine Caine, la autora y predicadora australiana, tuvo una infancia realmente difícil. Christine fue abandonada por sus padres biológicos, sufrió bullying en la escuela y fue abusada sexualmente durante doce años. Hoy, a través de una rama de su ministerio —la Campaña A21—, ella se dedica a ayudar a otros sobrevivientes de abuso y a prevenir la trata de personas. Y aunque Christine tiene muchísima compasión por aquellos que han sufrido como ella, también cree que es importante no aferrarse a la condición de víctima y no permitir que el pasado nos defina. En su artículo “Do You Want to Be Healed?” escribe: “Debemos tener mucho cuidado, porque a veces nuestro estatus de víctimas se convierte en nuestra identidad. [...] La sanidad conlleva responsabilidad”.
Todas hemos sido heridas, en mayor o menor medida. Todas podemos recordar dolorosos capítulos de nuestra vida que hacen que los ojos se nos llenen de lágrimas. Y, como dice Christine, aunque tener fe en Jesús no nos da amnesia, sí nos da una opción en cuanto a dónde anclamos nuestra identidad. Podemos fijar la vista en nuestras heridas y usarlas como una excusa permanente, o podemos mirar a Jesús y transitar pacientemente el camino de recuperación. En Falling Upward [Caída ascendente], el teólogo y escritor Richard Rohr explica que él cree que tenemos una tendencia a “permanecer identificados por la herida [...]en lugar de usar la herida para redimir al mundo, como lo vemos en Jesús y en muchas personas que convierten sus heridas en heridas sagradas, liberándose a sí mismos y a los demás”.
Como tenemos una tendencia a permitir que nuestras heridas nos definan, Jesús le preguntó al paralítico de Betesda: “¿Te gustaría recuperar la salud?” A primera vista, parece una pregunta irónica. ¿A quién no le gustaría volver a caminar, después de haber pasado 38 años acostado en una camilla? Sin embargo, Jesús le estaba diciendo: “¿Estás dispuesto a asumir la responsabilidad de buscar un trabajo y no vivir más de limosnas? ¿Quieres ser sano, aunque esto implique que ya no recibirás la atención y simpatía de los demás?” La sanidad conlleva responsabilidad y nos da una mayor capacidad de impacto e influencia. Cuando ese hombre se levantó, enrrolló su camilla y la llevó bajo el brazo; ese símbolo de su pasado se transformó en una poderosa historia de redención. El pasado no desapareció, pero Jesús transformó esa camilla, que había sido una prisión, en un emblema de libertad.
Jesús, quiero que cures todas mis heridas. Tú me defines, no mi pasado.
6 de febrero
El remedio extraño

“Y, así como Moisés levantó la serpiente de bronce en un poste en el desierto, así deberá ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Juan 3:14, 15, NTV).
Cuando la segunda generación de israelitas llegó al borde de la Tierra Prometida, cuando podían casi tocarla y oler el salitre del Mar Muerto, los edomitas se negaron a darles paso. Para rodear la tierra de Edom, los israelitas debieron darle la espalda a Canaán y desandar el camino andado, retornando al desierto. Desanimado, el pueblo murmuró contra Dios y contra Moisés. “¿Por qué nos sacaron de Egipto para morir aquí en el desierto? —se quejaron—. Aquí no hay nada para comer ni agua para beber. ¡Además, detestamos este horrible maná!” (Núm. 21:5, NTV). Entonces, serpientes venenosas, de las que habían sido protegidos por casi cuarenta años, comenzaron a atacarlos.
Cuando el pueblo se humilló, Dios recetó un tratamiento extraño: le ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un asta. El que mirase a la serpiente, viviría. No hay una conexión lógica o científica entre mirar a una serpiente de bronce y ser sanado. En Patriarcas y profetas, Elena de White comenta que “hubo quienes se negaron a creer que con solo mirar aquella imagen metálica se iban a curar. Estos perecieron en la incredulidad” (p. 457). ¿Notaste eso? ¡Algunos prefirieron morir a verse como tontos! Como mirar a una serpiente de bronce era un remedio “necio”, algunos prefirieron morir en su “inteligencia”. Recuerda: tú no eliges el tratamiento, Dios elige cómo sanarte.
Parece absolutamente necio e ilógico que Dios nos salve por su gracia, tan solo con mirar a Jesús. Sin embargo, ¡este es el remedio que él escogió! Aceptemos el diagnóstico y la medicina que Dios nos ofrece. Dejemos de enfocarnos en nuestros defectos y virtudes; miremos al Rey en su hermosura.
Señor, tú puedes sanarme de todas mis enfermedades. Ayúdame a confiar en Jesús como mi Salvador de todo corazón. Hoy no quiero apartar mi mirada de él, ni por un instante.
7 de febrero
Sanas y salvas

“Sáname, oh Jehová, y seré sano; sálvame, y seré salvo; porque tú eres mi alabanza” (Jer. 17:14).
Tú no eliges el tratamiento, Dios elige cómo sanarte.
Naamán era un hombre poderoso, jefe del ejército del rey de Siria, muy estimado y favorecido por su rey. Pero Naamán tenía un gran problema: tenía lepra. En los tiempos bíblicos, esta era una enfermedad crónica, que mutilaba y segregaba socialmente a las personas. A medida que la enfermedad avanzaba, las uñas de los pacientes se aflojaban y caían. Como una gangrena, la lepra avanzaba después a los nudillos, dedos y dientes. Finalmente, la lepra tomaba la nariz, el paladar, los ojos, y la vida (según el comentario bíblico The Enduring Word).
Naamán tenía los días contados y por eso estuvo dispuesto a aceptar la sugerencia de una esclava israelita y visitar Samaria, en pleno territorio enemigo. Como salvoconducto, Naamán llevó consigo una carta del rey y un generoso pago de diez talentos de plata (más de 1,2 millones de dólares estadounidenses).
Sin embargo, las cosas no sucedieron como Naamán esperaba. En lugar de ir en persona, el profeta Eliseo envió un mensajero y le “recetó” un tratamiento extraño: “Ve y lávate siete veces en el río Jordán, y tu cuerpo quedará limpio de la lepra” (2 Rey. 5:10, DHH). Naamán se enfureció porque él tenía una idea muy diferente de cómo el profeta debía sanarlo. “Yo pensé que iba a salir a recibirme, y que de pie iba a invocar al Señor su Dios, y que luego iba a mover su mano sobre la parte enferma, y que así me quitaría la lepra” (2 Rey. 5:11, DHH).
Naamán estaba tan enojado que casi se volvió a su país sin siquiera intentarlo. Los ríos de su patria le parecían más limpios y mejores. Sin embargo, fue nuevamente uno de sus criados quien le salvó la vida al decir: “Señor, si el profeta le hubiera mandado hacer algo difícil, ¿no lo habría hecho usted? Pues con mayor razón si solo le ha dicho que se lave usted y quedará limpio” (2 Rey. 5:13, DHH). Finalmente, en humilde obediencia, Naamán se sumergió siete veces en las marrones aguas del Jordán y fue sanado completa y gratuitamente.
Muchas veces, como Naamán, anticipamos la forma en que Dios nos librará de algún problema. Tal vez esperamos que Dios nos sane de una depresión sin tener que recurrir a medicamentos, o preferiríamos que Dios sane nuestro matrimonio sin tener que hacer terapia. Tenemos una idea tan fija, que cuando la sanidad se ofrece por otro medio, nos ofendemos. Recuerda: tú no eliges el tratamiento, Dios elige cómo sanarte.
Señor, por favor, dame la humildad para aceptar cualquier tratamiento que tú escojas para mí.
8 de febrero
Legado

“Así que como somos sus hijos, también somos sus herederos. De hecho, somos herederos junto con Cristo de la gloria de Dios; pero si vamos a participar de su gloria, también debemos participar de su sufrimiento” (Rom. 8:17, NTV).
Siempre me gustaron las canciones y las letras de Joan Manuel Serrat. En la canción “Testamento de miércoles”, el “Nano” nos hace pensar en el legado intangible que dejamos. No las casas, ni los autos, sino la herencia emocional y hasta espiritual que podemos forjar. Serrat canta: “Lego al jueves cuatro remordimientos, la lluvia que contemplo y no me moja… Lego el crujido azul de mis bisagras y una tajada de mi sombra leve”. ¿Cuál es tu legado? ¿Cuál es la herencia espiritual que le dejarás a tu familia y amigos?
Una de mis mejores amigas dice que tomó más en serio su responsabilidad de sanar emocionalmente una vez que comenzó a tener hijos, porque no quería heredarles su dolor o sus miedos. Creo que tiene mucha razón, porque como dice Richard Rohr en Things Hidden [Las cosas ocultas]: “Si no transformamos nuestro dolor, seguramente lo transmitiremos. Si no encontramos la forma de transformar nuestras heridas en heridas sagradas, invariablemente nos rendiremos ante la vida y la humanidad”. Esta idea de transformar heridas en algo sagrado me conmueve. Dios no solamente nos sana, sino también transforma nuestras heridas (las mismas que si no se trataran transmitirían dolor a las próximas generaciones) en una herencia santa. ¡Las cicatrices cuentan una gloriosa historia! Cuando Dios nos sana, pasamos de contagiar dolor a contagiar esperanza, de multiplicar trauma a transmitir vitalidad.
Así como las herencias físicas, las espirituales deben ser planeadas. Un legado santo nunca es el producto de la casualidad. Es imprescindible reflexionar, darnos cuenta de qué recibimos nosotras mismas y qué deseamos transmitir. Será necesario orar, perdonar, sanar y ser pacientes con el proceso; pero también atrevernos a contar la historia. Muchas veces, es justamente a través de un relato que un legado pasa de una generación a la otra (Jos. 4:6, 7). Las historias de nuestras heridas sanadas, oraciones contestadas y aventuras con Dios, serán un depósito inicial en el banco de la fe de las generaciones venideras.
Señor, el legado más grande que puedo dejar es espiritual, no físico. Por esto, te pido que sanes mis heridas y las transformes en cicatrices sagradas. Quiero que mi vida refleje el poder de tu redención. Quiero contarle a mi familia todo lo que has hecho por mí.




